ALDO MAZZUCCHELLI / Los medios alternativos han convertido el caso Epstein en una «ética placebo»: indignación fácil para sentirse moralmente superiores sin cuestionar la estructura real. Al repetir los mantras del sistema, la disidencia se vuelve el idiota útil de la agenda globalista. Sigue siendo hora de romper el pacto de comodidad, ahora que parece que el caso Epstein por fin lo ha demostrado todo. No ha demostrado nada, y es una nueva distracción
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Empecemos por lo obvio, aunque decirlo explícitamente se haya convertido en algo raro: la confianza en la «justicia» norteamericana es un acto de fe ciega que no resiste el menor análisis histórico. Un Estado que fabricó el evento de las Torres Gemelas —con sus tres mil muertos propios y el millón ajeno en Oriente Medio— no tendría el menor escrúpulo en inventar, guionar y editar el caso Epstein de punta a punta.
He dedicado tiempo a mirar lo que nadie parece querer mirar: la evidencia cruda. No los titulares, no los gritos de indignación en Twitter, sino los archivos. He mirado las deposiciones de Ghislaine Maxwell y, aunque sea herejía decirlo, tiendo a ver en ella mucho menos una villana perversa, que una veinteañera chispeante de clase alta con un evidente complejo de padre, divirtiéndose en la New York de los ochenta. Esta que escribo es una lectura psicológica incómoda. Va a molestar muchísimo a los puritanos de la «ética placebo», y eso es exactamente lo que quiero hacer: humanizar al villano para mostrar que el mal es banal y sistémico, y no una película de terror. He mirado los famosos videos «incriminatorios» que circulan en los bajos fondos de la red. ¿Y qué se ve? Imágenes borrosas, juegos triviales en una cocina, escenas domésticas donde la perversión no está en la pantalla, sino en el ojo del que relata. Si yo juego con mi sobrina y alguien me filma desde un ángulo oscuro y le pone una voz en off siniestra, el resultado es el mismo.
Existen miles y miles de denuncias de abuso de menores en la red, desde que ha sido creada, sin relación con el caso Epstein. Son un hecho cierto, independientemente de la veracidad de cada una. Y también son un fenómeno manipulado para imponer una división antinatural en la sociedad, que no debe ser impulsada. Los vínculos deben estar basados en el amor y el respeto, y eso depende de la responsabilidad individual. Desempoderar gente para luego pseudo-empoderarla con el cuento de los «derechos colectivos» es tan solo el camino a más y más conflicto y división. Diábolo es lo que separa.
No estoy defendiendo a Epstein. No tengo idea de quién era realmente el tipo, más allá de un agente obvio de inteligencia —probablemente del Mossad o de la CIA— encargado de recolectar material de chantaje. Lo que estoy señalando es la ausencia estrepitosa de la prueba masiva de la que se habla. Se habla de «abundante evidencia», pero la evidencia, si uno la busca, resulta una construcción mediática. Si Epstein grababa a los poderosos del mundo cometiendo crímenes inconfesables, ¿dónde están esos videos? No están. Y si existen, están guardados en bóvedas de seguridad para ser usados como moneda de cambio geopolítica, no para hacer justicia en un tribunal de Nueva York.
Lo que se nos ha vendido no es justicia; es una performance. Es una ética «para afuera», diseñada para una clase social que tiene mucho que perder si los de abajo se salen del guion. La «sensibilidad» actual es una construcción asquerosa, una herramienta de control social donde una acusación sin pruebas basta para destruir una vida. Es el triunfo del terrorismo woke, que ha logrado lo que ninguna dictadura consiguió: que la censura la ejerza cada vecino. Y ahora, incluyendo a los vecinos pseudo «despiertos».
El punto ciego de los medios alternativos
Pero aquí es donde la trama se vuelve verdaderamente siniestra, y donde eXtramuros se ve obligado -una vez más- a separarse de la manada.
Durante años, los medios alternativos fuimos la resistencia. Señalamos la mentira de la pandemia, la farsa de Ucrania, la corrupción estructural. Pero el caso Epstein ha funcionado como una «prueba del nueve» que muchos no quieren ver ni superar. Parece que al fin encontraron la tranquilidad, y el camino tranquilo y autoconfirmado a muchos clics.
Veo con horror cómo el ecosistema «alternativo» se va convirtiendo en el idiota útil de la agenda de Alex Soros y el Partido Demócrata. En lugar de analizar el caso como una operación de inteligencia y control, lo han reducido a una nueva instancia del #MeToo. Repiten los mismos mantras que la prensa sistémica: «la mujer siempre es víctima», «el hombre rico siempre es depredador».
¿Dónde quedó el pensamiento crítico? ¿Cómo es posible que medios que se dicen independientes ignoren el rol de las madres irresponsables que entregaban a sus hijas? ¿Por qué nadie habla de que muchas de las «víctimas» eran a su vez reclutadoras? ¿Por qué no les preocupa que Ghislaine Maxwell no haya tenido ni la sombra de un juicio justo y con garantías mínimas? Al comprar el paquete de la «víctima perpetua», los medios alternativos están validando la ingeniería social que busca infantilizar a la mujer y criminalizar al hombre por defecto.
Se ha creado una suerte de ética placebo. Si esto sigue así, la gente consumirá medios alternativos no para pensar, sino para sentirse parte de los «buenos». Es una cucharita de azúcar moral. Decir «la élite es satánica» o «todos son pedófilos» se ha convertido en una contraseña de pertenencia, un saludo secreto que exime de pensar y de actuar. Como la sociedad moderna no puede tener una ética real —porque la escala humana se ha roto—, se aferra a estas éticas comerciales de pacotilla: el animalismo, el género, el cambio climático, y ahora, la «lucha contra la pedofilia de la élite».
Es una trampa perfecta. La élite se ríe mientras educa al populacho con una moralina que divide y paraliza. Ellos no cumplen esas reglas; esas reglas son para nosotros, las mentes controladas. Y ahora, gracias a la cobardía intelectual de muchos comunicadores independientes, Soros ya no necesita pagar sueldos: el trabajo de dividir y asustar se lo hacen gratis los que se creen despiertos.
La escala de la ética y el regreso a la comunidad
Me he estado preguntando cuál será el camino para alejarse este estanque de Narciso.
Acaso debamos de nuevo entender, y resaltar, que la ética no es un discurso abstracto que se pueda imponer a escala global o nacional. Uno de los problemas de fondo de la Modernidad es el problema de la conexión entre ética y escala comunitaria, como lo he argumentado hace tiempo.
Una comunidad funcional es la única potencialidad de vivir en una ética. La ética real nace del roce, de la mirada del otro, de la convivencia en una escala donde las consecuencias de nuestros actos son visibles. En una comunidad de agricultores, o en un grupo religioso pequeño, los límites tienen sentido vital. Se sabe quién es quién. Se sabe qué es aceptable y qué no, porque la supervivencia del grupo depende de ello.
La sociedad de masas, la megalópolis moderna, ha destruido esa escala. Nadie sabe quién es el otro. Por eso el Estado y los medios (y ahora los medios alternativos con su ética placebo) intentan llenar ese vacío con «discursos éticos» prefabricados. Son algo así como prótesis morales para una sociedad amputada.
El caso Epstein no nos enseña nada sobre la moral sexual de los ricos; eso ya lo sabíamos desde Calígula. Lo que nos enseña es que no existe una élite unitaria con una ética depravada, al contrario de lo que está diciendo Dugin. Dugin es un filósofo relevante, pero en este asunto funciona como un nacionalista (una ideología occidental) ruso que piensa en el poder geopolítico antes que en la esencia filosófica de lo que ocurre, tanto en nuestras sociedades, como seguramente en la suya. Está abandonando temporariamente a Platón para subyugarse con el eterno espejismo de la política.
Cuando se insiste con «la elite del poder» y se construye un concepto unitario y una especie de comunidad coherente, lo que eso refiere es un conjunto vacío. La élite del poder no constituye una comunidad; es un conjunto de sujetos más bien desconectados -o conectados de modos parciales, utilitarios, y múltiples-, operando en un sistema que ha perdido toda brújula humana. Que existen todas las variantes de la depravación de partes de esas élites… qué novedad. ¡Por Dios! Eso ya lo proclamó y lo practicó Sade, ese gran teórico del racionalismo iluminista. Es hasta humillante seguir girando alrededor de estas tonterías.
Nuestra tarea en eXtramuros no es sumarnos al coro de indignados que piden cabezas sin pruebas -qué dulce es practicar el odio verbal sin consecuencias a figuras mediáticas de las que en realidad no sabemos nada, salvo lo que nos dicen los agentes del odio colectivo… Nuestra tarea es mucho más difícil y necesaria: es pensar la estructura. Lo nuestro ha sido, y seguirá siendo, distanciarnos de la parte tóxica y divisiva de estos escándalos. Es rechazar la desagradable energía del linchamiento, y rechazar la comodidad de las «verdades aceptadas» por el público alternativo, donde por momentos arriesgamos parecernos demasiado al mainstream, en esa tentación a una siempre renovada pereza intelectual.
Pensar en grupo es difícil cuando la civilización no sostiene el pensar
La libertad de expresión no es solo el derecho a decir lo que el poder prohíbe; es, ante todo, el deber de decir lo que tu propia tribu a veces no quiere escuchar. Es el derecho del hereje, solo posible en comunidad, porque la megalópolis solo tiene herejes teatrales, herejes ‘de representación’. Abalanzarse a decir lo que -supuestamente- el poder prohíbe, es todavía vivir bajo la agenda marcada por el poder. Encima, el poder está dictando de modo inequívoco lo que hay que decir. Recordemos estas palabras iluminadas, escritas por Ernst Jünger en 1951: ««Vivimos en unos tiempos en que continuamente están acercándose a nosotros poderes que vienen a hacernos preguntas; a plantearnos cuestiones». Pero «A lo que esos poderes conceden valor no es a nuestra solución, sino a nuestra respuesta a las preguntas que nos hacen».
Ergo: quien piense que develar los entresijos del caso Epstein va a contribuir a alguna mejora moral de la humanidad es un iluso -y estoy usando aquí palabras suaves.
En eXtramuros no buscamos la masividad ciega, sino la calidad de una comunidad que piensa. Sabemos que hay cientos, quizá miles de lectores que están hartos de la manipulación, venga del Guardian o venga de los foros ‘alternativos’. Lectores que quieren examinar la prueba, entender el mecanismo y recuperar la escala humana del juicio. Si tomamos por ejemplo la Teoría de la Difusión de Innovaciones de Rogers, esta divide a la sociedad según cómo reacciona a lo «nuevo» (o a la verdad incómoda). Los innovadores (2.5%) son los que toman riesgos, los que buscan la verdad antes que la seguridad, los que no necesitan aprobación social. Los llamados «Early Adopters» (13.5%) son visionarios, pero con un poco más de necesidad de estatus. Tienden a ser más sensibles al «prestigio» o liderazgo intelectual. ¿Qué tipo de lectores buscan los medios «alternativos»? ¿O es acaso que se están volviendo mainstream, porque ya tienen la escala de masividad, aunque aun no tengan el espacio simbólico central del sistema?
Esa es la cosa, sigue siéndolo, ahora que le han dado otra vuelta al tornillo de siempre. Intentar siempre pensar y escuchar la voz interior no es un camino cómodo, porque implica cuestionar nuestros propios reflejos condicionados hacia la comodidad, hacia la paz de la confirmación mutua. Pero es el único camino que nos permite mantener viva una ética que no sea un eslogan de campaña ni una pose en redes sociales, sino una forma de vida a la vez amorosa y resistente, al estilo del emboscado, en La emboscadura del citado Jünger.
Si usted cree que este tipo de análisis es necesario, si valora que exista un lugar donde se piensa sin miedo a romper el consenso —incluso el consenso de los «despiertos»—, entonces este es su lugar. Esta comunidad de eXtramuros no debe crecer en ruido, sino en la centralidad de la autoridad interna de cada uno de sus individuos.

