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ANÓNIMOS LIBRES

Texto Anónimo

Muchos padres, hace ya casi un año, reclaman la presencialidad en la enseñanza primaria y secundaria, un reclamo que tiene el objetivo de evitar que los niños y adolescentes se vuelvan “rehenes de la pandemia” (Pablo Cayota). El 14 de octubre de 2020, hubo un acto en la Plaza Varela que fue parcialmente televisado e incluido en los informativos en ese momento. En aquella ocasión, la presencialidad fue lograda, pero las medidas de uso de tapabocas y distanciamiento fueron mantenidas, así como el estricto control de contactos. Esa decisión implicó que la presencialidad estuviese acompañada de una gran cantidad de hisopados realizados a niños, muchas cuarentenas, y la siempre presente amenaza de “volver atrás”. Por eso, la demanda de presencialidad tiene hasta hoy la forma de un suplicio de Tántalo: cuando los niños y adolescentes reciben el don del encuentro, de recuperar su vida normal, resulta que la única forma de normalidad posible desaparece como el agua en el mito, para dejarlos con una “sed devoradora”. El encuentro es siempre parcial, distante, y efímero. 

En una de sus charlas para acompañar el reclamo de presencialidad del colectivo Familias Organizadas del Liceo Público, cuyo fin es fortalecer la enseñanza pública, el psicólogo Alejandro De Barbieri advirtió que la presencialidad es siempre evanescente: “pero tampoco me quiero obsesionar con la vuelta a la presencialidad, (…) ¿por qué? ¿y si en agosto aparece otra cepa, chiquilines? ¿Y si en setiembre aparece otra cepa, la andina y la de no sé cuanto, y nos mandan para adentro de nuevo…?” (https://www.youtube.com/ watch?v=t5UUC4MQpmY). Este especialista en tratar adolescentes está diciéndoles, a través de sus padres, que no es posible la presencialidad duradera. Por más recursos que busquemos, la adolescencia libre de la amenaza de “mandarnos para adentro de nuevo” desapareció para siempre. Ante esta posibilidad pesadillesca sobre “la nueva cepa andina y la de no sé cuanto” se esfuma todo intento de encuentro presencial, incluso si se administrara la riesgosa y desconocida vacuna. 

Este grupo reclama la “presencialidad con protocolos”.  Se les promete entonces a los adolescentes una presencialidad que incluye el mantenimiento del tapabocas, de la distancia, sumada la amenaza permanente de nuevos encierros. Estamos ante el suplicio de Tántalo ad infinitum.  

En el caso de los adolescentes, aparece ahora la posibilidad de la vacunación, algo a lo cual si los adultos responsables no se oponen les llegará de modo indudablemente obligatorio. Al igual que el tapabocas, la vacuna podría ser vista como un camino hacia la presencialidad. Si así fuera, sería difícil convencerlos de que rechacen esa poción mágica que, ellos imaginan, les quitaría la sed para siempre. También es probable que ellos piensen que el no vacunarse los colocará en un lugar marginal con relación a sus pares, justo en el lugar del que desde hace más de un año están deseando salir. Para ellos, no sería una vacuna para prevenir una enfermedad, porque ya lo saben, luego de un año de salud en “pandemia”, ya comprobaron que el virus no los afectaría, aunque quisieran contagiarse. Para ellos, no se trata de una medicina para recuperar la salud no perdida, sino de una muy eficaz vacuna contra la soledad, la depresión, la culpa y la desvitalización que les causa el aislamiento forzado. Igual que el tapabocas, cuyo uso vino con la promesa incumplida de volver a integrarse a sus grupos, estas vacunas no son sino una gran promesa vacía de libertad total. Finalmente, la vacunación es la llave que no  abriría la puerta a la vida normal, una meta inalcanzable. Entonces, el agua cristalina y fresca que saciaría de una vez y para siempre la sed de contacto íntimo y multisensorial estaría eternamente condenada a desaparecer.

Pero la relación adulto/adolescente no es una relación simétrica. En ella, le corresponde al adulto el rol que los psicólogos describen como el de “ejercer la contención”, en otras palabras, el adulto debe ponerle límites a la desesperación. Puede ‘contener’, porque tiene mayor experiencia de vida, y a lo largo de los años ha constatado que ‘siempre que llovió, paró’. Como escribe Fernando Savater en su libro dirigido a un joven, Ética para Amador, el adulto sabe que el universo tiene ciertas regularidades. También reconoce que un adulto puede ser dominado en algún momento por la insensatez, pero debe entonces dejar abierto un espacio para aceptar la rebelión de estos jóvenes aprendices de la vida: 

Amador, si me empeño en no ponerte más que ejemplos con ciclón incorporado puedes rebelarte contra ellos, como hizo aquel aprendiz de aviador. Su profesor de vuelo le preguntó: «Va usted en un avión, se declara una tormenta y le inutiliza a usted el motor. ¿Qué debe hacer?» Y el estudiante contesta: «Seguiré con el otro motor.» «Bueno -dijo el profesor-, pero llega otra tormenta y le deja sin ese motor. ¿Cómo se las arregla entonces?» «Pues seguiré con el otro motor.» «También se lo destruye una tormenta. ¿Y entonces?» «Pues continúo con otro motor.» Vamos a ver -se mosquea el profesor-, ¿se puede saber de dónde saca usted tantos motores?» Y el alumno, imperturbable: «Del mismo sitio del que saca usted tantas tormentas.» 

No podemos dejar que nuestros temores apocalípticos se ciernan sobre ellos destruyendo toda la posibilidad de transitar su adolescencia libre de amenazas fatales y permanentes.

La importancia de llamarse “Adolescente”

Decidí escribir un texto anónimo para poder ampliar la perspectiva. El anonimato permite dejar por un momento esa especie de ‘confinamiento identitario’ que, de algún modo, nos constriñe a mantener cierta regularidad asociada a nuestro nombre y apellido, a una situación familiar, social, laboral, etc. Creo que sería un juego interesante explorar la expresión que surge de estar ubicados en otra situación de vida, con otros intereses, con otra noción de la temporalidad. Les propongo entonces hacer un ejercicio “psicodramático”, el de colocarnos en el lugar de un adolescente de 12 años. La escritura de este texto será la que surge de un pensamiento y de un sentir situado, momentáneamente, en esa etapa evolutiva. Por supuesto, el hacer un “cambio de roles” no garantiza que sea lo mismo que escuchar la voz de algún adolescente concreto, pero sí garantiza que sea un pensamiento que estará anclado en la vivencia concreta de la adolescencia que todos tuvimos. Elijo los 12 años, porque esta edad marca la transición de la niñez a la adolescencia, tradicionalmente ubicada en los 13 años, pero que ahora muchos manuales han actualizado, y establecen su comienzo a los 10 años de edad.

Antes de hacerlo, viene a mi mente una conversación que mantuve hace una semana con uno de ellos que llamaré Juan: “Sabés que esta semana me van a dar cuatro vacunas, una que no me acuerdo como se llama; la de los 12 años; la de la gripe; y la del coronavirus.” Se trata de un adolescente que está institucionalizado, y probablemente por eso, “la del coronavirus” entra y pasa desapercibida en el conjunto de vacunas de los 12 años. Cuando le pregunté quién se lo había dicho, él no pudo sino notar un tono de preocupación en mi voz e intentó tranquilizarme: “pero no pasa nada, me dijeron que no duelen”. 

Para dialogar con él, desde mi propia perspectiva adolescente, debo hacer el esfuerzo imaginativo de colocarme en esa piel, ir al encuentro de mi propia experiencia a los 12 años. Para eso, debo librarme de todo lo que leí o escuché sobre vacunas en primer lugar. Al hacerlo, siento que me saco un peso de encima. Me gustaría hacer como Eduardo Darnauchans en su canción Pago, con unos pocos cambios en la letra, desde allí le hablaré al padre colectivo, al que tiene la capacidad de tomar las decisiones que afectan a los niños y adolescentes: “sentado en mis seis (doce) años, parado en la mitad de mi niñez (pubertad). Enciende luz, consuélame, di que no hay nada en la oscuridad, di no hay diablo, no hay diablo, no hay…”  

¡Qué alivio! ¡A los doce años claro que confío! Como Juan, yo también confío en todos los que hasta ahora me protegieron. Desde el año pasado, la vida se detuvo para mí. Me salteé un año y medio. Me parece que todavía tuviera 10. Como estoy muchas horas en mi cuarto, no me doy cuenta de que estoy llegando a la adolescencia. Pero igual que Juan, confío en ellos. Aunque a veces no aguanto más y me enojo mucho, ni se me ocurre salir de casa o sacarme el tapabocas. Y la computadora me salva. Confío en que ellos confían en el médico, como nosotros confiamos en ellos. Los veo distintos. En un año y medio, cambiaron mucho los adultos. Parecen tan seguros de lo que dicen, pero en casa se nota que no saben bien qué hacer, no saben qué decirme a mí, me da pena verlos así, por eso pregunto poco, les hago caso, para tratar de que no se angustien tanto. Ellos necesitan protección. La necesitan más que yo. Yo sé que tengo salud, pero ellos pueden estar en riesgo. Me gustaría cuidarlos mucho, no me importa si no me protegen, yo me siento fuerte. Lo que quiero es protegerlos a ellos. No tengo miedo de enfermarme, pero tengo pánico de perderlos. Aunque en el fondo sé, que mientras ellos estén así, yo ya los perdí. Igual que Juan.

Reflexiones sobre la situación de Juan y la del adolescente anónimo

Lo que escribí arriba, es solamente el producto de un intento de ponerme en el lugar del otro. De ese otro en crecimiento que a veces es tan difícil de entender. Pero siempre me sorprende lo diferente que se ve el mundo desde la posición en que lo ve otra persona, por ejemplo, desde un cuerpo situado tanto tiempo entre cuatro paredes. En este caso, sorpresivamente, descubrí un fuerte sentimiento de resignación y de soledad. Me di cuenta de que la relación de protección está hoy invertida.  Ubicada ahora en el rol adulto, veo que el adolescente tiene razón, que es cierto que los adultos ya no nos sentimos protectores frente a ellos, porque estamos demasiado confundidos, fragilizados, angustiados. El riesgo que corremos es que busquemos la presencialidad para tener un problema menos de los tantos que se nos acumularon durante este largo más que año. El riesgo es que recibamos la noticia de que serán vacunados los adolescentes como una vía hacia nuestra liberación, la nuestra, pero no la suya. La “presencialidad responsable” de la que habla el psicólogo De Barbieri, libera a los padres, aunque sea momentáneamente, pero condena a los adolescentes al suplicio de Tántalo, porque conlleva lo que él mismo explica así: “si vamos a volver a la presencialidad con todo (es con) doble barbijo y con un miedo adaptativo que no es pánico”. Pero si la presencialidad responsable indicada por el psicólogo implica mantener ciertos cuidados como el “reunirse no más de cinco y mantener distancia”, más allá de la pandemia, para estar prevenidos de posibles pandemias futuras, sería la normalización de formas de conducta patológicas. 

Pero de nuevo, la sabiduría popular y proverbial confirma lo que tantos estudios científicos han demostrado: que no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista. En otras palabras, un miedo que dura un año y medio y que se proyecta al futuro, nunca puede ser adaptativo, y el organismo humano jamás podría resistirlo. Aún si no fuera llamado pánico, antes de sufrir ese miedo constante y duradero, sería preferible que estos adolescentes fueran alcanzados por una larga secuencia de virus, y ya no sería necesario ninguna vacuna.  

 Nuevonormalizar el desencuentro permanente y la eterna postergación de su adolescencia implica desconocer sus necesidades, pasarles por encima, y alejarlos de nosotros dejándolos totalmente solos. Cristalizados en el tiempo mirando con fascinación a sus compañeros evanescentes, entrecortados y distantes, persiguiendo una adolescencia que se acerca prometedora, pero que nunca llega. Los adolescentes en sus cuartos o en sus clases distanciadas sufren el mismo tipo de negligencia. La única forma es continuar con esta práctica de ponernos en su lugar. 

¿Y la vacuna permitirá la presencialidad? 

El anuncio de las vacunas podría tentar a algunos padres que reclaman la presencialidad, porque de algún modo les promete que comenzarán a vivir ese distanciamiento natural y necesario de sus hijos. Les promete que serán liberados de la responsabilidad adicional de esta tarea a tiempo completo, para la cual tienen que jugar innúmeros papeles: el de docente, el de amigo, el de sostén, el de promotor del ejercicio físico, y tantos otros. Pero, luego de la experiencia con las vacunas adultas, todos sabemos que no son acompañadas por ningún tipo de liberación. También sabemos que la idea de las “nuevas cepas” y la mar en coche, no se le ocurrió solamente a De Barbieri. Ya está claro, no servirán ni para inmunizar, ni como salvoconducto a la autonomía. 

Por eso, ya no está la liberación tintineando en el horizonte. Lo bueno es que sin esa tentación es posible evaluar la situación con la cabeza fría. En lo que debemos pensar y muy seriamente es en qué clase y qué grado de seguridad y garantía estas vacunas ofrecen. Sin embargo, esta garantía no existe. Los médicos y científicos que la recomiendan han dicho a quien quiera escucharlos que no se hacen responsables. Entonces, los únicos responsables serán los adultos a cargo de cada adolescente. Son ellos los únicos que deben asumir la responsabilidad de una decisión que tomarán sin saber absolutamente nada, pero firmemente apoyados en científicos que no les ofrecen ningún tipo de sostén. 

Los adultos deseosos de avanzar en el proceso de autonomía de sus hijos adolescentes se encontrarán más atados a ellos que nunca. La sobrecarga es inevitable frente a la exigencia desbordante de tener que tomar una decisión sobre un asunto que está tan fuera de nuestra competencia. La tranquilidad de que las autoridades del GACH la recomiendan es demasiado fugaz, porque antes de la hora de decidir, los científicos ya se han lavado las manos. La responsabilidad hoy se diluye en el conjunto de la población asustada y entregada. El reciente titular de la prensa “Uruguay vacunarán a los adolescentes con Pfizer” produce la impresión de que la responsabilidad estuviera compartida con un conglomerado de uruguayos, que todos juntos asumimos esa difícil tarea. Pero una vez que aquella sustancia desconocida, amenazadora haya atravesado la piel joven, no habrá vuelta atrás. Los médicos se ampararán en los científicos. Los científicos se desvanecerán y el adulto responsable a cargo de cada adolescente se encontrará con su feroz incertidumbre.  De aquí al resto de su vida, los adultos responsables serán los que habrán quedado solos. Nadie saldrá a compartir con ellos la responsabilidad en el caso de cualquier trastorno de salud de sus adolescentes, luego jóvenes y más tarde adultos. La inscripción oficial que señala que “se desconoce la seguridad a mediano y largo plazo” hace que la amenaza siga presente por muchos años. Aún si no se conoce la causa de algún malestar, ante el enorme desconocimiento del tema, siempre aparecerá el pinchazo fugaz de la duda, un aguijón breve pero agudo y recurrente que será difícil de acallar, porque la persona que tomó la decisión estará en el futuro siempre sola frente a su propia conciencia.  

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