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Las elecciones del 27 de setiembre en todos los departamentos y alcaldías del país arrojaron resultados interesantes por la comparación del comportamiento de los distintos partidos con relación a 2015, y por la fotografía electoral que ya teníamos de las tres instancias de voto del año pasado.

Por Francisco Faig

Más allá de los resultados concretos más generales, que señalan que el Frente Amplio (FA) retuvo tres intendencias y 32 municipios; que el Partido Nacional (PN) obtuvo 15 intendencias y ganó en 90 municipios; y que el Partido Colorado (PC) conservó una intendencia y tres municipios, me interesa analizar esta elección de 2020 a la luz del proceso más largo, que aquí ya planteé («¿Un cambio profundo y duradero?»), y que resulta que se ha confirmado con esta instancia departamental- municipal.

Sostengo que en este 2019- 2020 se ha abierto un nuevo tiempo político en el país. Para entender bien en qué consiste y qué características novedosas comporta se precisa que dejemos de lado los viejos lentes, además casi siempre izquierdistas, con los que nos hemos acostumbrado por dos décadas a entender nuestra política. En efecto, son lecturas que daban por obvio que la acumulación del FA respondía a la verdadera voluntad popular siempre mal representada por los rivales de la izquierda; que llegaron a creer que se estaba abriendo una época de hegemonía electoral del FA, similar a lo que fue a inicios del siglo XX el fenómeno colorado – no faltó quienes, incluso, hablaran de los “tres Pepes” de cada inicio de siglo, por Artigas, Batlle y Mujica -, pero además con profunda voluntad refundacional; y que íntimamente desprecian y menosprecian la vitalidad, legitimidad y hondura social, cultural y representativa de los partidos tradicionales a los que se suma, ahora también, Cabildo Abierto (CA).

Si nos quitamos esas gafas que todo lo interpretan con estos supuestos sustanciales, se verá claramente que este nuevo tiempo político que se abrió en 2019 ha sido contundentemente ratificado en estas elecciones de setiembre. Me importa entonces en primer lugar mostrar cuáles son las grandes líneas electorales y políticas que van en el sentido de lo que estoy aquí argumentando, para en una segunda parte analizar las consecuencias que todo esto tiene en los cuatro principales actores partidarios del país.

1 El nuevo tiempo político del país

Como aún no hay forma de evitar que se analice la realidad política partidaria desde el atril izquierdista, una de las primeras cosas que se señalaron luego de las elecciones departamentales es que habían surgido diferencias dentro de la coalición republicana (que así hay que llamarla, por ser conceptualmente más descriptiva que la fofa adjetivación multicolor) por causa del proceso electoral de setiembre.

En realidad, es inevitable que en un ejercicio de competencias partidarias aparezcan diferencias, entredichos y hasta enfrentamientos entre partidos, dirigentes y sectores que procuran ganar mayores respaldos electorales que sus adversarios. Pretender otra cosa sería querer vivir en Disneylandia. 

Es así entonces que es natural que el ex –presidente Sanguinetti planteara, con toda razón, que no se había logrado a nivel de la coalición republicana una inteligencia colectiva tal que implicara obtener mejores resultados en departamentos claves para el Partido Colorado (PC) como, por ejemplo, Salto. Y es también natural que los dirigentes del novel CA, sin un fuerte protagonismo electoral de su líder Manini Río comparado con octubre de 2019, sintieran cierto desamparo electoral en sus distintas localidades: su partido terminó con una votación muy menguada con relación a las parlamentarias del año pasado.

Las diferencias políticas y electorales, por cierto, no sólo se expresaron en la coalición republicana. Dentro del FA, importa destacar al menos dos episodios llamativos. El primero, más de fondo, refiere al éxito montevideano de la radicalización discursiva de todo el FA. El mejor ejemplo es el del Partido Socialista (en comparación, unos 40.000 votos ahora contra unos 30.000 de octubre de 2019), que no solamente terminó bien encolumnado tras la candidatura finalmente triunfadora de Cosse, sino que, además, mostró, claramente, que cuando se trata de pescar votos en la pecera propia de los frenteamplistas doble tatuaje, que son los más numerosos entre los apoyos que dieron el triunfo a la izquierda en la capital, entonces importa mucho tensar el discurso identitario. 

A los tibios los vomitaré, como dijo uno hace unos dos mil años en circunstancia muy lejana pero igualmente relativamente proselitista: esto hoy quiere decir que los de discurso más abierto, menos frenteamplista y más atento a los montevideanos que no comulgan con la religiosidad de la izquierda, terminaron sin mayoría interna, sin peso futuro, sin lugar en el FA que se viene, y sin trascendencia ya no solo discursiva sino también y sobre todo dirigente, existencial, política, real.

El segundo episodio refiere a lo que podríamos llamar la lista imbroglio: se trata de la 6009 que apoyó a Cosse, y que por un lado se parecía mucho a la clásica de Mujica, la 609, que llevaba a Villar a la intendencia; pero que, por otro lado, terminó sumando una cantidad de adhesiones – unas 20.000 – que resultaron llamativas con respecto al aparato movilizador comparado interno del FA. En cualquier caso, el imbroglio existe porque, de interpretarse que lo que hubo fue una confusión del votante, lo cierto es que si esos 20.000 que fueron a Cosse hubieran ido donde la 609 quería, pues entonces Villar y no Cosse habría sido el vencedor de la noche en Montevideo. 

Obviamente, adjudicar intenciones distintas a lo que efectivamente es la evidencia del voto, esto es, en este caso, suponer que la gente no diferencia entre 6009 con Cosse y 609 con Villar, y que se ve pues engañada por distraída o directamente por tonta, siempre forma parte del repertorio antidemocrático con el cual una parte de los analistas y dirigentes de izquierda leen los resultados electorales: allí está, por ejemplo, la interpretación de Cosse según la cual en el municipio F, donde la gente votó claramente en favor del alcalde de la coalición republicana, en realidad el pueblo votó mayoritariamente al FA, y lo que sucedió es que no ensobró la hoja de votación a nivel de alcaldía. Hay que decir, sin embargo, que en el asunto este de relativizar los resultados de las urnas cuando ellos no convienen, Cosse no es la primera en una izquierda analítica y política que hasta el día de hoy cree, por ejemplo, que perdió por poco el balotaje, y que sigue sin avergonzarse de la mímica de simio con la cual Martínez se negó a reconocer los resultados del voto del pueblo en la noche misma del balotaje de noviembre.

En definitiva, las pequeñas críticas y suspicacias antes anotadas dentro de la coalición republicana y dentro del FA no deben hacernos perder de vista el resultado principal del 27 de setiembre: se ratificó, contundentemente, que las elecciones de 2019 no fueron algo excepcional que no interpretó bien la voluntad popular. Ellas constituyeron, por el contrario, el cimiento fundamental que abrió una nueva época política del país.

En octubre de 2019, con la misma circunstancia que en setiembre de 2020 acerca del voto obligatorio y hacia partidos políticos, el FA votó a nivel nacional 39,2%. En setiembre, su respaldo leído en perspectiva nacionalizada fue apenas mayor: 40,3% del total. Del otro lado, el lema PN creció bastante más: en la circunstancia de octubre obtuvo 28,6% y en la de setiembre 35,6%. 

Diferente fueron los casos del PC, que redondeando pasó de 300.000 a 219.000 votos, y de CA que bajó de 269.000 a 56.000 en todo el país entre octubre de 2019 y setiembre de 2020. Obviamente, ambos partidos sufrieron en varios departamentos lo que podría llamarse el efecto balotaje, es decir, el hecho de trasladar la lógica bipolar de enfrentamiento FA- coalición republicana al escenario departamental. Miles de votantes colorados y cabildantes apoyaron así al lema que mejor pudiera ganarle a la izquierda en su circunscripción: fue lo que aseguró, por ejemplo, el triunfo del lema PN en los tres departamentos en los que el FA en la intendencia fue derrotado.

Esta dimensión es clave. Setiembre ratificó, en efecto, que existe un espíritu identitario de coalición, por llamarlo de algún modo, que es muy importante para el nuevo tiempo político del país. Zuasnábar así lo señaló en Búsqueda el jueves 1° de octubre: hay gente que se identifica con la coalición y luego declina su adhesión a tal o cual partido que la integra. Pero incluso antes de esta constatación del buen analista que es Zuasnábar, ya se había visto en la campaña del balotaje a Lacalle Pou firmando banderas de CA, o visitando baluartes del PC, de forma de generar algo que va más allá del simple apoyo de circunstancia fijado por una alianza electoral. 

Seguramente se puedan encontrar distintos antecedentes de este proceso que fue evidente en noviembre y que ahora también fue notorio en esta suerte de balotaje tácito departamental: por ejemplo, las listas blancas de Juan Chiruchi en el año 2000 en San José, con los candidatos a ediles de origen colorado identificados allí con sus nombres en tinta de ese color. Pero lo que claramente se ratifica en 2019- 2020 es una especie de affectio societatis que importa mucho entender, porque es independiente de lo que tal o cual dirigente colorado como sangre de toro quiera, o de lo que tal o cual puntero blanco como hueso de bagual prefiera: es lo que la gente, en su libertad lisa y llana, ha definido como nueva adhesión y que está por encima de la que ya existe y que se dirige a cada uno de los partidos que forman la coalición republicana. No contradice esta adhesión partidaria sino que la enriquece, y sobre todas las cosas, genera una especie de obligación de acuerdo conjunto para congeniar políticas que permitan gobernar, y diferenciarse así de los planteos y políticas que llevó adelante el FA durante 15 años. 

Todo esto, claro está, es del todo evidente para todo aquél que tenga un poco de olfato político. Pero todo esto tiene también al menos tres traducciones concretas bien evidentes.

En primer lugar, la desilusión que generó en los simpatizantes de la coalición republicana el fracaso de blancos, colorados y cabildantes en Salto: en definitiva, el reproche de Sanguinetti es también hacia una dirigencia local multipartidaria que prefiere que gane el FA, antes que ponerse de acuerdo para compartir el esfuerzo electoral y luego el poder en la intendencia. Seguramente, para la instancia próxima, los salteños que integran la coalición republicana revisen esa adhesión de capilla que impide comulgar en la misma Iglesia; y si no lo hacen, pues seguirá ganando allí tranquilamente el FA.

En segundo lugar, la esperanza que implica la iniciativa de Raffo en Montevideo, que anunció inmediatamente después de los resultados electorales que se dedicará a ejercer una firme oposición al FA en la capital, en nombre y representación de la coalición republicana, es decir, del nuevo actor relevante del sistema político, que juega adelantado ya, tanto en su conformación como en su coordinación, en la principal ciudad del país. 

Aquí cabe una nota acerca del sector Ciudadanos del PC. En efecto, trascendió que hubo cierta molestia hacia Raffo por causa del protagonismo que ella tomó luego de las elecciones en el sentido, precisamente, de buscar sostener en el tiempo y articular esta oposición de base coaligada mirando hacia 2025. No parece casualidad que Ciudadanos esté en esta actitud tan inconducente: su malogrado líder, Talvi, fue el que con enorme torpeza política impidió en todo el proceso de definición electoral para 2020 en Montevideo que se presentaran varios candidatos a intendente de parte de la coalición – recordemos, por ejemplo, que impuso su veto a la candidatura de Manini Ríos, y otro veto más al uso de CA como lema común ante la imposibilidad de usar el de Concertación -. Fue también Talvi quien promovió la presentación de candidatos colorados, de forma independiente a lo que hicieran en particular los blancos, en la máxima cantidad de departamentos posibles del país. Es decir, Talvi promovió una forma insensata de alentar el fracaso electoral por doquier, o lo que es similar, de dejar a la vera del camino del poder local a los colorados que, en cada circunscripción, podían entrever arreglos electorales sui generis con los blancos, de forma de colaborar con el triunfo y, luego, compartir el poder en la intendencia. En Rocha y en Río Negro, por ejemplo, una parte de los colorados lograron esos acuerdos particulares y fueron puntales claves para los triunfos del lema PN en esos dos departamentos. Queda claro dónde está Talvi ahora. Lo que no está quedando claro, sin embargo, es si se llevó consigo toda la torpeza aquí descrita y si Ciudadanos podrá superar tanto amateurismo político.

En tercer lugar, la prueba de fuego que significa en los departamentos en los que ganó el lema PN el ejercicio real del poder en este quinquenio: el intendente blanco que no haya entendido que ganó implícitamente la coalición republicana y que, por tanto, ha de tenerse en cuenta en el ejercicio del poder a los demás partidos que la integran, so pena de defraudar al electorado que lo llevó al triunfo, estará cometiendo un error político gravísimo. Claro está, excluyo de estos casos a los departamentos obscenamente blancos que no dependieron de apoyos colorados o cabildantes para ganar ya que el FA localmente no es considerado opción de triunfo, como es el caso, por ejemplo, de Cerro Largo, en donde el 80% de los votantes apoyaron al partido de Aparicio Saravia.

Pero en este asunto hay que ser muy claro. Una cosa es que haya ganado el lema PN y otra muy distinta es que hayan ganado los blancos. ¿Acaso no es evidente que ganó el lema PN, pero que contó con apoyos claves de votantes y dirigentes no blancos, en Rocha, Río Negro, Paysandú, Lavalleja, Maldonado y Artigas? 

Quienes mejor saben qué ocurrió en cada pago, son precisamente los dirigentes de cada pago. Pero lo cierto es que es una enorme torpeza leer los resultados de setiembre diciendo que el beneficio de la buena gestión del gobierno nacional de estos meses fue favorable electoralmente a “los blancos”, basándose en la constatación de que el lema PN se alzó con 15 triunfos departamentales. La verdad es que, en muchos casos, el que ganó es el lema PN, que recibió los votos de blancos y de no blancos. Y si se analiza más finamente, seguramente terminen siendo muy pocos los casos en los que, como Cerro Largo, no se hayan precisado de apoyos no blancos para que triunfara el PN con apabullante distancia en las urnas sobre el FA.

Hay pues un nuevo tiempo político. Está formado por una coalición republicana que llegó para quedarse y que muestra además fuerte vigor electoral; y está además estructurado en torno a una izquierda que recibe el apoyo del 40% del electorado, y que por tanto es franca minoría con relación a la conjunción de fuerzas que integran la coalición republicana. No fue casualidad el 2019. No fue el balotaje un triunfo excepcional de Lacalle Pou en un país partido en mitades: aquí no hay mitades de ningún modo, sino que lo que hay es una mayoría franca en favor de la coalición republicana, como lo acaba de votar, nuevamente, el pueblo uruguayo.

Una coalición republicana que termina el ciclo electoral con 93 alcaldías en 125, 16 intendencias en 19, 56 diputados en 99, 18 senadores en 31, y con una amplísima mayoría de ediles y de concejales sobre el total de los que tiene país. El pueblo así votó, de mano abierta para otorgar una confianza amplia a la coalición republicana para llevar adelante su política. Una confianza que, por cierto, en su amplitud y profundidad, jamás le dio al FA, ni siquiera en el cenit de su ola electoral favorable que fue el ciclo 2004-2005.

Se acabó así el tiempo de una izquierda mayoritaria que incluso podía aspirar a ganar adeptos de forma también mayoritaria entre las clases medias del Interior. No solamente el balotaje fue elocuente en el sentido de mostrar que 17 de 19 departamentos votaron al candidato de la coalición republicana. Sino que ahora, cuando cada uno debía de batallar con sus propias armas en sus departamentos, las dirigencias del Interior de la coalición republicana mostraron claramente que, exceptuando a Salto y Canelones, todas ellas fueron capaces de triunfar sobre la izquierda. Por supuesto, Canelones es además una excepción: ¿acaso no es allí evidente que no ha querido o no ha sabido la coalición republicana pararse en la cancha electoral y política, tal como por ejemplo ahora es la voluntad de hacerlo de parte de Raffo en Montevideo? 

Vale la pena entonces ver en la segunda parte de este análisis las consecuencias que este nuevo tiempo político tiene para los principales actores partidarios del país.

2 Las consecuencias en los partidos

Si hay un nuevo tiempo político, hay también consecuencias para cada uno de los cuatro principales actores partidarios. Me detendré seguidamente en cada uno de ellos.

Lo que setiembre muestra es que el FA quedó en el eje del 40% de los votos, como en el caso del ciclo electoral de 1999-2000, es decir, como antes de la década 2004- 2015 que disparó los apoyos a la izquierda a cerca del 50% del conjunto de votantes del país. Empero, a diferencia de hace 20 años, ahora el FA no vive un proceso de acumulación y crecimiento electoral; no ha plebiscitado grandes liderazgos; y tiene en frente a una máquina electoral y política muy bien aceitada.

El FA no vive un proceso de acumulación como el que ya transitaba en 1999-2000, sino que por el contrario hace al menos un par de ciclos electorales que viene decreciendo en intención de voto desde su pico de 2004-2005. Ya no genera la esperanza de novedad que sí representaba hace dos décadas; y ya vivió el desgaste del poder que implicó romper muchas de las ilusiones creadas entre 1971 y 2004.

El FA no ha plebiscitado grandes liderazgos. Todo el mundo que sigue usando los lentes izquierdistas de lectura de la realidad política nacional, señala a Cosse y a Orsi como las figuras de renovación legitimadas por las urnas, como si estuviéramos ante figuras de peso nacional ya probado. Pero, en verdad, no se trata de un fenómeno comparable con el de las tres figuras nacionales que eran Vázquez, Astori y Mujica en 1999. En efecto, Vázquez ya había sido candidato a presidente en 1994 y había estado a unos 50.000 votos de ganar las elecciones; Astori había acompañado a Seregni como candidato a vicepresidente ya en 1989; y Mujica fue el senador más votado del FA en todo el país en 1999. Por el contrario, la verdad de las cifras muestra que Cosse recibe apenas unos 180.000 votos sobre 452.000 de todo el FA en Montevideo el 27 de setiembre; y que Orsi acumuló unos 175.000 en Canelones en esa instancia, cuando todo el FA en todo el país superó los 920.000 en total. Es posible, claro está, que los dos se transformen en liderazgos importantes y muy legitimados por las urnas. Pero, hoy en día, no es el caso de ninguno de los dos, a pesar de lo que un análisis político muy liviano quiera hacer creer.

El FA finalmente se enfrenta a una maquinaria electoral y política bien aceitada. Estamos ante una coalición republicana cuyas principales figuras ratifican permanentemente la vigencia y profundidad del acuerdo que las une; que muestra una renovación de dirigencias locales, ahora además fogueadas en un ejercicio concreto del poder a nivel departamental, y que brinda proyección futura a su presencia política y electoral en distintos niveles de gobierno. Por supuesto, el gran actor de esa coalición republicana es el PN, pero no es el único y deberá mostrar mucha inteligencia para articular políticamente con sus socios menores.

Para el PN, la enseñanza mayor es justamente la de cumplir cabalmente ese papel de articulador político en la coalición republicana. Sus triunfos de setiembre muestran una enorme fortaleza en materia de inserción local y de dirigencia partidaria que sabe ganar elecciones. Hay resultados formidables, como por ejemplo el de Maldonado, ya que allí está hoy en día el polo de migración interna más dinámico del país, una apertura a la industria turística y de inversiones internacionales muy fuerte, y un triunfo que apabulló, en un departamento además muy urbano, a un FA que hasta hace una década era allí principalísimo actor. Y hay también triunfos en alcaldías que abren puertas a mayores presencias políticas futuras, pero que también se constituyen en mojones simbólicos fundamentales: las tres de Montevideo, dos ya conquistadas en 2015 y que se repiten, y la del municipio F que está situado lejos de los barrios de la costa en los que la coalición republicana viene ganando hace ya varias elecciones contra el FA; la de Ciudad del Plata en San José, que se había transformado en ese histórico departamento blanco en un centro de desarrollo del voto y la adhesión frenteamplista muy problemático para la hegemonía nacionalista maragata; la de Piriápolis y sobre todo San Carlos, ciudades proclives al FA y que ahora pasaron a manos del PN; y las de Chuy y Bella Unión, también identificadas con la izquierda y que cambiaron de signo en este setiembre blanco.

Empero, no todo es éxitos para el PN. Para poder afirmarse y seguir ganando el gobierno nacional en próximas ocasiones, este PN debe ser consciente de que la coalición es clave en Montevideo y en Canelones, es decir allí donde reside la mayoría del país. Hay un tema que de alguna forma deberá resolverse, y es el siguiente. 

Por un lado, la lógica de acumulación de votaciones partidarias distintas en octubre que terminan sumándose políticamente en noviembre, argumenta en el sentido de mantener las cosas como están en materia de forma de la alianza, es decir, mantener una amplia apertura de abanico con varios partidos en octubre, que luego pujan tras una candidatura presidencial común en noviembre. Pero, por otro lado, la realidad partidaria local hace que, si eso se mantiene y por tanto se actúa en consecuencia en las elecciones internas con las que comienza cada ciclo electoral, entonces para las elecciones departamentales existe un cuello de botella imposible de eludir. 

En efecto, con la imposibilidad legal actual de participar como candidato en un lema partidario en la interna y en un lema distinto en la departamental del mismo ciclo electoral, el cuello de botella consiste en que la distinción- apertura de octubre impide luego la comparecencia electoral conjunta de los partidos de la coalición republicana en la votación departamental, por lo que el mismo abanico, pero esta vez desplegado en esa departamental, termina perjudicando las chances electorales de la coalición frente al adversario común que es, qué duda cabe, el FA. 

En concreto, ilustrado con un ejemplo: si los dirigentes blancos compiten en su interna, los colorados en la suya y los cabildantes en la que les corresponde, y todos ellos marcan sus partidarios y distintos perfiles en la elección general de octubre, luego no pueden votar juntos en un mismo lema para las departamentales- municipales; y si igualmente deciden participar en las elecciones departamentales- municipales cada uno en su partido, entonces perjudican las chances de triunfo del lema a priori mayoritario de cada circunscripción del Interior del país: en 16 casos ese lema mayoritario es el PN, en un caso es el PC (Rivera), y en el caso particular de Salto, hasta el 2014- 2015 fue el PC y en este 2019- 2020 resultó ser el PN.

Es un problema que debe ser resuelto con inteligencia, creatividad, madurez política y capacidad de acuerdos entre los socios de la coalición republicana, y en el que la principal responsabilidad, y hasta generosidad política si se quiere, debe ser del PN, ya que en definitiva es quien más beneficios logra por contar con más intendentes posibles- potenciales. Que quede bien claro: el camino de cambiar las reglas electorales está totalmente vedado: la Constitución semipresidencialista de 1997 es parte de la enorme estabilidad política y democrática del Uruguay, y no debe abrirse puerta alguna que procure cambiarle nada. Mucho menos con este FA tan escorado a la izquierda, cuyo ADN identitario leninista quedó tan patente luego de este ciclo electoral, al punto que la izquierda del Uruguay ni siquiera es capaz de admitir, por ejemplo, que lo que sufre la Venezuela de Maduro es una dictadura.

Para el caso del PC, luego de las elecciones han surgido voces que plantean si es posible que ese partido esté en vías de extinción. Es un razonamiento muy pobre, realmente, porque la verdad es que es evidente que el PC no es más aquel viejo partido gobernante mayoritario, pero también es obvio de que se trata de un actor clave en una porción del eje del 10% de los votos, que se traducen en el ejercicio real del poder.

El PC tiene sus problemas, tal como lo señalamos aquí (las consecuencias del portazo, n°6). Esta elección de setiembre los ratificó y sumó otro bien concreto: para 2025, el PC debe lograr encontrar formas electorales que colaboren con el triunfo de la coalición republicana en cada departamento. Pero, al mismo tiempo, ellas deben permitirle integrarse al poder local- departamental, de forma ciertamente minoritaria pero absolutamente necesaria si es que quiere mantener la llama encendida de la identidad colorada en regiones enteras en las que, definitivamente y dejados a la suerte de la polarización FA- coalición mejor representada por el lema PN, sus dirigentes locales están llamados en el futuro a votar siempre muy mal. Es por tanto un partido con desafíos importantes sí, pero está lejos de la extinción: sin el PC, su perfil propio, su aporte electoral específico, su sensibilidad política y su mirada particular del sentido de la responsabilidad del Estado, la coalición republicana no sería la misma y, sobre todo, no podría sostener sus expectativas fundadas de repetidos triunfos nacionales futuros.

Finalmente, CA mostró su enorme debilidad en tanto partido en esta elección de 2020. Ratificó que es Manini Ríos dependiente en lo esencial, lo cual en sí no parece ser ninguna novedad para nadie. Pero también hay que decir que al menos algunos de sus sectores ayudaron a jugar la carta del triunfo con el lema PN en lo departamental: fue el caso, sin dudas, de Rocha, ya que sin la alianza PN- CA la victoria del FA allí hubiera sido inevitable. Antes que marcar una nota intrascendente para un perfil de presencia legislativa local, muchos dirigentes de CA jugaron adelantadamente y con inteligencia política en favor de una coalición republicana de duradero porvenir. Pero, en todos los casos, el desafío de CA como partido es enorme, tal como ya lo expresamos aquí («Fábulas y verdades sobre Manini Ríos y Cabildo Abierto») y como quedó luego ratificado con las elecciones del 27 de setiembre.

El fin del ciclo electoral deja así un tiempo nuevo en la política del país en el que: 

* La izquierda ya no es el actor mayoritario de 2004- 2015 y queda con desafíos y dificultades electorales y políticas graves;

* La coalición republicana es un actor que llegó para quedarse, y muestra vigor electoral y capacidad política como para sostener en el tiempo la mayoría amplia que la ciudadanía le dio tanto en 2019 como en 2020;

* El PN terminó consolidado en su extensión territorial y en la multiplicación de sus gobiernos locales y departamentales, a la vez que tiene que mostrar ser capaz de liderar con capacidad de articulación la coalición republicana y la nueva configuración de intendencias departamentales, en las que ya no está llamado a dirigir en soledad, sino en armonía con los demás partidos de la coalición;

* PC y CA tuvieron resultados en setiembre de 2020 que ratificaron las dificultades de orden diferente que, cada uno de ellos, ya era claro que debían de enfrentar a la luz de los resultados de todas las elecciones de 2019.

Ahora queda que los análisis, las visiones y los comentarios que se ocupan de estos temas asimilen estos cambios y dejen de leer la realidad como si viviéramos en los años 90, o como si aún se extendiera entre nosotros la formidable hegemonía electoral del FA del período 2004- 2015. Esa década larga fue un período que, visto en perspectiva de largo plazo, significó un tiempo muy excepcional en la historia política del país, y que este ciclo electoral 2019- 2020 ha cerrado.


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