ALDO MAZZUCCHELLI / Voy a escribir con la mayor simpleza de que sea capaz, sobre una coyuntura imaginaria que podría afectar a miles de millones de personas. El asunto en sí mismo podría considerarse abstracto, aunque esta revista se ha concentrado en sus múltiples aspectos concretos desde el principio.

ENSAYO

Yo percibo un final. No estoy seguro de qué final sea. A menudo pienso que es el final de determinadas instituciones de la sociedad en Occidente. Puede ser el final de la institución política y juridica, el final de la moneda, el final de la escuela, el final de los medios de comunicación tradicionales, de la medicina oficial, y otras. Estos y muchos otros finales están largamente merecidos, por la incapacidad que vienen mostrando estas prácticas institucionalizadas para cumplir las funciones para las que fueron concebidas.
Esto no me ha parecido nunca una responsabilidad de los medios, la escuela, el gobierno o lo que sea. Me parece que se comprende mejor -y más justa y amablemente- si se ve que se ha abierto una brecha insalvable entre las condiciones sociales y personales de la vida, y los objetivos y métodos de tales instituciones.
Apagadas estas y clausurada su ya tenue legitimidad, otras formas vendrán a llenar esas funciones de un modo más adecuado a la situación humana, técnica, social. 

El proceso por el cual este apagamiento institucional vaya a desatarse, no lo conozco, ni quiero especular sobre él. Estas y otras instituciones están interconectadas, y es imposible que algo afecte seriamente a alguna de ellas sin afectar a las demás. El contagio puede ser rápido y el esparcimiento de este fenómeno puede ser percibido como violento. La naturaleza, dado que todo es uno, debería acompañar visiblemente este derrumbamiento y contribuir con su doble tarea de siempre de construcción y destrucción a la vez.

Si estas cosas ocurriesen, el cambio en la conciencia sería extraordinario. Veríamos cosas que nunca vimos, sabríamos por experiencia material lo que hoy sabemos solo por conocimiento interno o intuición. 

Las señales de resistencia al cambio son tan notables y evidentes que es extremadamente difícil seguir sin verlas. Todos los gestos, los temas explotados por la publicidad, las noticias repetidas en los medios tradicionales, las campañas de miedo, y los intentos de control, siguen siendo siempre los mismos, con variantes mínimas. Se sigue intentando organizar el mundo según las rutinas ideológicas y los trillos de pensamiento que ya estaban caducados y denunciados como tales hace veinte, treinta y cincuenta años. Esto es un síntoma de caída, de pérdida de vitalidad. Solo un ejercicio de burbuja muy pertinaz puede evitar percibir que, pese a que todo el mundo intenta seguir viviendo su vida y hacerlo del modo más habitual posible, el agotamiento de los sentidos colectivos, por repetición vacía, crece casi día a día. 

El mundial  de fútbol, con todos sus mensajes de unidad global, funciona -se diría, como todo- en dos registros contradictorios. Al exhibido disfrute de un verano norteamericano lleno de emociones y mensajes de hermandad y orgulloso avance tecnológico de la IA en el país y el mundo, lo acompañará un panorama de guerra, imposición violenta en el exterior, destrucción del paisaje interno, desunión, comida venenosa, fentanilo y decadencia en cualquier ámbito colectivo que se mire. También proliferan las politizaciones del campeonato, FIFA, la AFA, Messi, los arbitrajes. La deslegitimación de las instituciones es vertiginosa, y la FIFA está más desprestigiada que nunca. Sin embargo, hay dos series reales en paralelo: la serie de la realidad donde vivimos, donde nadie cree en casi nada; y la serie de ficción a la que seguimos subidos, sea el mundial, la política local o global, o lo que sea, donde esa pérdida de fe no significa (todavía) nada: no se tradujo en forzoso abandono de las rutinas y los espacios de confort, personales y colectivos. Nadie quiere revisar el pasado reciente, nadie quiere hacerse cargo de la psicosis colectiva, el endiosamiento materialista de mecanismos caducos, el correr del rebaño al precipicio, más rápido cuanto más nos acercamos a él.
Del otro lado del mundo, es difícil que Rusia aguante mucho más tiempo sin un sacudón interno, al que lo lleva un ciclo histórico de 36 o 37 años que es asombrosamente puntual y en una de cuyas crestas hemos ya entrado, una política interna demasiado comprometida por la insoluble división tradicional entre el lujo y afán de lucro y brillo de la Rusia occidentalizada, y la Rusia religiosa y profunda. Es difícil que su líder actual sobreviva -aunque sea políticamente- al sacudón, y es impredecible cuál de las dos opciones -sensatez reformadora o contragolpe violento- tomará la delantera luego.

Esto es todo lo esencial, a medida que los andamiajes institucionales del mundo se van volviendo quebradizos como alas de libélula muerta. Esta revista ha seguido esta fase del ciclo, y no sé -genuinamente, no lo sé- cuánto tiempo más lo haremos. Lo único que me parece importante es conectar con alguna gente y dejar este sencillo mensaje. Trabajemos cada uno en sí mismo y en nuestro entorno real y cercano, dejando de lado abstracciones que son solo coartadas. Hágamonos lo más independientes que podamos del sistema tal como es. Entendamos que va a llegar un momento que casi todo lo que damos por sentado, mucho de lo que tenemos como soporte de nuestras comodidades actuales, se revelará hueco y sin alma. No estará ahí cuando más lo precisemos. El camino es siempre colectivo e individual. Lo individual se ha abandonado, y parejamente se abandona lo colectivo. Uno es causa y consecuencia de lo otro. Se le echa la culpa a la tecnología, pero la tecnología no tiene culpas. El general abandono de la escritura, la lectura, el diálogo sincero y cercano, la capacidad de concentrarse en lo real sostenible en lugar de en lo fingido efímero, esta alcanzando niveles estratosféricos. No es solo que nadie pueda concentrar su atención, sino que no puede conocerse a sí mismo, porque el hombre contemporáneo huye desesperadamente de sí mismo, engañándose con que eso es sano anti intelectualismo, o emocionalidad sincera. Hace falta que se limpie la cubierta y que tomen el relevo los que están entrando a este mundo preparados para ello. Los plazos son cortos. Para el período de pocos años que esta por abrirse, cada uno tiene ante sí la responsabilidad de encontrarse preparado.