ENSAYO

Por Aldo Mazzucchelli

Muchas personas aun no parecen estar viendo -aparentemente al menos- la estructura totalitaria que se está instalando en todas las sociedades de la tierra con motivo de la supuesta pandemia de Covid 19.

Cuando hablo de estructura totalitaria, me refiero a una predisposición conjunta de medidas gubernamentales y privadas con variado e incipiente respaldo jurídico, y una opinión pública convertida a actitudes colectivas autoritarias que parecen darles legitimidad, si nos atenemos -para evaluar lo último- a lo que los medios hegemónicos nos cuentan que está pasando con el estado de la opinión pública. 

Es la estructura que estamos viendo aparecer, y no esta medida o aquella, la que es un problema alarmante en máximo grado. Las estructuras frecuentemente tienen no solo un rol conectivo -mantienen cohesionados en determinados sentidos a sus elementos-, sino sobre todo uno teleológico: hacen que determinadas cosas inevitablemente se adopten como meta y, por tanto, ocurran. Por eso es fundamental entender qué estructura uno está permitiendo que se instale y fortalezca. Luego no podrá quejarse de las consecuencias que ella traiga. 

Hace unos días el Dr. Hoenir Sarthou fue invitado al programa periodístico «Esta boca es mía» que conduce Victoria Rodríguez. Si bien el tema principal fueron los aspectos jurídicos de la noción de «obligatoriedad de la vacunación contra Covid-19», antes de eso Hoenir fue sometido a una especie de interrogatorio múltiple respecto de su opción de no vacunarse.

En general, los panelistas estables del programa que intervinieron parecieron completamente incapaces de comprender que cada uno de los conceptos del discurso oficial -el número real de fallecidos y sus causas reales, la existencia de «variantes», la eficacia y seguridad de las vacunas…- debería abrirse a crítica. Ante la idea tan razonable como inquietante -como mostramos estadísticamente en este mismo número- de que se ha visto una correlación clara pero no explicada entre vacunación y muerte, optaron por hacerse cómodos y fuertes en la noción de que «el ingreso de la variante P1» alcanza y sobra como factor explicativo de lo que se ha vivido en Uruguay en los meses de marzo a junio. Uno de los habituales opinadores, Alejandro Camino, no pudo evitar -con tono y rostro satisfecho- decirle a Hoenir (cito de memoria) «tú y los antivacuna como tú deben agradecer la libertad de que disfrutan al hecho de que yo y otros hicimos lo correcto y nos vacunamos».

Este tipo de actitud autocelebratoria y a la vez de acusación del otro es algo de lo que ocurre en conciencias que antes creían ser defensoras reales de la libertad y los derechos. Le ocurre a las personas que no ven la estructura que se está instalando, acaso porque cierta adhesión aterrorizada a los presupuestos que dicta un mundo que se derrite ante sus ojos les exige no verla. Pero ellos son, contra su voluntad y conciencia probablemente, quienes hoy están ayudando casi más que nadie, desde los medios, a que la estructura totalitaria se instale. Que las vacunas no deban ser obligatorias aun porque aun su aprobación por la FDA y el CDC es de emergencia, es un error gravísimo. Las vacunas serán aprobadas pronto, pese a haber causado muerte y ser totalmente ineficaces e innecesarias, porque la FDA y el CDC son organismos profundamente corruptos. Es la negativa a entender conceptos como este último -porque cuestionan hasta la raíz la oficialidad del mundo que ellos honorariamente representan- lo que mantiene firme la postura de los que piensan como Camino.

La estructura que se ha comenzado a instalar en la tierra entera con la injustificada alarma creada por los agentes de poder global y local comprometidos con la narrativa de la «pandemia» tiene, quizá entre otros, estos elementos:

* Construye una creencia fundada en el miedo, el terror pánico, a un agente supuestamente terrible, supuestamente casi incontrolable 

* Plantea determinadas medidas, sin apoyo científico suficiente ni consensuado -a los múltiples científicos disidentes, se los suprime-, como la «única» salida o solución al agente antes mencionado

* Adjunta un vasto condicionamiento valorativo a cada una de las dos posiciones mayoritarias en que divide a la sociedad. Es así como se instala por la lluvia torrencial mediática oficial la etiqueta «negacionista». Esto significa una postura que se presenta como irracional, y se supone quizá necia, o maligna, al «no ser capaz de ver o reconocer» la verdad principal que supuestamente debe cohesionar a la sociedad). El término «negacionista» tiene un claro signo moral: el negacionista es un irresponsable, quizá un criminal. Pero, sobre todo, es quien niega a los demás el asentimiento y confortación en sus creencias.

O se instala la etiqueta «antivacuna». Esta impulsa la noción de que no existe la posibilidad de cuestionar determinadas vacunas contra Covid: todo el que lo haga será visto como un ludita de la medicina, un negador cerrado y dogmático de la bondad de cualquier vacuna. El término «antivacuna» tiene una clara carga también moral: el que critique algo de la eficacia o seguridad de las vacunas contra Covid será interpretado como alguien que se niega a la ciencia, y que por esa postura casi medieval está poniendo en riesgo la salud de todos. 

Este juego de ilusiones moralizantes tiene el efecto de confirmar a muchos en su pertenencia al grupo mayoritario -beneficio: sensación incrementada de seguridad y pertenencia.

* Divide a la sociedad y hace a muchos de sus miembros instrumentos reproductores de una política. Muchas personas no solo creen y repiten las consignas y afirmaciones oficiales, sino que se convierten en militantes de ellas. Muchas veces, militantes agresivos que están dispuestos a sacrificar derechos del prójimo con tal de que sus creencias se vean no solo homologadas por la mayoría, dándoles a ellos una sensación de triunfo personal, sino incluso forzadas coactivamente (pases de vacunas) en el resto de la población. Son los que festejan cada avance de la dictadura sanitaria porque «por fin se está dando su merecido a los negacionistas antivacuna».

* Elimina de hecho la estructura democrática de control de poderes que es esencial a cualquier sociedad aunque sea medianamente libre. Al declarar el estado de emergencia y, apoyándose en ello, barrer con los controles y los límites constitucionales, libera las tendencias a la arbitrariedad, la corrupción y la violencia que siempre están latentes.

* Consagra una verdad dogmática única que solo puede ser obedecida sin cuestión. En este caso, se trata de la autoridad técnica («la Ciencia», compuesta por aquellos funcionarios dispuestos a repetir exclusivamente la narrativa y -sobre todo- los fragmentos dispersos de narrativa que van propagando los medios más poderosos). Esta autoridad técnica toma, al ocupar un lugar nuevo y distinto en los imaginarios locales y globales, un enemigo nuevo.

Una estructura semejante a esta se desarrolló otras veces antes. Los ciudadanos aterrorizados y azuzados unos contra otros. Un aparato de propaganda con la capacidad de unificar a grupos amplios y ofrecerle una recompensa a orgullos grupales construidos sobre la base de mentiras repetidas muchas veces.

El fin de esta estructura es un gobierno totalitario. El fin de un gobierno totalitario es la imposición de una forma preconcebida de estar en el mundo, y el ejercicio de la violencia contra quienes no quieran vivir así. La forma de evitar esto es impidiendo que la estructura se consolide. Pues una vez que una estructura queda consolidada -tanto en la vida personal como en la vida social-, sus consecuencias llegan inexorablemente.

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