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¿Siempre fue la política un ocultarse del poder en el juego de las diferencias sin sustento ni referencia real, pero inventadas y comunicadas? Si aun hay un lugar para reinventar la política, el dinero debería participar de ella a cara descubierta. Si eso ocurre, al par mitológico izquierda-derecha se lo obligaría a jugar un juego que nunca ha jugado: abandonando la retórica y la publicidad, comenzar a operar políticamente haciendo referencia a ese juego de ocultarse del poder.

Por Aldo Mazzucchelli

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El lenguaje tiene sus limitaciones, y no basta teorizar bien sobre él para superarlas, porque se trata de limitaciones de actuación, no de principio. La principal, a mi modo de ver, es su pretensión de que puede eximirse de su fuerza referencial, y convertirse en algo meramente decidible en función de los resultados de una lucha política. La retórica toma allí el lugar de la dialéctica, y el dinero termina tomando el lugar de ambas. Lo estamos viendo. El peligro de un lenguaje sin referencia es más agudo en un mundo intensificadamente virtual como el de este año pasado, el cual pone aun más entre paréntesis las referencias duras.

Solo así pudo un discurso globalista cada vez más débil en sus argumentos, recuperar el control discursivo. ¿Por cuánto tiempo? Una respuesta posible es: mientras no se obligue al dinero a entrar en la política como dinero, y no como «filantropía», «proyecto de investigación científica», o «financiación con fines sociales».

Si se pretende seguir hablando, solo hablaríamos en tanto los términos que usamos tengan una referencia aceptablemente determinable para los interlocutores. Es posible hacer política democrática acerca de lo que atañe a los negocios de los propietarios en una comunidad griega del siglo V a. C., siempre y cuando quienes la hagan sean esos propietarios mismos: ellos saben a qué se refieren cuando hablan- Esa, inexistente, sería una versión de política sana. Obviamente volver al siglo V es imposible, pero… ¿por qué sería más posible volver al siglo XVIII, o XX, a donde todos los pares referenciales de «izquierda y derecha» aun nos conducen?

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Es posible, quizá, hacer política en un barrio de una ciudad contemporánea. No sé si es posible hacer política a más alto nivel si se sigue permitiendo al dinero que se oculte detrás de la fachada de «la política», con sus contrafachadas las ONG y las burocracias internacionales, y sobre todo su fachada principal, la izquierda que no quiere preguntar de modos nuevos y peligrosos por los hechos nuevos, sino asimilarlos a su discurso viejo. Como, por ejemplo, quienes desde la izquierda argumentan que «está bien que Twitter censure, porque es ‘una compañía privada con reglas de funcionamiento'» -argumento plenamente anacrónico y que ignora de un plumazo el rol de lo privado en la esfera pública y política contemporánea. Twitter es una compañía privada. Pero buena parte de la organización pública de cualquier república occidental, ¿no lo es también de hecho, por su financiación que impone las políticas y las mitologías? Sólo que Twitter lo dice -y aprovecha esa bisagra farsesca de «lo público y lo privado» para no cumplir con la obligación constitucional de garantir libertad de expresión. ¿Las empresas privadas tienen ahora derecho a vivir al margen de la constitución? ¿Existe una constitución que queda sin efecto cuando una empresa privada lo suficientemente grande lo decide? GAVI parece ofrecer otro ejemplo de que esto es, ahora, cierto. 

No me hablen de las viejas referencias de la política de izquierda y la derecha, la «crítica al capital» y el «imperio de la libertad protegida por la ley». Hoy Bill Gates es un Estado, su negocio llamado Alianza Global para las Vacunas (GAVI) tiene inmunidad diplomática en Ginebra, y dicta las políticas de cada Estado a través del caballo de Troya de la OMS. Esa es la «ciencia», y esa es la «política». Hasta que no hablemos de ello, no habrá una ni otra.

Para rescatar la política, paradójicamente, hay que dejar de demonizar el dinero. Esta no es una afirmación de derecha, sino acerca de lo que el dinero viene haciendo desde siempre: ocultar su verdadero poder bajo mitologías políticas sucesivas. Convendría darse cuenta del problema de quienes escriben «desde la izquierda» y denuncian a cada frase el «capitalismo» y el «neoliberalismo», y reivindican una pureza de Estado que nunca existió, mientras con la otra mano toman el dinero de ese capital, al que denuncian, en sus financiaciones, becas y proyectos académicos. Es más: el capital paga gustoso esas denuncias, porque son sólo otra de las formas de seguirlo ocultando. El capital precisa la legitimidad global de la ONU, de la OMS, porque son la legitimidad de ese capital mismo, que se ve así eximido de mostrarse como tal y puede incluso llamarse filantropía.

Hay que exigirle al dinero que se siente a la mesa y se haga cargo de sus responsabilidades, en lugar de esconderse en las «causas globales y filantrópicas» desde donde viene organizándose para lograr que todos los demás estemos cada vez más peleados entre nosotros. Hay que darle derecho a voz y a voto en pie de igualdad con otras fuerzas que no sean la fuerza del dinero -en la concepción original del Estado moderno estuvo esto, pero desde luego, esto no existe más. Hasta que la política no sea reconstruida en este aspecto -su funcionar como ocultadora mitológica del poder del dinero-, seguirá sin haber política. Si el dinero está realmente en el poder, que el dinero esté en el poder, y los ciudadanos seamos la asamblea de accionistas que al menos es capaz de discutir cuál es el mejor gerente. Y que se privatice de una vez la filosofía, incluyendo la filosofía política, en lugar de mantenerla secuestrada bajo los ideologemas de los laicistas y cientifistas.

Hasta que este necesario paso no se dé, sólo habrá un discurso único, hecho por la alianza «izquierda + liberales» (esa alianza incluye desde luego todo el poder fáctico y material, y está compuesta en su mayoría por personas con valores tradicionalmente de «derecha» y de «izquierda», siempre que ninguno de ellos crea en ningún bien superior, salvo el de mantener y aumentar su poder). 

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Si yo digo «libertad de expresión» y alguien de izquierda me relativiza el derecho a hablar de mucha gente, porque los considera «de derecha», y los liberales hacen lo mismo, y por la misma razón, sabemos que estamos ante un secuestro de la posibilidad de discutir por parte de quienes creen detentar la hegemonía discursiva. Es decir, por parte de la izquierda y los liberales. 

Su alianza consiste en impedir que ese poder compartido hace décadas pase a manos de otra gente. A esa otra gente ellos le llaman «la derecha». En efecto, la «derecha» es el hombre de paja que reúne a los liberales que no tienen interés en la libertad de sus adversarios políticos, con la izquierda que no tiene interés en la libertad de sus adversarios políticos. 

Es así como el régimen saudí puede hacer lo que le parezca con las mujeres sin que las feministas modelo ONG ni el gobierno yanqui digan nada: ambos son aliados porque el gobierno saudí es más o menos indirectamente financiador de ambos, y porque ambos tienen un enemigo común. ¿Quién es? Es el conjunto gigantesco de ciudadanos de la tierra que nos damos cuenta, desde hace mucho, de que los discursos divisivos disfrazados de reivindicación de víctimas son las herramientas de una alianza entre el poder del dinero real, y las burocracias internacionales -que cumplen, en el esquema, funciones de legitimación superior a las de los Estados nación. Los discursos que defienden están comprados, y han dejado de ser lenguaje humano: son productos, como el proverbial shampoo. Se los distribuye, promociona, y vende a terceros, que los usan tal como vienen embotellados. Por eso tenemos un solo discurso global «contra la derecha» (redactado por fuerzas que, ante cualquier escrutinio histórico, resultan ser la continuación de lo que siempre se llamó «derecha»: gran capital y constructores de mitologías para ocultar a los poderosos y mantener las cosas como son) y un solo discurso global relativo al virus corona. Variantes de champú, season 2020-21. 

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Es así que defender la relatividad de los términos izquierda y derecha es por un lado menos que lo cierto, por otro lado más. Esa oscilación entre nunca admitir ninguna referencia para lo que se afirma, y al mismo tiempo pretender secretamente que podemos decirlo porque «nosotros sabemos» a qué referencia nos referimos, es el problema de cuando, en lugar de hacer política, se habla de hacer política. Se congela así la política, para mantener un espacio simbólico de poder: el espacio «ser de izquierda», que es al fin el estéril espacio de la teoría, el espacio de la sutileza pretendida respecto de las teorías del lenguaje. De paso, se cancela al Otro -ese Otro es, ya se sabe, siempre La Derecha. 

Se pretende, al mismo tiempo, que el que no hace política es «la derecha», cuando en realidad se elimina toda interlocución con cualquiera que no diga amén a la larguísima y vigente tenure del poder conjunto de los «liberales» y la «izquierda». En Estados Unidos han avanzado más: allí a una izquierda dictatorial y hoy ya cuasi-soviética se le llama «the liberals«. De ese modo todo queda en casa. El resto es todo derecha, y como todo lector asiduo del New York Times sabe de memoria, la derecha no tiene razón en nada. Cómo podría contradecirse esto es difícil saberlo, puesto que para empezar a la «derecha», por serlo, ya no se le permite hablar. Se la borra masivamente de las redes sociales, se la expulsa de los servidores, y no se le da voz alguna en los grandes medios. Todo lo que no repita las condenas caricaturescas e infantiles contra Trump y Bolsonaro es «derecha». Y todo lo que no repita la ortodoxia Covid, es «derecha» también. 

Esta especie de nominalismo onírico autoritario a la Orwell (lo que el discurso oficial sueñe y nombre es lo que existe, y es la única «realidad») es la doctrina filosófica de CNN, el New York Times, la BBC, el Guardian, el Washington Post, y todos los demás periódicos de ese globalismo «liberal de izquierda» cuya última herramienta de control del discurso ha pasado a ser la censura abierta.

El problema, ya está dicho en un ensayo anterior, es una variante del crimen original del nominalismo, que es ocultarse a sí mismo la legitimidad de su pregunta fundamental.

Las referencias al mundo que el discurso de la izquierda hacía han sido pervertidas y trastornadas de tal modo que ese discurso ya no puede referirse al mundo. Cuando lo hace y pretende nombrar algo, está de hecho hablando de otra cosa, normalmente de su contrario.

La «derecha» es ahora la fuerza anticensura en todo el planeta, mientras que un heredero de la ideología nazi como Klaus Schwab, ideólogo del Gran Reseteo, es el líder de facto de los «liberales» y la «izquierda», que le hacen los mandados a esta primera versión particularmente autoritaria del Gran Reseteo. Tengo la esperanza de que un Gran Reseteo se pueda hacer sobre premisas mejores. O al menos no sobre un conjunto de premisas que formen todas ellas parte de una farsa descomunal. 

El miedo a perder el mundo anterior ha hecho a la vieja política ponerse de rodillas y aceptar lo que les dicte la ortodoxia Covid. El miedo que tienen es a tener que entregar el mundo anterior, donde ellos mandaban. Entre los que se han arrodillado están la izquierda y los liberales (es decir, también la «derecha»). Piensan que si obedecen los mandatos, y si se convierten en policías vocacionales de su prójimo, Schwab o Gates les van a devolver, al final y después que les paguen por los millones de tests truchos y vacunas, aquel mundo en el que ellos mandaban y la oposición a todo ese orden, el «negacionismo» y el «complotismo», no eran aun tan interesantes ni tan importantes.

Los «liberales», habiendo confundido sus principios libertarios con un status quo corrupto que sólo entiende la política como una extensión de sus negocios particulares, es incapaz de denunciar la censura, porque sienten que si denuncian la censura pierde legitimidad el sistema político entero en el que ellos en realidad vienen mandando hace mucho. Ser fieles a los principios declarativos liberales, sienten los liberales, equivale hoy a cometer suicidio político. Más vale aceptar una cierta negociación soft de tales principios, en la cual basta con que yo haga la vista gorda para que Gates o Bezos o Tedros me dejen tranquilo haciendo mis negocios, y a salvo. 

El resto es un conjunto heterogéneo. Hay ahí un conjunto de gente joven a la cual, puesto que ya se dio cuenta del carácter fundamentalmente farsesco de todo el asunto, no le interesa en absoluto esta discusión y actuará con «pragmatismo» ante cualquier obstáculo que se les ponga enfrente. Hay también un grupo cada vez más grande de gente de cualquier edad que se informa por canales alternativos a los grandes medios -justamente, los canales alternativos que la alianza izquierdoliberal quisiera vaporizar. A ello se suma una vasta mayoría de personas bien intencionadas, pero muy mal informadas, porque aun siguen funcionando en el piloto automático de las ideologías del siglo XX. 

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Al estar enredada en esta alianza estratégica con su supuesto enemigo histórico, la izquierda está distraída y desorientada, y no presta atención debida a los problemas de su propia retahíla rutinaria. La «enseñanza pública» que sigue queriendo defender, por ejemplo, sería buena si fuera enseñanza, y si fuera pública. No es una cosa ni otra. Una opción es terminar de deshacer su función de supuesta regulación, que no puede cumplir, y permitir que la gente se eduque libremente de distintas formas, en institutos de cualquier tipo o en grupos independientes, con ayuda de internet y de las muchas mentes libres. La otra, es «salvar la educación pública», cosa que la izquierda bien intencionada viene intentando hacer desde mediados del siglo veinte.

Yo me confieso más bien partidario de la primera solución. Pero entiendo que puedo no tener razón. Entiendo las complicaciones de un salto al vacío como ese -aunque juro que entiendo también la parálisis nefasta a que viene llevando hace décadas hacer como que se puede recorrer la segunda alternativa…

Pero, puesto que en este tema no cabe sino dudar, atiendo pues a tal segunda alternativa, y miro lo que aconseja. Si se quiere salvar la Educación Pública, ¿cómo hacerlo? Si uno escucha a quienes defienden esa posibilidad, lo que uno se da cuenta es que lo primero sería poner la marcha atrás un rato largo, restituir al Estado sus roles decimonónicos y -acaso, si sumamos a los liberales jacobinos a la alianza- su laicidad. Ambas tareas son imposibles, aunque ni la «izquierda» ni los «liberales» jacobinos se dan por enterados. Prefieren seguir jugando el juego oposicional complementario del siglo XX, pues a ninguno de los dos les interesa la libertad de quienes no comulguen políticamente con ellos, ni les refuercen sus espacios discursivos de poder. Es acaso por eso que los políticos tanto de la izquierda como los liberales siguen, y seguirán para siempre hasta que algo los obligue a parar de repetir lo mismo, diciendo que «empezarán un estudio serio para ver cómo reformar la educación», y que» los culpables principales del desastre son los gremios docentes»… Es decir, ellos son los que solucionarán, un día, el problema. Pero no lo harán hoy. Y con el problema ellos no tienen nada que ver. 

Repetir la monserga del siglo pasado es a lo que han quedado reducidas la izquierda y la derecha, mientras el mundo va quedando en manos de una dictadura tecno y globalista que barre con todo, incluyendo lo que haya de bueno en los valores hasta hace poco de curso. Sí, dije «valores», y lo dije bien parado dentro de la política, es decir, tirándole en la cara a cada uno su renuencia a discutir qué es mejor en el mundo concreto en que tendríamos que hacer política -es decir, dialéctica abierta, en lugar de retórica de y para el ocultamiento del poder. Tener poder es algo distinto a tener valores, pero pretender que la conquista del poder va a solucionar el problema central para la vida de lo que es verdadero y bueno es una persistente estupidez.

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Puedo seguir escribiendo toda la tarde, pero es evidente que en ausencia de política, no nos vamos a entender. Recomiendo a todo el mundo una dosis intensiva de Mencius Moldbug. Con los ensayistas autodenominados de la izquierda y la derecha que escriben en esta publicación -creo que no descubro nada si digo que se cuentan entre lo más inteligente y de buena leche de cada campo- nos entendemos bien en un punto fundamental: la política ha sido secuestrada hace tiempo, y está a punto de ser abolida definitivamente ante el altar de la tecnocracia. Y no, no se trata de seguir denunciando infantilmente el capitalismo, sino de obligarlo a sentarse a la mesa sin la mascarilla puesta.

Cuando termine la vacunación se relativizará y manipulará cualquier posible efecto negativo de la misma sobre la salud de la gente. Por lo supuestamente bueno se agradecerá a los encierros, preparando al rebaño espiritualmente inmunizado para más encierros, y más vigilancia. De lo malo, se le echará la culpa a los escasos políticos con agallas que queden. Luego, se terminará de sustituir la política por los dictados del miedo y las versiones de Imagine hechas por científicos metidos a músicos, cuya lírica es un mensaje editorial de la Organización Mundial de la Salud redactado y pago por Big Pharma. 

Cuando eso haya sido consumado, los músicos de verdad verán cómo en un mundo tomado por esos repentinos colegas, todas las preguntas están contestadas ya de antemano. La política se ha transformado en un guión dictado por los anticientíficos disfrazados con una túnica. En un mundo así es imposible escribir letras. Sólo quedará libre la música instrumental, y de ella habrá que partir para reconstruir, como hizo Pitágoras, el logos desde cero.

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