LUIS ALBORNOZ / El pragmatismo de segunda fase quedó relativamente relegado en su momento, por el avance primero del empirismo lógico y luego por el desarrollo de la filosofía analítica. Pero sobre todo a partir de “Dos dogmas del empirismo” (Quine, 1951), algunas premisas centrales del positivismo lógico se debilitaron y emergió una generación de filósofos que ya se consideraban post-analíticos (Davidson, Putnam, Rorty) y que revalorizaron algunas de las tesis del pragmatismo fundacional (Peirce) y del pragmatismo de segunda fase (Dewey, Lewis). (PS: Dewey es uno de los filósofos occidentales más estudiados en China, por la posibilidad de una síntesis entre el paleo-pragmatismo y el neo-confucianismo).


FILOSOFÍA 

I. El universo semántico  

Cada autor debe interpretarse en su contexto histórico y al interior de una tradición y una temática dentro de la que se enmarca y si el autor utiliza un vocabulario con acepciones diferentes a las comúnmente utilizadas, esto debe precisarse para evitar confusiones. Entonces, en el caso de Dewey, es necesario aclarar el sentido de varias expresiones, que difieren del sentido convencional de la época. Dewey sigue la tradición de Pierce, al utilizar el término “lógica”, no como se usaba convencionalmente, es decir, como una disciplina exclusivamente formal (no-empírica), sino entendida como las “leyes generales del pensamiento” en continuidad con la experiencia. También se distancia de la tradición en lo referente a la teoría de la verdad utilizada. Mientras que convencionalmente se seguía principalmente una teoría de la verdad “por correspondencia” entre las representaciones mentales (en el paradigma mentalista) o los juicios o enunciados (en el paradigma lingüístico) con los objetos o hechos o situaciones del mundo, Dewey maneja una teoría de la verdad que llama “conductual” o “experiencial” o “funcional” o “pragmática”, que mantiene formalmente la correspondencia entre juicio y situación, pero utilizados con un sentido diferente. 

En su vocabulario, el “juicio” no sería una representación mental (como en el paradigma mentalista), ni un hecho del lenguaje (como en el paradigma lingüístico), sino un conjunto de disposiciones para una acción en una “situación” (que quiere designar no una realidad separada del sujeto, sino una realidad en la que el sujeto está naturalmente incluido y actuante). Entonces, lo que Dewey llama “juicio” es equivalente a una “decisión” en una situación determinada y en ese sentido se asemeja a un juicio jurídico, que no describe sino que prescribe una acción que produce un efecto en una situación. 

Está manejando dos universos semánticos que conviene distinguir: cuando utiliza los términos “proposiciones” o “afirmaciones”, se refiere a entidades lingüísticas y cuando utiliza “juicios” y “aserciones”, se refiere a entidades de decisiones prácticas-operativas (Dewey, 1941, 169-186, específicamente 172). Las “proposiciones” expresarían las relaciones entre datos observables y las inferencias que se hacen dentro del lenguaje (por eso, son estructuras simbólicas e instrumentales en la investigación). En cambio, en su vocabulario, los “juicios” no serían entidades lingüísticas (como las proposiciones) sino relaciones operativas o interactivas entre un sujeto y su entorno. 

Por eso en su concepción, el “juicio verdadero” se puede concebir como una determinada interacción que es el fin u objetivo, al que están ordenadas todas las operaciones de la investigación y la “verdad” sería una “aserción garantizada”. Dewey usa el término “aserción” como una propiedad de la actividad (universo semántico de las decisiones), de la que la “afirmación” sería sólo un instrumento lingüístico. Es decir entonces, que “proposición” y “afirmación” están en el nivel epistémico-lingüístico, mientras que “juicio” y “aserción” están en el nivel de interacción práctica o histórica con el entorno, del cual el sujeto forma parte y que juntos conforman lo que entiende por “realidad”. En esta perspectiva, una proposición se consideraría “verdadera” cuando resulta útil para una investigación y un juicio se consideraría “verdadero” cuando constituye conocimiento y acción simultáneamente (y en la medida en que los juicios se pueden expresar en proposiciones del lenguaje, pueden ser evaluados proposicionalmente en su valor veritativo). 

Por otro lado, las condiciones del juicio verdadero como “asertabilidad garantizada” útil  para resolver un problema planteado, constituirían su valor veritativo. Toda investigación procedería entonces, mediante construcciones conceptuales cuya validez es instrumental (simbólica) y que conduce a un “ajuste práctico” con el entorno: éste sería el contenido de un “juicio verdadero” o de “asertabilidad garantizada” (aunque como se sigue de su definición, ambos pueden ser mutables en el tiempo por medio de otras investigaciones). Y el “conocimiento” entonces, no sería un enunciado verdadero sobre algún hecho del mundo (como se entendía convencionalmente en el paradigma lingüístico), sino una disposición conductual para una acción (un “juicio” en su terminología) que produce una nueva síntesis entre el sujeto y su entorno (en eso consiste su concepción pragmatista en continuidad con Pierce). 

Y por lo tanto, lo que entiende por “correspondencia” no sería entre un enunciado o un juicio (en sentido lingüístico) y un hecho del mundo, sino entre un juicio (ahora en su sentido pragmático-operativo) y una “situación” del mundo. Y de esa concepción, se deriva el carácter “funcional” o “instrumental” o “pragmático” del juicio: según una de sus metáforas, el juicio se corresponde con una situación del mismo modo que una llave se corresponde con una cerradura, es decir, que no son dos componentes separados, sino un único ensamblado (en el que sin embargo, se pueden distinguir nocionalmente ambos componentes). 

II. La carga operativa de los juicios

De la aclaración del vocabulario anterior, ya se sigue en parte, la tesis central del pragmatismo de segunda fase en la obra de Dewey, que sería lo que puede llamarse la carga operativa de los juicios o dicho de otro modo, la interacción entre los campos cognitivo-axiológico o también la imbricación entre descripciones-valoraciones. Según su interpretación, la concepción epistemológica convencional, define la correspondencia como una relación problemática entre pensamiento y objeto/hecho o entre enunciado y objeto/hecho (según cuál sea el paradigma de referencia). Es decir, de algo que está en el sujeto (el pensamiento) o en su locución (el enunciado) y algo que está fuera y separado de él (el objeto o conjunto de objetos interrelacionados que conforman un hecho o lo que Dewey llama la “situación”). El problema radicaría entonces, en la posibilidad de verificar que lo primero “se corresponda” con lo segundo, lo que requeriría un criterio de verificación aceptable. En este sentido, la respuesta que considera más emblemática (la de Russell, con quien está discutiendo), consistiría según Dewey, en postular una relación causal entre el objeto y el pensamiento (que sería extrínseca al pensamiento y últimamente inverificable):

“El acontecimiento por conocer sería lo que actúa (…) como causa de la proposición, pero es también su verificador, si bien la proposición es el único medio de conocer el acontecimiento. Semejante perspectiva, como cualquier perspectiva estrictamente ‘epistemológica’, me parece da por sentada una misteriosa e inverificable doctrina de la armonía preestablecida. Que un acontecimiento pueda ser: (i) lo que está por conocer y por tanto es desconocido; (ii) lo que es susceptible de ser conocido sólo por medio de una proposición, la que a su vez, (iii) para ser un caso de conocimiento o para ser verdadera, debe corresponderse con lo por-conocer, (todo eso) me resulta un milagro epistemológico. Pues tal doctrina establece que una proposición es verdadera, cuando se conforma a aquello que no se conoce, salvo por ella misma” (Dewey, 1908, incluido en Thayer, 1982, 179).

La concepción de Dewey en cambio, sería que no hay modo de salir de esa paradoja mientras la epistemología siga considerando el conocimiento como un fenómeno mental (con el lenguaje de las “representaciones”, en el paradigma mentalista) o como un fenómeno exclusivamente lingüístico (con el lenguaje de los “enunciados”, en el paradigma lingüístico) y mientras no reconstruya desde el punto de partida, la unidad  entre pensamiento y mundo. Ese es precisamente el sentido de la explicación “funcional” o “conductual” o “pragmática” de la correspondencia que propone Dewey, que implica una correspondencia no entre pensamiento o enunciado y objeto o hecho, sino entre lo que Dewey llama “juicio” (que hay que recordar, es equivalente a una “decisión” y tiene por tanto una carga operativa) y “situación” (que incluye al sujeto del juicio y que es a lo que se refiere como “realidad objetiva”). 

En esta explicación, el elemento veritativo no sería un contenido mental ni un contenido meramente lingüístico, sino un hecho extra-mental y extra-lingüístico (una acción o “juicio” en la acepción de Dewey), que consiste en un conjunto de disposiciones para la acción y en la que el elemento verificador no es una realidad separada del sujeto de conocimiento, sino un estado de cosas o “situación” en que el sujeto está incluido. En esta nueva acepción, el conocimiento sería entonces un acto (un “juicio”, en su terminología) que produce una nueva síntesis entre el sujeto y su entorno y por eso mismo, la correspondencia sería “instrumental” o “pragmática” (como la llave en la cerradura, según la metáfora citada). Y la correspondencia entre juicio y situación, tendría un carácter “funcional”: el juicio “se corresponde” con la situación, a la manera en que según su metáfora, una llave se corresponde con una cerradura (se trata de dos componentes objetivos que se ensamblan en una situación “común”):

“Mi punto de vista toma la correspondencia en el sentido que ésta tiene en todos los casos, con la única excepción epistemológica de una pretendida relación entre un ‘sujeto’ y un ‘objeto’, es decir, el significado de responder como una llave responde a las condiciones impuestas por una cerradura (…); en una palabra, como una solución responde a las exigencias de un problema. En esta perspectiva, ambas partes de la ‘correspondencia’ están abiertas y sobre la mesa, en lugar de estar una fuera para siempre de la experiencia, y la otra dentro de ella en la forma de una percepción o algo así (…). Entendiendo la correspondencia en términos operacionales y conductuales (el único significado que encuentra paralelos definidos en la experiencia ordinaria), sostengo que mi tipo de teoría es la única con derecho a llamarse una teoría de la verdad como correspondencia.” Y agrega más adelante: “El problema de la verdad-falsedad no es, desde mi punto de vista, una cuestión de los efectos del acto de creer, ya que toda mi teoría está orientada al intento de establecer qué condiciones y operaciones de la investigación garantizan un ‘acto de creer’ o justificansu aserción como verdadera” (Dewey, 1908, incluido en Thayer, 1981, 179-181) (las cursivas son mías).

Esa referencia del juicio como algo ‘conductual’ es importante, porque lo que hay que considerar es que el “juicio” tal como lo entiende Dewey, tiene una carga operativa implícita. El juicio verdadero consistiría en una adecuación o correspondencia del juicio con la situación, como “una solución responde a las exigencias de un problema”. En la explicación tradicional “epistemológica”, el sujeto pretendería una correspondencia con una realidad que percibe fuera de él (correspondencia que sería pasiva, porque se trataría de lograr la descripción adecuada de esa realidad), mientras que en la explicación “funcional”, la correspondencia se refiere a una realidad en la que el sujeto estaría incluido (y en este sentido, sería interactivaporque se trataría de lograr un ajuste o ensamblado entre dos componentes que forman una única realidad) (Dewey, 1908, incluido en Thayer, 1981, 186). 

La explicación epistemológica definiría la correspondencia como una relación entre pensamiento o enunciado y objeto (que no sólo está fuera  de él, sino que además sería su causa), en la que habría un polo ontológico exterior (extrínseco) a la actividad cognoscitiva, lo que supondría una concepción de la verdad que Dewey llama el “milagro epistemológico” de la “armonía preestablecida” (o lo que se ha llamado una concepción de la verdad “sub specie aeternitatis”). En esa concepción descriptivista, sería imposible verificar la adecuación ontológico-gnoseológica, porque sitúa la verdad en el lugar en el que nadie puede observarla (la perspectiva absolutista u objetivista o del realismo metafísico convencional). Por el contrario, en la explicación funcional que propone Dewey (lo que se ha llamado una concepción “inmanente” de la verdad), la verdad no sería externa al proceso cognitivo porque lo que la definiría, es justamente una relación o interacción de ajuste con el entorno, como una “solución a la exigencia de un problema” (en este sentido, como la verdad es un ajuste al interior del proceso cognitivo, no podría ser inalcanzable o inverificable). 

El juicio verdadero como “asertabilidad garantizada”, implicaría entonces que todo conocimiento está mediadopor una serie de operaciones del sujeto (previas, simultáneas y posteriores a la formulación cognitiva), tal que su validez dependería de las consecuencias del juicio (por su carga operativa) para modificar el entorno como una resolución del problema planteado. En otras palabras, lo que Dewey afirma es que no hay modo de salir del problema planteado por la “misteriosa e inverificable doctrina de la armonía preestablecida”, mientras la explicación epistemológica que la formula, siga considerando el conocimiento como un fenómeno mental que se traduce en un lenguaje de representaciones de algo exterior (lo típico del paradigma mentalista). La inversión del planteo, es entonces lo que Dewey propone como la  explicación funcional de la correspondencia, que no se basa en la relación entre el pensamiento y un objeto externo, sino en la relación entre un juicio (disposición conductual) y una situación (realidad que incluye al sujeto). 

En esta concepción, el componente veritativo no sería entonces un contenido mental (como en el paradigma mentalista) ni un mero hecho del lenguaje (como en el paradigma lingüístico), sino una acción (y su producto, un “hecho”, en el sentido de “producido”), que eventualmente modifica la situación inicial según los objetivos buscados. En este marco, el conocimiento supondría entonces una transformación de la situación (produciendo una nueva interacción) y no consistiría en una mera “conciencia” de algo: “La ‘conciencia’ es de por sí, un término paraguas que cubre al mismo tiempo el engaño, la duda, la confusión, la ambigüedad y la definición, la organización, la conclusividad lógica garantizada por la evidencia y la razón”(Dewey, 1908, incluido en Thayer, 1981, 282). 

La tesis de la carga operativa de los juicios, significa entonces para Dewey, que todos los juicios están implícitamente cargados con cursos de acción, según objetivos de ajuste y adaptación al entorno: “Podemos al menos formular una hipótesis, que todos los juicios, de hecho hacen referencia a cursos de acción que deben emprenderse y al descubrimiento de los medios para su realización. (…) Todas las proposiciones que establecen descubrimientos o constataciones, todas las proposiciones categóricas, serían entonces hipotéticas. (…) Esta teoría puede ser llamada pragmatismo”. Y agrega que esos cursos de acción se refieren a “la capacidad de manejar los problemas con respecto a las necesidades y las posibilidades de las distintas situaciones. (…) La capacidad de contemplar las cosas en términos de los ajustes y adaptaciones que permiten o que excluyen” (todas las cursivas son mías) (Dewey, 1915. Incluido en Essays, 1916, 347. También en Morris, 1970, 38).

Pero ese ajuste adaptativo del sujeto no es pasivo, sino necesariamente transformador(o regulador) de la situación o entorno, en el que está incluido: “Donde hay vida, hay conducta, actividad. Para que la vida persista, esta actividad tiene que ser continua y adaptada al entorno. Este ajuste adaptativo no es totalmente pasivo, no es sólo adaptar el organismo al entorno, sino que en el interés de mantener la vida hay una transformación de algunos elementos en el medio ambiente” (Dewey, 1920, incluido en The Middle Works, 1969, 128) (las cursivas son mías).

Esa transformación de la situación requiere fijar los objetivos (las valoraciones o fines buscados) y los métodos adecuados para lograrlos (los medios). Esa vinculación fines-medios es para Dewey inherente a la inclusión del sujeto en un entorno que le plantea estímulos y dificultades y se hace rigurosa en la investigación científica. Y la explicitación de todo ese proceso, es la tarea que Dewey le atribuye a la filosofía, es decir, la tarea de “representar los obstáculos elegidos, los medios materiales y los métodos ideales para dar dirección a un cambio” (Dewey, 1920, 146-147). 

III. La unidad fáctica-valorativa de los juicios

La carga operativa depende de una conceptualización de lo que consideramos fáctico, la que a su vez, depende de unas valoraciones previas (y éstas, de los resultados de nuestras investigaciones empíricas, cuyos resultados son los juicios “valiosos”, por contraposición a los “válidos” o vigentes fácticamente). Para Dewey, esta unidad epistémica-axiológica es la condición de posibilidad de cualquier investigación hecha con rigor metodológico: “(Se) traza una línea tajante entre el campo de las ciencias naturales y la conducta que se considera moral. Pero una moral que enmarque sus juicios de valor atendiendo a consecuencias, debe depender de la manera más estrecha de las conclusiones de la ciencia. (…) La misma actitud se ejerce en la dirección contraria, con el fin de limitar la ciencia natural a una especialidad técnica.” (Dewey, 1929, incluido en The Latter Works, 1988, 218-219) 

Y específicamente, respecto a la unidad del método experimental en la investigación sobre facticidades y valoraciones, sostiene que: “Un cambio significativo que resultaría de transferir el método experimental de la física al hombre, afectaría al estatuto de las pautas, los principios, las reglas. Con esa transferencia, éstos, junto con todas las doctrinas y credos en torno a lo bueno y los bienes, serían reconocidos como hipótesis. En vez de estar rígidamente fijadas, serían tratados como instrumentos intelectuales que hay que poner a prueba, confirmar y alterar, en función de las consecuencias que se sigan al actuar según ellos” (Dewey, 1929, 221) (la cursiva es mía).

Es decir, que estas hipótesis serían guías heurísticas para la investigación, la que a su vez, está en función del objetivo de la modificación del entorno (es decir, la razón teleológica que regula la acción en última instancia). La concepción de la lógica de la investigación, implica que su carácter normativo no procede de un supuesto trascendental (al estilo kantiano), sino  de la experiencia acumulada y garantizada por sucesivos ajustes con el mundo empírico: “Sabemos que unos métodos de investigación son mejores que otros, exactamente del mismo modo que sabemos que unos métodos de cirugía, de cultivo, de construcción de carreteras o de navegación, (…) son mejores que otros. En ninguno de esos casos se sigue que los métodos ‘mejores’ son idealmente perfectos, o que son regulativos o ‘normativos’ porque se corresponden con alguna forma absoluta. Son los métodos que la experiencia muestra, hasta el momento presente, como los mejores disponibles para el logro de determinados resultados” (las cursivas son mías) (Dewey, 1938, incluido en The Latter Works, 1991, 108). 

La carga operativa de los juicios, implica que esos juicios contienen una serie de pautas de acción sobre la situación inicial, en función de ciertos objetivos y utilizando ciertos métodos. Entonces, en el marco de un ajuste adaptativo-transformador del entorno, la actividad cognoscitiva es la principal herramienta para la creación de nuevas situaciones de interacción y esa actividad, no consiste simplemente en representar de modo especular una realidad estática (lo que Dewey atribuye a la epistemología convencional), sino en guiar la conducta y en producir los instrumentos adecuados, para modificar la realidad y satisfacer determinadas necesidades. Tanto lo considera así, que incluso: “El nombre de ‘objetos’se reservará para los contenidos, en la medida en que éstos hayan sido producidos y ordenados en una forma estable por medio de la investigación; mirados retrospectivamente, los objetos son los ‘objetivos’ de la investigación (…). Pues las cosas existen en tanto queobjetos para nosotros, sólo si han sido previamente determinados como producto de nuestras investigaciones” (Dewey, 1938, 122). Un “objeto” se concibe entonces, como un conjunto de contenidos cuyas posibilidades funcionales hemos logrado establecer “en forma estable”, por medio de una investigación (herencia de la definición de Peirce). Y el conjunto de objetos (el mundo) es un mapa que se va construyendo en la interacción del proceso de investigación, es decir, que ni los objetos ni el mundo son inmutables, sino interdependientes de nuestro conocimiento y por su carga operativa, de nuestra acción. 

Se han sintetizado los pasos fundamentales de ese proceso de investigación del siguiente modo (Faerna, 1994, 147-157). Se parte de una situación previa indeterminada que suscita un estado de duda, que no es totalmente conocida (en cuyo caso, no habría necesidad de una investigación), ni es totalmente desconocida (en cuyo caso, no sería posible una investigación), sino de la que hay un conocimiento parcial (situación intermedia, en la que se conocen algunos aspectos y se ignoran otros). Esa situación se caracteriza como una relación dinámica entre sujeto y entorno, dada por acciones y mutuas traducciones en el proceso recíproco de adaptación y transformación (es intrínsecamente interactiva, es decir, se define únicamente a través de sus relaciones recíprocas). La situación indeterminada es vista simultáneamente como problemática, lo que ya implica una “selección” (una elección) de sus rasgos relevantes para nosotros, dentro de una situación global. 

Luego, el proceso de investigación se construye por la observación, el razonamiento, la identificación de determinadas variables, la formulación de hipótesis sobre los posibles cursos de acción, la predicción de resultados posibles. Lo que Dewey llama la “lógica” de la investigación, no refiere a unas categorías formales (como en la tradición de la lógica simbólica convencional), ni a categorías aprióricas (como en la tradición transcendental kantiana o serían aprióricas sólo en el sentido, de ser la síntesis de una experiencia anterior acumulada), sino que refiere a los “principios generales” del pensamiento y a las “normas metodológicas” que rigen el proceso. En ese sentido, la relación entre lógica e investigación tiene un carácter de retro-alimentación, en el que la “lógica” (así entendida), funcionaría como las “reglas procedimentales” de la investigación y a su vez recursivamente, los resultados de la investigación, proveen de premisas a la “lógica” (así entendida). 

IV. Cierre

El pragmatismo de segunda fase quedó relativamente relegado en su momento, por el avance primero del empirismo lógico y luego por el desarrollo de la filosofía analítica. Pero sobre todo a partir de “Dos dogmas del empirismo” (Quine, 1951), algunas premisas centrales del positivismo lógico se debilitaron y emergió una generación de filósofos que ya se consideraban post-analíticos (Davidson, Putnam, Rorty) y que revalorizaron algunas de las tesis del pragmatismo fundacional (Peirce) y del pragmatismo de segunda fase (que en este artículo se refiere a la obra de Dewey). 

Dewey rechaza que los datos sensibles primarios (los “sense data”) que luego podrían ser expresados en proposiciones atómicas (Russell), sean unidades cognitivas, sino que los considera fenómenos orgánicos “pre-cognitivos”. Frente a la objeción respecto a que su concepción del juicio verdadero como asertabilidad garantizada, contenga un subjetivismo implícito dado por los fines elegidos del investigador, Dewey distingue entre  lo que explica la formación de un juicio (el contexto del descubrimiento) y lo que justifica que se considere como juicio verdadero (el contexto de justificación). El contexto del descubrimiento estaría siempre condicionada por los fines adaptativos de todos los organismos vivientes en continuidad con una perspectiva evolucionista, pero el contexto de la justificación sería una cuestión del orden de la “lógica” tal como la entiende Dewey (y no de los efectos “satisfactorios” de la “creencia”, como sostenía James) y resulta en una determinada interacción con el entorno. 

Por otro lado, si bien Dewey mantiene una sintonía general con la concepción de Peirce, al entender la investigación en su carácter procedimental y conjetural, es decir, entendida como una práctica en la que la “verdad” se concibe como el resultado de ese proceso, se diferencia de Peirce, básicamente en tres aspectos. (1) Con respecto a su alcance temático: para Dewey el contexto de la investigación es la situación particular que es percibida como problemática, mientras que para Peirce, la investigación se sitúa en el plano de la comunidad general de investigadores y su resultado es la formación de hábitos aplicables a una multiplicidad de situaciones problemáticas posibles. (2) Con respecto a su alcance funcional: para Dewey el producto final de la investigación debe materializarse en la modificación de la situación inicial (la dimensión interactiva), ya que el conocimiento es básicamente una reconstrucción de la realidad, mientras que para Peirce, el producto de la investigación se materializa en la fijación de las creencias y en la modificación de los hábitos (la dimensión más convencionalmente considerada cognitiva, aunque incluye una tendencia conductual). (3) Con respecto a la concepción de la verdad: Peirce pudo mantener el carácter convencional de la inmutabilidad de la verdad, porque reservaba ese término para el resultado final de la investigación global, pero para Dewey ninguna verdad puede considerarse como una “verdad final”, sino que por el contrario, es relativa a un cuerpo de evidencias provisorias, falibles y corregibles (porque depende de una resolución relativa y mutable del problema). 

En este sentido y respecto a la máxima pragmática de Peirce, Dewey incorpora un análisis específico del rol de la valoración en el proceso de producción del conocimiento (que selecciona lo que considera problemas y acepta lo que considera soluciones), en el que esas valoraciones no vienen dadas “desde fuera” del sujeto (la postura del objetivismo ontológico o realismo metafísico), ni tampoco son manifestaciones o traducciones de una naturaleza “interior” (la postura del subjetivismo psicológico). Para Dewey, las valoraciones no preexisten en ninguno de estos dos sentidos, sino que son construidos por la mediación de un comportamiento “inteligente” (por el que entiende, el que establece una nueva relación con el entorno, en la que se instrumentan cursos de acción respecto de determinados aspectos considerados problemáticos). Así como Peirce comprende una teoría como un conjunto de signos que permiten operar en el nivel simbólico, se podría decir entonces, que Dewey sitúa esa simbolizatividad en la práctica misma, en el sentido que la investigación recogería sintéticamente la experiencia acumulada anterior y eso a la vez, sería una anticipación de las experiencias futuras que se esperan lograr.


Referencias Bibliográficas

“The Middle Works” (1899-1924) [incluyen “The practical carácter or reality” (1908), “The logic of judgments of practice” (1915) y “Reconstruction in Philosophy” (1920)]. Southern Illinois University Press (Carbondale, 1969-1990) 

“The Latter Works” (1925- 1953) [incluyen “The Quest for Certainty” (1929); “Logic: the Theory of Inquiry” (1938) y “Propositions, Warranted Assertibility and Truth” (1941)]. Southern Illinois University Press (Carbondale, 1988-1991)

Morris, Charles: “The Pragmatic movement in American Philosophy”. Ed. George Braziller (N. Y, 1970). Incluye: “Essays in Experimental Logic” (Univ. of Chicago Press, 1916).

Thayer, H.S. (editor) “Pragmatism: The Clasic Writtings”, Hackett Publ. (Indianápolis, 1982).

Faerna, Angel M. “Pragmatismo conceptual: la teoría del conocimiento de C. I. Lewis”. Tesis doctoral presentada en la Universidad Complutense (Madrid, 1994).