La historia de los pioneros del computador personal permite reflexionar sobre la extraña colocación de eXtramuros, cincuenta años más tarde

ANIVERSARIO

Por Aldo Mazzucchelli

En la preparación de este número se juntó una serie de corazonadas, intuiciones y sentimientos que vienen hace tiempo, desde mucho antes de eXtramuros, apareciendo como fantasmas luminosos, pero cada vez más densos. Hay que dejarlos emerger.

Esos fantasmas o fantasías tienen que ver con el rumbo que vienen tomando las cosas desde que mucha gente ha dejado de leer -o desde que la lectura, aunque practicada aun por tantos, ha dejado de tener el rol que tuvo, en la comunicación y en la autoobservación y construcción de individualidad, durante la modernidad tardía. Tienen que ver con mi descreencia en el “futuro” que venden las corporaciones y los ingenieros cientifistas, hoy ya sin sus corbatas finitas de los años 50 y 60, sino disfrazados con una apariencia de autenticidad que los hippies les enseñaron, y ellos adoptaron luego de asegurarse que retendrian la propiedad privada y los copyright de ese futuro por un tiempo más. 

Ese ‘Futuro’ que venden suena a la vez a palabra pasada de moda, y a cosa apropiada y resignificada, a una fase que se viene y que vibra ajena, controlada por otros, transhumana, o simplemente no humana.

Pero los fantasmas o fantasías que me ocupan tienen que ver con que ese futuro puede ser así, o no; puede ser como lo venden, o ser más como lo pensaron los espíritus libres del humanismo idealista de los años 60, descentralizador, experimentador y comunitario. Y lo sabremos seguramente pronto -en 2027 o en 2031 o alrededor de este último lustro de los años 20 que se viene arrimando. La moneda está en el aire y caerá de un lado, de otro, o de canto se hundirá en el barro, en la mezcla -que a veces, en el mundo real que sucede a la fantasía, es lo que termina ocurriendo. 

Esos fantasmas me doy cuenta que han venido alimentados por una peripecia personal -haber vivido en el área de Palo Alto, y haber luego vivido y visto el otro lado, el otro extremo del continente norteamericano, el lado para mi más sombrío de su cultura. Y haber decidido volver a este país reservado y poco visible, y a ciertas afueras despobladas de este país, menos visibles aun, para poder procesar durante años una información que se vuelve secuencia, y conduce a un conjunto de problemas sin resolver, pero cuyas raíces vienen -al menos en una de las versiones más simples y claras- de aquellos años sesenta y aquella zona de la Bay Area

Allí, después de los tiempos pioneros, tuve el azar de pasar cuatro años. Y pasarlos entendiendo algo difícil de explicar, a través del espacio, de los aromas de ese lugar, respirando el aire y viendo los redwood y la bahía chata de agua salobre y gris, y la cultura de experimentación, libertad e increíble sofisticación civilizada, revestida de naturaleza vuelta a reinar. Porque, como metáfora de un espíritu especial, por encima del campus de Stanford y los edificios de innumerables corporaciones informáticas, encima literalmente del SLAC y otros ejemplos similares de sofisticación tecnológica, las veredas, los espacios verdes, los parques, los cerros que ocultan el Pacífico, todo eso está cuidadosamente “salvaje” en el Área de la Bahía, y cuidadosamente salvaje se lo preserva. Los yuyos locales, el pasto alto, los arbolitos y los bosques enormes, todo se deja ser al máximo posible, las ardillas y los mapaches interceptan al paseante de día y de noche en el campus o en la ciudad, y desde luego que nadie siente la necesidad de molestarlos. 

Inteligencia Artificial vs Inteligencia Humana Aumentada

En aquel pequeño rincón de la tierra -70 km de largo por 10 de ancho- dos conceptos de cómo se intersectan información y humanidad se desplegaron en los años 60-90. Ese despliegue tiene antecedentes que se remontan a los años 30 al menos -y también mucho más atrás. Y tiene consecuencias dentro de las cuales vivimos. Vivimos en ellas a veces olvidando que una buena parte de las ideas, mitos, y posturas que defendemos o atacamos, surgieron también ahí, como una nueva síntesis. 

Sí, la contracultura del ácido, el rock y el amor libre puede haber sido una remake del romanticismo del norte europeo e inglés a fines del dieciocho; y sí, la cultura tecnológica de control y maquinización automatizada y centralizada del complejo militar industrial puede haber sido también una remake de Frankenstein, novela de ese mismo período cultural. Pero la pesadilla de Mary Shelley y las ilusiones de su marido, Percy Bysse Shelley, si bien formuladas en humano lenguaje, solo habían rozado la superficie y no habían adentrado, ni por asomo, en esa intersección de materia y pensamiento que es la cibernética y la informática.

Parte del campus de Stanford mirando al noroeste, hacia el área donde nació el computador personal. Imagen de Google Earth. (Google Earth también nació allí)

Para resumir este primer punto fundamental: cuando se desarrolló -en el valle de Santa Clara, en la frontera sur de la Bay Area, una industria electrónica fuerte capaz de usar la técnica de fotolitografiar transistores en waffers de silicio reduciendo su espacio y mejorando su rendimiento, y se hizo consciencia de que cada dos años se duplicaría la cantidad de esos transistores en un mismo espacio (ley de Moore), llevando a un progreso exponencial de la capacidad de manejo de información, entonces el concepto de que todo es información tomó una centralidad que prometía largas consecuencias. Muchos, con visiones contrapuestas sobre cómo debía ser el “futuro”, tomaron nota de ello. 

Ya en los años cuarenta y cincuenta, ingenieros como Robert Wiener o Vannevar Bush habían establecido un nuevo paradigma cibernético, y lo habían conectado con el concepto de sistema de información, y con el modelo de comunicación sistematizado por Claude Shannon y Warren Weaver. Fue entonces que la teoría de los sistemas de información (y control) se empezó a convertir en la lingua franca de todos quienes estaban pensando y desarrollando la tecnología y la ciencia. La humanidad se volvía repentinamente un conjunto de sistemas compuestos de información, desde la célula en adelante, y la informática era la herramienta para intervenir en ello. 

En los veinte años siguientes -observa Fred Turner en From Counterculture to Cyberculture-, la cibernética y la teoría de sistemas en general proporcionaron una retórica y un marco conceptual con los que vincular las actividades de cada uno de estos agentes y coordinar su trabajo en conjunto.” Esta “interdisciplinariedad” justificó que los informáticos se metieran a modelar la sociedad, la biología, etc”

Hay una obvia condición dual en ese nuevo concepto de humanidad. Sea cual sea el modo que se la conciba, la información no es lo mismo que el soporte que le da materialidad (la misma información admite múltiples soportes), y siempre hay pues un par, una distinción en la base. Esa dualidad de arranque coexistió con una dualidad de enfoque. En un caso la mente fue concebida según un modelo mecánico sofisticado, a lo sumo desarrollándose en una sucesión de disyuntivas por un cálculo algorítmico complejísimo; en otro, como un todo humano en el que la acción comunicativa era lo decisivo.

Dos laboratorios con fines aparentemente cercanos, pero filosofías de fondo opuestas, encabezaron a comienzos de los años sesenta -en los extremos opuestos del campus de Stanford- la investigación informática aplicada a la inteligencia humana. En uno de ellos, el Stanford Artificial Intelligence Lab (SAIL), un equipo liderado por John McCarthy trabajó en la idea de crear una inteligencia artificial que reemplazase la mente humana. En cambio, en el Augmented Human Intellect Research, un equipo liderado por Douglas Engelbart dentro del Stanford Research Institute (SRI), buscaba desarrollar la idea de que los computadores sirviesen no para crear una inteligencia artificial de reemplazo, sino para conectar y potenciar las mentes humanas mismas. Ambos recibieron dinero del Pentágono y otras agencias gubernamentales para desarrollar sus trabajos, lo mismo que estaba ocurriendo otros equipos en áreas conectadas en el MIT, la Universidad de Utah, y otros. 

Los computadores como símbolo del mal para los militantes de la New Left

Al mismo tiempo, en esa Área de la Bahía donde comenzaban a funcionar esos proyectos, despertaba la “contracultura” de los sesenta. Aunque se tiende a menudo a verla como una cosa sola, también ella estuvo claramente dividida en dos tendencias. La New Left de los estudiantes de la Universidad de California en Berkeley -cruzando la bahía desde San Francisco-, que con Mario Savio a la cabeza hacían sentadas, ocupaciones y movilizaciones contra la sociedad de masas y su homogeneización,  contra la guerra de Vietnam, y por los derechos civiles de los negros. El feminismo o el ecologismo crecieron entonces mucho, en la práctica y la teoría. Buscaban cambiar la política, y creían que el sistema evolucionaría y se ajustaría desde dentro. Con el tiempo, no todos ellos desdeñarían la violencia política y ‘revolucionaria’. 

En ese grupo predominaba ampliamente, además, una resistencia al computador y las nuevas tecnologías, que llegaba a veces al luddismo. La computadora se veía como icónica herramienta de control masivo, artefacto que por su precio y complejidad solo podía ser propio del mundo corporativo y militar. IBM era la compañía que dominaba ese mercado de los grandes computadores. El computador por antonomasia había sido la Whirlwind desarrollada en el MIT y que conectaba y operaba una red global de radares de defensa durante la Guerra Fría. Para esa mentalidad, la computadora se reducía a ser un arma de guerra, y un arma de control de la sociedad en manos del capitalismo corporativo y el gobierno.

Una de las marchas tempranas de los estudiantes de Berkeley ocurrió en el año 1964, cuando la administración de la universidad quiso ingresar los datos de todos los estudiantes en un gran computador, de aquellos que usaban tarjetas perforadas. Los manifestantes marcharon con las tarjetas perforadas colgadas al cuello. “En Cal eres poco más que una tarjeta IBM” declaró Savio entonces. Y Hal Draper, bibliotecario de esa universidad, explicaba que para un estudiante, “la universidad de masas de hoy en día es una máquina alienígena, impersonal, abrumadora e imponente, en la que él no es más que un engranaje que realiza movimientos preprogramados: el síndrome IBM

Si quieres cambiar la sociedad, empieza por ti mismo”

La otra tendencia podría resumirse en la vieja frase “Si quieres cambiar la sociedad, empieza por cambiarte a ti mismo”. Pacifistas, también antiguerra, también antisistema, pero su búsqueda pasaba más por el LSD y el rock que por la canción de protesta y la militancia política. Para el espíritu de esta otra facción contracultural, la política -toda ella- era parte del problema. 

‘Furthur’, el bus hippie de Ken Keasey y sus Merry Pranksters

De hecho, ambos grupos se fueron separando significativamente, y el bondi psicodélico que arrastraba por las montañas de la Bahía al escritor Ken Keasey y sus Merry Pranksters (una especie de banda de seguidores cuya principal ocupación era difundir el LSD en la zona y practicar toda variante de sexo irrestricto) se volvió un icono de un grupo cada vez más grande de gente que quería salirse del sistema yendo hacia adentro, creando grupos que practicasen una vida fuera de los muros del “establishment” (como lo llamaba Kesey), escuchando a los Grateful Dead, yéndose a vivir al campo y plantando su huerta orgánica.

Luego del summer of love del 67 en San Francisco, muchos lo hicieron. Alguien calculó que en toda la historia de Estados Unidos hasta ese año habían existido unas 5.000 comunidades. Desde 1967 a 1972 hubo unas 15.000 donde llegaron a vivir unas 750.000 personas. 

A Stewart Brand, uno de los tipos más visionarios de esa escena hippie de la West Bay, se le ocurrió crear una publicación que conectase a la gente que estaba dispersa en comunidades a veces a miles de km entre sí, que compartían una visión crítica del sistema, y que precisaban ideas nuevas tanto como soluciones prácticas: desde cómo conseguir o hacerse una pala, cómo construir un domo hecho con chapas de coches de desarmadero, a qué filósofos y sociólogos de onda leer, cómo plantar, y cómo solucionar cuestiones de electrónica. Esta publicación se llamó el Whole Earth Catalogue, el “catálogo de toda la tierra”. Fue una publicación colaborativa, hecha con la información que sus propios lectores mandaban. En ella, los lectores consiguieron crear una comunidad, y en esa comunidad impresa encontraron identidad, apoyo y soluciones. Y también aprendieron a profundizar en caminos no trillados hasta ahora. A alguno de ellos se le ocurrió que eso era una “comunidad virtual”, por no estar en ningún espacio concreto.

Stewart Brand (izq, al teléfono) mientras se compagina un número del Whole Earth Catalogue

Fue una época de búsqueda en todos los planos, idealista sin duda, y si bien muchos dejaron de creer en la legitimidad de las instituciones del mundo de Posguerra -y en el Orden Mundial de allí emanado-, también hubo una apertura y fe genuina en el Otro -que hoy se ve acaso como ingenua-: en la intención de ese otro, y en la posibilidad de aun crear colectivos humanos que funcionasen sobre valores efectivos. Una idea fuerza del tiempo fue que la legitimidad de los mecanismos de orden colectivo debía ser reinventada de otro modo. En 1957, justo antes de que “los ’60” emergiesen, el 69% de los estadounidenses encuestados por Gallup afirmaban que la religión estaba aumentando su influencia. A finales de los 60, sin embargo, las encuestas indicaban que menos del 20% seguía creyendo eso. Esto no significó de ninguna forma una baja en lo que llamaríamos “búsqueda espiritual”, sino una ampliación e internalización de esa búsqueda.

La historia cultural de los años sesenta sería interminable, y esta es solo una toma, más o menos caprichosa, para poder mostrar al final un punto de interés. El asunto es que las cosas y la gente convergieron hacia un punto de la geografía, que alguien ha ubicado aproximadamente en las esquina donde está la gran librería Kepler’s -creo que todavía está ahí-, en El Camino Real y Ravenswood, en pleno Menlo Park, a cuadras del límite norte del campus de Stanford, donde se despliega el Stanford Research Park.

Por allí, sobre el mismo Camino Real más hacia Palo Alto, surgieron en los sesenta y setenta las semillas que hicieron finalmente aparecer el computador personal. Por allí había funcionado la Universidad Libre creada por disidentes de Stanford que rechazaban que la universidad tomase dinero del complejo militar industrial. A metros de Kepler’s, también en Menlo Park, se creó la People’s Computer Company, un intento conceptual de llevar la tecnología a la gente, que fue impulsada por un ingeniero de apellido Albrecht que había renunciado a su trabajo en la Honeywell Aeronautics Division. El lema pintado sobre la puerta era “Hasta ahora las computadoras se han usado contra la gente, ahora es tiempo de la People’s Computer Company“. Otro de los lemas generales de aquellos creadores era “fail young” (fracase joven). Pusieron una taverna griega semivirtual (proyectaban imágenes helenizantes en la pared, y las sillas y mostradores tenían un vago aspecto primitivo) y ofrecían terminales para que la gente usase libremente. Antes, ya en el otoño de 1971, había aparecido la primer computadora pública en Tressider Union, un edificio de servicios con una plaza de comidas y cafetería en el campus de Stanford. Se podía jugar un juego espacial de combate por una moneda.

Aunque hubo cosas que no nacieron en ese rincón de la Bay Area, fue allí que encontraron un sentido y un poder nuevo. Fue -como vimos al principio- de la zona de Santa Clara Valley que vino la revolución de los chips de silicio cada vez más poderosos -si bien, como en tantos ingredientes de esta historia, los semiconductores habían sido creados en el laboratorio de Bell AT&T, en New Jersey. Fue de la Universidad de Utah que vino un programa llamado Sketchpad, creado como tesis de doctorado (“Sketchpad: A Man-Machine Graphical Communication System”) por un tal Ivan Sutherland, que creó la primer interfase gráfica digna de tal nombre. Fue también en Utah donde Alan Kay, un programador despierto, hizo sus primeras armas antes de irse a Stanford y, contratado por el Xerox PARC (Palo Alto Research Center, también en el Stanford Research Park), armaría el primer prototipo completo de computador personal (tamaño pequeño, display funcional con interfase gráfica, mouse…), que Xerox no atinó a vender, pero que Steve Jobs vio, un día que fue allí a visitar a Kay. Kay había visto cómo en la RAND Corporation habían trabajado en un sistema llamado GRAIL que hacía posible que una computadora respondiese directamente a gestos humanos, y conocía los intentos de ARPA con un grupo en Hawaii para crear una conexión wireless para un computador. 

La idea de un pequeño computador personal, que Kay realizó en prototipo en el Xerox PARC, finalmente se realizó para el mundo en el Homebrew Computer Club, en el garage de Gordon French en Menlo Park -pocas cuadras de Kepler’s- donde, luego del trabajo, se reunían aficionados a la computación, entre los cuales varios ingenieros del SRI o el SAIL, tan barbudos y hippies como los de afuera, y compartían prototipos e ideas. Steve Wozniak, amigo de la secundaria de Jobs y hábil programador creó allí la Apple I, que abrió el camino del computador personal en el mundo entero. 

Pero Silicon Valley no era el lugar pionero en informática en Estados Unidos, ni tampoco el que tenía más financiación o poder industrial para desarrollar prototipos. Todo eso estaba en el Este, en Boston donde el Radiation Lab del MIT, y Harvard, venían haciendo sus propias búsquedas, y en New Jersey y New York donde la Bell o la IBM tenían sus cuarteles generales. Vannevar Bush, Ivan Sutherland, Robert Taylor, Theodore Nelson, y hasta los hackers del MIT, todos los ingredientes del computador personal estaban ya en Massachussets. ¿Por qué fue entonces en Stanford y en Silicon Valley que el computador personal y la nueva internet y el nuevo mundo digital nació? 

La mezcla de tecnología y búsqueda interna individual

La respuesta que en general dan historiadores de estos asuntos como John Markoff o Fred Turner es muy interesante. La Bay Area estuvo desde los años 30 bullente de avances técnicos. Hewlett y Packard, dos estudiantes de Stanford, crearon un innovador oscilador de audio en 1935, y desde 1942 fueron una empresa clave en la producción de tecnología antirradar y espoletas de proximidad para proyectiles de artillería; Ampex, que se destacaría en generadores de alta calidad para radares, fue obra de un inmigrante ruso en la zona, y arrancó en el Stanford Research Park; Varian -pionera en radiología médica- también comenzó allí, en 1948; Lockheed Missiles and Space Co. -uno de los pilares del Complejo Militar Industrial- desarrolló en el mismo SRP su misil nuclear “Polaris”. Toda esta actividad de investigación y desarrollo promovida por el Pentágono y el complejo militar industrial solo creció luego de la guerra, y se agregaron cientos de firmas de investigación en tecnología aplicada en un radio de pocos kilómetros. 

Esto generó que se instalase una población típica de la clase media norteamericana de los años ’50. Exteriormente afluente, disciplinada, escindida entre familias tipo con su automóvil, amas de casa “fieles y felices” entre sus nuevos electrodomésticos, y el terror a la “amenaza soviética” propagandeada por el gobierno a toda hora que justificaba, con tintes fuertemente nacionalistas, el sofisticado trabajo tendiente a muerte y destrucción que en general los hombres de la casa desarrollaban de 9 a 5 en la industria militar. 

Este tipo de mente escindida de Guerra Fría fue criticado muy temprano -ya en los años ’40 y ’50- por la sociología y la filosofía norteamericana. Desde la crítica a la propaganda y la radio usada para “lavar el cerebro” que llevó delante el Committee for National Morality de Margaret Mead y Erich Fromm (entre otros), pasando por la Escuela de Frankfurt en la New School de NY, y C. Wright Mills con su análisis de The Power Elite en los ’50, a la impresionante serie de críticos que publicaron en los 60. Tomo de Turner una lista de algunos muy destacados: Jacques Ellul, The Technological Society (1964); John Kenneth Galbraith, The New Industrial State (1967); Herbert Marcuse, One-Dimensional Man (1964); Lewis Mumford, The Myth of the Machine (1967); Theodore Roszak, The Making of a  Counterculture (1969); Charles Reich, The Greening of America (1970). En un orden más artístico o literario, en Palo Alto se ambientan obras clave del momento como The Crying Lot 49 de Thomas Pynchon, y On the Road, de Kerouac. Estas últimas eran parte de una minicontracultura que surgió en Silicon Valley -aun no se llamaba así- que se oponía a la para ellos insostenible fachada de la clase media. 

Estos críticos no eran nada tontos, ni andaban con chiquitas, y prefiguraron muchas de las ideas que hoy parecen de curso en ambientes descontentos con el sistema y la civilización actual. Un ejemplo, Lewis Mumford, hablando de la “tecnocracia”, un término novedoso entonces, observaba:  “Con esta nueva `megatécnica’, la minoría dominante creará una estructura superplanetaria, uniforme y envolvente, diseñada para funcionar automáticamente. En lugar de funcionar activamente como una personalidad autónoma, el hombre se convertirá en un animal pasivo, sin propósito, condicionado por la máquina, cuyas funciones propias, tal y como los técnicos interpretan ahora el papel del hombre, serán o bien alimentadas por la máquina, o bien estrictamente limitadas y controladas en beneficio de organizaciones colectivas despersonalizadas

Cuando esa semilla de contracultura explotó en la Bay Area, en los sesenta, la explosión hizo que inevitablemente se mezclasen los ingenieros informáticos con los lectores de Mumford y de Roszak. Eran, muchas veces, la misma gente.

La madre de todas las presentaciones

Cuando el 9 de diciembre de 1968 Doug Engelbart (el del Augmented Human Intellect Research) hizo en un teatro de San Francisco la histórica presentación de todo lo que habían ya desarrollado -en prototipo- en el Staford Research Institute, la gente -la mezcla de ingenieros, hippies contraculturales y periodistas atentos- se paró en una interminable ovación de 5 minutos. Ese día todo el mundo se dio cuenta de que habían presenciado algo extraordinario.

En una complicada presentación que incluía a Engelbart tecleando y moviendo un mouse en un escritorio frente a la audiencia, y una gran pantalla donde se proyectaba lo que -supuestamente- Engelbart hacía, lo que la gente en realidad veía era una proyección televisiva en vivo emanada del SRI y transmitida por microondas a San Francisco, donde en el computador un ingeniero del equipo operaba. Ambos estaban coordinados por un miembro del equipo de Engelbart, llamado Bill English -el inventor del primer mouse, varios años antes-, que estaba en el control del teatro, comunicado por teléfono con Stanford y por auricular con Engelbart. 


Con ese procedimiento de ilusión, Engelbart presentó al mundo casi todos los elementos clave que hoy se generalizaron como parte esencial del mundo del computador personal: la interfase gráfica, el mouse, el manejo de textos e imágenes en pantalla (incluyendo el cut & paste), la conexión en red a distancia, y hasta la videoconferencia: un ingeniero del SRI fue superimpuesto en tiempo real en un rincón de la pantalla, y ya en 1968 tuvimos un vislumbre de Zoom. 

Primer ratón, creado por Bill English como ingeniero jefe del Augmented Human Intellect Research

También fue Engelbart y su equipo quienes, el 29 de octubre de 1969 al atardecer, iban a poner en comunicación por una línea telefónica un computador del SRI con otro de la UC en Los Angeles, efectuando lo que de hecho fue la primera conexión de “internet”, en ese momento como parte de “ARPAnet”, un proyecto de biblioteca digital compartida para la ARPA, el programa de investigaciones avanzadas del Pentágono (hoy DARPA).

El detalle más significativo: todo este show estuvo operado, en cámara, por el mismísimo Stewart Brand, el hippie del Whole Earth Catalogue, que fue contratado por Engelbart para producir el evento, igual que producía en esos tiempos happenings e intervenciones de John Cage o conciertos de los Grateful Dead. Todo estaba en conexión.

Los ingenieros del SRI en acción durante la presentación del 9 de diciembre. En el fondo, con la cámara, Stewart Brand

La declaración de independencia del ciberespacio

Es así que en los años setenta, vueltos del fracaso terrenal de las comunas, la gente de la Bay Area que seguía con su propósito de salirse del control y la mentalidad corporativa, socialmente estándar, consumista y materialista encarnada en los símbolos de “IBM” o el Pentágono con su Vietnam, concibió una serie de ideas que pueden resumirse en esto, que articuló casi al final del camino que describimos, en 1996, un periodista, John Perry Barlow, antiguo letrista de los Grateful Dead -nada menos que en medio de la reunión de Davos de ese año, donde estaba cubriendo los aspectos tecnológicos. 

Barlow se indignó cuando vio que el Congreso iba a aprobar una ley que limitaba determinados contenidos considerados pornográficos en Internet. Lo vio como un atentado a la libertad de expresión, escribió una “Declaración de Independencia del Ciberespacio”, y la colgó en la red. Entre otras cosas, según Barlow, los “Gobiernos del Mundo Industrial” se habían convertido en “cansados gigantes de carne y acero“. Organizados en burocracias hiperracionalizadas dedicadas a hacer cumplir sus leyes por medios militares, estos gobiernos, escribió, pertenecían al pasado.

Gracias a la llegada de las tecnologías digitales, estamos creando un mundo en el que todos pueden entrar sin privilegios ni prejuicios otorgados por la raza, el poder económico, la fuerza militar o la posición de nacimiento. Estamos creando un mundo en el que cualquiera, en cualquier lugar, puede expresar sus creencias, por singulares que sean, sin temor a ser coaccionado al silencio o a la conformidad. Ese mundo existe principalmente en el intercambio de señales digitales entre ordenadores interconectados, es decir, en el ciberespacio.”

Barlow se dirigía directamente a los gobiernos del mundo material: “Vuestros conceptos legales de propiedad, expresión, identidad, movimiento y contexto no se aplican a nosotros. Todos ellos se basan en la materia, y aquí no hay materia. Nuestras identidades no tienen cuerpo, así que, a diferencia de ustedes, no se nos puede aplicar el orden mediante la coacción física.”

Barlow estaba expresando lo que Jobs, Brand, Kay, Engelbart y los demás habían logrado ya en los setenta al crear el computador personal: masificar la infomática, liberar el tráfico de información globalmente, y con ello transformar para siempre la historia de la humanidad. Ellos podrían haber arguido que los movía el haberse dado cuenta de algo que dijo una vez el escritor de ciencia ficción William Gibson: “El futuro ya ha llegado; sólo que aún no está distribuido uniformemente“.

Para Barlow -como mucho antes lo habían visto Brand -que precisamente, en un momento de depresión por su supuesto fracaso, organizó en 1983 la primera conferencia de hackers…-, o Jobs, el computador personal conectado en red global era ahora arma esencial en esa lucha del individuo por permanecer despierto y liberar su palabra y su vida de la constricción del lucro y el control centralizado. Herramientas desarrolladas con dinero del Pentágono, que estaban intentando ser arrebatadas -vía la creación y desarrollo de tal computador personal– por un tipo de conciencia social y humana muy distinta: pacifista, contraria radicalmente al control centralizado, partidarios de la libertad de expresión, contrarios al lucro en los intercambios informativos. Muchos de ellos partidarios del software de código abierto -no Jobs, notoriamente-, la colaboración libre, y un crecimiento de conciencia global totalmente divergente de todo proyecto centralizador.

Así fue la internet colaborativa y esencialmente gratis de los años 90, que respondía claramente a este espíritu de ampliación de horizontes y libertad individual en red.

Esto solo podía ocurrir en la mezcla única de la Bay Area, que apretaba en una franja minúscula una cantidad de talento, dinero para investigación, y una ética de libertad individual y colectiva. 

Como dice Markoff, “La cultura informática de la Costa Este no lo entendió. El viejo mundo informático era jerárquico y conservador. Años más tarde, cuando el PC ya era una realidad consolidada, Ken Olson, fundador del fabricante de miniordenadores Digital Equipment Corporation, seguía negándose a reconocer la idea: afirmaba públicamente que no había necesidad de un ordenador doméstico. DEC, aunque había sido pionera en el miniordenador, máquinas destinadas a departamentos corporativos y laboratorios, subestimó la importancia del ordenador personal hasta que fue demasiado tarde para ponerse al día con la Costa Oeste.”

Todo esto comenzó a cambiar en el año 2000, con la crisis de las .com y la conversión de Google -otra empresa que sale de dos estudiantes de Stanford- en un megagigante empresarial basado en el uso no remunerado de los datos de sus clientes. Pero esa historia nos sacaría del pasado para echarnos sin más al presente.

Contradiciendo las falsas contradicciones

¿Qué tiene que ver la mención al aniversario del título con toda esta historia de la informática, por interesante que sea? La respuesta corta es: me doy cuenta, luego de bastante tiempo de darle vueltas consciente o inconscientemente a este asunto, que la colocación peculiar del proyecto eXtramuros, y muchos detalles de su breve historia, conectan directamente con el espíritu de la internet original, y con la facción que siempre dijo, en aquellos años, que la cuestión del cambio pasa por cada sujeto (¿cada lector?) de a uno. 

Recuerdo que con los dos amigos con los que se inició la idea de sacar esta revista, Manuel Flores Silva -lo muy poco que pueda entender del oficio periodístico se lo debo todo a él- y Luis Muxí, que siempre ha sido una gran inteligencia orientada con solidez hacia la realización, hablamos y discutimos en un principio en una longitud de onda que, de una manera u otra, incluía algunos de los dilemas a los que se enfrentaron aquellos pioneros de hace cincuenta años. 

La revista se orientó luego como pudo, pero a ambos estoy profundamente agradecido, por más que no pudieran acompañar el proyecto tal como se concretó, y por más que el rumbo se haya dirigido a lugares donde me consta que uno u otro no habrían ido. Porque fue en la estructuración de aquella orientación primera que, por acuerdo o desacuerdo, el título eXtramuros -propuesto en un segundo por Diego Andrés Díaz en la primera reunión que tuvimos todos los que arrancamos- cobró toda su dimensión. 

Luego, las circunstancias de 2020 reactualizaron muchos de los problemas que ya habían sido discutidos y planteados en los años cincuenta, sesenta y setenta: 

– a dónde va una sociedad tecnológica si la tecnología se usa para el control; 

– cuál es el rol de la tecnología en el tipo de individuo que está creándose; 

– cómo nos afecta la centralización y el derrape acumulativo del Estado contemporáneo -uno de los temas favoritos de Diego Andrés-; 

– ¿cómo pueden funcionar los controles de un sistema democrático cuando no existen los ciudadanos -siendo que en lugar de formar a la gente para hacerse cargo de sus decisiones, lo que estamos obteniendo hace años es mucha gente que no quiere saber para no tener que hacerse cargo?

– la ingeniería social, la reducción de la individualidad a número operable con IA, y sus males; 

– qué pasa en un mundo de nueva oralidad, donde ya casi nadie lea; 

– cuáles son los violentos peligros de la desesperación del Complejo Militar Industrial y el Estado Profundo norteamericano en un factible mundo multipolar que se está creando; 

– a dónde ha llevado el cientifismo religioso y el descontrol corrupto de la financiación al complejo científico-industrial del que advitiera ya Eisenhower en 1961. 

Y, finalmente, cómo ha evolucionado la comunicación y la inteligencia humana al hacerse global, en red, y cómo el poder corporativo global -el mismo que los hippies de antes simplificaban en “IBM”, Big Blue- está actuando en conjunto al gobierno para controlar el discurso colectivo, con constantes manipulaciones y propaganda, censurando toda disidencia, imponiendo nuevos tabúes sobre lo que se puede y no criticar del sistema mismo, y echando abajo la libertad de expresión y cualquier funcionamiento sensato de los sistemas de control en las democracias modernas.

Por cierto, muchos de nosotros en eXtramuros pensamos aun que la política es -hoy mucho más que en 1968- parte del problema, y que el único cambio relevante ocurre en el lugar interior e invisible al que cada quien accede, por diseño, todo el tiempo. Informamos y escribimos para eso -no para pretender acusaciones ni justicias en las que no creemos, así como no creemos en buenos y malos absolutos ni en coordinaciones asombrosas.

No creemos en las pre-divisiones del mundo en buenos y malos absolutos. Si los pioneros contraculturales de los sesenta hubiesen hecho eso, y hubiesen seguido en la lógica luddita y maniquea de sus colegas más “politizados” de modo tradicional, quizá el partido republicano o demócrata los hubiese contratado por mucho dinero, y nunca habría habido internet ni computador personal. Hay quienes piensan que eso habría sido un bien. Respeto, pero lamento disentir, porque el camino humano precisa de recorrer todos sus vericuetos para expresarse.

Además, recuerde quien eso piense, que está leyendo esto en una pantalla digital.

Seguir la autoridad interior no depende de la tecnología

Todo este asunto tiene que ver con la conexión entre el manejo de la información y el rumbo de la conducta. Las computadoras y la inteligencia artificial sirven para operar sistemas complejos, con múltiples variables. La cabeza sirve para pensar, y pensar es discriminar. Pero ni uno ni otro sirven -con esas discriminaciones- para dirigirnos a actuar. Pensar que la mente calculista -peor aun, que “el cerebro”- es la guía del individuo es el error intelectualizante de la modernidad, llevado al paroxismo al potenciarse, con el computador, el modelo disyuntivo y numerizado de la conciencia.

Esto no quiere decir que haya que eliminar ni la capacidad de manejar sistemas complejos, ni dejar de pensar. Simplemente, la virtud humana de conducirse bien no depende de que tengamos o no esa capacidad, y ambas dimensiones deben permanecer claramente separadas. Toda la propaganda del control y el consumo, y toda la venta de humo futurista, quiere que creamos lo contrario.  

Nuestra pequeña historia de hoy tiene un ángulo especialmente significativo. Que el computador personal y la red sean hijos del éxito del programa de la Augmented Human Intelligence y los hippies, y no del éxito de IBM o del SAIL, es una metáfora decisiva aun para nuestro presente y futuro. Lo que triunfó masivamente no fue la cibernética y el control de lo humano a través de robots y cybercriaturas, sino la ampliación descomunal de la conexión, y el funcionamiento en red. Si esa es la esencia del mundo digital, quizá no sea posible para el mundo viejo, de los centralizadores, manipuladores, controladores y homogeneizadores, conquistarlo del todo nunca -por más que lo intentan a todas luces. 

La conexión en red que los visionarios de Palo Alto lograron conquistar de tal mundo viejo -el verdadero acto prometeico de robar el fuego a los dioses ha sido ese- ha hecho el primer paso del milagro, ya, de dar espacio a un avance de conciencia basado en una generalización de la información y sus sutilezas.

Sé que mucha gente piensa que, gracias al advenimiento de lo digital, estamos yendo exactamente a lo contrario. Pienso que confunden una fase pasajera de un proceso, con el final del mismo.

Efectivamente, no era ningún apocalipsis

Desde los tiempos en que hablamos vemos una gran horqueta de división de orientaciones, y los sucesos de 2020 hasta aquí la han hecho escandalosamente visible. 

Por un lado el mundo viejo se resiste a entregar sus pautas, y quiere presentar su propia versión del futuro -la de Davos, la de la OMS- que es ortopédica e impotente. Un conjunto de ancianos de una elite sin mañana intenta dar lecciones de futuro a los más jóvenes, cuyo mundo necesariamente no las seguirá. Ese mensaje viejo sigue llegando, en cambio, a quienes en todas las generaciones siguen la autoridad externa del noticiero de las 20 horas, de los políticos divisivos, de los planes globalizadores con fines de control y centralización. Para ellos, las redes sociales son una ayuda en el camino del no hacerse cargo, y fuente de autoimágenes de victimización que solo alejan aun más del camino interior.

La otra orientación, mientras tanto, marca una continuidad entre las intemporales pautas de independencia respecto del sistema -conocer, criticar, tener valor para actuar sobre uno mismo-, enriquecidas por una vuelta parcial a la realidad de tecnología y sociedad tal como son. 

Quizá eXtramuros tenga como razón de ser esa segunda orientación. Se trata de hablarle al cada vez más amplio grupo de quienes intentan seguir su propia autoridad interna, quienes usan la red y la información alternativa para volver a su fuente de autenticidad, y comprender que, usando bien las nuevas tecnologías, tal vez la vida logre volverse, a la vez, más global y más individual, más natural y más tecnológica. Solo hay contradicción entre esos términos para quienes viven en un mundo que siente que si no los opone no los podrá controlar. Esa división no es necesaria. Lo colectivo podrá quizá ir abandonando las pautas tribales caducas, y se compondrá de individuos unidos en esto o aquello por la voluntad libre de cada uno, sin necesidad de homogeneizaciones, miedos ni condenas sin sentido.

Esos han sido los temas de eXtramuros, y estos que he intentado resumir son muchos de sus antecedentes. No inventamos probablemente nada, pero seguimos intentando hacer nuestro efímero trabajo de repensarlo todo de nuevo, atendiendo a las formas en las que aquel viejo espiral se sigue desarrollando. Quizá, como escribía en el invierno de 2022, esto realmente no sea ningún apocalipsis, sino un momento agudo del episodio contemporáneo y de todos los tiempos, en que lo nuevo negocia con lo viejo una escena más del largo teatro en que todos nos movemos -a tientas, aunque intentando a veces hacerlo con alguna elegancia.

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