PORTADA

Por Óscar Larroca

Inicios

Algunos observadores fijan la fecha de inicio de la reciente censura global a la libertad de expresión a partir de los ataques al semanario Charlie Hebdo, en enero de 2015. Otros, afirman que fue decisiva la manipulación a los conceptos de algunas palabras, con el fin de promover nuevos atenuantes y agravantes morales. Esto sucedió, por ejemplo, durante el juicio político llevado adelante por el Partido Republicano en 1998 como consecuencia del perjurio que habría cometido el presidente Bill Clinton con el affaire Lewinsky (Lewinskygate), lo que habría guiado al primer mandatario estadounidense a pedir la revisión de algunos términos asociados a su encuentro privado con la célebre pasante. Durante la declaración, se le preguntó a Clinton si había tenido “relaciones sexuales”. Clinton solicitó al juez que se redefiniera el alcance de los conceptos “sexo” y “relación sexual”, petición a la cual el magistrado accedió. Luego, el presidente contestó: “Yo nunca he tenido relaciones sexuales con Mónica Lewinsky” (…) “ni tuve contacto con esas partes del cuerpo (nota: “partes del cuerpo” que habían sido explícitamente listadas) con intención de satisfacer o despertar el deseo sexual de cualquier persona”. En otras palabras, Clinton negó haber mantenido un contacto asociado a satisfacer el deseo sexual con la pasante; con lo cual, la presunción de “haber tenido relaciones sexuales”, quedaría sin efecto por obra y gracia de aquella alteración.1

Otra vez, “lo que no se nombra no existe” (George Steiner).2

Otros observadores también recuerdan la reforma al léxico impulsada en el año 2006 por la Military Commissions Act de los Estados Unidos (en varios documentos oficiales cambiaron la frase “muerte de inocentes” por “daños colaterales”; “refugiado” por “combatiente enemigo ilegal”, etcétera).3

Algunos años antes, en 1987, un comité integrado por Mary Elizabeth Gore (esposa del senador demócrata Al Gore), denominado Parents Music Resource Center, intentó con mucho fracaso y escasa vergüenza promover etiquetas de “advertencia parental sobre contenido explícito” en las tapas de los discos compactos, a propósito de las “obscenas letras de las canciones de la música rock”. 

Obsérvese que estos tres últimos episodios de manipulación y de censura a la palabra son posteriores a la condena ejecutada por dictadores, moralistas, religiosos ortodoxos y vigías del pasado, quienes estaban mandatados por jueces y partidos conservadores para prohibir cualquier tipo de vocablo e imagen (estática o en movimiento) que “mancillara a la moral pública”. Sin embargo, a partir de ese paréntesis que se abre en 1987 y se cierra en 2015 con los ejemplos anotados más arriba, la censura al vocabulario y al arte regresa de la mano de grupos que fomentan la corrección política y la defensa a todo aquel ciudadano que exprese haber padecido algún tipo de ofensa. Curiosamente, esos grupos pertenecen a movimientos políticos progresistas, a la inversa de lo que sucedió históricamente donde los perseguidores estaban vinculados a corporaciones derechistas (aunque también a los regímenes comunistas, para los cuales la censura, la delación y la vigilancia eran moneda corriente). Esta voluntariosa disposición de purificar de la plaza pública a los ofensores en nombre de “la verdad”, se parece demasiado a la intolerancia totalitarista, hoy consumada por quienes ayer estaban comprometidos con la emancipación del sujeto. 

Los progresistas contemporáneos, afectos a contabilizar muertos según el color de las tanquetas antidisturbios, son muy afectos a las grifas, a los escraches municipales y a las exigencias de censura bajo el silogismo de defender a los débiles (defenderlos del “humor discriminatorio”, del machismo, del “relato heteropatriarcal”).

A pesar de algunas buenas intenciones, endebles argumentos se colocan arriba de la mesa para justificar estas censuras por izquierda: un alegato de desacuerdo que no admite el menor matiz y obtura el diálogo (“vos no entendés”, “vos no pensás”), el eslogan contra el odio (el juicio apriorístico que roza el Ad – Hominem), y manuales que le explican al lego la diferencia entre izquierda y derecha y el correspondiente límite o cordón sanitario que celebra a los que están de un lado y maldice a los que están del otro lado de ese recorte purificado (“Yo no puedo criticar a Maduro, de ninguna manera. Eso sería colocarme en el mismo lugar de la derecha”, intentaba explicar estérilmente Constanza Moreira bajo ese maniqueísmo). 4

Así las cosas, veedores, políticos y activistas redefinen los conceptos que encierran los hechos con el mero propósito de forzar una realidad teñida de grises (y dentro de la cual todos podrían tener su cuota de razón). Tanto para minimizar como para magnificar esos hechos, se establecen distintos retruécanos y correcciones idiomáticas, al tiempo que se invoca a las parcelas de pensamiento ubicadas a un lado u otro de aquél cordón higienizado.

Censuras debido a la ofensa

Las consecuencias no se hicieron esperar. En los últimos cuatro años hemos sido testigos de una creciente arremetida contra el arte (literatura, pintura, escultura, literatura, cine, teatro), la caricatura y el humor, de parte de quienes confunden realidad con símbolo y literalidad con metáfora. Tal vez, el volcar las energías en contra de la metáfora y no en contra de una realidad injusta, sea más redituable en términos de autosatisfacción moral, así como de responsabilidad para un militante de las causas nobles. ¿Cuántas veces hemos visto a activistas con pasamontañas y bufandas palestinas aporrear un cartel de Mac Donalds emplazado en una parada de ómnibus? Por lo general, este ritual catártico se ejerce en comparsa como una reafirmación identitaria, y el resultado es muy similar a las catervas de barrabravas que salen a destruir vidrieras a la salida de un encuentro clásico.

– La caricatura de Serena Williams realizada por el artista Mark Knight (y que fuera portada del periódico Herald Sun) fue amonestada por quienes consideraron que era una representación racista de la tenista estadounidense.

– Algunos colectivos afines a las minorías étnicas pidieron a Netflix que retire de su grilla la serie Friends (1994-2004), por considerarla racista y misógina. Al mismo tiempo aterrizaron en Hollywood para exigir a la industria del cine que incluya, para la elaboración de sus personajes de ficción, la diversidad racial, antropomórfica y sexual. Hay series para adolescentes como Popular (cuyo autor es Ryan Murphy, el libretista de Glee) en la que sus personajes son negros, coreanos, indios, latinos y descendientes de las tribus nativas de Norteamérica. También hay una cuota para adolescentes petisos (Zoey 101, de Nickelodeon) y otra para individuos transexuales. La señal FOX Premium anunció el comienzo de Pose, la primera serie subtitulada al español con lenguaje inclusivo («nosotres», «estimades amigues», etcétera).

– Cinco capítulos de la serie animada South Park fueron excluidos de HBO Max por incluir a Mahoma. Los episodios en cuestión ya habían estado en la polémica por la “representación” del profeta. Tres de los capítulos fueron quitados del sitio oficial de la serie.

– La empresa Disney decidió eliminar de Toy Story 2 una escena donde asoma un aparente hecho de acoso sexual. La escena transcurre dentro de la caja donde se encuentra Oloroso Pete y dos muñecas Barbie.

– El diario New York Times dejó de incluir caricaturas políticas. Se trata de una controversia que tuvo a partir de una ilustración calificada de “antisemita” ya que mostraba al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, como un perro guía del presidente estadounidense, Donald Trump. 

– Una escuela pública de la localidad española de Sarriá (Barcelona) retiró de su biblioteca doscientos títulos de libros porque no son del agrado de los defensores de la nueva agenda de derechos. “Cuentos emblemáticos como Caperucita roja o La bella durmiente son ejemplares de historias tóxicas en perspectiva de género”, señalaron sus promotoras.

– La dirección de la Universidad de Cambridge retiró un cuadro con escena de caza debido a quejas de veganos. El mercado de las aves es una obra del pintor inglés del siglo XVII Frans Snyders, y estuvo colgada en un muro del Hughes Hall de la Universidad hasta hace unos meses, cuando fue “discretamente retirado y devuelto al Fitzwilliam Museum, que había cedido a largo plazo la obra para su exhibición” (…) “La presencia del cuadro en la sala hacía sentir incómodos a algunos comensales”, explicó un portavoz del museo. “Las personas que no comen carne consideraron que el óleo ofendía sus convicciones”.

– En el Reino Unido, la Manchester Art Gallery retiró, de forma transitoria, una pintura del prerrafaelista William Waterhouse, Hilas y las ninfas (1896), por considerar que “perpetúa los modelos misóginos y heteropatriarcales”. 

– En España, doce mil personas firmaron un manifiesto para que se retirara de una muestra itinerante la pintura Térèse soñando (1938), de Balthus: una jovencita que deja ver, de manera provocativa, su ropa interior.

– En Londres, la guionista británica Karla Marie Sweet se quejó de que no entendía la ausencia de actores negros en la serie de HBO Chernóbil, basada en la tragedia ocurrida en 1986 en la central nuclear de la Ucrania soviética. Sweet explicó en Twitter que se sentía “decepcionada” al ver “un programa exitoso con un elenco masivo” que invisibiliza a “las personas de color” (sic).

– La escuela secundaria George Washington de la ciudad de San Francisco cubrió con pintura blanca una serie de trece murales de 150 metros cuadrados porque ofendía al alumnado.  En este mural se veía a George Washington y a un grupo de sus esclavos. La escuela eliminó esas pinturas porque “la representación de minorías solo como víctimas es una ofensa a nuestro alumnado. Queremos brindarles a nuestros alumnos un ambiente seguro” (sic).

Censuras debido al “pensamiento incorrecto”

En algunas universidades australianas las carreras de los astrónomos y astrofísicos no dependen solo de sus méritos académicos, sino también de sus identidades personales —varón, blanco y heterosexual corren últimamente con alguna desventaja— y de sus antecedentes en asuntos de diversidad. Para aspirar a cargos y recursos materiales —en astronomía— se exige al interesado que escriba una “declaración sobre diversidad” (sic).

A la psicóloga y socióloga estadounidense Linda Gottfredson le cancelaron una conferencia en la Universidad de Gotemburgo por sostener cosas tan “inauditas” como que hay evidencia de que algunas pautas conductuales no obedecen solo a construcciones sociales, sino también a factores genéticos. Se le comunicó que su invitación había sido anulada debido a las protestas de otros investigadores que sostenían que “las conclusiones no igualitarias” de Gottfredson contravenían las normas éticas del organizador del coloquio académico.

Censuras debido a la violencia racial

En el anterior número de extramuros, Gonzalo Curbelo Dematteis analizó en profundidad el reciente episodio de censura a Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939) de parte del canal de streaming HBO Max. Allí Curbelo explica que la gota que derramó el vaso pudo haber sido el ataque que efectuara John Radley (guionista del filme 12 años de esclavitud, Steve McQueen, 2013) desde una columna de opinión, aunque el filme de Fleming venía arrastrando varias protestas con antelación a esa perorata del guionista. La decisión del canal remite, asimismo, al asesinato injustificado de George Floyd en manos de un agente de policía (un hecho que provocó que miles de personas tomaran las calles de Barcelona, Madrid y Roma en una muestra de apoyo al movimiento Black Lives Matter).  

A partir de ese homicidio, no solo se produjo el retiro transitorio de Lo que el viento se llevó, sino que los indignados manifestantes arremetieron contra una escultura de Winston Churchill en la Plaza del Parlamento, en Londres, durante las movilizaciones. Un ejercicio destructivo que ha sido una constante a lo largo de la historia (Alarico I y los visigodos ya habían instaurado ese tipo de faenas en el histórico saqueo a Roma del año 410).

Las consecuencias materiales se pueden medir en la destrucción de más monumentos, como el realizado en homenaje a Cristóbal Colón, al escritor Miguel de Cervantes o al misionero noruego Hans Egede. Hasta la escultura de la Sirenita de Copenhague, en la capital de Dinamarca, fue vandalizada con la frase “pez racista”. 

Las consecuencias económicas se pueden contabilizar en algunas medidas oportunistas, como las que inició la marca Mercedes Benz al vestir de negro sus automóviles de F1 “en homenaje a la lucha contra el racismo”. Un aviso de la empresa dice: “Les presentamos nuestra decoración de 2020. Una promesa de mejorar la diversidad de nuestro equipo y de nuestro deporte, y una señal del compromiso del equipo en la lucha contra el racismo y la discriminación en todas sus formas”. 

Las consecuencias simbólicas, mientras tanto, se pueden visualizar en las varias performances en las que se distinguen mujeres y hombres blancos en fila para besar, a su turno, los pies de varios ciudadanos negros. En casi todas estas performances o rituales callejeros los blancos piden “perdón” por haber nacido con ese color de piel. 

Por último, es deseable que las consecuencias nobles, como el haber tomado conciencia de que todavía queda mucho por hacer para derrotar el racismo, no queden ocultas bajo el privilegio o el desvalor de los pigmentos étnicos. Como dato al margen, no es casual que el hecho de pedir “perdón por ser blanco” haya asomado al mismo tiempo que otros pedidos: “Perdón por ser hombre”, “Perdón por ser heterosexual”, “Perdón por la apropiación cultural” (es decir: “Perdón por haber dado mi voz a un dibujo animado que personifica a una niña negra cuando yo soy una locutora de piel blanca.”)

Después

¿Debe “valer todo” a la hora de expresarse mediante la representación artística? Tal vez no. Por el momento, “todo debe valer” en tanto el autor se haga responsable del alcance de lo que entiende por “libertad”. Lo contrario a ello es el otro “vale todo”: el impuesto de forma vertical por quienes consideran que detrás de toda representación cinematográfica, literaria o plástica, se oculta solamente la pezuña de una mente perversa y subyugada por la mera bufonada, y no un testimonio narrativo fundado en la historia (como en el filme Lo que el viento se llevó). 

La representación es, en cierta forma, la “puesta en lenguaje de la realidad” y la “delegación de potestad”, a lo que cabe agregar la crisis de la representación. Por crisis de representación se entiende el proceso donde entran en conflicto los sujetos representados con sus representantes y en consecuencia se dificulta el establecimiento de una correspondencia de encomienda o de depósito debajo del cual subyace la convenida confianza en el otro, la idea o el objeto. Así, todavía hay quienes siguen confundiendo literalidad con metáfora: es creciente el número de espectadores que reclaman censura ante algunas representaciones porque ven en ellas desprecio, hostilidad y discriminación (estética, de género, de clase, de raza, de edad, etc.). Ese divorcio es el que le da voz, desafortunadamente, a un grupo de ciudadanos del departamento de Rivera porque se sintieron ofendidos por los chistes estúpidos de un bufón capitalino. 

La etiqueta ofensa o discriminación estará ubicada en alguna parte, en un punto impreciso, a lo largo de un argumento hipócrita que tiende a reducir el arte, la caricatura o el humor a una dimensión puramente literal y no metafórica. Los ofendidos, que terminan siendo la carne de cañón de algunos colectivos de adscripción envalentonados con todas las formas de censura, dirán que ese punto no comienza en otro lugar que no sea el establecido por ellos.

[Una versión más breve de este texto fue publicada en la revista de artes visuales La Pupila, No. 51, setiembre 2019.]

Notas

1 Eso no le evitó tener que dormir en el sofá del living de la casa blanca durante varios meses, según confesó Clinton años más tarde. (volver)

2 “Lo que no se nombra no existe” también es utilizado (paradójicamente) como argumento por mujeres transexuales, quienes le piden a la ciencia médica que no se nombre a la vagina como vagina (dado que estas personas nacieron con un cuerpo biológico distinto al que perciben como propio), pues entienden que la palabra vagina las ofende. Estas mujeres trans piden ser personas visibilizadas, para lo cual sugieren que se nombre a la vagina como “orificio delantero del cuerpo”. “Si no se nombra de esta forma, nosotras no existimos”, explican. (volver)

3 HR-6166, fue una Ley del Congreso firmada por el presidente George W. Bush el 17 de octubre de 2006. (volver)

4 En una entrevista que mantuvo con la periodista Ana María Mizrahi en TNU, marzo de 2017.(volver)

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