PORTADA

Por Mariela Michel (*)

El objetivo de este texto es argumentar que los epítetos ‘negacionista’ y ‘conspiranoico’, proferidos por profesionales en los medios de comunicación contra quienes se atreven a expresar dudas con respecto a las medidas sanitarias o incluso a la pandemia, no son sino agresiones verbales que constituyen un abuso de su profesión, así como una violación a la ética profesional y a los derechos humanos por parte de quienes emiten tales calificativos. Tanto el emitir un juicio público, como el hacerlo a partir de un rol profesional conllevan mayor responsabilidad. Por ese motivo, es necesario mantener el auto-control para no imponer opiniones personales de modo arbitrario frente a quienes confían en nuestra idoneidad en algún área específica. Los dos términos descritos aquí, además de expresar un juicio de valor, pueden ser interpretados como calificativos que evalúan la salud mental de quien es así juzgado. Las únicas profesiones que autorizan a interpretar psicológicamente a otra persona son la psicología y la psiquiatría. Sin embargo, esos títulos tampoco habilitan a sus portadores a hacer diagnósticos fuera del contexto clínico y del “encuadre” terapéutico correspondiente (ver Bleger, 1966). 

1. La atribución del término ‘negacionista’ como discriminación.

A partir de la declaración de pandemia, en Uruguay el 13 de marzo del 2020, algunas personas hemos sido escépticas frente a la dimensión de la alarma generada por los medios de comunicación, así como ante las medidas sanitarias impuestas y opuestas a todo lo que hasta el presente era considerado saludable, en todos los ámbitos de la sociedad. La palabra ‘escepticismo’ corresponde a una actitud que, a partir de la modernidad, el pensamiento filosófico consideró un modo lícito de llegar al conocimiento. 

Una de las reacciones más frecuentes ante cualquier cuestionamiento con respecto a las estrategias que se nos proponen e imponen para responder a la pandemia es la de descalificar todo interrogante que objete el pensamiento general o único como una forma de ‘negacionismo’. Un ejemplo de confusión de ‘escepticismo’ y ‘negacionismo’ lo encontramos en un artículo en el portal español “Ciencia y Futuro” del 15 de noviembre del 2020 titulado “Coronavirus: El escepticismo ante la Covid-19”  que lo describe como la actitud de quienes “niegan la existencia del virus…..” Muchas personas hemos adoptado la postura de la duda de modo consciente y con determinación. Dudar no significa ni afirmar ni negar el objeto de nuestro pensamiento. 

Toda búsqueda de conocimiento se orienta por la verdad; esa esperanza de descubrir lo real la define el filósofo Charles S. Peirce (1839-1914) como aquello que es como es de modo independiente de la opinión de cualquier persona. Tanto la duda como la convicción de que existe una verdad hacia la cual nos orientamos son los principales móviles del pensamiento y de la búsqueda del conocimiento, en la ciencia y en la vida cotidiana.

La expresión ‘negacionista’ empezó a circular de boca en boca desde el inicio, probablemente estimulada por los discursos que acuñaron el concepto de “negacionismo de la Covid-19” que define Wikipedia como “la creencia de que la enfermedad infecciosa COVID-19 (causada por el virus SARS-CoV-2) y la pandemia que esta ha provocado en 2019 y 2020 no son reales o la gravedad de las mismas no es elevada.”

Los medios locales no fueron la excepción. A modo de ejemplo, en una columna de opinión titulada “Los Negacionistas” publicada en Brecha el 7 de enero de 2021, el arquitecto diseñador de interiores Marcelo Aguiar Pardo, que es su autor, justifica la aplicación del término valiéndose de la siguiente definición de la Real Academia Española: “Actitud que consiste en la negación de determinadas realidades y hechos históricos o naturales relevantes”. Él utiliza el argumento de que “parece claro que negar la existencia de la pandemia como un hecho real, transformándola en un simple relato, justifica plenamente el uso del término, sin ninguna intención peyorativa.”

Puede ser que el autor no tenga una intención peyorativa, pero es claro que se atribuye a sí mismo un acceso privilegiado al conocimiento de “la realidad”, y cree poseer la capacidad de distinguir “la realidad” del “relato”. Agradezco al autor de esa nota la definición aportada, pues muestra un ejemplo claro de la auto-atribución de la capacidad de conocer la realidad de modo absoluto, una capacidad que el autor cree poseer y que, además, le niega al prójimo. Ninguna persona puede atribuirse el privilegio de ser conocedora de la realidad tal cual es, más allá de toda duda. El conocimiento de la realidad tiene lugar en base a la interpretación de signos. La interpretación es un proceso falible, gradual y colectivo (C. S. Peirce). Por ese motivo, el conocimiento de la realidad no es privilegio exclusivo de ningún individuo, aunque éste se encuentre ubicado en el pedestal de los medios de comunicación. Nadie puede considerarse poseedor de  lentes mágicos que le permiten acceder a la realidad de modo directo y transparente. 

Por lo tanto, cualquier persona que califica a otra con el epíteto ‘negacionista’ está ejerciendo dos tipos de agresión: a) un acto de discriminación al atribuirse una condición de superioridad absoluta en tanto poseedor de una verdad que no les es dada a los demás seres humanos, a quienes considera menos perfectos; b) asume que la diferencia entre un profesional y un lego es una relación de autoridad en lugar de una búsqueda colectiva en la que cada uno observa un fenómeno que trasciende a ambos, cada cual desde su rol específico y su perspectiva subjetiva. Por ejemplo, en el vínculo profesor/alumno, es posible mantener una horizontalidad en cuanto a derechos, sin que esto signifique una indiscriminación entre los roles específicos. La verticalidad en las relaciones tanto simétricas como asimétricas tiene el potencial de justificar cualquier tipo de despotismo. 

En suma, quien califica a otra persona de ‘negacionista’ está afirmando que existe un grupo de personas que se atribuyen una superioridad sobre el resto de los seres humanos, y en esa concepción se pueden desarrollar formas de relación totalitarias. 

2. La atribución de una variante del epíteto negacionista: la “negación” como abuso de poder psiquiátrico/psicoanalítico

La interpretación de que alguien está realizando una ‘negación’ solamente puede ser realizada por un profesional de la psicología o de la psiquiatría con formación psicoanalítica dentro del marco de un proceso terapéutico y solamente en ese contexto. Quienes tenemos formación psicológica tuvimos como primeras lecturas el texto de Bleger (1966) que se apoya en el trabajo de Winnicott, para describir con detalle la importancia de la preservación del encuadre en todo proceso psicoanalítico. Más importante que ningún trabajo interpretativo por parte del profesional es la delicada tarea de proteger la definición explícita de la situación terapéutica.  El marco contractual que funda la relación a partir de una demanda del paciente solo funciona mientras existe la demanda y el acuerdo entre las dos partes

Es con base en este texto pionero que los estudiantes de psicología de mi generación comprendían, repetían y defendían el principio de que “toda interpretación fuera de contexto, es una agresión”. Este precepto quedó grabado en mí, en tanto entendimiento fundamental para mantener a raya la tentación de imponer las interpretaciones del terapeuta a quienes en ese momento confían plenamente en él, y que por ese motivo se encuentran en una situación de vulnerabilidad. 

El lector se puede preguntar el porqué de esta digresión hacia un contexto que no es el de la vida cotidiana ni de los medios de comunicación, que son los ámbitos en los que estos epítetos son utilizados.  La razón es que una variante léxica de uno de ellos, que es propia del ámbito psicológico ingresó a los medios de comunicación para autorizar y legitimar las interpretaciones salvajes tanto de profesionales como de legos. Durante el mes de octubre, el prestigioso psiquiatra y psicoanalista Ricardo Bernardi se presentó a los medios de comunicación para realizar la siguiente afirmación: “Los uruguayos están en una etapa problemática de negación”. Él lo hizo desde un gran escritorio de madera,  rodeado de libros y de otros elementos que sugieren el ámbito adusto de un consultorio profesional. 

La frase “estar en una etapa problemática de negación” enunciada por una persona desde el rol profesional de la psiquiatría y del psicoanálisis no es tan fácil de cuestionar como lo es el uso del término “negacionista” por una persona que no tiene ninguna credencial que lo habilite a emitirlo. En el caso del Dr. Bernardi, el término ‘negación’ toma un cariz de concepto técnico, y como tal tiene un significado preciso como parte de una metodología que transforma esa afirmación en una evaluación diagnóstica basada en una interpretación psicoanalítica. El significado de la palabra ‘negación’, en este caso, entonces, debe ser aclarado no con el significado del Diccionario de la Real Académica, sino con el Diccionario de Psicoanálisis de Laplanche y Pontalis que lo define como: “Procedimiento en virtud del cual el sujeto, a pesar de formular uno de sus deseos, pensamientos o sentimientos hasta entonces reprimidos, sigue defendiéndose negando que le pertenezca.” Por ese motivo, cuando Bernardi evoca a un imaginario ‘negador’, lo describe como “gente (que) dice “¡No! ¡Qué te vas a agarrar el corona, acá en Uruguay no! Eso es de otro lado, acá no….a mí, qué miedo voy a tener si no pasa nada”; y luego ejerce el poder de interpretar psicológicamente a esos uruguayos como personas que están en “una etapa de negación y de conductas desafiantes”. 

Esta valoración es realizada desde un lugar discursivo de gran autoridad, a partir de un rol profesional que cuenta con una sanción social de parte de instituciones con larga tradición que lo han capacitado y que lo habilitan a ejercer su profesión. 

Eso significa que cuando habla encaramado en su larga trayectoria y prestigio, lejos de que ésta lo autorice para interpretar o diagnosticar a cualquier persona que se le antoje, le asigna una enorme responsabilidad. En este caso, su responsabilidad es triple porque su autoridad le es conferida por su rol de psiquiatra/psicoanalista, por ser miembro del GACH, y además por enunciar su discurso desde un medio de comunicación. Esa posición discursiva coloca de modo automático a los receptores de su mensaje en el rol de ‘sus pacientes’, un rol que, en dicha relación, es el de mayor vulnerabilidad. Se instala así una relación ilegítima “psiquiatra-paciente” que hace que muchas personas acepten sin más su diagnóstico como válido, a pesar de que no se haya producido en un encuadre clínico o terapéutico. 

A pesar de que el Dr. Bernardi es, efectivamente, un psiquiatra y un psicoanalista, él no está actuando dentro de la situación clínica, ni en función de un contrato basado en una demanda terapéutica real. Él es apenas un experto invitado a hablar en un programa informativo de la televisión. Los profesionales del área de la salud mental aprendemos desde el primer día que solo podemos aplicar una interpretación psicoanalítica en el marco de un contexto clínico en el cual el paciente es también soberano. Es el paciente quien solicita ser interpretado en función de un objetivo definido, y sólo en función de dicho objetivo. Por eso, como integrante del grupo de uruguayos que afirman no tener miedo al Coronavirus, a quienes se refirió el psicoanalista, le digo desde aquí al Dr. Bernardi, que él no tiene derecho a interpretarnos, que no es nuestro psicoterapeuta, y que su accionar representa un abuso del poder que le confiere su título, y un ataque al encuadre psicoterapéutico que tanto debería proteger.

3. La atribución del término ‘conspiranoico’ como un insulto encubierto

Me referiré muy brevemente a este término como una reunión de los aspectos anteriormente mencionados, ya que evidentemente incluye un diagnóstico clínico realizado de modo salvaje por cualquier persona dentro y fuera de los medios de comunicación. Su carácter estigmatizante es producto de utilizar el sufijo ‘-oico’, que remite claramente al diagnóstico de un trastorno psíquico denominado ‘paranoia’, y quien lo sufre es descrito como ‘paranoico’. Reitero entonces que  ningún profesional de la salud o académico puede realizar un diagnóstico fuera de contexto. En base a ese principio ético, la palabra no puede tener  otro significado que el de un agravio. 

El mantener una postura de escepticismo con respecto a esta ‘pandemia’ puede llevarnos a considerar hipótesis alternativas, para interpretar las severas medidas sanitarias. Una actitud de duda lleva a investigar y a buscar evidencias, lo que asimila la conducta de quienes podemos ser llamados ‘escépticos de la pandemia Covid19’ a la de quien busca desarrollar una ‘teoría” alternativa a la oficial.  Si alguien piensa que nuestras preguntas no son preguntas válidas, debería explicar por qué piensa eso, en lugar de utilizar el despectivo término.

Un intento de explicar la razón por la cual algunas actitudes son catalogadas de ‘conspiranoicas’ fue el realizado en una así llamada «mesa de los filósofos» del 15 de enero de 2021 en En Perspectiva, titulada “Incertidumbres y teorías conspirativas”. Al inicio de dicha mesa redonda, se admite que “los tiempos de crisis son tiempos de incertidumbre”, y que existe una tendencia humana a formular interrogantes e hipótesis para guiar la búsqueda de respuestas. Sin embargo, inmediatamente, ellos pasan a argumentar a favor del hecho de que algunas hipótesis serían más válidas que otras. Para ello, citan frases de un interlocutor ‘conspiranoico’ imaginario que se referiría a una ‘farmafia’, y afirmaría que ‘los medios están todos vendidos’. El adjetivo ‘conspiranoico’ les permite eludir una serie de preguntas que surgen naturalmente: ¿Cuál sería el impedimento para preguntarse sobre los intereses que pueden estar motivando a los medios de comunicación a publicitar tests médicos y vacunas, sin darle espacio de réplica a científicos o médicos que no las recomiendan? ¿Por qué la mesa sobre las teorías conspirativas no contó con la opinión de quien los ‘filósofos’ presentes consideran un representante de esa forma de pensar a la cual ellos se están oponiendo? Podríamos decir que es un deber ético (noblesse oblige) de quien realiza una afirmación descalificadora invitar aunque sea a un oponente dialógico. ¿Por qué un programa radial como En Perspectiva, que es considerado un bastión del periodismo independiente, no organiza también otra mesa con tres personas que argumenten lo contrario?

A primera vista, la mesa parece contar con expertos en la temática. Uno de ellos, el filósofo Bernardo Borkenztain, realiza sus afirmaciones con base en su trabajo denominado “La conspiranoia a nivel de la pseudociencia”, y enumera tres elementos constitutivos de   las ‘teorías conspirativas’, que  intenta deslegitimar en ese espacio radial: 1) “un malo inalcanzable”; 2) “un plan nefario de control”, 3) “técnicas de manipulación”. No quiero llamar a estos filósofos de ‘negacionistas’, en el entendido de que no es bueno hacer al prójimo lo que no nos gusta que nos hagan a nosotros, pero es difícil no pensar que  la aplicación de su enumeración nos llevaría a considerar como teoría conspirativa lo que nos condujo a oponernos al ‘nazismo’ liderado por Hitler. La afirmación de que hubo un período que consideramos caracterizado por la opresión nazi cumple con los tres requisitos, y es una teoría que ha sido convalidada por los más prestigiosos historiadores.  

Pero lo que caracteriza al  ‘conspiranoico’, según un estudio del filósofo Borkenztain citado por él mismo, parece ser el simplismo con el que conduce su investigación. Esto puede observarse en la descripción siguiente que propone: “cuando un conspiranoico dice ‘investigá’, así con esa prepotencia se refiere a ‘mirá los dos videos de YouTube que yo miré, no se dice ir a investigar exhaustivamente lo que se publicó en un tema”. Sin embargo, llama la atención que la metodología empleada por Borkenztain para realizar su investigación sobre la conspiranoia no parece seguir criterios serios o exhaustivos. Se basa en un afirmación realizada con una base empírica poco clara y sin presentar el testimonio de ningún ‘conspiranoico’ para así justificar su descripción que no debería ser “seudo-científica”. ¿Con qué nivel de conocimiento está realizando esta persona que dice ser un estudioso de la temática una afirmación en la que incluye de modo generalizador a todos ‘los conspiranoicos’? ¿No podría ser un simple estereotipo? ¿En qué se diferencia su razonamiento del banal prejuicio? En tanto filósofos, ellos deberían responder a estas preguntas.

4. Conclusión

El argumento de que se está instalando y aceptando una nueva forma de discriminación apoyada por profesionales en los medios de comunicación y dirigida contra personas tildadas de ‘negacionistas’ o ‘conspiranoicas’ se basa en varios elementos que ahora resumiré.

De acuerdo a lo descrito arriba, el uso de términos que aluden a una evaluación psicológica es aplicado a un grupo de personas de carácter minoritario que sufre una desigualdad en cuanto a sus condiciones cognitivas (negación de la realidad) o emocionales (negación de los propios sentimientos y temores persecutorios), y a sus posibilidades de acceso a los centros de poder mediáticos y de legitimación discursiva. La aplicación de tales epítetos por personas con acceso a los medios de comunicación es considerada aquí como la manifestación de sentimientos de superioridad que les permite una descarga emocional con carácter despectivo-agresivo, que ellos dirigen contra sectores de la población en situación de vulnerabilidad. Estos procesos se inscriben dentro de la siguiente definición:

“A pesar de la dificultad de definir la discriminación en el sentido común, e incluso su polisemia, desde la psicología social sabemos que la discriminación corresponde a la traducción en actos de los prejuicios. Se trata de un comportamiento negativo en contra de los miembros de un grupo que es objeto de una imagen negativa. La aparición de un comportamiento discriminante está relacionado con ciertas condiciones sociales y psicológicas: diferencias sociales, el estatus de los individuos, la posición de poder. En este sentido, la discriminación debe reubicarse dentro del marco de un análisis de las estructuras sociales fundadas en diversas formas de desigualdad de poder, de medios materiales, de reconocimiento, etc.” (Prevert et al., 2012)

Se desprende de lo discutido en este texto que:

a) El epíteto ‘negacionista’ definido como ‘la negación de realidades’ es necesariamente la expresión de un sentimiento de superioridad de una persona con respecto a otra.

b) El concepto de ‘negación’ psicoanalítica en relación a los propios sentimientos aplicado fuera del contexto clínico se reduce a una agresión que, si es perpetuada por profesionales de la salud, constituye, además, un abuso de poder y una falta grave a la ética profesional.

c) El epíteto ‘conspiranoico’ además de incurrir en los dos problemas anteriores, es aplicado de modo indiscriminado a un sector muy diverso de personas, y, por ende, se reduce a la expresión de un prejuicio bajo la forma de insulto velado.

En el año 2020, un año en el que por muchos medios de comunicación, manifestaciones y reclamos sociales se defendieron los derechos humanos, se reivindicaron los derechos de sectores discriminados por género, por raza, clase social u origen étnico, ¿vamos a permitir el surgimiento de una nueva forma de discriminación en función de un prejuicio ideológico?  ¿Cómo puede un académico – psiquiatra o filósofo –  no darse cuenta de que el atribuir un epíteto descalificador a un grupo de personas con determinadas características no es más que un prejuicio disfrazado de erudición? ¿Cómo puede no darse cuenta de que expresar esa opinión descalificadora desde un rol valorado socialmente, y hacerlo en un programa periodístico prestigioso, supone ejercer el poder para discriminar abiertamente a un sector de la población. Considero que los profesionales de la salud mental debemos estar atentos e impedir que utilizando un léxico que es exclusivo del ámbito psicológico y del contexto clínico se naturalice y tolere la agresión repetida hasta el cansancio  contra personas a quienes se les niega la calidad de productores de un discurso válido, mediante el fácil recurso de endilgarles un adjetivo denigrante.


Referencias

Bleger, J. (1966) Psicoanálisis del encuadre psicoanalítico, en Simbiosis y ambigüedad, Buenos Aires, Paidós, 1967.

Laplanche, J. Pontalis, J.B. (1981) Diccionario de Psicoanálisis. Barcelona: Editorial Labor.

Prevert, A., Navarro Carrascal, O. y Bogalska-Martin, E. (2012)  La discriminación social desde una perspectiva psicosociológica. Revista de Psicología Universidad de Antioquia


(*) Doctora en Psicología

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