ENSAYO

Por Aldo Mazzucchelli

1

La grieta podría no ser un problema de diagnóstico factual, de medir el rechazo o la repulsión a priori entre meras representaciones de lo real. Eso siempre es cuestión de más o menos, y el diagnóstico oscila entre la trivialidad y la imposibilidad. Lo que importa es que la grieta podría ser un síntoma de un cambio humano mayor. Importa pensar de qué tipo. 

Ese cambio no es, para empezar, que ahora la separación sea físicamente más violenta. De hecho, lo es menos. Las divisiones políticas de hace 150, o 50 años, en el Uruguay sin ir más lejos, desembocaban en duelos singulares como los de Sanguinetti y Flores Mora, Seregni y Ribas, o los de Batlle y Juan Andrés Ramírez, Batlle y Beltrán, o en degollinas como las de la Guerra Grande o la del largo regreso de Quinteros; en secuestros y asesinatos como los de Báez o Mitrione, Michelini o Gutiérrez Ruiz. Y se continuaban en años de historia escrita desde un solo lado, contra el otro, tuerta de razones e incapaz de reconocer que el otro una gran mayoría de las veces no es más que el espacio que deja mi incapacidad de ver. 

No es, tampoco, que ahora la obstinación en asignarse el 100% de la virtud sea una tarea de más largo plazo que antes. El discurso que asigna el 100% de la virtud a un solo lado -dicho de otro modo, el que niega por principio cualquier teoría de dos demonios- intenta seguirse empujando por una multitud de uruguayos convencidos de que la dictadura de los setenta debe seguir siendo el tema dominante de la política local, luego de 50 y más años; pero en febrero de 1900 una multitud de colorados inundó el Cementerio Central para conmemorar a los «mártires de la Hecatombe de Quinteros», un episodio que había ocurrido cuarenta y dos años antes. 

En el siglo xix, una multitud de anarquistas de a uno se esparció por todas las capitales europeas y se dedicó al asesinato político, concretando sus fines a menudo, prácticamente siempre usando la propia vida como moneda de cambio. Hablame de grieta.

Entonces, el problema de que estas conductas existan no es nuevo, ni sus manifestaciones son particularmente más graves que antes. El problema es que antes, además de esas hordas de convencidos, la sociedad y su cuerpo político estaba compuesto también por otro tipo de gente, que además era la que manejaba la política, la prensa grande y la educación. Ahora, ese otro grupo está desapareciendo. Al menos, está desapareciendo de la política activa.

Y la razón principal por la cual está desapareciendo es que la división salvaje e idiota entre visiones a menudo complementarias, lo que en cualquier otra época de la Modernidad era considerado por la gente educada, responsable y adulta, un exabrupto que debía quedar básicamente fuera de la jurisdicción de la alta política, ahora es el mecanismo fundamental practicado por la alta política. Y la prensa, y la universidad, que en su momento luchaban de diversas formas -con el humor y la ironía, con la discusión pública argumentada y compleja, apoyada en hechos y teorías contrapuestas, y con la evocación de actitudes éticas desinteresadas en el pasado- ahora azuzan el semáforo de dos colores, blanco y negro, y elaboran un discurso donde la virtud está toda de un lado solo, y del otro no hay nada. 

¿Todo tiempo pasado fue mejor? No. Pero tampoco es mejor todo tiempo presente ni futuro. Ambas afirmaciones son la misma forma de simplificación. La diferencia fundamental entre otros momentos de la Modernidad y este, es que en otros momentos de la Modernidad la censura abierta y alevosa, la discriminación de la voz del Otro basada en los peores y más vulgares y conocidos motivos ideológicos -el ansia de poder, y la creencia, siempre infantil, de tener el 100% de la razón- había logrado ser vista y enfrentada por una parte sustancial de la población como lo que era: tiranía y censura.

Ahora, en cambio, a la tiranía y la censura se la empieza a tolerar, o se la aplaude como la imposición de esa misma, estúpida, e inexistente, «verdad obvia» que supuestamente todos deberíamos creer. Me consta que esto no es compartido -aun- por muchos que creen que estamos simplemente frente a una crisis pasajera. Esperemos y veamos.

2

Sin haber deseducado sistemáticamente a la población hubiera sido imposible aplicar esto. 

Hoy se puede. Los estudiantes universitarios que ingresan hoy al primer año no saben, en un porcentaje apreciable, leer ni escribir competentemente. Apenas son capaces de concentrarse para leer durante unos pocos minutos, textos simples. De ellos, retienen apenas algunos rasgos. En general, lo que mejor retienen estos estudiantes son los elementos contrastados, el blanco/negro de una afirmación simplista de tipo moral. Buenos y malos. 

Todo en la ecología mediática contemporánea refuerza esa minusvalía, la promueve, y la impone como la onda a practicar. Twitter, empresa concebida y dirigida por un personaje curioso, que no se hace cargo de lo que ha inventado ni de lo que hace con ello, estimula la cultura hashtag, sólo permite unos pocos caracteres, incapaces de acoger nada mejor que un chisme o un insulto, y censura a mansalva todo lo que le complejiza cierta narrativa triunfante. Facebook, por otro lado -es decir, por el mismo lado-, censura, clausura, impide compartir, todo lo que va contra el mundo simplificado de buenos y malos que promueve. Google es ya un gigante tan descomunal que nadie sabe quién manda en su entrevero de compañías subsidiarias, pero las más importantes de ellas se las ingenian para controlar las narrativas, eliminando, por ejemplo de YouTube, cualquier cosa que contradiga la misma ortodoxia global. 

Quienes dicen que porque son compañías privadas su discriminación está justificada, equivocan de varias formas y en varios grados. Google o Facebook no son el Canal 10. Ambos son «lo mismo»porque ambos son -vagamente- «medios de comunicación», pero postular esa equivalencia sería como afirmar que una rosa y un cachalote son lo mismo, puesto que ambos son seres vivos. Pero además, las empresas privadas están sujetas -especialmente si tienen la relevancia monopólica de las grandes plataformas tecnológicas- a las leyes anti discriminación, por ejemplo. ¿Qué es peor, discriminar a una persona por su raza, por su opción vital de cualquier tipo, o por lo que cree y las palabras que pronuncia? ¿Por qué está bien dejar que solamente hablen los que repiten la liturgia del presente bobo?

Es más, obviamente al Canal 10 no le permitiríamos tan fácilmente que discriminase a un entrevistado porque no piensa como el dueño del medio. Aunque un canal de televisión haga eso todos los días, lo tiene que hacer fuera de la vista del público, y negar que lo hace. Facebook o Twitter, en cambio, son tan poderosos que lo hacen, te lo dicen en la cara, e incluso obtienen algunos aplausos de quienes piensan que sacarán alguna ventaja de ello -sin darse cuenta de que lo único que se obtendrá así será una sociedad peor. Están cambiando el umbral de tolerancia a la discriminación por opiniones, pulverizando la libertad de pensamiento y expresión. Si están «dentro» o «fuera» de la ley al hacerlo es un debate que intenta aplicar, parsimoniosamente, categorías del siglo xviii a crímenes del siglo xxi. 

Los señores Zuckerberg y Dorsey no son periodistas, ni tampoco son los dueños de una «empresa privada» del tipo de Boeing o la Tienda Inglesa: son el equivalente de los censores de la iglesia católica en los tiempos en que esta tenía la autoridad absoluta sobre la verdad revelada y la conducta de los hombres, y ejercía esa autoridad encerrando, excomulgando, torturando o quemando -libros, o gente-. El refinamiento de Dorsey o Zuckerberg es que ya no precisan quemar los libros: ahora basta con desenchufarlos. En cuanto a quemar gente, tampoco precisan hacerlo ellos mismos. Alcanza con promover la cultura de la cancelación, para que la patota de iluminados lo haga por ellos. 

Facebook, Twitter, son las nuevas Organizaciones Administradoras de la Verdad que emana de las nuevas iglesias ateas de la oligarquía global. Actúan como tales, y no dejan lugar a duda a nadie de la arbitrariedad de su poder discriminador. El que no quiera ver esto, es, hoy, cómplice de esa discriminación por acción u omisión. La grieta viene de este cambio. En un tiempo Dios había revelado el bien y el mal. En un tiempo subsiguiente, la Modernidad consideró que para determinar el bien y el mal habría un camino estrictamente humano, nunca del todo definido, pero probablemente consistente en un acuerdo general, un «contrato social» de alguna especie, legitimado por la Razón (la mayúscula que llevaba Dios fue transferida al nuevo sustantivo místico de los masones y filósofos iluministas), y una serie de normas sólidas y respetadas por todos, discutidas y aprobadas por todos por mecanismos razonablemente claros. El hombre moderno, como dijo Kant, sería aquel capaz de hacerse cargo de su propia responsabilidad. El proyecto era que aquello que pasase sería consecuencia del ejercicio de esa responsabilidad.

El proyecto era bueno, pero para que se realice es preciso que el hombre haga su parte, y se haga cargo. Estamos asistiendo al fracaso de ese proyecto, debido quizá entre otras cosas a la no comparecencia de tal  legitimidad estrictamente humana. La estamos cambiando por Netflix barato y abundante, propaganda política de calidad ínfima, y ausentismo de toda responsabilidad individual. Obviamente, el discurso del poder será reforzar la ausencia de responsabilidad, y empujar a la gente hacia atrás, a cierto estado infantil en el que el sujeto no se haga cargo de nada, y ni siquiera aprenda ya a leer -es decir, a fortalecer y refinar la posibilidad de pensar por sí mismo.

La legitimidad no puede venir tan solo de la argumentación triunfante. La  legitimidad que precisamos nunca vino, ni podrá venir, de un éxito retórico. Los seres humanos somos buenos para argumentar. El problema es que todos en mayor o menor medida lo somos. El tipo de verdad que los seres humanos, en nuestro fuero íntimo añoramos, de un modo no sé si consciente, no es el tipo de verdad que se puede argumentar mejor o peor, sino una verdad que se hace presente, a menudo luego y más allá de que hemos terminado con lo argumentable. La grieta -proyectar la verdad propia como indiscutible y la del otro como inexistente- acaso sea el remedo de esa verdad añorada. Sería la imposición desesperada de una revelación voluntarista -en la medida en que, como sociedad, no disponemos de ninguna revelación real que la sustituya. 

Nietzsche ya explicó suficientemente, antes de volverse loco, por qué no dispondremos de ella. Al menos no en esta cultura de la gran zona atlántica del mundo, donde pareciera que ya no es posible reconocer esa necesidad de absoluto por lo que es, en lugar de proyectarla en tonterías que cambian con cada tuit, mientras Dorsey pone sus ojos celestes en blanco y se hace el budista que está en paz con el mundo y consigo mismo. Que un hombre tan confuso como Jack Dorsey tenga el poder y la absoluta impunidad que tiene, y que no exista en el mundo ningún representante político de la gente común con la legitimidad y autoridad como para ayudarlo poniéndole algunos límites, dice todo lo que es preciso saber acerca del estado de nuestra civilización.

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