ENSAYO

Por Juan Friedl

La apelación a la autoridad de organismos internacionales es la falacia por excelencia de los movimientos antiliberales progresistas: «esto lo recomienda la ONU», «los países de tal organización ya lo hacen», obviando que estos organismos son meros hatos de empleados públicos carísimos. 

Con movimientos antiliberales progresistas nos referimos a aquellos grupos organizados, con aspiraciones de acción política, que en nombre de un futuro bello hacia el que la Historia tendería, y que debiera realizarse en el presente a través de su mandato, ponen en segundo plano –cuando no directamente pretenden suprimir- libertades individuales en cualquiera de los órdenes del ser en sociedad (civil, político, social, personal, cultural, económico, etcétera).

Por otra parte, en aras de desglosar el concepto de “empleados públicos carísimos”, basta examinar las fuentes de financiación de, por ejemplo, los programas y presupuesto general de la Organización de Naciones Unidas. Salvando donaciones –no necesariamente desinteresadas- los organismos internacionales se financian a través de cuotas aportadas por los países miembros, cuyos representantes resuelven en Plenario el presupuesto, en el caso de la ONU, bienal. El adjetivo “carísimos” puede compartirlo fácilmente quien examinare las planillas (a título ilustrativo: https://sueldospublicos.eleconomista.es/texto-diario/mostrar/1541896/onu-destina-2437-millones-dolares-anuales-gastos-personal).

El prestigio de estas organizaciones, representantes en el imaginario público del “mundo desarrollado”, de las políticas potentes, de la marcha organizada del mundo hacia el mundo mejor, inducen, al parecer, en el estereotípico país latino berreta un deseo de integrarse a tal concierto de mamíferos a través de la obediencia acrítica, oral, de los dictámenes de esta burocracia internacional. El camino al desarrollo, sin embargo, es otro; tiende a estar históricamente vinculado a formas de disidencia provenientes de la autonomía en el examen de la realidad y políticas públicas. 

En tanto para la solución de problemas se requieren incrementos en el conocimiento, es especialmente relevante a este punto el hecho de que los sistemas de desarrollo de conocimiento sean poliárquicos; cosa absolutamente opuesta al funcionamiento de las burocracias mundialistas. El carácter poliárquico proviene, por ejemplo, de la competencia simultánea entre programas de investigación, de la existencia de focos, énfasis morales, intereses materiales, métodos distintos, comunidades distintas de individuos orientadas a diversos fines; una infinidad de factores –el primero de ellos, la falibilidad y transitoriedad propia de cualquier conocimiento en estos órdenes. No existe en el ámbito de las ciencias, incluidas las sociales, una verdad u organismo portador de verdad centrales, sino hegemones transitorios (el laboratorio tal, el think tank aquél, esta escuela o la otra). Nada reemplaza al debate en disciplinas especializadas. No hay, en una realidad cambiante y de pormenor infinito, tal cosa como un colegio cardenalicio.

Pero, claro… con una intelectualidad venida a menos, ¿qué diputado puede tomarse el tiempo de estudiar o asesorarse con profesionales razonablemente independientes a la hora de evaluar políticas públicas? Pensemos en la capacidad de creación de conocimiento que presenta la UdelaR en términos de disciplinas relevantes a la política pública; o el conjunto de las universidades del territorio nacional, por ser piadosos. ¿Alguna novedad ha sido replicada en el exterior? Si las hay, son pocas. Algunas críticas, rápidamente soslayadas. Los representantes nacionales, y el Poder Ejecutivo, al recurrir a asesores de “élite” rara vez hacen otra cosa que pescar, de los parvos escalafones de fama y fortuna, a quienes mejor parecen representar “lo que se está haciendo en el mundo”, personas que muchas veces tienen su ingreso condicionado a la promoción de modelos, teorías, abordajes en concreto; independientemente de si estos resisten la prueba de la realidad.

Está tan lejos la realidad, el resultado, de aquello que hace la diferencia en ingresos, que el incentivo que hubiere a aprender en lugar de saber, rápidamente se desvanece. (Excepto, claro, en aquellos profesionales que en su solitaria nave se aventuran en dirección al Temporal de los Esputos, y son tachados de “cuantitativistas”, “funcionales al statu quo”, o vaya a saber qué cosa, por tener el atrevimiento de disentir con elegancia. Por vías administrativas y haciendo uso de bandas de frecuencia políticas u otras, u otras son rápidamente deportados a la Siberia de los talleres vía Skype).

Digamos que en esta cocina no hay pecado mayor que dar a conocer el sabor de una sopa sin cucarachas.

En comparación con la selección uno a uno de académicos independientes, la conformación de ateneos orgánicos, etcétera, el estudio en detalle de la realidad concreta sobre la que se quiere operar, comprar el paquete es una pavada, ¡sólo hay que repetir los manuales! Esto está a disposición de cualquier elemento dispuesto a suspender la capacidad crítica: “Cómo gestionar evaluaciones con enfoque de género”, by La ONU. Manual de cómo enfrentar este u otro problema social. Manual de cómo saber si se están haciendo las cosas bien. Breviario. Paquete armado. Y por supuesto, raciones.

Dado este funcionamiento, es a la par gracioso y repugnante que a quienes cuestionan con energía (como en cualquier debate científico o filosófico) el sundae marrón que ofrece la franquicia internacionalista local, se los trate de “dogmáticos, fundamentalistas, biblia-abajo-del-brazo”. Ocurrió en una campaña política reciente, que cierto economista de la Brookings, o de la otrora gloriosa Chicago -ya no recuerdo- expresó una opinión de este tenor respecto de aquellos que no consideran al Estado,

por decir algo, más importante que el mercado y tercer sector a la hora de obtener aquello que llamamos “desarrollo”. Hay una sola forma de hacer las cosas, que es “moderada” y “bienpensante”, y quien se planta firme en una alternativa no puede otra cosa que ser un dogmático – cuando, en los hechos, no es la energía con la que se presenta un argumento sino la disposición a examinar los alternativos lo que define a una posición como dogmática.

No estoy diciendo que la generación de manuales, compilados, informes detallados sobre ciencias sociales y políticas públicas sea mala. Es literatura de divulgación científica e ingenieril, como cualquier otra (el apartado ético es otro tema). Aún si se hacen con guita a presión (fondos, grants, préstamos para facilitar la hermosa tarea de traer el progreso; millonarios préstamos). El tema es que estos manuales y compilados no son generados por instancias en competencia, no son uno más de los que hay (como hay handbooks en medicina, psicología organizacional u otras ciencias aplicadas). Son el Grimorio, que baja del cielo de los organismos internacionales.


El problema no es sólo el «embudo» epistémico y la guita a presión.

Hay un rechazo de la intelectualidad letrinoamericana por la posibilidad de generar conocimiento, prefiriendo ser portadores de la Luz que viene desde la ONU.
En esto a nivel individuo se juega prestigio y plata. ¿Quién puede cartelear de haber sido reconocido internacionalmente? No el científico social con un desarrollo incipiente que promete y en cinco o diez años mostrará su eficacia. ¿Quién puede poner en su tan verboso como insustancial currículum, quizás con secundaria incompleta, que publicó algo en un congreso internacional de un tema de relevancia para la Sociedad de Naciones? ¿Quién liga los 30.000 dólares para hacer el estudio que confirmará la necesidad de la política con la que se justifica el préstamo multimillonario? No el independiente. No el que examina lo concreto. No el que cuestiona el marco teórico en el que se basa el paquete de financiación.


La carrera de ascenso del intelectual mundialista es la misma que la del intelectual en la URSS. Hacés a un lado la razón crítica, hocicás, desarrollás la línea de los poderes fácticos, y tenés un apartamento más grande y minitas. Viajás por el mundo, dejás tu vida de oficinista fecal y tomás shampánskoye.

Cualquier absoluto estúpido con un cargo de confianza política durante el proceso cívico-sindical de los últimos quince años pudo llevarse un puñado de «especialistas» a pasear por el mundo a chupar línea y shampánskoye, porque «el país tiene que ser modernizado». Pero esto no es de ahora, ni empezó con el Proceso ni terminó con la victoria de los Aliados. Esto puede seguir, y SIGUE ocurriendo ahora. 

Y seguirá, a costo del contribuyente.


Hasta que no dejemos la idea del Gran Salto Adelante en cuestiones sociales, hasta que no tomemos la vía prosaica, examen de la realidad a examen de la realidad, artículo revisado por pares a artículo revisado por pares, debate a debate, la realidad nos seguirá pegando en la cara.

Hemos examinado el aparato lysenkoísta del siglo XXI. Ahora bien, ¿cómo es un camino virtuoso de creación de conocimiento?

Un liceo. 

Adaptar y probar. 

¿Funciona? 

Repliquemos, extendamos. 

Un tipo de hogar para víctimas de violencia doméstica.

¿Funciona?

Repliquemos, mejoremos, extendamos.

¿Un paquete de medidas económicas para un sector? 

… y así todo. La descentralización y competencia es clave en esto. Simultáneamente, para que esto no sea atado con alambre y puro ensayo y error, hay que debatir filosofía y ciencia, no ingeniería desde el vamos. La ingeniería presupone los fines. Los fines no están dados salvo por la situación concreta que un conjunto de seres humanos pretende cambiar por otra. En esto no hablo de rechazar el conocimiento sistematizado, sino de retomar la noción de hechos, razonamiento, método, diálogo, y debate ético-filosófico. Luego recién perpetrar la ingeniería.

Por supuesto, la noción recién planteada choca necesariamente con la idea de un plan divino de la Historia para la humanidad administrado políticamente. Si se trata de pasar la frontera de lo desconocido, no puede asumirse que el modo y camino hacia el Progreso son conocidos desde ya. No se puede aprender si se considera que se conoce la situación desde antes de examinarla, y no se puede aprender siquiera a perpetrar ingeniería social de un modo aceptablemente ético si la condición para la misma es necesariamente el contexto de un Plan Quinquenal (o a escala internacional, de Veinte Años), que debiera imponerse de modo centralizado y centralista, transversal, universal, en todos los departamentos de todas las republiquetas de todo ese Mundo que espera a ser salvado por la casta de burócratas e intelectuales; y siempre bajo mandato jerárquico y financiado con plata que tarde o temprano pondrá el vecino.

No hay un plan en la historia, estamos perdidos en el caos y con capacidad de generar orden alrededor nuestro.

Conozcamos ese liceo privado gratuito.


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