ENSAYO

Por Horacio Bernardo

Estamos a favor de la democratización de la educación, pero es necesario evitar una confusión arraigada, que consiste en considerar como un indicador de éxito el aumento de la cantidad de egresos (por ejemplo, cantidad de estudiantes que culminan la Educación Media Básica, o Superior o la Universidad).

Lo anterior genera dos consecuencias negativas: una rebaja del nivel y un sinsentido del sistema educativo como herramienta de ascenso social.

Comúnmente se emplean en la discusión pública y técnica indicadores de cantidad de egresos. No decimos de eliminarlos como fuentes de información. Lo que afirmamos aquí es que en un próximo gobierno educativo, ningún indicador de éxito deberá estar ligado meramente a la cantidad de egresos, porque con esto lo que se pone en jaque es la excelencia.

Si un gobierno educativo, independientemente de su signo político, necesita más cantidad de egresos para exhibir buenos resultados, los centros educativos y los inspectores se verán presionados para cumplir con esas metas, presionarán a los docentes para que haya más aprobaciones y habrá menos exigencia a la hora de evaluar. Y menos exigencia es menos excelencia.

La cantidad de egresos como parámetro de éxito alienta un pacto no escrito en el que todos acatan porque todos creen ganar algo. El gobierno educativo cree ganar porque logra aumentar sus indicadores, los docentes porque evitan el trabajo que implica ser más exigentes, y los alumnos porque no deben esforzarse con tanta intensidad. La cantidad de egresos les sirve a todos y, sin embargo, no sirve a ninguno, porque el alumno pierde en calidad de aprendizaje, el docente tiene menos mecanismos institucionales para exigirse a sí mismo y pierde calidad como profesional, los centros educativos no tienen incentivos y, como resultado se incrementa y reproduce una complaciente mediocridad, contraria a la excelencia que para nosotros es un principio irrenunciable, y los que pierden son los nuevos ciudadanos y el país.

Unido a lo anterior, apuntar a la cantidad de egresos como indicador de éxito produce un sinsentido al sistema educativo como herramienta de ascenso social.

Digamos algo incómodo pero cierto: la naturaleza del sistema educativo es elitista desde el punto de vista de los resultados sociales. Si no fuera así, no sería una herramienta de “ascenso social” porque no habría lugar alguno al que ascender. Hay quienes ven como única solución a esto el cambio social hacia sistemas igualitarios no democráticos, pero nosotros, que somos reformistas, vemos como solución el rediseño institucional hacia la restitución efectiva del mérito que va ligada a la excelencia. El Estado debe garantizar esa posibilidad.

Sin embargo, desde hace décadas se actúa como si un sistema educativo tuviera que garantizar el éxito de resultados de todos (cosa imposible), y para ello se considera exitoso de un modo u otro el número de egresos. Entonces se quiere democratizar los estudios secundarios para que todos accedan a puestos sociales de calidad y, como consecuencia, el mercado laboral pide formación terciaria. Entonces se quiere democratizar la educación terciaria y el mercado laboral pide posgrado. Y luego pide doctorado. Y así seguirá, en una carrera de nunca acabar, buscando su punto elitista de corte.

De ese modo, cuanto más nivel educativo se logre “democratizar”, más años de estudios requerirá una persona para hacer una misma tarea. Se va degradando el valor de la formación secundaria, el grado universitario, y se reserva los puestos de ascenso social a aquellos estudios a los que

acceden quienes pueden pagar, o que pueden destinar gran cantidad de años al estudio. Y aquellos más vulnerables, para quienes la educación es la única salida, verán tan lejos un posgrado o un doctorado que la educación secundaria será un sinsentido. Se degradan la educación y el mérito, dos pilares fundamentales.

De este modo, aparece una paradoja perversa: la democratización del ascenso social así entendida va cancelando la posibilidad de ascenso social de los que menos tienen.

Democratizar no es aumentar el número de egresos. Democratizar es exigir.

Exigir más, incluso a los que menos tienen. Dar desde el Estado las herramientas para que se pueda exigir cada vez más.

Un próximo paso en la Transformación Educativa debe apuntar a democratizar, en el sentido de que solo sea indicador de éxito del sistema educativo que quienes terminan sus estudios secundarios lo hagan con un nivel alto de competencias: esto es, de conocimientos, de habilidades y de actitudes. Que solo así se considere exitoso el número de egresos.

En un próximo gobierno educativo, deberá haber incentivos únicamente para los centros educativos y docentes que logran apuntar a ese nivel de excelencia.

Debe romperse el círculo de la mediocridad complaciente afianzado y potenciado desde hace décadas y construirse un círculo de la excelencia en el que el gobierno educativo necesite exhibir indicadores de excelencia educativa ante la ciudadanía y los organismos internacionales, exija en consecuencia excelencia a los centros y a los docentes, y en el que los estudiantes necesiten esforzarse más.

En un próximo gobierno los apoyos adicionales del Estado para los más vulnerables tendrán como norte la excelencia, aún cuando el punto de partida sea el más ínfimo imaginable.

Si en cantidad han egresado miles de estudiantes, pero en calidad apenas unas decenas, las políticas educativas deberán será juzgadas por los números de estos últimos, y sus acciones deberán ser encaminas para aumentar este último número.

Para ello, deberán construirse indicadores independientes de evaluación, de modo tal que los éxitos del gobierno de la educación sean medidos por la calidad de los aprendizajes de aquellos que han egresado.

¿Es todo esto elitista? Decididamente no. Elitista es no romper con firmeza el círculo complaciente de la mediocridad y el sinsentido al mérito y al ascenso social que perjudica a quienes menos tienen. En un segundo periodo de Transformación Educativa esta firme acción es posible. No hay que caer en la trampa. Lo que parece democratizador es elitista y lo que parece elitista, es democratizador.

Para llevar esto adelante, es al Instituto Nacional de Evaluación Educativa al que le competerá desarrollar estos indicadores, y al próximo gobierno asumir con valentía el costo de observar los indicadores reales educativos.

Ya hay acciones para diseñar evaluaciones basadas en competencias y no solo en algunas disciplinas, y lo que debe guiar al criterio técnico es el principio de excelencia.

.Un primer periodo de la Transformación Educativa viene logrando asentar bases técnicas y metodológicas. Un segundo periodo debe afianzar el principio de excelencia a dicha transformación. La educación, y especialmente la educación pública está llamada, tanto por su tamaño como por su enorme potencial, a ser espacio de vanguardia y guia, y para ello debe apuntar a lo más alto posible desde sus cimientos