HISTORIA

Mucho se podría decir sobre los contornos de esta nueva forma de persecución y censura que se vive a nivel global, pero poco se ha establecido sobre los orígenes filosóficos e ideológicos de esta corriente inquisitorial. En general, la búsqueda de orígenes, influencias, inspiraciones y vertientes que alimentan esta “neocensura” suele caer en la división ideológica que la política del momento reclama como arma arrojadiza al adversario.

Por Diego Andrés Díaz

El progresismo y sus diversas fuentes

En estas últimas décadas resulta evidente que ha tenido un importante protagonismo político el concepto “progresismo”. Poco sentido tendría para este ensayo realizar un análisis histórico de los usos y orígenes del término, más que señalar que su uso y representatividad suele ser cuestión de puja entre los sectores políticos más cercanos al “centro”.

Se ha publicitado fuertemente la conformación de la llamada “Internacional Progresista”[1], una especie de organismo coordinador de las “fuerzas progresistas” del mundo que tiene como fin la promoción del “internacionalismo”, definición genérica de su movimiento que, “para la gran mayoría de la humanidad, no es un privilegio, sino una necesidad básica”, según explica David Adler al respecto. Para esta “internacional del internacionalismo”, la preocupación fundamental ante la crisis es lograr los niveles necesarios de “centralismo” en la toma de decisiones: “…un frente internacional común puede igualar la escala de nuestras crisis, recuperar nuestras instituciones y derrotar un nacionalismo autoritario creciente”.

Mas allá de la variedad de apoyos y adhesiones, que lograrían confluir diferentes sectores del progresismo y la izquierda internacional[2] -o por lo menos, la occidental- es bastante constatable que la raíz de este movimiento es el Partido Demócrata de los EE.UU. y, en menor medida, el bloque Socialdemócrata europeo.

Resulta necesario escudriñar en el proceso histórico de lo que se conoce como el “progresismo” en los EE.UU. y tratar de encontrar allí elementos analíticos resistentes al complejo entramado de la corrección política y el autoritarismo cultural en occidente. Especialmente interesante es la relación entre el concepto “Demócrata” de “progresismo” y su histórico programa de acción, mecanismos de promoción e inspiración filosófica del mismo. La búsqueda histórica de los orígenes de las corrientes “progresistas” de ingeniería social donde el gobierno promueve un prohibicionismo “de terciopelo” -es decir, adornado de “buenas intenciones” tiene variadas fuentes históricas de qué nutrirse, y ejemplos de aplicación tanto a nivel internacional como nacional[3].

En esta versión actual de censura que vivimos, incluso importantes referentes del progresismo occidental han manifestado su preocupación ante el deterioro del debate público y la libertad de expresión. La carta pública de reciente aparición -que esta traducida al español en nuestro anterior número de extramuros, manifiesta de forma extremadamente clara el estado de situación actual de la cultura hegemónica, de la libertad de expresión y de la puja política en occidente. La carta, firmada por un variopinto grupo de intelectuales y personajes -excelentemente referidos en este número de extramuros en la columna de Curbelo Dematteis- manifiesta gran parte de los estados emocionales y estomacales en los que a diario debemos convivir en esta cultura globalizada. Expresando la preocupación, la misiva cumple con los necesarios guiños a la corrección política antes de denunciar el peligro creciente a la libertad de expresión.

En última instancia, la carta representa la angustia existencial y preocupación coyuntural de un buen número de progresistas globales, en mayor o menor medida. Cuando se refieren a sociedad liberal, se manifiesta en ella una corriente ideológica histórica de la sociedad norteamericana, el progresismo, el cual ha tenido una singladura sumamente original y poco advertida ni referenciada por nuestra intelligentsia latinoamericana.

Los movimientos pietistas y el origen del progresismo norteamericano

La historia social, económica, política e ideología de los EE.UU está atravesada por la influencia de la religión. Alexis De Tocqueville señala que “América es (…) el lugar del mundo donde la religión cristiana ha conservado más verdaderos poderes sobre las almas, y nada muestra mejor cuán útil y natural es al hombre que el país donde ejerce en nuestros días el mayor imperio sea al mismo tiempo el más ilustrado y el más libre (…) Al mismo tiempo que la ley permite al pueblo americano hacerlo todo, la religión le impide concebirlo todo y le prohíbe atreverse a todo. La religión, que entre los americanos no se inmiscuye nunca directamente en el gobierno de la sociedad, debe ser considerada como la primera de sus instituciones políticas, pues si no les da el gusto por la libertad, les facilita singularmente su uso (…) No sé si todos los americanos tienen fe en su religión (¿quién puede leer en el fondo de sus corazones?), pero estoy seguro de que la creen necesaria para el mantenimiento de las instituciones republicanas”[4]

Relacionado directamente con las características fundacionales de las primeras colonias y su población, y junto a un entorno donde la percepción que el “espacio” basto e interminable hacia el oeste condicionará constantemente las relaciones políticas, a fines del siglo XVIII y principios del XIX van a surgir un sinfín de movimientos, sectas, congregaciones y comunidades religiosas enmarcadas en lo que se conoce como el “Gran Despertar”[5] o “segundo despertar” de la fe, en la instancia del “segundo advenimiento” del salvador. A fines del siglo XVIII, y hasta el período anterior a la Guerra Civil, las colonias norteamericanas viven un vertiginoso proceso de cambios sociales y económicos, y un gran entusiasmo religioso. En reacción a una sociedad que estaba experimentando estos cambios, surgieron movimientos religiosos y sociales utópicos y “milenaristas”, que compartían el anhelo de limpiar a la sociedad de sus pecados y males y de perfeccionar la vida de las comunidades purgándola de lo que creían que era la influencia de un mundo corrupto. Los impactos en la historia de las ideas políticas de estos movimientos son enormes y diversos, pero al examinar alguno de ellos se puede advertir la influencia de estos movimientos en la agenda política de las últimas décadas, en clave secularizada.

El proceso histórico del movimiento postmilenarista tiene dos tendencias bastante notorias: el crecimiento constante de las sectas milenaristas que esperan la segunda venida, y un proceso creciente de secularización en el debate, donde se da una erosión sostenida de la naturaleza premonitoria y sobrenatural de los relatos del apocalipsis[7] A medida que van creciendo las sectas milenaristas, el proceso de reinterpretación y abandono del carácter predictivo del apocalipsis se profundiza.

La más antigua constituida es la Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición del Cristo o secta shaker, fundada en Nueva York en 1774. Los shakers no se hicieron comunistas hasta 1790, al concretarse sus reglas eclesiásticas y las peculiares danzas-exorcismos que les merecerían el nombre de shaking-quakers. A los shakers siguen los rappitas (1803), los zoaritas (1817), los amanitas (1844), los auroritas y los bethelianos (1845) — todos ellos Iglesias separatistas alemanas— y en 1845 los perfeccionistas, que son la única secta autóctona y también los pioneros del “amor libre” en el Nuevo Mundo, y una fuente doctrinal ineludible de los movimientos hippies de la década de 1960[8], obviamente ya producido el proceso de secularización de sus ideas. Los “perfeccionistas cristianos”, a partir de 1848 buscaban construir una comunidad utópica cerca de Oneida Creek, en el centro del estado de Nueva York.

El movimiento milenarista se mezcla con los “utopistas”, los cuales diferían en algunos puntos de su proyecto: los milenaristas consideraban que la Tierra estaba llegando a su fin tal como la conocían y que comenzaría una nueva era de paz y armonía para todos los creyentes, por lo que su prédica mayor apuntaba a reformar a los individuos a través de estrategias de conversión. Por el contrario, los utópicos creían que podían iniciar el cambio creando nuevas sociedades donde impere la virtud, en miniatura, como una especie de modelo que manifieste una sociedad virtuosa. Tanto los milenaristas como los utopistas apuntaran a atraer creyentes y adherentes a través de esta construcción de una “comunidad modelo”.

La similitud entre los movimientos utopistas, milenaristas y socialistas iniciales -a los que Marx llamaría “utópicos” es profunda y evidente, solo al repasar sus programas de trabajo, organización e ingeniería social aplicada. Los perfeccionistas, por ejemplo, tenían todo un sistema automatizado de crianza comunitaria de los niños: en el mismo, los bebés permanecían con sus madres durante el primer año, y entre los dos y los doce vivían en edificios especiales donde enfermeras y profesores se encargaban de su crianza, en el llamado «Departamento de Niños». Los niños, así como la propiedad material era una propiedad en común a todos los “perfeccionistas”. Dentro de su minuciosa planificación comunitaria, los perfeccionistas deseaban controlar el número de niños nacidos, por lo que practicaron la “continencia masculina” como método anticonceptivo, y consideraban que llegaría el momento en que «…la combinación científica se aplicará a la generación humana tan libre y exitosamente como a la de otros animales…». De hecho, para 1867, cuando la comunidad experimentaba un crecimiento económico sin precedentes, decidieron comenzar con un programa planeado de procreación científica de «cría selectiva», con la intención de “emparejar” hombres y mujeres que eran espiritualmente y físicamente «robustos», nombrando al proyecto “Stirpiculture”[9].

El proceso de expansión de los movimientos milenaristas y utopistas durante gran parte del siglo XIX en EE.UU. era una expresión del ambiente religioso, político y cultural del país: “Durante el siglo XIX ningún país albergó ensayos tan persistentes y variados de trascender la propiedad privada, que allí donde nacieron de querer salir de la miseria y practicar la humildad cristiana desembocaron en un desahogo prácticamente unánime.”[10]. Junto al desarrollo de estas comunidades cristianas, se desarrollaba un proceso creciente de secularización del movimiento postmilenarista, el cual estaba asentado en una mirada “ética y espiritual” de los relatos bíblicos por sobre la literalidad, especialmente, como vimos, en el relacionado al apocalipsis, por su relación directa con la naturaleza y circunstancias de la anhelada segunda venida.

El abandono del carácter predictivo del apocalipsis se verá potenciado por el auge del “criticismo bíblico” donde se sostiene que “el mensaje de Jesus  “contiene atemporales mensajes de verdad” separables de las “lógicas apocalípticas de origen judío”, donde se preanuncia la llegada de una “comunidad ideal con meta a la perfección”[11]. Esta tendencia potenciaba la interpretación creciente donde el “Milenarismo” va transformándose a la idea de la construcción del “reino de Dios” y de una “nueva Jersualem”, pero en una realidad tan terrenal, como política. Por ello “tempranamente como en la década de 1870 la tesis que tomaba cuerpo con mayor fuerza era que la “segunda venida” no representaba una aparición real de Jesus, sino un avance paulatino de su reino espiritual”[12] en la Tierra, dando lugar a una proliferación de “sociedades puritanas” donde se promocionaban las virtudes en un contexto secularizado.

La similitud entre las propuestas de una especie de refundación del cristianismo primitivo y las propuestas de los christians socialist británicos, los Owenistas -que tendrán su propia comunidad utópica en EE.UU- y en buena medida, los proyectos de Fourier y otros socialistas franceses, es notoria. En el caso norteamericano, el factor nacional condicionara la deriva del milenarismo y utopismo hacia formas diferentes al europeo, en gran medida a la naturaleza del desarrollo de estas corrientes en la geografía norteamericana[13]

El movimiento progresista y el Partido Demócrata

El Progresismo es una visión de la historia. Es la idea, lineal y progresiva, de que el futuro -y todo cambio que venga con él- será mejor/superador del pasado. La idea, de origen determinista, de que vamos hacia un «progreso indefinido» en todos los aspectos de la existencia, por lo que, todo cambio que suceda será algo “bueno en si”, dejando atrás un pasado siempre equivocado, siempre preparación fallida de nuestra «perfectibilidad».

El origen del «progresismo» como ideología politica ya secularizada de los componentes milenaristas está en el impacto en el mundo de las ideas, del desarrollo impresionante de la técnica en occidente, y de las virtudes intrínsecas de la idea de “cambio”. El “mito del progreso” fue por décadas fuente de motor de cambios sociales, programas políticos e incluso revoluciones, u suele estar está asociado necesariamente con algo positivo, necesario y sobre todo inexorable.

Es en buena medida un reflejo «espejo» de la visión cíclica típica de las sociedades tradicionales, donde el pasado era necesariamente una “época dorada, mítica”, y nosotros éramos simples malos imitadores de las hazañas de los héroes. La «luz» estaba no en el futuro, sino en un pasado arquetípico.

La traducción de las ideas del progresismo en la política, y sobre todo en el Estado, es la construcción ideológica que los caminos del “progreso” pueden ser descifrados -por ideas “vanguardistas”, y que, especialmente, esos caminos requerirán de una ingeniera social que los haga comunes a todos, obligatorios.  Allí es donde en el siglo XX el rol del “gran gobierno” tendrá un factor de relevancia creciente en las diferentes vertientes del progresismo occidental.

Es interesante cómo estas ideas tomaron enorme poder en EE.UU. a fines del siglo XIX y logran imponerse mayormente a partir de la Primera Guerra Mundial. Está tendencia impactó fuertemente en el partido Demócrata a partir de la convención de 1896, donde se neutralizan las corrientes católicas y Luteranas, en general defensoras de la libertad individual y el laissez faire. En la Convención Demócrata de ese año, celebrada en el Coliseo de Chicago del 7 al 11 de julio de 1896, se consolidan a la interna de ese partido lo que se conocía como las fuerzas del “Partido Progresista” -movimiento social de importante incidencia y de inspiración pietista y  postmilenarista- encabezado por William J. Bryan, promotor de que el Estado Federal represente una fuerza fundamental en promover la virtud social, así como un enemigo del patrón-oro.

Estas fuerzas veían en el gobierno de EE.UU el instrumento idóneo para llevar “el Reino de Dios” por la tierra. Durante la Guerra, como observa acertadamente Murray Rothbard, la mayoría de los intelectuales y operadores mediáticos “progresistas” que habían reclamado por la intervención eran post milenaristas de fuerte contenido “moralizante” -secularizado o no- que abrazaban la creencia mesiánica en la salvación nacional y universal a través del “gran gobierno”. Una de las premisas dominantes en el pietismo evangélico sostenía que el requisito para la salvación personal se relacionaba fuertemente en las actividades que se realizaban por salvar a los demás. En ese sentido el Estado era visto como el instrumento ideal para maximizar los medios de “salvación”, y erradicar el “pecado”.

El movimiento Progresista tendrá fuerte incidencia en una serie de políticas publicas que serán promovidas en las primeras décadas del siglo XX en la sociedad norteamericana, como serán la creación de la Reserva Federal, la importancia de una política exterior mas influyente e intervencionista -que se consagrará con la entrada a la Primera Guerra Mundial y el papel protagónico de Woodrow Wilson en la conformación de un “nuevo orden”- y, en el ámbito doméstico, en la popularmente llamada “ley seca”. Esta influencia, con su expansión posterior en los ámbitos de influencia cultural de los EE.UU., será tomado por partidos de diversa índole y tradición ideológica.

En la historiografía norteamericana se conoce al período 1901-1917 como the Progressive Era (“la era progresista”). Esta denominación responde a la notoriedad social y política que obtuvieron los llamados movimientos progresistas durante este período. Estos movimientos, integrados en general por una clase media urbana “instruida, de origen anglosajón, protestante, que vivía en las grandes ciudades del este y medio oeste”, denunciaban una serie de peligros para la democracia norteamericana: las grandes empresas monopólicas, la corrupción política y moral de la sociedad, el déficit de servicios en las ciudades. Su denuncia implicaba la necesidad de que el gobierno federal tuviese un papel más activo en la regulación de la sociedad.

Sostiene M. Rothbard que el progresismo era “básicamente un movimiento a favor de un Gran Gobierno en todas las áreas de la economía y la sociedad”, constituído en base a “la fusión o coalición entre diversos grupos de grandes empresarios, liderados por la casa Morgan y grupos crecientes de intelectuales tecnócratas y estatistas. En esta fusión, los valores e intereses de ambos grupos se buscarían a través del gobierno.” La singularidad del progresismo norteamericano está relacionada con su inspiración religiosa rastreable al movimiento milenarista.

El florecimiento del progresismo tuvo lugar entre los mandatos presidenciales de Roosevelt (1901-1909) y de Wilson (1913-1921). Este movimiento “progresista”, se constituyó en una fuerza política no partidaria de creciente influencia, aunque no funcionó como un movimiento cohesionado, sino como grupos o individuos que operaban particularmente o en agrupaciones informales, realizando actividades diversas. El sucesor de Roosevelt, William Taft, continuó con estas políticas. Fue durante su mandato que se aprobaron dos enmiendas fundamentales del progresismo. La enmienda dieciséis que permitía la recaudación de impuestos directamente de la deducción de la renta, y la enmienda diecisiete que permitía la elección directa de los senadores.

Dentro del programa de reformas progresistas también se encontraba la extensión de los derechos de la mujer, el control de la natalidad, el desarrollo de una democracia universal comandada por EE.UU. -que va a influir en la torpe política exterior que desarrollará W. Wilson luego de la Primera Guerra Mundial, o la prohibición del alcohol. El factor aglutinante en todo el movimiento progresista norteamericano se encuentra no tanto en los fines sociales, sino en la inspiración -religiosa, postmilenarista, aunque crecientemente secularizada, y en los medios – el “gran gobierno”- como brazo ejecutor de esos fines.  

El anhelo de la construcción de una sociedad virtuosa, y la tendencia a considerar al prohibicionismo (Las políticas prohibicionistas se repiten en buena parte del mundo cristiano protestante[14]) como un método efectivo de promoción de buenas virtudes -tendencia que se mantendrá posteriormente al proceso de secularización de las ideas- a lo que sumaba una reivindicación de una vida ascética y  alejada del sensualismo de la iglesia romana, y que tenía una poderosa tradición en la cultura protestante. En este mismo sentido apuntaba Weber: “El ascetismo laico del protestantismo (…) actuaba con la máxima pujanza contra el goce despreocupado de la riqueza y estrangulaba el consumo, singularmente el de artículos de lujo (…) La lucha contra la sensualidad y el amor a las riquezas no era una lucha contra el lucro racional, sino contra el uso irracional de aquéllas (…) Por uso irracional de las riquezas, se entendía, sobre todo, el aprecio de las formas ostentosas del lujo –condenable como idolatría–, de las que tanto gustó el feudalismo, en lugar de la utilización racional y utilitaria querida por Dios, para los fines vitales del individuo y de la colectividad. No se pedía “mortificación” al rico, sino que usase sus bienes para cosas necesarias y prácticamente útiles.” [15]

El movimiento progresista, clave en las políticas prohibicionistas, tenía como antecesor histórico al puritanismo. El puritanismo fue la rama radical del protestantismo calvinista y emergió como respuesta al caos generado por la reforma inglesa de los siglos XVI y XVII durante el reinado de Isabel I. Criticaban la corrupción en la Iglesia inglesa y demandaban el retorno a la pureza religiosa. Creían que el acceso a la salvación se basaba en la consecución de algunos principios tales como la educación, la disciplina, el trabajo duro y la abstinencia.

El énfasis puritano en la importancia del trabajo duro desarrolló lo que es comúnmente conocido como “la ética protestante”, ampliamente estudiada por Max Weber. Uno de los conceptos centrales del puritanismo es la creencia en la existencia de la doble responsabilidad (individual y comunal) en la salvación de los hombres. De esta manera garantizar la salvación corresponde a la comunidad, la “reforma” de los pecadores es deber del colectivo.

En este contexto es que se manifiesta el auge del movimiento milenarista y, como vimos, de diferentes versiones “postmilenaristas” donde la “segunda venida” representa crecientemente un programa de principios políticos a alcanzar, más que un milagro religioso efectivo. Hacia principios del siglo XIX muchos protestantes eran posmilenaristas, consideraban que la futura llegada de Cristo sucedería después de que el milenio se hubiera construido a partir de las buenas acciones humanas, según los designios de Dios y la Biblia. Esta teoría posmilenarista justificaba y propiciaba el activismo social, porque la desaparición de atrocidades como la esclavitud y la “degeneración moral” (de la que el alcohol era causante) fomentaría la llegada del reino de Cristo.

Esta característica del postmilenarismo estará presente también en otras ramas del protestantismo evangélico y servirá de fundamento para los reformistas progresistas de primeras décadas del siglo XX en su prédica estatista. Para estos el Estado será un instrumento crucial para encaminar la salvación de la nación: “El protestantismo evangélico buscaba superar la corrupción del mundo de una manera dinámica, no solo convirtiendo a los hombres a la fe en Cristo, sino asimismo cristianizando el orden social mediante el poder y la fuerza del estado para transformar la cultura de forma que la comunidad de los files pueda mantenerse pura y la obra de salvación de los no regenerados pueda resultar más fácil. Así que la función de la ley no era simplemente restringir el mal, sino educar y alentar[16].

La influencia de estas dos corrientes -el puritanismo y el postmilenarismo- impregnó el movimiento progresista, que tradujo a nivel de acción política, con mayor o menor tono secularizado. En el siguiente pasaje, uno de los importantes activistas del prohibicionismo plantea la necesidad de que la virtud moral cristiana sea construida a través de la acción social: “The first, the vital, the positive mission of Christianity does not consist merely in an effort to sabe one´s own soul and to get oneself into heaven; it consists, rather, in that larger, higher, nobler desire and effort on the parto of the world´s Christian men and women to bring something of heaven to this earth”[17]

El prohibicionismo, como expresión de la militancia del protestantismo cristiano, estaba inspirado en la idea de que la colectividad, la comunidad, y en mayor medida, el “gran gobierno” -el Estado-, debe intervenir en el comportamiento de las personas para regular las conductas en que incurren y que pueden hacerles daño. El reino de Dios en la tierra deberá ser obra activa del Estado: “The mind of the great social movements of to-day may belong to the army of intellectuals among the economists, sociologists and philosophers, but the soul of social reform is to be found in that peculiar type of crusadinf ministers of Jesus Christ who, undmindful of the cost, are inspired to throw themselves with abandon into the crusade for the unpopular cause which has become to them a parto of the cause of Christianity and the establishment of the kingdom of righteousness upon earth.”

Es interesante como este proceso va tornando al Partido Demócrata en abanderado del postmilenarismo y de las corrientes progresistas en los EE.UU. Este proceso transformará los siguientes procesos históricos de ambos partidos predominantes en Norteamérica. “El protestantismo pietista posmilenarista” -sostiene Rothbard- “dominante en las áreas “yanquis” del norte a partir de la década de 1830” luego de la guerra civil la forma conquistó el protestantismo del sur en la década de 1890 y desempeño un papel crucial en el progresismo después del cambio de siglo y a lo largo de la Primera Guerra Mundial.” Estos movimientos, agruparon sobre todo a las clases medias y en particular a mujeres cultas o instruidas, y se tomaron vigor en las comunidades en que los cambios sociales habían sido más drásticos. Una de las principales banderas de estos movimientosreformistas fue la moderación y la abstención alcohólica. Esta reacción estaba a dos factores principales: al aumento del consumo de alcohol[18] y como una reacción ante la inmigración comenzada en los años 30 del siglo XIX caracterizada en particular por alemanes e irlandeses. Estos últimos de religión católica y según los nativistas responsables del caos, el desorden y la delincuencia.

Si existe un antes y un después en la historia del rol protagónico del Estado en la sociedad occidental, es a partir de la Primera Guerra Mundial. La “Gran Guerra” significó un impactante aumento de las potestades y atribuciones del Estado en la esfera económica, social, política y cultural de las sociedades occidentales, atribuyéndose en forma temporal o definitiva actividades de carácter, monetario, comercial, industrial, agropecuario, cultural, social, logística, comunicacional, etc. Con la guerra se desencadena una especie de “colectivismo bélico” donde, por ejemplo, las grandes empresas del mundo occidental van abandonando un capitalismo de libre mercado por relaciones comerciales y económicas asentadas en una intensa intervención y planificación de los estados. En el caso norteamericano, la guerra funcionó como vehículo de proyección política de buena parte del programa progresista.

LA GUERRA Y EL PROGRESISMO: UNA MISION GLOBAL

La idea de aumentar la incidencia del “gran gobierno” en los cambios sociales que el progresismo proponía durante los primeros años del siglo XX, recibió con la guerra un enorme impulso. “La intervención de Estados Unidos en la I Guerra Mundial a partir de 1917 impulsó la prohibición, como impulsó todos los objetivos de intervención del estado y reforma social, que el progresismo había tratado de conseguir desde 1900. Así, el estado controló la economía norteamericana entre diciembre de 1917 y noviembre de 1918. Los movimientos prohibicionistas y los movimientos intervencionistas eran parte del movimiento progresista norteamericano. El gobierno debía no solo realizar una reforma moral en la sociedad, sino llevar a través de las otras naciones los ideales democráticos.

En este sentido las fuerzas prohibicionistas encontraron en la guerra más razones morales o de sanidad de la comunidad para combatir el alcohol se sumaban el peligro de su consumo por los ejércitos: La entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial proporcionó la consumación de los sueños prohibicionistas. En primer lugar, toda la producción de alimentos se puso bajo el control de Herbert Hoover, jefe de la Administración de Alimentación. EL gobierno norteamericano se encargaría de la distribución de los granos en época de guerra, y  no permitiría que fuera absorbido por el pecaminoso uso de la fabricación de alcohol.

Así lo expresaba claramente el semanario progresista The Independent: “¿Tendrán comida los muchos o tendrán bebida los pocos?” Para el aparente propósito de “conservar” grano, el Congreso escribió una enmienda en la Lever Food and Fuel Control Act del 10 de agosto de 1917, que prohibía absolutamente el uso de alimentos, por lo tanto de grano, para la producción de alcohol. El Congreso habría añadido además una prohibición sobre la fabricación de vino o cerveza.

El movimiento progresista así, coronaba una de sus políticas más ambiciosas y duraderas, que marcaría la política de occidente – y del mundo- en el trato legal de las sustancias y actitudes “indeseables”: el prohibicionismo: “Estados Unidos estará “por todo lo alto” en la mayor batalla de la humanidad [contra el alcohol] y plantará el victorioso estandarte blanco de la ley seca sobre el punto más elevado de la nación. Luego al ver las manos que nos hacen señas de nuestras naciones hermanas al otro lado del mar, luchando contra el mismo antiguo enemigo, continuaremos con el espíritu del misionero y el cruzado a ayudar a eliminar el demonio de la bebida en toda la civilización. Con Estados Unidos enseñando el camino, con fe en Dios omnipotente y mostrando con manos patrióticas nuestra inmaculada bandera, el emblema de la pureza cívica, pronto concederemos a la humanidad el don incalculable de la Ley Seca Mundial.”[19]

A medida que el siglo XX representó un proceso de secularización del debate político en EE.UU. los temas del progresismo norteamericano fueron dejando atrás las apelaciones a los evangelios y la retórica abiertamente bíblica o religiosa, pero mantuvieron en general la visión misional de reformar a la sociedad a través de la acción del gobierno, la importancia de las conductas individuales y su proyección como ejemplo en la comunidad, cierta cultura prohibicionista y de persecución de los elementos socialmente peligrosos, entre otros factores que se relacionan a su tradición cultural y religiosa. Es interesante advertir cómo estas ideas originariamente “pietistas”, del progresismo norteamericano de “acción redentora” del Estado a través del “gran gobierno”, son tomadas en países periféricos, mayormente, por los partidos radical-reformistas  o socialistas, que replican con otras justificaciones, los mismos tics intervencionistas del Estado por los mismos carriles, básicamente.

La secularizacion de estas corrientes llevaron a que el progresismo norteamericano sea uno de los mayores impulsores de la intervención del Estado Federal como agente de promociones/prohibiciones sobre la vida de las personas. En ese sentido, hemos visto como últimamente nuestros líderes políticos insisten en sumar legislación reguladora y prohibicionista con respecto a actitudes, pensamientos, ideas o productos y sustancias. La idea del gran gobierno está más que presente, entendiendo que este debe conducir a la sociedad a través de un «deber ser» construido desde el Estado, reparador de la virtud pública.

A la consagración del Estado como la más poderosa identidad-culto, donde la proyección de la identidad política y la cultural se funden a tal punto que el estado providencia obtiene cada vez más dimensiones religiosas y moralizantes. La idea del Estado como un “espacio en común” promueve la aparición de “ingenieros” que deben reglamentar la vida de la comunidad desde las herramientas coactivas del Estado, devenido en “global” a partir de la necesidad de que la redención sea, algo “internacional”.

La creciente influencia de las estrategias, agendas y métodos del progresismo norteamericano -de creciente influencia en occidente desde por lo menos medio siglo- ha encontrado en las izquierdas occidentales y locales dispar recepción, desconocimiento de los orígenes, e incluso interesantes debates internos que parece ser articulados desde una mirada “ortodoxia vs. Posmodernidad”, siendo que quizás deberían sumarse con mayor relevancia el eje “tradición europea vs. Tradición norteamericana”. En un proceso donde las referencias culturales y académicas de las Universidades de EE.UU. en los debates y “agendas” políticas de América -y de occidente- tienden a ser cada vez más prominentes, una cuestión que no es advertida con la dimensión necesaria es que este cambio de influencia no solo representa un cambio en el eje de los fundamentos y estrategias reivindicativas de las izquierdas locales, sino que manifiesta un fondo filosófico diferente, que promueve ciertas manifestaciones singulares, e incluso contradictorias con los viejos postulados de la izquierda local, mas mediterránea, afrancesada y cercana al marxismo.

¿Marxismo cultural?

Todo este magma cultural dominante en occidente suele ser referenciado también, como una expresión del llamado “marxismo cultural”. Concepto polémico, que suele ser acusado de representar en sí una enorme vaguedad y poco sustento conceptual al asociarlo trabajosamente al marxismo histórico, En el intento de categorizar el fenómeno cultural que vive occidente y su carácter fuertemente masoquista , la denominación como un residuo del “marxismo cultural” parece ser demasiado complejo y diverso para que esta denominación le encaje sin generar ruido.

Dentro de los aspectos señalados como evidencia de su intimo relacionamiento con el marxismo como movimiento ideológico y político, suele marcarse la incidencia del “gramscismo”, del “neomarxismo” y de la Escuela de Frankfurt como inspiraciones ideológicas de muchos de los grupos que se embanderan en estas acciones, o simplemente un constructor de “espirtiu de época”. La incidencia de estas escuelas “culturalistas” tuvieron una importante influencia en los campus universitarios de los EE.UU. a través de la “theory” -de la cual difícilmente el marxismo tradicional pueda hacerse absolutamente responsable- es donde allí radica buena parte de las asociaciones históricas entre el marxismo y esta “nueva izquierda”. El factor “identitario” que vehiculiza buena parte de este movimiento parece representar bastante más que una expresión aggiornada de “lucha de clases” en clave de identidad pero ya no de clases, aunque muchas bases teóricas del feminismo radical, por dar un ejemplo, se inspiran en postulados ya referidos por Engels o utilizan una retórica revolucionaria donde “patriarcado-heternormatividad-capitalismo” representan expresiones similares de un problema “sistémico” donde el único camino posible de salida parece ser el socialismo.

Igualmente, también se podría afirmar que estas manifestaciones externas son expresiones del viejo jacobinismo occidental, cuando se señala su carácter de “salto futurista” hacia un no-lugar, su discurso refundacional y su accionar violento, o el representar una especie de pseudorreligion moderna inquisitorial – lo cual demostraría una cercanía mayor a las corrientes del progresismo pietista anteriormente descrito- o su obsesión por la ingeniería social estatal o su concepción globalista del poder y del “cambio”. En última instancia, tanto el progresismo americano como el Marxismo -como tantas corrientes ideológicas y políticas occidentales de los últimos siglos- son herederas involuntarias de diferente formas de religiosidad cristiana.

Religión secular y política

¿Esta “neoinquisición” que promueve entre otras cosas una especie de “totalitarismo soft”, es una típica religión secularizada? Aunque no logremos responder esta pregunta, podemos comprender que muchas de sus manifestaciones materiales e ideológicas en la sociedad, evocan a esta condicion. Igualmente, esta naturaleza es algo consustancial con lo político en occidente, no necesariamente con las expresiones de la izquierda política o el progresismo. Como bien señala Emilio Gentile: “La decadencia de la supremacía de las religiones tradicionales y la laicización de la sociedad y del Estado llevaron, como el racionalismo laico y cientificista preveía y propiciaba, a una paulatina desaparición de lo «sagrado» de la vida colectiva.”[20]

Sin embargo, este proceso potenció sobre todo una “transfusión de lo «sagrado» desde las religiones tradicionales hacia los movimientos políticos de masas, tanto de derecha como de izquierda, a partir de la cual cobraron vida nuevas religiones seculares. Desde la época de la revolución estadounidense, pero en especial con la Revolución Francesa y el nacimiento de la política de masas, a menudo se confundieron los límites entre la política y la religión, nunca instituidos efectivamente”. En definitiva, la influencia marxista es evidente, es notoria, pero el marxismo es mucho más que esto, y sería una manifestación de verdadera injusticia embotarle a su legado esta tragedia autoritaria y decadente que exige safe spaces y promueve la censura con todo lo que no comulga con sus ideas.

La religión secular, la estatolatría y su liturgia, la construcción de cielos e infiernos ideológicos en los sistemas políticos con sus listas de indeseables y la reivindicación de “cordones sanitarios” a expresiones políticas refractarias a algún típico de ecumenismo -en esta época, el progresista[21]-,  el culto a la nación, a la clase, o diferentes formas de identidad, no son monopolio de ninguna corriente política especifica. Igualmente, la obsesión por la consagración de una vida a la misión salvífica y constructora de un paraíso terrenal a partir de un  diseño y posterior construcción de una utopía implica siempre la definición del bien y del mal en términos absolutos, y el proyecto exige en última instancia la derogación del mal y la consagración del “año cero”. Estas teleologías son verificables en los procesos modernos tan dispares como la revolución francesa, de la dictadura del proletariado, del Tercer Reich, y de los “perfeccionistas” norteamericanos.

Hasta hace poco, señalar este movimiento como un peligro para la libertad de expresión y la libertad en sí, era esquivado, matizado u omitido porque, en definitiva, representaba una expresión algo maximalista de fuerzas relativamente afines, es decir,  de estar en el mismo barco histórico que las ideas progresistas. En cambio, hoy empieza a advertirse por la progresía global que vienen hace rato acomodadas en el camarote del barco de la libertad de expresión, ideas notoriamente autoritarias, que destruyen en este caso cualquier método de búsqueda de la  verdad a través de evidencias, y que están acomodadas allí porque tienen un prestigio infundado, un halo de santidad moderna por alegar ser progresistas, o igualitaristas en sus fines.

Los habituales anfitriones de la “fortaleza” académica, cultural e ideológica del mundo globalizado, acostumbrados a vivir “intramuros” del parque temático de las buenas ideas progresistas, lejos de los “bárbaros”, ahora están especialmente preocupados: la horda de orcos que se autoproclama ultima expresión de la consagración de los valores “que nos han legado tanto”, no dejan de ser simplemente una turbomodernidad que se siente traicionada -por el “sistema”, por el capitalismo, por la misma “modernidad”, por lo que sea, y por ello, “victima”-  que está borracha de espíritu jacobino, mesiansimo, espíritu refundacional, y pone en aprietos a los cómodos habitantes de la ciudad amurallada del “consenso global”, socialdemócrata, derechohumanista y biodegradable.

Como siempre se da en un ámbito hegemónico, se intenta conciliar de forma algo grotesca y tragicómica el anhelo de señalar los elementos autoritarios y liberticidas de estas expresiones censuradoras y violentas, con la necesidad de pagar el inevitable peaje, que suena siempre a un pedido de perdón por decir lo que desean decir, efecto especialmente visible en la carta de los intelectuales referida anteriormente. Muchos de los firmantes, que en otras circunstancias han apoyado las bases de gran parte de esta locura, no pueden señalarlos definitivamente como lo que son -una nueva expresión del totalitarismo como última expresión de la deriva igualitaria- porque no dejan de ser radicales “compañeros de ruta” de buena parte de los valores que conforman el paquete de poses necesarias para ostentar la tan anhelada “superioridad moral”.

La necesidad de “equidistancia” parece ser el bálsamo necesario que precisa buena parte del progresismo cultural para tragarse que una enorme porción de esta ola totalitaria y liberticida nace de sus pretensiones y sus sueños no consumados. Por eso hay que invocarla demonio un par de veces –Trump ahí es cartón ligador- y así la superioridad moral está a salvaguarda, aunque los compañeros prendan fuego la pradera en nombre de una nueva versión del infantilismo de los futuristas.

En estos momentos, parece que la parálisis desnuda la duda existencial y estratégica que envuelve a los progresistas: sea porque les han usurpado los ideales o porque han fabricado un verdadero “Frankenstein”, observan que en nombre del igualitarismo y el progresismo se persigue y acallan voces disidentes, con coartadas como el combate a los llamados “discursos de odio” -eufemismo con que intentan justificar el ataque a la libertad de expresión, especialmente si las ideas son expresiones de la derecha política,  los críticos del globalismo político, los conservadores, los liberales o los nacionalistas- y que las propuestas superadoras que solucionarían el “mal en el mundo” -mal que es occidental, heterosexual, blanco y de derechas- están avasallando los derechos individuales sin más justificación que una falsa justicia histórica y cósmica

En el capítulo local de este malestar, que esta basura la vendan en el Shopping y no en la feria del barrio, no inhibe que sea parte de una agenda que promueven buena parte de las izquierdas de occidente.  Hasta ahora, las apelaciones a que detrás de estos movimientos estaban los “poderes económicos facticos” parecían representar una coartada generalmente aceptada por el “mainstream” progresista. Pero hace rato este relato no cierra por ningún lado.


Notas

[1] https://www.opendemocracy.net/es/nace-la-internacional-progresista/

[2] https://progressive.international/

[3] La lista de manifestaciones políticas del progresismo es larga y abundante en ejemplos locales, solo referiré a una de ellas, que, por absurda ilustra diáfanamente la naturaleza de estas ideas. https://www.elobservador.com.uy/nota/msp-advierte-sobre-sanciones-a-obras-de-teatro-en-las-que-se-simule-fumar–201952161610

[4] TOQUEVILLE, Alexis de, Democracia en América, pp. 283-284.

[5] Se conoce como “Segundo Despertar religioso” al período de 1790-1840 caracterizado por el reavivamiento del cristianismo y el desarrollo de una intensa actividad evangelizadora cristiana. En este período se vio el nacimiento de un gran número de movimientos cristianos independientes con tendencias restauracionistas. Los metodistas, presbiterianos y baptistas son algunos ejemplos de las iglesias que más fieles captaron. Estas iglesias desarrollaron un importante activismo social que dio pie a la aparición de sociedad antiesclavistas y campañas por la abstinencia.

[6] ESCOHOTADO, Antonio, Los enemigos del comercio. Tomo II. Pág. 88-89

[7] MOORHEAD, James, The erosión of postmillennarism in America religious thought, 1865-1925, en “Church History”, P. 62

[8] Durante el medio siglo que separa a los primeros shakers de la peregrinación icariana, Norteamérica combina el espíritu de frontera y la creciente industrialización con el llamado Segundo Gran Despertar, que multiplica no solo el fervor sino el número de sus Iglesias mediante reuniones rurales y urbanas masivas (las carnp- meetings), donde profetas y misioneros reeditan las ferias santas europeas amparándose en la libertad de conciencia asegurada por su Constitución. Esas grandes acampadas permiten confraternizar, festejar y topar con un Dios hasta entonces desconocido, combinando música, doctrina e insumisión de un modo análogo al que retornará en festivales multitudinarios como el de Woodstock, expresión de un reviva! ideológicamente dispar aunque colmado de alborozo análogo, cuyo denominador común entonces era entablar el tipo de relación directa o personal con Jesucristo ofrecido por docenas de sectas centradas en ello.  ESCOHOTADO, Antonio. Los enemigos del comercio, Tomo II

[9] HAYDEN, Dolores, Seven American Utopias: The Architecture of Communitarian Socialism , 1790-1975 (Cambridge, MA: MIT Press, 1976)

[10] ESCOHOTADO, op cit. P. 102

[11] MOORHEAD, James, The erosión of postmillennarism in America religious thought, 1865-1925, en “Church History”, P. 66

[12] MOORHEAD, James. Op cit67

[13] sostenía Engels que un factor fundamental para que estas “utopías” comunistas y milenaristas perdieran su impronta está relacionado a que todas ellas representaban “saltos hacia adelante” en el espacio geográfico. Estas comunidades nacían, se desarrollaban, evolucionaban y desaparecían en una constante huida hacia el Oeste. Este proceso lo alejaba del marco histórico que el marxismo observaba como elemento central del proceso revolucionario: “la tierra gratuita fomentó una obsesión especulativa, distrayendo al trabajador americano de la lucha de clases”, hecho que tenían mas que presente los distintos líderes políticos de los partidos de EE.UU. de la época.

[14] En Finlandia se promulgó una ley en 1866 que prohibió la destilación casera de bebidas embriagantes, y otra de 1919 prohibió todas las bebidas con más de un 2% de alcohol. También en 1919, en Noruega se declararon ilegales a todos los licores con más de un 12% de contenido alcohólico. En 1922, un referéndum similar fue derrotado en Suecia, pero el gobierno nacionalizó poco después todo el sector de los licores con el fin de regular su consumo. Inglaterra, aunque no aprobó ninguna ley prohibicionista, fue escenario de un importante activismo antialcohólico que derivo en la disminución del consumo de alcohol puro de 92 millones de galones en 1912 a 53 millones en 1922. En Canadá, todas sus provincias se volvieron aplicaron distintas modalidades de ley seca mediante referendo entre 1915 y 1919.

[15] WEBER, Max, la ética protestante y el espíritu del capitalismo, 1995, pp. 242- 243

[16] TIMBERLAKE, James, Prohibition and the Progressive Movement, 1900-1920 (Nueva York: Atheneum, 1970). PP. 7-8

[17] CHERRINGTON, Dr. Ernest H., «The ‘Prinicple’ of Prohibition», World League Against Alcoholism, http://dl.lib.brown.edu/catalog/catalog.php?verb=render&id=1079624851130125&view=pageturner&pageno=1 (consultado 11/2010).

[18] El movimiento por la moderación en el consumo de alcohol tiene su origen oficial con la creación de la Sociedad Americana para el Fomento de la Abstención Alcohólica (American Temperance Union) en 1826, en Boston.  Hacia 1850 trece estados del Norte y del Oeste adoptaron la prohibición imitando el modelo de Maine, quien había prohibido la venta de alcohol en 1851. De todas maneras, este impulso se vio frenado e incluso la mayoría de los estados secos habían ya derogado las leyes prohibicionistas para 1865, quedando solo Maine y Massachussets. Prontamente se desarrollará una nueva oleada temperante.  En 1869 se creaba el Partido Prohibicionista. La tercer etapa prohibicionista surge hacia el final del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Esta última etapa se coronará con la enmienda constitucional a favor de la prohibición.  Una de las organizaciones prohibicionistas más importantes de la tercera ola fue la Anti- Saloon League of América (ASLA) constituida en 1905. Este grupo funcionó como un grupo de presión o “lobby”, con una agresiva captación de fondos y apoyado en un amplio movimiento de masas y en constante articulación con otras agrupaciones de la sociedad civil como el movimiento sufragista y las iglesias evangelistas.

[19] TIMBERLAKE, James, Prohibition and the Progressive Movement, 1900-1920 (Nueva York: Atheneum, 1970)

[20] GENTILE, Emilio, El culto del Littorio: la sacralización de la política en la ltalia fascista p. 244.

[21] La idea de que los sistemas políticos deben crear un “cordón sanitario” de aislamiento frente a una expresión política “hostil” al progresismo, sea esta realmente enemiga o simbólicamente representativa de un partido “indeseable”, se repite con insistencia por figuras políticas de la izquierda para referirse a partidos tan diferentes como Vox, Cabildo Abierto, o los votantes de Trump en EE.UU.

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