ENSAYO

Por Fernando De Lucca

Hace ya un cierto tiempo que pasé la mitad de la vida, si es que esta se midiera en una totalidad de 100 años.

No voy a decir que lo vi todo -por supuesto-, aunque tengo una cierta idea de cómo funciona la conciencia humana. Es claro para mí que la conciencia humana es ilimitada en cuanto a su capacidad expansiva -como fui diciendo en ensayos anteriores en esta revista- así  como también esta expansión se ve interferida por el “ego” que conduce a una retracción que  impide el contacto con la totalidad. Esto hace que todo el proceso de socialización que se da desde que nacemos hasta que cristaliza en nuestra juventud, esté sesgado por la fragmentación. Esta fragmentación es la manera, actitud, estilo, táctica que se usa dentro de la familia y de cada institución en la que participamos en ese período de tiempo. ¿De qué se trata esta fragmentación? Se trata del descuido, omisión, atropello de la mente patriarcal por sobre la mente plena. La educación clásica aunque pretenda innovar adelantos en las capacidades cognitivas, motoras y sensibles, sigue inspirada por la razón y la competencia y la pseudo importancia de determinados saberes por sobre otros.  Se le presta muy poca importancia a las diferencias individuales entre aprendices, a la afectividad envuelta en el aprendizaje, a la dedicación misma apoyada por el intrínseco deseo humano, instintivo, natural de saber, comprender y por sobre todo se olvida de la cooperación y la empatía que emana del vínculo con pares y autoridades tales como educadores. Los educadores no están al tanto de esto pues no saben a qué y quien responden: lo hacen a un hábito patriarcal que todo lo tiñe del mismo color; en general gris -¿será por ser este el color de la superficie de nuestro cerebro que supone evolución neurológica por sobre otras especies animales?

Bueno, sea como sea, la educación no estimula otra cosa que la fragmentación del todo y esto nos lleva a fragmentar la comprensión, el amor y la inspiración de aquello que nos permite trascender. Algunos creemos que hay un dios, sin embargo el mío está más alto que el del otro, todos creemos que los hechos son altamente complejos aunque al momento de decidir parece que vemos que todo está en tres o cuatros enunciados convenientes para auto manipularnos, y a su vez comprender es un “artículo” que lleva mucho tiempo… ay, ¡que cansancio!

La fragmentación es producto del análisis del todo, lo cual quiere decir dividir el todo en partes para comprender mejor cada una de ellas y así pretender rearmar luego esas parte e intentar formar el todo que ahora es conocido de mejor forma. Esto raramente se logra y consideramos que las partes son el todo. Nos quedamos siempre -y la psicología no es la excepción- a medio camino. Esto nos confunde primero y el ego se encarga de hacernos creer que vivimos bien con ello, que es la mejor forma, la más conveniente y la más económica en términos de energía. 

La Gestalt-terapia como abordaje de lo humano, se basa en que la salud es estar en el aquí y el ahora. El pensamiento oriental también lo considera así aunque agrega algo que siempre parece escasear en occidente: la radicalidad del concepto. Para el budismo tibetano, no alcanza con intentar vivir en el presente; hay que estar presente-en-el-presente, o sea una actitud en que por alcanzar tal estado, la conciencia se despliega en lo que llaman la mente plena o alcanzar la propia naturaleza –intrínseca- de la mente.

Esta es una forma de contactar más o menos plenamente con el todo. El todo es muy complejo de comprender.

Creo que es prácticamente imposible abarcar lo que se dice cuando se habla del todo.  Más aún, considero que el todo debería de ser resaltado e ir con mayúscula (TODO), no por jerarquías sino por ser lo que está antes que cualquier otra cosa y por este motivo es el que abra toda cláusula, toda proposición.

Sería un poco más fácil si esto fuera parte de nuestra educación y de la de nuestros predecesores; pero no es así. Lo racional es lo que gana y el universo emocional se repliega y lo patriarcal prevalece y la alteridad se pierde. El uróboros, representado a través de la “serpiente que se come la cola” es un símbolo que nos habla acerca de los eternos ciclos de vida y muerte así como de la comprensión del todo como aquello que anula todo opuesto; se vuelve siempre al origen y se surge siempre de este. Si vamos siguiendo este ensayo, es oportuno que nos preguntemos que tiene que ver todo esto con la ineptitud para alcanzar la alegría –tal como lo plantea el título. Bueno, la mente patriarcal necesita ser SACIADA constantemente y por estar fragmentada tiene SED DE “ESE TODO”, solo que el todo es visto como una conquista y no como un destino natural. La diferencia está  entre ser conquistador y ser uno que llega a sentirse alegre por experimentar la vida vibrando en su ser-en-unidad. ¿Claro?

No se puede estar alegre viviendo esa sed de ferocidad para alcanzar los deseos que una mente fragmentada nos impone. Somos ESCLAVOS de esa mente que está en constante oposición en y con sus aspectos internos. La contradicción humana, tan justificada por nuestra cultura no es más que una evidencia de la incoherencia para vivir en el presente y un argumento para competir y destruir lo más sagrado de nosotros mismos. Nuestras neurosis son la confirmación de no poder vivir alegremente porque sencillamente no sabemos cómo hacerlo. La euforia es un buen ejemplo. Cuando nos preguntan cómo estamos y respondemos con calma que estamos bien, nadie nos cree. Si aumentamos la expresión sacrificando la calma y casi que gritamos a los 4 vientos que somos los más felices sobre la faz de la tierra, empiezan a vernos como “loquitos felices”, algo muy simpaticón y concordante con la idiosincrasia colectiva. Consideremos este tema muy seriamente pues no solo nosotros estamos involucrados en ello, sino también nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. El compromiso con la alegría de vivir, tema central para uno mismo y el vínculo con el prójimo, es lo único que podrá hacernos comprobar que lo que verdaderamente importa es vivir para alcanzarla. Vivir así transforma toda violencia en un contrasentido y toda educación en una forma de confirmar la vida. No hay otra manera de vivir la conciencia plena que vivir para alcanzarla. Si elegimos libremente la intención de alcanzar la alegría y nos cuidamos de no caer en un “ismo” más –ya que toda idea humana de superación está irremediablemente expuesta a la idiocia colectiva llamada moda- considero que podremos quitarnos finalmente la máscara -persona-personalidad- de nuestros miedos patriarcales a dejar el control y finalmente confiar. ¿Confiar en que? Confiar en nuestros instintos, inteligencia y sentimientos así como el de nuestros pares en el tiempo y espacio de nuestra existencia, es decir el prójimo. ¿Podremos alcanzar la aptitud para vivir con alegría? 

Nunca será un resultado individual; siempre será colectivo. 

No confiemos más en slogans ni repeticiones de viejas ideas que sabemos hasta el hartazgo que no funcionan y confiemos en lo que sentimos y expresémoslo SIN MIEDO.

¿Podremos?, ¿podré?

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