HISTORIA

En la revista Extramuros, se puede acceder a una excelente secuencia de artículos relacionados con la historia económica de nuestro país, y más específicamente, a las implicancias históricas del latifundio en el país. Luis Muxi aborda allí, en diferentes etapas, el desarrollo de la tenencia de la tierra y del latifundio. En el número 7 de sus entregas, dedica su atención a señalar los diferentes análisis historiográficos sobre el tema, haciendo especial mención a la obra de los autores Sala -De la Torre- Rodríguez, con respecto al período artiguista. 

Por Diego Andrés Díaz

Cuando se analiza los procesos históricos que acompañaron el desarrollo de la labor historiográfica de estos autores, no se puede dejar de consignar el enorme impacto de los sucesos contemporáneos y la realidad política en que están inmersos. Esta temática también mereció la publicación de otro artículo en Extramuros revista.

Señala Luis Muxi que este grupo de autores “…es el que ha realizado un gran esfuerzo analítico en relación con una vasta documentación, que finalmente termina resultando específicamente funcional al objetivo ideológico en que sustentan su abordaje del tema. La lectura de estos autores terminó siendo considerada, por ausencias de confrontación a nivel de la academia, como la versión más aceptada y enseñada en el país, vale decir, una suerte de versión oficial de aquella historia, con peculiar despliegue ideológico y marcada pretensión de modernidad…”

Cuando abordamos el tema en este artículo, dejábamos planteada una serie de preguntas sobre las aristas del trabajo de los historiadores marxistas. Allí señalábamos que “las temáticas del pasado nacional que representaran una reflexión sobre la independencia, el antiimperialismo, la revolución y la soberanía económica parecían –y lo eran- debates de la actualidad.” Obra historiográfica, obra política, la estrategia supranacional de la “revolución” en aquellos años exigía la capacidad de interconectar, de mezclar y proyectar el pasado nacional, los perfiles telúricos y locales, los liderazgos premodernos y caudillistas, con la revolución social, que, en última instancia, debían conjugarse como antecedente inevitable del programa político del momento. Por esto, además -y a contrapelo de la tradición histórica del marxismo y su mirada con respecto a los líderes premodernos- este análisis del pasado nacional no cuestiono en sí las bases del relato patrio fundacional, sino que apostó claramente por redireccionarlo, reconfigurarlo y dotarlo de otro contenido y fines. Es decir, todas las rupturas y reinterpretaciones conceptuales, temporales y espaciales parecen ser validas, menos las que socaven, en ultima instancia, el discurso fundante de la nacionalidad.

Este elemento es -más allá de las causas políticas e históricas que configuraron su labor académica- uno de los elementos más llamativos y singulares del trabajo de estos autores: hay una continuidad en la visión central de Artigas como líder y héroe nacional, que, aunque con ribetes diferentes –es para Sala et alia un líder de la revolución social- ocupa el centro indiscutible, el protagonismo máximo. En algún sentido subyace la idea de que no lograron desprenderse de todas las aristas típicas del relato nacionalista clásico al cual criticaban. También, a modo de hipótesis, podemos intuir que los historiadores se inscribían en el debate político-ideológico de la época y es claro que el cuestionamiento de Artigas como líder y constructor de identidad nacional suponía el perfil más duro y rígido de cambiar, y así perdía capacidad de propaganda. ¿Existía algún interés por cambiar esa visión apologética? 

Dentro de los cambios proyectados por su obra, la ausencia de una transformación y cuestionamiento de los liderazgos en la ya consolidada “historia nacional” es significativo. 

Dentro de la receta de interpretación “marxista” sobre estos procesos históricos, la revolución “burguesa” agrupa detrás de sus intereses al campesinado mayormente -porque estamos en Latinoamérica- y a los sectores populares urbanos. En este pasaje de “modo de producción” -del feudalismo al capitalismo- el artiguismo necesita representar el ejemplo más popular y progresista del ciclo, el que llevó “más lejos” las pretensiones revolucionarias y, en última instancia, el modelo de reformas más ambicioso. Su derrota en algún punto deja planteadas, previa reformulación en clave marxista, los caminos de las reformas futuras que deberán establecerse en nuestro país. 

En este punto se evidencia con mayor nitidez que su obra es más comunista que marxista. Más que una mirada materialista, intenta asir una interpretación político-afectiva y, en una última instancia, de vanguardia científica que arroja luz sobre los orígenes locales de una “religión del progreso”.

¿Es acaso el eje “revolución-contrarrevolución” algo nuevo en la historiografía marxista post SGM? Seguramente, no. Y menos aún en su aplicación repetitiva en la mirada sobre el pasado nacional del mundo “descolonizado”. 

Las clases parecen funcionar como categorías metafísicas. A diferencia de otras historias marxistas sobre revoluciones, en este caso corre con cierta ventaja: las causas “de clase” como origen del proceso revolucionario no eran compartidas por los protagonistas, por los revolucionarios de “Mayo”, o de la Banda Oriental. La lucha era “soberanista” y “nacional” en el sentido, si se quiere liberal, no de clase. Esta no era, como podría encontrarse en el caso de la revolución francesa, con una concordancia entre su interpretación marxista de clase y la interpretación de buena parte los revolucionarios en su época. Aquí no existía una lucha entre aristocracia/burguesía que emparejaba la mirada de los protagonistas sobre el problema, con la mirada marxista. La interpretación de clase en este caso desembarca como más compleja incluso, más novedosa que lo que había transmitido la historiografía tradicional. Más allá de esta circunstancia, el factor de clase sigue teniendo un papel protagónico. 

Es un acto de conciencia contemporánea, no histórica, la mezcla de conceptos sobre los sectores rurales de la Banda Oriental en el período, e incluso sobre las consideraciones reales que un reglamento de tierras. La distancia entre este concepto y la “reforma agraria” parece desaparecer en ese mar de conceptualización atemporales: ¿“burguesía”, “campesinado”, “feudalismo”?

Refiere al respecto K. Kautsky,  en La lutte des classes en France en 1789: “…cuando se reduce el devenir histórico a una lucha de clases, se está demasiado predispuesto a ver en la sociedad dos causas, dos clases en lucha, dos masas compactas, homogéneas: la masa revolucionaria y la masa reaccionaria, la que está por debajo, la que está por encima. En este caso no hay nada más fácil que escribir la historia. Pero, en realidad, las relaciones sociales no son tan simples”.

Queda incluso plantear la diferencia de enfoque que presentan Sala et alia con Vivían Trías: en este último caso, las valoraciones son más rústicas, más cargada de teología moralizante que supura “buena conciencia” del historiador-militante, degradando las herramientas interpretativas del marxismo a un nivel extremadamente bajo, enfocada sobre todo a la “participación popular” y a un “programa ideológico” que no supera el anacronismo.

Una señal de empobrecimiento explicativo del marxismo se traduce en el pasaje de un marxismo basado en el concepto de “modo de producción” a una reduccionismo afincado especialmente en la “lucha de clases”. Esta dificultad evidencia la problemática de encontrar y cronologizar para el periodo artiguista de forma medianamente coherente cambios en la propiedad o modos de producción, o de forma menos ambiciosa, cambios significativos en el rol que la Banda Oriental jugaba en el “desarrollo capitalista” de una economía mundo.

La historia de los revolucionarios artiguistas plantea una de las inconsistencias más típicas de la historiografía marxista: en ella, los actores revolucionarios persiguen objetivos que no imaginan, tienen intereses que no manifiestan, actúan movidos por “fuerzas históricas” que los llevan a destinos jamás conocidos. Es decir, desarrollan en sus motivaciones y acciones una “naturaleza” con voluntad propia, que no necesita de las pequeñas pasiones e intereses del momento y la coyuntura, y que responde a poderes cuasi metafísicos que van más allá de su voluntad: puro determinismo histórico.

No es extraño quizás que los sectores que se presentan como más comprometidos con la versión más social de la revolución, son en sí los menos relacionados con las fuerzas ideológica y culturalmente “imperiales” y notoriamente, menos capitalistas. Aquí el lazo entre lo “autóctono”, lo “telúrico” y lo “progresista” es sumamente visible. Esto responde a la necesidad política del momento, aunque abandone en algún sentido una larga tradición interpretativa de cuño marxista ya referida, donde las fuerzas “reaccionarias” y “feudales” son necesariamente enemigas del “sentido de la historia”. La liberación nacional necesitaba de reinterpretaciones del rol de los caudillos y actores “populares”, aunque sobrevolase en ellos la fama de “retardatarios”.

Un elemento bastante evidente de este proceso es el que se manifiesta en la documentación sobre los actores de época en la zona de Colonia. En un análisis preliminar, nos permite observar una expresión del estado del espíritu político de la zona. Y quizás, con diferencias y problemáticas específicas, un ambiente más general.

¿Cómo abordar el ejemplo de Colonia? Un encuentro más o menos coordinado de intereses entre los diferentes actores sociales de la región coloniense, que confluyen en el reparto de tierras, resultado de un fondo común de intenciones, resulta bastante insostenible. La documentación sobre los diferentes protagonistas plantea demasiadas contradicciones. Algunas aseveraciones de Sala/de la Torre/Rodríguez son especialmente derrumbadas por un análisis más o menos superficial de quienes están detrás de los apellidos del reparto artiguista. En general, y sin proponer un “individualismo metodológico”, una mirada más enfocada a los intereses, ideas y pasiones individuales y locales parece arrojar mayor luz al respecto que las categorías rígidas de los marxistas vernáculos. Porque, si vamos por su camino, sus arengas emocionales se derrumban.

EL CASO DE COLONIA.

En la obra la revolución agraria artiguista (1815 -1816) de Sala/Rodríguez/De la Torre, plantean una interpretación documental que definiría a la reforma agraria como “profunda” y “verdadera”. Uno de los elementos más singulares de su análisis es que gran parte de este se centra en el reparto de tierras realizado en el Departamento de Colonia, más específicamente en la antigua “Estancia de las Huérfanas”, que había pertenecido a los jesuitas en el siglo XVIII y luego de su expulsión en 1776, adjudicada a la Congregación de las Niñas Huérfanas de Buenos Aires. Según estos autores, la convocatoria de Manuel Durán ordenaba que se repartiese las tierras entre los vecinos patriotas, y, según estos autores, Artigas tuvo una singular preocupación de que los agraciados fuesen paisanos y militares adictos a la causa artiguista, representando en algún punto una especie de “caso paradigmático” de su reforma.

“…Quizá sea la estancia de las huérfanas -consignan estos autores en la obra anteriormente citada- la única que nos ha provisto de un padrón competo de donatarios…”. Y subrayan a continuación la importancia de este elemento interpretativo: “…extiéndase este ejemplo a lo largo de todo el país y puede comprenderse entonces […] el verdadero alud que fue el reglamento provisorio…”

El pasaje claramente plantea, como forma de comprender la verdadera naturaleza de la reforma artiguista, proyectar el reparto de este territorio a toda la Banda Oriental. Existe en esta obra, para mayor ilustración del ejemplo, un mapa -que adjunto en el artículo- donde se detallan las tierras a repartir y sus destinatarios: Santiago Fernández, Matías Arroyo, Pedro Cepeda, Lorenzo Ruiz Diaz, Hipólito Montes de Oca, Manuel Hidalgo, Vasco Antúnez Maciel, Pedro Solano, Martín Cautivo, Manuel Soria, Lorenzo Belem, Juan Nieto, Juan Sosa, Solano Avalos, Mateo, Antonio Vera, Juan Antonio Lavalleja, Agustín Vera, Beltrán Pineda, José Ignacio Vallejos. 

Detengámonos en algunos de los beneficiarios y de los datos que los archivos nos refieren a los mismos. En el período Cisplatino, es decir, en los años siguientes a la invasión lusitana y el control por parte de sus fuerzas del territorio de la Banda Oriental, buena parte de estos beneficiarios artiguistas ostentan un protagonismo político y económico. En un documento del Archivo General de Nación (AGA caja 512, carpeta 1) se encuentra el siguiente documento:

Este formato de pedido comercial es bastante recurrente en los registros del puerto de Colonia, y los protagonistas de estos son en general comerciantes de la zona, con cargos bajo el gobierno portugués, propietarios de saladeros, almacenes y otros negocios. En esta caja del AGA se consigna en varios documentos, de forma reiterada, que Vasco Antúnez era un connotado protagonista del comercio local. Según las boletas de entrada y salida de los productos de la plaza este se dedicaba al comercio de cueros, vacunos y equinos. Estas boletas eran tan usuales que la serie tiene ejemplos de setiembre, octubre y noviembre de 1819. En un documento (AGA caja 508) se establece también que era poseedor de pulpería -siendo dos a partir de julio de 1818- y ostentaba el monopolio de la venta de carne en Colonia. También era propietario de un saladero (AGA 512, carpeta 1) y una renta vitalicia, consignada en esa base documental, que el propio Vasco Antúnez agradece en el siguiente documento: “he recibido del S.or. Fran.co de Souza Ministro de la Real Hacienda y Adm.or de Aduana de la Plaza la cantidad de cincuenta y seis mil ochocientos reis procedentes de mi gratificación vitalicia de veinticuatro mil reis por mes, cuya gratificación es la vencida hasta 30 de Sept. Pasado y para constancia lo firmo. Colonia octubre 1° de 1818. (AGA 512 carpeta 1)

El protagonismo de Vasco Antúnez y su labor al servicio de las fuerzas portuguesas, junto a sus numerosos negocios son sintomáticos de una circunstancia que parece sobrevolar la documentación del archivo documental revisado. Cuando se repasa los nombres de los destinatarios del arreglo de tierras artiguista de la zona -que Sala/Rodriguez/De la Torre consignan como especialmente paradigmático y modelo interpretativo para aplicar en todo el territorio- y los diferentes documentos comerciales o policiales de la zona ya en etapa de dominio portugués, la repetición de nombres no pasa desapercibida. ¿Qué tan fuerte era la adhesión de los criollos a la causa artiguista? ¿Esta puede circunscribirse a los niveles de conciencia clasista y revolucionaria que intentan imprimirle los autores? ¿Es realmente un ejemplo de la aplicación del reglamento el caso de la Calera de las Huérfanas? Si fue así, como sostienen los autores, este ejemplo pone demasiadas dudas sobre la naturaleza del reparto, y, en ultima instancia, parece señalarnos que el mismo corría por carriles sumamente lejanos a representar un premio a los menos favorecidos ¿Por qué de el numero total de beneficiarios, 3 de ellos son comerciantes importantes y figuras de la causa portuguesa en Colonia, y no aparece ninguno de los hombres del caudillo artiguista (? )“Encarnación”? ¿No resulta extremadamente extraño que la “quitacolumna” portuguesa estuviese conformada por donatarios artiguistas?

Los documentos referidos parecen arrojar otras realidades, otro sistema de incentivos, de alianzas, de afinidades y lealtades a los manifestados por los autores. A pesar del afán constante de incorporar automáticamente a los sectores populares a una lógica revolucionaria, las relaciones entre los diferentes sectores sociales parecen representar un desafío extremadamente mayor, más complejo, específico y dinámico que lo que desean los leninistas locales. 

“el pueblo reunido y armado -resaltan en la obra la oligarquía oriental en la Cisplatina, los mismos autores- aquellos paisanos que habiendo combatido contra españoles y porteños aprovechaban un remanso de paz para levantar sus ranchos y corrales (…) la mayoría de aquellos soldados, cabos, sargentos, capitanes y coroneles artiguistas que habían recibido la tierra de Artigas, dejaros sus trabajos de paz para empuñar otra vez las armas ante un ejército invencible”. De los documentos de Colonia de la época, no parece surgir con tanta claridad y fervor revolucionario esta circunstancia. Beneficiarios artiguistas, beneficiarios portugueses, parece ser que las relaciones sociales y sus lealtades y premios son algo más complejo.

Este modelo “montaña rusa” donde a un empuje “burgués” sobreviene la aparición de sectores populares, más “progresistas” que tienen, a partir de derrotas y traiciones, un retroceso o recaída burguesa, es el encuentro del Jacobinismo y el Leninismo.

¿HISTORIA ECONÓMICA?

Si se analiza someramente el proceso de construcción de la “historia nacional”, la construcción de “mitos nacionales”, se entremezcló sin mayores dificultades ni tour de force con la historia bipartidista, reafirmando la ecuación, ya en el siglo XX, que las miradas sobre el pasado nacional debían estar organizadas, relatadas y cronologizadas desde la perspectiva de la lucha política y la acción estatal. Era funcional en el relato sobre la independencia, plagada de batallas y combates militares, generales y jefes políticos, relaciones entre estados, luchas de poder, reglamentos, decretos, leyes, el protagonismo casi abrumador de las “relaciones de poder” como motor del devenir social.

Posteriormente, las luchas políticas entre partidos son el registro histórico nacional constante, y los “ciclos nacionales” se subdividen en gobiernos, guerras civiles, predominios políticos sobre el estado, hasta que se va configurando la consolidación estatal moderna dando paso a la lucha política civilizada de parlamentos, elecciones y partidos como clivajes históricos dominantes. 

Los elementos civilizatorios, los procesos materiales y económicos, tanto locales como internacionales, los movimientos migratorios, los procesos demográficos, e incluso las tradiciones culturales e ideológicas, en general, tenían un papel secundario, y en general, subordinado al protagonismo político y estatal. La “historia económica” estuvo muy impregnada de estadística estatal, subordinada a explicar éxitos y fracasos, estrategias y gestiones, y, en última instancia, ideologías apriorísticas en el campo económico, de los líderes políticos y sus facciones. Los análisis sociales y culturales también estaban cruzados por esta tendencia. 

Esto llevaba a que el abordaje de las temáticas económicas, por ejemplo, estuviesen referidas siempre a la política: desde la estrategia comercial de un grupo económico poderoso y en algún plano, articulado, o influyente, a la inversión o elección individual de un actor económico desagregado, todos ellos remitían invariablemente a la lógica de centralidad que la política y el estado tenían en la articulación del relato histórico. 

Esta característica no es resultado de una cronología organizativa, y había surgido en un primer momento como manifestación necesaria del relato nacional fundante. En última instancia, los héroes actuaban en el campo de los dioses, y los pormenores materiales de la sociedad son meramente decorado del gran escenario.

La cuestión se complejiza durante el siglo XX, ya que los “tiempos bárbaros” de las guerras civiles, por un tiempo, fueron funcionales al nacimiento de la “historia moderna”. El sistema de partidos y la democracia consolidada del siglo XX replicaba la idea de que su protagonismo precipitaba el proceso histórico nacional. Los héroes-políticos crearon la nación, los políticos democráticos crearon la prosperidad, estabilidad y excepcionalidad. El “interregno” es básicamente, caos, vacío, anarquía política, guerra civil. Allí, la falta de orden político y estatal nacional hacía de ese período una especie de “Edad Media” nacional, oscura e inestable. Un “ensayo”, una “larga espera”. Entre orden y orden -es decir, manifestación de la política y del estado- , vacío “feudal”. 

Es necesario también señalar que esta característica no es un fenómeno local. La tendencia de la “Historia nacional” a construir una categorización basada en la relación Nación-Pueblo (o más bien Estado-Pueblo) representa un perfil continuo en otros países occidentales. En Francia, la historiografía tradicional construyo la historia nacional a partir de ciclos donde predominan los “reyes padres del pueblo” donde la autoridad política representada por el rey tiende a afirmarse, en medio de épocas “oscuras”, menores o “anarquía feudal”, donde el poder central se debilita. En general, en esta mirada, la suerte del “pueblo” está condicionada con la potencia del poder político, y en caso uruguayo con la potencia del estado.

Las miradas y valoraciones sobre el periodo se muevan a un ritmo casi mimético con las peripecias políticas. Esta simbiosis consolida la idea de que los procesos políticos anteceden y predisponen los ciclos económicos y los fenómenos sociales. En este sentido, el “Uruguay modelo” va a ser presentado mayormente como el fruto de los eventos políticos, no como manifestación de procesos económicos y culturales previos. Bajo este modelo de relato histórico, la política recoge los dulces frutos de los ciclos económicos y de los cambios sociales de larga duración, apoderándose de sus beneficios, sus logros, su desarrollo, sus buenas decisiones y su crecimiento, y coloca en el “pasado sin política ni orden” las causas y razones por las cuales el bienestar tardó en manifestarse. 

Si uno logra subir una empinada montaña a partir de buenas decisiones, técnicas acertadas y aplicadas de alpinismo y un buen manejo de la experiencia en el campo, difícilmente se pudiese sostener que la última ayuda de una mano extraña ya en la cúspide de la montaña es la causante de tal proeza física. Pero, basada en la lógica político-estatal del análisis histórico, está idea fue dominante en buena parte de nuestra historiografía, poniendo en los acontecimientos políticos no una consecuencia de procesos acumulados previamente, sino nacimientos. Nuestros héroes políticos en los inicios nacionales dieron paso a los próceres políticos del momento, y la “causalidad histórica” se mantuvo, en general, en el campo de las decisiones políticas y el periplo vital del estado-nación.

El problema de la “revisión” de esta característica, de este relato histórico -porque, en última instancia, la obra de los autores señalados representa una nueva visión sobre numerosos aspectos del pasado histórico nacional-, no radicó en desentrañar el origen mismo del predominio estratégico de la política y el estado en el relato histórico. Los posibles análisis históricos que podían arrojar nuevas perspectivas al pasado, evitando ser esclavos de las luchas políticas, mantuvieron o ahondaron esta característica, imprimiéndole además otros problemas y vicios.

Lejos de derrumbar a los dioses anteriores, de oficiar como un verdugo iconoclasta, la economía, la demografía, el análisis social o cultural, incluso las expresiones políticas internacionales o ideológicas no venían a arrojar nuevas miradas y complejizar el relato histórico, simplemente terminaron por utilizar estas dimensiones en otro formato, que despreciaba el individualismo metodológico y apuntaba a explicar, en clave soberanista y clasista, las mismas relaciones de poder que habían sido el centro del análisis de la historiografía que la precedía.

Así, la génesis de la independencia ya no era la singladura vital de héroe fundadores y sus culebrones políticos, sino que eran lucha de clases, relaciones dialécticas, evidencias históricas de la teleología previamente abrazada con carácter religioso, todo esto afincado en un desprecio absoluto a la más mínima señal de algún tipo de individualismo metodológico que matice un mar de absolutos atemporales, donde “burguesías” y “proletariados”, manifestaban su lucha de clases en versión local. 

La economía, así, lejos de a abandonar su carácter más bien estadístico, accesorio y residual, paso a ser una herramienta “científica” que explicase las relaciones de clase, la propiedad de los medios de producción, los intereses de clase. Los orientales ya no seguían a Artigas por ser su líder fundador de una nacionalidad en ciernes, sino por ser su figura la expresión vanguardista de sus intereses de clase oprimida. La revolución como identidad, así, quedaba intacta, salvo que el gauchaje pasaba de ser partera de la nación a partera de la revolución. 

Esta característica de inamovilidad del fenómeno político como “año cero” de los procesos históricos, simplemente le daba a la economía una preponderancia en el reparto de papeles en la historia: las decisiones económicas y políticas de algún comerciante local, en algún lugar de la Banda Oriental, ya no se debía a profundas convicciones patrióticas bien inspiradas, sino a deterministas intereses de clase. En esa lógica, jamás aparecían en el análisis sus complejas y poderosas elecciones individuales y comunitarias, resultado estas de los análisis de oportunidad, interés individual, proyección social y económica, características del mercado, posibilidades de negocios y enriquecimiento y preferencia. 

Cuando se miraba la economía, anteriormente se buscaban las decisiones de políticos y la acción del estado para comprender causas, de lo que en muchas ocasiones eran consecuencias. La “revisión” marxista buscaba con ella repartir roles en la lucha de clases local. 

Este proceso de transformación de la historiografia de una mirada histórica política a una social no deja de “conmemorar” los acontecimientos “revolucionarios” o artiguistas, y simplemente se dialoga con el pasado -y con las fuentes- buscando encontrar los mismos elementos identitarios y fundacionales pero con una filiación diferente: la “nación uruguaya” en unos, la revolución socialista en otros. La historia de la revolución cambiaba el contenido de la identidad, pero no dejaba de ser identidad.

El enfoque “marxista” o “Socialista Nacional”, intenta “racionalizar” de forma “científica”, un relato sobre los orígenes que poco se diferencia del carácter fundacional que le intentó imprimir la historiografía tradicional de corte “nacional”, que se quería impugnar.

Así, el primer proceso revolucionario debía tener los gérmenes de un segundo proceso que significaría un nuevo hito en el proceso lineal de emancipación. El análisis de las causas del proceso revolucionario oriental, debían incorporar los ingredientes necesarios para que funcione en la lógica de “estaciones de tránsito” que todo relato revolucionario requiere: promoviendo una pretendida mirada “alternativa”, “social” y “económica”, la historiografía marxista y socialista reformulaba actores y causas que podían, conceptualmente, ser intercambiados cronológicamente. Así aparecen conceptos como feudalismo, capitalismo, burguesía, proletariado urbano.

La inopia detrás de esta nueva “interpretación” del pasado, que prometía acabar con la visión “política” del proceso artiguista o revolucionario, es que en definitiva no hace pie real sobre verdaderas rupturas sociales y económicas, de carácter dramático. La vieja mirada política podía decir de sí misma que, en los hechos, la ruptura política -la independencia- se dio. La mirada “social” o “económica” no lograba clivar algún tipo de transformación coherente y continua, y menos aún poner en esos procesos algún tipo de cambio drástico en las relaciones de producción, de propiedad, o de clase. 

Este problema le quitaba “contemporaneidad” a lo que se escudriñaba del pasado, ya que resulta verdaderamente artificial la búsqueda constante de actores universales y atemporales como los citados en el contexto revolucionario de la Banda Oriental del siglo XIX. En ese sentido, el aporte “nacionalista” de la nueva estrategia discursiva de esta izquierda historiográfica permitió utilizar la idea de “revolución traicionada” o “trunca” donde los “intereses foráneos”, el “imperialismo” y el “cipayismo” son citados con bastante continuidad. Así, el campesinado y la burguesía podían tener otro eje interpretativo menos ortodoxo, permitiendo también analizar desde una óptica “antiimperialista” a los actores revolucionarios del pasado, y a la vez del presente: “…estaba derrotada la revolución radical y popular” sostienen Lucia Sala y Rosa Alonso en La oligarquía oriental en la Cisplatina, vencida por la alianza de

“un poder exterior”,  y la “complicidad de la oligarquía comercial criolla montevideana y los grandes hacendados”.  Como sostiene F. Furet, “las revoluciones tienen necesidad de grandes traiciones. No importa que estas traiciones existan en la realidad (…) la revolución las inventa al igual que otras tantas condiciones de su desarrollo”

Este auxilio “nacionalista” al relato marxista del pasado intenta sortear los profundos problemas que planteaba la asignación ortodoxa de roles y protagonismos en la revolución, y desnuda la debilidad de la pretensión rupturista del ciclo revolucionario. Cualquier tendencia a analizar las rupturas de ese proceso como origen nacional-burgués, panteón de héroes, o mejor aún, como continuidad, cuestionaba de sobremanera la “necesidad” rupturista. No de 1815, sino de 1965. La “ruptura” garantiza un “orden nuevo”, tanto antes, como en el momento que se escribía esta Historia. Además, toda ruptura representa un “año cero” que condiciona y rediseña el porvenir, y es sombra proyectada del pasado. 

La tentación era demasiado potente como para que estos historiadores no etiquetasen estas rupturas con los sucedáneos quiebres lineales que la ortodoxia marxista promovía a nivel global, al observar la Historia: nuestra “revolución burguesa” como categoría aparece entremezclada con el afán “antiimperialista”. Puede observarse algunos rasgos bastante sobresalientes de matices en la prédica, tendiendo a una identificación casi automática con nomenclaturas marxistas en Sala/Rodríguez/de la Torre y una interpretación anti imperialista en Trías, que incluso llega a reivindicar o reformular viejos actores “reaccionarios” en héroes anti imperialistas.

Sin embargo, esta mezcla entre la ortodoxia y cierto nacionalismo no lesiona la pretensión fatalista de la historiografía marxista y socialista sobre los hechos revolucionarios. En general, el bien a proteger es la auto confirmación del “reparto de fuerzas”, de su “correlación”, de su categorización y, en última instancia, del paralelismo del pasado con el presente político de aquellos años. Si el carácter “feudal” de los contrarrevolucionarios orientales presupone la aparición y conflicto con una burguesía liberal y progresista, está verá reelaborado su rol frente al proletariado. 

Esta tendencia a promover una mirada lineal del proceso histórico en clave emancipatoria, socialista y nacional necesitaba etapas sucesivas que representen el testimonio histórico del proceso inevitable: en el siglo XIX Artigas inició lo que deberían culminar los Revolucionarios -Tupamaros o no, depende del autor- en el siglo XX. La historiografía afín debía, entonces, encontrar los lazos comunicantes y tejer las continuidades. Los revolucionarios tenían en el pasado antecesores evidentes, y los revolucionarios del Siglo XIX ostentar “tics” socialistas.

Cuando surgió como una de varias contestaciones al relato nacional fundacional y dominante, despojando de heroicidad burguesa -que es, siempre, oligarquía– los sucesos de la revolución artiguista, su apelación a expresar una mirada de transformación social tenía debilidades más que poderosas, ya que los orientales de 1813 y de 1835 no se diferenciaban notablemente. Pero en lo que podía advertir como diferenciación real entre la etapa previa y la posterior al ciclo revolucionario artiguista -es decir, los cambios políticos constatables y constatados por la historiografía clásica- prefirió apelar a la “traición revolucionaria” que la interpretación socialista nacional le brindaba como coartada antiimperialista, e incluso como identidad latinoamericana. Una alternativa demasiado apetitosa y funcional como para desecharla.

En última instancia, la posición crítica con respecto a la dimensión esencialmente “política” del análisis histórico tradicional de la revolución oriental, que hace la historiografía marxista y socialista, se enfrenta con la dificultad absoluta de superar la contradicción entre su pretensión de repartir roles revolucionarios a partir de relaciones de clase- económicas, y en definitiva tiende a plantear estos roles desde el ámbito que tanto deseaba criticar: el político. 

Allí, aparecen los típicos “tics” y obsesiones que caracterizan la vida política en clave maximalista, como ser las traiciones, el complotismo, el cipayismo, los valores universales y las categorías totalizantes, y no explicaciones basadas en puro interés de clase. La revolución, será catalogada así de “jacobina a la manera de Ventoso”, que buscaba desterrar la “dependencia semifeudal” y transformar a la montonera oriental en el “mas formidable y peligroso de los ejércitos: el de los hombres que viven y mueren por un ideal”.

Vasco Antúnez tenía, se ve, otra perspectiva sobre sus móviles. Menos determinista, pero más interesante. Queda mucho por seguir investigando.


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