GLOBO

Mientras Oriente Medio se escapa del otrora férreo control del imperio colectivo occidental basado en Washington, la administración Biden opta por centrarse en el objetivo menos productivo posible: la normalización saudí-israelí.

Por Robert Inlakesh

La recientemente anunciada ampliación de los BRICS, que añaden 6 nuevas naciones a su alianza -entre ellas Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos e Irán-, indica que Oriente Próximo ya no quiere seguir bajo el pulgar de Estados Unidos. Aunque es cierto que Washington ha tomado medidas y ha desplegado 6.000 soldados más en Asia Occidental, se está mostrando incapaz de evitar sucesivos golpes a su hegemonía.

El jueves, dos días después de las conversaciones mantenidas en la cumbre de los BRICS en Johannesburgo (Sudáfrica), se ofreció oficialmente a 6 nuevas naciones unirse a la alianza, entre ellas Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Irán, Argentina, Egipto y Etiopía. La alianza, formada originalmente en 2009, está integrada por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica; desde el comienzo del conflicto en Ucrania, la alianza ha cobrado protagonismo como la alianza del Sur Global contraoccidental. Aunque algunas naciones de la alianza siguen cooperando con el Occidente colectivo, es notable que tanto Moscú como Pekín -que tienen mucho peso en el BRICS- hayan adoptado un programa para ampliar la alianza en un momento en que la disputa “Oriente” contra “Occidente” está en un punto de ebullición.

A partir del 1 de enero de 2024, el BRICS se convertirá en una alianza de 11 naciones, algo que sin duda se ve como un desafío en Washington, concretamente en lo que respecta a su posición de poder en Oriente Medio. Durante la administración del presidente estadounidense, Joe Biden, el imperio norteamericano ha recibido golpe tras golpe en Asia Occidental. Con el inicio de la guerra en Ucrania, cuando el Occidente colectivo intentó -y hasta ahora ha fracasado- paralizar económicamente a Rusia, la administración Biden se encontró con un escenario de desastre durante su retirada de Afganistán.

Tras 20 años de guerra en Afganistán, el apuntalamiento de un régimen títere y el gasto de al menos 2,313 billones de dólares allí, en agosto de 2021 el gobierno de Estados Unidos ordenó a sus fuerzas armadas retirarse completamente del país. La subsiguiente retirada de Kabul del gobierno afgano respaldado por Estados Unidos y la toma del poder de la nación por parte de los talibanes, supuso el desastre para un imperio estadounidense que invadió para eliminar a los talibanes, y después de 20 años los talibanes volvieron. Los desastrosos vídeos de afganos relacionados o que trabajaban con Estados Unidos, agarrados al exterior del último avión que partía de Kabul, se convirtieron en una historia de terror en Estados Unidos, pero también causaron conmoción en toda la región.

Aunque EE.UU. no ha retirado sus fuerzas de Siria e Irak, ha recibido inmensas presiones para que lo haga y la excusa para permanecer se ha basado únicamente en la afirmación de que sus fuerzas están contribuyendo a un esfuerzo para librar a la región de Daesh. En 2020, el expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmó que las fuerzas armadas estadounidenses habían destruido el 100% de Daesh, una afirmación que los responsables políticos de Washington se han esforzado en desmentir.

En particular, desde el comienzo de la guerra en Ucrania en 2022, la administración Biden ha gastado más de cien mil millones en ayuda a Kiev. Este enfoque en Europa del Este ha minado sin duda la fuerza de la política de Washington en Oriente Medio. El gobierno estadounidense no sólo ha restado prioridad a sus relaciones con sus aliados tradicionales en la región -con la excepción de Israel-, sino que sigue impulsando objetivos políticos que son prácticamente irrelevantes para sus ambiciones regionales.

Ya en marzo, el mundo quedó conmocionado por el anuncio de que China había conseguido mediar en el acercamiento entre Arabia Saudí e Irán. El hecho de que Pekín se mostrara capaz de acercar a ambas naciones, sin que Washington tuviera nada que decir, resultó ser una bofetada a la administración Biden y demostró la irrelevancia de Estados Unidos en aquel momento. Más tarde, el gobierno chino impulsaría la adopción de la posición del nuevo intermediario Palestina-“Israel”, invadiendo de nuevo un territorio que parecía ser de EEUU hace tan sólo unos años.

Concretamente en el caso de Riad, que era uno de los aliados más fuertes de EE.UU. en la región, sus relaciones con la Casa Blanca de Biden no han seguido claramente su curso habitual. Los saudíes decidieron ignorar los múltiples llamamientos del gobierno estadounidense para modificar la producción de petróleo, haciendo que Joe Biden pareciera un líder insignificante cuando viajó al Reino en 2022. Arabia Saudí ha sido parte integral de la misión estadounidense orientada a dañar a la República Islámica de Irán, trabajando para utilizar a los saudíes como una especie de proxy para combatir la influencia de Teherán en toda la región.

Un artículo publicado en Foreign Policy por Stephen A. Cook, investigador principal de estudios sobre Oriente Medio y África en el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) –think tank con sede en Nueva York- demuestra la visión americanocéntrica adoptada en Estados Unidos, cuando se trata de lo que realmente es la definición de desescalada. El artículo, titulado “Saudi-Iranian Rapprochement Has Failed to Bring De-escalation” (“El acercamiento saudí-iraní no ha logrado la desescalada”), afirma que “desde Siria hasta las fronteras de Israel y el estrecho de Ormuz, la desescalada iraní no aparece por ninguna parte”. Lo que esto demuestra es que la definición de desescalada se basa enteramente en objetivos políticos estadounidenses sesgados. Estados Unidos ha azuzado las tensiones entre Riad y Teherán, ha alentado y respaldado la devastadora guerra en Yemen, y luego, según la ideología de miembros de think tanks como Cook, los únicos medios para juzgar el éxito del acercamiento saudí-iraní son la falta de respuestas de Teherán a la agitación estadounidense en el Golfo Pérsico, la protección de las míticas fronteras no declaradas del régimen sionista y la falta de respuestas a la agresión estadounidense en Siria.

De hecho, parece que el restablecimiento de los lazos con Arabia Saudí ha supuesto un avance hacia la desescalada regional, un tipo de desescalada que es mutuamente beneficiosa para todos, excepto para Estados Unidos y los israelíes. Se trata del restablecimiento de los lazos con el gobierno sirio, la búsqueda de una solución en Yemen -aunque ésta ha fracasado, los combates siguen en pausa- y el apaciguamiento de las tensiones entre los grupos respaldados por Arabia Saudí y los aliados iraníes a nivel regional. En lo que respecta a Siria, no puede haber paz mientras Estados Unidos ocupe ilegalmente un tercio del país y mantenga sus sanciones criminales. En la región del Golfo, Estados Unidos agita continuamente y, por tanto, sufre las represalias iraníes. En cuanto al régimen sionista, la seguridad de sus fronteras imaginarias no aporta absolutamente nada a la región, de hecho la existencia de la entidad es contraria a la estabilidad de Oriente Medio.

Ahora que los EAU y Arabia Saudí están uniendo sus manos a las de los países pertenecientes a la alianza BRICS, señalan que sus propias ambiciones son operar como potencias regionales que no dependan completamente de Estados Unidos. En cuanto a Irán, su adhesión a la alianza será una señal más del completo fracaso de las sanciones estadounidenses para poner de rodillas a la República Islámica. La administración Biden comprende que Teherán no va a caer, a pesar de sus intentos por conseguirlo, y está avanzando en la negociación de una vuelta al Acuerdo Nuclear de 2015.

Mientras Oriente Próximo se escapa del otrora férreo control del imperio colectivo de Occidente basado en Washington, la administración Biden opta por centrarse en el objetivo menos productivo posible: la normalización saudí-israelí. Para que Tel Aviv y Riad normalicen sus relaciones, tendrán que darse una serie de cosas. En primer lugar, EE.UU. debe entregar a los saudíes una concesión masiva, o una serie de concesiones. En segundo lugar, hay que mantener a los israelíes bajo control, lo que ciertamente no está ocurriendo ahora bajo el actual gabinete extremista de Benjamin Netanyahu. Además, hay otras consideraciones, como lograr un acuerdo nuclear con Teherán, para tratar de neutralizar la respuesta iraní a un acuerdo saudí-israelí; algo que puede no funcionar de todos modos.

Aparte de una foto y de proporcionar el “logro supremo en política exterior” al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, pero sobre todo a Joe Biden, el acuerdo no tiene ningún beneficio práctico real para la agenda del gobierno estadounidense. La única posible ventaja que podría derivarse de ello, desde la perspectiva de un responsable político estadounidense, es que las relaciones entre Arabia Saudí e Irán podrían volver a resquebrajarse, lo que supondría una mayor tensión tanto para Teherán como para Riad.

En lugar de ofrecer nuevas oportunidades y allanar el camino hacia una nueva visión de la región, la administración estadounidense de Biden finge que no ha habido ningún cambio. También finge que puede salirse con la suya con la normalización saudí-israelí sin ninguna reacción significativa, un elemento de la cual podría venir en forma de tensión en su relación crucial con el Reino Hachemita de Jordania. Incluso la frecuente mención de la idea de que Tel Aviv y Riad firmen un acuerdo de normalización demuestra el delirio del imperio estadounidense. Mientras crece la alianza BRICS, Biden busca una foto con Mohammed Bin Salman a su izquierda y Benjamin Netanyahu a su derecha.