ALDO MAZZUCCHELLI / Mientras los «analistas internacionales» confunden a Trump con sus enemigos jurados, olvidando las dinámicas políticas que trajeron al mundo a este punto de quiebre, el globalismo que parecía derrotado podría estar a punto de aumentar su poder nuevamente en Estados Unidos, gracias a la ayuda de una figura clave que no es de su bando: Trump

Alastair Crooke, uno de los analistas de Medio Oriente más calificado -en mi opinión, el más calificado en la actualidad- ha mencionado, en reciente entrevista con Chris Hedges, que sigue con mucha atención la prensa en hebreo que se publica en Israel. No la prensa en inglés de donde habitualmente se reproducen contenidos. Y en base a ese seguimiento, más otras fuentes, afirma que cuando Netanyahu estuvo en Mar a Lago en los últimos días de 2025 (28 y 29 de diciembre), el contenido esencial de su conversación con Trump fue la que describimos a continuación. Netanyahu le habría dicho a Trump que no es la cuestión nuclear, sino el renovado sistema de misiles y defensa antiaérea que Irán viene montando desde junio de 2025 el que es alarmante para Israel. Y que Trump debía intervenir ya, para destruir ese sistema. Porque si no lo hacía, en poco tiempo ni EEUU ni Israel iban a ser capaces de penetrarlo, debido a la sofisticación que estaba alcanzando.
Luego, Netanyahu amenazó a Trump, diciendo que no intentase un nuevo acuerdo nuclear con Irán. «Yo soy el que da el certificado kosher para eso» -esa habría sido la expresión exacta usada por el israelí. Por otro lado, agregó, «si ustedes no atacan, nosotros atacaremos. Y ahí te quiero ver no sumándote a nuestro ataque. ¡Por supuesto que te vas a sumar!»

¿Por qué el relato de Crooke es verosímil, y persuasivo? Para entenderlo, es preciso ir un paso más allá del nivel básico de análisis que, desgraciadamente, predomina y se ha vuelto habla popular. Parte de ese habla popular es ignorar el elefante en el salón: Trump, por más que se lo pueda considerar personalmente como un narcisista psicópata, un ignorante, o varios calificativos más -y todos le calzan muy bien-, no es la representación del globalismo dentro del estado profundo norteamericano, sino que llegó al poder como el mal acomodado líder visible de quienes, dentro del pueblo norteamericano, se resisten al globalismo y sus agendas. El globalismo norteamericano, británico y europeo, representado por la gente de Davos, de la City de Londres, de Wall Street, está en una lucha con la emergencia que el segundo gobierno Trump ha representado. El gobierno Trump es un caos contradictorio, porque en él conviven dos tendencias en lucha a muerte. La primera presidencia de Trump fue fácil para sus enemigos globalistas. Prácticamente todo su equipo estaba comprometido, o no tenía poder, o era totalmente principiante en el pantano de Washington, y no sabía donde estaba parado. La manipulación política/mediática, y el estado de excepción que vinieron con la «pandemia», mostraron un rasgo de la debilidad de carácter (e inflación de ego) de Trump, que ahora vemos amplificado: Trump, cuando no puede contradecir a sus enemigos, intenta mostrarse como superior a ellos abrazando su causa y bravuconeando en primera fila.

En ocasión de Covid, cuando todos los grupos manipulados por ONG y siniestras agencias de tres letras reunían multitudes, incendiaban las calles y derribaban estatuas, al tiempo que se prohibía cualquier otro tipo de reunión «por el riesgo de contagio», Trump -luego de haber sido derrotado mediáticamente cuando intentó imponer discursos contrarios a la ortodoxia covid (hidroxicloroquina, ivermectina, escasa peligrosidad real del virus, etc), decidió presentarse como el que había liderado la operación «Warp Speed» que puso en el mundo las letales «vacunas» de Pfizer y Moderna. Sus enemigos hicieron la pandemia y las vacunas, y Trump las avaló y aun propagandeó. Todo ese caos y esa debilidad, abrió el camino a uno de los más grandes fraudes electorales que se han visto en el último siglo. Luego de eso, el globalismo intentó liquidar políticamente a Trump por vía judicial.

De alguna forma, varios grupos de peso en Estados Unidos (Big Oil y Big Tech, más real estate, como los tres principales) se reagruparon nuevamente detrás de Trump, percibiendo que era la única figura que tenía votos como para tener chance en una nueva etapa. Mientras tanto, el globalismo totalmente desatado y sin control provocaba la guerra en Ucrania, redoblaba su discurso sanitario, e intentaba imponer la calentología como dogma futuro para reforzar sus negocios megamillonarios de «energías alternativas». Nunca hubo tanto dinero para sexualización de niños y prensa cool-globalista para ignorantes jóvenes que abandonaron la lectura.

La guerra de Ucrania de ninguna manera fue como los globalistas esperaban. Y luego de robar cantidades inconcebibles de dinero tras el paraguas «Zelenski», y Luego de intentar asesinarlo dos veces, los globalistas, debilitados tácticamente, tuvieron que volver a entregar el gobierno a Trump, que volvió reforzado por una base multiplicada. Esa base, «MAGA», compró un discurso de aislacionismo y nacionalismo renovado, con mensajes nostálgicos sobre un supuesto retorno a la grandeza industrial americana, frenar y revertir el crecimiento de China, y liquidar las zonas más resistidas del programa globalista en salud y energía.

Trump, en su segunda presidencia, ha tenido ahora que operar enfrentando una guerra mucho más intensa por parte de la facción globalista del deep-state de lo que había tenido que enfrentar antes. ¿A qué me refiero por esa facción? A quienes escriben los documentos de estrategia, continuadores evidentes del neoconservadurismo de los años 90. A quienes creen que el único futuro posible para Estados Unidos consiste en mantener guerras permanentes para conseguir más y más recursos ajenos, y continuan con la concepción de un país que debe imponer al globo sus valores, creencias, modos de vida, usos del tiempo, materialismo y ateísmo tecno-metafísico.
Para ese grupo, la utopía moderna sigue viva, y consiste en «liberar» -es decir, eliminar límites- en todos y cada uno de los campos de la existencia, considerando que todo es materia, azar, ganancia.

Siendo el presidente, pero teniendo ese estado profundo a sus espaldas que aun es, en buena medida, construido y dirigido por esa ideología neoconservadora-globalista, Trump no parece haber tenido demasiadas opciones. Pudo colocar a algunos de sus ministros «MAGA» en algunos lugares, pero desde el primer día se advirtió: el gabinete de Trump es globalista y antitrump. La mayoría son halcones del mismo tipo que lo eran los de los 90, y la política que van a intentar es la misma de siempre, la que está escrita en el National Security Strategy y similares: invadir, destruir, acosar. Es el único lenguaje que conocen.

Es lo que están haciendo. ¿Por qué? Porque ahora, con Trump (aparentemente) en el timón, el que pagará los platos rotos de los disparates en que lo embarca una política exterior calculada para agravar los conflictos, es Trump. Una intervención donde EEUU no tiene mucho que ganar inmediatamente, encabezada por un presidente que ganó su cargo hablándole a grandes masas americanas de pacificación, aislacionismo, y retorno al comercio y la competencia, no es lo que ese presidente querría, ¿Verdad? Mucho menos cuando viene el medio término y el globalismo prepara su contragolpe.

¿Qué se hace, pues? Obligar a ese presidente a entrar en guerra. Es lo que hizo Netanyahu el 28 y 29 de diciembre de 2025, y al atacar a Irán ahora el 1 de marzo. No porque sea «Israel» el que dicta la política exterior norteamericana: es el globalismo y el estado profundo, que siempre fueron una operación fuertemente basada en la teología mesiánica de los sectores ultraderechistas israelíes y sus colegas ultramontanos norteamericanos. Son ellos quienes firman los white paper que, desde hace 40 años, vienen guiando a Estados Unidos en su civilizatoria decadencia, y empujando a Occidente más y más al borde de su abismo. ¿Por qué Trump entró? Porque a Trump le vendieron una coincidencia: en el diseño de la política estratégica del deep state de siempre, Irán es la clave del supremacismo americano-israelí en el mundo y la región, respectivamente. Y en la lucha «trumpista» por limitar a China, Irán es también llave estratégica. La liquidación de Irán podría haber parecido un «win win» tanto para el ignorante, débil y comprometido presidente norteamericano, como para sus enemigos globalistas que controlan el estado profundo desde el comienzo.

Despejado Trump -lo que es inminente, de un modo u otro-, desanimado MAGA, dispersados los bloques de resistencia, es probable que venga el contragolpe globalista. Y todo eso generará una fuerza igual y contraria que a su tiempo se manifestará. Trump no es la batalla final: es el modo fallido de una resistencia que está aun rehén del pasado, que se jugó a la nostalgia de una modernidad ya imposible, que sigue sin renovar sus categorías y, por ende, aun no entendió lo que se juega. Ni tampoco -por años y años de comodidad- se atreve a estar a la altura espiritual del desafío.