ALDO MAZZUCCHELLI / El típico woke tiene como uno de sus artículos de fe el «antiespecismo». Se trata de una postura ética y política que rechaza el especismo, es decir, la discriminación hacia seres no humanos basada en su especie, considerando que toda vida tiene el mismo valor y los mismos derechos fundamentales. Esta benévola actitud de protección a todos los seres sintientes tiene, en su base, precisamente una ortodoxia teológica cuyo principio fundamental es materialista y empirista: lo que conocemos del mundo lo conocemos a través de los sentidos. Por tanto, todos los seres dotados de órganos sensoriales son, en eso, como nosotros, descontadas las diferencias perceptivas particulares. Hay, por supuesto, variantes más «espirituales» de esto, conectadas con la idea de que las almas de los seres reencarnan en distintas especies. Pero normalmente esta es una postura minoritaria, mientras que el woke ideologizado detesta cualquier costado de la existencia que no chequee en la ortodoxia científica oficial -es decir, evolucionista y materialista, con un fuerte componente prometeico de «no existe Dios: nosotros somos dioses capaces de crear todo a nuestra imagen y semejanza».
Al tratarse de una postura materialista, o bien descuenta el alma entendida como autoconciencia innata del ser humano (y sólo del ser humano) respecto del bien y del mal, o bien convierte al alma en simplemente «capacidad de percibir y sentir». Esta última capacidad puede ser atribuida por igual a animales y a humanos. La primera no. El problema con todo esto pareciera ser que, a medida que la humanidad se va convenciendo de que las vacas, los gatitos y las gallinas son seres humanos, los seres humanos van aceptando que ellos mismos son lobos, águilas y hienas.

ENSAYO

Buena parte del universo woke (no todos sus integrantes, claro, porque no son suficientemente consistentes y aun se les cuelan cosas del mundo cristiano anterior) ha celebrado ruidosamente por cuanta red social hay el asesinato de Charlie Kirk. Cada uno puede hacer las conexiones pertinentes. En mi opinión, esa celebración es un síntoma de que está emergiendo a plena luz de la sociedad una nueva forma colectiva, ideológica, y masiva, de entender qué es ser una persona. Esa nueva concepción está profundamente vinculada a la teología indicada al principio. En ella, teología que Occidente está adoptando de modo virulento y masivo a esta hora, lo que permite distinguir a cualquier ser humano como algo igual a mi, ya no cuenta. Esto es cierto, especialmente, para una porción de las generaciones más jóvenes que es urbana, (des)educada en la universidad, y perteneciente a las clases media para arriba.

Empecemos por lo obvio: la noción de «congénere» ya no tiene sentido. Porque lo humano ya no es concebido como un género en si, sino como una variante «sintiente» más, parte de una gradación inmensa y borrosa. En ese nuevo contexto, la frase «no debes asesinar a un congénere» no tiene sentido descriptivo, y mucho menos lo tiene la admonición «está mal matar a otro ser humano, simplemente porque es un congénere». No hay tal cosa: solo hay seres sintientes, algunos más víctimas que otros. Dicho de otro modo: establecida la gradación que supera las barreras entre lo que antes era considerado humano (con alma autoconsciente en sentido ético, y por tanto con capacidad de sentir culpa) y no humano, no hay más identificación automática con cualquier otro ser humano por el mero hecho de serlo, de haber nacido humano. Es más, la noción misma de «haber nacido» algo es considerada un esencialismo inaceptable. No es solamente la sexualidad genética la que esta ideología desconoce, para reemplazarla por la autoidentificación subjetiva: es la especie humana misma. 

Por ende, no hay de qué sorprenderse cuando se celebra con risas y chistes el asesinato de un congénere. Es que no hay tal concepto de «congénere». En cambio, la identificación entre seres «humanos» se va dando en función de patrones ideológicos grupales, reforzados al interior de grupos virtuales que funcionan no en base a la discusión abierta de ideas, sino a la confirmación de dogmas en base a mecanismos de auto-referencia (para lo cual el pasaje de las interacciones humanas cotidianas a la virtualidad es importante). En ese mundo, solo es digno de respeto, de cuidado, el que es de mi grupo, y por ende «piensa» como yo (debo decir: cree las mismas cosas); o, a lo sumo, aquel a quien pueda identificar como víctima. Pero no cualquiera accede al estatus de víctima, sino solamente aquellas víctimas que sean tales una vez avaladas en ello por el dogma grupal bajo el que vivo. Lo que la hace víctima es que pertenezca a alguna de las categorías pre-definidas como capaces para ser consideradas «víctima». Aparte de mi grupo de referencia, las víctimas (en general, ciertas «minorías» santificadas quien sabe por qué razón) serían algo igual a mi, mientras que los Charlie Kirk que andan por ahí, dado que no pertenecen a mi grupo de identificación, y que según las divisiones ideológicas que he aceptado es alguien que no promueve aquellas ideas con las que me identifico, puede ser tratado como un ser descartable.

Despreciable, ni qué hablar. Pero estamos en lo descartable, una categoría más allá de lo despreciable: Charlie Kirk es, para la subcultura woke que pulula en esos grupos sociales y etarios que he mencionado, simplemente un potencial no-ser, alguien cuyo único destino urgente es ser «vaporizado». Es el término exacto que alguien usó en un tuit horas antes de que lo matasen: «Kirk viene hoy a mi universidad. Ojalá alguien lo vaporice antes. Literalmente«.
Como factor extra, coadyuvante a este violentísimo estado de cosas, el entorno mayormente virtual en el que se han criado esas generaciones y sectores sociales sirve como marco reforzador. Ese entorno en que estas generaciones y grupos sociales se han criado es uno donde la presencia física de otros seres humanos es un fenómeno escaso, y la presencia cercana de seres humanos realmente distintos socialmente tiende a cero. Mientras que en tiempos no tan lejanos la mezcla social -en la educación, por ejemplo- era un fenómeno extendido, y la concurrencia a espacios o espectáculos populares donde la mezcla social amplia era un fenómeno de hecho, los grupos woke viven mayormente en una gran burbuja social, a la que la virtualidad constante ofrece el remedo de una «sociabilidad» que no es para nada real: viven en grupos autoconfirmatorios, se palmean entre sí, y raramente se atreven a discutir a la luz pública sus creencias de base. En esta sociedad cerrada y polarizada que el woke hegemoniza desde la universidad, la justicia, los medios y las políticas de muchos gobiernos, el fenómeno de alguien que se abra a discutir en serio sus creencias -por ejemplo un tipo como Kirk, que a los 18 años ya pensaba elocuentemente de modo muy distinto al woke-, ha pasado a ser una especie de fenómeno de circo, a exhibir en una carpa. De hecho, cuando lo asesinaron, Kirk estaba bajo una pequeña tienda abierta, que en su zócalo lucía la expresión «Prove me Wrong» (Demostrame que estoy equivocado). Había 3000 personas mirando el espectáculo de alguien con las agallas (perdón la metáfora de apropiación especista) suficientes como para exhibir su error o su acierto debatiendo ampliamente. Algo que es, cada vez que uno se topa con un woke, dificilísimo de encontrar. No les interesa discutir, no están acostumbrados a hacerlo. Pero es más que eso: no están dispuestos a descender a discutir con quien, al no compartir sus dogmas de base, no es alguien con quien valga la pena hablar. En un mundo woke, esto es muy fácil de comprender, pues para esa mentalidad, intentar comunicarse con alquien que no es del grupo (no es de su misma especie, digamos) sería como si un ser humano 1.0 intentase convencer de un punto teológico a un avestruz. 

Interesante corolario: el concepto «derechos humanos» caduca completamente. No hay nada «humano» esencial que sea objeto de derechos. Los derechos, en cambio, se reconocerán crecientemente ahora de hecho, como conquistas por parte de una minoría u otra, y específicamente contra  los derechos de los demás grupos. Ha caducado así, más o menos implícitamente, uno de los principios fundamentales del universalismo de la Ilustración occidental -el de la igualdad de todos los seres humanos.

Alguien podría decir que estaríamos, de triunfar el woke, ante una reinstalación de la «ley de la selva». Precisamente. Sería un nuevo entorno ecológico en el cual, dependiendo de la cantidad de poder simbólico acumulado por un grupo cualquiera de víctimas o minorías, este grupo estaría legitimado para hacer justicia por mano propia frente a quienes -no por humanos o animales, sino por disentidores- no formarán ya parte de los seres dotados de derecho. El objetivo final es doble: primero vaporizar a todos quienes no acepten el dogma. Una vez limpiado el mundo, se puede pasar al segundo objetivo, que sería construir la vida y la muerte de acuerdo a la voluntad propia. Vivir de acuerdo al dogma sin que haya nada que lo cuestione, pues todo lo que existirá será una creación libre de la tecnología (teológica y material) del woke. 

Comments are closed, but trackbacks and pingbacks are open.