ENSAYO


Por Diego Andrés Díaz

Una de las características de manifestación más transversal en nuestra sociedad es la que se construye a partir de la adhesión consciente o inconsciente a la religión del estado (tema que ya dedique algunas reflexiones hace un tiempo aquí https://extramurosrevista.com/la-estatolatria/) y que tiene su representación estelar en lo que de forma bastante cínica se nos vende como “etapa electoral”, siendo que básicamente, los actores políticos y culturales de los países occidentales hacen de la campaña política su actividad diaria año a año, haciendo ridícula cualquier diferenciación al respecto.

Igualmente, es en estos períodos donde la lucha por el control de la mayor cantidad de timones del estado (que van desde la obtención del ejecutivo central, al kiosco burocrático más insignificante, remoto y absurdo) hace que aflore con mayor transparencia la mentalidad que representa el sustrato donde florece el colectivismo y el estatismo: la mentalidad estatista. Esta mentalidad está sustentada en una creencia metafísica arraigada y naturalizada, que podría definirse en:



  1. El estado somos todos, y no una agencia específica constituida por personas que ejercen la propiedad del mismo.
  2. El estado es el adjudicador único y monopólico de la “gracia”, la bondad y la salvación material y simbólica de este mundo.
  3. El estado es la medida de todas las cosas y el centro de toda la vida de las personas, porque tiene una voluntad para hacer el bien.

Las causas de la expansión constante de la mentalidad estatista son variadas, muchas de ellas relacionadas directamente a la labor constante de autojustificación y auto legitimación cultural que el estado realiza a través de los más diversos mecanismos de construcción de hegemonía -desde la educación estatal centralizada hasta los mecanismos psicológicos y materiales que construye, descritos en estos artículos https://extramurosrevista.com/las-empresas-ideologicas/ y https://extramurosrevista.com/las-empresas-ideologicas-2/) pero su manifestación más grotesca se da en el proceso donde se agudiza la “campaña electoral”.

Es así que estos días, todos los debates políticos y electorales se dan en clave estatista, donde todos y cada uno de los protagonistas de las diferentes “opciones” comparten una tras otra una nueva idea para financiar a través del estado alguna actividad que ellos creen los catapultará al poder. “…El hecho de que tantos políticos de éxito sean reales embusteros -dice acertadamente el gran Thomas Sowell- no constituye únicamente una reflexión en torno suyo, también es una reflexión en torno a nosotros. Cuando la gente quiere lo imposible, sólo los embusteros pueden satisfacerlo, y eso sólo a corto plazo.

Esto nos lleva a que los “encendidos debates” que vemos en los medios de comunicación, entre contrincantes políticos sean una manifestación obscena de quien promete mayor intervención y acción del Estado para dar respuesta a las pulsiones corporativas más delirantes: prohibiciones y regulaciones de todo tipo (desde comerciar y usar tu propio dinero, ahorrar para tu futuro hasta jineteadas), ministerios de todo pelo y color, control de precios (para repelentes, alquileres, el dólar, tasas de interés bancaria, todo sirve), nuevas actividades industriales y comerciales a través de empresas públicas, reparto de dinero y aumento de presupuestos para reparticiones del estado, mayores saqueos impositivos sobre algún chivo expiatorio de turno, aumento de prestaciones y salarios sin fundamento económico alguno, promesas de todo tipo entre dos bloques que definimos como la “heladería política del gusto único” donde los acólitos del “Partido del Estado” y el “Partido de la Gestión” intercambian argumentos intervencionistas y se acusan mutuamente de tener menos “estatismo en sangre”, haciendo gala a la vieja frase de Frederic Bastiat: “El Estado es la gran ficción en donde todo mundo trata de vivir a expensas del resto”.

El Ingeniero Social

Como en tantos campos del conocimiento y en diversas etapas de la Historia, el impacto del avance de las teorías científicas en la explicación e interpretación de la naturaleza y el mundo material suelen tener consecuencias indeseadas, incluso nefastas o criminales. Esta tendencia a proyectar y extrapolar teorías de las ciencias naturales a las ciencias sociales es, definitivamente, el campo preferido del ingeniero social, una de los protagonistas más importantes en el esquema de expansión de la mentalidad estatista. Como primera característica hay que destacar que el ingeniero social es un progresista en el más cabal y profundo sentido del término: está convencido que conoce (es decir, está convencido que tiene toda la información dispersa) cual es el futuro para todos nosotros, hacia dónde vamos, qué caminos tomaremos, cuales son nuestros anhelos, sueños y necesidades, y está convencido que es su destino es diseñar cuál es el camino que obligatoriamente debemos transitar para llegar al paraíso que nos tiene destinado el ingeniero en su bondadoso rol de salvarnos de nosotros mismos. Es por esto que los actores políticos suelen declararse a sí mismos como progresistas. Por suerte la acción humana prescinde cada tanto de sus planes, ya que la libertad jamás puede ser “progresista”. Los caminos por los que transitará la sociedad en libertad son indescifrables a futuro. El progresista cree que sabe cuales son esos caminos y quiere imponer leyes y formas para que todos caminemos “directo al progreso eterno” bajo su supuesta receta infalible.

El otro de los soportes simbólicos del ingeniero social es la tecnocracia como legitimación del intervencionismo. Grandes dosis de esta estrategia tuvimos en el proceso histórico de la “Pandemia”, donde se apeló a una especie de discurso ecuménico sobre lo que la “Ciencia” – así sin más, representada como un ente abstracto e impersonal, en la misma dinámica simbólica que se nos presenta al Estado, es decir, una especie de Dios único con una sola voz oficiosa- nos decía como un mandato imperativo inevitable bajo amenaza de tratar a todos los que cuestionaron los mismos, de diferentes formas de “oscurantismo”. “…Los ideales cientificistas – sostiene F. Hayek- se manifiestan en las formas particulares que adoptan (…) Veremos que la influencia de su enfoque (…) en las opiniones actuales sobre los problemas de la organización social es mucho mayor de lo que generalmente se cree. La mayoría de los esquemas para una remodelación completa de la sociedad, desde las primeras utopías hasta el socialismo moderno, llevan de hecho la marca distintiva de esta influencia…”.

No es casualidad que la actitud de los “agentes de hegemonía” -sean estos intelectuales, artistas, comunicadores, deportistas, etcétera- ante la expansión de la mentalidad estatista del ingeniero social sea la de enorgullecerse de ser catalogados, como los bautizó Stalin, de “ingenieros del alma”. La mentalidad estatista ha permeado profundamente en los más diversos sectores sociales, impregnando de sus lógicas y fundamentos los aspectos más básicos y medulares de las sociedades modernas. No es extraño que las dificultades crecientes en lo que respecta al relacionamiento, educación y responsabilidad en el binomio padres – hijos está fuertemente marcado por la predominancia de la “perspectiva del ingeniero” como fundamento subyacente a toda lógica familiar.

Dentro de la inconmensurable complejidad de influencias ambientales y biológicas que atraviesan la maravillosa singularidad de un ser humano -solo el advertir la inmensa cantidad de rasgos psicológicos que traemos cada uno de nosotros y se van manifestando en el proceso de desarrollo desde la niñez más temprana- las sociedades actuales han optado por autoconvencerse de que los padres pueden diseñar, si toman las medidas de ingeniería acertadas, todos y cada uno de los componentes finales de la personalidad de los niños, desde su carisma, su rendimiento académico hasta los más profundos y privados aspectos de su psiquis, en la vieja idea de que son una especie de “libro en blanco” que vas a moldear absolutamente.

La combinación única que representa cada individuo como expresión genética y ambiental, representa el mayor e insalvable escollo para el “padre ingeniero”, que suele ver como su “obra” tiende a no responder al plan establecido, creando ese ejército de padres frustrados y culposos de haber fallado en la arquitectura de los resultados de su descendencia, y ante esta sensación de frustración por sus relaciones distorsionadas con sus hijos, apelan a campear la problemática a través de romper las jerarquías entre roles y consagrar el igualitarismo, agravando el problema.

Esta influencia de la mentalidad del ingeniero tiende a soslayar un mecanismo que representaba una especie de purificación del proceso: la idea de que los padres son “pastores” y no “ingenieros” de los hijos: su rol no es para nada pasivo, ni tercerizan las decisiones centrales de la vida de su descendencia, ni su manutención, ni su cuidado, ni la perspectiva general del proceso, pero logran entender la individualidad absoluta y maravillosa de la condición humana, y evitar así la idea de que ellos serán los responsables únicos y últimos de la vida de seres inevitablemente independientes, sea esto por lo bueno y lo malo, y que el mejor rol es el de mostrar caminos.

La perspectiva del ingeniero social es clave para promocionar la mentalidad estatista en cualquier ámbito, hasta transformarla en un espíritu de época inclaudicable. Porque habilita el predominio de las muletillas más comunes de su manifestación social: se concentra en absorber para sí las características -deseables o indeseables- de individuos y sociedades y utilizarlas para entender cómo consagración de estas pulsiones -sea esta el humanitarismo, la caridad, el resentimiento, la empatía, el pacifismo o el odio- para proponer una solución a base de ingeniería social, control, planificación y sometimiento incondicional al Estado.

En general sus manifestaciones giran en torno a la tendencia humanitaria, igualitarista, utilitarista, paternalista, justiciera, incluso megalómana o resentida con la suerte personal, que todos podemos tener ante una circunstancia en algún momento, apuntando a construir sobre esas bases una justificación moral -la famosa “superioridad moral autoproclamada” que suele agitar como un as en la manga el estatista en cada discusión pública como especie de comodín invencible y prueba de representar el bien y la bondad universal- del intervencionismo creciente, de la solución estatal. La mentalidad estatista así, funciona como una especie de bálsamo del alma colectivo, y en consecuencia, su manifestación política -el progresismo político- pasa a ser, en palabras de Phillipe Muray, “el dealer universal de esta humanidad en secesión de humanidad”, a la vez que garantiza que toda la puesta en escena se realice sin perder el carácter rebelócrata del acting (https://extramurosrevista.com/la-rebelocracia/ ) y que les brinde a los beneficiarios del baño en agua bendita de las mieles -renta, poder y casta) la salvífera condición de representar el bien. Este rol social que adjudica la mentalidad estatista a sus representantes y usuarios, les confiere, analiza Phillipe Muray, “…ser los médicos de la humanidad sufriente, los líderes, los comprometidos, los solidarios, los liberadores y los redentores del mundo. Nunca antes se les hubiera ocurrido auto-designarse como conciencia moral perpetua, poco menos que por derecho divino. Nunca antes habían exigido que los poderes públicos les subvencionen su libertad privada, y que esa subvención tenga que defenderse con uñas y dientes como si fuera una conquista social inalienable…”. El ejemplo actual argentino, nos brinda un ejemplo fantástico de cómo el funcionariado político y público viven como una traición social del pueblo, cuando se pone en cuestionamiento su increíble y delincuencial sistema de privilegios.

El ingeniero social suele detestar las manifestaciones virtuosas de la libertad humana, representadas en general por el ciudadano común que logra, sea en el ámbito comercial, académico, artístico o profesional, desarrollarse prescindiendo de la planificación. Para ellos, en general, se les destina la trampa de buscar empequeñecer sus logros y hacerlo sentir que los mismos son por obra del estado. No importa que las comunidades y los ciudadanos financien ese estado, se les intenta bombardear con una especie de sentimiento de culpa por no ser lo suficientemente agradecidos al Estado. La mayor parte de los estados modernos han construido una idea abstracta e intangible del estado, para legitimar sus excesos, su violencia, su corrupción, su voracidad fiscal, mandarte a morir por él o beneficiar/castigar a sectores específicos de la comunidad. El proceso ha sido largo pero, utilizando en el camino varias armas muy efectivas logró finalmente colocarse a sí mismo como idea abstracta, sagrada, en las mentes de la comunidad. El estado se convirtió en la religión de la modernidad (https://extramurosrevista.com/la-estatolatria/)

Más allá de esto, detrás de la mentalidad estatista existe un “sentido común” popular con pies de barro, y en la militancia individual en esta mentalidad, lo que hay son intereses específicos, terrenales y muy humanos, por más que se intente disfrazarlos de buenas intenciones humanitarias o de misericordia. Porque el militante en el estatismo, sea del rubro que sea su actividad, tiene la convicción profunda de que en algún momento esa militancia será profusamente compensada por la adquisición, tarde o temprano, de la tranquilidad material y el prestigio social prometidos, donde la seguridad laboral, la dignidad burocrática y la dentadura postiza gratis, están garantizadas. Así como un ariete doblega la puerta del castillo, sabe que alguien de la política, del empresariado prebendario del Estado, o el sindicalismo estatistas, le darán su anhelado trofeo. Es por ello que el militante estatista no tiene problemas de mostrarse radical e intransigente, agresivo e intolerante, orgulloso de sus crímenes, ya que sabe que su premio llegará al final. Y por ahora, no se equivoca.

Por ahora.

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