ENSAYO

Por Fernando Andacht

Tentador y poco original es recurrir al insuperable título de García Márquez para describir mi tema como la crónica de una erupción volcánica anunciada. Pero encaja tan bien, que no lo puedo resistir. Hay tanto para pensar y escribir sobre un escándalo reciente en el paisaje electoral; pero intentaré limitarme a analizar un inesperado y equívoco término usado en la frondosa conversación mediática para describir un fenómeno inusual en el ámbito político local: ‘farándula’.

Todo comienza con un acto exorbitante, lo que en psicoanálisis llaman “acting out”, cuando se deja de lado lo simbólico – la palabra, por ejemplo – y se pasa a un acto brutal, literal que no era esperado en un ser humano. Como si en vez de decir o pensar “te/lo voy a matar”, una metáfora banal y cotidiana que significa “voy a increpar o criticar duramente a alguien”, se pasara directamente al acto homicida contra esa persona. A los ojos de Mesocracia, la comarca tradicionalmente amortiguadora de todo exceso, la estrepitosa irrupción de Romina Celeste en el escenario público, con su salvaje salivazo apuntado al rostro de una funcionaria municipal el 25 de enero de 2023, es el equivalente de la aparición de alguien con una carga de explosivos atados al cuerpo, en latitudes lejanas. Espero demostrar que nada en ese imparable ascenso y estruendosa caída puede describirse como característico de la farándula.

Del salivazo feroz, al sórdido confesionario: ascenso y caída de un auto-casting

De una presentación del sí mismo exorbitante, no es lícito esperar que surja un planteo razonable, prudente y mucho menos mesocrático, como el decoro tácito de esta comarca lo exige a lo largo de su historia. Los medios de comunicación intentan ahora, que todo terminó, o casi, fingir sin convencer que están entre azorados y un poco arrepentidos de haber convidado a su living estelar a la mujer-bomba llamada Romina Celeste Papasso (RC de aquí en más). Para entender qué hicieron y por qué procedieron así, no es necesario escarbar en la profundidad, no sirve indagar obsesivamente como lo hacen o simulan hacerlo los periodistas, cuando preguntan ceñudos: ‘¿qué hay por detrás?’ de la sordidez que transmitieron con pasión. Todo lo que hay que saber sobre este asunto se encuentra en la superficie. Alcanza con seguir la recorrida del escupitajo lanzado al rostro de una funcionaria municipal el 25 de enero de 2023. No satisfecha con esa táctica tan bizarra de ataque bucal, una vez que los policías la detienen y conducen al interior de un patrullero, se escucha con nitidez, a pesar de la precaria filmación amateur con teléfono celular, fuertes golpes contra una ventana del auto. Alarmados varios agentes abren la puerta e intentan calmar a RC, lo que al fin consigue una funcionaria policial a quien oímos decirle: “Tranquilizate, vas a perjudicar toda la situación. Estás rompiendo un patrullero.” Ese día fue el debut oficial de quien no se detendrá hasta incinerar su reputación, hasta aniquilar su anhelo de fama duradera en la plaza pública, ante los medios que no se cansan de asediarla y. de captar escrupulosamente cada signo suyo, para amplificarlo todo lo posible. En lo que sigue, quiero explicar por qué el calificativo de “farándula” que algunos de esos mismos medios usaron para describir el escandaloso ingreso de RC al ancho mundo político-partidario no sólo es totalmente equivocado, sino que revela una turbación muy grande de todo el ecosistema mediático local.

La fulgurante trayectoria de Carlos Saúl Menem, visitante asiduo de estudios de TV con diva y teléfono blanco incluidos (Andacht, 1992), o feliz frecuentador de animadores populares del universo mediático argentino implica, sin duda, una visible zambullida de la actividad antes seria de la política en el rutilante escenario del entretenimiento masivo, de la farándula. El camino seguido por “la mujer/joven trans”, por “la militante del Partido Nacional”, según oscilan los titulares cuando nombran con no poca cautela a RC, es radicalmente diferente, pues su acceso al universo político-partidario no se origina en programa alguno de TV, de radio o siquiera de internet. Ella es el fruto de su creciente y frenética auto-escenificación virtual. Como la incorpórea y seductora voz femenina del film Ella (Her, Spike Jonze, 2013) que enamora y obsesiona al protagonista, algo similar ocurre con los signos públicos de RC, sólo que en esta ocasión ellos van acompañados de un rotundo 1.90 m de altura, de cerquillo y de dos colitas que rematan la cabellera teñida de rubio que cae sobre sus anchos hombros. En los numerosos videos de Tik Tok y de X (antes Twitter) que se encarga diariamente de hacer y difundir RC es difícil no mirar sus labios, donde ella luce una muy generosa capa de un encendido carmín, que, de un modo extraño podría asimilarse a la animación del prototipo de belleza femenina de los años 30, del siglo pasado, a Betty Boop, en versión distorsionada.

Pero, seguramente, se pregunta el lector de este ensayo: si no es farándula, ¿qué es esa ola turbia e incontenible que inundó tantos rincones del universo mediático por casi un año y medio? Dos son las respuestas posibles. Una viene de la Antigüedad, y la otra es mucho más cercana en el tiempo, pero ambas son manifestaciones de lo que el investigador Leo Braudy (1997) designó como “el frenesí de la fama”. En la historia de la celebridad, Braudy relata el sobrehumano esfuerzo ascético desplegado por esos “auténticos profesionales de la auto-definición” que eran los santones del Cristianismo temprano, entre los siglos IV y V d. C, para alcanzar la celebridad: “Simeon Stylites se mantuvo parado sin mover los pies durante noches enteras; y Macrius el Egipcio no había escupido desde que fue bautizado” (Brown, 1971, cit. en Braudy, 1997, p. 177). Hay algo desesperado, que bordea el inocultable trastorno de personalidad en el empeño tenaz y constante de RC por trepar a toda costa desde la sobrepoblada catacumba de las redes sociales, con un alcance limitado y una oscuridad o anonimia relativa, que depende del número de seguidores, hasta alcanzar la cumbre de las luminarias de los medios masivos, y de los portales de noticias en internet.

El irresistible encanto del index appeal o la erupción de los signos del cuerpo

Mucho más cerca en el tiempo, la inspiración de su sórdida epopeya en pos de la celebridad la podría haber recibido RC de un producto televisual que llega desde Europa al final del siglo 20, y que todavía colorea la conversación del siglo 21: el reality show que desembarcó desde Holanda con la empresa Endemol, en su formato primigenio, Gran Hermano. He escrito bastante sobre ese fenómeno (Andacht, 2003, 2005), ahora sólo mencionaré dos elementos del programa que encontré en mi análisis de sus signos característicos: el casting, un procedimiento que reemplaza el guion narrativo y el director de actores, y el efecto de “index appeal” o derrame indicial, que proviene de los cuerpos encerrados y en constante observación. Reunir en una casa a seres antagónicos, sufrientes, y hacerlos convivir en promiscua cercanía de su opuesto, ya sea en clase social, en capital simbólico o en arraigados prejuicios es una receta segura para el exasperado derrame de llanto, gritos, erotismo de encierro, rabia y descontrol, entre otros signos del cuerpo encerrado, vigilado sin tregua y manipulado implacablemente. En eso consiste la atracción indicial, el index appeal del reality show, que reemplaza el tradicional ‘sex appeal’ del cine comercial de Hollywood en su apogeo. La producción de ese formato televisivo se encarga de que haya una abundante secreción de todos los síntomas más televisuales, para así crear la antípoda de un calmo y reflexivo documental de observación. Su estrategia televisual culmina en la construcción de una melocrónica, una mezcla de melodrama y de relato de la minucia de cada día en la casa vigilada. La promesa es ofrecer un espectáculo compuesto por desbordes anímicos y conductas excesivas provocadas por la convivencia forzada, la sobre-estimulación y la interminable búsqueda de la fama duradera de los participantes, a bordo de un artefacto mediático proclive a generar una clase de renombre descartable, una fama ínfima en la mayoría de los casos.

Tal vez fue la insuficiencia de presupuesto para la producción mediática nacional lo que impidió que RC accediera a una casa observada 24/7 que estuviera afincada en su propio país, como la que funciona a diario en Argentina con gran éxito de público. De haberlo conseguido, en lugar de estar ahora en prisión, ella seguiría peleando ferozmente por su permanencia en la casa de un inexistente Gran Hermano Uruguay. Lo haría, como los otros participantes por medio de explosiones cada vez más desquiciadas de sentimientos encontrados y ávidamente registrados y comentados por la producción de ese formato. Lo más cercano al episodio escandaloso que protagonizó RC, se vio hace muy poco en esta nueva edición del reality glocal hecho en Argentina, una mezcla de un formato globalizado, con rasgos inevitablemente locales. Vale la pena detenerse en ese episodio televisivo reciente, en mayo de 2024, porque su similitud con la performance exorbitante de la militante trans del Partido Nacional es muy grande.

Si de la producción de farándula se trata, no hay ejemplo más exuberante que la actual edición del reality show Gran Hermano (Telefé y Pluto TV, 2024 – de aquí en más GH). En plena gala de eliminación, el término de la jerga del programa para describir su emisión en vivo, cuando se le pide al público que vote para expulsar de la casa que no duerme a uno o más de sus moradores. Ese día, alguien que podría ser el doble de RC en el universo de la farándula, la mujer llamada Juliana ‘Furia’ Scaglione llevó su autoescenificación a un paroxismo expresivo que le hizo honor a su apodo. No imagino un nombre más adecuado ni un aspecto tampoco más estrafalario, que evoca a una heroína andrógina de una historieta situada en un futuro disfórico como Cyberpunk 2077: Trauma Team.

Lo más cercano a RC en el mundo de la farándula contemporánea, que reitero no es el caso de la militante del Partido Nacional, lo encontramos en esa mujer de apodo ideal para GH, que se perfecciona sin pausa para actuar de sí misma en un entorno anómalo, alguien que se embarca con la mayor entrega posible a la extenuante autoescenificación (self-enactment). Ese es el rito de pasaje de quien es admitido, casting mediante, al viscoso universo del reality show de convivencia observada. A inicios de mayo de 2024, la numerosa audiencia del GH argentino pudo contemplar la peculiar ordalía del sí mismo protagonizada por ‘Furia’. Su signo de identidad en la casa le hace honor a su cuerpo musculoso y profusamente tatuado, se diría que hay en su epidermis una erupción de tatuajes. Y su identikit se completa con su orgullosa confesión de su bisexualidad; es otra promesa de un violento derrame indicial en la casa de GH. Esta clase de paroxismo anímico exhibido ante cámaras se vuelve aún más apetecible cuando la transmisión del programa es en vivo y en directo. Durante la gala, ocurren entradas del presentador a la casa de GH desde el estudio televisivo las cuales, afirma éste preocupado, deben ser interrumpidas por el desquicio o descontrol emocional de quien todos llaman “Furia”. Lo irónico es que sin ese exceso, no habría un Gran Hermano Argentina edición 2024. No se puede continuar con ella en ese estado, pero mucho menos es sostenible el formato sin la desquiciada intervención de ese personaje laboriosa y espectacularmente explosivo, como lo hacen notar los titulares de las notas de diversas publicaciones dedicadas a la farándula argentina. Estas se deleitan en hacer la crónica de la amenazante actitud de Furia hacia sus compañeros del reality show, y en reproducir algunos de sus violentos dichos:

Ciudad Magazine: Furia explotó contra Mauro Dalessio tras ser sancionada por Gran Hermano y reveló lo que siente por él “En la cena pasada, les dije ‘encontré el amor’ y me lo paso por el medio del cu…” (https://www.ciudad.com.ar/espectaculos/2024/05/06/furia-exploto-contra-mauro-dalessio-tras-ser-sancionada-por-gran-hermano-y-revelo-lo-que-siente-por-el/

Paparazzi: Los comentarios fuera de lugar (y que no se vieron en vivo) de Furia mientras Coti abandonaba la casa; “Y fue en ese preciso instante en el que (Furia) empezó a gritar de manera desaforada. (…) “No paren de votar a la mugrosa que está acá adentro. Yo con la gente gay no tengo ningún drama, tengo un amigo gay y soy bisexual, no voy a permitir que me falten el respeto con eso”, disparó la doble de riesgo durante la gala (https://www.paparazzi.com.ar/ teve/los-comentarios-fuera-de-lugar-y-que-no-se-vieron-en-vivo-de-furia-mientras-coti-abandonaba-la-casa/)

La 100 Radio Mitre: Furia fue con toda, dio detalles de su pelea con Emmanuel y explotó la bomba en Gran Hermano: “Buscar roña” (https://la100. cienradios.com/espectaculos/furia-fue-con-toda-dio-detalles-de-su-pelea-con-emmanuel-y-exploto-la-bomba-en-gran-hermano-buscar-rona/)

A24 Primicias: Tensión en Gran Hermano: Furia amenazó a Darío y lo apuntó con un cuchillo. “Furia está ingobernable. Como ocurrió en las primeras semanas de Gran HermanoJuliana Scaglione explota por todo y no está dispuesta a tolerar a nadie que le lleve la contra.”

Furia insulta tanto como habla, emplea palabras procaces, sufre de incontinencia verbal y emocional. Ella constituye la principal fuente del index appeal, es la principal responsable del derrame constante de signos corporales, los encargados de crear una experiencia casi-tangible en el público del reality show. Como ocurre con la pornografía, su performance se acerca mucho al cuerpo a cuerpo con el espectador que se apasiona – de pathein, griego clásico por ‘sufrir’ – no importa si positiva o negativamente por consumir el extendido espectáculo de ese suplicio autoinfligido y celebrado por la producción de GH 2024.

Quizás no sea rebuscado suponer que, por no disponer de un reality show GH en su país, algo que nunca ocurrió desde la transmisión de la primera edición en 2002, RC no tuvo más remedio que auto-escenificarse y hacerlo con los muy escasos medios tecnológicos que tenía a mano. Pero no hay que dejar, por un instante, de considerar el formidable despliegue y apoyo mediático que sus intervenciones tuvieron en todos los medios informativos y periodísticos locales. A falta de confesionario buenos son los videos subidos a Tik Tok y a X (antes Twitter). De haber ocurrido sus desbordes emocionales dentro del espacio de los confinados voluntarios de GH, la saga de RC hubiese tenido un desenlace muy diferente. Lejos de ser enviada al infierno, al octavo círculo donde se castiga a los fraudulentos, según el diseño pergeñado por Dante Alighieri, ella habría conseguido una buena chance de ganar, de permanecer en la casa hasta el final, por el alto grado de continuo entretenimiento que su ira, su rencor, su resentimiento y demás excesivas emociones negativas le hubiera suministrado al público de ese formato televisual. No hay que olvidar que la expectativa de la audiencia de GH es ser testigos de un copioso derrame indicial, de la atronadora descarga de signos del cuerpo en plena ebullición furiosa o depresiva como evidencia de la autenticidad de lo que mira y oye cada día.

En resumen, mi argumento es que todos los medios que amplificaron hasta el hartazgo la puesta en escena excesiva de RC no podían no ser conscientes de encontrarse frente a alguien que había perdido el equilibrio, de un ser humano a punto de estallar, como rezan los titulares citados sobre la figura estelar de la producción de GH Argentina, la incontenible mujer conocida como Furia. Por ende, todo lo que la trans/militante del Partido Nacional proclamó luego de su acting out, en sus numerosas apariciones autoproducidas y luego recogidas y retransmitidas con avidez por radio, televisión y prensa escrita proviene de un enunciador exorbitado. Ninguna persona razonable, y menos aún un profesional de la comunicación, le daría abundante tiempo de micrófono, de cámara ni dedicaría muchas columnas de texto a quien ha perdido el centro, a alguien que ha cometido el más serio delito semiótico, a saber, el incurrir en la flagrante desubicación. Pero a causa de su aspecto – algo nunca tematizado o discutido siquiera en esos medios por la tiranía de lo archicorrecto político, de la neo-religiosidad woke – se ha vuelto un deber moral el aceptar sin chistar que RC actúa como lo hace debido a lo que una teórica del feminismo describe como el primordial deber de ese movimiento. Esa misión es “minar y disolver la opresiva ‘estrategia’ del patriarcado, una de cuyas partes es la construcción de la absoluta autoridad de la naturaleza recalcitrante” (Oliver, 1989, 146). Si nos situamos dentro de ese marco ideológico, RC encarnaría a una aguerrida luchadora contra esa despreciable autoridad, uno de cuyos agentes más obstinados es la biología.

Vemos entonces que nada tiene que ver la tan mentada “farándula” con la agresiva incursión desaforada y disruptiva de RC contra la apacible medianía uruguaya en el universo mediático, y sí mucho con un aprendizaje del arduo y autodestructivo camino hacia la fama efímera que implica el destruir la razonabilidad en aras de ser deglutida por la máquina mediática. En un estudio de la edición brasileña del formato, el Big Brother Brasil, propuse (Andacht, 2005) como una de sus estrategias centrales producir “el efecto Arcimboldo” en quienes resultan elegidos por el casting de GH. Aludo al pintor manierista italiano así llamado (1527-1593), para describir la grotesca transformación de la representación de los participantes por parte de la producción del reality. Se busca arcimboldizar a la persona que entra en la casa, es decir, se la convierte en un bizarro personaje mediante la recomposición de su identidad con fragmentos filmados que la sobre-expongan y la exhiban como alguien desaforado. Para ese fin, se provoca su furia, tristeza, temor, en fin, se explota de modo perverso sus emociones, hasta que el participante/morador pierda la cordura o el decoro ante cámaras, idealmente durante una transmisión en vivo. En eso consiste el gran festín de la supuesta autenticidad que promete este género televisual, a saber, la revelación de cuerpos alterados, al borde de la anomia. Ese resultado daría un acceso privilegiado al alma de quienes no sólo aceptan, sino que bregan por sufrir este calvario del sí mismo, en aras de un improbable premio material, o de una meta aún más quimérica, la fama duradera.

En el GH Argentina 2024, Furia se arcimboldizó con denuedo ante las cámaras, mientras el presentador simulaba inquietud pues exclamaba que él no podía seguir con su conducción si ella no se calmaba. Claramente, él hacía lo imposible para que ella se exaltara cada vez más, con su juego de entradas y salidas perturbadas, desde estudio de televisión a la casa. Con Furia exorbitada no se puede, nos decía sobresaltado, pero, agrego yo, sin ella en esa condición desenfrenada no se puede, no hay programa, se esfuma el index appeal en su forma más pura, y por ende lucrativa. La diferencia es que Romina Celeste, cual singular y diligente emprendedora, se auto-produjo, hizo su propio casting, y fue guionando sus pasos, desde ese infausto día del escupitajo y de la insumisión dentro del auto policial filmado con celular y distribuido por redes y medios tradicionales, hasta llegar al clímax arcimboldesco de su desesperación y derrota final.

El día previo a la revelación ruidosa e insistentemente anunciada por un programa periodístico de televisión sobre la total falsedad de la nueva denuncia difundida por RC contra un precandidato con probabilidades de ganar la elección interna, transcurre en cámara lenta su inevitable derrumbe. El paroxismo de lo exorbitante encarnado por este personaje que bien puede describirse a sí misma como una auto-iconizada-trans-militante, en analogía con el término ‘self-made-man’ de antaño, logra que el vertiginoso ascenso de este Ícaro mediático a bordo de su escupitajo desacatado se estrelle sordamente contra la realidad. RC anuncia primero en un video la falsedad de lo denunciado en colaboración con alguien a quien no deja de denunciar por “no tener el nombre (de Paula Díaz) en la cédula”. Y el desmoronamiento de su personaje culmina al día siguiente, tras haber sido detenida. Mientras RC declara ante las autoridades, ella consigue huir de sus captores por un instante, el tiempo suficiente para incursionar por última vez en ese ámbito tan amado, la cámara de televisión. El paralelismo con Gran Hermano es de nuevo impactante: Romina Celeste nos habla desde el confesionario, desde ese espacio reservada a emitir una teatralizada verdad televisual, le implora perdón al calumniado y clama por clemencia. Así cierra su actuación en un programa amateur que la tuvo a ella como única protagonista y productora, aunque con una enorme ayudita de los medios periodísticos. Lo más insólito es que, en ese gran final, para congraciarse con su víctima, RC lo compara y contrasta favorablemente con el personaje de varios medios de comunicación que probablemente hizo más por cimentar su endeble fama, y luego pregonar su fracaso, con idéntica euforia.

No hay que esforzarse para imaginar a Furia, la estrella desaforada del muy profesional reality show argentino haciendo lo propio, en base a su performance recurrente y desmesurada. Por ejemplo, ella bien podría comparar la sobria y masculina voz desencarnada que conversa, castiga y consuela a los habitantes de la casa de GH sin jamás dejarse ver con la figura divina judeocristiana. Para Furia, como para Moisés ante el arbusto en llamas, lo esencial es sentirse amparada por ese Dios mediático, por el invisible y todopoderoso ser que rige los destinos de quienes han entregado su alma a cámaras y a micrófonos que nunca duermen. Ese sacrificio ritual debe cumplirse para mayor gloria de los incansables buscadores de indicios, del Santo Grial de lo auténtico, del sí mismo genuino de los seres observados y arcimboldizados, pues esa es la muy anunciada recompensa que el público anhela.

Triste, solitario y final: derrumbe de un ser sobrenormal en el octavo círculo

En este libro, como en otros —The Fate of Homo Sapiens, 1939; The Common Sense of War and Peace, 1940—, Wells nos exhorta a recordar nuestra humanidad esencial y a refrenar nuestros miserables rasgos diferenciales, por patéticos o pintorescos que sean. En verdad, esa reprensión no es exorbitante: se limita a exigir de los Estados, para su mejor convivencia, lo que una cortesía elemental exige de los individuos. “Dos Libros”, J. L. Borges, en Otras Inquisiciones (1952).

Si tuvieran un mínimo de seriedad y apego vocacional a su profesión, los periodistas de todos los medios que explotaron incansablemente para su beneficio contable ese desequilibrio flagrante llamado Romina Celeste deberían hacer un autoexamen crítico. Desde el inicio, deberían haber señalado algo que nos ciega con su claridad: Romina C. se dedicó a gestar una laboriosa y nihilista auto-producción de un reality casero estampado con su rostro, con su cuerpo, desde sus redes sociales. Se decretó que no era normalizada, ni “heteronormativa”, como gusta decir la ideología woke; de modo tácito pero palpable su figura fue declarada ‘sobrenormal’. Con ese término me refiero al funcionamiento de una autocensura implacable que controla todo comentario mediático, oficial relativo a su aspecto, a su género, a todo eso que la convertía en un espectáculo fascinante y temible, pero con un ruinoso desenlace anunciado.

Hace tres décadas analicé la primer cobertura televisiva uruguaya de la marcha de orgullo gay, en 1993 (Andacht, 1996). No sólo fue menospreciada con gran economía gestual por el conductor del único informativo que la transmitió, a saber, Subrayado (Canal 10), sino que al día siguiente, un editorialista del mismo programa se encargó de declarala írrita y nula, por lo insensato de manifestar públicamente orgullo por una condición estrictamente personal, íntima, según su visión. Aunque los escasos protagonistas de aquella marcha invernal eran en su totalidad travestis, ese hecho no fue siquiera mencionado en ningún momento por esos periodistas. Todo indicaría que hoy nos encontramos en otra etapa, que esa clase de denso silencio vergonzante sobre la sexualidad divergente es una rémora del pasado. Creo que no es así. Junto a las nuevas leyes decretadas, se instaló un régimen de hipocresía que es tan represor y (auto)censurador como el que regía a inicio de los años 90 del siglo pasado. En todo ese tiempo dedicado a amplificar y arcimboldizar la figura de Romina Celeste, nada se dijo y menos reflexionó sobre su condición, sobre su batalla frontal contra “la naturaleza recalcitrante” (Oliver, 1989), que supone la reduccionista supremacía de la sexualidad practicada por encima de la compleja y multifacética identidad humana, asociada además de modo fijo a la condición de víctima. A esos medios de comunicación les alcanzó con utilizar ese prefijo convertido en sustantivo, el signo ‘trans’, para que un discurso sobrenormal se instalase majestuoso a lo largo y ancho de todo el universo mediático, todos estos meses. Aunque había notorios signos anómalos, copiosos indicios alarmantes desde el despegue de este vuelo de final ruinoso hacia el sol mediático de la mujer trans del Partido Nacional, el cuerpo informativo en su conjunto decidió callar, mirar hacia otro lado. Todo sea para mayor gloria de la neoreligión woke, que ha hecho un culto de las minorías raciales, sexuales, y de cualquier tipo, por encima de la mirada razonable que procura una gestión prudente de la identidad, concebida como un conjunto complejo de variables, incluida la naturaleza humana. Y el sí mismo no puede agotarse en la condición definitoria de ser víctima por su condición minoritaria. Vale la pena evocar la sabiduría de J. L. Borges, quien desde el epígrafe de esta sección final adhiere al mandato ético humanista que nos impone “recordar nuestra humanidad esencial y refrenar nuestros miserables rasgos diferenciales, por patéticos o pintorescos que sean” (Dos libros, 1952).

Le dejo la última palabra a un investigador inglés de la representación que lleva a cabo el reality show Big Brother del Reino Unido de lo “queer”, un término en el que Lovelock (2017) reúne a las personas gay y a los que se identifican como trans, hayan pasado por un tratamiento químico/quirúrgico o no. No puedo estar más de acuerdo con su conclusión: “Estas representaciones están investidas en la ambivalente construcción de las subjetividades contemporáneas LGBT como al mismo tiempo ‘aceptadas’, sin embargo, decididamente estando más allá de los parámetros de lo ‘normal’.” (p. 461). Sobre la larga vida de este reality show en ese país, concluye Lovelock que “es en parte, el resultado de la perpetuación de la marginalización queer y del sufrimiento emocional que aquella produce” (id.). Qué puede ser más marginal y causante de una bancarrota afectiva que esa ciega e irracional búsqueda de la fama que comienza con el ruido y la furia, para culminar con el melancólico hundimiento en la más oscura ignominia.

Se puede pensar que después de todo se trata de una persona adulta, alguien que debe hacerse cargo de sus decisiones, aún de las más equivocadas y funestas. Pero eso también vale para quienes le brindaron toda la cuerda mediática posible para que procediera a ahorcarse. Una fascinación que no se puede aún nombrar colaboró intensa y activamente en empujar a esta mujer trans llamada Romina Celeste hacia la profundidad de la novena fosa del octavo círculo del infierno descrito por Dante Alighieri, el que se reserva para quien incurre en el pecado del fraude. En esa insondable oscuridad se castiga a aquellos que siembran la discordia o la maldad. Parece de toda justicia que los medios que con mayor entusiasmo auspiciaron cada declaración suya, que no dejaron de amplificar la auto-escenificación de este personaje deberían hacerle compañía.


Referencias
Andacht, F. (2005). Duas variantes da representação do real na cultura mediática: o exorbitante Big Brother Brasil e o circunspeto Edifício Master. Revista Contemporânea, 3 (1), 95-122.
Andacht, F. (2003). El reality show. Una perspectiva analítica de la televisión. Buenos Aires: Grupo Editorial Norma.
Andacht, F. (1996). Paisaje de Pasiones. Pequeño Tratado sobre las Pasiones en Mesocracia. Montevideo: Fin de Siglo.
Andacht, F. (1992). Signos Reales del Uruguay Imaginario. Montevideo: Trilce
Braudy, L. (1997). The Frenzy of Renown. Fame and its History. New York: Vintage Books.
Lovelock, M. (2017). Acceptance, Humanity and Emotional Excess: The Politics of Queer Suffering in Big Brother UK. European Journal of Cultural Studies, 20 (4), 449-463
Oliver, K. (1989). Keller’s Gender/Science System: Is the Philosophy of Science to Science as Science Is to Nature? Hypatia, 3 (3), French Feminist Philosophy, 137-148.