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La existencia de una “grieta” entendida como un proceso de erosión del “cuerpo social”, se ha extendido mucha más allá que el que refiere a un enfrentamiento ideológico o político en los sistemas pluripartidistas, alcanzando de forma creciente, a referirse a divergencias en aspectos relacionados a un “sentido común” de los individuos, a lo que Gramsci llamaba el “agregado desordenado de concepciones filosóficas”, de diferente naturaleza e intensidad en la disidencia planteada. Este factor parece incorporar nuevas dimensiones que superan la “grieta política”, y, en ultima instancia, incorporan a ese espacio de desencuentro los elementos típicos del espíritu de época: las identidades, la vida privada y la conciencia de los individuos.

Por Diego Andrés Díaz

Uno de los elementos más interesantes del concepto de grieta radica en que todo proceso de “agrietarse”, supone abrir surcos o hendiduras en una superficie y no necesariamente, romper o quebrar un cuerpo, sino crearle divisiones, deterioro, en algo necesariamente unido. La evocación visual de la grieta no es un “quiebre”, es incluso una degradación mas que una separación.

¿Es nueva la división social por cuestiones políticas? En un primer análisis se podría afirmar con toda certeza que no es una novedad en los sistemas políticos occidentales, y tampoco en nuestro país. Los discursos “aglutinantes”, anti divisionistas de la sociedad son tan comunes como los discursos rupturistas. El ambiente unionista siempre está relacionado al mantenimiento de consensos amplios de lealismo al “sistema”, o, mínimamente, a ciertas “reglas de juego”. Hay que ir a las expresiones mas radicales de los modelos de identidad política de la modernidad para encontrar discursos unionistas del cuerpo social basados en que cualquier fuerza centrífuga a la unidad es indeseable, y una especie de traición. F. Furet ejemplifica muy claramente este espíritu cuando describe al jacobinismo revolucionario: “La revolución tiene necesidad de grandes traiciones. No importa que estas traiciones existan o no existan en la realidad (…) la revolución las inventa al igual que otras tantas condiciones de su desarrollo; la ideología jacobina y terrorista funciona ampliamente como una instancia autónoma, independiente de las circunstancias políticas y militares, espacio de una violencia tanto más difícil de definir cuanto que la política se disfraza de moral y el principio de realidad desaparece. [el terror] (…) es el producto no de la realidad de las luchas sino de la ideología maniquea que separa a los buenos y a los malos…”

Otro ejemplo de unionismo radical de tendencia determinista es el discurso nacionalista que emerge de la expansión del estado-nación como modelo político/identidad política. La «nación» en su concepción radical potencia una visión donde la existencia de facciones se percibe como el intento «antipatriótico» de desunir a la nación, el «pueblo”.

El “unionismo”, en versiones más tenues, tiene en nuestro país varias experiencias históricas. Su materialización se manifiesta en general a posterior de un conflicto nacional profundo y duradero. El ejemplo del unionismo posterior a la Guerra Grande, materializado en el pacto de noviembre de 1855, representa un ambiente no solo de conciliación -las conciliaciones no necesariamente suponen unionismo- sino de disolución de elementos simbólicos que potencian el conflicto. El manifiesto del Dr. Andrés Lamas planteaba un espíritu algo más allá que el simple unionismo cuando realizaba un análisis de las causas que dividían al país: “¿Qué es lo que divide hoy a un blanco de un colorado? Lo pregunto al más apasionado, y el más apasionado no podrá mostrarme un solo interés nacional, una sola idea social, un solo pensamiento de gobierno en esa división”. El fusionismo, encarnado en el gobierno de Gabriel Pereira, también a su vez representaba una grieta frente a los “conservadores” del caudillismo de Flores. La grieta divide, y fusiona a la vez.

La división entre “principistas” y “caudillistas”, por ejemplo,  se evidenció en varias etapas de la vida histórica del país. Esta división, plantea a grandes rasgos la imposibilidad de conciliar los liderazgos carismáticos con propuestas basadas en principios rectores impersonales. Esta “incompatibilidad” fue protagonista en el capítulo local del desarrollo y consolidación del Estado en Uruguay. José Pedro Varela sostenía que la mixtura, el encuentro de ambos mundos, solo beneficiaba al caudillismo y su predominio: “los caudillos, entregando a los hombres inteligentes e ilustrados, la redacción de los documentos públicos, la mentira de las palabras oficiales, la falsedad de las doctrinas que jamás se ponen en práctica: los hombres inteligentes e ilustrados, auxiliándolos con su esfuerzo, y entregándoles el dominio de la verdad” (12 de abril de 1872). Este principismo atravesó las colectividades políticas del país (la formación de clubes como el Radical, la Juventud o el Nacional son testimonio de eso) y representó una grieta a la interna de los partidos de la época.

Buena parte de la historia política del país se alimento de este doble juego de “divisiones” y “uniones” a la interna de las colectividades políticas. Por un lado, la existencia de las divisas-partidos blanco y colorado suponían una división identitaria poderosa y resistentes, que a su vez contenía otras divisiones internas. José de Torres Wilson sostiene que estos bandos constituían dos conglomerados simétricos, dos “sociedades”, de unión emocional mayormente precapitalista, pero que contenían a su interna fuerzas contrarias que encontraban puntos de contacto con el otro partido: estas fuerzas “centrífugas” de los partidos contenían divisiones –“los ponchos y las galeras”, principistas y caudillistas, batllistas y riveristas, herreristas y blancos independientes- que reconfiguraban cercanías ostensibles. Ha sido una tónica recurrente en la historia las alianzas y pactos entre batllistas y blancos independientes, o entre herreristas y riveristas. Otra vez, grietas que unen.

La división entre ciudad y campo es un clásico de nuestra historia, ya que ambas proyecciones simbólicas de lo que representan en ideas, cultura, forma de vida, han representado tensiones bastante pronunciadas. El Ruralismo como fenómeno político a mediados del siglo XX no necesariamente representó una innovación en ese rubro, como tampoco lo hizo “Un solo Uruguay” en estos últimos tiempos. Las diferencias, las grietas, no suponen solamente divergencias políticas puntuales, o concepciones económicas, también representaban diferenciaciones de estilo, de actitud, de cultura.

Es difícil encontrar una línea divisoria clara entre los discursos de división y de unión: parecen representar dos caras de una misma realidad, donde el que une, deja claro cuales son los elementos indeseables que no participan de la unión. Cuando unimos, dividimos. Es común en esas épocas los relatos donde la unión y concordia esta basada en la idea de hacerlo “evitando los extremismos”, o el más gráfico y duro “cordón sanitario” sobre un sector político -sector social, en definitiva- que es presentado como imposible de incorporar, ya sea por sus ideas, sus prácticas, o el sector que ocupa en el espectro político. Un ejemplo de este doble juego es la idea de “grieta” entre ciudadanos y políticos (es decir, una distancia radical y profunda entre los ciudadanos y sus representantes, visible en la crisis de representatividad), y entre política y anti política (la grieta entre la política como herramienta social de construir civilidad y el “populismo outsider”).

El encanto de la «excepcionalidad»

La idea de que somos una “sociedad amortiguadora”, excepcional, donde la convivencia democrática con cierto grado de civilismo es parte de nuestro ser nacional, tampoco es un tema nuevo.  Es interesante como en cada experiencia electoral este punto representa uno de los elementos frecuentemente citados y existe cierto consenso en que merece el mayor orgullo consensual como sociedad.

El último ejemplo de este fenómeno quizás sea el abrazo que protagonizaron los expresidentes José Mujica y Julio María Sanguinetti en la jornada que ambos abandonaron su banca en el Senado. Esa instancia -como la presencia de Tabaré Vázquez y el presidente Luis Lacalle en varios actos protocolares transmitiendo una idea de unidad nacional- parecen corroborar esa percepción extendida donde las “grietas” políticas en Uruguay no suponen quiebres dramáticos, ni antagonismos irreconciliables y que existe una larga tradición de fair play político que suaviza las divergencias. Igualmente, este tema ha surgido con bastante asiduidad tanto en los espacios periodísticos como políticos, incluido el parlamento, donde en general la “grieta” es un problema por solucionar, o no permitir que “desembarque” -el factor de fenómeno “exótico” a nuestra identidad política es frecuente en el debate- y su existencia y profundización es responsabilidad última del adversario, siempre.

La idea de tener una alta capacidad de amortiguar las divergencias a la hora de caracterizar el sistema político uruguayo fue magistralmente abordado por Carlos Real de Azúa en su trabajo Uruguay, ¿Una sociedad amortiguadora? Allí, Real señala, entre otros factores, dos elementos muy poderosos de esta idea: por un lado, cuestiona profundamente la realidad concreta de esta idea, y, especialmente, la de señalar que esta condición lejos de ser una creencia conformista y, sobre todo, optimista. Por el contrario, más bien puede integrar el legado de convicciones deprimentes y hasta fatalistas que muchos uruguayos abrigan sobre su nación”. La idea de amortiguación, de tendencia a suavizar las grietas sociales y políticas en un país “mesocrático”, plantea un programa sobre nuestro futuro de desarrollo hiperconsensual y de tendencia moderada, basado en la continuidad absoluta de las características idiosincráticas del relato urbano, algo batllista, necesariamente estatista, provinciano y gradualista en la práctica, pero “cosmopolita” en pretensiones simbólicas y anclaje cultural. El discurso “antigrieta”, así, plantea el dilema hacia el futuro de ser un menú nacional ya conocido y repetido hasta el hartazgo, petrificante de nuestros sueños de “edad dorada”, allí donde se entierra la vitalidad de las nuevas generaciones.

Dos factores convergentes en nuestro país en este complejo 2020 nos ofrendaron un nuevo capítulo de la “grieta uruguaya”. El cambio de gobierno luego de los quince años del progresismo en el poder, y la Pandemia, instalaron tempranamente una conflictividad creciente entre lo que parecen ser “dos mitades” del Uruguay político. Si la elección nacional ya traía numerosos ingredientes de esta grieta, la Pandemia se inicio con algunos eventos que parecían marcar estas dos mitades de forma profunda: los caceroleos y exigencias de cuarentenas obligatorias y rentas básicas pusieron al novel gobierno en una situación compleja, que logró sostener con una pericia envidiada a nivel internacional. Igualmente, la grieta existe, quizás matizada, suavizada, por esa tradición a la que Real se refería, y que tenía según su visión, algo de deprimente.

¿Grietas o abismos?

La idea de un ecumenismo con respecto a la condición negativa de la grieta tiene, valga la redundancia, muchas grietas. Quizás no radique en su naturaleza (ideológicas, políticas, económicas, geográficas, culturales, y un sinfín de ejemplos) el elemento mas inasible, mas complejo, de su condición. Parece existir un punto de verdadero quiebre que tampoco es nuevo, pero que lleva esta característica a un lugar sin retorno: la grieta donde el otro debe dejar de existir.

La existencia de una “grieta” entendida como un proceso de erosión del “cuerpo social”, se ha extendido mucha más allá que el que refiere a un enfrentamiento ideológico o político en los sistemas pluripartidistas, alcanzando de forma creciente, a referirse a divergencias en aspectos relacionados a un “sentido común” de los individuos, a lo que Gramsci llamaba el “agregado desordenado de concepciones filosóficas”, de diferente naturaleza e intensidad en la disidencia planteada. Este factor parece incorporar nuevas dimensiones que superan la “grieta política”, y, en ultima instancia, incorporan a ese espacio de desencuentro los elementos típicos del espíritu de época: las identidades, la vida privada y la conciencia de los individuos.

En este sentido, allí parece radicar el mayor factor de novedad, y también, el elemento más radicalmente erosivo. La condición divisoria incorpora así los elementos de identidad política predominantes –posmodernos-, junto a las agendas globales que vienen en el mismo combo. La identidad política como un paquete de elementos públicos y privados de los individuos impulsa quizás no ya una grieta, sino un abismo. Estos factores han ido sumándose, en una especie de “Jacobinismo 2.0” donde se ahonda la idea de que el poder público es de “opinión”. La opinión filosófica dominante es la “política”, y ya no de cuerpos e intereses, ni de clases e ideas: es de conciencias.

Esta identidad política se asienta en una compleja y globalizada trama de solidaridades y se organiza a través de la disciplina de una jerarquía reclutada a través de la opinión. A la alquimia jacobina de hacer de todo los social algo político y de toda opinión, acción política, se le suma una división que apunta a esa concepción de reminisencias neocalvinista de las “conciencias”: en esta vanguardia del abismo, la “cultura de la cancelación” -tema abordado por extramuros en números anteriores, los “ministerios de la verdad” y la censura del “discurso de odio” representan síntomas de una desaparición del otro, de la conciencia del otro.

La cultura identitaria personaliza aun más las viejas formas de identidad política: si lo nefasto debe ser personalizado, por su naturaleza, plantearlo en el plano de la conciencia de los individuos es dar otro paso. Antes Podían existir ciertos nobles revolucionarios, pero la nobleza es por definición enemiga. Podían existir burgueses aliados e incluso vanguardia, pero la burguesía es de naturaleza enemiga. Ahora, las hendiduras de la grieta, así, suma nuevos elementos: las diferencias de idea, el grupo al que pertenece -sea de raza o clase- nos dio ejemplos de grietas en el siglo XX. La conciencia y existencia del otro como elemento de división es un factor que construye distancias abismales, no grietas. El identitarismo que se multiplica como elemento movilizador en la política del siglo XXI -a caballo de su promoción global- parece ir varios pasos más allá. La grieta se alimenta a partir de que señalen que podes tener mala conciencia, y esa mala conciencia es la causa de los males del mundo, no tus acciones.

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