MARIELA MICHEL y FERNANDO ANDACHT / La realidad externa se me impone, luego existo. Ese podría un buen modo de reformular una idea fundacional de la modernidad y usarla como antídoto de una corriente de pensamiento actual muy difundida: tengo el poder de autopercibirme como se me cante. Esa consigna olvida o decide ignorar la fuerza de lo real para poner ineludibles límites a toda percepción.
ENSAYO
Cómo construir castillos en el aire, sin descuidar algo básico
¿Qué hay en la base de ese acto que lleva a algunas personas a percibirse, a identificarse o entenderse a sí mismos, como siendo del sexo opuesto al que nacieron o de una especie diferente? Hay un término que gravita cerca de esa tendencia tan difundida por los medios de comunicación en este siglo que cuenta con el prestigio de las ciencias sociales, desde los años 60 del siglo pasado e incluso un par de décadas antes. Hace ya varios años que el término ‘construcción’ – antes un habitante natural de la Facultad de Arquitectura – ha invadido otros ámbitos académicos y ha desbordado el hábitat de su significado original y hasta diríamos propio. A la hora de construir una vivienda, todo arquitecto tiene en cuenta que cada idea que proyecta remite a ciertos actos o pensamientos y no a otros. Eso implica que un constructor no puede diseñar cualquier proyecto solamente en base a sus concepciones mentales o a su irrestricta imaginación. Sus diseños deben tener en cuenta también y fundamentalmente los límites que la realidad – un ámbito distinto y externo a la subjetividad – imponen a sus “castillos en el aire’ (CP 6.286), cuando busca materializarlos. Según Peirce, el fundador de la semiótica, estos castillos imaginados son muy importante, pues toda obra palpable y sólida necesariamente comienza a partir de ellos. Sin embargo, no basta con esa aérea edificación. Luego, quien se dedica a realizar sólidas moradas debe lidiar con la realidad, que nunca es totalmente pasiva. Por ejemplo, un profesional que desea realizar una construcción determinada debe considerar la naturaleza de los materiales usados, y otros límites que lo real le impone, como el espacio disponible, las características del entorno, el suelo en el que se apoyará, así como las condiciones climáticas, y sin duda, el destinatario para quien construye su obra. Independientemente de Peirce y de su teoría sobre la acción de los signos, la semiótica, cualquier niño aprende sobre los límites de lo real, por ejemplo, cuando escucha el cuento de “Los Tres Chanchitos”.
Al explorar el entorno en el que crece, el niño se va dando cuenta de que si no respeta los límites que la vida le impone, puede sufrir graves consecuencias. Eso fue lo que le ocurrió al chanchito que construyó su casa con paja, y pensó que su construcción era sólida. La vida le enseñará a aceptar los límites del mundo externo a su voluntad subjetiva. El chanchito puede interpretar, luego de haberla construido, que su casa es hermosa, eso es indudablemente subjetivo. Pero, cuando quiere ‘construirla’, en el sentido metafórico y ahora popular de ese concepto, como si fuera una casa sólida y fuerte, la realidad simplemente no se lo permitió. Si se la desconoce, sus límites en tanto alteridad absoluta siempre consiguen manifestar ruidosamente su discrepancia y, en el cuento, la realidad se manifestó apenas el lobo dio dos grandes soplidos.
Construir o no construir, esa es la pregunta
Ya en 1999, en su obra The social construction of What, Hacking destacó el hecho de que la noción teórica de ‘construcción social’ que comenzó siendo interesante y productiva, perdió su sentido específico al ser aplicada a una multitud de trabajos académicos de modo indiscriminado, en contextos completamente diferentes. El concepto de ‘construcción social de la realidad’ fue propuesto por Berger y Luckmann en un libro clásico de 1966 que propone que nuestra interpretación de la realidad depende de las interacciones sociales, del lenguaje y de las creencias culturales. La crítica de Hacking no se dirige al concepto en sí, sino a su aplicación “universal”: “Ellos (Berger y Luckmann) no dijeron que nada podía existir si no era socialmente construido” (Hacking, 1999, p. 25).
El planteo original sobre esa clase de ‘construcción’, por lo tanto, no niega la existencia de una realidad externa en relación a los aspectos subjetivos de toda interpretación. Esta actividad humana reconoce la agentividad o autonomía del sujeto, así como también la posibilidad de una multiplicidad de interpretaciones de una misma realidad, pero deja lugar a la existencia de una realidad independiente de las interpretaciones que las distintas personas podemos hacer de un mismo fenómeno:
“Yo confirmo mi opinión de que las características [del tintero que Peirce está observando sobre su escritorio] son las que son y persisten en toda oportunidad en revelarse a sí mismas, sin importar lo que usted, o yo, o cualquier persona, o generación de personas pueden pensar que son.” (CP 8.144)
De ese modo, se llega a concebir el ámbito de lo objetivo, de lo que es externo, como todo aquello que resiste y persiste frente a la interpretación, a nuestra pura voluntad. En esta propiedad de todo fenómeno, la semiótica peirceana sustenta la posibilidad de nuestro acceso a la verdad: “Eso que cualquier proposición verdadera afirma es real en el sentido de ser tal como es independientemente de lo que usted o yo podemos pensar sobre eso” (CP 5.432). Los chanchitos del cuento aprendieron finalmente que no podían construir arquitectónicamente una “casa sólida” solamente a partir de una ‘construcción mental’. Ellos debían además tener en cuenta los factores externos, que son independientes con respecto a aquello que su mente podía simplemente pensar.
Si desconocemos los límites de lo real, nos puede pasar lo mismo que al chanchito 1 y también a su hermano, el chanchito 2, que construyó su casa de madera. Vamos a estar muy satisfechos con nuestra construcción subjetiva, hasta que el viento de la realidad objetiva nos la lleve por delante. Sus casas de paja y de madera volaron en pedazos a causa de los fuertes y continuos soplidos del lobo. Sus habitantes quedaron desamparados, hasta que debieron huir y refugiarse en la casa de su otro hermano, que fue mucho más cauto. El chanchito 3 sí fue precavido a la hora de construir su casa con materiales sólidos, pero sin construir en el sentido de interpretar de modo arbitrario la realidad exclusivamente desde su subjetividad.
No obstante, este planteo de la semiótica no desconoce un tercer ingrediente de la experiencia humana y de su interpretación, además del pensamiento y de los férreos límites de lo real en cuanto existencia objetiva, que resiste todos nuestros intentos por ignorarla. Nos referimos a la imaginación humana, a un rasgo libérrimo que es constitutivo de nuestra subjetividad:
Hay una cierta agradable ocupación de la mente […] Pues no implica ningún propósito salvo el de dejar de lado todo propósito serio. […] De hecho, es el Puro Juego. Ahora bien, el Juego, como todos sabemos, es un vivaz ejercicio de los poderes de cada uno. El Puro Juego no posee reglas, excepto esta misma ley de la libertad. Sopla donde quiere. […] Puede adoptar ya sea la forma de la contemplación estética, o la de construir castillos lejanos. La llamaré ‘Derrape imaginativo’ (‘Musement’) en general. (CP 6.458)
Precisamente, es en nuestra imaginación que la identidad humana puede deslizarse mediante ese derrape imaginativo sin fronteras. Por ejemplo, tengo la posibilidad de “volver a los 17, después de vivir un siglo,” e imaginarme siendo “tan frágil como un segundo”, y hasta ser capaz de “sentir profundo como un niño frente a Dios”, tal como le sucedió a la poeta chilena Violeta Parra, y a todos los que nos sentimos identificados con su poesía. Esa es una de las funciones tradicionales del arte en todas sus manifestaciones: habilitarnos a imaginar o a soñar con un posibilismo que excede lo existente, y que por ende nos permite ampliar el rango de la experiencia. Pero esa clase de “autopercepción”, si es que la podemos llamar así, cuando nos desplazamos al plano de lo terreno, concreto, está seriamente limitada por la realidad corporal de los 71 años de uno de los autores de este ensayo, que le impiden hacer las piruetas físicas que hacía cuando el orden de los números 7 y 1 estaba invertido.
Pero no cabe duda de que con el término ‘construcción’ nos encontramos ante una propuesta que entusiasma y mucho, pues le da un enorme protagonismo a la subjetividad. Si nos adherimos a este tipo de pensamiento, no teneos inconveniente alguno en admitir que es el sujeto quien tiene la posibilidad de crear: son sus manos las que moldean la arcilla, y es el ámbito de lo objetivo, de lo material-externo el que, pasivamente, recibe la forma deseada. ¿Quién no querría ser percibido como un centro desde donde irradia la creatividad? ¿Quién pondría en duda que los bellos versos musicalizados por Violeta Parra son el fruto por el cual hoy la conocemos? Quizás sea ese entusiasmo legítimo el que impulsó esa sobreabundancia de frases que contienen el término ‘construir’ con la consiguiente desaparición casi total del término ‘interpretar’. Si todo se construye, directamente se podría usar la expresión “la construcción de la realidad”, que lisa y llanamente todo lo abarca. Tampoco cabe la menor duda de que esta propuesta es empoderante. Parecería entonces que, en tanto constructor del sentido, el ser humano desde su subjetividad puede moldear la realidad como si fuera la dócil arcilla en manos de un artista, como parece decirnos este célebre precursor del construccionismo social:
En nuestra vida cognitiva así como en la activa somos creativos. Nosotros AGREGAMOS, tanto al sujeto como a la parte del predicado de la realidad. El mundo se presenta como realmente maleable, a la espera de recibir sus toques finales de nuestras manos. Como el reino de los cielos, sufre de buen grado la violencia humana. El hombre ENGENDRA verdades en él. (William James 1987 [1907]: 599 – énfasis en el original).
“No, no, eso no es así”, dice con indignación una voz de nuestra consciencia. Es tan entusiasmante la propuesta construccionista de una libertad ilimitada, que dejamos de lado nada más ni nada menos que la experiencia de varios artistas plásticos con los que varias veces uno de nosotros conversó, cuando trabajaba en talleres de libre expresión. La arcilla se deja moldear, es cierto, pero sólo hasta cierto punto. Los materiales también tienen su propia expresividad, solían decirme ellos, no son inertes. Lo mismo sucede cuando se trabaja con la madera, el vidrio o el metal: cada materia impone su idioma. Veamos cuál es el comentario que en un diálogo imaginario con su colega y amigo William James, pensamos que haría Peirce en base a sus escritos:
“Lo que llamo ‘tintero’ es un percepto generalizado, casi una inferencia a partir de perceptos; tal vez podría decirse que es una fotografía compuesta de perceptos. En este producto psíquico interviene un elemento de resistencia hacia mí, del que soy vagamente consciente desde el principio. Posteriormente, cuando acepto la hipótesis de un sujeto interno para mis pensamientos, cedo frente a esa conciencia de resistencia y admito que el tintero tiene la condición de un objeto externo. Más tarde aún, puedo poner esto en duda. Pero tan pronto como lo hago, descubro que el tintero aparece allí a pesar de mí. Si aparto la vista, otros testigos me dirán que sigue ahí. Si todos salimos de la habitación y descartamos el asunto de nuestros pensamientos, una cámara fotográfica mostraría que el tintero sigue ahí, con la misma redondez, brillo y transparencia, y con el mismo líquido opaco en su interior. Así, o de otro modo, me reafirmo en la opinión de que sus características son las que son, y persisten en cada oportunidad en revelarse, independientemente de lo que tú, o yo, o cualquier persona, o generación de personas, podamos pensar que son. Esa conclusión a la que me veo empujado, por mucho que luche contra ella, la expreso brevemente diciendo que el tintero es una cosa real.” (CP 8.144)
Entonces, si quisiéramos usar el concepto de “autopercepción” de modo lícito, razonable, éste debería ser pensado como siendo inseparable de la auto-interpretación, y en tal caso, no tendríamos que elegir: podemos y debemos preservar tanto la subjetividad como la objetividad, pues ambos elementos componen nuestra experiencia del mundo que nos rodea a la hora de percibirlo e interpretarlo. Dentro de esa concepción, cabe incluir a los adultos, así como a las infancias y las adolescencias, pero sin la necesidad de usar ese extraño plural tan en boga, para supuestamente preservar la diversidad, porque toda subjetividad posee la característica de ser única e irrepetible.
La realidad externa se me impone, luego existo
Uno de los grandes temas y de los más difíciles cuando hablamos de educación y de desarrollo infantil es el de los límites. Quizás no parezca evidente, pero ese asunto tan práctico, tan cotidiano está estrechamente relacionado con un problema teórico en apariencia muy distante de la vida cotidiana como lo es de la diferencia entre interpretación y construcción de la realidad. Desde la línea teórica de este ensayo, que es la semiótica de C. S. Peirce, consideramos que ni siquiera es necesario el concepto de ‘construcción’ y, más aún, que esta noción produce más confusión que claridad. El principal problema con el uso del concepto de ‘construcción de la realidad’ en vez del de interpretación de la realidad es que dentro y fuera de los ámbitos académicos se ha producido una radicalización de éste que termina por negar lo que Berger y Luckmann (1966) no negaron, a saber, la “existencia” de una realidad externa a la construcción social o mental que se hace de ella en cada sociedad. Formulaciones como la perspectiva de género aplican el concepto de ‘construcción de la identidad’ en su sentido más radical, y lo hacen para justificar el desconocimiento o negación de la realidad biológica, como lo planteó Fernando Andacht en un ensayo de esta revista. Nuestra base biológica termina por ser excluida de la identidad humana, porque al suprimir o minimizar la relevancia del sexo biológico, el proceso de interpretación se vuelve arbitrario, pierde su vínculo existencial con lo real, tal como se puede leer en este resumen realizado por la IA en Google:
“La identidad de género es una construcción social, cultural y psicológica compleja, no determinada biológicamente. Se entiende como ‘arbitraria’ al ser un producto performativo y colectivo que varía según el contexto, desnaturalizando los roles binarios impuestos (hombre/mujer) y permitiendo la autoidentificación, que puede o no coincidir con el sexo asignado al nacer.”
El adjetivo “arbitraria” se explica justamente porque esa perspectiva no reconoce ningún tipo de límite a la construcción identitaria, se trata apenas de una construcción mental. Una ilustración de esta tesitura aparece en esa frase final, que actualmente pasa casi desapercibida: “el sexo asignado al nacer”. Con esa frase se da por sentado que lo que la naturaleza impuso es algo asignable, arbitrario, antojadizo, subjetivo. Podemos imaginar una sociedad en la que el recién nacido deba pertenecer a determinada religión para poder ser parte de esa comunidad. En tal caso, ese rasgo identitario sí sería algo “asignado al nacer”, porque serían sus padres quienes lo deciden en un acto voluntario y arbitrario, que no incluye la consulta a ese flamante ser humano. Así como un simple tintero se resiste a ser ignorado, mal que le pese a quien así lo deseara, el sexo biológico de quien llega al mundo se impone a todos, al médico, a los padres y por supuesto a ese bebé. Si parafraseamos ligeramente la descripción de lo real que da Peirce, diríamos que se trata de “la conclusión a la que me veo empujado, por mucho que luche contra ella, la expreso brevemente diciendo que el [recién nacido] es una cosa real.” Lo real es lo que nos resiste a todos por igual.
Es imposible aquí, por un tema de extensión, dar una fundamentación exhaustiva sobre estas afirmaciones basadas en este modelo semiótico. Para una explicación teórica más extensa remitimos a un artículo que escribimos sobre el sí mismo y la auto-interpretación (Andacht y Michel, 2005). Esperamos que la discusión que sigue del proceso de interpretación de la identidad nos permita justificar en cierta medida la conclusión a la que queremos llegar. Intentamos argumentar que los fenómenos identitarios que se describen como el resultado subjetivo de la “autopercepción”, por ejemplo, los relativos a identidades de género o raciales, o a una identificación total o parcial con otra especie, como es el caso de los Therians, son todos procesos auto-interpretativos y en tanto tales, no pueden desconocer lo que se impone desde el ámbito de la realidad externa, sin asumir riesgos muy importantes para la salud física o mental.
Todo el proceso de desarrollo psicológico a partir del nacimiento es un gradual aprendizaje y conocimiento de la existencia de un ámbito externo que se opone a las fantasías de omnipotencia infantil. Es más, la realidad no solamente no es inerte, sino que ese NO que nos plantea con tanto vigor, cuando la queremos ignorar o negar, constituye la única forma en la que podemos llegar a tener consciencia de nuestra propia subjetividad. Sin ese límite vital, no somos nada o, mejor dicho, no somos nadie, o mejor dicho aún, no tendríamos siquiera consciencia de quienes somos, en otras palabras no tendríamos autoconsciencia.
Desde el punto de vista psicológico, empezamos siendo parte de un “primer universo” en que la “matriz” de la identidad es total e indiferenciada (J. L. Moreno, 1946) es decir, no existe discriminación entre sujeto, objeto, o mundo interno y mundo externo. No hay yo, no hay otro. Estamos en lo que el psicoanalista uruguayo Héctor Garbarino describió como “vivencia oceánica”. En ese universo indiferenciado, donde el bebé que tiene hambre fantasea con el pecho, y tiene la ilusión de que, de algún modo, lo crea o es parte de él cuando ese sustento aparece. D. W. Winnicott describió como “proceso de ilusión-desilusión” (1971/2007) una etapa en la cual que el niño va reconociendo que existe un mundo externo a través de las imperfecciones de respuesta de una madre “suficientemente buena”. Ningún niño necesita una madre perfecta, sino simplemente una madre que actúe en función de su deseo de protegerlo, pero aceptando su naturaleza humana. Son las imperfecciones humanas las que generan pequeñas frustraciones en la experiencia inicial de continuidad corporal cálida y gratificante del bebé. De modo progresivo, envuelto en el manto protector materno, a medida que sobrevienen esos pequeños NO de la vida, éstos van limitando las fantasías de omnipotencia del bebé, cuando manifiestan la presencia de un ámbito externo que es algo indómito, pero muy interesante, y finalmente, revelan la existencia de un ámbito interno no menos relevante.
Dos conclusiones se pueden extraer de este breve relato de la primera experiencia infantil asociada al desarrollo identitario:
a) El ámbito externo es anterior en el proceso evolutivo a la consciencia de un yo, y en función de su condición de ejercer resistencia es el que comienza a estructurar la autoconsciencia o la consciencia de un sí mismo o self.
b) Desde el principio, los límites no los inflige arbitrariamente la madre, ni el padre, sino que éstos se le imponen a ellos también por su condición humana. Sin embargo, lejos de constituir un estorbo para el desarrollo, estos límites son estructurantes de la identidad.
De allí en adelante, el poner límites será exitoso o no, en la medida en que los padres o educadores logren transmitir al niño genuinamente las restricciones a su omnipotencia con las que la vida, la naturaleza, la convivencia, la biología, en suma, la realidad externa nos enfrenta a todos. El cansancio, los errores sobrevienen a los padres de modo independiente de su voluntad, y actúan como los primeros pequeños límites para su bebé. Con esas restricciones, no solamente empieza a manifestarse la realidad, bajo la forma de alteridad, sino también el mundo interno, bajo la forma de subjetividad hasta que la emergencia del “yo” se convierta en su trofeo. Por eso, la expresión ‘poner límites’ nos parece algo inadecuada, porque nos lleva pensar que los adultos inventamos, creamos, de modo arbitrario esos límites que luego les ‘ponemos’ a los niños, cuando lo que en realidad sucede es que nos limitamos a comunicarles la experiencia de nuestra impotencia frente a ellos. Cuando los límites son “puestos” de modo arbitrario, lo más probable es que sean desobedecidos apenas pueden hacerlo, en cambio cuando les imponemos un NO con base en una limitación real, aún si fuera relativo a algo personal como el cansancio, si se lo explicamos, en general lo entienden y respetan fácilmente.
Therians y trans o la ausencia radical del falibilismo
El ámbito de la psicología no es una excepción a la proliferación de frases relacionadas a la construcción, ya sea de lo real o de la identidad. Es cierto que la utilización de ese término se realiza de modo metafórico, y que el objetivo de la analogía es destacar justamente el rol de la imaginación, del pensamiento y de la subjetividad en la interpretación. Lo que se busca jerarquizar así es que la interpretación no es un acto que realizamos de modo pasivo, es decir, no nos limitamos a reproducir lo que observamos como si fuéramos autómatas. Por eso, frases hoy tan comunes como el cuerpo es una construcción buscan transmitir una idea de libertad asociada a la ‘agentividad’ (agency) de quien interpreta. El término ‘construcción’ se presta de maravillas para resaltar el rol del agente. Difícil encontrar a alguien más activo que un constructor ni más creativo que un diseñador. La unión de la acción y de la creación tiende a asociarse exclusivamente a la subjetividad. Pero vamos a argumentar aquí que esta tendencia conlleva una ilusión de omnipotencia similar a que la que experimentamos al inicio de nuestras vidas, una fantasía que debe en algún momento comenzar a dialogar con la realidad, con la alteridad. En definitiva, nos referimos al ámbito externo, que se manifiesta por su resistencia a la arbitrariedad subjetiva. Como si fuéramos un niño que psicológicamente no se desarrolla, dejaríamos de distinguir entre fantasía y realidad o, en otras palabras, sufriríamos lo que se conoce como psicosis.
Sin duda, la subjetividad, la imaginación y la creatividad ocupan un lugar protagónico en el desarrollo identitario. Desde el origen del bebé a partir de dos seres diferentes, sabemos que su constitución biológica garantiza que será un ser único e irrepetible. Esta singularidad se manifiesta desde el nacimiento; sólo así es posible explicar que el bebé sea capaz de responder de modo adecuado a un entorno totalmente nuevo gracias a su espontaneidad apenas sale del útero, es decir, sin que nadie se lo enseñe. Ese encuentro victorioso con la alteridad que significa el mundo externo y las personas que lo rodean constituye la fórmula mágica de la que emerge la creatividad. Pero para que haya un encuentro, tiene que haber dos componentes al menos: el ser humano singular por un lado y, por el otro, la alteridad del mundo que a través de su resistencia le ofrece la posibilidad de un diálogo que lo constituye. El ámbito subjetivo y el objetivo son las dos caras de la moneda. Cuando emerge la autoconsciencia, siempre tiene dos facetas, la que registra el ámbito externo y la que observa el ámbito interno. A eso remite la siguiente descripción semiótica del surgimiento del sí mismo, que es inseparable del falibilismo, es decir, de la posibilidad de aprender a partir de nuestros errores, para mejor adaptarnos al mundo, y sobrevivir en nuestra interacción con la realidad:
Un niño escucha decir que la estufa está caliente. Pero no lo está, dice él; y, en verdad, ese cuerpo central no lo está tocando, y sólo aquello que lo toca está caliente o frío. Pero él lo toca, y encuentra la confirmación de ese testimonio de un modo impactante. Así, él se vuelve consciente de la ignorancia, y es necesario suponer un sí mismo (self) donde esta ignorancia pueda residir. De ese modo el testimonio aporta el primer atisbo de auto-consciencia.” (CP 5.233 – énfasis en el original)
En esta cita, Peirce no plantea una visión negativa de la identidad humana. En vez de una visión nihilista del sí mismo, de nuestra humana identidad, Peirce nos propone la función positiva de la imperfección en el desarrollo humano. El semiótico expone así la centralidad del falibilismo en nuestra vida: “la teoría de que nuestro conocimiento nunca es absoluto sino que siempre nada en un continuo de incertidumbre e indeterminación” (CP 1.171). Falibilista es su concepción de la interpretación de los signos, la cual llevamos a cabo de modo simultáneo a toda percepción.
El lugar del cuerpo en la identidad
En la teoría semiótica, se considera externo todo aquello que resiste a la voluntad subjetiva. Lo que distingue el mundo externo del interno no es que el primero se encuentre fuera de los límites de la piel, sino que, al igual que el tintero de Peirce, lo que lo vuelve ‘externo’ es su resistencia a mi voluntad, por ejemplo, la de no verlo, y persiste aunque sustraiga mi mirada de él o lo olvide. Un dolor de cabeza es experimentado de modo subjetivo en cuanto al sentimiento correspondiente a esa sensación física, pero es externo en la medida en que se me impone, a pesar de mi voluntad.
La interpretación que hago de mi propio cuerpo es también el fruto del encuentro de la subjetividad con el ámbito objetivo. Si quisiéramos negar esta relación dialógica, cuando se dice, por ejemplo, que el cuerpo es una construcción, lo que se pone en grave riesgo es la salud mental y física de quienes pueden estar bajo la influencia de esa afirmación, ya sea en un ámbito educativo o doméstico. Una consecuencia nefasta para el desarrollo de una persona que sufre anorexia es que la noción de ‘construcción del cuerpo’ podría llevar a negarle la asistencia, o a descuidar su grave problema. La atención adecuada de quien sufre anorexia depende vitalmente de que no construyamos su cuerpo de modo arbitrario, sino en función de los valores que su examen médico revela. Esos valores resisten a toda voluntad de auto-percibirse como obesa o como alguien con un cuerpo saludable. Importa que quienes la rodean le transmitan ese NO que su cuerpo intenta comunicarle cuando le dice “NO sos gorda”, a pesar de que ella frente a la imagen de delgadez extrema que le muestra el espejo, insista en ‘construirlo’ como “un cuerpo obeso”. Como ocurre con el niño que quiere tocar la estufa caliente, en el ejemplo de Peirce, nuestra responsabilidad y deber es darle a esa persona el testimonio de una realidad externa que se nos impone también a nosotros, a los adultos o cuidadores.
Y de este modo, hemos llegado al polémico caso actual de las identidades transgénero y Therian. ¿Debemos respetar su derecho a autopercibirse o a únicamente identificarse en función de su subjetividad?
La respuesta que parecería ser la más, si la abordamos desde la perspectiva de los derechos humanos es: ¿y… por qué no? ¿Quiénes somos nosotros para negarle a alguien el derecho a tener una “vivencia interna o individual” determinada? Según el buscador de Google, “la identidad transgénero o trans” se define del siguiente modo: “la vivencia interna e individual del género de una persona, la cual no corresponde con el sexo asignado al nacer.” Cabe menciona que incluso existe una ley dictada para proteger el derecho a la “identidad de género” (Ley # 19684).
El problema es que desde ninguna teoría del desarrollo de la identidad se puede considerar que “una vivencia interna o individual” es realmente una identidad. Muchas veces se justifica esta definición en base a una radicalización extrema del concepto de ‘construcción de la realidad’, que de hecho es diferente a la noción original citada antes. Pero esa radicalización significa que no estamos ante una interpretación, ni ante una ‘construcción’ de la realidad, sino ante una lisa y llana negación de la realidad. Cuando se habla de “sexo asignado al nacer”, según lo proclama la perspectiva de género, el sexo biológico no es concebido ni en el ámbito interno ni en el externo de las personas a las cuales el sexo supuestamente se le asignaría (sic). Una vivencia interna individual de esa clase es muy similar a la que tiene el bebé cuando tiene hambre e imagina el pecho, él fantasea que su vivencia interna es capaz de crear de modo omnipotente la realidad. Pero en esa etapa tan temprana de indiferenciación entre fantasía y realidad, no podemos hablar aún de una identidad. Por ende, no es factible desde ninguna teoría del desarrollo afirmar que una vivencia interna individual es una identidad propiamente dicha. Se trata simplemente de eso, de una vivencia interna individual.
En su historia familiar, uno de nosotros tuvo una tía paterna que fue diagnosticada con esquizofrenia, pero nunca percibió la patología de su pariente, hasta el día en que su padre falleció. En ese momento, esa tía se enojó mucho con su cuñada, porque tenía la convicción de que su hermano estaba vivo y que ella lo tenía encerrado en un armario. No hubo forma de convencerla de lo contrario, justamente porque era una “vivencia interna”. ¿Ella tenía derecho a tenerla? Pensamos que sí. Quizás eso la ayudaba a atravesar ese momento muy penoso. Quien había perdido a su esposo le otorgó el derecho a negar tenazmente su desaparición física, y más adelante fue quien la acompañó, cuando finalmente enfermó físicamente hasta su lecho de muerte. Ese ejemplo muestra claramente que la pregunta correcta o empática no es si alguien tiene derecho o no a tener una vivencia interna, individual. Esa negación de la realidad, que fue lo que le ocurrió a ese familiar, cuando llegó a perder contacto con lo real, fue un elocuente signo de su gran sufrimiento. Precisamente, fue ese dolor lo que la indujo a quedar encerrada en su mundo interno, y a confundirlo con la realidad.
Volvamos a la interrogante sobre si la autopercepción es un derecho que debe ser reconocido universalmente. Como afirma un especialista en la semiótica de Peirce (Ransdell, 2007), toda percepción –lo que incluye la percepción de sí mismo o autopercepción– es a la vez directa, es decir, responde a los cinco sentidos de los que estamos dotados, y mediada, posee un componente interpretativo. No sólo vemos, oímos, olfateamos, tocamos y degustamos, sino que al hacerlo, ya entramos sin solución de continuidad, en el universo interpretativo. El ser humano no puede no tratar de entender, de interpretar lo que percibe por sus sentidos, y siempre lo hace con un grado de incertidumbre, en eso consiste el falibilismo, en la posibilidad de equivocarse y también de aprender de esos errores, como le ocurrió al niño con la estufa.
En el fenómeno de los Therians, e incluso en el de las personas trans, hay un rasgo en común con el caso de esa tía que negaba la realidad tal como lo relatamos arriba. Pero a diferencia de ese episodio familiar, este otro fenómeno involucra de modo central y decisivo la autopercepción. Al igual que ocurre con las personas que sufren anorexia, su autopercepción está relacionada con el ámbito corporal, es decir, ella se encuentra acotada por la resistencia obstinada de lo externo. A pesar de que sea “mi cuerpo,” y de que la subjetividad me permita observarlo desde su interioridad, no deja de ser un territorio sobre el cual tengo un poder limitado. La naturaleza ha obrado antes de mi voluntad, y esa realidad como exterioridad actúa de forma permanente, nos interpela e incluso se opone a nuestros planes, por ejemplo, si un fuerte dolor de cabeza nos impide realizarlos.
Alguien que se percibe y/o considera a sí mismo como siendo de otra especie que la humana – aunque sea una identificación parcial – o de otro sexo que el que tiene su cuerpo al nacer, aunque no lo sepa comparte la idea de lo que una filósofa feminista (Oliver, 1989, 147) denomina “la construcción de la absoluta autoridad de la naturaleza recalcitrante”, algo que, ella sostiene, estaría vinculado al ubicuo y negativo poder del patriarcado. Desde el punto de vista psicológico y desde el semiótico, la percepción en tanto exploración objetiva y subjetiva del mundo, no puede prescindir de ninguno de sus dos componentes, a riesgo de desvincularse de la realidad, y caer en el solipsismo, en el delirio. Habría así un antagonismo hacia la autoconsciencia, hacia el hecho de que posee dos caras: el ignorar o negar “la recalcitrante naturaleza” (Oliver, 1989) implica un retorno o regresión a la ilusión omnipotente del recién nacido, a su vivencia oceánica.
En conclusión, la pregunta correcta a hacernos, no es si esas personas llamadas Therians y trans tienen o no derecho a percibirse a sí mismos como tales, sino si esa negación, construcción o percepción negadora de la realidad es beneficiosa para su desarrollo, y para su bienestar, que es el ingrediente clave para definir el estado de salud. Estas identidades comienzan a manifestarse en general en la infancia. Eso supone que los adultos tenemos una importante responsabilidad. Sabemos que el testimonio de los adultos para el niño frente a la estufa encendida es fundamental para su salvaguarda, y para el desarrollo favorable del sí mismo, por eso, como adultos debemos evitar caer en la omnipotencia. El aceptar los límites de lo real significa poder crecer en armonía con los aspectos recalcitrantes de la naturaleza, pero también con sus dones, entre ellos la vida, sin minimizar por ello el falibilismo, el aprendizaje de la experiencia a partir de nuestros inevitables errores. Respaldar el desplazamiento a una identidad que está inequívocamente reñida con lo real, con la naturaleza, apelando a una construcción social arbitraria, no produce liberación, sino que aumenta el sufrimiento en ese niño, que por alguna razón válida experimenta una disforia. Nuestro deber no es apoyar su fantasía omnipotente, sino apoyar al niño en su búsqueda identitaria, que, por definición, consiste en una subjetividad y una objetividad en diálogo abierto y permanente.
Referencias
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