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Si este número de eXtramuros estuviera dedicado a alguien, yo propondría que fuera a Julian Assange. Y también, en la otra punta del otro siglo, a Jean Jaurès.

Por Alma Bolón

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Basta echar un vistazo al listado de figuras señeras de la prensa francesa decimonónica para calibrar la intimidad entonces existente entre literatura y periodismo: Chateaubriand, Pierre Leroux, Balzac, Alexandre Dumas, Sainte-Beuve, George Sand, Barbey d’Aurevilly, Alphonse Karr, Théophile Gautier, Charles Baudelaire, Ponson du Terrail, Jules Vallès, Émile Zola, Mallarmé, Léon Bloy, Octave Mirbeau, Guy de Maupassant, Alphonse Allais, Remy de Gourmont, Jean Jaurès, Gaston Leroux, Charles Péguy, entre otros. [1]

Este conjunto no solo reúne escritores que según la costumbre de entonces iban publicando su obra en el formato periódico antes de editarla como libros; ese recorrido era tan frecuente que incluso un autor reacio a la prensa como Flaubert primero publicó su Madame Bovary en una revista literaria, aunque luego de los cortes que el editor le impuso, nunca más reincidió. Pero no, el listado anterior reúne no solo a autores cuya obra solía pasar del papel de diario al papel de libro, sino a escritores que, además, fundaron periódicos, a menudo siendo sus únicos hacedores, como repetidamente fue el caso de Alexandre Dumas, que llegó a editar un diario en italiano, L’Indipendente, cuando Garibaldi lo nombró director del museo de Nápoles. O como, en la primera mitad del siglo, Balzac, inventor de periódicos -la Chronique de Paris y la Revue parisienne– y autor de una monografía simultáneamente entusiasta y condenatoria de la prensa. O como Baudelaire, que contrariando ciertos lugares comunes – el “raro” y “maldito” Baudelaire- no solo publicaba en la prensa sus ensayos, sus poemas en verso y en prosa, sus críticas de los Salones de pintura, sino que cuando la revolución de 1848 también fundó un periódico que respondía al hiperrevolucionario nombre de Le Salut public y que el poeta salía a vender al pregón en las calles de París. Falto de lectores, Le Salut public tuvo solo dos números que también dejan vislumbrar los estrechos lazos que la literatura tejió con la prensa, en aquel siglo.

En cada mitad del XIX, dos novelas extraordinarias, Ilusiones perdidas de Balzac y Bel-Ami de Maupassant, recrean ese mundo que periódicamente y a módico precio recreaba a domicilio el mundo. Si el héroe desilusionado de Balzac trueca sus sonetos traídos de provincia por reseñas literarias y teatrales escritas por encargo de los reseñados, el héroe apurado de Maupassant va zigzagueando por la trama metálica de prensa y finanzas, de periódicos y bancos. No cabe duda, la venalidad de la prensa, su materia altamente corruptible, su vocación de mercancía doble o triplemente perecedera, fue señalada en el siglo de su esplendor. 

No fueron éstos, sin embargo, los únicos golpes que recibió. Más abstracta, más intelectual, más fina y desdeñada fue la crítica formulada por el poeta Mallarmé, desde siempre acreedor de los motes de “elitista”, “hermético”, “torremarfileño”. Más de cien años después, las palabras de Mallarmé ganaron contundencia: la prensa se dedica al “universal reportaje”, entendiendo por esto la actividad de los  “periodistas adiestrados por la multitud a asignar a cada cosa su carácter común, ajeno a la luz propia que proporciona el soñar”. Contrariamente a la sacralidad de la palabra poética capaz de poner a vivir lo inexistente, el “universal reportaje” periodístico apela a lo ya sabido, ya dicho, ya conocido, ya repetido, ya consensuado, ya común. “¡Qué lejos está la civilización de procurar los goces atribuibles a ese estado!, hay por ejemplo que asombrarse de que una asociación de los soñadores que residen en ella no exista en toda gran ciudad para sustentar un periódico que note los acontecimientos bajo la luz propia del sueño”. Para Mallarmé, no se trata, por cierto, de oponer el sueño poético a una realidad que disgusta, sino que más radicalmente se trata de oponer la luz poética a una realidad que es “artificio que sirve para fijar el intelecto promedio entre los espejismos de un hecho, que se asienta en algún universal acuerdo”. Sueño poético que hiende la unanimidad del universal acuerdo y del intelecto promedio, fijado en los espejismos de un hecho. [2]

Es 1875, Mallarmé está viendo esa gran máquina de escribir consensuante y consensuadora que es la prensa, y lo escribe en un periódico, la revista La République des lettres, de ilustre nombre y breve duración.  

(2)

El 31 de julio de 1914 es asesinado Jean Jaurès, profesor agrégé de filosofía, diputado, periodista, fundador del diario francés L’Humanité, pacifista a ultranza, opositor intransigente de la matanza a la que los europeos estaban destinándose. En setiembre de 1911, Jaurès había visitado Montevideo y el periódico El Socialista había anunciado la llegada de “Juan Jaurés, eminente tribuno socialista” y había invitado a ir al puerto a recibirlo. Una foto de Jean Jaurès rodeado de niños de túnica blanca fija el recuerdo.

Jaurès fue asesinado en un café que todavía existe, en el otrora barrio de la prensa parisina. Estaba cenando, antes de dirigirse al diario; su asesino alegó que lo había matado porque Jaurès era un traidor a la patria, que se había opuesto a la prolongación del servicio militar que debía preparar a la guerra contra Alemania. El asesino fue absuelto poco tiempo después, y la viuda de Jaurès fue condenada a pagar los gastos del juicio.

Al día siguiente de su muerte, el 1° de agosto de 1914, Francia decretó la movilización general contra Alemania. Louis-Ferdinand Céline, alistado como voluntario, años después hará arrancar su Viaje al fin de la noche en esa jornada absurda en la que los hombres se apresuraban a calzar botas y vestir uniforme y se iban canturreando a la masacre. Jean Jaurès, claramente, murió por sus ideas, que excluían la posibilidad de que trabajadores europeos se abocaran a matar a otros trabajadores europeos. Esas ideas las había divulgado en la cámara de diputados pero sobre todo en un diario cuyo nombre –L’Humanité– era una declaración de paz que para Jaurès significó la muerte.

Si hubiera un mártir del periodismo, o un santo patrón, Jean Jaurès bien podría recibir esos títulos, con L’Humanité y por ella, contra una parte de ella. 

Julian Assange, nuestro contemporáneo encerrado primero en la embajada ecuatoriana en Londres y hoy en una cárcel inglesa de alta seguridad, configura un caso exacta y enojosamente opuesto al de Jaurès. Assange padece persecución por causa de periodismo, en todos los sentidos posibles de estas palabras; también a él la guerra y su denuncia periodística, ahora la guerra que EEUU lleva adelante en Iraq y en Afghanistán, le cuestan caro. A partir de una sucesión de acusaciones formalmente desestimadas por la justicia (Suecia cerró el caso con una absolución y luego reconoció haberlo sustanciado por presión inglesa) y que habían sido  lanzadas por antiguas novias suecas sobre supuestos delitos sexuales, Julian Assange no ha dejado de estar encerrado o encarcelado. Su decisión de difundir a través de la gran prensa mundial una serie de informaciones cuyo secretismo protegía ante todo al gobierno estadounidense, a otros Estados y a individuos muy poderosos, le ha valido el encarcelamiento.

 No obstante, la analogía con Jaurès termina aquí, porque Assange, en cierto modo, también padece persecución por causa de periodismo, es decir por parte del periodismo. Luego de haber contado con Assange para aumentar sus ventas, los respetables y legendarios periódicos de resonancia internacional The Guardian, Le Monde, The New York Times, Der Spiegel, etc. que dieron difusión a los miles de cables e informes gubernamentales proporcionados por Julian Assange se  llamaron a silencio. Los diez años transcurridos en el encierro y el endurecimiento de las condiciones de detención no han sido suficientes para que los periódicos que difundieron los documentos enviados por Assange hagan campaña internacional por su liberación. La amenaza que hoy pesa sobre Assange de ser extraditado a EEUU y  juzgado y condenado a un número inverosímil de años de cárcel por haber difundido información condenatoria de las prácticas terroristas de los Estados no conmueve a quienes no solo fueron copartícipes de ese “delito” sino que además se postulan como abanderados de la libertad de prensa.

Indigna comprobar que en el mismo momento en que Assange paga con encierro y descalabro de la salud su voluntad de dar a conocer las tropelías de EEUU, sus ex aliados de la prensa mundial no solo lo abandonan a su mala suerte, sino que erigen como emblema insuperable de la libertad de expresión una serie de caricaturas de nula gracia humorística pero pletóricas de los clichés físicos y espirituales asociados a los árabes (nariz enorme y ganchuda, rostro con mucha pilosidad, ojos saltones, aspecto desprolijo y sucio, sodomita, etc.). La misma prensa que arrumbó a Julian Assange, considera que unos dibujos desgraciados que solo se burlan, con los clichés de siempre, de árabes y/o musulmanes como antaño se burlaban de judíos, deben elevarse al cielo de los ejemplos didácticos sobre el ejercicio de la libertad de expresión. 

Esa misma prensa que prefiere olvidar el pasado colonial en el que esos clichés se forjaron y, en algún momento, empezaron a proporcionar el piso subjetivo necesario para la intervención de EEUU/OTAN en Líbano, Balkanes, Iraq, Afghanistán, Pakistán, Libia, Tchad, Siria, Yemen, etc., es la misma prensa que justamente no considera a Assange como víctima de la libertad de expresión, castigado por haber divulgado lo que los Estados prefieren que no se sepa.            

Esa prensa es tan poderosa que logró producir una confusión mayúscula, porque, contrariamente a lo que afirma y practica, la libertad de expresión no es un derecho que se ejerce contra las personas comunes y corrientes, sino contra los poderes constituidos: es el derecho a desafiar los poderes y sus verdades aplastantes. La libertad de expresión se plasmó como el derecho de cualquier ciudadano ante el poder monárquico y su máquina trituradora, es un derecho de la persona ante los grandes poderes. Es un derecho de cualquiera ante los poderosos, es decir, ante quienes tienen el poder de impedir una expresión contraria a su voluntad.   

Pero hoy, en la prensa poderosa, esto parece funcionar al revés. Los Estados (sean estos repúblicas abanderadas con la libertad de expresión o sean monarquías teocráticas furibundas, ajenas a esa libertad) se entienden entre sí y comercian sin parar mientes en detalles (véase la venta de los aviones de guerra franceses Rafale a Arabia Saudita y a los Emiratos, nótese que Arabia Saudita es el tercer comprador de armamento francés, obsérvese que Arabia Saudita no es paladín de la libertad de expresión). Al mismo tiempo, una prensa poderosa reclama el derecho a burlarse, caricaturas mediante, de una población que sin ser necesariamente muy devota de Mahoma no quiere ser identificada a través de una serie de clichés. No obstante, esa gran prensa, de concierto con los gobiernos, exige a muchas personas, como prueba de su genuina conversión a la libertad de expresión, que se rían y celebren, en nombre de la tolerancia característica de esa libertad de expresión, las caricaturas que los presentan como feos, sucios, bestiales, lúbricos.

Esa misma prensa poderosa que arrumbó a Julian Assange e hizo de las tristes caricaturas de Mahoma una bandera que todo ciudadano devoto de la libertad de expresión debe honrar, también pretende erigirse en juez de la verdad, chequeando la realidad, catándola, distribuyendo certificados de realidad a unas y otras noticias, separando la verdad de la mentira como quien separa jabalíes de jazmines.     

 (3)

Puede decirse que la prensa volvió hoy a su matriz ficcional más desmelenada y más denegadora. Despojada de la escritura de su gente de letras, ya sin Balzacs ni Baudelaires ni Mallarmés, ya sin Martíes ni Borges ni Onettis, la prensa poderosa hoy se encuentra librada a su propio delirio realista, denegador y fabulador. Ya sin la barrera de contención que le proporcionaban la ficción y la escritura fina de los poetas, sus páginas reiteran -en español, en inglés, en francés- la fábula gris y monocorde del universal reportaje.  


Notas

 1. Extraigo estos nombres de una obra monumental: La civilisation du journal. Histoire culturelle et littéraire de la presse française au XIXe siècle : 1764 páginas bajo la dirección de Dominique Kalifa, Marie-Ève Thérenty y otros, publicada en 2011.

 2. Stéphane Mallarmé, «Un spectacle interrompu», Divagations, [La République des lettres, 20/XII/1875].

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