LUIS ALBORNOZ / La Modernidad codificada en el proceso de la Ilustración, se proyectó como un movimiento de emancipación basado en la autonomía de la razón y para ello, estableció criterios de demarcación en los ámbitos de la razón teórica, práctica y estética. Sin embargo en el devenir histórico posterior, esos criterios fueron mutando en dicotomías y reducciones. Este artículo pretende exponer y analizar la crítica que desarrolló Hilary Putnam, a la dicotomía convencional entre hechos y valoraciones. 


FILOSOFÍA

I. Un marco histórico-teórico

Hasta por lo menos el siglo XVII, predominaba una concepción cognitiva del mundo que se podría denominar “realismo metafísico pre-crítico”, que partía del presupuesto que el conocimiento podía acceder al mundo “en sí mismo” o a la realidad “tal cual es”, que empezó a ser cuestionada desde el macro-paradigma cartesiano. Sin embargo, esa concepción fue retomada de algún modo por el empirismo inglés del siglo XVIII, que sostenía que los “sense data” proporcionaban una información objetiva del mundo por esa vía y que a partir de las sensaciones primarias, se formaban las ideas “simples” y luego las ideas “complejas”. Esta concepción tradicional, fue la que colapsó con Kant, en la “Crítica de la razón pura” (1781), en la que argumentó sobre la imposibilidad del acceso cognitivo al mundo “en sí mismo” (el mundo nouménico), sino que por el contrario, todo acceso cognitivo estaba “mediado” por un esquema conceptual formado por las categorías, los conceptos y las intuiciones aprióricas de la razón. Es decir, que se proponía como una síntesis (el idealismo trascendental) del racionalismo cartesiano y del empirismo inglés, en la medida que había un acceso cognitivo posible al mundo (contra el escepticismo del conocimiento) “tal como se nos aparece” a nuestro esquema conceptual (el mundo “fenoménico”) y que tal conjunción se expresaba en juicios “sintéticos a priori” (en forma muy general, “sintético” es equivalente aquí, a “empírico” o “descriptivo” o “fáctico” y en esta acepción, lo usaré en adelante). 

Por otro lado puede decirse, que una de las características del proceso de emancipación de la Ilustración, fue construir criterios de demarcación de los ámbitos epistémicos emergentes, que garantizaran los objetivos de autonomía de la razón y que Kant desarrolló ese proyecto en las tres Críticas, que constituyeron un nuevo marco normativo para la racionalidad teórica, ética y estética. Pero, la evolución posterior de esta racionalidad ilustrada, mostró como lo que al principio se pensó como criterios de demarcación de esos ámbitos, se fueron transformando en separaciones más radicales (dicotomías) entre estas dimensiones y en reducciones sucesivas al interior de cada una de ellas. En particular, en el campo cognitivo o epistémico, ese proceso de separación y reducción fue derivando en: (a) la reducción de la razón teórica general a la razón científica, (b) la reducción de la razón científica a la razón formalizada, (c) la reducción de la razón científica a la razón instrumental. 

En la primera mitad del siglo XX, la concepción kantiana colapsó a su vez, frente a la plataforma del positivismo lógico, que puede entenderse como un heredero del antiguo empirismo inglés del siglo XVIII (por eso, en este artículo, usaré como sinónimos ambas denominaciones). El positivismo lógico original (el del Círculo de Viena), negaba la existencia de los juicios “sintéticos a priori” kantianos y sostenía que era posible un acceso cognitivo al mundo “en sí mismo” por medio de las teorías científicas, que articulaban juicios “analíticos” (que aquí, son sinónimos de “convencionales”, como los de la lógica), juicios “sintéticos” (que eran los que supuestamente confrontaban con el “tribunal de la experiencia”, la expresión es de Quine), enlazados por las leyes de la lógica simbólica clásica. Por lo dicho, esta posición podría calificarse como un nuevo “realismo metafísico”, en la medida que sostenía la posibilidad del acceso cognitivo al mundo “tal cual es”.

Pero a partir de la segunda mitad del siglo XX, el empirismo lógico también fue colapsando, como resultado de sucesivas críticas internas. En una breve reseña, se pueden señalar cuatro tipos de críticas. Las dos primeras se las debemos a Quine, en su “Dos dogmas del empirismo” (1951) y consisten en sostener que: (a) no existen juicios analíticos “puros” (salvo las sinonimias), sino que todos los juicios analíticos están imbricados con juicios sintéticos y (b) los juicios sintéticos no pueden confrontar individual y aisladamente con el “tribunal de la experiencia” porque contienen en sí mismos términos teóricos no-observables (lo que invalidaba tanto el criterio de “verificación” de los positivistas lógicos, como el criterio de “falsación” de Popper), sino que por el contrario, lo que puede confrontar con tal tribunal sería en todo caso, el “conjunto de juicios” (imbricados de componentes analíticos y sintéticos e imbricados de términos observables y teóricos), que conforman una “teoría” o “esquema conceptual” (que aquí serán usados como sinónimos, dado que refieren tanto a las teorías científicas como a los sistemas de lenguaje ordinario). 

Es decir, que el procedimiento que se sigue en la práctica de la investigación de cualquier ámbito, no es confrontar un enunciado aislado con el “tribunal de la experiencia” (con los “hechos”, como pretendía la versión ortodoxa del empirismo lógico y como también pretendía el racionalismo crítico de Popper), sino que lo que se confronta es la red de juicios que conforman esa “teoría” o “esquema conceptual”. Y dado que en esa red, existen enunciados centrales y enunciados periféricos, en la eventual disonancia con los hechos, lo que habitualmente se hace es proceder por la máxima de la “mutilación mínima”: recortar los enunciados periféricos para salvar los enunciados centrales (y por tanto, la teoría en su conjunto). Esto es lo que se conoce desde Quine, como “holismo del significado” en lugar del “atomismo del significado”, propio de la concepción del empirismo lógico. 

La razón para seguir este procedimiento, es una razón de practicidad, dado que no sería conveniente para el avance cognitivo, eliminar teorías que explican muchos fenómenos, cuando se pueden eliminar enunciados periféricos de esa misma teoría. Y finalmente, decir que es una razón de “practicidad”, es equivalente a decir que la principal razón para seguir ese procedimiento, es una razón de tipo “pragmático”. La crítica de Quine, dirigida eficazmente hacia presupuestos básicos del empirismo lógico (y del racionalismo crítico), contribuyó al colapso de esos modelos, inaugurando un nuevo período del razonamiento filosófico que se suele caracterizar como “post-analítico”.

La tercera crítica, puede atribuirse conjuntamente a Davidson (en “Sobre la idea de un esquema conceptual”, 1974) y a Sellars (en lo que denominó “El mito de lo dado”, en “Empirismo y filosofía de la mente”, 1956). La tesis central de Sellars, es que la “experiencia” tampoco puede funcionar como “tribunal” imparcial que valide los juicios empíricos, porque ella misma se forma en parte por esos mismos juicios y creencias que debería contrastar. Dicho en otras palabras: no existe una experiencia exenta de creencias y conceptos, que funcione como tribunal “neutral” de confrontación. O dicho de otro modo: no existe una experiencia “pura” (el “mito de lo dado”) y “exenta” de creencias y conceptos que funcione como tribunal neutral de confrontación, porque la misma experiencia es en parte el resultado de esa red de creencias y conceptos, que debería juzgar.

La tesis de Davidson en este aspecto, es que mientras el empirismo lógico consideraba el “esquema conceptual” y el “contenido” del esquema, como entidades totalmente independientes entre sí (otra dicotomía), en realidad resultan entidades entrelazadas, de modo que se refieren mutuamente y en forma recursiva (se puede distinguir el esquema del contenido, pero ambas se afectan mutuamente de modo que están imbricadas y ninguno es “puro”, en el sentido de “exento” del otro componente). 

II. La crítica del “cuarto dogma” del positivismo lógico

Este es el marco teórico e histórico, dentro del cual se ubica la tesis de Hilary Putnam (en “El colapso de la dicotomía hecho-valor”, 2002). Quizás convenga empezar por aclarar un poco la jerga. ¿Qué se entiende aquí por un “hecho”? El sentido común da por obvio lo que es, pero en este ámbito el sentido común está siempre cuestionado. Podemos aproximarnos a su comprensión, por la analogía con un color. ¿Qué es un “color”? En el mundo físico (en el fisicalismo puro y duro) existe la distribución uniforme de la luz y no existen colores. Entonces, lo que existe es el impacto de la luz sobre los cuerpos opacos y su recepción por el aparato visual humano, que transforma la distribución uniforme de la luz en la escala cromática. Del mismo modo, un “hecho” es algo que ocurre en el mundo y su recepción por el aparato cognitivo humano que formula sobre él, un juicio empírico (aquí lo usamos indistintamente como equivalente a sintético, fáctico, descriptivo) verdadero. Así que, un “hecho” sería el correlato de referencia de un juicio empírico verdadero, que es verdadero precisamente porque está referido a un hecho del mundo. Aquí ya se insinúa un eventual problema (que no abordamos ahora) de la circularidad: un juicio empírico verdadero se define por referencia a un hecho y un hecho se define como la referencia de un juicio empírico verdadero. Pero obviando esta cuestión por ahora, tradicionalmente aquí radica la objetividad del conocimiento, es decir, que sus juicios estén referidos a hechos del mundo accesibles a múltiples observadores. 

Por otro lado, ¿qué es un “valor”? Acá la terminología más adecuada no sería “valor” (que parece indicar una entidad en sí misma), sino la acción humana de valorar, es decir, una “valoración”, que es la acción de preferir algo sobre otro algo (sin embargo, por cuestiones de comodidad en general se usa el sustantivo “valor”, pero no hay que perder de vista esta distinción). Tradicionalmente, se entiende que las valoraciones no tienen hechos del mundo que las respalden, sino que expresan juicios subjetivos de los hablantes (éticos o estéticos) y por eso también, tradicionalmente se entiende que en los juicios valorativos no existe objetividad, sino subjetividad. Finalmente, por “dicotomía” se entiende una separación (se podría decir un “dualismo” si la temática fuera la metafísica o una “disyunción” si la temática fuera la lógica), que supone dos universos conceptuales distintos: los juicios fácticos que se respaldan en hechos y los juicios valorativos que no lo hacen. 

En la filosofía moderna, esta dicotomía entre hechos y valores, fue expresada inicialmente por Hume en el “Tratado sobre la naturaleza humana” (Libro III, parte I, sección I) agregando que entre el mundo de “lo que es” y el mundo de “lo que debe ser” (aquí, más que una valoración, ya existe una prescripción), no es posible una inferencia lógica. Es decir, que no se puede pasar lógicamente de lo que es a lo que debe ser y si ese paso se hace pretendiendo su justificación, se incurre en lo que se llama una “falacia naturalista” (deducir lo que debe-ser, de lo que es). Esta concepción fue potenciada por el empirismo lógico, para el que el conocimiento y la objetividad estaba expresado exclusivamente por los juicios descriptivos y por los juicios lógicos, mientras que los juicios valorativos (y aún más, los prescriptivos) era juicios totalmente subjetivos y abarcaban tanto a la ética como a la estética. 

En contraposición, Putnam recoge la herencia kantiana que pretendía establecer conexiones entre las tres áreas señaladas (la cognitiva, la ética y la estética) y se propone la “cuarta crítica” del empirismo lógico o como lo denomina él mismo, hacer colapsar el “cuarto dogma del empirismo lógico”. Su presupuesto es que el realismo metafísico post-ilustrado (“externalista”, en el sentido que pretendía una objetividad por referencia a objetos o hechos del mundo exterior) es cognitivamente inviable y que por el contrario, no tenemos acceso cognitivo al mundo “en sí mismo” ni a la realidad “tal cual es”. El único acceso cognitivo que podemos tener es el que se realiza “mediado” desde el interior de un “esquema conceptual” de referencia (y por eso, se puede decir que es un realismo “interno”). A su vez, ese esquema conceptual tiene un proceso histórico de construcción que está guiado y mediado por objetivos y propósitos (que se traducen en valoraciones epistémicas, que implican criterios de corrección aceptados). Y esos objetivos se formulan como medios para lograr la satisfacción de determinadas necesidades tanto existenciales como cognitivas (y por eso, se puede decir que es un realismo interno “pragmático”). 

Dicho en otras palabras y a la inversa: a partir de las necesidades de una comunidad, se plantean objetivos que funcionan como guías heurísticas de una conducta, que implican la necesidad de la investigación y el conocimiento, para lo cual, se construyen esquemas conceptuales estructurados en torno a una red de “criterios de corrección” (por eso, son valoraciones “epistémicas”). Desde esos esquemas conceptuales mutables en el tiempo, falibles, discutibles y provisorios, se formulan juicios que pretenden “describir” adecuadamente los “hechos” del mundo. Entonces, por lo dicho, los juicios empíricos (aquí son usados como sinónimos de sintéticos, descriptivos o fácticos), están “cargados” con dichas valoraciones epistémicas. Estos juicios empíricos que contienen estas valoraciones, incluyen a su vez, términos y conceptos, en los que están “condensados” estas valoraciones y en este sentido, se los puede llamar términos y juicios “densos”. Y finalmente, estos términos y conceptos densos, están presentes tanto en los juicios resultantes de una investigación científica (en la racionalidad que Putnam denomina “formal”) como en los juicios del lenguaje común (en la racionalidad que Putnam denomina “informal”).

III. Estrategia argumentativa

Del mismo modo que Quine cuestionó las posiciones clásicas del positivismo lógico por postular una dicotomía entre juicios analíticos y sintéticos, Putnam cuestiona la concepción hegemónica que postula una dicotomía entre juicios fácticos (descriptivos) y juicios valorativos. Por el contrario, sostiene que entre juicios descriptivos (abreviadamente, “hechos”) y juicios valorativos (abreviadamente, “valores”), existe una imbricación (“entalgement”) que implica que todos los juicios descriptivos tienen una carga valorativa y viceversa, todos los juicios valorativos tienen una carga de facticidad. Esta interrelación se visibilizaría más claramente, en los juicios que incluyen términos cuya “densidad” hace que para comprender su significado, haya que recurrir simultáneamente a descripciones fácticas y a valoraciones. 

Sobre un determinado juicio (X) la posición hegemónica, afirmaría que o es “descriptivo” (A) o que es “valorativo” (B). En un juicio complejo, propondrá descomponerlo en juicios más básicos, tales que unos  serían descriptivos y otros serían valorativos. Según la argumentación que presenta Putnam, esta posición colapsa porque no existe tal separación y esto supone que hechos y valores, juicios descriptivos y juicios valorativos, facticidad y valoración, están mutuamente imbricados. La imbricación se puede traducir como una relación mutuamente inclusiva. No una mera conjunción, sino una mutua inclusión que se puede expresar como “X es A y B” pero de tal modo, que “B está en A” y “A está en B”. Traducido en sus propias palabras: “los propios enunciados fácticos y los procedimientos de investigación empírica con los que contamos para decidir si algo es o no es un hecho, presuponen valores” (Putnam, 1988, 132). En particular, la “densidad” de los juicios fácticos, supone que existe una imbricación con juicios valorativos en su proceso de construcción, que está incluida en el juicio resultante final.

Esto no implica que no se pueda hacer una distinción nocional (epistémica) entre lo fáctico y lo valorativo, sino que sostiene que debido a la carga valorativa en el proceso de construcción, no existen juicios descriptivos “puros” (exentos de valoraciones). En última instancia se podría decir, que es una distinción epistémica, pero que no es una dicotomía ontológica: podemos entender conceptualmente que es un “hecho” y que es una “valoración” y apreciar su diferencia. Pero no podemos afirmar que (a) un juicio es puramente “descriptivo” de algún hecho exento de valoración y tampoco podemos afirmar que (b) un juicio es puramente “valorativo” exento de cuestiones fácticas. Esto significa para Putnam, el colapso de la dicotomía institucionalizada (que separa hechos y valores) y el colapso de lo que llama el “cuarto dogma del empirismo”. 

Un defensor de la concepción convencional, podría sostener la dicotomía sobre la base de una concepción objetivista que postule alguna versión de realismo metafísico, entendido como la pretensión de un acceso cognitivo al mundo “en sí mismo” o a la realidad “tal como es”, es decir, a la facticidad exenta de las valoraciones. Su plataforma pretendería que la ciencia (o las ciencias, cuanto más formalizables mejor) serían la expresión paradigmática de juicios racionales sobre hechos exentos de valores. Luego del colapso de la ortodoxia fundacional del positivismo, la defensa de la dicotomía aceptaría que la ciencia presupone valores epistémicos (como la simplicidad de la teoría, su eficacia operativa e instrumental, su amplitud explicativa de distintos hechos, su alcance predictivo, etc.), pero rechazaría que la ciencia presuponga valoraciones éticas. 

Ahora bien, el realismo metafísico antiguo o pre-crítico suponía que la actividad cognoscitiva se basaba en la “verdad” entendida como una correspondencia con la realidad “tal como es”. Pero la noción de la “verdad” como una copia especular y pasiva de lo que “realmente existe”, colapsó con las críticas de Kant y Wittgenstein entre otros (Sellars, Davidson, Rorty, Putnam). El problema epistemológico para Putnam, es que “decir que la ciencia presupone el valor epistémico de la verdad sería un enunciado puramente formal, mientras no se relacione ‘verdad’ con otros criterios de aceptación racional de la misma ciencia” (Putnam, 1988, 134) (se refiere al método de investigación, el criterio de objetividad, las razones suficientes de aceptabilidad de un juicio, etc.). 

Si la postura de comparar nuestro sistema de creencias con una realidad supuestamente libre de creencias para ver si se emparejan o si la postura que sostiene que el sistema de creencias refleja la realidad tal como es (el realismo metafísico) colapsó, entonces, afirmar que la ciencia busca descubrir “la verdad”, solo puede significar que “la ciencia construye una imagen del mundo que (en forma provisoria y falibilista), satisface un conjunto de criterios de aceptación racional, que la misma ciencia establece” (Putnam, 1988, 134). 

La argumentación frente al realismo metafísico es que la confiabilidad o la aceptación de una teoría como correcta, supone presentar simultáneamente, un conjunto de criterios (simplicidad, eficacia instrumental, alcance explicativo, alcance predictivo, procedimientos de control y medición, etc.) que suponen a su vez, un conjunto de valores epistémicos. Es decir, que se sostienen los criterios de corrección porque  responden a determinadas valoraciones epistémicas. La pregunta siguiente es entonces, acerca de las razones por las cuales se sostienen esas valoraciones (y no otras), en lo que se insinúa una posible regresión al infinito en la cadena de preguntas por la legitimación del nivel inmediato anterior. La concepción de Putnam, es que los valores epistémicos entrelazados entre sí en un esquema conceptual, se construyen como expresión de los modos de relación elegidos entre los miembros de una comunidad y de ésta con el mundo. Y dado que esos modos de relación, no son objetos metafísicos que se descubren en el mundo, sino construcciones que se consideran valiosas para la relación con el mundo, entonces, esos modos expresan las valoraciones meta-éticas de una comunidad. A su vez, esas valoraciones se hacen porque expresan y traducen un paradigma general de realización humana que sostiene la comunidad de referencia. Dicho a la inversa: una comunidad construye acuerdos básicos (explícitos e implícitos) sobre una noción de realización humana, que se expresa en valoraciones meta-éticas, desde las que se construyen determinadas valoraciones epistémicas que sirven de base a los criterios de corrección de un esquema conceptual en el proceso de una investigación. Y una forma de expresar la tesis del colapso de la dicotomía, es afirmar que en todas las valoraciones (éticas y epistémicas) existe una imbricación (una inclusión mutua) entre juicios descriptivos de facticidades y juicios valorativos de los proyectos, decisiones y objetivos de esa comunidad.  

Si el realismo metafísico no se sostiene porque no existe ninguna realidad que funcione como “tribunal” imparcial de un sistema de creencias, sino que el mismo tribunal está cargado con nuestras creencias, entonces la noción de “verdad” no se anula, pero es interdependiente de otras nociones imbricadas en un esquema conceptual y es el conjunto entrelazado de esas nociones lo que obra como criterio de corrección de una teoría. Ese conjunto “criterial” funciona sobre la base de determinados valores epistémicos (simplicidad, coherencia, alcance explicativo, alcance predictivo, eficacia instrumental, plausibilidad, vinculación con otras teorías, fertilidad para construir teorías nuevas, etc.). Y esas valoraciones no están dadas por el mundo “en sí mismo”, sino que la comunidad (ética y epistémica) las elige y las construye, porque expresan mejor el conjunto de sus opciones, proyectos, propósitos e intereses, integrados (explícita o implícitamente) en una noción general o paradigma de realización humana.  

La concepción de Putnam sobre la imposibilidad de la versión más relevante del realismo metafísico o emparejamiento especular (copia fiel) con el mundo, se basa en la cadena de argumentaciones que fueron llevando al positivismo lógico a flexibilizar progresivamente sus criterios de verificación: pasar a criterios de confirmación, descartar criterios de falsación como regla general, descartar la pretensión de reducir todos los enunciados a términos observables, aceptar la introducción de términos teóricos no observables, aceptar que los enunciados analíticos ya tienen una imbricación con enunciados sintéticos, aceptar como correcta la teoría del “mito de lo dado” exógeno libre de creencias, etc. El buscado “ajuste” con el mundo no puede ser con el mundo “en sí mismo” o con la realidad “tal como es”: “esas expresiones carecen de significado inteligible porque el mundo o la realidad están construidos en parte, con nuestras creencias y concepciones” (Putnam, 1988, 138). 

Pero simultáneamente, esta concepción rechaza el relativismo epistemológico (la tesis que cualquier construcción es tan valiosa como cualquier otra), porque sostiene que construimos criterios de corrección y de aceptabilidad racional para nuestras creencias, o dicho de otro modo, nuestras valoraciones no pueden ser arbitrarias porque conllevan una carga de facticidades que puede ser evaluada con arreglo a criterios de funcionamiento empírico.

En este sentido, un lugar privilegiado de visibilidad de la imbricación entre juicios fácticos y valorativos son los “conceptos densos”, que son aquellos en los que para comprender sus significado es necesario recurrir simultáneamente a descripciones y a valoraciones. Esto resulta bastante claro en los juicos éticos que incluyen conceptos éticos densos. Por ejemplo, el término “cruel” tiene una denotación descriptiva para referirse a la conducta de un sujeto o grupo y simultáneamente tiene una connotación valorativa: no puede reducirse sin perder significación, el término “cruel” a “producir mucho sufrimiento” porque hay conductas que producen sufrimiento y no son crueles (cualquier operación antes que se construyesen anestésicos) y hay conductas que no producen sufrimiento visible pero son crueles (la manipulación en situación de poder, el bloqueo de las posibilidades de emancipación, etc.). Pero esto no resulta tan claro, en los juicios fácticos que incluyen términos que en principio consideraríamos, que son puramente descriptivos, como por ejemplo “el gato está sobre la alfombra” (que sería verdadero, si efectivamente el gato está sobre la alfombra). 

Pero hay que considerar, que la densidad puede considerarse desde dos perspectivas complementarias  entre sí. En primer lugar, una perspectiva diacrónica significa considerar la densidad en el “proceso de construcción” de un concepto cualquiera. El término“gato” en principio es un concepto descriptivo de un animal (descartamos ahora la polisemia de la referencia a una herramienta del automóvil o a la conducta licenciosa de una señorita). Pero el término se construye en un largo proceso de taxonomías que establecen similitudes y diferencias, entre sujetos y objetos, entre objetos animados e inanimados, entre objetos animados mamíferos y otros, entre mamíferos felinos y otros, etc. En ese proceso están presentes valores epistémicos: coherencia (llamar objetos similares de modo similar), distinciones (presentar algunos criterios para que los términos no sean confusos), etc. Esos valores epistémicos los construimos porque expresan determinas elecciones previas y subyacentes: para nuestro modo de relacionarnos entre nosotros y con el mundo, consideramos relevante clasificar, agrupar por semejanzas, distinguir por diferencias, establecer criterios para que los juicios sean menos ambiguos, etc. Pero justamente, clasificar, agrupar, distinguir, relacionar, no son objetos metafísicos sino elecciones que consideramos valiosas para establecer modos de relación con el mundo y entre nosotros y en ese sentido, son valoraciones meta-éticas, es decir, que no son “hechos” sino que son “valores”. En segundo lugar, una perspectiva sincrónica significa considerar la densidad en el “resultado” final del proceso de construcción para un término cualquiera. En este sentido, la densidad de la mayoría de los términos descriptivos está más invisibilizada porque no se considera el proceso de su formación (se olvida que las valoraciones fueron necesarias para hacer las descripciones).

IV. Contexto de formación de la dicotomía

En la profundización de su argumentación, se pueden distinguir dos niveles: (1) el contexto de la formación, es decir, una perspectiva histórica de la postulación de la dicotomía que va a aclarar aspectos relevantes para el análisis conceptual y (2) el contexto de justificación o conceptual, es decir, el análisis y la crítica de las cuestiones centrales del realismo metafísico, en el que Putnam va a proponer dos nociones relacionadas entre sí, como son (a) la relatividad conceptual y (b) la objetividad sin objetos.

Respecto del primer nivel (el contexto de formación), Putnam realiza un examen de los antecedentes empiristas de la dicotomía que comienza con una afirmación global que muestra un aspecto de la relevancia que le merece el tema: “cada una de estas dicotomías (analítico-sintético, hecho-ideas, es-debe, hecho-valor, etc.) fueron tan fundacionales para el empirismo clásico y para su heredero el positivismo lógico”, que llegar a “pensar sin estos dogmas es entrar en una auténtica ‘postmodernidad’” (Putnam, 2002, 23) (el entrecomillado responde a que parte de su planteo, es justamente la crítica del relativismo ‘post-moderno’). Ante esta práctica de la filosofía moderna que tiende a convertir las distinciones nocionales en dicotomías o dualismos metafísicos, su tesis es sostener que: (a) la dicotomía está colapsada, es decir, que los hechos suponen valores y viceversa y (b) construimos criterios de corrección para los juicios valorativos, lo que implica que  los fines (valores) pueden ser discutidos racionalmente. 

Luego de sumariar la historia de la dicotomía analítico-sintética, Putnam hace un paralelismo con la historia de la dicotomía hecho-valor (Putnam, 2002, 28-38), que puede ser reconstruida como sigue. La ley sintetizada por Hume expresaba que de juicios descriptivos (sobre lo que es), no se pueden inferir juicios valorativos (sobre lo que debe ser). Esto implica una dicotomía metafísica entre “cuestiones de hecho” y “cuestiones de ideas” (la anticipación empirista de analítico-sintético). Esta metafísica supone una concepción en la que se entiende que un “hecho”, es algo que puede ser percibido sensorialmente y que puede fundar una idea (que por ese origen, se denomina “figurativa” o “pictórica”). Las ideas sobre valores o sobre lo que debe ser, no se basan en ninguna percepción (no son figurativas) y por lo tanto, no pueden calificarse como hechos. Y no se pueden sacar conclusiones valorativas desde las cuestiones fácticas, porque necesariamente hay que introducir alguna premisa valorativa para poder deducir una conclusión valorativa. La conclusión es que las ideas no-figurativas que expresan valoraciones como “correcto” o “bueno” o “cruel”, no son cuestiones de hechos, porque no cumplen el requisito establecido (no tienen base en la percepción sensorial) y sólo pueden comprenderse como sentimientos subjetivos del hablante. 

La dicotomía empirista fundacional fue reforzada con el rechazo que el positivismo lógico sostuvo de la noción kantiana de “sintético a priori”, postulando que el conocimiento se constituye de juicios analíticos (como los de las matemáticas) y de juicios sintéticos (como los de la física). En un principio, Carnap sostenía que “hecho” era algo que podía ser certificado por la mera observación, aunque más adelante liberalizó el requisito para admitir entidades no-observables (como por ejemplo, electrones y campo gravitacional). Esto significó abandonar el requisito de que un predicado fáctico significativo tuviera que ser o bien un predicado observacional o bien reducible a predicados observacionales. Esta posición acercó a los positivistas lógicos a la posición de Hume, reforzando la dicotomía sobre la base de considerar que los juicos éticos son no-cognitivos (es decir, no son ni analíticos ni sintéticos) sino expresiones de sentimientos valorativos (y no expresiones de hechos) y que por tanto, no pueden ser justificados racionalmente (no se pueden calificar ni como racionales ni como irracionales). 

El reforzamiento de la dicotomía  implica la tesis que la ética no trata de cuestiones de hecho. Y dado que se considera que estas cuestiones son las únicas sobre las que se puede plantear un conocimiento racional, se sigue una concepción no-cognitivista de la ética (es la posición tanto del positivismo lógico, como de su contracara, la filosofía moral emotivista). Pero como fue dicho, este planteo se sostenía sobre la concepción empirista de lo que es un “hecho”, como aquello que en última instancia pudiera ser objeto de una percepción sensible y más exactamente, de una observación. Las dificultades que suponía esta concepción para equipararla con los juicios científicos, fueron debilitando este criterio de demarcación: la introducción de los “términos teóricos” no-observacionales como elementos válidos de una teoría científica, la aceptación que la misma teoría presupone ciertos valores epistémicos, la aceptación que con estos valores se construye una red de criterios de aceptación racional que es imprescindible para la misma teoría, etc. La conclusión fue que “la revisión implicó abandonar el requisito de que un juicio fáctico significativo tuviera que ser un juicio observacional o reducible a juicios observacionales” (Putnam, 2002, 38). 

Aún en esta concepción matizada, los términos que pueden tener simultáneamente una connotación descriptiva y una valorativa (como por ejemplo, “amable” o “cruel”), no serían considerados para el positivismo lógico, ni como términos observacionales (porque un requisito para calificar como observacional es que tenga un procedimiento probatorio simple que elimine cualquier residuo de carga subjetiva de interpretación), ni como términos teóricos (porque no son hipotéticas propiedades físicas, postuladas para explicar y predecir ciertos fenómenos o para deducir enunciados observacionales). Por tanto, o bien habría que eliminar tales términos del lenguaje cognitivo (como pretende la concepción eliminativista que Putnam analizará más adelante), o bien habría que concluir que la concepción positivista manejaba una noción muy reductiva (el denominado reduccionismo fisicalista) de lo que se puede considerar un “hecho”. En sus propias palabras: “la dicotomía hecho-valor de los positivistas lógicos se basaba en una imagen estrechamente cientificista (reduccionista) de lo que puede considerarse un hecho” (Putnam, 2002, 41). 

V. Contexto de justificación de la crítica

V.1. La relatividad conceptual

Cuando Husserl sostuvo que “si las relaciones de las partes con el todo tenían una cierta ‘unidad’, el conjunto debe contarse como una entidad más” (Putnam, 2004, 35), estaba estableciendo un criterio de existencia. Esto no sería así, cuando no existiese tal unidad u “orden” (por ejemplo: dados x ladrillos, si están ordenados como una pared, la pared es una entidad más, tendríamos x+1 entidades; si los ladrillos están desordenados tendríamos sólo x entidades; otro ejemplo: dado el conjunto de los órganos del cuerpo, si están “ordenados” nos daría otra entidad, el cuerpo). Pero Lezniewski propuso un criterio de existencia diferente, ignorando la restricción de Husserl con su concepto de “mereología” (Putnam, 2004, 35-38), que implicaba que dado un conjunto de (x) entidades, el conjunto como tal (sin importar la unidad o el orden) debe contarse como una entidad más. Eso suponía que también los conjuntos formados por cualquier suma parcial de (x), calificaban como una entidad más (cosa que Husserl no admitiría). Dado que cualquier conjunto de particulares suficientemente complejo puede agruparse de muchos modos, las entidades se multiplican en el mundo mereológico de Lezniewski. En esta formalización no tendría sentido preguntar si las sumas mereológicas realmente existen, porque sería una cuestión de convención lingüística al interior de un sistema lógico determinado. Pero en un sistema lógico diferente (por ejemplo, el de Carnap), las sumas merológicas no contarían como entidades. De modo que por ejemplo, en un mundo con tres individuos, para Carnap habría tres objetos, mientras que para Lezniewski habría siete (contando las sumas parciales). Es decir que, según nuestra decisión sobre cual lenguaje lógico usar (el mundo lógico de Lezniewski o el de Carnap), se siguen distintas extensiones del significado de “objeto”, porque manejan distintos significados de lo que “existe” (en el sentido de Wittgenstein, que el “significado” está dado por el contexto de uso) (Putnam, 2004, 39-41). 

Lo que Putnam llama “relatividad conceptual”, sostiene que “la cuestión acerca de cuál de estos modos de usar ‘existe’ es el correcto, es algo que los significados de las palabras en el lenguaje natural deja abierta”. Son “lenguajes opcionales que representan posibles extensiones de nuestra forma de hablar o ‘convenciones’ en las que nosotros, al decidir sobre que lenguaje usar, decidimos simultáneamente sobre lo que existe y lo que no” (Putnam, 2004, 43). Es decir que es un asunto de convención derivada de lo que se decide para constituir un contexto formal dado (en este caso, aceptar o rechazar los axiomas de la mereología). En este sentido, implica que lo que se consideran convenciones y lo que se consideran hechos, están imbricados de tal modo, que nuestro conocimiento puede considerarse “convencionalmente relativo para ciertas alternativas y empíricamente relativo para otras” (Putnam, 2004, 45).En el ejemplo citado, según el lenguaje de Carnap, decir que existen tres objetos es una cuestión de hecho (alternativa a decir que existen cuatro) y es simultáneamente una cuestión de convención (alternativa al lenguaje de Lezniewski).

Y como para Putnam, en su concepción de realismo interno (en el que cualquier acceso cognitivo a la realidad está mediado por un esquema conceptual determinado), “no existe ninguna realidad que funcione como el punto de vista absoluto para dictaminar cuál es el sentido correcto para los términos usados (individuo, objeto, existe, etc.)”, entonces, el contexto formal es una cuestión abierta e indeterminada, cuyo sentido “se determina por nuestra elección” (Putnam, 2004, 47) entre estos lenguajes opcionales (y de este modo, no sería una “antinomia” en el sentido indeterminado de Kant). El concepto de “relatividad conceptual”, requiere que una situación pueda ser descripta por dos o más lenguajes diferentes que cumplan dos condiciones: (a) que sean cognitivamente equivalentes (como el ejemplo Carnap-Lezniewski), es decir, que cualquier fenómeno que tiene una explicación en uno de los lenguajes, tenga una explicación correspondiente en el otro lenguaje opcional y (b) que sean mutuamente excluyentes (como Carnap-Lezniewski), es decir, que optar por uno implica automáticamente renunciar al otro (en el mismo momento) y viceversa (Putnam, 2004, 48).    

Esto se debe a que ambos lenguajes pertenecen al mismo nivelepistémico, en este caso, el nivel lógico. Pero “pluralismo conceptual” en cambio, refiere al hecho que una situación empírica pueda ser descrita por dos o más lenguajes diferentes de distinto nivel epistémico. Por ejemplo, una habitación puede ser descrita en el lenguaje de la física y en el lenguaje ordinario que habla de “muebles”. Estos también son lenguajes opcionales, pero no cumplen ninguna de las dos condiciones exigidas para la “relatividad conceptual”: no son cognitivamente equivalentes y no son mutuamente excluyentes (Putnam, 2004, 48).No se requiere la reducción de un lenguaje al otro (que sería el de la física) y mucho menos la eliminación de un lenguaje (al estilo Churchland), porque no pertenecen al mismo nivel epistémico. Por otro lado, situándonos dentro del nivel epistémico de los lenguajes naturales, ciertos lenguajes definen objetos que son únicos en ese lenguaje (definen su ontología), lo que cumple lo descripto por la “relatividad conceptual” entre dos lenguajes del mismo nivel epistémico (en el caso planteado, el nivel lógico): la posibilidad de diferentes extensiones de nuestras nociones de “objeto” y “existencia”. 

V.2. La objetividad sin objetos

Sin embargo, el rechazo al realismo metafísico no significa aceptar un relativismo epistemológico. La argumentación de Putnam propone una objetividad  cognoscitiva pero no basada en correspondencia con objetos, sino con criterios de corrección, es decir, con juicios evaluados según un conjunto interrelacionado de criterios aceptados. 

La antigua teoría de las ideas platónica incluía sostener: (a) que para que un juicio sea objetivamente verdadero tiene que tener como referencia un objeto que le corresponda; (b) que si no existen objetos naturales que satisfagan este requisito, entonces deben haber objetos no-naturales que cumplan ese rol; (c) que el requisito de la referencia se satisfaga suficientemente con una descripción del objeto y sus propiedades (Putnam, 2004, 52). El primer nivel de la argumentación de Putnam es que la objetividad (como criterio de corrección) que se refiere a “objetos” (mediante juicios descriptivos) está imbricada con juicios valorativos (lo que cambia la noción tradicional empirista de “objeto” definida por sensaciones sin conceptos). En un segundo nivel, argumenta más específicamente, que la objetividad no está referida a objetos, sino a relaciones de los juicios con la red de criterios de corrección (es decir, a relaciones criteriales). 

En el territorio de la lógica, dado un juicio (a) “todos los p son q”, se sigue que si (b) “x es no-q”, entonces (c) “x es no-p” es verdadero. En ese caso, salvo que uno sostenga algún tipo de metafísica inflacionaria con objetos intangibles de referencia, se puede considerar que la inferencia es objetiva, sin sostener que para ese juicio existe un objeto que le corresponde (Putnam, 2004, 55-56). La objeción que se podría plantear es acerca del criterio de corrección de los enunciados lógicos (si es que no son descripciones de objetos). La respuesta de Putnam refiere al concepto de relatividad conceptual: algunos enunciados y en particular los axiomas cuantificadores de un sistema lógico (por ejemplo, Lezniewski o Carnap) son verdades conceptuales (se puede elegir uno de los lenguajes opcionales, renunciando simultáneamente al otro) de tal modo, que la cuantificación que es verdadera en un lenguaje, es falsa en el otro. Desde la crítica de Quine a la dicotomía entre juicios analíticos y sintéticos, las únicas verdades conceptuales “puras” que tanto él como sus adversarios admitían, eran los juicios analíticos que son incorregibles y no-revisables del tipo “todos los solteros son no-casados” (es decir, que expresan una sinonimia)(Putnam, 2004, 60-61). 

Pero sostiene Putnam que: “existe una visión más antigua, representada por hegelianos y pragmatistas al principio del siglo XX, según la cual las verdades conceptuales no son ‘analíticas’ en el sentido de ‘todos los solteros son no-casados’. Según esta tradición, sabemos que algo es una verdad conceptual por la interpretación y la interpretación es una actividad esencialmente corregible” (Putnam, 2004, 61)

Decir que son “corregibles” y revisables, es decir que no son “puras” (atemporales). Desde esa posición, si uno se desprende del supuesto que una verdad conceptual es no-revisable, lo que en la práctica quiere decir que es atemporal y ahistórica, entonces no hay porque clasificar las verdades en una dicotomía entre verdades conceptuales o verdades sobre hechos. En la concepción que usa Putnam, una “verdad conceptual” es una “descripción empírica imbricada (interpenetrada) con el sistema de creencias, conceptos y conexiones que aceptamos, tal que lo que la constituye como verdad, es la imposibilidad de que su negación tenga un sentido relevante” (Putnam, 2004, 61)(por ejemplo, si aceptamos una geometría no-euclideana de Riemann de un espacio curvo, entonces la suma de los ángulos de un triángulo puede ser mayor que 180º y su negación no sería relevante, a pesar que sería verdad en la geometría euclideana). 

En el ámbito de la lógica, una verdad refiere a una relación formal (no a un objeto) y su proceso de aprendizaje supone simultáneamente la elección  previa de un determinado lenguaje lógico y el aprendizaje de los procedimientos y estándares de corrección de ese lenguaje lógico determinado. También en el caso de las matemáticas, hay varios conceptos aceptados como verdades objetivas, que no tienen un objeto de referencia, sino relaciones de referencia (por ejemplo, la noción de probabilidad estadística, la noción de transitividad, etc.). Una verdad matemática también se adquiere por el proceso de aprendizaje de las relaciones, estándares y aplicaciones que establece la misma disciplina. Pretender que las verdades matemáticas se verifican mediante confrontación con “objetos” matemáticos, supondría muchas aporías que muchos filósofos de las matemáticas no estarían dispuestos a aceptar (Putnam, 2004, 65-67). 

Si esta concepción es válida para la objetividad lógica, a fortiori lo será también para la objetividad metodológica, que se rige por “juicios que suponen un valor epistémico (coherencia, simplicidad, plausibilidad, etc.) y que son inherentes a cualquier investigación científica” (Putnam, 2004, 67). Apelando a esos valores, se aceptó la teoría de la relatividad de Einstein y se rechazó la teoría de la gravitación de Whitehead cincuenta años antes que hubiera alguna prueba observacional que permitiese decidir entre ellas (se consideró que la teoría de Whitehead era “implausible” y demasiado “ad hoc”). Los valores epistémicos son los que establecen cuales teorías son suficientemente plausibles y cuáles no. Y eso es un factor inherente en “todas las clases de inferencias no-deductivas (no formalizables) que se encuentran en la resolución de problemas de las ciencias naturales” (Putnam, 2004, 69-70), que son ejercicios de razonamiento en base a criterios establecidos de corrección. En síntesis, la objetividad de los criterios metodológicos no está dada por la referencia a ciertos “objetos” intangibles, sino a ciertas “relaciones” inter-criteriales y a relaciones de los criterios, con los datos más vinculados a la experiencia.

VI. Realismo interno pragmático

El realismo externo o metafísico se basaba en una pretendida correspondencia u objetividad referida a objetos (al mundo en general). Pero si como argumenta Putnam: (a) lo que consideramos el “objeto” mismo, es el resultado de un proceso previo de conceptualización, taxonomización por similitudes y diferencias, por funciones y por clases, etc. (como cuando usamos la palabra “gato” en el enunciado “el gato está sobre la alfombra”); (b) todo ese proceso está cargado de valoraciones epistémicas, que traducen valoraciones meta-éticas coherentes con una determinada concepción de realización humana; se podría sostener (c) que es posible una objetividad (contra la arbitrariedad y contra los relativismos epistemológicos) sin objetos (contra el realismo externo o metafísico), porque se basa en criterios de corrección que relacionan juicios experienciales, juicios experienciales y teóricos, o juicios puramente formales entre sí. Dado que el realismo metafísico es insostenible (no habría ninguna realidad R que pudiese funcionar como “objeto” para dirimir la controversia entre dos concepciones de R, que fueran verdaderas para todos los enunciados, pero incompatibles entre sí), es necesario postular un realismo interno (el que sostiene que la objetividad está dada por la conexión entre los criterios de corrección que establece un sujeto epistémico, como el colectivo que conforma una determinada disciplina). Pero justamente, como la objetividad no se sostiene en el objeto (o conjunto de objetos) sino que se sostiene en los criterios de corrección establecidos por la comunidad epistémica, las razones existentes por las cuales se construye un determinado esquema conceptual, son los valores, los intereses y los objetivos de esa comunidad, que son funcionales con sus necesidades dentro de una determinada situación histórica y de una determinada concepción de realización humana. Y éste es el punto, que adjetiva al realismo interno como un realismo interno pragmático. 

Dado que un esquema conceptual, está condicionado necesariamente por el proceso de su construcción, entonces es insostenible cualquier concepción absolutista que pretenda tener la visión omniabarcativa. El absolutismo anti-histórico pretende poseer un Canon de la Objetividad, que se base en criterios atemporales e inmutables, pero justamente en eso radica su falsedad: el sujeto epistémico no puede saltar fuera de sus condicionamientos históricos, para mimetizarse con una visión pretendidamente omniabarcativa e invariante. Pero aunque parezca paradójico, el realismo interno pragmático simultáneamente descarta una concepción relativista. El relativismo tendría razón si no existieran criterios de corrección posibles. Pero tales criterios (históricos) existen y se demuestran en las propias elecciones de la comunidad epistémica: optar por determinados criterios supone considerar que esos criterios son preferibles a otros en determinado contexto y según determinadas necesidades. En lo que tiene razón el relativista, es que los criterios de corrección son históricos y eso implica que son falibles, contextuales, revisables, mudables y corregibles. Implica también que están cargados con todas nuestras valoraciones epistémicas y meta-éticas, que están condicionadas por nuestros intereses y necesidades, que dependen a su vez de una concepción de realización humana más general. Pero el realismo interno pragmático acepta pautas objetivas y contextuadas de justificación. Que la objetividad esté culturalmente condicionada (la tesis del relativista), no quita que exista una objetividad construida desde el interior de una cultura, que admite que hay conocimientos y valoraciones que están mejor justificados que otros (desde ese marco cultural). 

Cierre provisorio 

Como cierre provisorio de esta primera parte del artículo, se puede decir que la concepción de la pre-Ilustración colapsaba la racionalidad y la eticidad al interior de una concepción absolutista que pretendía tener criterios inmutables y ahistóricos de corrección. Frente a ella, la concepción de la Ilustración (leída como una codificación de la Modernidad), estableció un criterio rígido de demarcación entre la racionalidad y la eticidad. La racionalidad permitiría formular juicios descriptivos y “objetivos” de los “hechos” y ese sería el dominio de la razón teórica (que deriva en la razón científica); mientras que la eticidad permitiría formular juicios “subjetivos” de los “valores” y ese sería el dominio de la razón práctica (que deriva en la ética no-cognitivista). La “tercera Ilustración” que expone Putnam (luego de la de la antigua Grecia y de la del siglo XVIII europeo), comprende y se aplica simultáneamente a los dos dominios: un realismo interno pragmático para la racionalidad teórica (las ciencias, en plural) y para la racionalidad práctica (las éticas, en plural). Y sostiene además, la mutua e inseparable imbricación entre los dos dominios (continuará en la parte 2/2). 


Referencias Bibliográficas

Putnam, H. Philosophical Papers (Cambridge University Press, 1983). Vol. 3, incluye Why reason can`t be naturalized? y Philosophers and human understanding.

Putnam, H. (1988) Razón, verdad e historia. Editorial Tecnos (Madrid).  Cambridge Univ. Press (1981). 

Putnam, H. (2002) El colapso de la dicotomía hecho-valor. Harvard University Press (Cambridge). Editorial Paidós (Barcelona, 2004). 

Putnam, H. (2004) Ethics without Ontology. Harvard University Press (2004). Traducción personal. 

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