POIESIS /3

Ahora y en la hora de nuestra muerte

Soy esa capillita de estación
donde no paran trenes.
Aquí vienen los que saben que mi Madre
limpia sangre en las baldosas.
No reces.
Solo soy un lugar en el que ocurren historias.

(de Cosas que pasan. 1997)

Por Daniel Román Quijano Sosa


Hace casi un año, Jorge Castro Vega me obsequió el libro Cosas que pasan (1997). La dedicatoria que hizo me llamó mucho la atención: “Para Daniel, este libro que creí el último”. 

Cosas que pasan es el último poemario de la primera etapa del poeta publicado en el año 1997, y veintidós años después, llegó a mis manos. Me faltaban algunos de sus libros para completar toda su obra, y cuando pude reunirme con ellos y detenidamente leerlos, aquella dedicatoria volvió a la memoria con más fuerza, y comprendí que, ese “creí”, tenía una fuerza premonitoria muy importante. Me pregunté entonces, cómo un poeta de la magnitud de Jorge Castro Vega, podía creer que ese libro fuera el último. La lectura de su obra me daba la certeza que la escritura y en especial la escritura poética era una especie de declaración vital, un acto de fe, que se revelaba a través de sus poemas.

Cada uno de ellos es una experiencia bien construida. Cuando hablo de declaración y de acto lo asocio con lo que Terry Eagleton (2010) define como poema: Un poema es una declaración moral, verbalmente inventiva y ficcional, en la que es el autor, y no el impresor o el procesador de textos, quién decide dónde terminan los versos. (2010;35).

Esta definición, muy personal de Eagleton, siempre me ha despertado curiosidad, porque hablar de “moral” puede ser, al menos, discutible. Quizá por eso, el crítico se encarga de aclarar más adelante que el significado de “moral” que quiere proponer es el de valores humanos y no el de juicio crítico y definitivo. Es desde esos valores humanos, y esa declaración “moral” que leo los poemas de Jorge Castro Vega porque encontré aspectos que los relacionan y quiero reflexionar sobre uno en especial: la escritura poemática.

Sigue sonando en mi cabeza la dedicatoria que les hablara anteriormente, y ese verbo “creí” con toda su carga semántica vuelve con voz asertiva sobre los versos que leo.

Elegí para desarrollar mi línea de lectura, poemas que hablan sobre la escritura; poemas comprometidos con la creación poética, porque creo que son la continuidad física o metonímica entre la palabra y el pensamiento del poeta, en leve intersección con el emisor lírico. Desde esta idea, un poema va más allá de la circunstancia concreta de la materialidad física. 

Entonces el poeta enuncia:

Paloma de guerra

Escribo este poema contra el miedo

De pie
Sobre esta línea de banderas blancas
Dibujo una paloma de guerra
Porque vivir no siempre es necesario
Escribo este poema
Temblando

(de Primera línea. 1983)

Paloma de guerra es uno de los primeros poemas de su primer libro, Primera línea del año 1983. En él observamos la idea de declaración que propusiera como punto de partida anteriormente. La escritura se convierte en acción, el poeta dice, y al decir hace. En este caso la imagen central, la paloma de guerra, incluye una paradoja: ¿no es acaso la paloma la representación de la paz? Sin embargo, este poema-paloma, blanco como un papel aún libre de palabras, se escribe desde lo físico, “temblando”. El emisor lírico adopta una postura clara: escribir contra el miedo. La poesía que surge sobre líneas y la declaración de la voz que necesita posicionarse frente al papel y frente a la vida “Porque vivir no siempre es necesario”.

Esta misma idea, que se relaciona con la necesidad de tomar posición a través de la escritura, se manifiesta en Construcción, del poemario Poesía involuntaria del año 1987. El poema expresa la idea de la escritura como parte de un todo. Los poemas, “(Ladrillos en la Torre de Babel)”, son parte de una arquitectura de palabras en la que el protagonista poemático interviene: “Para que me escribiera yo/ Torpe ladrillo en borrador”. El poeta y sus poemas pertenecen a una genealogía de poetas y poemas que se preceden y se avizoran en el todo, que es la poesía. El poeta como hombre no se individualiza, se incorpora en la necesaria pieza de un tejido mayor. En los tres versos finales, con seguridad sentencia:” A todos y a cualquiera/ En un abrir y temblar los ojos/ Nos pasarán en limpio”.

El poeta y el lector

Poema cero

“-…lecteur, -mon semblable, -mon frére” Baudelaire.

Comenzar a leer es así de sencillo.

Porque encuentra al principio 

lo que escribí al final.

Dos años más tarde,

si acaso le interesa.

Pactemos recordar su función de testigo.

Usted espía piezas de pensión

queriendo hallar la Alhambra en miniatura

y al fin se asoma a un cuarto libro,

encontrando papeles

que cada tanto recuerdan que la olvido.

Insisto: ¿Usted se reconoce el tercero implicado?

Y en el siglo donde

casi todo

y casi nada

puede ser poesía

pensarlo -como en todo identikit-

apunta a un acto de justicia.

Entonces, se torna coartada salvadora,

librado

al capricho de un improbable encuentro

clandestino.

(de Poesía certificada. 1989)

En Poema cero, de Poesía certificada (1989), observamos la otra cara de la escritura: la lectura y los lectores, específicamente. Este poema plantea una serie de interrogantes sobre el lenguaje, la tarea de mediadores, escritores y lectores y las convenciones que rodean al acto de leer y de escribir. Los poemas llegan a manos de lectores, en los que el poeta nunca pensó. Hay una voz secreta en el poema, una voz que busca, sin ningún prejuicio (o quizá sí), a su lector. Si bien reconocemos un “tú” claro y presente (“usted”, “encuentra”, “la olvido”), a ese tú podemos ampliarlo y, de esta forma, trasciende la destinataria específica y abarca a cualquier lector: yo o cualquiera de ustedes que están leyendo; porque la poesía “apunta a un acto de justicia”, es una “coartada salvadora” y también un probable “encuentro”.

En Recién nacido, de Un poco de sol (1993), se reformula la identidad del escritor:

Recién nacido

No me atrevo.
Esto no es un poema
porque ahora soy un caballo
galopándose a sí mismo.
Esto no es un poema entonces.
Apenas el ojo de Miguel Ángel
que delira en lo alto y se arranca los ojos
por aprisionar visiones.
Pero las visiones me multiplican.
Acerco mi índice a tu manita, dios verdadero.
No me atrevo.
Corro el riesgo de ser
el que escribió en sueños
el poema perfecto
y al despertar, no sabe recordarlo.

(de Un poco de sol. 1993)

La poesía excede a la escritura. Este poema que se nombra como no poema desde el primer verso, con aire surrealista -que además me trae otro lejano poema, “qu’ enans fo trobatz en durmen sus un chivau” de Guihem de Peitieu- ,  armado desde la “visión” del sueño y desde el miedo o desde el “temblor” mencionado en poemas anteriores, representa el misterio de la escritura, lo inefable de la inspiración y el anhelo de la perfección. Este poema se entronca en la idea becqueriana de la concepción poética: “Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la media noche, que a la mañana no puede recordarse.”, dice el gran poeta español en su Introducción sinfónica a las Rimas, refiriéndose a aquellas ideas que no encuentran la “ropa” de las palabras. Pero Castro Vega reformula y actualiza en un gran poema que se multiplica en visiones y corre el riesgo, porque escribe en plena conciencia de la posibilidad y la imposibilidad de la poesía.

La escritura veinte años después

En el año 2017, Jorge Castro Vega, publica un nuevo poemario que nombra, El mismo río (2017). 

El otro lado de esta página

Es como
cuando a los 18 te enamoras
entre lunas amarillas y trigales
de esas
jovencitas, luminosas, frescas
ingenuamente crueles y frutales
que ni cuenta se dan
que estás allí, amparando
su desnudez, ataviándolas
con sedas esculpidas
por siglos
de poetas, hoplitas
borrachos que se suicidaron al no haber podido
dejar dicho lo indecible.

(de El mismo río. 2017)

Esta edición es muy cuidada, desde su diagramación, su color de tapas: un pequeño libro objeto. El poema que da nombre, no exactamente igual al libro  En el mismo río, es una reflexión sobre los debates del poeta que escribe en continua búsqueda. La segunda estrofa dice:

No hay ceniza entre las cosas
que nombro. Hebras raídas
telar incoloro
de lo que no empecé a decir
y aquello que de escribir nunca termino.

¿Por qué el poeta escribe?  Juan Carlos Mondragón, en el prólogo de Poesía certificada, notaba que Castro Vega reafirma la voluntad de ser poeta, y “además, supiera precisamente qué decir”. Yo creo que también escribe por lo desconocido que tiene en sí mismo. Al escribir lo aborda valientemente. Escribir es intentar saber qué es “aquello que de escribir nunca termino”. Por esto, vale la pena. 

Castro Vega va en busca de un orden, depurado, desnudo, único; intenta a través de su escritura ese delicado equilibrio que se enciende y se transforma a través de las palabras. Jorge Arbeleche en el prólogo de Poesía de sitio señalaba que: “La poesía no es tomada por Castro Vega como una forma de comunicación epidérmica, sino como comunicación con lo más esencial del ser. Su poesía es concebida como una forma del conocimiento. La más alta, como lo es toda la forma de poesía verdadera.”

La poesía de Jorge Castro Vega va en busca de cierto orden secreto, de un orden propio, momentáneo y único; delicado equilibrio que deja “dicho lo indecible”.

Versión I

(Versión a confirmar, posteriormente confirmada y descartada luego)

Partiendo de la base según la cual existe lo que escribo

Desde que lo escribo

Y toda palabra lleva implícita su propia destrucción

Desde el momento


Que ninguno de los dos es inocente

Y el silencio


Tiene su elocuencia


Aún cuando todo lo no dicho pueda

Y tal vez deba- ser usado en mi contra

Teniendo en cuenta

Que a los efectos de este libro la verdad tiene mínima importancia

Acéptese ahora

Habernos olvidado

Y pongamos entre paréntesis el miedo

De ser imaginarios

Para siempre

(de Poesía involuntaria. 1987)


Jorge Castro Vega nació en Montevideo en 1963. Escritor, abogado y periodista (Búsqueda, Cuadernos de Marcha), ingresó a la magistratura en 1998, desempeñándose como juez en Pan de Azúcar, Melo y, actualmente, Montevideo.

Publicó: Primera línea (1982), Poesía de sitio (1985), Poesía involuntaria (1987), Poesía certificada (1989), Poesía arbitraria, antología personal (1989), Con motivo de Ana (1991), Un poco de sol (1993), Cosas que pasan (1997), El mismo río (2017), Palabras pequeñas en la punta del lápiz, antología (2019).

Sus textos han sido incluidos en diversas muestras, tales como Antología plural de la poesía uruguaya del siglo XX (Seix Barral, 1998) o Poesía uruguaya, antología esencial (Visor, 2010). En 2017  se editó la novela El Padrino de Batlle, trece años después de ser escrita.

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