La Guerra Fría marca la bipolaridad de un mundo post guerra. Este trabajo, analiza mediante revisionismo histórico, la hipótesis de si nos encontramos ante una versión actualizada de la Guerra Fría. A través de elementos característicos de las diferentes etapas que la definieron, se compara con eventos de la segunda década del siglo XXI. El cambio a un mundo multipolar, marca la existencia de varios actores en la contienda, algunos viejos conocidos como los son Estados Unidos y Rusia, y otras estrellas en ascenso, como lo es China; pero a los viejos conceptos de puja de poder, como lo es el soft y hard power, se agrega uno nuevo, el de sharp power, que refleja claramente, a través de la teoría del realismo político, el viraje que las relaciones internacionales toman con el nuevo milenio.

GLOBO

Por Lic. Ana Laura Marín Alfonso 

Introducción

No es curioso que, a 30 años de la caída de la Unión Soviética, y con ella el fin de la Guerra Fría, existan similitudes con aquella época pasada. Analizando lo que ha sucedido a partir de la segunda década del siglo XXI, algunos eventos de similares características, nos indican que podemos estar ante una Nueva Guerra Fría.

A lo largo de este análisis se explicará cómo algunos hechos relevantes a partir de la segunda década del siglo XXI tienen las mismas características de los suscitados durante la Guerra Fría. Dicho análisis se realizará, a través de acontecimientos que se entienden como relevantes: un revisionismo histórico de los principales sucesos de la Guerra Fría y su relación con las distintas fases de la misma; la utilización del soft power como herramienta de expansión por parte de China desde su incorporación a la OMC hasta la pandemia que genero el COVID19; y la posición de distintos actores internacionales con respecto a las políticas chinas. 

Debido al notable crecimiento que ha tenido China desde su ingreso en la Organización Mundial de Comercio (OMC), y que la posicionan como la nueva potencia comercial, amenazando el statu quo internacional, además de la notable participación del país en la cooperación internacional, principalmente en el área cultural y el roce que esto genera en países de occidente, hacen que se trate de un tema de suma importancia para las relaciones internacionales puesto que ha generado un clima de incertidumbre en el sistema internacional. Por un lado, China lleva a cabo una política exterior que se inmiscuye en zonas de influencia de otros actores internacionales y frente a esto, dichos estados (con el fin de mantener el statu quo) se ven obligados a accionar para contrarrestar la expansión china.

Por otro lado, mientras muchas economías emergentes se ven beneficiadas por el trato preferencial de China mediante programas de cooperación internacional e inversión en infraestructura, la misma significa pérdida de soberanía en otras cuestiones. 

Para la realización del mismo se recurrirá a artículos académicos, notas de prensa, y diversas fuentes bibliográficas secundarias, y se tomará como marco teórico los conceptos de hard, soft y sharp power de las Relaciones Internacionales.

Se entiende por soft power al “poder blando que depende de la capacidad de organizar la agenda política de manera que configure las preferencias de otros, procura que determinados actores imiten los valores y las conductas de un determinado referente, a fin de que, tras la convergencia de sus afinidades e intereses, el actor más poderoso logre coaccionar a otros sin la necesidad de obligar, reduciendo los costos para lograr sus intereses.” (Nye,2005). En contrapartida con el hard power, como aquella capacidad nacional para presionar o incitar a otras naciones, a seguir un determinado accionar (dependiendo de sus intereses), a través de la coerción, ya sea mediante la diplomacia, las alianzas, o incluso, a veces hasta la guerra. (Copeland, 2010).

A continuación, se abordará la Guerra Fría desde un revisionismo histórico, sus características y fases; en la segunda parte se mostrará el ascenso de China en el orden internacional, su rivalidad con Taiwán y sus ambiciones en el ámbito de la cooperación internacional, para finalmente desarrollar la comparación de los hechos actuales que se mencionan con los elementos que formaron parte de la Guerra Fría, y responder a la pregunta que enmarca el presente trabajo: ¿estamos ante una Guerra Fría 3.0?

Desarrollo

Recordemos un poco lo que comenzaba en 1947, y nos llevaría a una montaña rusa de eventos, en un mundo bipolar, dividido por dos potencias hegemónicas claramente opuestas, la Unión de Repúblicas Soviéticas – URSS y Estados Unidos. Esa oposición entre ambas naciones, se verá también desde el punto de vista ideológico, el comunismo y el capitalismo, aunque claramente no se trató de una guerra puramente ideológica, sino que se tomó la ideología como excusa, dejando en claro que el principal objetivo de ambas potencias era el poder y su influencia. Y cada uno fue expandiendo su área de influencia a través del globo, buscando aliados a su lucha. Tomando datos históricos relevantes, a continuación, se resume lo que pasó y cómo terminó. 

La Guerra Fría tuvo cuatro fases: La formación del mundo bipolar (1947-1955) con grandes tensiones, consolidándose esa diferencia ideológica entre comunismo y capitalismo, donde el gran objetivo era la reconstrucción de Europa de la mano del capitalismo con el Plan Marshall. En esa puja de consolidación de poder, se impulsa desde el Kremlin el COMECON para las naciones en la órbita de la URSS. A su vez, se destaca la crisis de Berlín, la cual partió a Alemania en dos, La República Federal Alemana -RFA-, bajo los aliados (refiriéndonos a los vencedores de la Segunda Guerra Mundial) y la República Democrática Alemana -RDA-, al mando de la URSS. Esta fase no se iba a quedar solo entre el bloque occidental y el comunista, pronto llegaría a Asia; en primer lugar, con la Revolución China de la mano de Mao Zedong, y luego lo haría en Corea, dividiendo al país en dos.

Es aquí donde se pasa a la segunda fase, La escala de tensión (1953 – 1962) que mantuvo al mundo en vilo. Primero con la Guerra de Vietnam, y luego con la Crisis de los Misiles cubanos. Esta escalada de tensión se dio por el cambio de actores internacionales. Por un lado, la asunción a la presidencia de los Estados Unidos de Dwight Eisenhower, y por otro, la muerte de Stalin y la llegada de Nikita Kruschev. Este último, va a impulsar desde el Kremlin, la famosa Coexistencia pacífica (que los hechos demostraron que de pacífica no tuvo nada). Era evidente que la muerte de Stalin, iba a traer fracturas en el bloque que lideraba Moscú, y la más notoria, o al menos, la que hoy en día se recuerda es el Muro de Berlín. De esta forma, la coexistencia pacífica de Kruschev se caía a pedazos. El “muro de la vergüenza” como lo denominaron los alemanes, no hacía más que coartar las libertades del pueblo alemán, el cual cruzaba desde la RDA a la RFA con el solo objetivo de recuperar su libertad. El evento que sigue a continuación, servirá de puntapié al título de este artículo. El triunfo en 1949 de la revolución comunista en China y el establecimiento de la República Popular dirigida por Mao Zedong supuso un giro espectacular en la recién nacida Guerra Fría. El paso al bloque comunista del país más poblado del mundo parecía anunciar una gran victoria para la URSS. En 1950 la firma del Tratado chino-soviético de amistad, alianza y mutua asistencia despertó gran ansiedad y preocupación en Estados Unidos y el bloque occidental. Sin embargo, bajo una fachada de amistad se desarrollaba una áspera pugna basada en viejas rivalidades nacionales y en la búsqueda del liderazgo del mundo comunista. Cuando en 1958 Mao Zedong lanzó su programa de reformas conocido como el Gran Salto Adelante, China estaba lanzando un desafío al liderazgo soviético en el bloque comunista. La catástrofe que trajo este programa – treinta millones de muertos por hambre en China – no impidió que Mao Zedong mantuviera una posición desafiante en el escenario internacional, que chocaba con la nueva política de Kruschev: desestalinización y coexistencia pacífica. El distanciamiento y las críticas chinas contra el revisionismo del Kremlin terminaron por afectar a las relaciones entre los dos colosos comunistas. Más adelante veremos, como la situación cambió, y 60 años después, China y Rusia se alinean para la aplicación del sharp power. En este periodo, se dan una serie de eventos que llevan a que se lo denomine “guerra caliente”, una escalada entre ambos bloques, básicamente para demostrar quién era más poderoso. Dentro de esos eventos se encuentra la carrera espacial, y la supremacía de la URSS al enviar el primer satélite a la órbita de la tierra, el famoso Sputnik. Con la llegada de Kennedy a la casa blanca, se suponía que comenzaría el “deshielo” entre ambas naciones, se auguraba la distensión. Ocurrió todo lo contrario, se llegó al punto más álgido de la contienda con la Crisis de los misiles. Y, según investigaciones históricas, el mundo estuvo al borde de la aniquilación total. Cabe recordar, que la Crisis de los misiles cubanos, se da cuando el gobierno de los Estados Unidos detecta en la isla rampas de misiles. Como ya se sabe, en 1959 Fidel Castro toma la isla, en un intento de “liberar” al pueblo cubano del yugo de la dictadura proamericana de Batista. Según Castro, la revolución no era comunista, pero no demoró mucho en aliarse a la URSS, y mostrar su más vehemente apoyo, convirtiéndose de ese modo en el satélite soviético en América Latina. Entre idas y vueltas, Kennedy quería invadir Cuba, Kruschev quería bombardear Florida, y el resto del mundo expectante ante una inminente guerra nuclear de magnitudes inimaginables. Se logró llegar a un acuerdo, la URSS accedió a retirar los misiles de Cuba a cambio del compromiso estadounidense de no invadir la isla y de la retirada de misiles similares que Estados Unidos tenía desplegados en Turquía. Tras estar al borde de la aniquilación total, Kennedy y Kruschev deciden iniciar una nueva política de distensión de forma más sistemática y duradera. Se abría así un nuevo período en la larga historia de la Guerra Fría. 

De esta forma se llega a la tercera etapa, La distensión (1962 – 1979). Se podría asegurar, que esta etapa sería el comienzo del fin de la Guerra Fría. ¿Por qué? En este periodo la polarización mundial se hizo mucho más compleja, ya que las economías de Japón y Europa lograron restablecerse de la debacle de la Segunda Guerra Mundial y los países del Tercer Mundo supieron organizarse en instituciones como la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) y el Movimiento de Países No Alineados, lo que les permitió escapar a la dinámica mundial. Pero la puja ideológica entre estos dos modelos sería evidente en América Latina. Se ha definido a la Guerra Fría como el enfrentamiento político, ideológico, económico, social, militar e informativo entre dos potencias hegemónicas, pasando a un mundo bipolar terminada la Segunda Guerra Mundial, pero la realidad es que siempre fue una puja de poder, donde lo ideológico marcó esa dicotomía entre comunismo contra capitalismo. Estados Unidos siempre fue consciente de esta situación, por tal razón intentó ampliar su área de influencia en la región donde siempre tuvo mayores intereses, Latinoamérica. No es raro que, en este periodo de distensión, se dieran luchas subversivas comunistas en el continente, que terminaron en gobiernos de facto, mayoritariamente apoyados por Estados Unidos. La lucha era cultural, la Unión Soviética al tanto de la situación, también quiso dar su “batalla cultural”.

Llegamos finalmente a la cuarta y última fase, La Segunda Guerra Fría (1979-1991). Se inicia con la invasión soviética a Afganistán, poniendo fin a la llamada “convivencia pacífica” que políticos como Jimmy Carter había intentado en años anteriores. Otros movimientos bélicos como la Revolución Sandinista en Nicaragua (que contaba además con el apoyo cubano), o la Revolución Iraní, sentenciaron a la URSS a invertir el 25% de su PIB en gastos militares, lo cual lo llevó a una profunda crisis económica a principios de la década del 80, y a su disolución años más tarde. Al dejar el poder Carter, la postura del nuevo presidente Reagan (1980-1988) quedó definida en su célebre discurso pronunciado en junio de 1982 en la Cámara de los Comunes británica durante una visita a una Gran Bretaña dirigida por una política muy próxima a sus puntos de vista: Margaret Thatcher. En ese discurso el presidente norteamericano calificó a la URSS lisa y llanamente de “Imperio del Mal”.  Reagan representó la nueva voluntad estadounidense de combatir a la URSS hasta doblegarla y ganar así la Guerra Fría. Inspirado en una ideología “neoliberal”, este antiguo enemigo de la distensión, va a tratar de devolver a Estados Unidos la confianza en su poder, bastante mermada desde Vietnam. Junto a la política de rearme, la nueva administración lanzó lo que se vino en denominar Doctrina Reagan: los Estados Unidos en adelante usarían todo tipo de medios, incluyendo la fuerza militar si fuera necesario, para socavar cualquier régimen procomunista en el Tercer Mundo. Con el nombramiento de Gorbachov en 1985 como secretario general del PCUS, se comienza desmoronar la estructura soviética. El proyecto de Gorbachov implicaba la imposibilidad de mantener por la fuerza a los regímenes de las “democracias populares” tal como se habían configurado tras las sucesivas intervenciones soviéticas. La Perestroika y la Glasnost que pretendía implementar, tuvieron una inmediata consecuencia en los Estados satélite de la Europa del Este. La forma en que Gorbachov puso en marcha el desmoronamiento del “Imperio Soviético” fue simple: no hacer nada para defender los regímenes del Este europeo. Sin la intervención soviética, estos gobiernos fueron barridos con extraordinaria facilidad en el corto plazo de unos meses. Ya en septiembre de 1988, Gorbachov había clausurado el Comité de Enlace con los países socialistas en el PCUS, una señal de que el Kremlin abandonaba la Doctrina Breznev. (intervenir en los Estados satélites para mantener el sistema). En diciembre de ese mismo año anunció solemnemente en la Asamblea General de la ONU un recorte unilateral de más de medio millón de soldados, de los que la mitad se retirarían con más de cinco mil tanques de la Europa Oriental. La actitud de Moscú era claramente más conciliadora hacia la reforma en las “democracias populares”. Aunque el objetivo de Gorbachov era que estos países aplicaran su propia Perestroika, manteniéndose en el Pacto de Varsovia, muy pronto la realidad desbordó sus esperanzas, y la cortina de hierro se levantó para los satélites de la órbita soviética. Comenzó con la caída del Muro de Berlín, y se esparció como pólvora hacia el resto de los países. Pero la desintegración de la URSS no fue motivada por las reivindicaciones de los pequeños pueblos bálticos. El movimiento que definitivamente derrumbó la URSS vino de Rusia, la nación que había construido el imperio zarista, antecesor del Estado soviético. En mayo de 1990, Borís Yeltsin, quien había sido expulsado del PCUS en 1987, fue elegido presidente del Parlamento ruso. Desde esa posición de poder, Yeltsin impulsó medidas que precipitaron el fin de la Unión Soviética. Se terminaba el mundo bipolar, y daba paso a un mundo multipolar, donde comienzan a tomar relevancia otros actores internacionales, como Japón, la Unión Europea, y nada más, ni nada menos que China. 

Un gigante en ascenso

China, comenzó una reestructuración de su sistema económico en 1978. De una economía planificada, pasó, gradualmente, a una mucho más abierta al mercado en los años 90. Tras 15 años de negociaciones, en el 2001, China logra ingresar a la Organización Mundial del Comercio como miembro formal. Hay que recordar, que China fue uno de los miembros fundadores del GATT en 1948, retirándose en 1949 como consecuencia de la Revolución China. Es importante tener estos datos, para ir entendiendo un poco más lo que hoy por hoy representa China a nivel global. El Protocolo de acceso a la OMC estipula, en términos generales, que China debe aumentar la apertura de sus mercados locales para bienes producidos en el exterior, así como para los bienes producidos por empresas extranjeras en China. Estas son las llamadas condiciones de acceso a los mercados. Es por ello que la OMC ha contribuido a la entrada de capital y tecnología hacia el gigante asiático, contribuyendo a su acelerado crecimiento económico. También, en síntesis, las exportaciones chinas han crecido gradualmente, a partir de su inserción en la OMC, impulsando el sector externo. El ingreso a la OMC ha representado su definitiva inserción en el mercado mundial bajo las condiciones y exigencias impuestas por esta organización. Hasta acá lo que representa la apertura económica de uno de los pocos países comunistas que van quedando. Pero no todo es económico. El término soft power (poder blando) es un enfoque de los asuntos internacionales que hace alusión a todas las formas de influencia que no son “duras” en el sentido de fuerza militar. Según la definición original de Joseph Nye, el hard power (poder duro) de un país se basa en la coerción, en gran parte en función de su poderío militar o económico. El soft power por el contrario, se basa en la atracción, que surge del atractivo positivo de la cultura, los ideales políticos y las políticas de un país, así como de una sociedad civil vibrante e independiente. A medida que se desvanecía la era de la Guerra Fría, los analistas, periodistas y políticos de países democráticos empezaron a ver los esfuerzos de influencia de países autoritarios, como China y Rusia, a través del soft power. Pero algunas de sus técnicas, aunque no son duras en el sentido abiertamente coercitivo, tampoco son realmente suaves. Es aquí, que el primero en acuñar el término de sharp power fue Juan Pablo Cardenal en el 2017, y lo definió como el ejercido por regímenes autoritarios para “manipular y cooptar la cultura, los sistemas educativos y los medios de comunicación”. Este enfoque aprovecha la asimetría entre sistemas libres y no libres, lo que permite a los regímenes limitar la libertad de expresión y distorsionar los entornos políticos en las democracias y, al mismo tiempo, proteger a su país de influencias externas. La política exterior de China ha pasado en los últimos años del soft power basado en la atracción, al sharp power aprovechando su poderío económico. Muchos países han sentido el padecimiento del sharp power de China sobre los problemas en las protestas de Hong Kong, los campos de reclusión de Uigures y ahora la pandemia de COVID-19. Sin embargo, es poco probable que China retire esta política exterior debido al clima interno, lo que alimenta más tensiones en su relación con Estados Unidos y otros países. A lo largo de los años, el fuerte poder de China ha sofocado a la sociedad civil de Hong Kong, desde los medios de comunicación hasta el sector empresarial, supuestamente protegido por el principio de “un país, dos sistemas”. Ahora, el impulso de China por la ley de seguridad nacional, sin pasar por la legislatura de la ciudad, clava el último clavo en el ataúd de la autonomía de Hong Kong. Los países occidentales inicialmente dieron la bienvenida al enfoque de soft power de China hasta que Beijing comenzó a financiar centros de estudios de China para influir en las opiniones del mundo académico. El ejemplo más notable son los Institutos Confucio (IC), organizaciones educativas que promueven el idioma y la cultura china. La falta de transparencia en sus transacciones financieras con las universidades anfitrionas y su censura de las discusiones sensibles al PCCh en los campus han estimulado el cierre de IC en todo el mundo. Otras ofertas de financiación asociadas al gobierno chino fueron rechazadas por universidades estadounidenses por preocupaciones de infiltración. En Australia, los legisladores vinculados a los grupos de propaganda chinos están bajo fuego. La comunidad internacional ya no considera inofensivos los incentivos económicos de China. Más recientemente, Occidente siente una amenaza para la seguridad nacional mientras China propagandiza su éxito en el control de COVID-19. Muchos académicos creían que la comunidad internacional daría prioridad a las ganancias y el acceso al mercado chino, pero esto ya no es viable cuando China cruza la línea de la seguridad nacional.

Su uso agresivo del sharp power unirá a los países y, desencadenará una reacción global en su contra. Después de todo, China no es la única superpotencia del mundo. A su vez, China ha demostrado su verdadera cara al mundo a través de intimidaciones a diversos actores de la vida civil por el solo hecho de reconocer a Taiwán como país. Y esto no es nuevo, desde su ingreso a la OMC, China ha oscilado entre el soft y el hard power contra todo país que decida tener relaciones diplomáticas con la provincia rebelde (así es como la denominan a Taiwán) aplicando la amenaza de cortar relaciones comerciales. Incluso, las empresas y marcas internacionales podrían ser excluidas del mercado por posturas, o incluso simplemente por las actividades en las redes sociales de sus empleados, las cuales China considere que “hieren los sentimientos de los chinos”. Por el contrario, las marcas chinas nunca sufrirían tales consecuencias en el extranjero por criticar abiertamente a los líderes o al capitalismo. 

China vs. Taiwán

Para poder entender el soft power de China, la clave radica en la pacificidad, en contraste al hard power, provocador y dominante. Por ende, el objetivo de China ha sido desarrollar su propia interpretación del soft power sin “desprestigiar” a naciones que han aplicado el hard power en su relacionamiento con otros Estados, como es el caso de Estados Unidos.

Ambos estados generan, y potencialmente, utilizan el soft power de maneras significativamente diferentes: en China, el gobierno es quien desempeña elocuentemente la creación de soft power. En una sociedad cada vez más abierta y dinámica, limitar fuentes de soft power que se salgan del marco comunista estatal, sufre contradicciones sobre su legitimidad. Es por esto, que actualmente se le ha acuñado el término “sharp power chino”. 

Una de las herramientas que ha utilizado China en su política exterior consolidando el soft power han sido los Cinco Principios de Coexistencia Pacífica (no interferencia en asuntos internos, respeto mutuo por la integridad y soberanía territorial, igualdad y beneficio mutuo, no agresión y coexistencia pacífica).

A partir de 1990, en un período donde el aislamiento internacional y debilidad fueron las características de China, esta apostó a la solidaridad y cooperación entre los países en vías de desarrollo, cobrando, nuevamente relativa importancia el soft power, mientras el tema de Taiwán se fue volviendo más complejo.

Pero la fuente más grande de soft power de China es el éxito económico desarrollado dentro de Asia Oriental, que ha dejado por el camino al “tigre asiático” que supo ser Taiwán.

Hay que remontarse al año 1912 para comprender la situación de China y Taiwán, con la abdicación del último emperador que quince años más tarde llevo el inicio de la guerra entre el Partido Comunista y el Partido Nacionalista Chino. Tras años de lucha, los comunistas, de la mano de Mao, terminaron controlando la mayor parte del territorio. Esto obligó, en 1949, a trasladar el gobierno nacionalista a la isla de Taiwán.

A pesar de que la mayoría de los países occidentales y la propia Naciones Unidas consideró como gobierno legítimo de China a la capital de Taiwán, Taipéi, en 1971 las Naciones Unidas pasó a reconocer como autoridad legítima al gobierno comunista de China.

En este momento, China, convierte el estatus internacional de Taiwán en un asunto complicado al aplicar una política de “elección” para el resto del mundo, quienes deberían optar por relaciones diplomáticas con Pekín o con “la provincia rebelde”.

Desde ese entonces, el diálogo entre China y Taiwán se perdió completamente. No fue hasta principios de 1990, que se retomase. Las relaciones diplomáticas entre Beijing y Taipéi se vieron marcadas desde entonces por periodos tanto de negociación y aprobación como de distanciamiento y tirantez.

Dichas relaciones han estado marcadas por diferentes momentos, acrecentando o disminuyendo la tensión, por ejemplo, a principio de la década de los 90 el acuerdo bilateral de “una sola China”; las comunicaciones ente la Fundación para los Intercambios a través del Estrecho de Taiwán (SEF por sus siglas en inglés) del Taipéi, y la Asociación de Relaciones entre Ambos Lados del Estrecho de Taiwán (ARATS, por sus siglas en inglés) de la parte continental china; los sucesivos cambios de gobierno en Taiwán, principalmente entre 2000 al 2008, y a partir de principios del 2016 con el ascenso del Partido Democrático Progresista, quien logro romper la hegemonía del Partido Nacionalista desde 1949. 

La “tirantes” existente entre China y Estados Unidos por Taiwán, tiene su raíz en la guerra Civil China de 1949. Estados Unidos apoyó al partido Nacionalista Chino con armas en un claro ejemplo de marcar su hegemonía como potencia mundial. En 1954, con la firma del “Acuerdo de defensa conjunta” con las autoridades de Taiwán declarando su protección, Estados Unidos consagra la intervención en los asuntos internos chinos (situación que data de años anteriores) causando una intensa disputa entre Pekín y Washington.

Como consecuencia de las políticas de “elección” de las relaciones diplomáticas, en 2016, Donald Trump, electo como nuevo presidente de Estados Unidos retoma el diálogo con Taiwán, quebrantando la política adoptada por este país en 1979, aceptando “una sola China”, La República Popular China. Por más que fue una simple llamada de congratulación por su victoria en las elecciones de 2016 por la presidenta de Taiwán, al igual que en su momento Donald Trump, felicitó a Tsai Ing-wen por su nuevo cargo.

Pero este hecho, no será el único que tambalee la política de “una sola China” entre Pekín y Washington. En enero de 2018, el Congreso estadounidense tramitó dos proyectos de ley que harán que “China se mueva según los intereses norteamericanos”; una que levanta la prohibición de viajar a Taiwán a los funcionarios estadounidenses y otra que solicita que Taiwán pueda ser aceptado como observador en la Asamblea Mundial de la Salud (Sputnik, 2018).

En junio del mismo año, Trump nuevamente intenta quebrantar el statu quo con China, inaugurando una embajada de facto en Taipéi. Por otra parte, en septiembre el Departamento de Estado estadounidense aprobó la venta de un “paquete” de armas a Taiwán. Vemos de esta manera, como Estados Unidos hace uso del hard power en las relaciones diplomáticas con Pekín.

Como bien dice Nye, “el poder es la destreza de influir en el comportamiento de otros para conseguir el resultado deseado, dependiendo siempre, del contexto en el que, la relación entre quien ejerce el poder y quien recibe su influencia se da” (Nye, 2009: p.62). Y esto mismo hizo la cancillería China al enterarse de los acontecimientos anteriormente mencionado, envío un reclamo formal a Washington. De esta manera China, utiliza el poder blando contra Estados Unidos, recordándole de forma diplomática con quién tiene una alianza, a pesar de las intimidaciones que Trump ha propinado sobre la continuidad de la política de “una sola China” y el posible restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Taiwán.

Con el cambio de gobierno en Estados Unidos, no cesaron las rispideces entre ambos países con respecto a Taiwán, de hecho, en octubre de 2021, el secretario de defensa estadounidense reivindico el apoyo y compromiso del gobierno de Joe Biden al Taipéi, ante un eventual ataque por parte de China, luego de detectar incursiones de aviones militares chinos a la Zona de Identificación de Defensa Aérea taiwanés. Estados Unidos, principal proveedor de armas a Taiwán, no cortara el suministro de las mismas a la isla ante el pedido chino. La reacción de Beijing no se hizo esperar, advirtiendo a Estados Unidos que cuidara el “tono de sus declaraciones y que no se subestime la determinación y la capacidad del pueblo chino para salvaguardar su soberanía e integridad territorial”.

Un fiel aliado en la Cooperación Internacional

China utiliza la cooperación internacional como medida simpatizante para ganar adeptos en distintas regiones del mundo; con un discurso basado en beneficio mutuo, igualdad, desarrollo y paz, desvinculado de intereses unilaterales, pero que en la práctica intenta persuadir la conducta de ciertos países, en los cuales coexisten intereses políticos y comerciales.

Varios han sido los hechos que muestran el uso del “soft power” por parte de China. En 2001 funda junto a Rusia, Kazakhstan, Kyrgyzstan, Tajikistan y Uzbekistán la Organización de Cooperación de Shanghai (SCO por sus siglas en inglés), foro cuyo fin (en un principio) es la promoción de seguridad y las negociaciones por los límites territoriales en este país. Aunque con los años, ha adoptado otros objetivos como la expansión de influencia en Asia Central.

Otro caso, es el de la nueva ruta de la seda, iniciativa de inversión e infraestructura iniciada en 2013 por parte del gobierno chino. Dicha iniciativa, es el proyecto de infraestructura más ambicioso de la historia moderna. Un plan de entre 4 y 8 trillones de dólares que busca conectar Europa, Asia y África mediante rutas marítimas y terrestres e involucra setenta y un países que suponen la mitad de la población y un cuarto del PBI mundial, permitiéndole a China construir relaciones diplomáticas y controlar en gran medida el comercio global (Campbell, 2017).

The Belt Road Initiative (BRI por sus siglas en inglés) no solo son rutas de paso, involucra también refinerías de petróleo, parques industriales, minas e incluso redes de fibra óptica, todo un entramado de elementos y herramientas logísticas y de producción que faciliten el comercio con China. Esta iniciativa, ha sido denominada como el Plan Marshall del Siglo XXI (Kuo & Kommenda, 2018). En este caso, el objetivo de China es hacer crecer economías como la de Sri Lanka, Laos, Pakistán o Myanmar mediante diferentes inversiones, como gasoductos (Bruce-Lockhart, 2017).

China se ha dedicado a ofrecer cooperación a aquellos países que, por ejemplo, Estados Unidos ha presionado o sancionado por no respetar las reglas de juego.

La oferta representa, para estas naciones, una opción claramente más beneficiosa. Por su parte, China aprovecha la retirada de los donantes del sistema de cooperación (que a su vez son sus competidores más cercanos), de esta forma consigue penetrar los mercados y afianzar alianzas políticas con aquellos países receptores de cooperación internacional.

Es así como China, está generando una renovación del sistema de Cooperación Internacional para el Desarrollo (CID), lo que evidencia que mientras los donantes convencionales se han vuelto menos “generosos”, los emergentes —y en especial China— son más cooperativos y atractivos para las economías en crecimiento.

Tercera Guerra Fría

Durante la Guerra Fría, las agencias de inteligencia en Occidente monitorean fuertemente las inversiones soviéticas encubiertas que operaban en sus países. La actual infiltración china en las empresas y los medios de comunicación occidentales está más extendida que la de la Unión Soviética, como lo demuestra la campaña de propaganda mundial en medio de la pandemia. El Partido Comunista de China también está moviendo los hilos de las empresas chinas, tanto las controladas por el Estado como las “empresas privadas” dirigidas por miembros del PCCh. Los fundadores de megacorporaciones tuvieron que dejar sus puestos ejecutivos. La investigación de Occidente sobre las corporaciones chinas solo aumentará después del COVID-19 y se convertirá en un tema importante en las conversaciones comerciales entre Estados Unidos, un grupo descontento de países y China. Bajo presión internacional, un país políticamente realista tendría una amplia gama de respuestas políticas disponibles. Sin embargo, China está retrocediendo a una era similar a la Revolución Cultural en la que el Departamento de Publicidad del PCCh y las facciones nacionalistas de línea dura dominan las discusiones públicas y obligan a todas las áreas, desde las actividades económicas a la política exterior, a ajustarse a la ideología inflexible del Partido. La Revolución Cultural fue una campaña iniciada por Mao Zedong hace 50 años para consolidar el poder y purgar a sus oponentes políticos etiquetándolos como enemigos del Estado. Los moderados fueron humillados públicamente por “oponerse a la revolución”. Incluso entonces, hubo cierta flexibilidad en el liderazgo y las políticas. Por ejemplo, a pesar de un clima de fuertes sentimientos antiamericanos, el público no recibió con hostilidad la visita del presidente Richard Nixon en 1972 para normalizar la relación China-EE. UU. La dirección del PCCh también se distanció de los antiimperialistas en el motín de 1967 en Hong Kong, y tampoco siguieron la opción extrema de apoderarse de Hong Kong. Hoy en día, el nacionalismo de línea dura es más generalizado con la ayuda de las redes sociales chinas y, curiosamente, está vinculado a los intereses económicos de las facciones nacionalistas. Las empresas extranjeras que ingresan al mercado chino son susceptibles a la campaña de difamación de sus competidores: unos pocos comentarios en línea de nacionalistas que etiquetan una empresa como ” pro- protestas de Hong Kong” le darán a la empresa una opción difícil: permanecer en silencio y ser boicoteada en China, o públicamente ponerse del lado del PCCh y perder su reputación internacional. Esto no solo sofoca la vitalidad económica, sino que también permite que las facciones nacionalistas dominen la economía. La falta de diversas voces también limita las opciones políticas para el liderazgo del PCCh. Internet está bloqueado detrás del “Gran Cortafuegos” (la Gran Muralla China de la censura) y ha marginado a las voces liberales durante mucho tiempo. Pero no solamente China ejerce este sharp power. Contrariamente a algunos de los análisis predominantes, la influencia ejercida por Beijing y Moscú a través de iniciativas en las esferas de los medios de comunicación, la cultura, los think tanks y la academia no es una ofensiva de encanto. Tampoco es un esfuerzo por compartir ideas alternativas o ampliar el debate, como sugieren sobre sí mismos los líderes editoriales de los medios de información estatales de Rusia y China. No se trata de atracción o incluso de persuasión; se centra en la distracción y la manipulación. Estos poderosos y ambiciosos regímenes autoritarios, que sistemáticamente reprimen el pluralismo político y la libre expresión para mantener el poder en casa, están aplicando cada vez más los mismos principios a nivel internacional. 

Conclusión

En pleno siglo XXI, nos encontramos ante una nueva versión de Guerra Fría. La precipitación de llamarla Guerra Fría 3.0, se da con base a el revisionismo histórico mencionado supra, donde la “segunda Guerra Fría” fue la que llevó a la culminación de la misma. Pero le cabe perfecta la denominación. Si analizamos los elementos que componían la Guerra Fría, podemos ver que se repiten: seguimos teniendo un enfrentamiento político, entre el comunismo y el capitalismo. Y me gustaría aquí hacer una salvedad, ambos conceptos han cambiado, el comunismo de hoy en día ha mutado. Sin embargo, el capitalismo se va moldeando a la globalización, y queda expuesto al globalismo que se impone a través de las Organizaciones Internacionales y No gubernamentales con gran peso. Otro elemento que afirma la hipótesis de una Guerra Fría 3.0, es que definitivamente hay un enfrentamiento económico, pero en este caso, el actor comunista ya no es la Unión Soviética, sino la República Popular China. Y del otro lado de la contienda, no solo tenemos a los Estados Unidos, uno de los mayores socios comerciales de China, a él se le suman otros actores, que a partir del manejo de la pandemia y el COVID-19 han reaccionado ante la manipulación, y el uso del sharp power chino. Evidentemente estamos ante un mundo multipolar, y dejamos atrás la bipolaridad de la Guerra Fría del siglo pasado. 

Continuando con los elementos, existe un evidente enfrentamiento social (o podríamos llamarlo cultural). Pero esa es la base del sharp power, distracción y manipulación. Se vende un discurso, pero en las sombras apoyan otro. Y esto lleva a que exista un enfrentamiento social. Entre aquellos que luchan y desean la libertad en todas sus acepciones, y aquellos que están convencidos que “sus derechos” tienen que ser aceptados, respetados y financiados por el resto. La conclusión que se desprende de lo anterior, es que el sharp power está íntimamente ligado a la hegemonía cultural. Esa distracción y manipulación de las masas para que internalicen como algo completamente normal lo que durante mucho tiempo fue insensato. Mientras, por otro lado, se encuentran los que rechazan todo tipo de manipulación, y se resisten a ser adoctrinados. Esto se podría ligar con otro elemento, el enfrentamiento informativo. Día a día las noticias y medios de comunicación demuestran estar sesgados, dividiendo la información en dos, manipulando los datos y el relato a conveniencia del mejor postor, todo bajo un mismo punto, la hegemonía cultural, que inteligentemente diseñó Antonio Gramsci, y la Escuela de Frankfurt lo puso en práctica, donde un “grupo o actor concreto con intereses particulares es hegemónico cuando es capaz de generar o encarnar una idea universal que interpela y reúne no sólo a la inmensa mayoría de su comunidad política, sino que además fija las condiciones sobre las cuales quienes quieren desafiarle deben hacerlo. No se trata sólo de ejercer un poder político sino, además, hacerlo con la capacidad de ir incluyendo algunas de las demandas y reivindicaciones de los sentimientos y sentidos políticos de grupos subordinados, despojándolos de su capacidad de cuestionar el orden hegemónico liderado por el actor hegemónico que lo dirige” (Errejón, 2014). Con respecto al último elemento, y cerrando la hipótesis propuesta, el enfrentamiento militar también existe. Para citar un ejemplo concreto, los intereses geopolíticos y económicos que tiene China en el Mar de China meridional, lo ha llevado a un gran despliegue militar en la denominada “zona gris”, ocupando y militarizando múltiples islas, donde también hay otros actores internacionales con intereses como Vietnam, Filipinas, Brunei, Taiwán, entre otros. Los conflictos nacen por tres factores: en primer lugar, el espíritu expansionista de China lo llevó a la aplicación de políticas económicas nocivas para perjudicar a los países vecinos, y reclamar la soberanía más allá de su plataforma continental. En segundo lugar, el status jurídico de Taiwán con respecto al resto del mundo, y el hecho de que ningún Estado asiático lo haya reconocido como tal, le da ventaja a las reclamaciones. Por último, la zona es rica en recursos marítimos (y podrían encontrarse ricos yacimientos de hidrocarburos), y China está dispuesta a adquirir como de lugar los derechos exclusivos de explotación. Estos elementos y sus respectivos sucesos, reafirma la hipótesis de una Guerra Fría 3.0.


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