Apuntes sobre el estado pospandémico de la vida

ENSAYO

Por Fernando Andacht

En lo que sigue, presento una serie de observaciones sobre la condición pospandémica que considero importante registrar, porque hay un notorio empecinamiento colectivo en olvidar que ya no vivimos en la simple y entrañable normalidad, que ingresamos de modo irreversible en un opaco engendro político-sanitario globalizado llamado Nueva Normalidad.

¿Qué es lo que busco? Quiero entender y compartir mi experiencia de incredulidad sobre el comportamiento de la/mi sociedad – seguramente un fenómeno replicable a lo largo y ancho del mundo – que se obstina con no poca convicción y algo de alegría en sostener las siguientes ideas:

a. lo del covid ya fue, y por eso en nada nos beneficia el seguir pensando sobre las irracionales e incluso letales medidas impuestas durante la pandemia

b. vale la pena rescatar y nombrar con frecuencia y entusiasmo el legado de dones indiscutidos que la Nueva Normalidad pandémica nos dejó para mejorar nuestras vidas

c. cabe sonreír y asentir ante la constante campaña de “influyentes” y/o sonrientes expertos que hoy fatigan estudios de televisión y de radio para recomendar vacunarnos contra la Covid-19, y por supuesto no negar esa gran conquista de la Ciencia a nuestros niños

d. hay que seguir disfrutando de los medios, y sentirnos agradecidos por todo lo que aportaron para iluminar los oscuros días de la crisis sanitaria: nos mostraron cómo lavarse las manos, cómo no darse la mano, distanciarte hasta de tu hermano, taparte la boca aunque estuvieras sano, y sentarte satisfecho frente a una pantalla dividida para hablar con ZOOManos, una versión tecno mejorada de los ineficaces humanos.

Por eso, escribo estas notas sobre un curioso estado de cosas que consiste en jugar distraídamente a que aquí no pasó nada, mientras se preparan nuevas amenazas globales, para aprovechar los frutos de ese gigantesco Ejercicio del Gran Pánico que tan bien resultó. El próximo golpe global puede o no llamarse Covid-24, lo fundamental es que el cuerpo social está listo para responder con copioso miedo y para someterse sin más a la vida protocolizada, no importa cuan absurda y riesgosa ésta pueda ser. A modo de antídoto o luz al final del tenebroso túnel auto-inducido de sonambulismo ciudadano, sin color partidario, presento dos testimonios de investigadores no sólo competentes sino lúcidos y críticos, que nos cuentan sobre el feroz asedio que sufrieron por pensar con libertad al inicio de la pandemia, y por producir un saber que chocaba y que sigue colisionando de frente con el relato oficial promovido por los poderes del mundo. Las voces del Dr. Jay Bhattacharya y del Dr. John Ioannidis, ambos investigadores de la prestigiosa Stanford University, cuentan cuál fue el elevado costo para sus vidas, su reputación, incluso su seguridad personal de haber buscado la verdad. Ellos no se doblegaron bajo la enorme presión institucional para colaborar en la planetaria difusión del pánico irrestricto, que pondría de rodillas a buena parte de la Humanidad, en los aciagos meses de marzo y abril de 2020. Ambos actuaron con independencia profesional, cuando se lanzó urbi et orbi, desde el centro del mundo – la OMS, el CDC ambos en Estados Unidos, y otras agencias – a todos los países, la alarma y los atropellos a la razón médica y societal que duran hasta hoy. Su relato también forma parte de la pospandemia, pero revela precisamente lo que la potente máquina mediática sigue negando con celo y conveniente ceguera. Para que no tengan estos valientes científicos el destino de la mítica Casandra, cuyas profecías no eran escuchadas, necesitamos desarrollar una escucha que vaya más allá de la distópica jornada agobiante de los medios poderosos, que siguen jugando al miedo programado, mientras el nuevo mal mundial no está, pero que nos acecha y espera el momento justo para volver a atacar.

Un día en la vida pospandémica: ¡saravá Eduardo Coutinho!

En este ensayo quiero traer el recuerdo de un gran documentalista brasileño, Eduardo Coutinho (1933-2014), que un buen día decidió romper por completo con su estética, dejó de lado su celebrada poética fílmica de salir a buscar el encuentro con el Otro diferente, pero no subordinado, sino dialogado con espontaneidad sublime en su propio espacio, como lo hizo en Edifício Master (2002) y en Babilonia 2000 (2000). También experimentó el realizar ese “encontro” en un ámbito ajeno a ambos, como en el magistral film Jogo de Cena (2007). Pero nada de esa poesía de la palabra capaz de traer la revelación de lo humano existe en esa “cosa”, como Coutinho llamó con menosprecio a la filmación de plano fijo que “consiste exclusivamente en imágenes ‘robadas’ de la televisión abierta brasileña, transmitidas el día 1º de octubre de 2009” (Andrade, 2018), que fue estrenada en 2010, en un festival de cine en Sao Paulo. Al principio, esa obra ni siquiera tenía nombre, pero por la necesidad de exhibirla, Coutinho la tituló con desgano Um dia na vida (2010). Durante 19 horas, el director brasileño grabó lo que iba difundiendo la televisión abierta en Brasil, zapping mediante, a lo largo del día, para culminar con un montaje de 94 minutos. El único orden de ese heterogéneo material es cronológico: se suceden programas matinales para el ama de casa, violenta crónica roja, telenovelas, divulgación científica y recetas culinarias, entre otras producciones. Todas esas imágenes y sonidos pasan ante la mirada sin que haya el menor comentario o intervención crítica del realizador. Un ejercicio creativo minimalista y, supongo, no exento de sufrimiento que me recuerda un poco mi propio trabajo como analista de los medios, cuando durante interminables horas salto de un canal a otro, para observar la reiteración constante de muy pocas y pésimas ideas que pasan por periodismo o entretenimiento. Yo también quisiera hacer “Un día en la vida poscovidiana” de Uruguay, mediante un montaje no sólo de la televisión local uruguaya, sino de fragmentos radiales, y también del material de portales en internet, a lo largo de una alienante jornada. Pero a falta de lo necesario para esa producción audiovisual, buenas son las notas que a continuación presento de un breve pasaje por la televisión y la radio local a fines del verano uruguayo de 2024. La muestra es suficiente, pienso, para revelar el mundo nuevoanormal de la vida en que estamos sumergidos, y que por más que lo neguemos incide mucho en nuestro futuro, no importa la dosis de amnesia que apliquemos a nuestro cotidiano.

Un mastodonte en la habitación: bienvenidos al alpedismo periodístico

Hay una frase que se usa para describir la cautelosa omisión de hablar de algo delicado o muy riesgoso, pero de cuya presencia todos los que así callan están completamente conscientes a causa de su innegable relevancia, a saber, un elefante en la habitación. Dada la enormidad social, política económica, y por supuesto sanitaria, que trajo al mundo la declarada pandemia de 2020, elegí alterar un poco esa frase proverbial, y recurrir a una bestia aún mayor, “un mastodonte”. Mientras esperaba una columna radial de humor, escuché sin habérmelo propuesto una suerte de tertulia de divulgación, el 28 de febrero de 2024, temprano en la mañana. Mi gran sorpresa fue encontrar en ese programa un nuevo género que, por falta de mejor nombre, denomino ‘alpedismo’. ¿Cómo se define el alpedismo? Consiste en una forma pretenciosa de periodismo educativo, culto, cool, que se toma a sí mismo muy en serio, que no está desprovisto de cierta dosis de auto-gratificación para quienes lo ejercen, pero que produce una absoluta frustración en quienes lo reciben. Porque lo distintivo de su discurso es que luego de consumirlo, nos deja totalmente insatisfechos por lo irrelevante, timorato, completamente falto de valor – tanto educativo como el ánimo necesario para superar el miedo. Su consumo fue algo inútil muy diferente a una pérdida de tiempo voluntaria, como cuando decidimos ver o escuchar un entretenimiento de bajas calorías estéticas o intelectuales. El género alpedista promete algo que no cumple en absoluto, y procede así por razones que voy a presentar a continuación.

Se trata del programa No Toquen Nada (FM del Sol, 99.5, 28.02.2024). La propuesta ese día era conversar con tres invitados, uno habitual y dos especialistas visitantes, en torno a un tema científico, académico: el universo de las publicaciones, “de los pre-prints”. Dos investigadores en el área de la salud y de la biología iban a contarnos lo difícil que es acceder al mundo exclusivo de la élite científica con sus trabajos de investigación. Pero su intercambio se fue acercando a una zona más delicada: la del error inseparable del investigar, y de publicar los resultados de esa actividad. Los dos conductores nos anuncian que el visitante clínico, por su parte, nos explicaría cómo un médico se relaciona con ese ancho y muy ajeno mundo de las revistas científicas que traen los descubrimientos, para considerar su eventual beneficio y aplicación a sus pacientes. ¿Qué puede fallar en una oferta tan tentadora de obtener conocimiento que, normalmente, es lejano o inaccesible para el común de los escuchas y/o mortales? En los hechos todo falló, nada de lo dicho tenía utilidad alguna, y sólo revela el inocultable mastodonte en ese estudio de radio, un síntoma del opresivo clima mental pospandémico.

¡Qué expectativa grande y frustrada! Si había un caso ideal para usar como ilustración de ese intercambio radial en 2024, a la hora de ejemplificar el funcionamiento de la ciencia y su modo distintivo de asumir los errores y sus consecuencias, ese era indudablemente cualquier aspecto de lo ocurrido en los años tenebrosos de la pandemia, aquí y en casi cualquier punto del planeta. Los científicos radiofónicos incluso mencionaron al destacado investigador John Ionannidis de Stanford University, cuya área de trabajo es el ‘metaanálisis’, es decir, la rigurosa verificación de muchísimos trabajos publicados para evaluar el proceso de investigación y sus sesgos o eventuales fallas. Ioannidis fue quien, al inicio de la crisis, sanitaria publicó un trabajo con un estimado de la esperada letalidad del Sars-Cov-2 que era más de diez veces menor que la cifra publicitada por la OMS – 3.5 a 4 % de la población mundial. También era mucho menor que el cálculo apocalíptico del respetado aunque ya antes muy equivocado epidemiólogo del Imperial College inglés Neil Ferguson: afirmó que en pocos semanas iba a morir una cantidad enorme de personas en Inglaterra, infectadas con Covid-19, algo que nunca ocurrió. Ioannidis dice en la entrevista que comento abajo, que en muchos lugares del mundo, las muertes causadas por el Sars-Cov-2 fueron menos inclusive que las ocasionadas cada año por la gripe estacional.

Curiosamente, ninguno de esos datos pospandémicos consiguió entrar a la exposición radial alpedista. La columna protagonizada por estos tres jóvenes divulgadores de la ciencia biológica y de la actual práctica clínica consistió en apenas un tímido pasar en puntas de pie al lado del mastodonte, con enorme cuidado, para nunca rozar siquiera lo que más valía la pena decir, lo único que podrían haber planteado para contrarrestar el escapismo opiáceo con que la humanidad local pretende olvidar a toda costa lo pésimo que le ocurrió a causa de los protocolos usados para supuestamente salvarla del mayor ataque viral de la historia. Las autoridades políticas y científicas nos dijeron que para salvarnos había que dañarnos, que era necesario malograr bastante la trama misma de la vida. Por eso, ante la mirada impávida de la gente aterrada atacaron la educación en todas sus formas, la iniciación a la vida adolescente, a los veteranos y sus necesarias relaciones con el mundo externo y familiar, a los niños en su relación con sus abuelos. En fin, las autoridades estropearon todo lo que más apreciamos como lo que vuelve la vida digna de ser vivida.

La tertulia de divulgación científica alpedista nos trajo con estilo cool y abundante ironía la información que se podría obtener facilmente, si buscamos el término “preprint” en Wikipedia, es decir, la descripción de una publicación antes de ser evaluada por prestigiosos y anónimos pares, otros científicos. Pero no llegué a lo peor, al núcleo del género alpedista desplegado en ese espacio radial. Eso ocurrió cuando los tres hablaron con solemnidad matizada por buena onda juvenil sobre cómo la ciencia no es dogmática, cómo no sólo acepta, sino que incluso celebra el error, “los cambios de paradigma”, dijeron paladeando ese término sobreutilizado y ya casi vacío de sentido. Fue en ese momento que entró la fugaz y alpedista mención de John Ioannidis, cuyo testimonio comento más abajo, a modo de una esperanza para evitar la emboscada pandémica. Los tertulianos nada dicen en absoluto sobre la persecución, el pasaje de Ioannidis de ser un científico admirado mundialmente a ser despreciado y atacado por haberse apartado del relato oficial, de la Ortodoxia Covid (como la bautizó A. Mazzucchelli). ¿Cómo pueden hablar con esa soltura sobre la virtuosa transitoriedad de todo saber científico, sin decir nada sobre el exceso de muertes por toda causa luego de la vacunación contra la Covid-19, sobre el actual cuestionamiento científico de medidas como el confinamiento, el uso compulsivo de tapabocas, o los varios efectos adversos de la vacuna de ARN mensajero?

¿Por qué nada de esos avances científicos es relevante para los invitados? Obviamente, su silencio al respecto no se debe su falta de competencia. Esa exposición radial del saber fue un ejemplo de manual del periodismo alpedista, un inútil momento wikipédico y sumiso, cuyos responsables se mostraron temerosos de irritar a los habitantes del Olimpo de la Ciencia Oficial, que gozan del auspicio del gobierno y del cálido abrazo de todos los medios. Para ya despedirme de esta suerte de flatulencia del genuino saber, cabe pensar en un posible motivo para que los tres que podrían haber discutido sobre las enormes fallas cometidas por la Ciencia Oficialista durante la pandemia sucursal Uruguay, no lo hayan hecho. ¿Y entonces? En complicidad con los dos presentadores del programa, ellos ejercieron el auto-fact-chequeo, se auto-cancelaron como seres pensantes, lúcidos, capaces de haber aportado un poco de razonabilidad a una humanidad desorientada, ahogada por la espesa niebla tóxica pospandémica que brota de los medios. Con cada enunciado suyo ratificaron la existencia del temor paralizante de caer del lado equivocado de la grieta, que está más profunda y siniestra que nunca, cuando se trata de estigmatizar a quien se atreva a desafiar el credo casi religioso que es auspiciado por el Estado gachificado y asistido por medios como éste, para difundir su evangelio covidiano. De lo contrario, cómo se explica que nada dijeran sobre errores enormes en el tratamiento de la población más vieja, en el manejo pésimo de los hogares de

ancianos, en haber causado la depresión de los jóvenes, en el incremento del suicidio a niveles epidémicos, en imponer el uso de máscaras de beneficio dudoso, y en otros disparates cometidos contra la población civil en nombre de la Ciencia. El real objetivo de sus palabras fue irradiar alpedismo alegremente esa mañana radiofónica del fin del verano austral, en Montevideo.

En Telelandia llueven malos signos pro-pandémicos

Mientras tanto, un breve paseo en el mismo mes de febrero de 2024 por la estéril tierra de Telelandia, me permitió recoger abundantes malas nuevas. Veo a los mismos personajes agoreros de la pandemia retornar con bríos ante las cámaras ávidas de sus funestos signos pandémicos. En un canal, invitaron al virólogo Santiago Mirazo, quien previsiblemente, como si nada hubiera pasado desde 2021, procede a recomendar con énfasis que todos tenemos que pasar por el vacunatorio, viejos, adultos y niños. Uds. pensarán: eso no es una sorpresa, como tampoco lo son las visitas de otros conocidos de los años de plomo sarscoviano. Y tienen toda la razón. Por eso, les presento un apunte sobre algo un poco diferente, de una banalidad máxima, pero tal vez eficaz a la hora de gradualmente producir miedo, el objetivo central de la Nueva Normalidad.

Lo que más me interesó de lo observado en televisión fue algo nimio, en apariencia ridículo, una forma de alpedismo comercial, una práctica cercana a un tipo de marketing pobre, nada imaginativo. Uno de los tres informativos centrales, en su edición vespertina, le dedicó varios ridículos minutos a preguntarle con aire grandilocuente y un poco trágico a sendos empleados de varias farmacias, si era verdad que se había agotado la reserva del kits de autotest para la Covid-19. Fue una experiencia melancólica el acompañar al periodista en su triste travesía filmada desde un mostrador de remedios a otro, para escuchar cada vez la casi idéntica y angustiada respuesta: “No hay, y no se sabe cuándo vendrán más!” “El importador no tiene reposición”, “Lo piden y ya no tenemos”. Podría multiplicar más ejemplos de este alpedismo mercantil-farmacológico de la televisión, pero creo que los lectores eXtramuranos ya captaron el mensaje. Como lo dijo el gran teórico canadiense de la comunicación Marshall McLuhan, “el medio es el mensaje”. ¿Qué nos está diciendo este amable canal abierto montevideano? Nosotros, los mismos serviciales medios que te trajimos las cifras de muertos Covid minuto a minuto, los que te mostramos indignados las fiestas prohibidas en el 2020-2021, esos eventos sociales que deberían haber luego causado tendales de muertes covidianas, pero que nunca fueron seguidas de ese dato, los que colaboramos tanto en protocolizar y arruinar la vida cotidiana, volvemos llenos de energía en 2024, para traerte novedades del frente pandémico. ¿Cómo no estar agradecidos, llenos de reconocimiento por este amigable recordatorio de que hay asintomáticos, de que hay que vacunarse, de que hay que asustarse mucho, porque puede volver, porque nunca se fue esa amenaza contra la buena vida llamada Sars-Cov-2, en cualquiera de sus cepas o avatares?

Una doble dosis de ciencia valiente como antídoto del alpedismo

Para no dejar un mal gusto en la boca del lector, los convido ahora a respirar hondo, al aire libre, los signos que provienen de dos admirables luchadores de la ciencia crítica, cuando ellos hablan sobre cómo fueron y aún son perseguidos por su postura independiente relativa al tratamiento a seguir o a los datos pandémicos en marzo y abril de 2020. Si el alpedismo periodístico que impera aún hoy, en 2024, a casi exactos 4 años de la declaración de la crisis sanitaria, causa una sensación de ahogo, de respirar un aire viciado, cargado de miedos y de pusilanimidad, ver o escuchar al Dr. Jay Bhattacharya y al ya mencionado Dr. John Ioannidis, ambos investigadores de Stanford University, es una bocanada de oxígeno liberador.

El investigador libanés-canadiense Gad Saad entrevista a Jay Bhattacharya, investigador en Política Sanitaria, el 18 de noviembre de 2022. El médico y especialista en Política Sanitaria de la Universidad de Stanford relata con envidiable calma, como si nos contara la ardua peripecia de otra persona, la feroz persecución sufrida, que incluyó amenazas de muerte, cuando hizo una temprana investigación a muy bajo costo, para llegar a un test con el plasma que sirviera para detectar la presencia de anticuerpos de Sars-Cov-2, y así conocer cuál era su radio de acción. En un editorial que publicó con un co-autor en el Wall Street Journal, ellos dieron una cifra de la estimada letalidad del Sars-Cov-2 notablemente inferior a la divulgada por la OMS, que de haber sido aceptada e investigada, quizás no hubiera dado lugar a la declaración de pandemia y a las medidas que le siguieron.

Al inicio de la entrevista, Bhattacharya se refiere un par de veces a su reciente y muy satisfactoria participación en una Conferencia de Libertad Académica, en la que encontró a varios otros científicos que también sufrieron ostracismo y marginación por no apoyar el relato científico auspiciado por la OMS y el CDC, entre otras agencias globales de salud. Fue en ese evento que conoció a este otro espíritu libre, G. Saad, y ambos se muestran eufóricos de haber compartido ese ámbito académico con científicos de todos los campos, cuya experiencia común era la ser herejes de esa narrativa poderosa sobre la infección viral del Sars-Cov-2. Su entrevistador, Saad, profesor investigador de la Concordia University, en Montreal, fue cuestionado y tildado de charlatán por haber aplicado la biología al universo del marketing, y es el autor de un libro contra la religión woke, cuyo título traducido es por demás sugerente: La Mente Parasítica: cómo las ideas infecciosas están matando el sentido común (2021). Pero la historia central, claro, es la que trae ese día su entrevistado, la crónica detallada del “delito” que determinó su cancelación, por haber difundido algo prohibido en el inicio de la pandemia: una evidencia científica que podía atenuar considerablemente la alarma mundial que decretó la OMS en 2020.

Bhattacharya es uno de los firmantes de la Great Barrington Declaration (https://gbdeclaration.org/) Ionnadis no la firmó, pero ambos fueron firmes críticos, desde el inicio, de la cifra proyectada por poderosas agencias globales de una enormidad de muertes a causa de la Covid-19. En cambio, sus cálculos, basados en su larga experiencia como el campo epidemiológico, explicaban que el Sars-Cov-2 no podía producir ese altísimo nivel de mortalidad, como el que ocurrió durante la gripe española de 1918. Ioannidis explica en su entrevista de 2023 que él no firmó, por considerar que esa clase de manifiesto deja fijada una posición que, por la naturaleza del método científico, puede cambiar después. No obstante, ambos investigadores incurrieron en la misma grave transgresión: en sus estudios llegaron a un resultado que reducía significativamente el nivel de alarma causado por este virus. Para su mal, Bhattacharya realizó un muy eficaz estudio de bajo costo, apenas 100.000 dólares. Investigadores rivales de la misma Stanford University obtuvieron 3 millones de dólares del fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, para desarrollar un kit de detección de anticuerpos al Sars-Cov-2, pero nunca llegaron a completar su proyecto. El estimado al que Bhattacharya y Ioannidis llegaron sobre el nivel de letalidad del Sars-Cov-2 fue notablemente menor que el lanzado al mundo por la OMS y el CDC: 0.3 % en contraste con 3 a 4 % de la población según esas agencias. Y en el caso de Ioannidis la cifra fue muchísimo menor para adolescentes y niños. Esos resultados fueron suficientes para “excomunicarlos”, para emplear el término que usa Bhattacharya. Al igual que sucedió con Ioannidis, los ataques personales, los intentos de desprestigiarlos se sucedieron y aumentaron de intensidad. Interesa destacar que ambos dedican varios momentos de sus entrevistas para afirmar lo injusta que fue la política sanitaria en pandemia, por lo desigual de la distribución de riqueza en la sociedad: “Se trató de proteger a personas como yo, afirma Ioannidis, que somos saludables y pudientes”.

Tras publicar el texto en el Wall Street Journal que firmó Bachattarya con un coautor, en su universidad se difundió el rumor de que él había sido sobornado por las empresas aéreas, para publicar ese resultado que no producía pánico en la sociedad, el efecto que se expandió por el mundo en base a una cifra muchísimo mayor de letalidad probable. Cuando le preguntan a Ioannidis sobre qué recomendaría para enfrentar futuras pandemias, él es enfático en afirmar que ante nada debe evitarse el sembrar el terror en la población. No es difícil concluir que la persecución o intento de cancelación que ambos investigadores sufrieron proviene del reduccionista efecto del dualismo, de esa ideología “que lleva adelante sus análisis con un hacha, dejando como los elementos finales, trozos de ser no relacionados”, según explica el lógico C. S. Peirce. La cultura de la cancelación cuyo feroz veredicto sufrieron ambos científicos al comienzo de la pandemia es una instancia paradigmática de los diversos perjuicios que produce el pensamiento dualista en el mundo de la vida.

Del relato de Jay Bhattacharya rescato un episodio por su poder de revelar la insólita actitud de la institución universitaria, que debió haber protegido a su brillante investigador – además de ser médico, él tiene un doctorado en economía – pero en vez de eso, lo sometió a un tratamiento que sólo puede interpretarse como una persecución. Cuando se hace un estudio que involucra la participación de seres humanos a quienes se les hará algún tipo de intervención física, el proyecto de investigación debe pasar por un comité de ética muy severo para su aprobación. Su estudio involucraba la búsqueda de anticuerpos contra el Sars-Cov-2, para comprobar cuán difundido estaba el virus en el territorio, y fue aprobado por el comité de ética sin inconvenientes. Pero luego las autoridades de Stanford decidieron que su proyecto debía ser además evaluado por otro comité ad hoc que, para resumir lo narrado por este investigador, estaba compuesto por toda clase de rivales o de antagonistas a su estudio. Además, él habla con énfasis sobre lo pésima que fue la decisión del confinamiento para el sector más pobre de la sociedad, para las personas más vulnerables e incapaces de pasar a un régimen de trabajo de oficina en su propia casa. Incluso comenta no sin humor pero con lucidez que la epidemia de gripe H1N1 de 2009 no produjo el cierre del trabajo y de la educación porque no existía la plataforma ZOOM. Colegas de su universidad lo denunciaron por incompetente a las autoridades médicas y científicas, a pesar de que él había publicado numerosos artículos sobre epidemiología en revistas científicas muy prestigiosas.

De los muchos acertados comentarios de Ioannidis, rescato uno que al lector de la revista sin duda le resultará familiar, pero ahora llega en su versión crítica: él dice que el mandato de “achatar la curva para no sobrecargar los hospitales fue hecho sobre cálculos completamente equivocados. Esta teoría no tenía ningún apoyo en la literatura epidemiológica. Si presumís que el impacto del virus es diez veces mayor de lo que realmente es, obviamente harás todo lo que puedas para evitar que eso suceda”. Qué bueno hubiera sido que los protagonistas de la tertulia radial alpédica comentada antes hubieran hablado sobre la falta de evidencia para difundir esa noción, que fue reiterada hasta el hartazgo en todos los medios de Uruguay por los familiares rostros del Grupo Asesor Científico Honorario. Ioannidis explica que la difusión de ideas sin sustento alguno se debió a que fueron propagadas por “unos pocos científicos que carecían de preparación en epidemiología” y que “muchos expertos tuvieron pánico”. Esas son algunas de las poderosas ideas pospandémicas que brillaron por su ausencia en el espacio radial que observé antes.

Ningún castigo es suficiente para quien se aparta del sendero oficial, cuando el dictamen globalista afirma actuar con la mejor evidencia, es decir, con la que más y mejor asusta. Si ese dato es desafiado desde la ciencia por investigadores no sólo destacados en su área de trabajo, sino audaces, pues es fácil imaginar la reacción de estupor indignado que los convertirá en herejes y en el blanco de toda clase de ataque contra su profesionalismo, su ética, y su vida en general. De la política, liberal o conservadora de su país, nada hay que esperar, afirma Bhattacharya, ya que la aprobación de las medidas tomadas para combatir el virus atraviesan todo el espectro partidario de su país. Su juicio no puede sorprendernos, alcanza con repasar lo ocurrido en Uruguay, donde sólo varió el grado de intensidad con que unos y otros partidos políticos buscaban controlar el desplazamiento, encerrar, enmascarar y vacunar a toda la población. Cuando el funesto pensamiento dualista se apodera del mundo de la vida, con la ayuda del pánico que atenaza a la población bajo el constante efecto de medios, políticos y Ciencia Oficial, la alternativa se limita a unas pocas voces arrojadas al desierto. Ioannidis y Bhattacharya son paladines de la búsqueda de la verdad que, para evocar a un poeta que Peirce gustaba citar, “aplastada contra el suelo, se levantará de nuevo” (William Cullen Bryant).

Si queremos defender el sentido común crítico, un instrumento vital para recuperar y volver a vivir la normalidad, debemos primero dejar de elogiar los supuestos beneficios o dones que nos dejó la pandemia. Ese es un requisito básico para empezar a entender todo lo nefasta que fue y que sigue siendo la autoimpuesta cancelación del espíritu crítico, así en la ciencia como en la vida cotidiana. Por eso, recomiendo seriamente escuchar el ejemplo de periodismo alpedista que comenté, y luego oír y ver los dos testimonios valientes, de científicos que iluminan con su convicción basada en evidencia el tenebroso abismo pandémico al que fue arrojada la humanidad en esos años, y del que no hemos logrado aún salir. Son éstas algunas de las medidas necesarias, ni gratuitas ni vengativas, para desistir de la obediencia debida, que sigue imperando en el tiempo pospandémico.

¿Por qué dejarían de aterrorizarnos con nuevos males mortíferos masivos, si dio tan buen resultado el estelar lanzamiento planetario del Sars-Cov-2? Eso no ocurrirá, y mientras tanto no es mala idea reconocer el alpedismo en cualquier medio de comunicación que ocurra, y también conocer la lección de quienes no se amedrentaron y continuaron con la encomiable tarea de salir en pos de la verdad, aún si no coincidía con la versión oficial difundida por agencias poderosas. De ambos, de la falta de coraje para oponerse al estrecho encierro nuevonormal instalado en 2020, y de la valentía necesaria para no abandonar la búsqueda de la verdad a pesar del alto costo personal, tenemos mucho que aprender.


Referencias

Andrade, Fábio (2018). A inexistência como não-compactuação: Um Dia na Vida (2010) de Eduardo Coutinho. Aniki 5(2): 378-399

Programa radial “No toquen nada”, FM 99.5. Miércoles 28.02.2024 (1ª Parte), Entrevista a dos investigadores y a un médico, accesible en: https://delsol.uy/notoquennada/programas

Entrevista de Gad Saad a Jay Bachattarya, 18.11.2022, accesible en:
https://www.youtube.com/watch?v=Aol8CZ0AO7g

Entrevista a John Ioannidis: STEM-talk: “Episode 151: John Ioannidis talks about the bungled response to COVID-19”, accessible en: https://www.ihmc.us/stemtalk/episode-151/