POIESIS / 42

Por Pedro Montealegre

Esta escritura surge en un contexto discursivo, en cuya articulación histórica con condiciones de producción y recepción de poesía, coincide en privilegiar una estética hegemónica asentada en la claridad, legibilidad y brevedad semántico-sintácticas más canonificadas, y su relatividad ideológica; me refiero a las poéticas de los 80 tardíos y los primeros noventas –o bárbaras– en el caso de Javier Bello, en Chile. Resulta desafiante abarcar esta escritura cuando se produce y reproduce, incluso hoy en día, esta ilusión de recepción –tanto por parte de la crítica como en los mismos lectores y que precisamente los contiene de forma problemática– lo que dará pie a establecer una reflexión acerca de los modos de percepción y reconocimiento de lo literario como históricos y socialmente modelados. Digo esto pensando nuevamente en criterios de validación o invalidación de cierta crítica que reduce la eficacia estética de un texto poético a su claridad enunciativa, entendida ésta como cierta gramaticalidad compuesta así misma por un staff de signos reconocibles y vendibles para el consumo masivo. Esta valoración se justificaría –no lo veo de otro modo– por la instauración durante el último tiempo de criterios de validación basados en la claridad, en el lenguaje de todos los días, en temáticas cotidianas –o falsamente cotidianas, como la venta de una imagen pastiche de oportunas disidencias o escrituras proféticas bastante más controladas que excéntricas incluso que éstas–, cercanas a un modelo de consumidor de clase media y cuyo poder adquisitivo le permite acceder a estas lecturas. Ellas, de algún modo, lo reafirman también como sujeto y lo tranquilizan ante la ilusión de que el goce estético, para él, se da necesariamente como una píldora analgésica, dado el caso de que se siente más o menos espectador de las formas y contenidos de esas escrituras, que al mismo tiempo le hacen sentirse “responsable, cívico o crítico” al leerlas. Se produce en él, por lo tanto, una especie de transferencia solidaria pero a partir de la autoridad del texto, ya que se siente o aspira a sentirse igualmente trasgresor y cuestionador, mientras que por otra parte continúa y reproduce la normalidad de su vida burguesa. Hablo de una relación agónica de estos criterios con poéticas realistas anglosajonas y de cierta tradición latinoamericana que dialoga con ellas, así como también de estéticas del realismo castizo español, peninsular, las que de alguna manera se privilegiarían ante las de otras localizaciones. Son coincidentes estas prescripciones poéticas dominantes en el lugar de origen de estos poetas.

A partir de lo anterior, puedo decir que la capacidad de trasgresión que vemos en estos textos es doble: por un lado, ambas apuestan por un lenguaje en crisis que, visto de esa manera, se haría cargo de un mundo igualmente caótico (como ha insistido Antonio Méndez). Esto significa que se reactualiza, en cierto sentido, la concepción de un lenguaje anormal que caracterizaría a la producción poética en comparación a una supuesta normalidad del lenguaje […] “de todos los días”, a partir de lo que creían los formalistas rusos. Desde luego, el lenguaje, al estar sujeto a condicionamientos sociales, étnicos, históricos, culturales y políticos, resulta, aún así, “poético”, ya que como es sabido, se crea y re-crea constantemente, lo que vemos todos los días en la publicidad, el periodismo, el cine, en cualquier conversación de la calle. El grado cero, o el lenguaje plano, y lógicamente comunicable, sin entropía, no tiene posibilidades prácticas de concebirse. La retórica es capaz, mediante un análisis del discurso, de dar cuenta del funcionamiento de sus componentes y estrategias creativas. Pero entiendo, por otra parte, que permanecen, al menos suspensos por periodos historizables y definidos por su dialéctica, espacios de normalidad estéticas, hegemonías y gramáticas verbales y culturales (asentados y que pretenden asentarse, dominar, y justificar la perennidad de su dominación mediante la violencia simbólica, según dice Bourdieu). Propician, entonces, canonificar ciertas fórmulas; hacerlas necesarias; aislarlas y naturalizar su presencia: es por eso que hablo del lenguaje “trunco” que propone Bello, de acuerdo a lo que Foucault llamaba “campo de posibilidades estratégicas”. Es decir, se sabe consciente de dónde se articula el discurso, la lógica de la hegemonía que al mismo tiempo lo produce y a través de la cual pretende fisurarla, y, a partir de eso, establecer estrategias de diseminación de lo que no se ve. Esto los acercaría al tipo de disidencia más evidente, pero hablando precisamente con el lenguaje de la desaparición.

Afirma David Preiss que la escritura de Javier Bello resulta molesta, porque se instala en la abundancia. Pero en seguida se me viene la pregunta sobre la naturaleza de ésta, de si en realidad se trata de una definición cuantitativa engañosa. ¿Necesariamente la acumulación sígnica comunica abundancia? No se tratará, más bien, de la pregunta sobre si ella hace significativo un reverso dialéctico de lo que nunca se termina de llenar; hablo de tensionar el blanco dialógico, ideológico y discursivo que se instala en el pre-decir, y, precisamente, evidenciar la conciencia de que no existe blanco previo, sino distintas lecturas y escrituras sobre ese blanco, y que a partir de ello, el texto enunciado dispersa su carga, articula y textualiza su devaneo, su búsqueda sobre lo que en sí ya abunda pero no se dice. El silencio, de acuerdo a esto, sería una potente forma de abundancia, lo mismo que el blanco: un referente político que define desde antes lo literario, aunque lo literario en sí evite su mención. No hay nada que se llene para que desborde, sino que esa aparente abundancia, ese instalarse en lo (des)conocido, trasunta el pulso vindicativo de lo negado; lo abundante, entonces, sería lo no dicho, lo acallado, lo molesto, lo abyecto, que es lo mismo que decir lo asesinado, lo que no se puede nombrar, lo que no puede representarse en el escenario. Hablamos de una escritura que se instala sobre lo ya abundante, como la sombra del blanco. La escritura de Bello deviene la sombra del blanco. Esa abundancia es la que nos concierne, la no-dicha que se textualiza en decir (la-dicha) sólo para enseñarnos su perfil, su engaño, su manipulación ideológica. Pienso en Saramago para afirmar que la verdadera ceguera es blanca. Pienso en Edmond Jabés para decir que la sombra de la muerte es blanca. (*)

La forma en que está vacía la noche 

la forma en que se desfonda su rostro cuando acude la oquedad a los rincones 

el modo en que los rostros de plata se desfondan si asisten a esa misma oquedad y en ella sólo temen

(los rostros de los amigos se desfondan, los otros permanecen inmóviles, veloces pasajeros que detienen la nada) 

y el cuerpo que la visita sonando la ocarina, promulgando la débil vibración de la vida con su paso de danza 

es al mismo tiempo un cuchillo que abre el dorso de su mano y la deja sangrar 

es al mismo tiempo una garza que no bebe pero la deja sangrar hasta que se queda dormida el vino de la fosforación 

el vino del que somos olvidados

mientras los rostros beben y beben de la herida

escuchamos el canto de las mujeres negras 

el canto de las viejas mujeres con hocico de cerdo que nos llaman al sueño y nos devoran 

y entonces, entonces descubrimos que esas grandes señales son producto de la radiación. 

La forma en que se encuentra la noche

la forma en que la abandona la persona y el perro, animal de la persona

y el hombre que es mordido por los canes en los grandes rosales prohibidos. 

Brilla, brilla la imagen destrozada donde descansan los yesos 

la forma en que se queda la noche, vacía en la percusión de lo ajeno.

No importa lo que tú ves al fondo, sólo interesan los rostros confinados en el rincón

(recuerda, la noche está vacía) 

allí tú mueves la mano y alguien te contesta si es que los fantasmas conocen el vestigio de la luz y en la llama se han puesto los vestidos y aparecen, con harina o fermento de maíz en las manos, con restos de azufre en los pies.

No importa lo que tú ves al fondo sino que la noche se vacía en las esquinas devoradas

cuando se habla de la verdad en los cuartos y los niños y los conejos se conocen

reciben pájaros en el corazón y ramas de ciruelo, reciben pájaros y cestos con membrillos para perfumar las alacenas

hasta que todo es para ellos producto de la radiación.

Yo no sé lo que ocurre pero quiero decir lo que veo 

estamos ahora en un lugar donde los invitados encuentran su propio error y no huyen y eligen un enigma y no un arma 

y disparan entonces y la alcoba se llena de pistoletazos perdidos 

y la noche, después de la visión del vacío, es igual al terror de los gritos que perforan el tiempo y dejan escapar todo el viento de las grandes montañas

y el mundo es del color de un agujero parecido a la noche 

y la noche se vacía allí donde los peregrinos dejan de mirar los revólveres.

Yo no sé lo que ocurre pero cada mueble de la habitación se parece a la muerte 

la muerte se parece a la silla y la mesa a la muerte y la vitrina y la silla se parecen entre sí y hasta el patio acude solitario a su color predilecto 

que es el lento color de la muerte, ese color donde todo está sentado, ese color sentado a donde llaman los jueces 

y entonces entro y descubro que hablo de mi casa y mi casa se parece a la muerte 

y todo allí es producto de la radiación.

Las cosas no deberían existir si lo pensamos

alguien que escribe no tendría por qué existir si lo pensamos 

ni ese cuarto en que escribe ni el silbo con que conversa ni las cosas que dicen sus palabras tampoco tendrían que existir si lo pensamos 

pero he aquí que éstas viven y que éste vive y que éstas ya no huyen 

no huyen de la vida a la muerte 

no huyen de la vida a la muerte como las personas que sienten zumbar en su oído la hélice de la piedad y miran y no ven más que el hueco que dejan sus cuerpos al salir de las mantas.

Las cosas no deberían existir 

pero están puestas donde las vemos para espantar el fulgor del vacío

porque alguien escribe en una habitación y sus palabras son caballos, son heridas, son caballos que lloran y se parecen a Cristo 

y ese rostro es el rostro desfondado donde aúllan los signos

y ese rostro es producto de la radiación.

                              a la memoria de Ángel Escobar

Jaula del padre

De todos los que comen de esta mesa
el único que vive de su fuego es el padre. 
Yo no sé de donde vienen estas piedras 
ni tampoco conozco a quien las trajo, 
pero aquí las comemos, pero aquí las mascamos. 
Salvaje padre sorprendido en tu error, 
enemigo caliente de mirada amarilla,
me refiero a tu casa quemada por los bárbaros, 
me refiero a tu lecho marcado por un nudo, 
me refiero a tu alma que sale a predicar a la calle 
el domingo volcánico de los evangelios,
palabra medio rota que envenena el suburbio 
coronado por la lengua de un ángel, 
coronado por la lengua que has de obedecer, 
el decimal que te dará la muerte. 
Padre en silencio, eliges el peso de tu voz, 
el exacto calibre que arma tu vergüenza, 
el bastón de la rabia, el cristal de la sed 
cuando el cáncer congela tu garganta 
y te deja alucinar en su hueco. 
Padre furioso contra un sol de neón 
padre furioso contra un grito de fuego, 
encerrado con la luz que no entiendes, 
encerrado en la jaula del mal, 
perseguido por tus bestias de piedra 
ofendes la raíz de los árboles.
Las hormigas se comen un perro,
el perro se come la cara de un hombre, 
el hombre el excremento de un buey. 
Bajo las mantas están tus hermanos 
agazapados en la lágrima de su propio calor. 
Este fuego es su fuego, y es mi fuego también, 
este fuego es su hambre con las alas de mosca. 
Un hombre se come la cara de un hombre. 
Yo, mi padre, el padre de mi padre. 

                                              a la memoria de Guadalupe Grande

no es traducible el hueso, lo que viene después del hueso, paloma sometida dentro del cadáver. la mano donde cabe la mano que hizo todo el fuego, la imagen cuando cae en la sombra adivina la crueldad de los restos, pianos elementales contra el objeto norte, contra el fragmento alzado. los dedos muertos crecen en el bosque, el árbol acaba de parir piedra a la espalda, té de espinas en la cabeza del pastor, pozo allegado al misterio. no puedo traducir el señuelo, el hocico de los largos inviernos, esta lluvia que acorta las distancias, moja el hospicio de los muertos. un rostro no es traducible, el horizonte no es traducible, tu rostro verónica en las manos no dice nada al humo en el camino, no habla entre los sexos espontáneos. hay un suicidio, hay algo entre las piernas. una boca en el agua me sonríe, un alto filamento abre las puertas, pero muestra los dientes y se cierra
                                                                        			
	                               	para Víctor Berríos

Modelo Benjamin

Mala señal, el centinela se lava los pies con la jarra del vínculo,
mis labios ya no tienen vergüenza,
las oraciones entran de espaldas al orfelinato con cortes en las rodillas.
Es la hora, cierro los ojos, arrugan largos besos,
las esquelas se ahogan en los almanaques botánicos
con la dura humedad de la entrepierna del bosque.
Despeinados por una mano sin madre
los sauces enloquecen, sin pensar en la tierra
las raíces se hunden, los jueces se arremangan,
la prostituta de carbón moja los sobres, está sola, gotean
pensamientos afilados por la desesperación de las tibias,
el empeine dorado del ladrón entra en las franelas,
cruza el enjambre, zumba cuando levanta los vestidos,
espolvorea ruina en las enaguas.
Mala señal, el aceite de la lámpara durará hasta que cante el gallo,
todavía me queda un poco de saliva,
la lluvia me negará tres veces,
será abandonada descalza al borde de la carretera,
apagará en ella sus deseos, montará en caballos mojados.
La fe está sucia, la soledad está sucia,
el viento analfabeto deletrea sedición en las cartas,
una noche para encontrar refugio, para asolar aldeas,
una luna donde volcar los frascos.
Ellos huelen a pólvora, se arrastran por los muelles,
surten de esperma el navío fantasma,
animales al sol babean los braseros,
el incesto camina con los píes manchados.
Pienso que nunca se abolirá el invierno,
sueño con un caballo, un lecho transparente,
cebo y paraíso, un huevo en el riñón de la fábula.
Puedo alimentar los inmensos silabarios de hueso
con las líneas de mi mano, puedo imitar incluso
la respiración de mi madre.
Cierro los ojos, tiznados celadores vigilan el espejo,
mastican agujeros de nieve, en la frontera supuran sinagogas.
Ponte de pie, ya es hora, me dice una voz poderosa,
tenemos cuentas pendientes, soy el pasado,
soy débil, tengo una cita con Sholem.

Las farmacias del mar

No sé cómo seguir, me cuesta explicarte. Hemos visto lo que hemos visto pero no estamos conformes. El ojo nos obliga a olvidar, nos inunda con el resplandor de sus joyas encabritadas como la partitura de una fotografía de guerra. ¿Qué podemos ver bajo esta pena de muerte que no es real pero parece al menos convencernos? ¿Quién no lagrimea de vez en cuando una ventana si se acerca al humo embriagador del cigarrillo del bosque? Ah, viejo Tam, la lumbre que infecta las plumas plateadas de los pichones en el abrevadero se ha esparcido por el universo como los nombres griegos. Cada una refleja un mundo y una ley, un cuadro de costumbres donde los amigos saludan decorosamente a lo lejos y las muchachas invisibles se despiden antes de hundirse para siempre en la hierba. A lo lejos, remendados caballos de niebla cierran el telón con el peso de un párpado, caminan en puntas de pie como los mensajeros que escapan de escena por el hilo negro de la cuerda floja. Aún después de todo el peso que arrastran los años resulta difícil descubrir el anzuelo. Hemos removido la tierra hasta encontrar un testigo y a lo lejos los videntes ocultan las manos. No puedo elegir entre las cosas que traje de la muerte: el pájaro tuerto, la moneda de miel, el estricto reloj que salmodia. ¿No bastaba tan sólo con decirlo una vez para que aparecieran las huellas del desastre? ¿Soplar sobre los dedos turbios del verano hasta borrar esta edad y respirar los colores y volver a abrazarnos? Los difuntos que siguen vivos sin dar mayores indicaciones sobre su paradero, con una persistencia de ciudadela romana, no pierden el tiempo. Como si fueran un milagro, dejan encendidas las luces de casa, meten los dedos en los bolsillos y revisan los boletos de tren con una manifiesta sensación sísmica. Los difuntos y sus conmovedoras bolsitas de té, más vivos que la intratable muerte, dialogan al fondo del mar con las esponjas, los cefalópodos y las estrellas errantes. Regresan a veces a escarbar en la arena, vuelven por el talismán que favorece las rayas en el cielo, la veleta líquida que enseña los caminos, el caballo nervioso de los despampanantes puntos cardinales. Titubean al preguntar por nosotros, la maraña que envuelve los recuerdos suele desasosegarlos. Si aún no crees lo que te digo anda a dar una vuelta entre las luces de la mandíbula rota y pon atención a la querella que sostienen los faros. No hay tiempo ya para volver a despedirnos y mirarnos las manos como si nada hubiera sucedido. Por mucho que carguemos órdenes secretas, obedecemos al mismo capitán de la marina mercante y lustramos la corona con un pañuelo a cuadros. Sé que no quieres que repita estas cosas delante de los pobres corazones, pero Rosencrantz y Guildenstern han muerto. Corre el año cuarenta y cuatro, y Alfonso Reyes escribe sobre Anfiarao. Según el autor, dios menor de macuqueros, ladronzuelos y, por supuesto, de las cosas perdidas. 
                                                                                                                          para Magda Sepúlveda

Mano desnuda

Solo, como alacrán herido, llegó más alto el fuego, 
su aguijón de oscuridad, el firmamento. En ese paraíso, 
espejismo, la mano oculta del recuerdo, a veces
testigos y potencias, una alta encrucijada sin edad,
los artefactos y los cuerpos, verlos vaciarse y desprenderse 
contra un mar sin figura. Sobre las llamas, como una 
salamandra, suele proferir con la lengua aún dormida, yerta en la sed
que hace resbalar a los barrancos. Su talento, fijo como una estrella
entre torsos de humo, lo ve escribir de noche con la mano 
enguantada y de día con la mano desnuda. Toca lo que te 
plazca, dice el dedo a la boca, sea espina o pétalo sin rama 
o metálica rima que apenas se acurruca
para seguir gimiendo. No es sencillo, el cuerpo desemboca
en una cantera de astros decaídos: no en mármol redactados
los epítetos, no aclarados en marfil, sino fundidos 
en carne de alimaña, las imágenes 
no pueden prosperar, ignoran el reverso y en la pluma
sostienen, vínculo y tormento, la gradación de talco y 
búho posado en la estaca del retruécano. ¿Será su oscura
razón esto que entiendo o vendrán las cálidas pastoras a hacer 
tierra? Mirad, todo está aquí, lo dice y se tras
viste el rizo en dátil, el Vesubio en rubia entrepierna que lo mima. 
Pero de noche no basta con decir, el espectáculo del hijo 
natural del abismo hace crisis, el calor de ciertas bestias, el verano 
tatuado en el olvido, el masculino escote, imprevistas postales 
de la muerte luciendo su crencha alrededor del estanque, tras el jardín 
que reza el nunca más cerrado del racimo, el vellón donde el flequillo 
se esfuma al cascanueces. Mirad, 
mirad entonces los ojos de la aurora, el sol de los jinetes
con cadenas para linchar los bultos, la tribu corre 
detrás del climaterio del espacio, la percepción se calza
para ir a abrir la puerta. Aquí yace la mano que esgrime 
su relámpago de pelo, la fosa de su río destronado, ese encaje 
contrahecho en los cuellos, lentes ambidextras, sonrosadas 
diademas por el espeso candor de los muertos, el collar definitivo 
de orugas con que el espíritu alquila las cosas. Qué fue de ti, qué fue 
de tu edad, preguntan los testigos, quién vino esta mañana y quebró 
su delito, el vínculo del tiempo, y entre los muebles acomodó más tarde 
la ira y los celajes del puerto. Qué de ti, por qué no te quedaste 
en este parque donde surte la muerte su linaje y los pajes altivos 
se auscultan los ganglios tras la niebla. Por qué no te quedaste 
en este subterráneo donde silban por el ojal caliente de las sábanas 
los policías y sus niños de pecho. Por qué no arrepentido
en este mar de tribunos donde saltan, apisonando los terrones, Faetón, 
los buenos días, el sol de los anillos y las híbridas ancas de los peces,
el incesto copioso de las castas, los cueros de Jacob tras el edicto, 
la marina mercante, la espléndida tropa que arrastra acuchillando 
la mortaja de nieve. Ingrávidas, intrépidas como pleonasmos, las palabras 
se guarecen en tu sombra, engastan su silencio por los cuatro costados 
hasta ganar un brillo que no es de este mundo. De este mundo, del otro, 
tú saltaste al espejo, se hundió en el espejo el dibujo portentoso del alba, 
ese mismo alacrán, solo como hoguera entre las tumbas, el alma impenitente
que tiende el vellocino sobre el cuerpo aterido, dará luz a tus llagas, silencio 
a las voces de fango. Más alta que los cielos tu palabra, más allá del cáliz 
que envuelve los reflejos, escrito ya en Gracián: Andrenio muerde la mano de Critilo.

Mano enguantada

De todos las cosas que he perdido, el frío secreto de la mosca
en su frente cuando lo descolgaron, yo vi 
el escenario de su alma inmortal cuesta arriba en la escalera del padre,
Jacob en la grupa del ángel abría cada una de las puertas
de hueso cojo, asteroides, mensajes en el cielo, se hacía entender
el metal verdadero que salpica los dedos con salmuera.
Las palabras gemían a la orilla del mar, en el pliegue
de un laberinto derretido, se mesaban las barbas, rasgaban
vestiduras, se aquietaban entre la soldadesca. Tachadura 
yo vi, cristales, dádiva, concavidad del ojo del horizonte 
que vigila la ortografía, la mirada, la geometría de la muerte 
vencida en la impostura, el aire está mintiendo 
o se distrae y no arde como un cerezo cuando cuelga allí su arpa 
el pastor que desciende de todos los vientos. Al menos sé
que no se encuentra arrepentido en ese mar de vidrio
opaco, centelleante, creo que llora como la telefonista
ante el idioma sedicioso del tablero. También a ti 
te rondaron esas ideas alrededor del buche, el nido amniótico 
del iris donde desovan los animales prohibidos, las palabras no terminan 
de mirarse el corazón, los insectos fornican detrás de los espejos,
se aparean como en un poema de Cardenal, yo veo 
a sus hijos filtrando toneladas de cemento, me pregunto ahora qué fue 
de todos ellos, qué significa su miedo. Perfil de oro abyecto, aleteo inconcluso 
que sostiene tu peso, lo adelgaza hasta la extenuación. Que estuviéramos juntos 
no quiere decir que hayamos visto lo mismo, apóstoles del acantilado. 
Bajo el cielo raso nuez vómica, astenia embriagada, santidad de la mosca.
Lo descolgaron, los ojos en blanco que devoran 
como la muerta de las escalinatas, la soledad del viento, la mano 
que lo araña. Hace frío, dice, las cosas también se pudren, la muerte 
se pudre, el alma da vueltas como un helicóptero 
a la altura de los ojos, la mirada sobrevuela
lanzando al oído de la vieja garganta diminutos desnudos 
que no pueden respirar, recién entornado el mar retuerce su perfil, el cangrejo
mueve las pinzas del revés, gira la lengua, la acostumbra 
hasta que da las doce, quiebra la almendra, la manzana, la casa destronada 
del reloj donde duerme el pulgar, esa gente que canta como si estuviera viva
y aquellos que en sordina escrutan los misales y salmodian 
sin escuchar la fuga, las redes al trasluz, el grisú de la mosca 
que besa a su descalzo. Hace frío, mi amor, los ojos pesan
como los cuerpos en los hospitales, pesan como los labios
que la corriente arrastra hacia el silencio. Hace frío, se dice, alguien deja 
caer los guantes al fondo del lago. Hace frío, se sienta a escribir 
como el tordo que brilla para ser observado por nadie. 
De todas esas cosas, detrás de todas ellas, desflecándose
el secreto del sol en las paredes, la mosca que carga los dados.
Hace frío, nos dice, y su figura se disuelve en la tierra 
como la multitud de los colores que vomita una niña.

Casa de citas de Flavio Belisario

A partir de insulsas reproducciones, cómo hubiesen podido comprender que, en cierto modo, yo me había metamorfoseado en capilla y que la luz del sol, al atravesar la cáscara de un huevo, baña un enmarañamiento lineal en el que un alma noble se halla atrapada entre las mallas de un arte de pesca.
                                                                                              Jean Cocteau

I
En cierto modo tendría la cabeza que ser dos, una para la mujer del balcón y otra para las
              cartas que le escribe su padre. 
Abre los brazos y recibe el amor como quien paga sus deudas a tiempo, como quien
              abraza un ramo de gladiolos mientras mira las manchas en la pared, 
como quien recoge los restos después de la cena para dárselos al bolsillo descosido de la
              caridad. Ah la caridad, la caridad: 
cómo hubiese podido una bicicleta comerse las uñas detrás de la parroquia del
              pueblo, un monaguillo con la boca llena de ramas de abedul, 
el que dice desear a su esposa quiere decir que desea el bien para su padre y
              la descendencia de sus hermanas al atravesar la cáscara de un huevo, 
pero envidia al becario que mira la luna y al pensionista que alerta en el jardín a la música
              sobre las posibilidades de perder la batalla ante el silencio y la luz del sol.
Es la tibieza de la risa, es la mirada del espía, la débil traducción de la niebla que
              sube enredándose en un enmarañamiento lineal desde los zapatos calcados en las
              baldosas hasta el parto vacío de la cabeza. 
Hasta una de las cabezas: aquella donde la mujer azul decora con dorado la culpa y sopla
               sobre el clavecín para abrir con la ternura de un arte de pesca los dedos de los
               pies de los muertos.
II
¿Quién está ciego?, ¿quién entre los tarros de basura enciende la apuesta con las
              manos sucias?, ¿quién el neón que me protege del sol y de la muerte? 
Era ya la medianoche cuando venía de vuelta por el túnel, la noche estaba hermosa y
              vacía, rayada de conjuros y notas musicales, 
pesaba sobre los párpados lo mismo que una manta en el río, pesaba sobre el tedio de
              los adúlteros como el olor a pasto recién cortado. 
Allí están, nadie se podría desdecir, cada semana son observados de cerca: el masajista
               de los muebles del cielo, el novelista que dibuja en la funda de los almohadones, 
el nochero que se pinta las uñas de verde y el tenaz aprendiz de las
               locomotoras, cómplice del hierro y el silencio. Allí están:
María, Vía Láctea, Ceres, Selva Negra, Sara y su hija Sara que recolecta insectos
               del pulmón de las máquinas igual que en las capillas los gorriones y las ratas. 
¿Quién está ciego para dejarme ver? ¿Quién sostiene entre sus manos la fisura celeste del
               enmarañamiento mientras las ruedecillas del viento se llenan de la grasa de la
               primavera, de ese ruido que hacen las madres cuando piensan en la sonrisa
               muerta? 
No soy yo, es el río el que azota a los inocentes contra las piedras y los arrastra entre
               maderos y baldes hasta los enrejados de la desembocadura. 
¿Iremos a pasar el invierno en los moteles de paso que vagan en el hocico de los perros?
III
No me dejan dormir las patas de pájaro en la cama, no me dejan contar las horas con los
                dedos recién contados por un alma noble, 
los visitantes pueden despertar, los nidos, los nudillos, el grano que se hincha en la
                humedad de los rosales, 
el minutero silba por el antebrazo, el tartamudeo de las pequeñas olas se debate como un
                señuelo que abre las alas. 
Es tiempo ya, pero no puedo, siento las bocas del rumor, la glándula en los tiestos, el
               aleteo blanco que espesa como vinagre la saliva, 
el arañazo impotente en los postigos y después el tendón alabancioso que da vuelta la
               página del sábado. 
Aquello que se hunde, aquello que se hunde y se levanta y se hunde otra vez, y aquello
               que está por nacer,
las palabras muertas que apenas pueden acercarle la lengua a las cosas con una devoción
               imprudente pero necesaria. 
Fumo y sonrío, fumo y espero que alguien se acerque. Sea quien sea, nos contará lo
               mismo que diría cualquiera, lo mismo que sabemos:
la novela imprecisa de las fotografías, el parloteo que no terminará jamás, el lecho en que
               se hunden los nacimientos y los asesinatos. 
Aquello que se inclina, aquello que se inclina y se alza como un viejo gobierno y me
               interroga sin levantar los dedos de la mesay chasquea las botas y fuma mientras no digo nada, mientras me hundo y me levanto y
               me hundo de nuevo y oculto aquello que está por nacer, 
aquello que está por nacer y sin embargo calla y sin embargo dice y sin saberlo muere.
IV
-¿Y para qué? 
-¿Cuándo podremos reunirnos en esa habitación a decir las palabras que sólo se dicen a puertas cerradas? ¿Cuándo nos reuniremos para hablar de nosotros mismos y de los otros y de las personas que seremos sin dejar de ser ellos? Hablaremos de los que nos acompañan y de aquellos que no están con nosotros. Los bendeciremos y los maldeciremos con las mismas palabras. Con las mismas palabras haremos todo lo que está a nuestro alcance para salvarnos.

-¿Y hasta cuándo habrá tiempo para desdecirnos de un arte de pesca? 
-¿Y para qué insulsas reproducciones?
-Llénate la boca de esas imágenes y al atravesar la cáscara de un huevo púdrete.


Javier Bello (Concepción, Chile, 25 de octubre de 1972) es profesor asistente del área de Literatura Latinoamericana y Chilena del Departamento de Literatura de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, institución donde también coeditó durante 12 años,  junto a la Prof. Luz Ángela Martínez, los proyectos virtuales Cyber Humanitatis (www.uchile.cl/facultades/filosofia/publicaciones/cyber/index.html), revista electrónica de la facultad, y el Retablo de Literatura Chilena en Internet (www.uchile.cl/cultura/retablo), monografías sobre autores chilenos, sitios de acceso permanente y gratuito en el portal web de la Universidad de Chile (www.uchile.cl). Al mismo tiempo, ha impartido cursos de poesía chilena, latinoamericana y española contemporáneas, y talleres de creación poética en la Universidad de Chile, la Universidad Finis Terrae, la Universidad del Desarrollo, la Universidad Alberto Hurtado, la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, y los centros culturales Balamaceda 1215 (Santiago) y La casa encendida (Madrid). Licenciado en Humanidades con Mención en Lengua y Literatura Hispánica de la Universidad de Chile, Egresado del Doctorado en Literatura Moderna y Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid, se doctoró en el programa de Literatura y teoría de la Literatura de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, con la tesis “Memoria y negatividad en la poesía chilena de la Postdictadura. Cinco poetas de la Transición: Antonia Torres, Andrés Anwandter, David Preiss, Alejandra del Río y Germán Carrasco”, dirigida por la Prof. Dra. Ángeles Mateo del Pino, de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Ha recibido la Beca para la Creación Poética Joven de la Fundación “Pablo Neruda” en 1992; el Primer Premio de Poesía en los “Juegos Florales Gabriela Mistral” de la I. Municipalidad de Santiago, en 1994, por el poemario La rosa del mundo; un accésit al VIII Premio “Jaime Gil de Biedma”, Diputación de Segovia, por el poemario Las jaulas, en 1998; el Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez, 2006, por letrero de albergue; y el Premio Pablo Neruda 2007, que la fundación del mismo nombre otorga anualmente, desde 1987, a la trayectoria de un poeta chileno menor de 40 años. Ha publicado los siguientes poemarios: I decided to dissolve (poemas en chino, inglés y español). Edición de Bei Dao, Lucas Klein y Chris Song. Traducción al inglés de Valentino Giannuzi.Hong Kong: The Chinese University Press, 2017; No es traducible el hueso. Selección de Edgar Saavedra. Lima: Toé, 2016; la antología Exhumación de la Fábula (Albacete: Chamán, 2016, selección de Nicolás Labarca, prólogo de Antonia Torres); Los grandes relatos (Santiago: Cuarto Propio, 2015); Estación noche (Santiago: Libros La calabaza del diablo, 2012); Espejismo (Santiago: Cuadro de tiza, 2010, postfacio de Jorge Monteleone); letrero de albergue (Huelva: Diputación provincial de Huelva, Colección de Poesía Juan Ramón Jiménez, 2006; prólogo de Diana Bellessi, 2ª ed., Santiago: Editorial Norma, 2007); El fulgor del vacío (edición corregida y aumentada de La rosa del mundo y Las jaulas, más el poemario inédito Los pobladores del entresueño), Santiago, Editorial Cuarto Propio, 2002; Las jaulas (Madrid: Visor, 1998); La rosa del mundo (Santiago: Lom, 1996); La huella del olvido (Concepción: Letra Nueva, 1989); y La noche venenosa (Concepción: Letra Nueva, Cuadernos de Movilización Literaria Nr.31, 1987). Además, ha editado, entre otros, los siguientes libros: Winnét de Rokha, El valle pierde su atmósfera. Edición crítica de la obra poética. Prólogo, recopilación y notas de Javier Bello. (Santiago: Cuarto Propio, 2008, 637 p.); Diana Bellessi, Persecución del sueño. Antología poética. Selección de Eliana Ortega y Javier Bello. (Santiago: Lom, Cuadernos del Ciudadano, 2006); Enrique Gómez-Correa, Lo desconocido liberado. Antología poética 1935-1995. Selección y prólogo de Javier Bello. Madrid: Huerga y Fierro, Colección Signos, 2005; y A.A.V.V., Desencanto personal. Reescritura de Canto General de Pablo Neruda. Selección de Javier Bello. Prólogos de Soledad Fariña y Raúl Zurita. Santiago: Cuarto Propio/Balmaceda 1215, 2004. 

(*) El texto de Pedro Montealegre aquí publicado es fragmento de un trabajo más extenso. La selección de poemas que ofrecemos, en la cual conviven textos de diferentes libros (éditos e inéditos), fue hecha por eXtramuros, en base a los materiales remitidos por el poeta, cuya confianza agradecemos (R.P.)

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