PORTADA

Por Fernando Andacht

1. Fragmentos de un discurso reflexivo sobre excesos pandémicos 

De haber existido una actitud tan reacia, temerosa e inhibidora del debate o controversia pública, y tan cultivadora de la maciza y asfixiante unanimidad, hace cuatro décadas, el 14 de noviembre de 1980, no habría tenido lugar el debate televisado entre dos políticos partidarios del NO, en aquel plebiscito, y dos adherentes al SI que pertenecían a los cuadros del régimen de facto. Nos habríamos perdido así una espléndida oportunidad para que la población presenciara argumentos convincentes sobre la inconveniencia de la posición contraria expresada por el lado civil, político y no militar. No se puede saber en qué medida exacta incidió ese acto discursivo de vocación libre emitido en plena dictadura liberticida en el resultado favorable a lo defendido con coraje y lucidez por la posición del NO. Lo que sí me atrevo a afirmar es que hoy, tantos años después, esa opción no está en el menú político-mediático ni científico. 

En una columna de una emisora radial FM que se encargó de criticar una charla a varias voces en la quien esto escribe junto a otros preocupados ciudadanos hicimos algunas objeciones al manejo de la emergencia sanitaria, se afirmó no sólo que quienes allí se expresaron no sabían de lo que hablaban, sino que no merecían en modo alguno responder a estas duras críticas. Incluso se expuso paradójicamente, hacia el final de esa columna, que el valor del buen periodismo, que se supone se puso en práctica en dicho programa, depende no sólo de argumentar, sino de practicar el debate. Por eso el título elegido: entre las varias amargas sorpresas que instaló este período rotundamente anómalo de la Nueva Normalidad, debemos recibir el (anti)debate portador orgulloso de un bozal. Los periodistas cuyo discurso voy a analizar, desde mi lugar de especialista en el proceso comunicacional de los signos, tomaron fragmentos selectos de un discurso mayor, y declararon con orgullosa impunidad que no habría lugar a réplica, que no abrirían ese espacio radial a ese otro indigno de hacer oír su voz allí. El fragmento citado es doblemente fragmentario: no sólo se tomaron algunos minutos de una charla de más de una hora, que tuvo lugar en una librería montevideana el día de las librerías, el 13 de noviembre de 2020, sino que sólo los cuatro hombres (en orden de aparición: M. Marchese, H. Sarthou, F. Andacht y R. Bayce) que allí hablamos merecieron ser citados en una flagrante muestra de explícita parcialidad. Las tres mujeres que también hicieron uso de la palabra esa noche fueron cuidadosamente anuladas, ignoradas; su voz cayó en el más completo ninguneo. Queden aquí registrados sus nombres: Alma Bolón, Mariela Michel, Martina Gadea Tornaría. En lo que sigue, procuro reivindicar el valor de lo dialógico no cercenado en una democracia saludable; sin esa práctica, la búsqueda colectiva de la verdad, del mejor conocimiento de la realidad, se deteriora inevitablemente. 

Este texto debería leerse en conjunción con y como complemento de la columna escrita por Aldo Mazzucchelli  (https://www.uypress.net/Columnas/Aldo-Mazzucchelli-uc109148)  en respuesta a, entre otras cosas, esa intervención periodística y radial. Mi objetivo es que lo anecdótico de lo expuesto durante algunos  minutos desde un programa de radio FM de incierto alcance sea interpretado por el lector como un preocupante síntoma o fuerte indicio de un fenómeno mucho más relevante y generalizado. Me refiero a la actitud literalmente negacionista del aparato mediático nacional con respecto a voces disidentes sobre el tratamiento y la constante comunicación de los más diversos aspectos de la emergencia sanitaria decretada el 13 de marzo de 2020. Hablo de la negación enfática de la existencia de destacados científicos nacionales y del resto del mundo que discrepan vigorosamente, en base a evidencias, con posiciones como las ejercidas para-oficialmente por los asesores del gobierno. Ese tenaz negacionismo incluye la capacidad crítica y reflexiva de ciudadanos que procuramos fuentes alternativas de información, pero no por eso ilegítimas o calificables de meras habladurías. Si hay tanta seguridad en lo que se autoriza a difundir de modo masivo y cotidiano como la buena ciencia y las sabias medidas del gobierno, no se explica el motivo de excluir tan celosamente la posición disidente. Salvo que se haya adoptado el rol negacionista de toda evidencia contraria a la corriente predominante enunciada sin pausa por la voz mediática y gubernamental.

2. Bienvenidos al margen del margen del…

En su  columna del programa de radio FM Rompekabezas, el 24 de noviembre de 2020,  Leonardo Haberkorn secundado (literalmente) por el conductor, Daniel Figares, durante 20 minutos, procedió a expresar su atónita y creciente desaprobación de la charla que dieron algunos “intelectuales uruguayos”. En su metamensaje o encuadre, ese preámbulo fundamental de todo discurso, que predispone al oyente a recibir lo que vendrá del modo más adecuado, Figares adoptó una actitud neutral hacia el contenido de esa columna. Dicha tesitura casi de inmediato se esfumó y fue reemplazada por un fuerte rechazo por lo expresado por quienes tomamos la palabra en aquella ocasión, en la librería Babilonia. Un programa en una oscura emisora de FM carece de la repercusión social que tiene cualquier informativo televisivo, incluso en su edición no central, y otros programas afines en ese medio. Considero que nuestra improvisada charla en la periferia más periférica de la opinión pública, despojada de toda repercusión mediática, fue reproducida de modo parcial y distorsionado por un medio igualmente periférico. Menciono ese aspecto por considerarlo clave en este tiempo de silenciamiento obstinado de toda disidencia, de clausura preventiva y profiláctica como el absurdo tapaboca-bozal, de la menor insinuación de un real debate.  

3. El periodista como autoproclamado phronimos o experto moral

Si tuviera que definir con un término el rol que se asignó a si mismo Leonardo Haberkorn mediante su innegable tono de indignación, de condena absoluta y censura creciente de las ideas expuestas por algunos de los que hablamos esa noche libresca y montevideana, no dudaría en elegir el de “experto moral”, el phronimos en la obra que Aristóteles le dedica a la ética: “El agente que ellos llamarían (el phronimos) es aquel que estudia bien cada cuestión sobre su propio (bien), y él es la persona a quien le confiarían tales cuestiones” (Ética a Nicómaco, VI, 7, 1141a-26-28). 

Propongo considerar ahora en cierto detalle la tímida, aislada y sobre todo muy pero muy marginal crítica o condena de esa pequeñísima y más que periférica voz disidente, minoritaria y tenaz que lleva adelante una figura muy bien ubicada en el paisaje central, ortodoxo y sólidamente establecido de los medios uruguayos. Lo interesante o más revelador, en mi visión, es que para enunciar su objeción total a quienes denomina “radicales”, Haberkorn, una figura destacada de los medios masivos – en programas como Desayunos Informales y el periodístico Séptimo Día, ambos en Canal 12, se ubicó en un espacio no central de los medios. La crítica ocurrió en una zona radial marginal, ubicada en los arrabales de la atención del público, pues forma parte de un medio balcanizado, una de las abundantes estaciones de radio FM. Antes, desde un medio personalizado como Twitter, Haberkorn ya había expresado su disgusto con una carta abierta firmada por casi tres mil ciudadanos para que se reviera la estrategia gubernamental ante la Covid19. Con lo que debe haber considerado ingenio, escribió el 26 de agosto de 2020: “Me llegaron dos cartas. Una que dice que como Uruguay tiene pocos casos de coronavirus hay que terminar con las medidas sanitarias. La otra dice que como hay pocos accidentes en las esquinas con semáforos, hay que apagarlos.” Pero es en la columna radial que él tuvo la ocasión de presentarse de modo enfático como el sabio moral o phronimos aristotélico, ese ser excelente y destacado por su larga experiencia y cultivo del alma al que se debería recurrir para toda pregunta importante o dilema en la vida de la ciudad. 

El método elegido para derrumbar o causar la implosión de las infundadas y confusas ideas que expusimos algunos en esa fecha y lugar fue reproducir alguna frase aislada, y proceder a demostrar desde la más alta virtud moral por qué no eran virtuosas, válidas, sino todo lo contrario, el producto de personas llenas de hubris, de arrogancia desequilibrada. En esa misión recibe el constante y enfático apoyo del conductor de ese programa, especialmente hacia el final, para clavar los últimos remaches del ataúd de estas almas perdidas.

Todo comienza muy mal para quien se designa a sí mismo como sabio moral, más que como periodista – porque este último debería  buscar la verdad en las fuentes más confiables y demostrar que lo ha hecho. Así comienza su columna el phronimos Haberkorn, con un tono de máxima sensatez: “vamos a hablar desde un plano más radical, la gente esta cree que todo ha sido un invento desde el comienzo. Desde el tapabocas al PCR todo lo que dicen los científicos es mentira, dicen unos intelectuales uruguayos. y por eso sostienen que hoy vivimos en una dictadura que es peor que lo que fue la dictadura militar.”

Si leen a Mazzucchelli, encontrarán una lista larga e incompleta de destacados científicos que disienten vigorosamente de muchas de las ideas presentadas en forma cotidiana por los integrantes del GACH y otros especialistas invitados continuamente por la televisión, la radio y los diarios. Quienes allí expresamos nuestros reparos no dijimos en ningún momento que era “mentira” lo que comunicaban quienes se dedican a la ciencia. Esa totalización, más que generalización, falsea de modo sí radical nuestra verdadera posición. En lo que no se desvía de la verdad es en la comparación del estado autoritario actual, si se entiende por tal, la imposibilidad de ver u oír en los medios tradicionales una palabra o gesto crítico de lo que Mazzucchelli bien llamó “la Ortodoxia Covid”. Como afirmó Hoenir Sarthou, uno de los que habló ese día, es cierto que en la actualidad no hay amparo jurídico para quien desobedezca los protocolos. Constitución y demás leyes han sido de facto reemplazadas por esas reglas que de continuo van surgiendo al calor de una crisis sin fecha de caducidad aparente.

El experto moral y radial categorizó el pensamiento disidente como un fenómeno propio de las catacumbas de la opinión pública: “esta posición uno la ve en las redes sociales” (Haberkorn). Tal juicio implica que la audiencia debería tomar todo lo que estas personas dicen o escriben como algo de baja calidad y nivel intelectual, propio de lo expresado en los andurriales de la (in)comunicación masiva actual. Lamentablemente, ese discurso iría ganando terreno, según Haberkorn, y dijo que le sorprendía en cuanto experto moral, que sea ejercido por “algunos intelectuales que tienen prestigio”. Afortunadamente, él aclaró que ellos no tienen prestigio alguno “en la ciencia pero sí en su campo”, es decir, se ellos se atrevieron a salir de su pequeño e inútil ghetto del saber inservible (“intelectual” es aquí un modo aquí de ninguneo). Sigue así su exposición sobre la inutilidad de estas personas con respecto a algo tan trascendente como la pandemia, y explicó que, afortunadamente, “los científicos han optado por no polemizar con ellos”. En emulación a ese privilegiado grupo, Figares, el que secunda y apoya en todo al otro, dirá que él mismo ni siquiera considera el debatir con estas personas, aunque paradójicamente definió hacia el final de ese espacio el rol del periodista como aquel que vive de “argumentar y debatir”. Se nota que algo del phronimos Haberkorn le llegó por contagio afectivo, y sabe donde poner el límite moral y razonable a esa vocación de debatidor profesional, ya que le niega el derecho a réplica, a entablar un necesario debate a quienes así descalificó en su programa radial. Figares lo dijo de modo inequívoco tras haber escuchado algunos minutos de cuatro de nuestras exposiciones: “no comparto la posición de ellos por muchísimas razones, tampoco estoy dispuesto a polemizar con ninguno”. 

Para alguien que rechaza con violencia la suposición de que “no gobiernan los gobiernos sino fuerzas ocultas”, un resumen distorsionado de las palabras que efectivamente dijo Marcelo Marchese, quien inauguró la charla, es decir, para un supuesto adalid de la luminosa transparencia y negador de toda conspiración, Haberkorn se contradijo con igual vigor hacia el final. El periodista arrojó un pesado manto de sospecha y suspicacia sobre la comparación del estado actual con la dictadura militar (1973-1985) propuesto por Sarthou: “a mí este último speech, la verdad, me llama la atención Él estuvo en la dictadura, nosotros estuvimos, y decir que es una situación peor que en la dictadura por tener que usar tapabocas es realmente… (pausa de indignación) Si el espíritu crítico de Sarthou lo llevó hasta este punto, me empiezo a preguntar qué hay detrás de ese espíritu crítico” (Haberkorn). No solamente hay un tono propio de denunciar una trama oculta, oscura y misteriosa, en la voz del phronimos, sino que lo afirmó explícitamente, cuando lanzó esa interrogación acusadora – y sin derecho alguno a respuesta – para que sus oyentes se pregunten sobre lo que se esconde tras la crítica enunciada por Sarthou al estado de la libre expresión y de los movimientos del ciudadano en pandemia. 

4. Entre el ninguneo y el tributo: cómo no representar al otro insoportable

Varios son los momentos de los reproducidos – sin nunca mencionar que provienen de un video filmado en la librería Babilonia por Martín Cabrera y su excelente equipo – parecen sacar de quicio al phronimos protagónico y a su auxiliar Figares. Esta es la descripción de Hoenir Sarthou de lo que nos llega como dictamen científico en cada dosis mediático-informativa aumentada constantemente como si fuera una liturgia: “esto es una expresión religiosa, hiperconservadora, lo que se está gestando es un régimen conservador, represivo, retrógrado en la concepción del ser humano, en el cual se dan todos los ingredientes para un régimen casi teológico, digamos.” (Sarthou) Desde la elevación de un experto moral, Haberkorn dictaminó que todos sabemos que ciencia es lo opuesto a la religión, lo que probaría la enorme confusión mental de éste y  de los demás participantes. Intervino estratégicamente un tercer locutor del programa, quien aportó su remate a esa descalificación: “me parece que eso de la religión que hablaba de eso, las posturas negacionistas se parecen más a lo religioso, a un tema de fe.” Se combinó así el término favorito para aniquilar o derribar toda credibilidad de los disidentes del abordaje actual de la pandemia – serían todos nefastos negacionistas que quieren ocultar el sol con la mano – con la sospecha de que los anima alguna oscura religión. Frente al argumento de Sarthou, la columna buscó instalar con prepotencia el lugar común, el de lo proverbial por completo ajeno al contexto, a la evidencia. Desde ese mismo espacio populista del saber, Figares concluyó que “Si sos realmente antisistema tenés que salirte del sistema”, es decir, los que cuestionamos las medidas actuales tomadas por gobierno y asesores para enfrentar la Covid19, deberíamos transgredir activamente toda norma social. Lo pueril de esa intervención periodística sólo puede explicarse por la negativa rotunda a habilitar un debate. Tal actitud otorga una absoluta impunidad a lo expresado y revela la naturaleza autoritaria de un discurso que coloca una barrera infranqueable a la libre expresión, ya que Figares es el dueño de casa y quien como tal ha decidido cerrar las puertas de su programa a esos disidentes. 

5. Conclusión: negacionista es quien bloquea el camino de la investigación

Sería ingenuo no conjeturar que quien esto escribe podría haber incurrido en precisamente la desubicación de la intervención de estos dos personajes radiales, es decir, de haber asumido también o aspirado al rol de un phronimos disimulado con las vestiduras de un estudioso de la semiótica, de los signos que nos unen aún en las más fuertes discrepancias y desencuentros. Quiero cerrar mi reflexión crítica sobre esa columna diciendo que las contradicciones, falsedades, omisiones, sospechas lanzadas sobre lo que un pequeño grupo de ciudadanos dijimos en relación a algunos excesos y errores cometidos en el manejo de la vida en pandemia aquí y ahora, fue un homenaje o tributo de la mala fe al coraje de decir lo que no se puede o no se debe decir en público hoy. Aún si nuestra audiencia fue tan escasa como marginal fue el lugar de nuestra enunciación, distante de cámaras y micrófonos oficiales y oficiosos, pero afortunadamente filmada por un grupo experimentado y entusiasta, esa noche conseguimos algo rayano en el milagro. Un par de comentadores con acceso a medios de mayor y menor entidad, televisión y prensa Haberkorn, radio FM Figares, le dedicaron un espacio.

En lo que me baso para pensar que no adopté un rol simétrico de phronimos, como lo hicieron esos dos periodistas, es en un concepto semiótico de la realidad como inseparable de la investigación comunitaria y abierta, que es sinónimo de ciencia. El fundador de la semiótica contemporánea, C. S. Peirce (1839-1914), definió la concepción y representación sígnica de lo real como una búsqueda colectiva de la verdad: “Así, el origen mismo de la concepción de la realidad muestra que esa concepción involucra la noción de una COMUNIDAD, sin límites definidos, y capaz de un aumento definido de conocimiento. Y entonces aquellas dos series de cognición – lo real y lo irreal – consisten en aquellas que, en un tiempo suficientemente futuro, la comunidad siempre continuará reafirmando; y en aquellas que, bajo las mismas condiciones, serán siempre negadas.” (CP 5.311). 

El acto de impedir el acceso pleno al intercambio dialógico de algunos miembros de la comunidad no puede sino generar un bloqueo de lo que el mismo pensador llamó “el camino de la investigación”. Periodistas, científicos o ciudadanos preocupados por el derrotero de esta crisis sanitaria tienen total derecho a participar activamente en ese proceso de “aumento definido del conocimiento”. La voluntad decidida y proclamada orgullosamente de impedir ese incremento de modo autoritario e injustificado es una franca y rotunda negación de la alteridad. Aceptar la alteridad presente en toda experiencia es el único y necesario camino hacia la verdad, tal como lo practica toda ciencia.  Hay una inexplicable negativa a aceptar toda la evidencia disponible, para así poder erigirse en guardianes de una realidad incompleta, injusta y parcialmente conocida. Peirce fue socrático: “La sabiduría socrática es una comprensión basada en el reconocimiento de la imposibilidad de adoptar una visión divina de la cosa” (Ransdell, 2000). En contraste con esa imposible visión todo abarcadora e infalible, “la comprensión humana es esencialmente temporal y tiene la naturaleza de un proceso, porque el comprender es una forma que la psiquis adopta, y la psiquis es la vida en un ser vivo, que posee esencialmente la naturaleza de un proceso” (Ransdell, 2000). 

Mi intención fue colocar estas ideas, entonces, en ese espacio dialógico y sin claros límites, que no puede expulsar a quien piensa diferente bajo la acusación de que es confuso o de que habría una oscura trama conspirativa detrás de su crítica, como afirmó Haberkorn sobre la comparación que hizo Sarthou del actual estado de cosas con el régimen dictatorial uruguayo, para lo cual el segundo ofreció argumentos, razones. Éstas son tan falibles como las de su crítico moral, el periodista en la columna radial; pero la única manera humana de comprobar la validez de aquellas es abrir ese medio a un debate real, no a un discurso monológico, fragmentario, sesgado y falaz. Sin la presencia real del otro citado de ese modo tan obviamente incompleto y distorsionado no hay verdad posible. 


Referencias

Ransdell, Joseph (2000). «Peirce and the Socratic tradition». Transactions of the C. S. Peirce Society, 36 (3): 341-356.

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