FERNANDO ANDACHT /Pasó ya un buen tiempo, es cierto, desde la tinieblas mentales que acecharon nuestras mentes en pandemia. Pero algo sigue vigente como si no hubiera pasado un solo día: la acusación o sospecha de adherir a una (o a varias) teorías de la conspiración. Nada ignora o estigmatiza más y mejor a quien critica algo del estado de cosas o de las cosas del (mal) Estado que el veredicto implacable de ser conspiranoico. 


ENSAYO

En el ensayo comienzo por repasar lo básico del conspiracionismo y su otro, el anticonspiracionismo. Luego reúno algo banal – una crónica del desamor a una estrella del deporte internacional asociada a ese grave falta – un reciente podcast al que me invitaron para hablar de ese estigma social que no considero tal, y el derrotero de un investigador de genocidio que pasa de la duda hasta llegar a la certidumbre de que su país está efectivamente cometiendo un genocidio. Su identidad judía y sionista, en igual proporción y convicción, lo convierte en una voz imposible de ignorar o silenciar. Lo que une estas tres desiguales ocurrencias es la denigrante acusación que conlleva el ser declarado un insano teórico de la conspiración. 

Perdónalo, no sabe lo que dice, es un delirante teórico de la conspiración

 “Cuál es la diferencia entre la verdad y una teoría del complot? De ocho a nueve meses.” (Manifiesto Conspiracionista, 2022) 

Una muy recomendable entrada a esa frondosa madeja que es la acusación universal de haber perdido la razón por un dañino extravío en alguna teoría conspirativa es el Manifiesto Conspiracionista (Anónimo, 2022), cuya traducción parcial a cargo de Alma Bolón puede leerse en esta revista. Su inicio es por demás elocuente y justo: “Somos conspiracionistas, como hoy lo son todas las personas sensatas.” A lo largo de una muy nutrida recopilación de información histórica sobre la tarea incesante y creciente de los servicios secretos de varios países durante y después de las grandes guerras del siglo 20, este esclarecedor manual demuestra por qué el poder bajo todas sus muchas y mutantes formas necesita probar que quien se le opone con argumentos y evidencias no está en su sano juicio, que ha caído en las garras irracionales del conspiracionismo. 

Una muestra de su planteo extraída del tiempo pandémico debería bastar: “el poder presente le ha tomado gusto a esta recurrente operación: plantear una realidad delirante, y luego declarar heréticos a aquellos que se nieguen a aceptarla” (Anónimo, 2022, p. 33). A medida que leemos, crece una convicción: nada hay más conspiracionista que el infatigable anticonspiracionismo estatal o el que practican sus fieles escuderos, los medios de comunicación y la ciencia oficial. Esta última fue la encargada de diseñar la “Ortodoxia Covid” (Mazzucchelli), desde la pandemia hasta el presente. Quien quiere llegar al poder no puede prescindir de un permanente acto conspirativo, y cuando lo consigue, nada le importa más que estar atento y alarmado por las posibles conspiraciones que lo remuevan de ese lugar tan codiciado y vulnerable. Su publicitado anticonspiracionismo consiste en conspirar sin tregua para desacreditar a los adversarios, tal como en la pandemia se cancelaba toda objeción a la “realidad delirante” que se impuso en el mundo, gracias al férreo apoyo de agencias globales como la OMS, y a otros aliados aún más turbios mediante proyectiles estigmatizantes como ‘conspiranoico’ o ‘negacionista’. Este útil manual anónimo explica cómo el uso de esos estigmas descalificadores “pone ese mundo al abrigo de toda crítica. La acusación de conspiracionismo es el guardián de la mentira descarada […] Quienquiera que diga algo sobre este mundo se está extralimitando en sus derechos epistemológicos. De hecho, no hay nada que decir sobre este mundo. Lo único que hay que hacer es adaptarse.” (Anónimo, 2022, pp. 37-39). El “mundo” al que se refiere ese texto es uno donde las contradicciones e inconsistencias de la política sanitaria se sucedían sin pausa, pero los amables y recurrentes científicos invitados a los medios actuaban como si todo fuera el fruto de una lógica inexorable que sólo era criticada por los infames conspiranoicos, por desdichados seres aferrados a su inválida desde siempre y fallida teoría. 

Otro aporte del Manifiesto Conspiracionista sobre el consistente esfuerzo por proyectar en la disidencia de toda versión oficial del Poder la estrategia que emplea sin pausa el propio Poder es la distinción que formula entre ‘conspiración’ y ‘complot’: 

“El complot evoca la imagen de unos conjurados reunidos en la misma habitación, urdiendo un plan preciso basado en un voluntad explícita y compartida. Se basa en un secreto compartido que puede ser fácilmente traicionado. Una conspiración, en cambio, no necesita reunir a sus miembros. Ella flota. Su elemento es áereo.”

Me vino a la memoria una escena de la saga del espía inglés 007, James Bond, llevada al cine en los años 60. En Dr. No (T. Young, 1962), y en films posteriores, los peores villanos se reúnen periódicamente en una organización llamada SPECTRE, la sigla en inglés del Ejecutivo Especial para Contra-inteligencia, Terrorismo, Venganza y Extorsión (Special Executive for Counter-intelligence, Terrorism, Revenge, and Extortion).  La escena que reproduje abajo permite ver el lugar cerrado, secreto, en el que estos malhechores traman crímenes de alcance mundial contra el orden establecido. Sus miembros están sujetos a la súbita extinción, como lo muestra el número que flota encima de cada uno, pues su líder, el siniestro genio del mal Ernst Stavro Blofeld, cuya mano vemos en la imagen sobre un tablero, procede a eliminar al miembro de Sque haya violado alguna de las normas de esta empresa criminal, con tan solo apretar un botón de ese dispositivo. 

Escena de SCEPTRE del Dr. No/El Satánico Dr. No (T. Young, 1962, Inglaterra)

Otro acierto del Manifiesto Conspiracionista es diferenciar esa clase de cónclave de algo que forma parte invisible del desarrollo de la humanidad: vivir y conspirar se confunden. Por ese motivo, recomienda “suprimir el aura de excepcionalidad de la conspiración”, y evoca el origen del término latino, ‘conspiratio’, que significa “la armonía, tanto la armonía musical como el entendimiento entre las personas”. Por ejemplo, no era necesario que el servil elenco estable mediático durante el tiempo en que imperó el régimen covidiano se reuniese como lo hacen los villanos de SPECTRE, para poder complotar en secreto. En esa época, el bienio 2020-2021, flotaba en la atmósfera pandémica una conspiración mediática para aterrorizar sin tregua a las personas, y así convertir lo anómalo en la regla de vida nuevonormal. 

¿Cuál es entonces la razón para perseguir de modo implacable a quienes se juzgó como teóricos de la conspiración en el tiempo pandémico? La explicación es simple, una cuestión de preservar el uso exclusivo de ese instrumento: “Para los dueños de este mundo, la retórica anticonspiracionista procura obtener el monopolio de la capacidad de conspirar” (Manifiesto Conspiracionista). Retomo un asunto sobre el que ya escribí hace tiempo, con el título “Y te vacunarás sin dolor (y sin falta) … mitologías en la pandemia anestésica”. Un texto de Frédéric Lordon (2017) traducido por eXtramuros ostenta un título coincidente con la tesis del Manifiesto C., “El conspiracionismo del anticonspiracionismo”. Y el título de su primera parte, “Descalificar para mejor dominar”, explica el fenómeno que presidió los males pandémicos. El estrato más poderoso de una sociedad está compuesto por políticos y empresarios que se mueven como peces en el agua en las siempre turbulentas olas de la conspiración. Y lo hacen a tal punto que, nos asegura con singular brío este filósofo y economista francés, la función secundaria vampiriza la primaria. Para poder mantenerse en la cima del poder, ya sea éste político o económico o ambos, quien se ha encaramado a esa elevada posición dedica buena parte de su tiempo a conspirar, y a actuar como un auténtico conspiracionista. El verbo por excelencia en esa clase de organización de muy alto nivel es ‘tramar’, escribe Lordon. No hay mejor estrategia que proyectar, que desplazar al espacio más lejano posible esa actividad doble y tan consumidora de energía y tiempo. En virtud de esta jugada, pasan a ser los dominados, la gente simple, los de escasas luces y mucha ignorancia y/o superstición quienes estarían poseídos por ese agotador e insensato afán conspiracionista. A ellos debemos  declararlos írritos y nulos en saber y en el uso de la razón. 

Tal vez este planteo resulte excesivamente abstracto y ajeno al mundo de la vida. Nada mejor entonces que bajarlo a tierra mediante un ejemplo de inspiración geopolítica, cercano en tiempo y en espacio, para ilustrar estas ideas centrales para entender y manejarse racionalmente en estos tiempos pospandémicos. El presidente uruguayo Yamandú Orsi fue uno de los protagonistas de un evento internacional que convocó, se nos dice, a los gobernantes “progresistas” de este continente más uno de Europa, y que tuvo lugar en Santiago de Chile. Su alocución concluyó con una alarmada recomendación de avanzar con la censura de la información: “Debe haber algún tipo de regulación de noticias falsas, donde haya un espacio para verificar. No está bueno mentir”. Eso dijo el mandatario uruguayo, según un informe del 21 de julio de 2025. Por su parte, en el mismo cónclave, otro invitado por su condición ‘progresista’, el presidente del gobierno español Pedro Sánchez, advirtió y buscó atemorizar al multinacional foro con un truculento anuncio, en su propio discurso de cierre:

“Nuestras sociedades se enfrentan a una amenaza real liderada por una coalición de intereses entre oligarcas y ultraderecha. Una, llamémosla así, internacional del odio y de la mentira, que avanza peligrosamente, por desgracia, en ambos continentes y, por tanto, también en el mundo Nos enfrentamos, por tanto, a una internacional reaccionaria que actúa coordinadamente. Y por eso es tan importante actuar desde la coordinación y desde la respuesta conjunta.” (énfasis agregado, F.A.)

Difícil imaginar un evento más alejado del espíritu democrático, a pesar de que esta cumbre ostente orgullosa y vanamente el altisonante nombre de Democracia Siempre. Si así es como pretenden guiar ese régimen político siempre, mucho me temo que no será posible. Ya tuvimos la extensa oportunidad de saborear la intervención autoritaria de la cancelación en redes sociales bajo la férrea supervisión, como sabemos hoy, del Departamento de Estado norteamericano, según lo confirmó el dueño de Meta. Y esa fue también la inspiradora demanda de Barack Obama al selecto público ante el que disertó, en la Universidad de Stanford, en 2022. Los desafío a encontrar una afirmación de naturaleza más conspiracionista que la enunciada por el español Sánchez. Desde un anticonspiracionismo conspirativo, él llamó a luchar contra la temible conspiración antidemocrática. Lo dicho, el conspiracionismo es bueno o malo según quien lo practique; si es el poder supremo el que lo emplea como estrategia para permanecer en el mando, es correcto. Pero si es el pueblo raso, en vez de los fieles servidores antes nombrados – medios masivos y ciencia oficiosa – entonces hay que desacreditarlos por esa demencial iniciativa de querer conocer la verdad a toda costa. 

Una contribución a este funcionamiento conspiracionista desde la ciencia proviene de uno de sus más conocidos representates locales, el Dr. Rafael Radi, quien supo liderar el grupo de apoyo pandémico al gobierno. En una entrevista radial reciente, Radi aportó su grano de arena conspirativo/anticonspiracionista: “Detectamos un patrón global: intentos de silenciar o manipular la ciencia no solo desde un color político, sino en regímenes de distintas ideologías.” Esa maniobra debe permanecer en manos de la propia ciencia, como nos recuerda la filtración de una recomendación secreta de la vicepresidenta del Sindicato Médico del Uruguay, difundida en 2021, para que los médicos produjesen videos atemorizantes entre la población Esa es la clave: el anticonspiracionismo del poder es el único que debería conspirar tranquilamente, porque lo suyo es en aras del bien común.  

Perdónalo OMS que estás en las alturas farmacéuticas, Djokovic no sabía lo que se perdía

Prosigo este ensayo de modo liviano, para que el lector no huya por creer que inútil y/o aburridamente recaigo o no consigo aún salir del modo pandémico, de la crítica contra todo lo que se hizo mal y que se descargó impunemente sobre la gente desde el poder máximo – Estado, Medios de Incomunicación Maciza y Ciencia Dogmática y Debaticida.  Pero ¿a quién no le gusta leer sobre los ídolos del deporte mundial? Parece muy difícil contrabandear algo tan denso y maléfico según lo reiteran estos tres agentes ubicuos y victoriosos como la Teoría de la Conspiración (TDC de ahora en más) en una crónica de uno de esos afamados atletas. Lo intentaré de todos modos. Con el confesional título “Novak Djokovic, me equivoqué contigo”, un comentarista con podcast en internet publicó ese texto en clave de arrepentimiento en The New York Times el 11 de julio de 2025. Me interesó de la intrascendente nota el recuento de anti-virtudes o problemas que el autor un tal Kelly Corrigan, menciona al inicio para explicar o justificar ese rechazo que sentía por el famoso tenista: “Sí, él fue desagradable con algunos árbitros. Sí, él se negó a ser vacunado”. Me llama mucho la atención, ese salto mortal argumentativo desde una supuesta falla ética en su forma de jugar y de perder hasta algo de naturaleza sanitaria y personal. Cuesta un poco, en 2025, recapturar el clima de honda grieta forjada por los gobiernos del mundo en común acuerdo con la OMS y filiales locales, que se encargaba de separar los obedientes de los otros. Hablo de los que enarbolaron sus brazos desnudos para someterse al experimento, enfrentados a quienes prefirieron, como el oscuro héroe de Melville, el escriba Bartleby, decir una y otra vez ante la gentil y conminatoria propuesta universal inyectable: “Prefiero no hacerlo”, con calma pero inamovible firmeza. A continuación el autor acepta con cierta humildad que “tal vez el problema siempre fuimos nosotros”. Me incomoda ese plural inclusivo, del que no me siento parte. Seguramente, este opinador se apoya en lo que imagina es la actitud colectiva del público lector de ese diario norteamericano, que cinco años después, y a pesar de las revelaciones sobre lo ocultado o fabricado en torno a la política sanitaria en su país y en el resto del mundo, sigue detestando, como se le enseñó, a todo aquel que se rebeló contra esa masiva y maciza campaña de propaganda sanitaria, sea esa persona famosa o anónima. Aunque el columnista no invoca en ningún moment la adhesión de esta figura deportiva a la denostada TDC, para justificar su animadversión previa hacia Djokovic, era tan fuerte la asociación entre esa condición descalificadora y la voluntad de no vacunarse, que es razonable inferir su incidencia. Para gran parte de la opinión pública, quien se apartaba del mandato vacunal global covidiano no actuaba de ese modo por una decisión personal y válida, sino que estaba bajo los efectos nefastos e invalidantes del conspiracionismo salvaje. 

Lo que olvida mencionar este ignoto opinador es que el precio que pagó Novak Djokovic al negarse a ir contra su criterio de salud, cuando viajó a Melbourne, Australia, no se limitó a ser encerrado varias horas en el aeropuerto, como si fuera un malhechor, sino que por decisión del gobierno de ese estado australiano se le impidió jugar por no aceptar su justificación para no haberse vacunado contra la Covid-19, en enero de 2022. Y por ese motivo, Djokovic perdió la dorada oportunidad, para un deportista profesional afamado, de conseguir un envidiable récord masculino, el de haber sido victorioso en 21 torneos Grand Slam. Pero es evidente que, para la forma de pensar del autor de la nota, eso no sería castigo suficiente, él debe mencionar o dejar entender años después que el tenista es un ser no vacunado, por ende, un riesgo para la población. Obviamente, para el poder pandémico global aquella fue una oportunidad imperdible de sentar el ejemplo de la suerte que correría todo rebelde vacunofóbico, sin importar su celebridad. O, por el contrario, porque Djokovic era conocido en todo el mundo, la prohibición y el confinamiento al que se lo sometió debía volverse una lección de que lex covidiensis, dura lex: nadie escapa al rigor de la ley. Felizmente, esa trivial columna confesional de The New York Times, escrita tres años después de ese incidente sanitario y deportivo, registra el perdón que le otorgó este anti-fan arrepentido que, dado que el deportista serbio había llegado al límite biológico de su estelar carrera, merecería a pesar de todo. 

Aunque como ya dije, no lo menciona en su texto, la fea sombra de la TDC planea sobre el anterior y prolongado rechazo del columnista hacia la figura deportiva: sólo un negacionista o un antivacuna podría haberse comportado como lo hizo Djokovic. ¡Qué bueno que el autor concluya su olvidable testimonio con esta reflexión sobre su reciente derrota: “¡Él puede haber perdido en la cancha de césped esta semana, pero Novak Djokovic es un modelo de rol para todos nosotros!” La relevancia de esta trivial columna periodística radica en la mágica transformación del deportista en la antítesis de lo que fue. Su grave falta moral negacionista, se nos dice, le fue perdonada por la grandeza que él mostró en la derrota, y también su demostración de afecto hacia su familia. Podríamos estar ante una nueva noción pos-pandémica, a saber, el indulto desconspiracionista, si se me permite el feo negologismo. Antes Djokovic fue una vergüenza y un pésimo ejemplo para el tsunami ilógico de sálvate y sálvanos uniéndote al maravilloso experimento RNA-mensajero-vacunal. Pero ahora, recibe el perdón pospandémico por actos virtuosos que compensan ese comportamiento conspiranoico y antivacunal. 

Cómo participé en un diálogo sobre la Teoría de la Conspiración y descubrí el conspiracionismo de dos anticonspiracionistas fervorosos

Voy a repasar brevemente una reciente intervención en un podcast sobre la Teoría de la Conspiración al que me invitó un antiguo colega de una universidad canadiense. Antes de que ese encuentro se concretase, le envié algunos de mis ensayos publicados en esta revista, no fuera cosa que él no tuviese idea sobre cuál era mi posición al respecto de la noción misma de TDC. La respuesta no tardó en llegar, y él me aseguró que sí tenía conocimiento de al menos algunos de mis escritos en eXtramuros, y que esas publicaciones no le parecían en modo alguno un impedimento para que yo conversara con él y con su compañero en el podcast “De poco un todo”. Tuvo lugar una extensa conversación que duró más de una hora, no fue editada y se publicó en su canal de YouTube con el título ¿Por qué no debemos hablar de teorías de conspiración? (https://www.youtube.com/watch?v=F7E_QjZDqWo).

Mi recuerdo más nítido de la dinámica de ese intercambio no ensayado fue que, en varias ocasiones, intenté reconducir el rumbo de la conversación hacia lo que considero fue un período propicio para el desarrollo imparable de sospecha, acusación, cancelación, e incluso diría demonización de todo pensamiento ajeno o disidente de la Nueva Normalidad decretada durante la emergencia sanitaria de la Covid-19. Y esa censura se hacía en nombre de la cruzada anticonspiracionista, contra los adherentes a alguna insana TDC.  Pero tras un par de breves incursiones por un terreno en el que me siento capaz de decir algo relevante, años después de esa poderosa conspiración estatal, mediática y científica, percibí que ambos interlocutores llevaban invariablemente el tema de nuestro intercambio hacia el antisemitismo y antisionismo considerados como infames aliados o agentes conspiracionistas, capaces de engendrar grandes daños en la sociedad. Su primer argumento fue de naturaleza histórica: el infame documento fraudulento que se publicó en ruso en 1902, Los Protocolos de los Sabios de Sion. En diversas ocasiones y por iniciativa de diversos gobiernos, incluido el régimen nazi, se lo utilizó para justificar la persecución y el exterminio de los judíos de Europa, particularmente en la primera mitad del siglo 20. Había un motivo biográfico previsible de tal interés entonces, pues ambos responsables de ese medio audiovisual pertenecían a esa colectividad religiosa. Quiso la buena suerte que dos días antes, había leído un largo ensayo publicado en The New York Times. Su autor, como explicaré en detalle abajo, el texto desarrollaba una minuciosa crónica y análisis de las acciones bélicas de su propio país, Israel, en la franja de Gaza y en otras partes del territorio palestino. Lo más impactante era su conclusión, que el título de la columna del 15 de julio de 2025 volvía del todo previsible: “Yo soy un investigador del genocidio. Lo conozco cuando lo veo” (I’m a Genocide Scholar. I Know It When I See It). 

Sólo uno de los conductors del podcast lo había leído, y su comentario, como observé, fue del todo previsible, casi diría obvio: había personas de acuerdo y otras en desacuerdo con su planteo y previsiblemente discrepaban con su rotunda conclusión sobre la naturaleza de lo que está ocurriendo en esa zona del mundo, desde 2023. Dije que en modo alguno se podía esperar que un planteo como ese podría encontrar un apacible consenso entre sus lectores, antes todo lo contrario. Pero más me sorprendió la reflexión de quien aún no lo había leído: era notorio, afirmó en el podcast, que ese medio periodístico norteamericano era antisionista. Sorprendido, repliqué que yo no estaba en condiciones ni corroborar ni de negar esa afirmación, ya que nunca había leído o investigado sobre ese tema. No obstante, como frecuente lector de ese medio de prensa, yo no tenía en absoluto esa impresión, es decir, que hubiese en sus noticias un notorio sesgo contrario a la existencia del Estado de Israel. 

Fue en ese momento que comprendí algo, quizás la lección más valiosa de ese intercambio virtual con mis dos interlocutores del podcast: aunque la postura de ambos era explícita y notoriamente, desde el inicio hasta el fin de la conversación, contraria a la noción misma de TDC, ambos, eran de hecho adherentes a una de sus innumerables variantes: la conspiración antisionista, vecina o prima hermana de la conspiración antisemita. Su cruzada anticonspiracionista, que ellos creían ser una forma de pensamiento racional o incluso iluminista dependía en buena medida del conspiracionismo mencionado. No era comprensible que surgiera una crítica justa, además de la envergadura del ensayo crítico de Israel mencionado, que no tuviera como motivación o sustento, secreto, bien escondido uno o ambos prejuicios mencionados: el encono antijudío y/o contra el proyecto de fundación del Estado de Israel. Reitero que no me parece algo evidente que The New York Times sea antisionista, y menos aún antisemita. Vale la pena recordar que tanto su fundador como quien tomó la posta eran de origen judío. Pero aún si esa afirmación sobre el antisemitismo de ese medio fuese cierta, eso no incide en absoluto en el posible valor del muy fundado testimonio y cuidadoso análisis de quien podría catalogar como un observador participante muy particular del conflicto desatado luego del 7 de octubre de 2023, entre Israel y su vecino pueblo palestino. Me refiero al experto en genocidio israelí Dr. Omer Bartov, sobre cuyos aportes para dilucidar el conflicto entre Israel y Palestina paso a hablar ahora. 

Como ser testigo y no sucumbir a la sospecha de una descalificadora Teoría de la Conspiración: la intachable e inatacable voz de Omer Bartov

Dedico esta sección final a comentar y a expresar mi admiración por la entereza intelectual, humana y científica de alguien que hasta hace pocos días yo desconocía por completo, el especialista israelí en genocidio Dr. Omer Bartov. El mejor modo totalmente subjetivo y parcial de introducirlo, antes de hacerlo formalmente, como se debe, es decir que sería una satisfacción personal el invitar a este ciudadano israelí y norteamericano a que integrase el equipo editorial de la revista, eXtramuros. No lo digo porque él haya publicado varios textos críticos sobre la intervención bélica de su patria, Israel, en Palestina. Lo hago por reconocer en su escritura un empecinado y valeroso espíritu crítico que lo animó a oponerse de modo rotundo a las hegemónicas voces de su país y de otras partes del mundo que apoyan y justifican la matanza y la completa destrucción material en el territorio palestino, tras la terrible masacre perpetrada por Hamás en Israel, el 7 de octubre de 2023. El atreverse a hablar con libertad máxima, primero con la necesaria cautela que exige el analizar hechos muy recientes, luego con creciente seguridad, y al final con angustia por tener la total certeza de que la peor aniquilación masiva imaginable estaba siendo perpetrada por las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), por su ejército, en el que revistó en su juventud. Cabe ahora sí aportar algunos datos concretos sobre la identidad de alguien cuya especialidad lo vuelve imprescindible para dilucidar una cuestión que se ha vuelto ineludible: ¿se está perpetrando o no un genocidio del pueblo palestino en la actualidad en manos del gobierno de Israel?

Omer Bartov nació en Israel, sus padres emigraron a Palestina, antes de la Segunda Guerra Mundial. Sus abuelos paternos partieron de Polonia antes del nacimiento de su padre; su madre partió de Buczacz, un pequeño poblado en lo que hoy es Ucrania, en el año 1935. Tanto el sueño de su familia como el suyo propio es inseparable de la ideología sionista, a saber, el proyecto de forjar una nación israelí en esa tierra, algo que en ninguna de sus publicaciones este autor pone en discusión. Incluso una de sus obras más citadas y premiadas, Anatomy of a Genocide: The Life and Death of a Town Called Buczacz, recibió el galardón en la categoría del Holocausto de la National Jewish Book Award, en 2018. No considero posible que Bartov pueda ser calificado de adversario del sionismo, quien dedicó dos décadas de su vida a investigar la historia del pueblo natal de su madre, de Buczacz, donde tuvo lugar una matanza sistemática de la población judía, durante la segunda guerra mundial, en la que colaboraron quienes habían sido vecinos o conocidos de esas familias judías. Bartov estudió primero en la Universidad de Tel Aviv. Sirvió como sus conciudadanos en el ejército israelí, en las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), donde llegó a ser comandante de infantería. Más adelante, se doctoró en la Universidad de Oxford, para lo cual realizó una tesis sobre el adoctrinamiento impartido por el régimen nazi a los soldados alemanes que iban a combatir y a exterminar a la población judía y eslava en Europa del este. Se convirtió en experto en el Holocausto, y de modo más general, en  el campo académico que se dedica a estudiar “el mayor crimen entre los crímenes”, como Bartov llama al genocidio. Desde 1989, vive en EEUU, y desde hace más de 20 años es profesor en la Brown University. En 2005, fue electo como miembro de la  American Academy of Arts and Sciences. 

Entiendo que sus credenciales académicas son ejemplares. Y quiero agregar, si existiera una medida estándar como lo es la barra de platino que se conserva en París para la unidad métrica, pero que midiese con precisión el antisemitismo y el antisionismo, podría tomarse la existencia de este investigador israelí como un ejemplo emblemático del grado cero de ambos  prejuicios. Espero que en las anotaciones que siguen sobre tres publicaciones de Omer Bartov, hechas en 2023, 2024 y 2025, sean suficiente justificación de mi juicio sobre la total ausencia de esa forma de intolerancia y de animadversión contra un grupo étnico o religioso. Con eso quiero decir que su vida y su obra lo vuelven invulnerable a la acusación de ser un adherente a esas dos TDC, como el motivo o la explicación de sus testimonios y de su análisis de los sangrientos hechos en Palestina. Para presentar las tres intervenciones de Bartov recurro a la propuesta epistemológica de C. S. Peirce (1839-1914), el fundador de la semiótica moderna. Y también a su análisis de toda experiencia en tres y nada más que tres elementos o valencias, en analogía a la química, que constituye la base de la clasificación de sus signos: el ícono, el índice y el símbolo. 

Antes de adentrarme en ese pequeño conjunto discursivo, entiendo que muchos lectores pensarán con razonable escepticismo que esa interminable matanza perdura, y que nada de lo que este u otro investigador, por objetivo y meticuloso que sea en sus conclusiones, hará la menor diferencia. Contra tal pesimismo, respondo que sí importa que alguien con un vasto conocimiento en la materia, en el genocidio, ocurra este máximo crimen donde ocurra, y con una identidad a prueba de sospechas, realice esta clase de aporte para iluminar una zona muy tenebrosa del pensamiento político actual. Entre los cuatro modos de llegar a una creencia sobre la realidad, Peirce sostiene que hay sólo un método capaz de satisfacer nuestras dudas de modo científico. Esto sucede cuando se llega a una clase de conocimiento que “pueda ser determinado por algo no humano, sino por una permanencia externa – por algo sobre lo cual nuestro pensamiento no tenga ningún efecto” (CP 5.384, 1877). El lógico se refiere así a la realidad como la única fuente confiable de nuestra investigación, así en la vida como en la ciencia. Los otros tres caminos que utilizamos de modo rutinario para alcanzar una convicción no pueden conducir a la certeza con que espero demostrar Bartov llega a la angustiosa conclusión sobre la existencia actual de un genocidio israelí en Gaza. Ni  el método de la tenacidad – el ocultarse a uno mismo toda evidencia que contradiga lo que ya se cree, ni el de la autoridad – el apoyarse en una entidad poderosa como la Iglesia Católica o el Estado para que dictamine mi creencia, ni el método a priori – el elegir creer en algo por una cuestión de gusto personal, de moda o de costumbre como base de dicha creencia, ofrecen la garantía, falible es cierto, que proporciona el cuarto método, el único que según Peirce merece el nombre de científico. 

La colisión con la  fuerza bruta del hecho: “Lo que creo como un Historiador del Genocidio” (Noviembre 10, 2023, The New York Times) 

A poco más de un mes de lo que Bartov describe como “la masacre de inocentes civiles judíos perpetrada por Hamás” el 7 de octubre de 2023, publicó un texto cuyo título menciona su condición de estudioso sobre algo que él se pregunta ya en el inicio: “¿Pero están las acciones de Israel – como sostienen los opositores de la nación– al borde de la limpieza étnica, o, más explosivamente, del genocidio?” En el texto de Peirce que cité sobre la búsqueda de la verdad, él plantea que “la irritación de la duda ocasiona una lucha para llegar a un estado de creencia”, y denomina esa lucha ‘investigación’ (CP 5.374). No es una pregunta retórica la que da inicio a esa columna de Omer Bartov en el The New York Times, sino una duda genuina, para superar lo que es fácil entender como el choque brutal de lo acontecido en Israel, tras el ataque de Hamás. Lo que caracteriza ese componente de la experiencia, en la semiótica de Peirce, es el signo indicial, ese que “como un dedo que apunta ejerce una real fuerza fisiológica sobre nuestra atención, como el poder de un hipnotizador, y la dirige hacia un objeto particular de sentido” (CP 8.41). Hay elementos abundantes en esa primera intervención del investigador israelí que remiten a esa “colisión externa”, a la irrupción de un hecho que “golpea y entra en toda cognición y sirve para que signifique algo real” (CP 8.41). 

Bartov no sólo describe lo que está ocurriendo en ese momento aún muy próximo al feroz ataque del 7 de octubre, sino que él es consciente del riesgo que implica hacer un análisis erróneo por ese motivo: 

“el horror colectivo de lo que estamos observando no significa que un genocidio, de acuerdo a la definición legal internacional del término, ya esté ocurriendo. Pero este apremio por calificar de genocidio todos los sucesos atroces tiende a ofuscar la realidad en lugar de explicarla.” 

Importa detener cuanto antes el conflicto, afirma, pero también señala la necesidad de “definir qué es lo que estamos viendo”. Por eso, en la primera anotación en el cuaderno de bitácora, encuentro elementos suficientes para describir el rol de este erudito como el de un observador participante. Creo que él lo es no por haber estado en el terreno cuando el horror del 7 de octubre ocurrió, sino por su historia personal. Esta es inseparable de su formación profesional, de su dedicación al estudio de este fenómeno de máxima violencia, lo que se conoce como “el crimen de todos los crímenes”, y cuya caracterización formal él cita en su ensayo de 2023: “el genocidio fue definido en 1948 por las Naciones Unidas como ‘el propósito de destruir, total o parcialmente, un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal’”. 

Como indicios preocupantes y recurrentes en esta primera anotación de su bitácora, menciono dos: una cita bíblica, del Deuteronomio, que hace el primer ministro israelí Netanyahu, en ese momento inicial: “Deben recordar lo que Amalek les hizo”. Según Bartov, “muchos israelíes saben que, en venganza por el ataque de Amalek, la Biblia exhorta a ‘matar por igual a hombres y mujeres, niños y bebés.’” El otro signo indicial o evidencia preocupante de lo peor por venir, se relaciona a la tesis que hizo Omer Bartov para su doctorado, a saber, el indoctrinamiento que recibían los soldados nazis para que considerasen a los judíos y a otros eslavos en Europa del Este como seres infrahumanos, durante ese conflicto bélico. El ministro de defensa de Israel declaró tras el 7 de octubre: “ ‘Estamos luchando contra animales humanos y debemos actuar en acorde con eso’, una afirmación, observa Bartov, que indica la deshumanización, que tiene ecos genocidas.”

Dejo este primer aporte con una reflexión de Bartov que no curiosamente se inscribe en la misma línea de pensamiento humanista de un texto no tan conocido de Jorge Luis Borges, publicado en 1941, cuyo modestísimo título, “Dos Libros”, logra esconder o menospreciar la poderosa postura antibélica y contraria a toda discriminación de su autor. Borges recuerda “con estupor”, la ocasión en que se lo convocó a participar en una asamblea: 

“para confundir el antisemitismo. Varias razones hay para que yo no sea un antisemita; la principal es ésta: la diferencia entre judíos y no judíos me parece, en general, insignificante; a veces, ilusoria o imperceptible. Nadie, aquel día, quiso compartir mi opinión; todos juraron que un judío alemán difiere vastamente de un alemán. Vanamente les recordé que no otra cosa dice Adolfo Hitler; vanamente insinué que una asamblea contra el racismo no debe tolerar la doctrina de una Raza Elegida; vanamente alegué la sabia declaración de Mark Twain: «Yo no pregunto de qué raza es un hombre; basta que sea un ser humano; nadie puede ser nada peor»”

Regreso a la reflexión de Bartov en noviembre de 2023, y encuentro un pensamiento afín al que cité ahora del escritor argentino, y que atañe al tema central de mi ensayo, el uso estratégico de la TDC por el poder, para denunciar conspiracionismo dañino como estrategia para ocultar crímenes de Estado, bajo el manto virtuoso del anticonspiracionismo. El investigador israelí concluye su primer intervención pacifista de este modo:

“Si de verdad creemos que el Holocausto nos enseñó una lección sobre la necesidad – o en realidad, el deber – de preservar nuestra propia humanidad y dignidad protegiendo las de los demás, éste es el momento de levantarnos y alzar nuestras voces, antes de que los dirigentes de Israel las precipiten a ellas y a sus vecinos al abismo. Aún estamos a tiempo de impedir que Israel permita que sus acciones se conviertan en un genocidio. No podemos esperar ni un momento más.”

Como dirá Bartov en otras intervenciones, no hay un derecho exclusivo y excluyente de apelar o de utilizar el Holocausto judío como la razón necesaria y suficiente para legitimar toda y cualquier acción del Estado contra quienes considera fuerzas enemigas semejantes o idénticas a los nazis, a quienes llevaron adelante la Shoah, en la Segunda Guerra Mundial. 

A lo indicial se une lo simbólico: “Como un antiguo soldado de la Fuerza de Defensa de Israel y como historiador del genocidio, me perturbó profundamente mi reciente visita a Israel” (13 de agosto de 2024, The Guardian)

La segunda entrada es de índole testimonial, se refiere al viaje de Omer Bartov a Israel en junio de 2024, pero su tema es nuevamente la situación bélica de su país, luego del 7 de octubre de 2023. Comienza con el relato de lo que le ocurrió al intentar dar una conferencia en la Universidad Ben Gurión del Néguev sobre las protestas universitaria a nivel global contra Israel. Cuenta sobre la reacción furiosa de jóvenes estudiantes que primero quieren cancelarlo, impedir que ocurra esa presentación, pero que luego aceptan entrar y dejarlo hablar. Otra vez encuentro necesario el señalar su triple condición de judío, sionista y ex soldado de las Fuerzas de Defensa de Israel, porque conforman una suerte de coraza impenetrable ante toda sospecha o acusación de estar obrando al amparo de una siniestra TDF, es decir, de una conspiración que busc la supresión de los judíos, del ideario sionista, o la destrucción del ejército de ese país. No obstante, señala el autor, ese hecho indudable no impidió que los presentes acusaran al organizador del evento, “el distinguido geógrafo Oren Yiftachel por haber sido director de la ‘antisionista’ B’Tselem, una ONG de derechos humanos respetada globalmente.” Cabe destacar que estos jóvenes habían cumplido su servicio militar en Gaza, y habían regresado hace muy poco a la universidad. 

En esta segunda entrada de la bitácora de Bartov, hay referencias autobiográficas abundantes. Al choque brutal vivido desde la distancia, ahora se sumó el de sus muchos encuentros con familiares y amigos – su hijo vive en Israel – que lo desmoralizan, por constatar en todas esas personas una total ausencia de empatía por la destrucción en curso, en Gaza. “Encontré un país diferente del que yo había conocido”, dice con desaliento. Interrumpe el relato de sus vivencias, para relatar cómo siendo él profesor en la Universidad de Tel Aviv, en 1987, reaccionó ante el conocimiento de “la instrucción de Yitzhak Rabin, entonces ministro de defensa al ejército de ‘romper los brazos y las piernas’ de los jóvenes palestinos que arrojaban piedras a las tropas fuertemente armadas”. Cabe recordar que Bartov había servido en el ejército israelí en 1976. Decidió entonces escribirle una carta con una advertencia “basada en su investigación sobre el adoctrinamiento de las fuerzas armadas de la Alemania nazi, yo temía que bajo su liderazgo las Fuerzas de Defensa de Israel iban camino a descender por un sendero resbaloso semejante”. Recibió una brevísima respuesta en la que Rabin se mostró indignado por esa comparación. Volvió a escribirle con muchos  más detalles sobre su estudio y sobre lo que percibía como un riesgo real para el ejército de su patria. Pero la respuesta de Rabin no cambió: “Cómo se atreve a compara las FDI con la Wehrmacht.”

Su análisis del clima de opinión y de la ausencia de empatía con respecto a la destrucción de vidas en Gaza, me recuerda el papel que jugaron los medios masivos durante la pandemia: una descarga necrofílica cotidiana, ubicua, constante y sesgada, sin que jamás hubiera un debate. En el caso de Israel, Bartov nos dice que en la televisión nacional sólo se da cuenta de las muertes de compatriotas. En esta segunda ocasión, describir su testimonio como el de un observador participante no es una mera comparación. Así presenta los dos sentimientos reinantes en su país de origen, durante su visita de 2024:

“El primer [sentimiento] es una combinación de furia y de miedo, un deseo de reestablecer la seguridad a cualquier precio y una total desconfianza de las soluciones políticas, negociaciones y reconciliación. El segundo … es la otra cara del primero. La mayoría, parece, ni siquiera quiere saber lo que está ocurriendo en Gaza, y ese deseo se refleja en la cobertura televisiva. Las noticias televisivas israelíes ahora usualmente comienzan con informes de los funerales de soldados que, invariablemente, son descritos como héroes, caídos en el combate en Gaza, seguidas de estimaciones de cuántos combatientes de Hamás fueron «liquidados». Las referencias a las muertes de civiles palestinos son escasas y normalmente se presentan como parte de la propaganda enemiga o como causa de una presión internacional no deseada. Ante tanta muerte, este silencio ensordecedor parece ahora su propia forma de venganza.”

Por momentos, el historiador se impone al azorado y angustiado visitante, cuando Bartov busca el origen de ese ánimo presente en el pasado y reflexiona sobre una alocución de quien fuera un celebrado militar y político israelí, Moshe Dayan. Esas palabras se convirtieron, nos dice, en “el discurso más famoso en la historia de Israel”. El breve discurso ocurrió el 30 de abril de 1956, cuando Dayan era Jefe del Estado Mayor, en ocasión del funeral de un joven oficial de seguridad de un kibbutz muy cercano a la frontera de Gaza, frente al vecindario palestino de Shuja’iyya. Ro’i Rothberg había sido asesinado un día antes, y “su cuerpo fue arrastrado a través de la frontera y mutilado, antes de ser devuelto a manos israelíes con la ayuda de las Natciones Unidas.” Los signos que son un presagio alarmante del presente, según consigna Bartov, ocurrieron después los que pronunció Dayan ante los familiares, en ese funeral. Al día siguiente, Dayan grabó sus palabras para la radio de Israel, y desde entonces, nos dice, ese discurso ha sido usado por la derecha y la izquierda de su país. En esa segunda ocasión, sin embargo, “algo faltaba” de la alocución original, su autor había suprimido estas dos frases en alusión a “los asesinos” del joven Rothberg: 

“¿Por qué habríamos de culparles de su ardiente odio hacia nosotros? Llevan ocho años viviendo en los campos de refugiados de Gaza, mientras ante sus ojos hemos transformado la tierra y las aldeas en las que ellos y sus antepasados habían vivido en nuestra propiedad.”

Observa Bartov que Moshe Dayan había conocido esa tierra antes de 1948, pero “en  la disyuntiva entre hacer frente a la injusticia y apoderarse de la tierra, él eligió su bando, sabiendo que eso condenaba a su pueblo a depender para siempre de las armas.”

Luego, vuelve a pensar en el grupo de estudiantes que quiso interrumpir o cancelar su conferencia. “Ellos consideraban cualquier crítica de las políticas israelíes y de las Naciones Unidas como simplemente antisemitas”. Pero además de coincidir con la mayoría de la población, “que veía la destrucción de Gaza como una respuesta legítima al 7 de octubre”, ellos habían servido muy recientemente en el ejército. Por eso, su interpretación de lo que ocurría era algo similar a la mentalidad de los soldados alemanes en la Segunda Guerra Mundial, que Bartov había estudiado en su tesis doctoral: “Tras internalizar ciertas visiones del enemigo – llos bolcheviques como infrahumanos [Untermenschen] ; a Hamás como animales humanos y a la población en general como menos que humana y no merecedora de derechos” esto hace que “los soldados que cometen atrocidades, concluye Bartov, tienden a atribuirlas no a sus propios militares, ni a ellos mismos, sino al enemigo.” 

Llega el momento más duro de este testimonio, el de encarar el símbolo, el modo exacto de conceptualizar la respuesta militar de Israel en Gaza, tras el ataque de Hamás. Lo que comenzó como el relato de descorazonadores encuentros y siguió con la revisión de antecedentes históricos de la crisis actual, procede con la explicación que ofrece Bartov sobre el motivo por el cual cambió su primera evaluación, la que hizo pública en 2023, con respecto a cuál sería la definición correcta de la operación militar israelí en territorio palestino actualmente. Él afirma ya sin incertidumbre alguna no creer más en lo que planteó en su columna del 10 de noviembre de 2023. Ahora Bartov considera que hay evidencia suficiente para asegurar la existencia del “crimen de crímenes”, según la definición de genocidio  de 1948 antes citada: 

Cuando viajé a Israel, me había convencido de que, al menos desde el ataque de las FDI a Rafah el 6 de mayo de 2024, ya no era posible negar que Israel estaba cometiendo sistemáticamente crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y acciones genocidas. No se trataba sólo de que este ataque contra la última concentración de gazatíes  – la mayoría de ellos desplazados ya varias veces por las FDI, que ahora los empujaban de nuevo a una supuesta zona segura – demostrara un desprecio total por cualquier norma humanitaria. También indicaba claramente que el objetivo último de toda esta empresa desde el principio había sido hacer inhabitable toda la Franja de Gaza y debilitar a su población hasta tal punto que muriera o buscara todas las opciones posibles para huir del territorio.

Previsiblemente, Bartov es escéptico sobre la posible relevancia de su conclusión, que en su caso es más que una simple opinión, se trata de una evaluación técnica en base a su conocimiento experto de ese tema, porque “tales juicios sobre la ilegalidad de las acciones israelíes en Gaza son un anatema en Israel.” Ante el seguro destino de ser excomulgado por causa de su discurso crítico, Bartov prefiere imaginar lo que en su visión habría sido un destino que hoy parece imposible, pero que era parte de la “Declaración de Independencia” al fundarse el Estado sionista de Israel, y que él cree o desea pensar, podría aún, algún día, volverse su Constitución: 

“¿Cómo habría atemperado la transformación del sionismo de ser una ideología que pretendía liberar a los judíos de la degradación del exilio y la discriminación y ponerlos en pie de igualdad con las demás naciones del mundo, a una ideología de Estado de etnonacionalismo, opresión de los demás, expansionismo y apartheid?”

Como si el autor ya pudiera percibir la oleada de odio, la acusación de la siniestra TDC antisemita y antisionista que es probable produzca su publicación en Israel y en otras partes del mundo, cierra su texto ratificando de modo inequívoco su adhesión a lo que él entiende es la esencia del auténtico proyecto sionista: 

“¿Será alguna vez posible que Israel deseche los aspectos violentos, excluyentes, militantes y cada vez más racistas de su visión, tal y como la abrazan ahora tantos de sus ciudadanos judíos? ¿Podrá algún día volver a imaginarse a sí misma como la concibieron tan elocuentemente sus fundadores – como una nación basada en la libertad, la justicia y la paz?”

“Los símbolos crecen”, reunión de lo icónico, lo indicial y lo simbólico: “Soy un especialista en Genocidio. Yo lo conozco cuando lo veo” (15 de julio de 2025) 

  “¿Por qué es tan difícil para algunos aceptar que el gobierno israelí está cometiendo un genocidio en Gaza? Los argumentos a favor del genocidio son convincentes, pero algunos gobiernos y ciudadanos se resisten a reconocerlo. La razón radica no sólo en la historia de Israel como refugio para las víctimas judías del genocidio, sino también en una comprensión indebidamente estrecha del significado del término, tanto por parte de la opinión pública como del Tribunal Internacional de Justicia”. (Kenneth Roth, The Guardian, 24 de julio, 2025)

Parece difícil discrepar con el columnista del diario inglés The Guardian cuando él escribe sobre la renuencia a concebir en un mismo espacio el genocidio y el Estado de Israel. Conspiran contra tal aseveración la Shoah, el Holocausto sufrido por los judíos europeos en manos del nazismo y del fascismo en el siglo anterior, pero también el reducir arbitrariamente el alcance de esa noción a un evaluación único episodio histórico. Por ambos motivos, ese Estado se beneficiaría, dice Roth (2025), de una “disonancia cognitiva”, a saber, el hecho de que ahora Israel inflige lo que antes padeció. De este modo, quiero introducir la tercer entrada de la bitácora del especialista Omer Bartov sobre lo que ocurre hoy en su patria, en Israel. En el más extenso y detallado de los textos, el que publicó el 15 de julio de 2025, nuevamente en The New York Times, al que aludí en el podcast que comenté antes, el historiador del genocidio argumenta de modo contundente por qué importa recurrir al temido y siniestro símbolo genocidio para definir la intervención militar israelí en Gaza y en otros enclaves palestinos. Intentaré presentar lo esencial de un aporte que no parece plausible descartar o deslegitimar como si fuera una siniestra TDC producto del vil prejuicio antisemita o antisionista. 

El título de la tercer columna firmada por Bartov no deja duda alguna sobre la conclusión a la que el investigador llegó, luego de pensar y de viajar a su tierra en 2024: “Yo soy un especialista en genocidio. Lo conozco cuando lo veo”. Incluso, antes de enumerar los impactantes datos de la destrucción de Gaza, él adelanta su conclusión definitiva, para ratificar su propósito en este ensayo: “Mi conclusión ineludible es que Israel está cometiendo un genocidio contra el pueblo palestino.” Nada resta de la irritación de la duda que consignó en su columna de 2023, ni tampoco de lo que anticipaba como una fatalidad próxima en 2024. Para entender la magnitud de la destrucción sistemática del pueblo palestino después del 7 de octubre, alcanza con la cifra de víctima infantiles: 17.000, casi un tercio del total, observa Bartov. Y con amarga ironía acota que “Gaza ahora tiene la macabra distinción de tener el más alto número de niños amputados per capita en el mundo.” Ya no se puede hablar más, él explica, de “limpieza étnica”, a causa del implacable bombardeo y la hambruna. Desde su ratificada identidad sionista, Bartov confiesa que “fue una dolorosa conclusión a la que llegó, y una que él resistió  todo lo que pudo. Pero he estado dando clases sobre genocidio durante un cuarto de siglo. Puedo reconocer uno cuando lo veo,” reitera el especialista en ese tema, como si el inequívoco título que eligió para este ensayo no fuera suficiente. 

El agravamiento de la situación humanitaria en Palestina lleva al experto a pensar en las consecuencias a largo plazo para su propia gente, para el pueblo de Israel, y no sólo para su gobierno:  “una sociedad que consienta el genocidio y sea cómplice del mismo, sea cual sea la postura de cada uno de sus ciudadanos, llevará esta marca de Caín mucho después de que se apaguen los fuegos del odio y la violencia.” Entiendo que este efecto nefasto en la comunidad es un desarrollo lógico, argumentativo de lo que Bartov observó en su visita a Israel el año previo. La negativa repercusión colectiva que él anticipa para esa colectividad recuerda la sospecha generalizada sobre la complicidad inmoral del pueblo alemán, pasiva o activa, en relación al Holocausto.  

Luego Bartov habla del silencio culpable de las instituciones que se abocan a estudiar y a conmemorar el Holocausto. También, agrega, son muy escasos los investigadores del tema “que ha emitido una advertencia de que Israel podría ser acusado de llevar a cabo crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad, limpieza étnica y genocidio.” De esa suerte de actitud cómplice con la atrocidad del exterminio, él extrae una conclusión demoledora para la supuesta enseñanza que el Holocausto debería haber dado a la humanidad entera, luego del funesto genocidio judío, en la primera mitad del siglo 20:   

“Este silencio ha convertido en una burla el lema «Nunca más», transformando su significado de una afirmación de resistencia a la inhumanidad dondequiera que se perpetre en una excusa, una disculpa, de hecho, incluso una carta blanca para destruir a otros mediante la invocación de nuestra propia condición de víctimas en el pasado.”

Lo que plantea aquí el Prof. Omer Bartov es la forma a veces perversa en que “los símbolos crecen” (CP 2.302), al convertir el sentido de alerta contra cualquier genocidio, donde y como sea que éste ocurra, en una nueva embestida anticonspiracionista que se permite el “crimen de crímenes”, porque del lado enemigo no percibe semejantes, sino una conspiración de seres infrahumanos, como los que describe un folleto de 1941 publicado por el ejército alemán, al que alude Bartov en su columna de 2024. En esa propagnda, se crea “una imagen pesadillesca de los oficiales poíticos del Ejército Rojo, que muchos soldados pronto percibieron como un reflejo de la realidad”. Entre las frases que cita Bartov del folleto nazi, rescato ésta por su analogía con el presente: “Estaríamos insultando a los animales, si describiéramos a estos en su mayoría hombres judíos como bestias. Ellos son la encarnación del odio satánico e insano contra la totalidad de la noble humanidad.” La misma implacable deshumanización del otro, del palestino, tendría como inquietante efecto, la no aplicación del símbolo genocidio a las acciones bélicas y atroces de Israel hoy. 

Habría, nos dice Bartov, una radical desvirtuación del sentido mismo de rememorar el Holocausto, cuando en lugar de promover “la tolerancia, la diversidad, el antirracismo y el apoyo a inmigrantes y refugiados”, ese acontecimiento se utiliza para fines genocidas, lo cual implica la completa inversión del alcance de un signo fundamental para la justicia: 

“Lo que me temo es que, tras el genocidio de Gaza, ya no será posible seguir enseñando e investigando el Holocausto de la misma manera que antes. Debido a que el Holocausto ha sido invocado tan incesantemente por el Estado de Israel y sus defensores como un encubrimiento de los crímenes de las F.D.I., el estudio y el recuerdo del Holocausto podrían perder su pretensión de preocuparse por la justicia universal y retroceder al mismo gueto étnico en el que comenzó su vida al final de la Segunda Guerra Mundial, como una preocupación marginada de los restos de un pueblo marginado, un acontecimiento étnicamente específico, antes de que, décadas más tarde, lograra encontrar el lugar que le correspondía como lección y advertencia para la humanidad en su conjunto.”

En términos de la Teoría de la Conspiración, el insistir obstinadamente en que todo aquel que critique la destrucción implacable de un pueblo, y la llame por su nombre, como lo hace este investigador israelí, estaría inevitablemente inspirado en una TDC siniestra, en el antisemitismo/sionismo de cuño nazi. Pensar de ese modo aberrante supone utilizar lo que Peirce denominó el método de la tenacidad,  que es del todo inservible para obtener una creencia verdadera. Este método sólo puede funcionar, nos advierte el lógico Peirce, si nos conviertiésemos en ermitaños, porque:

El impulso social está en su contra. El que adopte [el método de la tenacidad] se dará cuenta de que otros seres humanos piensan de manera diferente a él, y será propenso a pensar, en algún momento de cordura, que sus opiniones son tan buenas como la suya, y esto hará tambalear su confianza en su creencia. Esta concepción de que el pensamiento o sentimiento de otro hombre puede ser equivalente al propio, es un paso claramente nuevo, y muy importante. Surge de un impulso demasiado fuerte en el ser humano para ser suprimido, sin correr el peligro de destruir a la especie humana. A menos que nos volvamos ermitaños, necesariamente influiremos en las opiniones de los demás; de modo que el problema se convierte en cómo fijar la creencia, no apenas en el individuo, sino en la comunidad.” (CP 5.378)

No me parece mala idea invocar una vez más, el pensamiento de Peirce, para cerrar este ensayo sobre el modo conspiracionista con que el Poder, donde quiera éste se encuentre, libra su eterna batalla anticonspiracionista, con el único fin de preservar su monopolio de lo razonable, normal, digno de ser creído. Nada más apropiado para para salvaguardar el control creciente sobre la población, que cultivar la forma de pensamiento que el semiótico criticó a lo largo de toda su obra, a saber el dualismo. Peirce lo definió como “la filosofía que lleva a cabo sus análisis con un hacha, y deja como elementos últimos, trozos no relacionados de ser” (CP 7.571). El dualismo se opone a la lógica de la continuidad, que relaciona todos los fenómenos, por ejemplo, la realidad y los signos con la cual la interpretamos y podemos actuar sobre ella. La acusación de ser insanos adherentes a una Teoría de la Conspiración se basa en una división maniquea, polarizante entre un supuesto bien absoluto – la conjunción del Estado, los medios masivos y la Ciencia Oficial covidianos, por ejemplo – enfrentado a lo que se representa como el mal irredimible de quienes pretendieron criticar esas medidas sanitarias, muchas ostensiblemente ilógicas o “delirantes”, como lo plantea el Manifiesto Negacionista (2022). El pensamiento crítico del especialista israelí en genocidio Omer Bartov es un valioso ejemplo del aporte de quien se opone con valentía al autoritario dualismo reduccionista y malversador de la realidad que sustenta el Poder.  


Referencias

Anónimo (2022). Manifeste Conspirationniste. Paris: Seuil.

Peirce, Charles S. (1931-1958). The Collected Papers of C. S. Peirce Vols. 1-8. C. Hartshorne, P. Weiss & A. Burks (eds.). Cambridge, MA: Belknap Press of Harvard University Press. (Citado como CP volumen # párrafo #)

Roth, K. (2025). Why the reluctance to recognize Israel’s genocide in Gaza? The Guardian, 24.07.25 (https://www.theguardian.com/commentisfree/2025/jul/24/israel-genocide-gaza)

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