LAUTARO PÉREZ ROCHA / Cuando una herramienta funciona bien se vuelve transparente. Se retira de la conciencia precisamente porque no falla. Cuando un agente de IA entrega un resultado sin tropiezos, en cambio, también puede retirarse la actividad que antes me pertenecía. Me pregunto si un mundo que entrega resultados finales es también un lugar donde se aprende a juzgarlos. Pero ¿dónde se forma ese criterio si no paso por las dudas, los errores y el pensamiento que ocurre durante el tránsito?
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Necesitaba un modelo financiero y empecé con la IA. Le pedí una primera versión, discutí supuestos y formulaciones. Estuvimos un buen rato en ese ida y vuelta. Después la puse a trabajar como agente: le di el objetivo entero de una sola vez y me aparté. Minutos más tarde tenía el modelo terminado. La máquina se había preguntado y respondido a sí misma, había probado su propio resultado, corregido lo que no funcionaba y vuelto a empezar hasta decidir que había llegado.
Lo primero que pensé, antes incluso de revisar si estaba bien, fue en el tiempo que me habría llevado construir eso mismo a mano, no hace tantos años. Me dio un escalofrío pensarlo. Volví al modelo, repasé el planteo. Todo parecía correr bien. Nada que corregir.
En la primera situación había conversado con la IA. En la segunda, mi intervención se había reducido a dos puntos: el instante en que di la orden y el instante en que revisé lo que volvió.
Recuerdo una nota de un guitarrista que decía que la ejecución de la guitarra es una pelea con la fricción. En los dedos de la mano izquierda, en las yemas de la mano derecha. “Hay que aprender a trabajar con ella. La música ocurre ahí.”
Nos movemos hacia un mundo sin fricción. Sin resistencia, que es instantáneo y a la vez al menor esfuerzo posible. Me pregunto qué nos pasa cuando esos procesos intermedios se anulan.
Vuelvo al ejemplo con la IA. En el primer caso hay una especie de diálogo. La máquina me devuelve una pregunta hecha espejo, me obliga a precisar lo que yo mismo había dicho de manera vaga. Tengo que pensar las preguntas, leer las respuestas, descubrir qué no está claro y volver a preguntar. Uno puede pasarse horas en estos juegos.
Entre la orden y el resultado ya no había recorrido para mí. Había quedado suspendido en los extremos: impulsar al principio, verificar al final. El peso del trabajo se había trasladado hacia adentro de la máquina, el proceso pasó a ser una caja negra y no un recorrido.
Hay pensamientos que aparecen mientras hacemos algo. Escribiendo, calculando o dibujando, uno se demora, descubre un error, cambia de idea. El recorrido produce.
Cuando una herramienta funciona bien se vuelve transparente. Se retira de la conciencia precisamente porque no falla. Cuando un agente entrega un resultado sin tropiezos, en cambio, también puede retirarse la actividad que antes me pertenecía. No siento que estoy usando una herramienta. Uno podría objetar que no hay ningún problema en eso, sino todo lo contrario. El agente entrega una versión final, limpia y pulida. Me ahorra tiempo. Bien.
Ahora me pregunto si un mundo que entrega resultados finales es también un lugar donde se aprende a juzgarlos. Incluso para dar una buena instrucción tengo que saber qué quiero, distinguir lo importante de lo accesorio, anticipar errores y reconocer una respuesta convincente. Pero ¿dónde se forma ese criterio si no paso por las dudas, los errores y el pensamiento que ocurre durante el tránsito?
No toda dificultad nos vuelve mejores ni todo esfuerzo es valioso por el hecho de costar. Pero hay ciertos obstáculos que nos obligan a detenernos, a corregir y reconocer que las cosas tienen una consistencia propia.
Creo que no estamos ante lo mismo que ocurrió con otras herramientas, por ejemplo la calculadora. Con la calculadora delegamos, casi siempre, un procedimiento definido de antemano: sé qué operación quiero hacer, aunque no la ejecute.
Con un agente delego la ejecución, pero también la elección de los procedimientos, la interpretación de los resultados, parte de la estrategia. Elijo el objetivo, y el resto se decide solo, adentro. La psicología llama descarga cognitiva a la externalización de parte del trabajo mental. Los agentes llevan esa descarga a otro nivel: delegamos la construcción del recorrido. Antes delegaba un método cerrado, algo que yo mismo podría haber revisado paso por paso si hubiera querido. Ahora delego una secuencia abierta de decisiones, cuyo valor solo puedo juzgar cuando el trabajo ya está hecho.
¿Qué queda entonces del aprender haciendo? Si el sistema elimina el intento fallido, ¿se va con él una forma de aprendizaje? Quizás no necesitemos ni aprender todo lo de antes. Pero seguimos necesitando algún lugar donde equivocarnos, porque el juicio no parece formarse solamente observando resultados (aparentemente) correctos.
Una ironía, y vuelvo con el artículo que introdujo la arquitectura sobre la que se construyeron buena parte de los modelos generativos actuales: Attention Is All You Need (“la atención es todo lo que se necesita”). Es el mecanismo matemático que le permite a la máquina no perder de vista qué palabra se relaciona con cuál, distinguir que el sustantivo banco es una cosa en una frase y otra en la siguiente. La máquina atiende. Nosotros derivamos. El peso de la atención se trasladó de lugar. Ahora flotamos.
¿Dónde queda entonces el pensamiento, si pensar pasa a ser especificar bien al principio y juzgar bien al final, pero el criterio para hacer ambas cosas se forma habitando justo el centro que estamos delegando?
La automatización de tareas hace tiempo que conoce esta tensión. Cuanto más se automatiza la ejecución, más crítica se vuelve la supervisión. Pero el juicio fino que la supervisión exige difícilmente se forme sin haber atravesado la tarea. ¿Puede alguien que nunca ejecutó un trabajo, pero vio mil resultados de agentes que sí lo hicieron, desarrollar el mismo criterio que quien lo realizó, aunque fuera una sola vez y con torpeza?
Esta dirección no parece tener vuelta atrás. Nos acostumbramos muy rápido. Quien no haya conocido el proceso anterior tampoco sentirá que le falta.
Me pregunto si una parte decisiva del pensamiento no se forma en el intervalo entre la intención y el resultado. Allí aparece la resistencia: la experiencia de un mundo que no se ajusta por completo a nuestra voluntad.
La resistencia es también la prueba de que hay algo afuera. Algo que no responde de inmediato, que tiene sus propios tiempos y nos obliga a ajustar el movimiento. En ese contacto no solo modificamos las cosas. También las cosas nos modifican.
Si el intervalo deja de pertenecernos, quizá no estemos ahorrando solamente tiempo. Tal vez estemos dejando fuera una parte de la experiencia con la que aprendíamos a pensar. No sé si podemos prescindir de esa resistencia sin cambiar también nuestra manera de estar en el mundo.

