LUIS ALBORNOZ / Probablemente, el positivismo lógico fue la plataforma filosófica más potente de la primera mitad del siglo XX. Pero a partir de la segunda mitad de siglo, las sucesivas críticas internas fueron debilitando sus posiciones iniciales y en ese contexto hay que incluir la crítica al “cuarto dogma” que hiciera Hilary Putnam. Esta segunda parte del artículo incluye varias objeciones a la concepción del autor, que intento contestar. 


FILOSOFÍA

I. Una breve reseña de actualización

De la tesis de Putnam sobre el “colapso de la dicotomía hecho-valor”, se siguen una serie de conclusiones, que pretendo reseñar brevemente. Según la concepción del “realismo interno pragmático” que sostiene Putnam, no tenemos acceso cognitivo al mundo “en sí mismo” ni a objetos metafísicos “en sí mismos”, sino que todo acceso cognitivo está mediado por la “relatividad conceptual” del esquema desde el que se formula. Esa relatividad está dada por varios factores: (a) el proceso de construcción del esquema está guiado por determinados objetivos que responden a elecciones (entre otras posibles) de las necesidades a satisfacer de una comunidad; (b) el conjunto de los criterios de corrección del esquema conceptual se construye en función de determinadas valoraciones epistémicas; (c) al interior del esquema conceptual, la elección de un marco lógico que determina lo que se considera existente y aceptable, excluye simultáneamente un marco lógico alternativo; (d) el nivel epistémico del conjunto del esquema conceptual, coexiste simultáneamente con la racionalidad informal presente en el lenguaje común (irreductibles a la racionalidad formal del lenguaje científico), que confluyen en la determinación de lo que se considera existente y lo que se considera aceptable. 

Pero por otro lado, en la concepción epistemológica que propone Putnam, esta relatividad no excluye la objetividad del conocimiento. Dado que no es posible una objetividad metafísica que esté dada por un Canon de la Objetividad que “en sí mismo” funcione como tribunal de lo verdadero, entonces lo que se puede postular es una objetividad que está determinada por la sujeción de los juicios de una teoría, al control de los criterios de corrección que esa misma teoría formula (en forma provisoria, mutable, falible y discutible). La expectativa frustrada acerca del Canon de la Objetividad, podría traducirse en la postulación del “relativismo”, entendido como aquella posición que sostiene que cualquier construcción descriptiva del mundo es igualmente aceptable y viable. Pero justamente, cualquier construcción supone postular simultáneamente criterios de corrección de los juicios que formula, ya que de lo contrario, no habría modo de sostener con argumentos esa misma construcción. Por lo tanto, “relatividad” no es equivalente a “relativismo”, sino que simplemente indica que la descripción es relativa y está mediada por las categorías del esquema conceptual desde el que se formula y que incluye “criterios de corrección”. Y el entramado coherente de los criterios, contrastado provisoriamente con una experiencia (que en parte es producto de esos mismos criterios) es lo que permite sostener una objetividad referida a “criterios de corrección” y no a “hechos” u “objetos” del mundo (en la terminología de Putnam, se dice que es una objetividad “sin objetos”).

Entonces, en el sentido expresado, la “verdad” como valor epistémico de una investigación con rigor científico y metodológico, no refiere tanto a una correspondencia con un “objeto” o a un “hecho”, sino más bien a una correspondencia con otras nociones imbricadas en la red de valoraciones epistémicas de una teoría (como simplicidad, alcance explicativo, alcance predictivo, eficacia operativa, fecundidad, plausibilidad, etc.) y con la red de los juicios más vinculados a la experiencia. Y un “hecho” no refiere a algo puramente externo del mundo, sino que refiere a lo que es racionalmente aceptable dentro del conjunto normativo de los criterios de corrección de un esquema conceptual. Por otro lado, la racionalidad “formal” (la razón “constituida” en términos kantianos) de un esquema conceptual que habilite una investigación, es una instanciación de una racionalidad “informal” más amplia (la razón “constituyente” en términos kantianos) que la precede y la excede. Entonces, en la concepción que propone Putnam, la racionalidad no puede reducirse a una formalización cuyos procesos de decisión queden sometidos a algoritmos y fórmulas paramétricas, sino que se concibe como el conjunto integrado de capacidades necesarias para resolver satisfactoriamente los problemas y necesidades que surgen en la práctica, al interactuar en el entorno del mundo y de la comunidad. 

Esta propuesta le permite a Putnam, superar la dicotomía entre concepciones “objetivistas” (positivistas) y “subjetivistas” (relativistas) de la verdad y de la racionalidad, porque al considerar que el criterio para decidir lo que constituye un “hecho”, es lo que es “racionalmente aceptable” al interior de un esquema conceptual, no disuelve la noción de “verdad” (como en el relativismo) pero tampoco la refiere (problemáticamente) a un objeto meramente externo. Un ejemplo básico (en el sentido, que no requiere un aparato conceptual complejo) que utiliza Putnam, es que un objeto visual (el arco iris perceptivo) no se corresponde exactamente con el objeto físico (el arco iris físico), sino que se construye en parte con nuestro aparato visual. Pero por un lado, la capacidad de visualizar matices y tonalidades, depende de la necesidades dentro de un determinado contexto (por eso, ciertas culturas perciben más variedades de un color que otras).  Y por otro lado, disponemos de criterios para juzgar cuando la visión es correcta, sin que esto signifique ni que exista una única visión correcta, ni que la corrección pueda reducirse a una corrección fisicalista (la que nos daría la percepción exclusivamente en términos primarios de los “sense data” mencionados).

Esta interrelación entre verdad y aceptabilidad racional, mantiene sus diferencias (de modo que un enunciado puede ser racionalmente aceptable en un tiempo y no ser verdadero), pero niega que: (a) la racionalidad siga un conjunto de cánones o principios invariables y ahistóricos (porque no supone una copia especular del mundo) y (b) esta variabilidad signifique postular un relativismo cognitivo (porque no supone una construcción arbitraria del esquema conceptual). Dado que no se reduce la racionalidad a la racionalidad formal científica (concepción positivista), se postula una racionalidad informal previa como la matriz que permite la construcción de la razón formal. Y esta racionalidad global está integrada en nuestra concepción de realización humana y en nuestras valoraciones (es decir, de nuestras concepciones de lo que consideramos bueno y valioso). De modo que haciendo una extrapolación, siguiendo su concepción, se podría decir que lo que consideramos “verdadero” depende en parte de lo que consideramos “valioso”. 

El asunto es que el acceso cognitivo al mundo se realiza dentro de un esquema conceptual que “recorta” el mundo al introducir determinadas categorías y formas de descripción, de modo que lo que hace que una teoría sea racionalmente aceptable, es la coherencia de las creencias teóricas entre sí y con las creencias más experienciales. Según Putnam, “la pregunta por el mundo solo tiene sentido desde dentro de una teoría”, de modo que el problema de la referencia remite a que “los objetos no existen independientemente de los esquemas conceptuales” (Putnam, 1988, 59-61). A su vez nuestras concepciones de “relevancia”, “coherencia” y “aceptabilidad” dependen de nuestras características psico-biológicas y culturales, que están cargadas de valoraciones. Todo eso define un tipo de objetividad relativa (no una objetividad absoluta como la que propone el realismo metafísico), que debe ser acompañada por una determinada concepción epistemológica. 

Parte de los problemas de la concepción positivista es que “la argumentación sobre la racionalidad presupone ella misma, una capacidad racional anterior y más abarcativa” (Putnam, 1988, 118). Tanto la epistemología positivista como la relativista son el resultado (una del auge, la otra del fracaso) de la pretensión “cientificista” (la reducción del conocimiento al conocimiento científico) y “logicista” (la reducción del conocimiento científico al conocimiento lógico) del siglo XX. De esto último se sigue una concepción reduccionista de la racionalidad en un doble movimiento: reducción de la racionalidad a la racionalidad científica y reducción de la racionalidad científica a la racionalidad  de la lógica formal (ya sea por la formalización de la lógica inductiva de las ciencias empíricas o por la reducción de los métodos científicos al método hipotético-deductivo, como pretendía Popper). 

Entonces, el éxito de la ciencia moderna “no se debe exclusivamente a que sigue algún tipo de algoritmo formal riguroso”, sino porque sigue unos criterios metodológicos que no son sólo rigurosas reglas formales, sino que su aplicación requiere una racionalidad informal, es decir que “hay una metodología científica, pero esta presupone nociones previas de racionalidad” (Putnam, 1988, 165). La práctica científica misma, se realiza siguiendo criterios que responden a una racionalidad formal y a una racionalidad informal, entendida como un sistema integrado de capacidades que permite seleccionar que preguntas son relevantes y que respuestas son aceptables. Si esto es así, entonces la conclusión que se impone es que esa racionalidad imbricada “está cargada de valoraciones”. Si esas valoraciones son un producto histórico-cultural y si la racionalidad que las integra, proporciona suficientes experiencias exitosas (explicativas, predictivas, instrumentales), entonces debe ser posible encontrar criterios de corrección para esas mismas valoraciones y debe ser posible discutirlas racionalmente. Y este es justamente, uno de los propósitos de Putnam: hacer colapsar la dicotomía entre “juicios descriptivos” de facticidades (sujetos a un control racional veritativo) y “juicios valorativos” (que supuestamente, no cumplirían con esa condición). 

La idea de una racionalidad informal es semejante a la idea de una razón “constituyente”  (por oposición a razón constituida) cuyo precursor es Kant cuando encontraba en el principio de la racionalidad cognitiva teórica a la “espontaneidad” del pensamiento y la “unidad sintética originaria”. Sólo que Kant creía que había un solo sistema universal de categorías que satisfacía esa exigencia de unificación, sistema que estaría presente en la ciencia de su tiempo (básicamente, la física de Newton), de la cual creía estar deduciendo las categorías de una razón “pura” (sin componentes empíricos e históricos) lo que garantizaría su necesidad, su inmutabilidad y su universalidad. Pero si las valoraciones epistémicas imbricadas en la racionalidad, son a su vez el producto histórico de una cultura, entonces se puede afirmar simultáneamente su relatividad y su objetividad (en tanto se rige por unos criterios de corrección que garantizan la viabilidad empírica de una teoría). 

Y cuando se analizan los propósitos e intereses, que funcionaron como una guía heurística para la construcción de ese paradigma y el proceso de formación de los esquemas conceptuales que garantizaron un éxito relativo pero sostenido, habría que concluir que esos propósitos e intereses son parte constitutiva de los logros obtenidos. Y en esto radica el componente pragmático de la concepción de racionalidad y de realismo que sostiene Putnam.

II. Discusiones

II.1. Sobre la epistemología naturalizada

Una interpretación (discutida) que hace Putnam de la epistemología naturalizada (Quine), es que pretendía centrarse en el conocimiento de cómo se produce la elección (el contexto del descubrimiento), renunciando a conocer las razones para la misma (el contexto de la justificación). Esta concepción apelaría a una descripción del “hecho” de la elección y no a los “valores” que se ponen en juego para hacerla. Esta posición significaría para Putnam, el “abandono de la epistemología misma con su pretensión de justificar los criterios de elección (y su reducción a una especie de psicología behaviorista)” (Putnam, 2002, 163) y el abandono de toda noción normativa como afirmación justificada o con ciertas garantías racionales. Para Quine, el discurso filosófico estaría sujeto a las mismas reglas que el discurso científico, porque sería como una “globalización” (de segundo nivel) de los resultados más generales de la ciencia. En este sentido: “un enunciado (filosófico) sería correctamente aceptable solo si cumple que: (a) es un teorema de formulación finita relevante y (b) esa formulación es un ajuste exacto con el correspondiente conjunto de estímulos condicionales de la observación” (Putnam, 1983, 243). 

Pero, señala Putnam, esta afirmación no implica ningún condicional observable, por lo tanto, ella misma no sería una afirmación “correctamente aceptable”. En general, los criterios de demarcación positivistas son auto-refutantes, porque ellos mismos no cumplen con los requisitos de aceptabilidad que establecen. En palabras de Putnam: “el positivismo produjo una concepción de racionalidad tan estrecha que excluye la actividad misma de producir tal concepción” (Putnam, 1983, 243).Según Putnam, si se abandonan las nociones epistémicas normativas (aceptación racional según determinados criterios de corrección, afirmación justificada, garantías, etc.), se abandona también la noción de verdad (que es interdependiente de esas otras nociones epistémicas al interior de un esquema conceptual) y entonces, lo que se pierde es la función legitimadora del conocimiento (se pierde el contexto de justificación que colapsa en un contexto de descubrimiento evolutivo o “naturalizado”). Es necesario mantener la vigencia (falible) de los criterios de corrección para no caer en lo que criticaba Wittgenstein (si no hay criterios, no hay diferencia entre estar en lo correcto y decir estar en lo correcto) y Apel-Habermas (la contradicción performativa en la que se incurre, cuando una afirmación está en contradicción con los supuestos o implicaciones del acto de la afirmación).

Renunciar a las certezas absolutas del realismo metafísico no implica renunciar a la posibilidad de manejarnos con criterios de corrección (no implica aceptar el relativismo). Esos criterios son relativos a un esquema conceptual, construido históricamente y situado culturalmente, pero son correctivos (normativos) en el sentido que ajustan nuestra práctica en ese contexto (lo que Dewey llamaría la “realidad objetiva”), de acuerdo a los propósitos que nos guían.  En ese sentido, los criterios se producen en un contexto, pero no valen sólo para ese contexto, de lo contrario siempre estaríamos empezando desde cero y las expresiones “proceso de aprendizaje” o “experiencia histórica acumulada” no tendrían ningún significado inteligible. En palabras de Putnam: “siempre hablamos en el lenguaje de un lugar y de un tiempo, pero la corrección-incorrección de lo que decimos no se reducen a ese tiempo o lugar” (Putnam, 1983, 247).

Argumentar sobre la naturaleza de la racionalidad, presupone ya mismo un ejercicio de racionalidad (informal) más amplio que aquella que se quiere definir o formalizar. En este sentido, puede decir que “la teoría de la racionalidad no se puede aislar de las teorías de aquello que investigamos, incluyéndonos a nosotros mismos” (Putnam, 1983, 201). Ni el método ni el instrumento (una racionalidad institucionalizada) pueden separarse ni de la capacidad (racional) que las posibilita ni del contenido de lo que se pretende investigar. Existe una recursividad, entre la capacidad racional básica (la “informal”), una determinada instanciación específica (la racionalidad científica o formal), los métodos que se diseñan y el contenido de lo que se investiga. Son todas realidades y nociones interdependientes, unidas en una red epistémica, tal que la variación en una noción afecta simultáneamente a todas las demás. Nuestros procedimientos racionales están guiados heurísticamente por los objetivos que están presentes en cualquier investigación (por ejemplo, que los presupuestos que usamos sean generalmente aceptados, que la elaboración pueda confrontar con la crítica racional, que las conclusiones obtenidas sean viables). El abandono de las certezas absolutas, no implica que “no hay nada correcto o equivocado, racional o irracional, verdadero o falso, sino que lo que implica, es que no hay ningún lugar neutral desde el cual juzgar todo eso” (Putnam, 1983, 202).

Por otro lado, esto no significa (una vez más) adherir al relativismo. El relativismo pretende justamente insinuar un juicio desde un lugar neutral (imposible) desde cuya óptica omnisciente, observa que ninguna posición epistémica coincide con la óptica del observador universal (en este sentido, es la metamorfosis epistémica del realismo metafísico). Y además, el hecho que no todas las afirmaciones puedan probarse (según los métodos que hayamos diseñado), no implica que no podamos (desde la relatividad y falibilidad de los criterios de corrección que hayamos construido) juzgar que hay afirmaciones que se ajustan más y otras menos, a los valores epistémicos que sostenemos. 

Lo que subyace en estas posiciones según Putnam, son formas de expresar la dicotomía en la concepción de racionalidad (colapsada en los reduccionismos de la razón teórica formal) y en la concepción de eticidad (colapsada en la razón práctica instrumental). Y en la concepción antropológica deudora del empirismo clásico y del psicologismo benthamita, que supone una concepción que se podría llamar “diacrónica”: primero tenemos sensaciones naturales (los “sense data”) y después agregamos figuraciones (ideas) y valoraciones (aprobación, rechazo, etc.). Por el contrario, lo que sostiene Putnam es una concepción que se podría llamar “sincrónica”: simultáneamente, tenemos sensaciones valoradas y valoraciones sensibilizadas, hechos cargados de valores y valoraciones cargadas con facticidades, elecciones cargadas con razones no-formalizables (informales) y razones cargadas con elecciones previas. En esta concepción sincrónica, desde el condicionamiento cultural del proceso de formación de descripciones y valoraciones, determinadas sensaciones y experiencias son ya desde el inicio, vividas como agradables o desagradables, correctas o no, habilitantes de ciertas percepciones y excluyentes de otras. La experiencia no es neutral, sino que ya está cargada de valoraciones y de teorías implícitas o explicitas, que conforman todo lo que consideramos “hechos”. En este modelo, ya están incluidos los criterios y juicios valorativos, en el principio de cualquier experiencia.  

II. 2. Discusiones en la racionalidad informal

Por otro lado, la tesis del colapso de la dicotomía hecho-valor, podría ser discutible en el ámbito de la racionalidad informal. Una de las condiciones del éxito de las ciencias modernas, es la racionalidad formalizada incluida y regida por una red de valores epistémicos que proveen de criterios de corrección con ciertas garantías (falibles y provisorias). Y a su vez, esa racionalidad formal y la red de valores epistémicos construidos, presupone el ejercicio de una racionalidad previa, que Putnam llama “informal” (en el doble sentido, de no-formalizada y de no-formalizable). En este ámbito (previo al de la racionalidad formalizada de las ciencias), también se pueden plantear discusiones respecto a la tesis de la imbricación hechos-valores, cuestionando la “densidad” de los términos fácticos y de los juicios que los incluyen. 

Para algunos autores, existen términos y juicios del lenguaje ordinario que sólo son descriptivos, como por ejemplo “está lloviendo”, “esto es un gato”, “esto es rojo” (Bergström, 2002, 12). Pero en realidad, cuando un hablante competente en nuestra comunidad dice “está lloviendo”, está expresando un conjunto de nociones implicadas como: cae agua desde las nubes, se produce por condensación de gases, esto se debe a las diferentes corrientes y temperaturas del aire, etc. Pero por ejemplo, para un habitante de una tribu amazónica aislada de nuestra cultura, “está lloviendo” podría querer decir: nuestros ancestros están tristes y lloran, o nuestros ancestros nos envían el agua porque saben que la necesitamos, o nuestros ancestros están enojados y por eso nos envían este diluvio. Es decir, que los significados de “llover” son distintos en culturas distintas y transmiten distintas valoraciones para comprender el significado del hecho mismo. Y además “llover” no podría reducirse a una concepción fisicalista, porque nosotros incluimos en “llover” lo que consideramos son sus causas y la causalidad no es una noción física ella misma, sino que es el resultado conclusivo de una teoría física-meteorológica que incluye valoraciones epistémicas. Respecto de “gato” sucede lo mismo, como ya fue dicho: es el resultado de un proceso de taxonomización en base a similitudes y diferencias, que nuestra cultura realiza porque lo considera relevante para relacionarnos con el mundo y entre nosotros, según determinados criterios. Y sobre el “rojo”, como señala Putnam, el color es el producto del impacto de la luz sobre un objeto opaco y su recepción por nuestro aparato visual que funciona según nuestras necesidades (por eso distingue colores en el arco iris perceptivo, cuando en el arco iris físico lo único que hay es la distribución uniforme de la luz). Y como nuestras necesidades varían según los contextos y las culturas, la percepción del espectro cromático y sus distintas tonalidades también puede variar.  

Otros tipos de enunciados descriptivos (fácticos), que se supone estarían exentos de valoraciones, serían por ejemplo  “X estuvo aquí ayer” o  “X está sobre Z”. En esos casos, la argumentación de Putnam apuntó a mostrar cómo cada palabra o cada relación, responde a un proceso de clasificación por similitudes y diferencias, valoraciones de las conexiones o relaciones, etc. En este caso implica valorar la forma de distinguir una relación espacial (“aquí”) y una relación temporal (“ayer”), porque de lo contrario todo se reduciría a juicios del tipo “X existe” (e incluso esto responde a una clasificación entre lo que existe y lo que no existe). Y sostiene que ese proceso clasificatorio y denominativo está cargado de valores epistémicos como distinción (no nombrar cosas distintas del mismo modo), semejanza (nombrar cosas iguales del mismo modo), coherencia (el verbo debe aplicar igual a situaciones semejantes), simplicidad (si existen modos diversos de nombrar, introducir otro enunciado que especifique que son sinónimos), capacidad explicativa (las palabras deben servir entre otras cosas para describir y explicar situaciones), etc. Y que utilizamos esos valores epistémicos, porque son una traducción de nuestros valores meta-éticos: distinguir, relacionar, explicar, comparar, predecir, son útiles para relacionarnos mejor entre nosotros y con el mundo, de acuerdo a una concepción general de realización humana. 

II. 3. Discusiones derivadas de una investigación científica

En los términos y juicios derivados de una investigación científica (no en los del lenguaje ordinario) sucede algo semejante. Se ha puesto el ejemplo (Bergström, 2002, 12-13) de la relación entre los siguientes enunciados: 

(F) “fumar causa cáncer”, 

(G) “fumar debería ser considerada una ofensa criminal”, 

(A) “la aceptación de (F) por los científicos está causalmente influenciada por valores epistémicos (V)”, 

(B) “la verdad de (F) depende lógicamente de la verdad de (V)”, 

(C) “la verdad de (F) se sostiene inductivamente por la verdad de (V)”. 

Bergström considera que (G) es claramente un enunciado valorativo y que (F) es un hecho que se sostiene por una investigación científica (expresado mediante un enunciado descriptivo, por tanto). Como la investigación tiene una teoría y acepta que las teorías tienen valores epistémicos (V), se pregunta por la relación entre (F) y (V). El enunciado que “realmente puede ser inferido” es (A) y que “deben ser rechazados” (B) y (C) porque no se siguen de (A). 

(A) tiene una relación con (F), pero tal que “(F) es verdadero sea la coherencia un valor o no, la verdad de (F) no depende del valor de la coherencia, (porque) si fumar causa cáncer, lo causa por el modo como están construidos nuestros cuerpos, no porque deberíamos razonar de determinado modo”. Bergström concluye que “nuestras creencias sobre el mundo presuponen valores, pero esto no quiere decir que el mundo ‘en sí mismo’ o los ‘hechos’ que lo constituyen presupongan valores”. 

En el análisis que propone Bergström hay varias cuestiones discutibles. Primero, en la ciencia médica lo que se llama “enfermedad” (E) es una taxonomía o síndrome, que agrupa de un determinado modo varios síntomas y que requiere de un criterio de corrección (de “salud” en este caso) para poder calificarla. Entonces, cuando cambian los criterios, cambian las (E): el criterio del sobrepeso, de presión arterial, de volumen de colesterol, etc., establecen rangos de “salud” y de “enfermedad”. Por otro lado, cuando cambian las taxonomías (y lo hacen por diversas razones en contextos diferentes), también cambian las (E): en un contexto anterior, un escolar que no atendía a la maestra era “distraído” o “vago” o “perezoso” (características de su carácter), pero en el contexto actual esa misma conducta se califica como “déficit atencional” (una patología) y si es muy inquieto, además tiene un “trastorno de hiper-quinesia” (otra patología). La menstruación sigue siendo (creo) más o menos la misma, pero antes era (E) y ahora no. En el campo de la psiquiatría esto es muy notorio en el modo como crecen los DSM, la quinta versión tiene taxonomías cada vez más detalladas y como combinaciones distintas, de modo que existen cada vez más “enfermedades” (simultáneamente, algunas como la homosexualidad que antes se consideraban (E), ahora no los son y la decisión de excluirla del DSM se hace por votación del gremio de los psiquiatras en Estados Unidos). La misma (E) que cita Bergström necesita ser calificada como tal (mediante una decisión por tanto) frente a otras teorías que lo califican de otro modo (un proceso de reacción y adaptación del organismo). Por otro lado, las taxonomías (los diagnósticos) no son neutras porque se inscriben en un proceso de formación que la antecede y en una acción (terapéutica) que le sigue, todo lo cual contribuye al “modo como son construidos nuestros cuerpos”. 

En segundo lugar, respecto de la etiología, es prácticamente imposible establecer una “causa” con precisión (en el caso del ejemplo, fumar), porque es prácticamente imposible aislar el efecto de una variable en el conjunto de variables que intervienen en la taxonomía de (E). Lo que en realidad existe, son taxonomías y asociaciones estadísticas de “factores” (de riesgo) que no son exactas porque la estadística no lo es y porque es imposible relevar todos los factores que pudieran estar asociados. En conclusión, (E) es una taxonomía de síntomas que se valora en un rango de corrección (de salud) y las eventuales causas de (E) son otra taxonomía de los factores relevados y con algún grado relevante de asociación estadística. No solamente el enunciado (A) incluye valores, también lo hace (F). Del mismo modo que (G), incluye descripciones en “criminal” y en “ofensa”.    

En sentido contrario a Bergström, se ha sostenido que la investigación está avalada por la evaluación de los pares que “establece estándares de méritos aceptados por la comunidad científica” (Harris, 2005, 4), que se basan en valores epistémicos como plausibilidad de una propuesta, su relevancia para la investigación y su originalidad. Estos valores son decisivos para funcionar como criterios en la elección entre teorías alternativas, para decidir en los conflictos entre teoría-hecho y para decidir que investigaciones se harán y cuáles no. Pero además juegan un rol fundamental en la “determinación de que se considera un hecho” (Harris, 2005, 6): algunos hechos son el resultado de la observación, experimentación, descubrimiento o recuento; otros son el resultado de la conexión entre una observación y la interpretación y otros son el producto de estructuras argumentativas. 

Por ejemplo, respecto a los hechos de la ciencia médica que planteaba Bergström, presentados un electrocardiograma, una placa de rayos X y una muestra de una biopsia, los “hechos” no surgen de la simple observación, sino de la interpretación de un técnico entrenado para asociar determinadas formas con determinadas imágenes o partes de un material (asociación que a su vez, resulta de la estadística acumulada de formas parecidas y bajo el entendido que la asociación es probabilística). Es decir, que no hay un hecho “puro” (sin interpretación), sino que hay una base (una imagen, un material) que se asocia estadísticamente y provee el sustrato para una interpretación (que obviamente, se rige por criterios de corrección que suponen valoraciones epistémicas explícitas o implícitas). 

Continúa Harris: “aún el acto de describir o de etiquetar con una determinada palabra es a menudo conectada en forma inextricable (imbricada) con los valores” (que sirven de base para la clasificación) (Harris, 2005, 11). Por ejemplo, si un historiador dice que “la batalla de Waterloo se peleó en 1815”, la elección del término “batalla” da cuenta de un hecho distinto que si dijera “colisión” o “masacre” (Harris, 2005, 11). Por otro lado, cuando se nombra un objeto por la función que cumple (como por ejemplo, “calculadora”, “reloj”, “cuchillo”) se suele entender que el objeto cumple apropiadamente esa función (lo que significa una evaluación), porque de lo contrario se especificaría la disfunción con algún adjetivo (“roto”, por ejemplo). Cuando un arqueólogo encuentra un objeto de una cultura desconocida que no puede clasificar, trata de asociarlo con objetos y funciones de su propia cultura y lo convierte en ese “hecho”. Por ejemplo, cuando se descubrió el ornitorrinco, no correspondía con ninguna clasificación de animal conocida y quedó bajo indeterminación “que era”. Harris señala que el rechazo del rol de los valores en la determinación de los hechos por parte de algunos científicos, es una cuestión ideológica porque “pretenden que los valores no intervienen en la empresa científica para aplicar sus propios valores y preferencias en forma silenciosa” (Harris, 2005, 10).   

II. 4. La discusión general

Una exposición que muestra con claridad la posición convencional defensora de la dicotomía hecho-valor, se puede encontrar en el artículo de J. J. Smart (Smart, 1999, 431-437) que expongo a continuación. Respecto de la investigación en la física, en sus palabras: “decidir qué ciencia estudiar e investigar, requiere un juicio de valor pero este juicio de valor es sobre el cuerpo discursivo fáctico y no es parte de ese discurso” (p. 432). Sostiene que es preferible teorías que puedan ser refutadas por futuras observaciones y experimentos, pero aún que esto no fuera posible “una de las teorías es objetivamente verdadera y la otra objetivamente falsa, aún cuando no podemos decidir entre las dos”. Y concluye: “como un realista metafísico” en meta-ética “defiendo una posición no-cognitivista” y la posición que expresa Putnam es “más realista en meta-ética y menos realista en metafísica” (p. 433). 

En primer lugar, considero que lo que Putnam sostiene es que los juicios de valor forman parte del discurso de la física, como los objetos formales desde donde se hace el discurso. Por ejemplo, cuando en el siglo XVII se prefirió la teoría copernicana a la ptolemaica (entendiendo que las pruebas observacionales se obtuvieron recién en el siglo XIX) o cuando en el siglo XX se prefirió la teoría de Einstein a la de Whitehead (entendiendo que las pruebas observacionales se obtuvieron recién cincuenta años después), esa preferencia (elección) formaba en su momento, parte del discurso de la física. Aceptas que forman parte, supone que dar razones y argumentos (discutibles) para una decisión sobre que teoría usar, es relevante para entender esa misma teoría. En cambio, negarlo sería exactamente lo contrario: ocultar las razones por las que se toma una decisión y presentar la decisión “pura” (el núcleo conceptual, pero escamoteando el hecho, que justamente, es una decisión). Siempre en el territorio de la física, considerar, observar y experimentar con la luz como partículas de fotones y elaborar una teoría al respecto ¿forma o no forma parte del discurso de esa física? Según el principio de Heisenberg, se puede hacer una teoría del comportamiento de la luz como ondas (y no como partículas) y la decisión de considerar la luz como partícula o como onda son excluyentes entre sí en el mismo momento. La decisión acerca de que, aun cuando no existen al momento pruebas observacionales suficientes, la teoría de la evolución de Darwin es más plausible que la teoría creacionista ¿forma o no, parte de esa teoría? La decisión acerca de que, aun cuando no existen al momento pruebas observacionales suficientes, la teoría del “big bang”  es más plausible que la teoría del universo eterno e inmutable, ¿forma o no, parte de esa teoría? 

Lo que el realismo interno pragmático de Putnam afirma, es que las decisiones por las cuales se construye un esquema conceptual o una teoría del mundo, forman parte como valores epistémicos que sostienen los criterios de corrección de esa teoría, desde la cual (y condicionados por ella misma) tenemos el único acceso posible al mundo. Y en ese sentido, forman parte de la teoría. Quizás pueda ayudar a entenderlo, considerando una analogía con una ley del derecho positivo. Las leyes tienen una parte “expositiva” (los “vistos,  resultandos y considerandos”) y una parte “resolutiva” (lo que efectivamente se legisla): habitualmente se asocia la ley exclusivamente con la parte resolutiva (lo que sería el núcleo conceptual), pero la parte expositiva también forma parte de la ley (tanto es así, que en ocasiones se invoca precisamente esta parte para modificar la ley). Del mismo modo, estamos habituados culturalmente a retener exclusivamente el núcleo conceptual de una teoría, olvidando el contexto desde el cual se la formula (que está impregnado de valoraciones epistémicas e incluso, meta-éticas). Dicho de otro modo, retomando la distinción de Reichenbach entre contexto de descubrimiento, contexto de justificación y contexto de aplicación de una teoría: nadie dudaría que en el primer y en el último contexto, son decisivas las valoraciones (qué se considera un problema relevante y qué usos se harán con la parte operativa de la teoría), pero el punto de discusión radica en el contexto de justificación o núcleo conceptual (es decir, si las valoraciones epistémicas forman parte o no de la justificación aceptada).  

En segundo lugar, Smart sostiene que existen “valores extrínsecos que son parcialmente fácticos, pero (existen) valores intrínsecos que son independientes de los hechos” (p. 435). Un ejemplo sería que la “salud” podría considerarse un valor intrínseco, una mezcla de intrínseco-extrínseco o podría considerarse solamente como un valor extrínseco porque “podría ser valorada solamente porque promueve un valor intrínseco, la felicidad”. En este caso, “las discrepancias serían sobre medios y los acuerdos serían sobre fines, por lo que las discrepancias serían cuestiones de hecho” (p. 435). Si bien no lo dice explícitamente, se puede inferir que Smart considera “extrínseco” un valor que se busca como medio para otra cosa e “intrínseco” un valor que se busca por sí mismo y en este caso ingresa directamente en el territorio de la meta-ética. 

Como lo dice explícitamente, “salud” podría considerarse tanto intrínseco como extrínseco, pero aun cuando fuera intrínseco, serían discutible los valores según los cuales se establecen criterios de corrección para juzgar “salud”. Por ejemplo, el sobrepeso en nuestra cultura es síntoma de no-salud, en otras culturas puede ser un síntoma de prosperidad; cuando cambian los “rangos de normalidad” en los “valores en sangre” cambian los criterios para definir “salud” y esas diferencias no son inocuas (se suelen derivar distintas acciones terapéuticas). 

Pero además, Smart da por sentado que “felicidad” es un valor intrínseco y que al respecto solo caben discusiones sobre los medios. Lo que considero que Putnam sostendría sobre esto, es que “felicidad” es una noción a considerarse como parte de una concepción ética eudaimonista, que debe complementarse con otras nociones  que forman parte de otras concepciones éticas como la deontológica y la basada en la alteridad. De modo que, “felicidad” no podría ser un valor absoluto (intrínseco) sino un valor en relación con otros valores como “universalidad” y “alteridad”. Pero aunque solamente considerásemos el valor “felicidad”, considero que lo que Putnam diría es que ese valor no está “en el mundo” (como un valor-objeto) esperando por nuestra búsqueda, sino que forma parte de una construcción ética que está condicionada por los valores heurísticos que sostenemos, como guía para la satisfacción de lo que consideramos nuestras necesidades (esta sería la posición del realismo interno pragmático en meta-ética y respecto a este valor en particular). 

En tercer lugar, Smart propone un experimento mental para ilustrar su posición. Construimos un robot que contiene una computadora con un programa análogo a un mapa del mundo y se le da la orden de ir a Islandia. En esta metáfora, la orden sería la decisión que expresa un valor, pero el mapa representaría las creencias sobre el mundo y expresa un hecho (el mundo), tal que en el mapa no está incluida la decisión de ir a Islandia (p. 437). Lo que considero que diría Putnam, es que por cierto la decisión de ir a Islandia no está incluida en el mapa de Islandia, pero que hacer un mapa que representa un aspecto del territorio es una decisión entre otras posibles y que esa decisión representa los valores de la cultura de la Ilustración en la que vivimos y que el peso de la tradición cultural acumulada naturaliza las decisiones hasta hacerlas aparecer como hechos (en realidad lo son, en el sentido de “construidos” desde los condicionamientos culturales). Se pueden hacer mapas de distintos tipos: de rutas y carreteras, orográficos, hidrográficos, demográficos, de olas adecuadas para hacer surf, etc.; pero en tanto que mapas representarían el mismo tipo de decisión de cartografiar el mundo. Pero justamente eso, es un producto cultural (una cultura puede no tener interés en hacer mapas, por ejemplo, porque privilegia las narraciones acerca del mundo). 

Smart diría probablemente que así como la decisión de ir a Islandia no está en el mapa de Islandia, la decisión de hacer un mapa no está en el mapa. ¿No está? Si el mapa es un producto, un artefacto, considero que la decisión de hacerlo sí está en el producto, no como un objeto material por supuesto, pero sí como un objeto formal, entendiendo por tal el lugar desde el que se hace lo que se hace. Es decir, el objeto en cuestión tiene incluido implícitamente la decisión de producirlo y toda decisión es una elección que expresa preferencias que se rigen últimamente por valoraciones (y no sólo epistémicas, sino también meta-éticas). Y la decisión incluye la finalidad  para la que se hace el objeto (en este caso, el mapa) y por lo tanto, su funcionalidad. Esto se volvería relevante además, cuando se consideren los criterios de corrección u objetividad de los valores éticos. Así como un objeto (un cuchillo, un mapa) se valora por la capacidad de cumplir su función (cortar, representar un aspecto del territorio), un criterio para valorar una acción será su funcionalidad, es decir, su carga de facticidad en medio de otras facticidades, para orientarse en el cumplimiento de ciertos objetivos (y esto representa precisamente, un razonamiento de tipo pragmatista).   

Una vez más, la decisión de separar el proceso de formación (del objeto, del nombre del objeto, de una acción) del resultado de ese proceso, es lo que introduce la dicotomía entre los valores (imprescindibles para el proceso) y los hechos “puros” (exentos de valoraciones) que son el resultado de ese proceso. Una vez que se produce la separación, se considera que los hechos se justifican solos (porque refieren al mundo “en sí mismo”) y simultáneamente se considera que los valores (que hicieron posible el proceso de construcción) deben justificarse y además, que deben justificarse a partir de los hechos. Entonces, lo que tenemos es una inversión total del proceso real: no sólo se olvida (o tergiversa) que las valoraciones fueron la condición de posibilidad de construcción del proceso y funcionaron como criterios de justificación del mismo, sino que además, ahora se pretende que las valoraciones  deben justificarse desde los mismos hechos que contribuyeron a construir. Lo contrario implica distinguir nocionalmente los juicios fácticos de los juicios valorativos, pero aceptar que así como las valoraciones remiten necesariamente a facticidades, lo que consideramos “hechos” son el resultado de juicios fácticos al interior de una teoría, cuyo proceso de construcción supone necesariamente determinadas valoraciones. En otras palabras, implica sostener la carga valorativa de los hechos, que es la tesis que se quería argumentar.  

III. Comentario final

Una de las características del proceso de emancipación de la Modernidad codificado en Ilustración, fue construir criterios de demarcación de los ámbitos epistémicos emergentes, que garantizaran sus objetivos de autonomía. El marco teórico general en el que se inscribe la tesis de Putnam, es la constatación que la evolución posterior de esta racionalidad ilustrada, mostró qué lo que al principio se pensó como criterios de delimitación, se fueron transformando en dicotomías más radicales entre estas dimensiones y progresivas reducciones al interior de cada una de ellas. En particular, ese proceso de separación fue derivando en la reducción de la razón teórica a la razón científica y la reducción de la razón científica a la razón formalizada. Y también fue oscilando entre una actividad humana puramente “especular” (la filosofía como “espejo de la naturaleza”, como diría Rorty) y una actividad “dislocada” (negando al mundo como una agencia que impone restricciones). 

Los sucesivos cuestionamientos al interior de cada uno de los dominios (epistémico,  ético, estético), fueron conformando el estado de situación en que se ubica la tesis de Putnam que analizo, que sostiene la mutua conexión entre los juicios fácticos sobre “hechos” y los juicios valorativos epistémicos. Esto quiere decir, que en última instancia, para explicar adecuadamente una descripción sería necesario recurrir a valoraciones y viceversa. Aún más, la imbricación en su dinamismo, supone una recursividad en la que las valoraciones afectan lo que se considera fáctico y las distintas facticidades (funcionalidades) afectan las valoraciones. Dicho en otras palabras, la contracara de la tesis de la mutua imbricación fáctica-valorativa, es la tesis del colapso de la dicotomía “hecho-valor”. Y esta tesis está sostenida a su vez, por la sustitución de la pretensión del realismo metafísico, por otra concepción que Putnam denomina como fue dicho, realismo interno pragmático. 

El realismo con sus nociones asociadas (posibilidad del conocimiento, objetividad del mismo, ajuste empírico con el mundo, universalidad), es la pretensión que recorre toda la historia del pensamiento filosófico, pero se ha ido depurando de su ingenuidad inicial, por los cuestionamientos de las posiciones escépticas y relativistas. A su vez, ha ido aclarando la íntima conexión entre una noción de realismo que no quede cautivo de la posición del espectador (con una mente que funcionaría como un “espejo de la naturaleza”, como dice Rorty) y una noción de pragmatismo, que rescate el protagonismo humano en las elecciones y valoraciones (incluso las que se refieren a que tipo de conocimiento es relevante, cómo se justifica argumentalmente y cómo se aplica en distintas situaciones). 

En ese marco, se excluyen simultáneamente las concepciones positivistas (objetivistas) y las relativistas (subjetivistas). Considerando que el mundo también es una agencia (y no un objeto pasivo), se podría traducir de este modo: el mundo acepta un rango de interpretaciones posibles y alternativas, pero no acepta cualquier interpretación arbitraria. ¿Por qué? Porque dado que toda interpretación tiene una “carga operativa” implícita, si se pone en acción, a la larga la agencia del mundo rechazaría (refutaría, en nuestros términos) la interpretación arbitraria que no establece una adecuada relación de correspondencia con él (y esto constituiría una refutación del relativismo epistemológico). Pero a su vez, como se dijo, la agencia del mundo acepta un rango de interpretaciones posibles, un rango de esquemas conceptuales o de teorías, que sean mutuamente excluyentes entre sí (total o parcialmente), pero todas compatibles con una correspondencia con el mundo. Entonces, cuando distintos esquemas conceptuales explican razonablemente bien a nuestro juicio, un conjunto de fenómenos del mundo, como comunidad epistémica lo que hacemos es preferir una teoría o esquema conceptual y esa elección no es arbitraria, sino que se basa en el conjunto de valoraciones epistémicas que sostenemos (la simplicidad, la fecundidad, la instrumentalidad, el alcance explicativo, el alcance predictivo). Y como es obvio, todas estas cuestiones no son “hechos” del mundo que se nos imponen, sino “valoraciones” que construimos y preferimos, sobre otras posibles. 

En honor a la brevedad, se podría plantear una última cuestión: ¿cuál serían las razones (porque las elecciones no son arbitrarias) para proceder según esas valoraciones? No son impuestas por el mundo, porque en ese caso no habría elección. Y la respuesta iría en el siguiente sentido: habitualmente sostenemos esas valoraciones (que se traducen en criterios de corrección y que juegan a la hora de decidir entre esquemas conceptuales alternativos sobre el mismo mundo), porque nos resultan útiles yconvenientes. ¿Útiles y convenientes para qué? Primero, para comunicarnos, para tratar de entendernos entre nosotros, construyendo ciertos acuerdos que hagan viable la vida en interacción. Y segundo, para hacer viable y operativa la interacción con la agencia del mundo, que también es imprescindible para hacer viable la vida. Y vea usted, que si esas son las razones últimas para las elecciones mencionadas, son razones de tipo pragmático. Que se conjugan con un tipo de realismo sobre la agencia del mundo (de otro modo, no serían operativas), pero desde el interior de los esquemas conceptuales que construimos (teorías, sistemas de lenguaje en general), porque no somos meramente “copias especulares” del mundo (si fuera así, nuestra filosofía sería meramente “un espejo de la naturaleza”, como decía Rorty), sino agentes y protagonistas que interactuamos entre nosotros y con la agencia del mundo. Entonces, la tarea filosófica no podría comprenderse sólo de un modo “especular” (como una copia pasiva del mundo), ni tampoco sólo de un modo “edificante” (proceder con un conjunto de buenas intenciones dislocadas, como si el mundo no fuera también una agencia que impone restricciones), sino que debería entenderse a partir de las interacciones e inter-conexiones mencionadas. En esa tarea (inscripta en alguna de sus sub-disciplinas y al interior de una determinada tradición), los ejes centrales serían el planteamiento de tesis y su justificación mediante la argumentación. Se podría objetar que esos ejes versan sobre “lo que ya está”, retomando el comentario de Hegel respecto a que “el Búho de Minerva emprende su vuelo al anochecer” (una vez que termina la jornada de “la acción”). Sea. Pero. Pero si ese vuelo contribuyese a ver en la oscuridad con más claridad, el objetivo propuesto estaría cumplido. Y se podría esperar entonces, que el resto (o por lo menos, algo del resto), viniese por añadidura.


Referencias Bibliográficas 

Bergström, L. Putnam on the fact-value dichotomy (Croatian Journal of Philosophy, 2002), vol. II, nº 5.

Harris, R. A Summary Critique of the fact-value dichotomy. www.virtualsalt.com (2005).

Putnam, H. Philosophical Papers (Cambridge University Press, 1983). Vol. 3, incluye Why reason can`t be naturalized? y Philosophers and human understanding.

Putnam, H. (1988) Razón, verdad e historia. Editorial Tecnos (Madrid).  Cambridge Univ. Press (1981). 

Putnam, H. (2002) El colapso de la dicotomía hecho-valor. Harvard University Press (Cambridge). Editorial Paidós (Barcelona, 2004). 

Putnam, H. (2004) Ethics without Ontology. Harvard University Press (2004). Traducción personal. 

Smart J. J. Ruth Putnam and the fact-value distinction. Philosophy (Cambridge University Press, 1999), vol. 74, nº 289.  

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