HISTORIA

Hace algunos años surgió, desde algunos medios de comunicación de Brasil, la noticia de que en los archivos de los servicios de Inteligencia de la ex Checoslovaquia aparecía el nombre de Vivián Trías como un agente a sueldo de la misma, y quizás, de la KGB. El dato tiene relevancia notoria, ya que Trías representó una figura de primer nivel en la política nacional –miembro del Partido Socialista- en el marco de un mundo atravesado por la Guerra Fría.

Por Irene Rilla y Diego Andrés Díaz

Las repercusiones locales de su condición de espía rentado por un estado extranjero fueron relativamente escasas, más allá de alguna editorial de prensa, algún programa de televisión y poco más. Dentro de su prolífica actuación pública, nos interesa destacar especialmente su obra como analista de la Historia, como historiador. En sus trabajos históricos, refleja un viraje importante en la tradición que la izquierda había tenido hasta ese momento en lo que respecta a su análisis del pasado regional.

Pero este viraje no es un caso aislado de “revisionismo”, sino que parece representar otro eslabón más de un cambio más general, un giro colectivo, ¿una estrategia?, en el discurso historiográfico y político de las izquierdas, especialmente  las de inspiración marxista. Empezaremos analizando primeramente algunas características de las obras de otros connotados historiadores marxistas de su misma época.

Una coyuntura favorable.

            El proyecto universal de igualdad que representaba el marxismo tenía en la Unión Soviética una realidad tangible que, luego de la Segunda Guerra Mundial, se mostraba fortalecido en todos los aspectos. Para los comunistas locales el papel del “socialismo real” en la victoria sobre el fascismo significó que la revolución no representaba un horizonte tan lejano de alcanzar en estos lares.

            A su vez, el resultado de la Segunda Guerra supuso el fin del dominio colonial que las potencias europeas ostentaban a nivel global. En este proceso de “descolonización”, las diferentes civilizaciones y pueblos se sacuden el dominio de los viejos imperios europeos a la vez que se sumergen en el enfrentamiento conocido como “Guerra Fría”. Este proceso que mezcla los movimientos de independencia y el antimperialismo, con las reivindicaciones culturales de cada civilización, supuso un cambio de estrategia para los partidos comunistas de occidente, y por su posición dominante , en el resto de las izquierdas del mundo.

            En esta nueva realidad de enfrentamiento al capitalismo que Estado Unidos encarnaba, la historiografía marxista –y también la socialista- incorporó elementos “nacionales” a su relato sobre el pasado. Hasta esa etapa la historiografía marxista rioplatense, generalmente, se había alineado al relato conocido como “liberal” del pasado nacional, basándose en la idea de que estas fuerzas representaban el advenimiento del modo de producción capitalista, y en consecuencia, creando las condiciones objetivas para la revolución proletaria[1]. Como bien señala José Rilla, las anteriores incursiones del marxismo en el análisis de la historia nacional se mantenían en esquemas tradicionales y filoliberales: “Francisco Pintos narró la historia del Uruguay desde la independencia. Se apoyo para ello en esquemas como los de Pivel y Acevedo (…) hizo desfilar la peripecia uruguaya por el portal de sus categorías (…) la dictadura rosista como terrorista, el gobierno de la Defensa en la Guerra Grande como progresista, al igual que Garibaldi. Luego de la guerra destaca el progresismo de la sociedad de amigos del país, promotora de la industria, la inmigración, la educación, el crédito, y también el sentido progresista del gobierno de Berro…”[2]

            Pero la coyuntura internacional que el “socialismo real” enfrentaba suponía un cambio fuerte de estrategia: en pleno desarrollo del proceso de descolonización, lo “nacional”, lo “telúrico” y lo “agrario-campesino” de los movimientos de emancipación, tanto de América como de Asia y África, representaban un desafío y una necesaria reinterpretación del pasado debido a la nueva correlación de fuerzas emergente. En esta nueva realidad, aparecen en la historiografía rioplatense nuevas interpretaciones que desde el marxismo se realiza sobre figuras históricas anteriormente denostadas por retardatarias, precapitalistas y “feudales”[3]. Es en esta etapa que el materialismo histórico, representa una forma de “revisionismo histórico”, con puntos de contacto con el revisionismo nacionalista. Como bien señala Carlos Real de Azúa, la emergencia del “imperialismo” y su incidencia en estos países, como eje de análisis, también será incorporado por la historiografía marxista[4].

            En este contexto es que la historiografía marxista incorpora a la reflexión histórica perfiles más acentuadamente “nacionales”, incorporando a las temáticas analizadas elementos que se encontraban crecientemente en el debate político e ideológico de la época, como ser la reforma agraria. En este sentido, para los historiadores marxistas, las fuerzas extranjeras –incluso las inglesas- no suponen elementos de desarrollo capitalista, sino que representan elementos oligárquicos y colonialistas, aliadas a las fuerzas contrarrevolucionarias: “las dificultades de aplicación al reglamento iluminan en cierto modo su ocaso (…) todo el contexto histórico rioplatense y su interconexión con el pujante mundo europeo, estaban exigiendo el peor camino de desarrollo. Artigas pudo haber triunfado contra las tendencias contrarrevolucionarias y precapitalistas, de no haber mediado la intervención extranjera.”[5]

            En el contexto anteriormente descrito, tanto internacional como local, las temáticas del pasado nacional que representaran una reflexión sobre la independencia, el antiimperialismo, la revolución y la soberanía económica parecían –y lo eran- debates de la actualidad. La cuestión de la tierra y la propiedad de la misma, la “reforma agraria”, el “problema campesino” eran parte del debate nacional, regional y mundial, sobretodo en el contexto de la “descolonización”. El tema estaba en el aire: “Según Lucía Sala, el ambiente intelectual llevó a los autores progresistas a hurgar en aspectos de la historia que no se habían revelado, pretendían elaborar (…) una historia que fuera historia del pueblo, todos estábamos en eso. En ese sentido tenía orientación política. (…) Fue la época de las revoluciones, de los cambios de estructura. Íbamos a buscar determinados temas… el historiador también encuentra lo que busca, porque el tema de la tierra estaba en este país. Simultáneamente empezamos nosotros a trabajar y Pivel le pidió a Barrán y Nahum que sacaran una serie de documentos. El tema se había puesto en un primer plano. Creo que también estuvo bastante relacionado todo el problema agrario en los ‘50 y ‘60, con los planteos de la CEPAL. (SALA 1999, p. 5).”[6]

Estas miradas sobre la historia nacional entretejían las herramientas de análisis del materialismo histórico y las estrategias políticas del momento:“El concepto de lucha de clases  no podía estar ausente en estos intelectuales que, por razones ideológicas,  proyectaban hacia el pasado los sentimientos y aspiraciones de la izquierda uruguaya: rechazo al latifundio, reforma agraria, desprecio por los burgueses explotadores. Eran historiadores militantes y el conjunto de sentimientos y aspiraciones indicados  constituyen el acicate que los llevó a investigar  (y el objetivo que pretendían demostrar): presentar a Artigas como agente principal de una revolución destinada a cambiar las estructuras socioeconómicas, en medio de un proceso revolucionario en el que estallaron las contradicciones de clase.”[7]

 Esta “coyuntura favorable” represento para los historiadores marxistas nacionales el desembarco de una importante obra que, en alguna medida, representó un aire renovador en temáticas, enfoques, interpretaciones, metodologías.

            Mas allá de esto, esta coyuntura suponía también embarcarse en vaivenes condicionados por las estrategias que las fuerzas hegemónicas del “socialismo real” imponían en su “juego de ajedrez” geopolítico. Como bien señala Rilla,  “la relación del Partido Comunista con la historia uruguaya era problemática, como en casi todas las naciones del mundo. O se recusaban las tradiciones por retardatarias, o se las utilizaba como preparatorias del momento revolucionario, o se las leía en clave del materialismo histórico cuyas premisas estaban claramente definidas en la historia modelo del Partido Comunista de la URSS”[8]

Un análisis preliminar: Estructura general de la obra “Artigas: Tierra y Revolución”.

Artigas: Tierra y Revolución, es el resultado del trabajo que los historiadores Lucia Sala de Touron, Nelson de la Torre y Julio C. Rodríguez realizaron durante los años de la década de 1960 en nuestro país, inscripta bajo la influencia del “materialismo histórico” y el marxismo, del cual los autores eran claros y confesados exponentes. El “equipo de trabajo” tuvo como origen vínculos tanto personales como políticos, ya que los tres autores eran militantes del Partido Comunista: “El equipo se constituyó en primer lugar por relaciones de amistad. Lucía Sala y Julio Rodríguez vivían en el mismo barrio y se conocían desde una infancia militante (…) Nelson de la Torre había sido compañero de Lucía Sala en secundaria. Compartían un mismo interés por la historia, se juntaron y empezaron a trabajar.”[9]

Los autores incursionaron en el análisis histórico del ciclo artiguista, haciendo énfasis en las relaciones económicas y de clase que existían en la época. Se destacan en su trabajo, siguiendo un orden cronológico, “Evolución Económica de la Banda Oriental”, “Estructura económico-social de la colonia y Artigas: tierra y revolución”  publicados en 1967. Mientras “La revolución agraria artiguista” apareció en 1969, y “La oligarquía oriental en  la cisplatina” en 1970, vio su aparición en 1972 “Después de Artigas”[10].

La obra está organizada en capítulos que mantienen un sentido cronológico, iniciándose en la “revolución de independencia” y cerrándose en los primeros años de existencia del Estado Oriental del Uruguay. Su estructura esta cimentada en tres capítulos[11],  los cuales se disgregan en subtemas o apartados. También cuenta con documentación, ya que trae la transcripción del reglamento de tierras al final del volumen (PP. 161-166).

            “Artigas: Tierra y Revolución” surge de una compilación de diferentes artículos aparecidos en diversas publicaciones y diarios de la época, como ser “Estudios”, “Marcha” y “El Popular”[12], y  su creación se relaciona al interés de los autores de “…presentar un texto que deseaba ser accesible y ameno, y dirigido ya no a especialistas, sino al conjunto de las amplias masas populares, legitimas herederas y propietarias del legado artiguista…[13]

            En su primera parte es visible la intensión de desnudar las supuestas flaquezas que la historiografía nacional – denominada “metafísica” por los autores-, tanto la “Mitrista” –colorada- y la “revisionista” –blanca- ostentan al analizar el ciclo revolucionario. Esta historiografía padece según los autores de errores conceptuales en el análisis ya que estarían llenos de “entelequias abstractas” que ponen en “elementos no históricos”, “sin nacimiento y desarrollo (…) absolutos, eternos e invariantes”, la “causalidad final de los procesos” [14].

            Estas bases metodológicas no permiten advertir, para los autores, las verdaderas causas, motores y desarrollos del proceso histórico analizado, que representan las contradicciones de clase surgidas en el mundo colonial y que se proyectan continuamente en todo el proceso histórico.

            Los autores, proponen, en cambio, un análisis desde el materialismo histórico, en el cual se expongan las contradicciones de clases y los alcances del proceso revolucionario. Es por ello que inician su análisis planteando la existencia de una “contradicción fundamental”, madre de la revolución, elemento disparador del proceso revolucionario de 1810: la burocracia colonial y los comerciantes monopolistas en contraposición a los hacendados criollos y los comerciantes no monopolistas. Estos grupos, con intereses divergentes, representan para los autores los elementos que colisionaran en el inicio de la revolución, y el desenlace de esta contradicción y el posterior estado de guerra, supondrá el surgimiento en primer plano de otras contradicciones que modificaran el escenario dialectico revolución-contrarrevolución.

            De allí en más, los autores describirán y analizarán las circunstancias por las cuales surge un sector que representará un modelo revolucionario radical, que tendrá en el artiguismo, su base social y el reglamento de tierras, sus expresiones más realizadas y visibles. El desarrollo de este proceso revolucionario radical, sus intereses, y las fuerzas contrarias a él, forman parte del cuerpo central del análisis de la obra.

Para los autores, esta vía “radical” y popular” de la revolución no logró cristalizarse en un proceso duradero por la acción de fuerzas contrarrevolucionarias, algunas de ellas, anteriormente aliadas.

¿Revolución o revoluciones?

Subyace en toda la obra que la “revolución” tiene una sola vía: la de un proceso igualador, democrático, popular, y que desemboca necesariamente -¿inevitablemente?- en una revolución que transforme profundamente las relaciones de producción. En este sentido, los autores utilizan de forma dual el concepto “revolución”: por un lado supone el proceso –acotado, aristocrático, lleno de contradicciones- de independencia del poder español, y por otro la revolución –“la revolución”- es el cambio profundo en las estructuras económicas y sociales de la Banda Oriental. Es por ello que los autores califican de “contrarrevolucionarios” a los sectores que retardan y obstaculizan el camino artiguista, aunque estos hayan participado de la revolución independentista.

¿Por qué contrarrevolucionarios? Porque para los autores Artigas encarna el “modelo americano”, burgués, moderno, sobre bases radicales, igualitarias. Representaba un “salto hacia adelante”, en el camino al capitalismo. Para los autores, en los meses que se aplico el reglamento de tierras, se logro que “el campo uruguayo se parcelaba en pequeñas suertes, los gauchos alzados comenzaban a gustar del trabajo honrado, levantaban ranchos y corrales, plantaban su primeras sementeras. (…) El sueño Roussoniano de la igualdad de los hombres ante la ley se hacía realidad sin exegesis jurídicas ni comentarios mediocres. Lo que Lenin llamaba “el camino norteamericano” se abría paso en el país en el curso de una revolución radical. La creación de la pequeña propiedad rural era sin duda el camino avanzado: por el transitaría la mayor densidad de trabajo humano, por el nacían relaciones sociales libres entre hombres libres. Artigas, al fin de cuentas era – y debía serlo – el mejor defensor de la propiedad privada burguesa, y el peor enemigo de la propiedad señorial, simple hábitat de un mundo de subordinaciones personales.”[15]

El carácter “revolucionario” de Artigas, deriva para los autores de haber logrado romper los lazos de dependencia que tenían los hombres de la campaña con los caudillos, relación basada en la forma de tenencia de la tierra “Artigas y Monterroso comprendieron que “el arreglo de los campos” no era un problema de cualquier relación entre los hombres y la tierra sino que era un problema de relación entre los hombres: el libre, democrático e igualitario acceso de los hombres a la tierra sólo se lograría con la liquidación de las relaciones de subordinación personal entre los hombres.”[16] 

El aspecto radical, jacobino, supone un liderazgo artiguista revolucionario, avanzado,  y, en cierto sentido, “fuera de época”, que impacta con una visión matizada de otros historiadores del período. Barrán y Nahum en “Bases económicas de la Revolución Artiguista”, sostienen que el reglamento de tierras tenía antecedentes visibles en la obra de Feliz de Azara durante el periodo colonial, y que tanto aquellas como las de Artigas, “bebían esa tradición revolucionaria en el Medioevo español y en el Derecho Indiano”. Los agraciados, junto a la famosa frase “los mas infelices serán los más privilegiados”, suponen una “curiosa mezcla por lo que esta preferencia está indicando de caridad cristiana y sentido nacionalista”[17]

¿Caudillo hispánico de una ex provincia del Reino de España o líder radical revolucionario y reformista social-burgués? En este punto se centra el “sentido” exacto de la obra de los autores, porque se relaciona directamente con la utilidad del pasado.

El pasado viene al galope, y nos trae la revolución social.  Los autores, al igual que sus camaradas ideológicos de occidente, entablan un constante paralelismo entre “las revoluciones”: la francesa, la oriental. Es por ello que las dimensiones conceptuales utilizadas remiten necesariamente a los conceptos de la revolución europea[18]. En ese sentido, la traspolación resulta forzada, e incluso, mecánica. 

            Françoise Furet en “pensar la Revolución francesa” nos muestra esta tendencia de los historiadores enmarcadas en la tradición jacobina-republicana y marxista: las revoluciones burguesas son preparaciones, aproximaciones, hacia la revolución socialista. La revolución es un continuo no terminado, es un presente continuo “…Por las mismas razones que se da al Antiguo Régimen un final y no un nacimiento, se le da a la Revolución un nacimiento pero no un final. El primero padece una definición cronológica negativa y por lo tanto mortuoria, la segunda presenta una promesa tan extensa que parece de una elasticidad indefinida…”[19]

            El “ciclo artiguista”, y sobretodo el “reglamento de tierras” no representan solamente su dimensión histórica especifica, sino que se yerguen como una promesa indefinida de igualdad y una forma privilegiada de cambio. En esta dimensión, abandonan lo nacional para fundirse en una matriz “universal”. Incluso el intercambio de “conceptos” entre ambas revoluciones llega a niveles miméticos: “burguesía girondina”[20], “modo jacobino”[21], “lazos feudales”[22], “señorío”[23], entre otros ejemplos, suponen conceptos intercambiables que remiten y relacionan, necesariamente, una revolución con otra, una realidad con otra.  Existe una clara idea en los historiadores de que el artiguismo es solo una estación más, no la de destino, en el viaje revolucionario. La visión teleológica configura una visión lineal de la emancipación humana (en este caso nacional) y que tenía en el artiguismo su primer etapa, preparatoria, inevitable, victoriosa pero “inconclusa”. Las historias revolucionarias del materialismo dialéctico del siglo XX siempre se construyen en un relato de dos tiempos: la primera, la revolución burguesa preparatoria, y la segunda, socialista, enmarcada ya en el futuro. Tanto los jacobinos franceses, como el artiguismo, tuvieron “su” momento, que quedo trunco por la acción contrarrevolucionaria. El jacobinismo revolucionario moderno, y su visión lineal y finalista de los procesos históricos –en el cual el marxismo se inscribe- siempre ve a sus antecesores revolucionarios como preparaciones de la revolución que vendrá. Sucedió con los revolucionarios rusos de 1917, que se veían a sí mismos como continuadores de la obra inconclusa de 1789, 1848.  La referencia jacobinos-artiguistas es demasiado clara para no advertirla

Esta obra, no representa una sustancial diferencia a las historias revolucionarias de otros países occidentales analizadas por el marxismo historiográfico: antes, el absolutismo, la medievalidad tardía, la nobleza, el pasado; posteriormente, el presente, la  burguesía, el capitalismo, la libertad, y por último, subyacente y agazapado, el porvenir, la revolución socialista. Las luchas por la independencia suponen la anulación del pasado, la constitución del presente nacional y el diseño del porvenir. La “fatalidad” de la revolución independentista permite, en la explicación marxista lineal de los procesos históricos, sumar al futuro en esa fatalidad.

El pasado al auxilio del presente.

La revolución es social, popular, pero tiene para los autores un liderazgo definido y necesario. Lejos de cuestionar la visión apologética, el “culto al héroe”, propia según los autores de la visión “idealista” que el discurso historiográfico hegemónico había creado, ellos también sostienen una visión idealizada y heroica de Artigas, percibiendo que en los diferentes sectores sociales del Uruguay de la década de 1960 el artiguismo como relato “mítico” de los orígenes tenía fuertes clivajes. Esta percepción es advertida en el trabajo de Tomás Sanson[24], describiendo que en la obra de estos historiadores “…no lo discutieron como personaje aglutinante…”[25], así como Leticia Soler y anteriormente Carlos Real de Azúa subrayan el carácter cronológicamente referencial de la historia uruguaya del artiguismo, ubicándolo como etapa inaugural, con notorias influencias “pivelianas” en su concepción de prócer.

Esta visión aparece constantemente en la obra de los autores, que van a sostener que el “éxodo” es una “…épica hazaña”, en contraposición a la “acción depredatoria” de los portugueses, las partidas “siniestras” de los españoles y del “saqueo sistemático, sin perdonar puertas y ventanas” de las divisiones militares del ejército bonaerense[26].

“…Cuando los pequeños poseedores creían vincularse a la tierra mediante la revolución, no hacían otra cosa que vincularse los unos con los otros, estableciendo una activa y significativa alianza revolucionaria de los pobres del campo, alianza a cuya cabeza estaba la más grande personalidad de la revolución nacional: José Artigas…”[27]

Ni Sansón ni Soler explicitan las razones por las cuales hay una continuidad en la visión central de Artigas como líder y héroe nacional, que, aunque con ribetes diferentes –es para Sala et alia un líder de la revolución social- ocupa el centro indiscutible, el protagonismo máximo. En algún sentido subyace la idea de que no lograron desprenderse de todas las aristas típicas del relato nacionalista clásico al cual criticaban. También, a modo de hipótesis, podemos intuir que los historiadores se inscribían en el debate político-ideológico de la época y es claro que el cuestionamiento de Artigas como líder y constructor de identidad nacional suponía el perfil más duro y rígido de cambiar, y así perdía capacidad de propaganda. ¿Existía algún interés por cambiar esa visión apologética? Si analizamos el relato del pasado dominante en el marxismo intelectual rioplatense anterior a la época en que fue realizada la obra, se puede advertir un cambio, ya que este se inscribía gustosamente en la dialéctica “civilización-barbarie” del lado del mitrismo liberal, factor de progreso, de modernidad.

Dentro de los conceptos manejados por los historiadores, de las continuidades y rupturas, de los protagonismos “populares” y los liderazgos revolucionarios, de las relaciones entre los hombres y entre la tierra, se encadenan relatos si se quiere discontinuos, de una relativa debilidad. “En cuanto a los sectores más desamparados de la población: peones, gauchos, indios, negros, etc., la revolución significaba para ellos la lucha contra la injusticia, contra la opresión, que seguramente identificaban con el régimen existente, sin que por su propio atraso y miseria, estuvieran en condiciones de formular un programa propio y mucho menos gravitar en la orientación o conducción del movimiento”[28].

En una lógica de liderazgos caudillescos, de relaciones de fidelidad caudillesca, típica en el mundo hispanico de la época, cuasi “medieval” o directamente “feudal”, de relaciones básicamente premodernas y precapitalistas según los propios autores, ¿Cómo se explica una “isla” de conciencia contra la injusticia, de reflexiones sobre relaciones propiamente modernas? La vanguardia de la revolución, que encarna Artigas para los autores, cataliza los intereses de clases, para ser  traicionados una y otra vez. Un pasado de caudillos y sumisión, un futuro de caudillismo y sumisión, y en el medio un oasis de conciencia de clase, y de algun modo, de modernidad. Poco convincente. De una realidad colonial, supuestamente feudal y premoderna, donde el caudillismo predominaba, pasamos a un Uruguay pastoril y caudillesco. El artiguismo, como un interregno providencial y mágico,  supone el desembarco de un liderazgo a la vez mesiánico y moderno, inesperado, hijo de “contradicciones” entre clases y sectores sociales, que lo antecedieron y continuaron existiendo luego de apagada su acción política revolucionaria. ¿Allí no existían condiciones para el proceso revolucionario de los sectores populares? ¿Faltó el mesías que encabezara la revolución social?

Las fronteras entre el “caudillismo” y el “Liderazgo” son nítidas, diáfanas: Artigas representa un liderazgo “moderno” para los autores: “Por primera vez, miles de hombres comenzaban a comprender que la tierra no tenía por qué ser el fruto del privilegio colonial, ni la prenda del caudillo ensoberbecido en su poder”[29].

Existiendo las condiciones materiales para la revolución social, existiendo las contradicciones de clase, los autores depositan en el liderazgo carismático de Artigas el futuro de una revuelta social que, de primar la visión del materialismo histórico, debió ser empujada por el simple hecho de las realidades materiales, de las contradicciones de clase que presentan los autores.

En definitiva, el viraje de la historiografía marxista local con respecto al pasado nacional y regional parece estar en sintonía con una estrategia política que los centros de poder del “socialismo real” –encabezados por la U.R.S.S.- impulsaron. Una coyuntura mundial de descolonización necesitaba necesariamente de una mirada diferente sobre las fuerzas locales, su historia, su singularidad. La unión del socialismo con la liberación nacional estaba en marcha, empujada por las necesidades del momento.


Notas

1. Durante gran parte del siglo XIX y XX, el marxismo interpretó las luchas entre los estados capitalistas y los países colonizados de economías precapitalistas en los mismos esquemas que Marx utilizaría en sus análisis del colonialismo ingles en la India, (la dominación británica en la India de 1853) en el cual justifica el colonialismo y la dominación imperial británica en la India porque representan el advenimiento del modo de producción capitalista: “…y a pesar de todos sus crímenes, Inglaterra fue el instrumento inconsciente de la historia al realizar dicha revolución. En tal caso, por penoso que sea para nuestros sentimientos personales el espectáculo de un viejo mundo que se derrumba, desde el punto de vista de la historia tenemos pleno derecho a exclamar con Goethe: ¿Quién lamenta los estragos
Si los frutos son placeres?¿No aplastó miles de seres, Tamerlán en su reinado?…”
En https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/25-vi-1853.htm#n**

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2. RILLA, José, La actualidad del pasado. Usos de la Historia en la política de partidos del Uruguay (1942-1972). ED. Debate, Montevideo, 2008. Pág. 443

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3. Un ejemplo notorio de este cambio sustancial es la visión histórica que el marxismo esbozo de Juan Manuel de Rosas. Significado comúnmente como un elemento “reaccionario” y “feudal”, símbolo del mundo que la burguesía y el progreso dejaban atrás, es en esta época que aparecen obras que resignifican su legado y su significado, tanto en la historiografía marxista argentina (el revisionismo de la izquierda nacional, en sus diferentes vertientes)como en nuestro país. Un ejemplo es la obra de Vivian Trías en nuestro país (Juan Manuel de Rosas, de Vivian Trías, Tomo 3 de sus obras, recopilación de la Cámara de Representantes.

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4. REAL DE AZÚA, Carlos, El revisionismo histórico y sus enemigos, En Nuevas Bases, Montevideo, nº 5, agosto de 1962, pág. 4. 

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5. SALA, Lucía; DE LA TORRE, Nelson; RODRIGUEZ, Julio. Artigas: Tierra y Revolución. ED. ARCA, Montevideo, 1967. Pág. 92. 

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6. SANSON, Tomás, Proceso de configuración del campo historiográfico uruguayo, Pág. 13 http://ccdt.udelar.edu.uy/wpcontent/themes/corpo/adjuntos/310_academicas__academicaarchivo.pdf 

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7. SANSON, Tomás, Historiografía marxista y renovación de los estudios sobre la historia social de la Banda Oriental. PP. 11-12. TERCERAS JORNADAS NACIONALES DE HISTORIA SOCIAL. 11, 12 y 13 de mayo de 2011 La Falda, Córdoba – Argentina.

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8. RILLA, José, La actualidad… p. 442

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9. SANSÓN, Tomás. La construcción de la nacionalidad oriental. Uruguay: FHCE, 2006,p. 248.

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10.  “…Entre 1967 y 1972 y definido unas veces como “equipo de investigación” y otras como “grupo”, Lucia Sala, Nelson de la Torre, Julio C. Rodríguez y Rosa Alonso, conformaron (…) una comunidad caracterizada por su adscripción ideológica (…) El grupo, estrechamente vinculado con la militancia en el Partido Comunista, reconocía su deuda con el iniciador del materialismo histórico en la historiografía uruguaya (…) Francisco Pintos…” en ZUBILLAGA, Carlos, Historia e historiadores en el Uruguay del siglo XX. Librería de la FHCE. Montevideo, 2002. Pág. 39

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11.  “Desarrollo de la revolución de independencia (1810 – 1820)”, PP. 7 a 39;  “La revolución en la Banda Oriental”, PP. 40 a 98; “La contrarrevolución latifundista”, PP. 99 a 160. En SALA, Lucía; DE LA TORRE, Nelson; RODRIGUEZ, Julio. Artigas: Tierra y Revolución. ED. ARCA, Montevideo, 1967.

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12. “Estudios” fue una publicación fundada por Rodney Arismendi en 1956 y suponía un medio de divulgación de estudios políticos, económicos, filosóficos y culturales del PCU, “Marcha” fue un semanario fundado a fines de la década de 1930 y se edito hasta noviembre de 1974, su histórico director fue Carlos Quijano y representó un ámbito destacadísimo de reflexión y análisis de la realidad cultural, política y social, durante su existencia. “El Popular”, publicación surgida a la luz el 1° de febrero de 1953 y vocero del Partido Comunista del Uruguay, y se publica hasta hoy (tercera época)

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13. SALA, Lucía; DE LA TORRE, Nelson; RODRIGUEZ, Julio. Artigas: Tierra y Revolución. ED. ARCA, Montevideo, 1967. Pág. 6

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14. Idem p.7

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15. Idem p. 96

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16. Idem p. 66-7.  

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17. BARRAN, José Pedro, NAHUM, Benjamín, Bases económicas de la Revolución Artiguista, EBO, Montevideo, 1972.PP. 104-105

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18. Sostenía J. P. Barrán que los historiadores marxistas manejaban “conceptos tan afines a otra realidad, la Europa feudal, que hacen correr el riesgo al lector desprevenido de cometer un trasplante mecánico de situaciones. Creemos que ellos mismos han utilizado, sin el necesario esfuerzo por acondicionar y nacionalizar, conceptos y palabras demasiado cargados ya de un significado preciso en la historia europea como para que se los pueda utilizar sin dificultades en la nuestra” BARRAN, José Pedro. La auténtica historia comprometida. Marcha, nº 577, pp. 8-9. 8 de setiembre de 1967.

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19. FURET, Francoise, Pensar la Revolución Francesa, Ediciones Petrel.  Pág 14

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20. SALA, Lucía; DE LA TORRE, Nelson; RODRIGUEZ, Julio. Artigas: Tierra y Revolución. ED. ARCA, Montevideo, 1967. Pág.62

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21. Idem p.51

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22. Idem p.60

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23. Idem p.62

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24. SANSON, Tomás, Historiografía marxista y renovación de los estudios sobre la historia social de la Banda Oriental. Pág. 13. TERCERAS JORNADAS NACIONALES DE HISTORIA SOCIAL. 11, 12 y 13 de mayo de 2011 La Falda, Córdoba – Argentina.

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25. Ibidem

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26. SALA, Lucía; DE LA TORRE, Nelson; RODRIGUEZ, Julio. Artigas: Tierra y Revolución. ED. ARCA, Montevideo, 1967. Pág.47

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27. Idem p. 135

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28. Idem p. 35-6

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29. Idem p. 96

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