PORTADA

Por Ramón Paravís

-I- 

La corrección política, llevada hoy a un extremo patético que la desnaturaliza y la convierte en pacatería y autoritarismo (puede el progresismo preciarse de haber consolidado esta práctica entre nosotros), viene estos días exigiendo que una murga modifique una de sus letras, alusiva al fallecido ministro de interior, y que, además, pida disculpas por ello. Quede claro desde ya: sea en defensa de las instituciones, de las creencias, de las personas, de los perros con tres colas o de las puertas sin casa, esto siempre será censura y no hay adjetivo con la potencia suficiente como para limar la violenta aspereza del sustantivo ese. Censura, se llama, censura.

Supone este procedimiento que la opinión indeseada no se propague, que no encuentre espacio para conseguir eco en el colectivo, que no se cuele en la pila de las afirmaciones o imágenes que tenemos por buenas y verdaderas. Claramente: mecanismo impropio de hombres libres. Este método repugnante conlleva siempre un acallamiento forzoso del otro, de ese que pretende manifestar algo que no entiendo, o que no me conviene, que me irrita, que me perjudica, que me menoscaba (o así lo siento) de alguna manera. La incomprensión de las expresiones artísticas conduce al poderoso a la ilusión de que el artista puede, cediendo una parcela importante de su alma, convertirse en funcionario suyo. Si tal domesticación no prospera (prospera mucho, es lo triste), queda en pie este mecanismo antiguo y eficaz. Basta con que un ofendido haga cuestión en el asunto y otros filo-ofendidos u ofendiditos potenciales se sumen. No habrá discusión y primarán los sentimientos agraviados: se decretará el silencio, el encierro, la deportación del manifestador inoportuno. 

A principio de los 80, la censura previa y posterior (sin olvidar los estragos de la natural autocensura que ocasionaban aquellas) eran el marco natural en que aprendimos a movernos periodistas y artistas de toda clase. Creíamos entonces que una de las bondades intrínsecas de la democracia -se bregaba por ella con entusiasmo- era la supresión de la censura y el restablecimiento de la libertad de expresión sin cortapisas. Estábamos equivocados y así lo supimos cuando en marzo de 1986 el intendente Jorge Elizalde (colorado, pachequista) mandó levantar la exposición de Oscar Larroca que se exhibía en el palacio municipal por considerarla pornográfica. Otros líderes políticos, también los de la vereda contraria, compartieron esa sensibilidad herida; Francisco Rodríguez Camusso, senador entonces por los comunistas y hombre de vastas lecturas, frecuentador infaltable de teatros, cines y conciertos, declaró que el no pagaba impuestos para eso. Unos seis meses después, a instancias del presidente Sanguinetti y de la doctora Adela Reta, la muestra fue repuesta en la Biblioteca Nacional.

Ahora bien, es cierto que en su década y media de gobierno los frentistas no se han llevado bien con la libertad de expresión (tampoco antes) y es que, en ese lapso, tuvieron que escuchar voces diferentes al canon de sus ecos. En algunos casos, fuera de sí, se inclinaron decididamente por la prohibición: la tela de Mujica y Topolanski edénicos, de Julio De Sosa, que se exhibía en la galería de Diana Saravia en 2016, fue descolgada por la policía “por órdenes de arriba”. (Un detalle digno de mención: el artista plástico estaba convencido de que les estaba haciendo un homenaje, pero alguna pequeñez en su retrato debe haber fastidiado al senador tupamaro). Los censores no solo carecen de sentido del humor. No entienden de ambigüedad, ironías, paradojas; su mirada del mundo es notablemente restringida y caminan encorsetados por las apreturas de la literalidad. 

En esta variante de la prepotencia, el otro es sistemáticamente amordazado. No puede hablar, no podrá escucharlo nadie. No es la única manera.

-II-

Sin perjuicio de la anterior, hay otra actitud política (no menos cuestionable ni menos infrecuente, tampoco ilegal) que consiste en dejar que el otro se quede hablando solo; eso sí, con la mayor libertad, pero solo a solas: lo que cambia es que yo no lo escucho, aborto el diálogo y me preservo de todo eso que pretende afligirme. Si no me dejan decir lo que deseo o me citan para plantearme cosas que no deseo escuchar ni explicar, me levanto y me voy o, directamente, no voy y mando a otro o, más elocuente y práctico, no ingreso al recinto donde pasará todo eso y procuro publicitar el faltazo con ribetes de protesta y pinceladas de indignación. Variantes de censura alimentadas de superioridad moral.

En su primera gira televisiva como candidato a la presidencia de la coalición opositora, el entonces  presidente del PIT-CNT amenazó en dos programas con levantarse e irse; ambos hechos estuvieron separados por un lapso muy breve. Un poco más acá, la intendente capitalina no concurrió a la junta departamental cuando fue llamada a explicar aquellos dichos (lapsus) suyos sobre “cumplirle a Tabaré” con la custodia y mandó en su nombre a funcionarios de menor jerarquía. Más recientemente, en el marco de la interpelación promovida por los nacionalistas en el senado para ventilar opacidades en la construcción del Antel Arena, los legisladores frentistas de la cámara alta decidieron no estar en sala. 

No son éstos comportamientos puntuales o aislados. Por el contrario, se inscriben en un marco de mayores dimensiones y su funcionamiento no es casual, sino estratégico: ocurre cada vez que son puestos a oír cuestiones que no son de su agrado, acusaciones que se les presentan ilevantables, reproches para los cuales no hallan pretexto razonable, contradicciones que delatan que ellos son exactamente lo

contrario a lo que dicen que son -especialmente en materia de probidad y transparencia con los dineros públicos. A falta de respuesta seria, los mencionados dirigentes políticos dan por terminada abruptamente la discusión, o no van a darla o se ausentan del sitio en que se da. 

Así, tenemos que Fernando Pereira no permite que no le permitan desviarse de la pregunta que se presume contesta: lo suyo es dar vueltas y vueltas, al punto de que su respuesta es la misma para casi todas las preguntas que se le formulen; la sabe de memoria y como tal la recita. Frente a cualquier desvío de ese trayecto inicialmente previsto, el sindicalista comienza a levantar la voz y, en vez de explicar, proclama. La proclama es lo suyo y no lo saquen de allí.

Un parrafito  y no menos merece la frescura e ingenuidad (naif, más bien) con que la intendente expuso los motivos reales por los cuales esos funcionarios revisten en la comuna. En verdad, su contratación o permanencia allí obedece a la gratitud que Cosse les tiene, porque los mencionados “cuidaron a Tabaré durante toda su vida”. Así, marchan al tacho de basura los principios rectores del derecho administrativo y de la buena administración. Cualquier mención a concursos, ascensos y escalafones tiene tono de chiste. Requerida Carolina Cosse en conferencia de prensa respecto de la presencia de los custodios de Tabaré Vázquez en la intendencia, comenzó a contestar lo más criteriosamente que pudo. Trató de recordar dónde revestían y cuáles eran sus tareas, intentó poner de manifiesto para qué le servían a la comuna, algo mencionó del régimen jurídico que los involucraba; en fin, todo bien, o bastante, hasta allí. La cosa desbarrancó cuando informó que “Ellos (los custodios) cuidaron a Tabaré durante toda su vida. Bueno, ahora le voy a cumplir a Tabaré”. Aquel principio cardinal del derecho administrativo que postulaba que el funcionario existe para la función y no a la inversa, ha sido revisado y cambiado en las prácticas progresistas: antes Miguel Ángel Toma, Carolina Cosse ahora; connotados ejemplos que no me dejan mentir

Y tampoco quiso ser menos que su futuro presidente la bancada de senadores frentistas; menos que su agradecida intendente no quiso ser. La interpelación promovida desde filas gubernistas a su propio ministro de industria es un tantín anómala, cierto. Habitualmente, la convocatoria de un secretario de estado al parlamento es a fin de pedirle explicaciones y cuestionar sus acciones. Esta vez fue distinto: conocido el informe de la Jutep (el mismo por el cual se removió al delegado comunista en el organismo por sostener la verdad) y ante el hecho singular de que todas las actuaciones referidas a la construcción del Antel Arena habían sido declaradas reservadas por diez años (tal extremo es, por donde se lo mire, una verdadera aberración), el oficialismo decidió  interpelar a su propio ministro, aunque a los efectos de ventilar todas las barbaridades del mega complejo multipropósito y así torpedear a Carolina Cosse.  Recuérdese que la ingeniera ya había sido interpelada por Pablo Mieres en noviembre de 2018: en dicha instancia, según el interpelante, se violó la Constitución; según la interpelada, ministro en ese entonces, el proceso fue “transparente”.

Pues bien, con la mayoría absoluta del otro lado y auditoría en mano, ya sabedores de la munición gruesa que les esperaba, decidieron los senadores progresistas no hacerse presentes y así nada escuchar sobre el Antel Arena. Dijeron que como “protesta”. ¿Y protestan contra qué? ¿Contra qué protestan?¿Contra su propia ineficacia, contra su falta de visión mediata, contra su napoleonismo nepotista, contra su voracidad desmedida?

-III-

Si estos desplantes fueran el fruto de sujetos particulares en ámbitos de igual naturaleza, no cabrían más reproches que los domiciliados en la cortesía y las buenas maneras, además de indagar su intencionalidad y los males que se pudieren así estar evitando. Eso en el escenario particular de los individuos. En el mapa de la función pública, la situación y sus valoraciones son perfectamente distintas:  imposible soslayar que se trata de connotados dirigentes políticos, funcionarios públicos de alto rango algunos de ellos, poniendo toda su ausencia al servicio de silenciar al otro. Censores, sí. 

Es de suponer, por los cargos en que se desempeñan, que les está vedado (su propio sentido del deber se los vedaría) el arrebato emocional descontrolado, el enojo como motivo de las decisiones, el amor propio por encima de la conveniencia pública. En fin, su posición en el sistema debiera significar el fin del si no se juega como yo quiero, me voy; o del me llevo la pelota porque es mía y no juego más; o del me voy porque con la pelota de ustedes yo no juego, etcétera largo. Ninguno de estos berrinches es concebible en un funcionario público (en ninguno) y menos todavía en los que revisten jerarquía tal y son, entre otras cosas por su origen eleccionario, de relevancia incuestionable. No deja de ser curioso que ninguno de los representantes frentistas tuviera curiosidad por saber qué observaciones o reproches se hacen a la gestión de su partido en la construcción de un edificio que luce rodeada de sombras y siderales sobrecostos. Ni la menor curiosidad.

Ni la menor. Sin embargo, debiera al menos animar a estos dirigentes un atisbo de responsabilidad política, de responsabilidad cívica, de responsabilidad; un poco de educación o apariencia de educación al menos, una poquito de respeto, un mínimo muy mínimo de consideración, una pizca de coraje. 

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