ENSAYO

Por Alma Bolón

1 “Derecha/ Izquierda”: el equívoco en la lengua

Los términos « izquierda » y «derecha », como todas las palabras de cualquier idioma (idioma, no nomenclatura), están sometidos a la ley del equívoco. No hay univocidad en las palabras de una lengua; esto implica que siempre hay más de una acepción, más de una manera de entender un término. Un diccionario, por buenísimo que sea, para nada es un idioma (siempre hay lo que se eligió no incluir en su repertorio, siempre hay exclusiones de términos o de acepciones), y, por incompleto que sea, cualquier diccionario suele ofrecer más de una acepción de un término, ilustrando así la equivocidad reinante. 

El par “izquierda” y  “derecha” está claro que reúne acepciones de ubicación espacial (eso que tenemos afectado quienes necesitamos pensar para identificar la mano derecha y la mano izquierda) y acepciones de ubicación política. Ambos registros -espacial y político- ponen en juego la orientación, la ubicación y el relativismo (“X está a la derecha/a la izquierda //de la mesa/del Partido X”).

 No obstante, este paralelismo contrabandea una diferencia fundamental, que reintroduce el equívoco en uno de esos pares: dos observadores que compartan un punto de vista coincidirán en la afirmación “la ventana está a la derecha de la mesa” (o en la afirmación opuesta: lo decisivo es que si miran desde el mismo punto, sus afirmaciones deberán coincidir). 

No sucede lo mismo en las afirmaciones sobre ubicaciones políticas: no siempre quienes comparten el mismo ángulo de visión coinciden en la caracterización de “el partido X/grupo X/individuo X”  “está a la derecha” o “está a la izquierda”. Es decir que, salvo que se altere el valor de verdad, de la misma ventana no puede decirse, si se comparte el mismo punto de vista, que está a la derecha y que está a la izquierda de la misma mesa considerada. En cambio, sin que se altere el valor de verdad, dos observadores que ven las cosas desde el mismo punto de vista (por ejemplo, la revolución, o la economía de libre mercado) podrán decir del mismo individuo X: “X está a la derecha” o “X está a la izquierda”. Al mismo tiempo, esta indecidibilidad (no hay criterio (o hay demasiados) que zanje la discusión “X está a la derecha/X está a la izquierda”) tiene otra vuelta de tuerca en los usos absolutos, no relativos, del par. 

Porque la relatividad espacial se pierde cuando se dice: “X es de derecha/ X es de izquierda”. Lo que originariamente fue una manera de nombrar posiciones espaciales relativas termina siendo una ontología: “X es de derecha”. En cambio, es difícil que digamos, salvo que juguemos con metonimias, si queremos referirnos al mueble sobre el que estamos cenando, “esta mesa es de derecha”. (Aunque digamos sin problemas “esta mesa es de madera/exámenes/operaciones/voto”.)

El par “izquierda/derecha” suma al equívoco propio de todas las unidades de una lengua y a las particularidades de los términos relativos un tercer aspecto, a saber, su carácter de objeto discursivo.

2 La disipación del equívoco: “quedate en casa”  

Habitualmente se dice que la equivocidad que rige una lengua suele disiparse, para permitir la comunicación, gracias al contexto, entendiendo por “contexto” ya sean las palabras que rodean el texto, ya sea la situación en la que éste se enuncia o la situación a la que este texto se refiere. Se dirá entonces que si se profiere “el casalito de cardenales picoteaba en un banco del parque Rodó” muy probablemente esté designándose el picoteo de semillitas de un par de avecillas posadas en un asiento del parque Rodó y no esté designándose a una pareja de jerarcas eclesiásticos que comen papas chips en una agencia del Brou del parque Rodó mientras esperan ser atendidos. He aquí al famoso contexto, capaz de aclarar todo.

Sin embargo, más que por el contexto inmediato (verbal o situacional), nos entendemos y nos desentendemos por el discurso, por el cúmulo de enunciados que anduvieron y andan en la vuelta. El discurso, en tanto que proliferación pasada y presente de cosas dichas y decibles, orienta y ordena nuestra interpretación de un decir, inclusive mucho más que lo situacional o las palabras que rodean.

Véase por ejemplo el eslogan anti coronavirus “Quedate en casa”. Antes de 2020, ese enunciado hubiera sido entendido como la invitación que un anfitrión dirige a un posible huésped: “Quedate en casa, hay lugar”. En 2020, con la presión ejercida por la masa de enunciados en los que brillaban las palabras “confinamiento”, “aislamiento”, “distanciamiento social”, “teletrabajo”, “enseñanza a distancia”, no hubo dudas de que “Quedate en casa” no significaba “te invito a que te quedes en mi casa” sino que significaba “quedate en tu casa” (tal como el equivalente proferido por el ministro del Interior francés, en marzo de 2020: “restez chez vous”: “quédese en su [de usted] casa” o “quédense en sus [de ustedes] casas”). 

Por cierto no se trata de un error, sino de un equívoco inherente al idioma: en español, “quedate en casa” puede significar “quedate en mi casa” o puede significar “quedate en tu casa”: la diferencia es de pura emotividad, de puro juego con ese enunciador otro (el que me dice en la tele o en la radio o en un cartel callejero: “quedate en casa”) y que me habla como si fuera yo misma diciéndome “quedate en casa”; como si ese otro que me habla desde la tele fuera alguien de mi casa que me dice “quedate en casa”, es decir, “quedate en la casa tuya y  mía”. 

El imperioso “restez chez vous” fue proferido por el ministro del Interior francés en el marco del decreto gubernamental que, de sopetón, obligó al confinamiento. El gran acierto del “quedate en casa” radica en el juego de voces, en el juego que hace que el otro televisivo o radial me hable como si fuera yo, que hable de mi casa como si fuera yo hablando de mi casa. El “quedate en casa” es doméstico a la tercera o cuarta potencia, al instalar la ficción de la voz ajena que me habla como me hablo yo, desde dentro, desde la intimidad de mi propio ser, de mi propia casa. 

Ahora bien, sin la masa de discursos que exhortaban a no asomar la nariz, el equívoco de la intimación “quedate en casa” hubiera sido más perceptible. El discurso tiene entonces la propiedad de silenciar -o por lo menos de intentar silenciar- algunas interpretaciones que el idioma habilita; intenta silenciar algunas e intenta imponer otras.

3 El equívoco no se disipa: “izquierda”, “derecha”

Si este juego enunciativo y emotivo sobre la propiedad de la voz que dice “quedate en casa” (¿alguien me dice que me quede en su casa o yo me digo que debo quedarme en mi casa?) se resuelve por el discurso del “confinamiento”, “aislamiento”, “distanciamiento”, “enseñanza a distancia”,  etc., cabe notar lo breve de la historia involucrada: apenas unas semanas. 

¿Qué sucede cuando hay en circulación una miríada de discursos que atraviesan milenios, idiomas y continentes? ¿Qué sucede con términos como “amor”, “verdad”, “espíritu”, “muerte”, “materia”, ‘tiempo”, “justicia”, “amistad”, “libertad” “honra”, “paz”, etc., constituidos por una multitud de enunciados proferidos a su propósito a lo largo de miles de años y, en esa medida, constituidos como objetos discursivos pertenecientes a nuestra tradición?  Pues sucede lo que sabemos: la desazón que experimentamos ante la invitación a definirlos; el entusiasmo que pueden proporcionarnos definiciones poéticas o filosóficas ajenas, inclusive contradiciéndose unas con otras, inclusive en su irreductible cacofonía. O puede ocurrir el advenimiento de las querellas a muerte que a veces producen las palabras que nos atrapan, y que se hacen carne en nuestro espíritu: “amor”, “justicia”, “verdad”, “libertad”, “paz”, etc. (La literatura y la crónica periodística dan cuenta cotidiana de esto.)

Sucede algo semejante con el par “izquierda/derecha”, en tanto que localizaciones dentro del espacio político o en tanto que nociones ontológicas. (Y, se sabe que, en cuanto uno está en lo ontológico y en la cuestión del “ser”, en seguida viene el “parecer”: “se hace el de izquierda pero es bien de derecha”.)

No obstante, la historia del par “izquierda/derecha” es mucho más breve que la de términos como “libertad” o “democracia” o “amor”, puesto que el par se remonta a la Revolución Francesa y, por las dudas lo recordaré, a la posición a la derecha o a la izquierda del rey Luis XVI en la que se ubicaban en 1789 los diputados reunidos en Asamblea. Los diputados monárquicos se ubicaban a la derecha y los diputados anti monárquicos se ubicaban a la izquierda del rey. Desde ese momento, “izquierda” y “derecha” quedaron asociados a algo que se opone al poder instituido y a algo que desea mantener lo instituido; también, desde ese momento sucedió que los lugares se intercambiaran, es decir, sucedió que “izquierda” fuera el nombre de quienes gobernaban y pugnaban por conservar el gobierno y “derecha” fuera el nombre de quienes querían recuperarlo o “restaurarlo” (como la Restauración de los Borbones, en Francia en 1815).

Cierta historiografía bastante difundida planteó una suerte de distribución de valores heredados de la Revolución: la “derecha” se habría embanderado con la “libertad”, en detrimento de la “igualdad”, y la “izquierda” se habría embanderado con la “igualdad”, en detrimento de la “libertad”. Desde mi punto de vista, esta historiografía se sitúa a la “derecha”, al desconocer las conceptualizaciones y las prácticas de la libertad que, tradicionalmente, tuvieron lugar en el campo de la autodenominada “izquierda”. Junto a la “libertad”, la “izquierda” conceptualizó con ardor la “emancipación” y la “liberación”. No solo la “emancipación” fue y sigue

siendo un concepto y una práctica clave en el campo de lo que hoy todavía se identifica como “izquierda”, sino que también la “liberación” fue clave hasta mediados de los años 80 del siglo XX. El término “libertad” dio lugar a “liberalismo” (suena a derecha) tanto como a “liberación” (suena a izquierda); esto alcanza para poner en duda cualquier intento de monopolizar el término “libertad” y sus prestigios. 

A mi modo de ver, más allá del repertorio de lugares comunes que quedaron asociados a la “izquierda” y a la “derecha” (comunistas comeniños crudos, derechistas gordinflones riéndose de la miseria del pueblo, etc.) y que en el hoy covideño se reactivan en “derecha preocupada por la economía” e “izquierda preocupada por la salud”, lo cierto es que las denominaciones “izquierda” y “derecha” reúnen en gran desorden una serie de ideas y de sensibilidades potenciadas por la Revolución Francesa, en particular, la idea y la sensibilidad que afirman que el poder existe para oponerse a él: “Tenemos razón de sublevarnos contra los reaccionarios”, rezaba la afirmación de Mao Tse Tung ampliamente comentada en 1975 por Alain Badiou (1), precedida y formulada, en 1974, por Jean-Paul Sartre: “Tenemos razón de sublevarnos” (2), radicalizada y citada una infinidad de veces: “Siempre tenemos razón de sublevarnos”: “On a toujours raison de se révolter”. 

Probablemente en esa vocación de oposición -reflexión y ejercicio- constante a los poderes se encuentre el legado más palpable que la Revolución Francesa dejó a esa nebulosa que se reconoce y/o es reconocida con el nombre “izquierda”; también ese legado sigue siendo causa de enfrentamientos amargos, cuando se abandona la postura de sublevación constante para ocupar el lugar del ejercicio del poder o, más frecuentemente, del gobierno. Porque, por cierto, a menudo se entiende el ejercicio de la oposición como el paso previo a hacerse del gobierno o del poder.

4 La Comuna de París: reflexión y ejercicio a contracorriente

De hecho, con esta distinción -ejercer la oposición para un día ejercer el gobierno  o ejercer la oposición para ejercer una constante razón de sublevación- tal vez estemos en el corazón de un acontecimiento que acaeció hace ciento cincuenta años, me refiero a los setenta y dos días de la Comuna de París, transcurridos entre el 18 de marzo y el 28 de mayo de 1871. Concluida con una horrorosa masacre en la que se fusilaron a miles de communardsla semaine sanglante que perpetró la República pocos meses después de ser proclamada-, a juicio de Karl Marx, “la gran medida social de la Comuna fue su propia existencia y su acción”(3). 

En estos precisos días de marzo de 2021 en los que se recuerda la Comuna de París y en los que estamos reflexionando sobre los términos “izquierda/derecha”, vale la pena considerar cómo Kristin Ross interpreta este juicio de Karl Marx a propósito de aquellos días de 1871. Para Kristin Ross, con esa “existencia en acto”, Marx subrayaba que en los sublevados de la Comuna había completa ausencia de un proyecto común sobre la sociedad por venir. En ese sentido, la Comuna fue un laboratorio de invenciones políticas, improvisadas en cada lugar o bricoleadas a partir de escenas, guiones o expresiones llegados del pasado, vueltos a pensar según las necesidades del momento y alimentados con los deseos nacidos durante las reuniones populares de fines del Segundo Imperio. La “existencia en acto” que impresionó a Marx, prosigue Kristin Ross, fue una práctica concertada de importación: de modelos y de ideas, de expresiones y de consignas, llegado todo esto de épocas y de territorios lejanos, y reelaborado en la atmósfera febril de los clubes. Era una manera de estar intensamente en el presente, manera hecha posible por la movilización del pasado. Cuando Marx dice que el mayor logro de la Comuna de París fue “su existencia en acto”, está diciendo que más importante que las leyes que la Comuna pudo promulgar fue cómo a través de su funcionamiento cotidiano trastocó las jerarquías y las divisiones bien establecidas, empezando por trastocar la división entre el trabajo manual y el trabajo artístico o intelectual. Afirma también Kristin Ross que la Comuna de París, que levanta asimismo la bandera de la República Universal, siempre resistió, ya fuera como acontecimiento, ya fuera como elemento de la cultura política, a cualquier intento de integración fluida en el relato nacional francés (4). 

Este acontecimiento mayúsculo que fue la Comuna de París también puede ser visto como una manera paradójica de inscripción en el par “izquierda/derecha”, puesto que resiste tanto a la situación (“estar a la izquierda de”) como a la esencia (“ser de izquierda”), al desarrollarse como una existencia, como una serie de actos, como un actuar que no responde a un programa, ni a un proyecto, ni tiene estrategia ni táctica. Una existencia que es una puesta en acto de la igualdad y de la emancipación, es decir, del desconocimiento activo de las jerarquías. Por esto mismo, la Comuna de París también se inscribe a contracorriente del ejercicio de la oposición como antesala del ejercicio del gobierno o del poder.  

Y también por eso mismo, quienes aceptaron el legado de la Comuna, esa particular manera de estar resistiendo, en acto presente, los mandatos de desigualdad y de sojuzgamiento, quedaron un poco menos rotos luego de las caídas del Muro de Berlín en 1989 y de la Urss en 1991. Estas caídas hicieron cimbrar dolorosamente a quienes inclusive eran, por ubicarse más a “la izquierda”, grandes detractores del campo socialista. El cimbronazo fue fuerte también para quienes veían en los países socialistas (“socialistas” con o sin comillas, como se quiera) una forma rotunda del fracaso del sueño revolucionario. 

En esos años 90 quedaba nítidamente expuesto que ya no había más vereda de enfrente; solo había una vereda, una orilla, un polo, un protagonista, un personaje, una posición (a la derecha), una ontología (la derecha), una historia (de derecha): la historia había terminado y el mundo era uno, capitalista. 

O, para decirlo como lo dice Jacques Rancière en la entrevista que en este número publica eXtramuros, no nos encontramos  “frente al capital, sino dentro”. Creo que esa imagen, “estar dentro del capital”, se volvió más nítida y palpable luego de la caída del campo socialista; hasta ese momento, aun en la discrepancia, era posible pensar que el capital estaba enfrente, porque uno se ubicaba, aun a disgusto o en la detestación del piso que pisaba, en otro lugar antagonista, en un lugar que real o imaginariamente le hacía frente al capital. 

Caído, derrumbado o evaporado el terreno en el que uno se plantaba (a la izquierda de los poderes), solo quedó la posibilidad de estar dentro. Solo había un uno indiviso e indivisible, que solo tenía para ofrecer el adentro, sin afuera posible. 

En cierto modo, este mundo sin afuera fue acelerándose. Véase nomás el triste destino que se abatió el domingo 14 de marzo pasado sobre el Presidente-Director General de Danone, tercera gran empresa mundial en la industria alimentaria, luego de Unilever y de Nestlé, gran vendedora de agua embotellada (Vittel, Evian, Badoit, Volvic, etc.) y de lácteos. En junio de 2020, este PDG había conseguido el apoyo prácticamente unánime de la asamblea de accionistas, que había aprobado su plan para desarrollar una empresa atenta a lo ecológico y a lo social. Sin embargo, en noviembre, Danone anunció el despido de 2000 trabajadores y en marzo de 2021 el despedido como un pulguiento fue el PDG. La asamblea de accionistas se dio vuelta, le retiró su apoyo y siguió la propuesta de un fondo de inversión estadounidense, pretendiendo así contrarrestar los malos resultados financieros obtenidos por el PDG. ¿Acaso Danone estaba perdiendo dinero, al seguir el proyecto social y ecológicamente sensible propuesto en junio por el hoy ex PDG? En noviembre de 2020, cuando Danone anunció el despido de 2000 empleados, su ganancia neta estable en el año había sido de dos mil millones de euros (euros 2 000 000 000), aunque su acción había perdido valor en la Bolsa, y sus ganancias habían sido 4 puntos por debajo de las ganancias de Nestlé y de Unilever, que exhiben márgenes gananciales de 18% (5). 

El ejemplo del PDG de Danone ilustra, creo, la imagen propuesta por Jacques Rancière: no estamos enfrentados al capital sino dentro. Democráticamente, mediante la asamblea de accionistas, se decide que el primer empleado de la empresa -el PDG- no está cumpliendo bien con su única tarea, que no consiste en que los accionistas embolsen muchas ganancias, sino en que embolsen más, muchas más. ¿Apiadarse por la suerte del PDG y organizar a los accionistas para que defiendan la misión social y ecológica de Danone sería ocupar un lugar fuera, un lugar de enfrentamiento? Parece claro que no.

Entonces, si solo hay adentro, un adentro hecho de lo mismo, no parece tener sentido -ni espacial ni político- la distinción “izquierda/derecha”. No hay orientación posible -hacia la izquierda, hacia la derecha-, no hay relatividad posible -X a la derecha de Y, X a la izquierda de Y-.

Cuando se volatiliza el afuera ¿qué queda para esquivar la asfixia del adentro? Jacques Rancière en varias oportunidades, también en la entrevista que hoy publica eXtramuros, propuso otra metáfora espacial. Si estamos dentro del capital, si no nos encontramos por fuera del capital, enfrentándolo, entonces, queda hacer agujeros, agujerear ese adentro. Una metáfora que prescindiendo del par “izquierda/derecha”, hoy solo funcional a los efectos electorales, permite vislumbrar, creo yo, lo que puede ser una “existencia en acto”, una “existencia en acto” presente.    


Referencias

(1) http://www.editionsamsterdam.fr/wp-content/uploads/2017/08/annees_rouges.pdf 

(2) https://www.amazon.fr/raison-se-r%C3%A9volter-Discussions/dp/B00008CVDZ

(3)http://classiques.uqac.ca/classiques/Marx_karl/guerre_civile_france/guerre_civile_france.pdf

(4) Cito y resumo a Kristin Ross, L’imaginaire de la Commune, París, La Fabrique éditions, 2015, traducido del inglés por  Étienne Dobenesque. 

(5) https://www.lemonde.fr/idees/article/2021/03/03/danone-la-pression-de-rendements-insoutenables_6071789_3232.html

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