POIESIS / 30

Por Ramón Paravís

La obra poética de Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949) regala enseguida ese lenguaje indeterminado y preciso que convida a la relectura.

Hay una elaborada textura en la que se hilan cada poema y cada libro de los que la componen; todo lo que se aprecia mejor en ulteriores encuentros. Se ha señalado, con acierto, que es Jorge Aulicino uno de esos poetas que escriben una obra. 

Además de su tarea periodística y sus ensayos, ha desarrollado una significativa labor de traductor: la Divina Comedia, Pavese, Montale, Pasolini, Erba, Pound. Administra varios blogs y, de uno de ellos (http://viejosomoking.blogspot.com), puede uno servirse de su poesía a gusto. Lo que sigue, por ejemplo.

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 Soy el que aprendió gramática
 para leer las etiquetas de los frascos.
 Yodo, árnica, azogue, benceno.
 Un hombre de cincuenta y tantos al sol.
 La muerte era nuestra profesión;
 la decisión, el libro dócil.
 Supieron aquella tradición:
 almuerzos en el Almirantazgo,
 mensajes de Bombay,
 el trazado de la batalla sobre el mantel.
 La sobremesa sin migas ni máculas.
 Miré en los arrugados rostros de los generales rojos
 y la revelación sobrevino y regresó a sus fueros.
 Tronó la frontera como una tormenta.
 Lejos. Lejos de sus decisiones.
 Lejos de los labios tensos y de las medallas.
 Y de la helada sintaxis de la pólvora.
 Penetró su insistencia la arquitectura de Dios.
 Pero no salieron indemnes de allí.
 La situación los hizo para sí mismos incomprensibles.
 Ganaron la guerra y perdieron las ciudades.
 Se cubrió de pústulas el contorno de la conquista.
 Autos detenidos frente al Estado Mayor.
 Las gaviotas suspendidas sobre el río congelado.
 El ordenanza comiendo a hurtadillas el sándwich de paté.
 
                                       (Cierta dureza en la sintaxis, 2008) 
 
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 Si le es menester escribir, qué importa cuán
 veteado el pensamiento -la visión cuán rasa-,
 frente al frío de este mar con lisa violencia de horda.
 Ah… el frío irreal en el que se le pide: escriba
 -en el que acepta el desafío: escriba-.
 ¿No lo ve? El frío del mar no tiene punzones.
 Carece de estilo. Es el centro blanco de toda
 significación, pero lo es a causa del frío, este frío
 en el que me habla Juan Pablo, y me dice:
 ¿Está con alpargatas? No puede acompañarme
 hasta la orilla, se humedecería la soga…
 Esto me reconforta a pensar
 que es mi reino junto al mar
 que me arrasaría, la alpargata.
 Y no obstante, el frío: piense que es así: la fibra de la historia,
 o lo que universo depara más allá, lo sostiene aquí; y en la irrealidad
 se desviste usted y nada, frío, helado, como un pez muerto, blanco,
 llevado de aquí para allá, y sin embargo, mutando a ojos de acero
 de pez, en lo frío, en lo impenetrable del universo del mar, nadando.
 
                                  (El libro del engaño y del desengaño, 2011)
 
Las palabras muerte o angustia de las que provienen los versos

 Las palabras muerte o angustia de las que provienen los versos
 no concurren a ellos, no los hacen mejores. Y de ellos están tan lejos
 como esa casa pintada por Dora Carrington
 al pie de una montaña entre los árboles mágicos.
 
 No por allí hay entrada.
 Es sólo la llegada.
 
 Luego, dirás blandiendo el adjetivo imprevisto,
 la asociación, el nexo imaginativo,
 que las olas rompen junto a la prisión marina
 desde la que el convicto tiene, al menos, la visión lunar.
 
                                              (Corredores en el parque, 2016)
 
El perfecto extranjero (Zappa-Boulez)

 Bueno estar afuera como el gato
 a quien el cielo y las estrellas
 y las gasas del cielo y el ladrillo, la piedra
 trabajados por las lluvias y el rocío,
 y las colonias de hongos en las paredes,
 los techos, la radiación de fondo,
 incluyen en un enigma absoluto
 -saben sus ojos por qué-.
 
 Bueno estar adentro,
 cerca de las sartenes, los libros, la mesa,
 cabos de vela sobre frascos,
 especies y sábanas,
 la cafetera y la radio.
 También esto lo sabe el gato.
 Nada lo excluye y todo contiene,
 de alguna forma,
 un gato.
 
                                                     (Hostias, 2004)
 
No sucede nada, la materia
 
 No sucede nada, la materia
 es como la vemos, y en la noche
 parece que hay sonidos, de una cuchara
 con la que se ha echado leche en polvo y se abandona
 sobre el mármol, de una persiana,
 de un escarabajo que ha golpeado un vidrio.
 La materia podría concentrarse como entre dos dedos apretados
 y la cuántica de Dios o de su ángel
 volverá a operar en ese estrecho pasadizo
 como los sonidos en el aire-luz,
 como la humedad en la pared, corrompiendo
 hasta el estallido.
 En tanto, más allá de los tintineos y jadeos del aire-luz,
 hay gritos de víctimas o victimarios,
 hay pistones golpeando la profundidad de los cilindros
 en la noche más alta,
 hay sutiles movimientos en las bolsas de basura,
 algo cae en la calle, y tal vez, por último,
 hay un ligero zumbido.
 
                                                     (Giuseppe, 2013)
 
En la casa de un muerto

 Imaginarlo
 sin el propósito de establecer una escena póstuma,
 una escena del crimen;
 sin método, sin cálculo de su parte:
 la madera de la mesa se había puesto así,
 envejeció sola, de manera confusa,
 en parte tiempo, en parte ácidos, grasa, sales diversas
 -la del sudor de su mano incluido-,
 el sol, sobre todo, que daba
 en ese ángulo todas las tardes, poco antes
 o después, según el solsticio,
 sin que le importara, sin que lo pensara;
 la madera de la mesa en que había apoyado el libro,
 el vaso, el cenicero suvenir, cascado:
 no biografía, no un mensaje,
 y de todos modos signos, como sus facturas, papeles,
 las pantuflas también desgastadas, una mancha de tinta
 o pintura o carbón en el costado.
 ¿Con otro propósito? ¿Con cuál?
 Las cosas escriben hasta que se dispersan también:
 no lo ignora el agonista, y opta por corregirlas,
 hacer que vivan, que lo representen
 después de ido,
 adecuarlas, o dejarlas correr,
 que hablen solas
 o no hablen, o digan nada.
 Ejemplo: esas gotas que aún patinan
 sobre el enlozado del lavatorio.
 
                                                    (El Cairo, 2015)
 
Dolce stagione

 El mundo queda por leer.
 Como detrás de los vidrios nocturnos las luces
 moviéndose donde estuvo la ciudad.
 Es una tormenta y danzan los reflejos
 que borran todo rastro de los objetos de afuera,
 aunque todos permanezcan en la sombra, materiales
 o con su sentido abstracto realizado:
 por ejemplo, un semáforo, a la vez
 una columna de hierro, vidrios, luces
 y señales en un diagrama que continúa funcionando.
 Pero todo eso parece no estar,
 la danza de la tormenta
 detrás de los vidrios del bar
 provoca un placer que no puede narrarse.
 Y no se pierde el pensamiento del día siguiente
 cuando caminemos por la avenida desierta,
 mirando pedazos de asfalto bajo un sol sin temperatura
 y charcos, papeles alrededor de las alcantarillas,
 la chapa rota de un cartel reluciente,
 tal como si hubiese pasado el mar y eso fuera su resaca.
 Y diciendo, por favor, anoche sucedió algo,
 un evangelio, una novedad,
 que no necesita profetas ni apóstoles,
 que habla por sí solo en un lenguaje que encendió en nosotros,
 nos concierne y podemos ver su inteligencia
 en cualquier cosa que hagas o digas en el próximo segundo,
 palabra o gesto que a su vez podrías diferir,
 realizar más tarde, dentro de años,
 sin mencionar un solo hecho,
 sin acudir a ninguna comparación.
 
                                             (Almas en movimiento, 1995)
 

37

 Permitidme: no olvidé nada.
 Pero nada recuerdo.
 El crepúsculo recuerdo.
 Las casas con letrinas.
 Hilos delgados de araña o de sótano o pintura
 o de luz de clavos o de la palabra nieto
 o de rosales grises o de árboles cariados.
 O de gotas pesadas o de sol en un alfeizar
 o de gallinas o de un halcón de campo;
 hilos de cosas y sustancias
 y de últimas horas en invierno
 tejieron algo más que recuerdo:
 tendones en el movimiento casual,
 pulmones en los que suenan las palabras.
 
                                         (Cierta dureza en la sintaxis, 2008)

 
Foto: Gabriela Salomone

Jorge Aulicino nació en 1949 en Buenos Aires. 

Trabajó en periodismo hasta 2012. Ese año reunió sus libros de poesía en el volumen Estación Finlandia, que incluye, entre otros, Paisaje con autor, La línea del coyote, Las Vegas, La nada y Cierta dureza en la sintaxis.

Tradujo a Cesare Pavese, Pier Paolo Pasolini, Eugenio Montale, Luciano Erba, Antonella Anedda y Biancamaria Frabotta, entre numerosos autores italianos. En 2009 organizó una antología histórica de los poemas breves de Ezra Pound traducidos en la Argentina, que se publicó con el título de Argentarium. En 2011 apareció su traducción del “Infierno”, de Dante Alighieri, y en 2015 su versión de los tres libros de la Divina Comedia. En 2020 publicó El segundo Novecento, una antología de poesía italiana de las últimas décadas.

Integró el Consejo de Dirección de Diario de Poesía entre 1987 y 1992 y actualmente colabora en la revista digital Op. Cit. y en Periódico de Poesía de la Universidad Autónoma de México. Administra el blog de poesía traducida y poesía en castellano Otra Iglesia Es Imposible e integra el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires. 

En 2015 recibió el Premio Nacional de Poesía. 

En 2020 apareció su Poesía reunida (2020-1974) que incluye Mar de Chukotka y el inédito La lírica.

Es el responsable de http://jaulicino.blogspot.com (notas sobre arte y cultura); http://viejosomoking.blogspot.com (libros on line, referencias críticas, entrevistas, obra traducida) y de https://campodemaniobras.blogspot.com (Otra iglesia es imposible: museo de poesía antigua y contemporánea).

La fotografía de portada es de Miguel Gaya

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