«Grande patria desimportante. Em nenhum momento eu vou te trair. Não, não vou te trair».
“Brasil”, Cazuza, 1990.

ENSAYO

Por Mauro Baptista Vedia

Rio de Janeiro. Mitad de los años noventa. Dia de sol. Alrededor de dos de la tarde. Salgo del aeropuerto de Rio de Janeiro. Siempre con el temor de que me afanen.
“Hola, esta libre? Me lleva, por favor, a Leblon. Voy a la avenida Vieira Souto.”
“Vamos.”
El auto arranca. El taxista tiene unos 40 años. Voz muy ronca, aguardentosa.
“Donde exactamente? A qué altura de la avenida?”
“No sé, déjeme ver aquí el número. Llegando allá, sé decirle. Es la casa de un amigo.”
“Ah, pensé que usted vivía ahí.”
“No, soy un simple estudiante. Ojalá! hahahah.”
“No parece estudiante.”
“De Doctorado.”
“Ah, entendí. Doctorado… uh lá lá. De que?
“Cine.”
“Y hay doctorado en Cine?”
“Hay. En Artes, para ser específico.”
“Carajo. Las cosas que uno no sabe. Donde estudia?”
“En la USP, en Sao Paulo.”
“Ah, entendí. Ese acento… Usted no es brasileño, no? De donde es?”
“Uruguay. Montevideo. Puede decir “você”, sin problemas.”
“Ah. Obrigado. Y gusta esto? Le gusta Brasil”
“Si, mucho. Por qué?”
“Yo pregunto porque… todo el mundo dice que Uruguay, Argentina, son más, más… civilizados.”
“No sé. En qué sentido?”
“La educación, la forma de ser de la gente. Un amigo fue y me contó que todo el mundo hace cola en la panadería. Eso es civilización.”
“La verdad, nunca me fijé. Y acá no hacen cola?”
“Cola, aquí? Ordenada? Sólo los giles y los extranjeros. Fuiste a un show de rock, a un partido de futbol aquí? Fuiste al Maracaná?”
“Si, fui.”
“Y?”
“Y fue espectacular.”
“No viste el lío que era? El despelote? Aquí nadie respeta nada, es la ley de la selva, uno se tiene que defender sólo.”
“Pasa que aquí hay mucha gente.”
El taxi anda rapidísimo por el “aterro” de Flamengo. Espectacular obra de Roberto Burle Marx. A la izquierda, lejos, se ve el Pan de Azúcar.
Habla portugués despacio, como para que yo entienda.
“Aquí hay demasiada gente. Todo es muy lleno. Mucha gente. Y mucha mujer. Mucha mujer bonita.”
“Sin duda.”
“Es por eso que ustedes, gringos, vienen a Brasil”.
“Naah, no sólo por eso.”
“ Mujer como la brasileña no hay.”
“Puede ser.”
“Puede ser… No! No hay! Como la mujer brasileña no hay. Y le digo más, no existe nada mejor que la mujer carioca. No existe.”
El taxi llega a Copacabana. Sol radiante. Vista de postal. La rambla llena. El taxista sigue reflexionando.
“La verdad es que uno critica, habla mal, pero este país es increíble. Es increíble.

Tiene todo. Mar, sol, tiene petróleo, mucho petróleo. Una naturaleza sin igual. Y mujer. Muchas mujeres. Y mar, playa. Uruguay tiene mar?”
“Tiene. Y lindas playas”.
“Pero no como las de aquí, no?”
“No.”

El auto llega a la división entre Copacana e Ipanema. Dobla a la derecha, camino del Arpoador, división de Copacabana e Ipanema. Me acuerdo de Barry Manilow y su “copa, Copacabana..”
Entramos en Ipanema. Aparece la vista paradisiaca de Ipanema, Leblón, la lujosa avenida Vieira Souto y en el fondo las montañas y la enorme favela de la Rociña.
La voz del taxista, que faltaba de más decir es blanco, dice que es hincha del Vasco da Gama y descendiente de emigrantes portugueses, se hace todavía más ronca.
“Brasil debería ser un país increíble. Tiene todo. Tiene playa, tiene sol, tiene mar, tiene mujeres como esa ahí, que camina en la calzada. Mirá eso, mirá eso!”
De repente, lleva el auto a la derecha y baja muchísimo la velocidad. Un automovilista que está atrás protesta, toca bocina y le grita algo. El taxista lo relaja (“Vai se foder”) y sigue manejando despacio. Mira a una mujer que camina por la calzada usando tacos altos y minifalda. Veo que estoy con una especie de Vittorio Gasmman en El Sorpasso, menos agradable, menos ingenuo.
“Mirá esa mina. Mirá. Mirá lo que es la parte trasera, mirá la “maleta” de esa mina, eh? Y esas piernas? Igual a eso no hay en tu tierra, no?”
“Bueno…”
Mi respuesta no importa en absoluto. El taxista sigue hablando. Filosofa. Piensa.
“Este país tiene todo. Todo. Y no tiene terremoto, no tiene huracanes. Tiene petróleo. Sol, playa, mujer. Mucha mujer. Pero sabe el problema?“
El taxista señala la enorme favela de la Rociña. Vemos el morro lleno de construcciones. Cientos de miles de personas viven allí.
“Tenemos esa mierda ahí. Esa mierda! (“tem essa porra ai”, en el idioma original) Habría que lanzar un misil. Un misil.”
Silencio.
“Un misil. Ahí si la cosa empezaría a funcionar. Ahí sí. Pero, los políticos…”
Silencio. Más silencio.
Bajo del auto y voy a ver a mi amigo el flaco Enrique. Uruguayo. Antropólogo. Ex tupa.
Entro al edificio y voy al apartamento, que dá a los fondos. El flaco me está esperando. Nos ponemos a charlar sobre cine, Levi-Strauss, estructuralismo, Roland Barthes. Es otro mundo. Sin embargo, el recuerdo del taxista señalando la favela y hablando del misil está ahí, presente. Como si fuera una escena de un film. El misil.
Hoy, años después, pregunto al lector. Este taxista, que posiblemente esté vivo, en la elección del 2018, a quién votó?
Todavía pienso en el misil.

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