POIESIS / 29

Por José Luis Morante

Autor de una extensa obra ensayística expandida por publicaciones académicas, practicante del relato corto y escritor de teatro, Gerardo Rodríguez Salas (Granada, 1976) es profesor titular de Literatura Inglesa en la Universidad de Granada. Tras anticipar algunos poemas en revistas y volúmenes colectivos, confirma amanecida lírica con Anacronía que, junto a los poemas integrados, añade en “Cartografía” una estela de aportes, relacionada con el sustrato cultural neozelandés, y una copiosa lluvia de agradecimientos personales.

Este despertar literario recurre al formato breve para dar voz a una incisión reflexiva. La senda evocadora deja en sus trazos una crónica sentimental ajustada al discurrir de la memoria, hecha de ese misterio inadvertido de la experiencia vital que aporta lo diario. Las palabras se esfuerzan en reconstruir los pasos de la ausencia. Preservan un silencio del que afloran interrogaciones, como si el manso fluir de la cronología se justificase a sí mismo como simple tránsito: “El viaje puede ser una fuga al pasado, / un ascenso sin alas al punto de partida”.

Desde el primer apartado, “Ayer”, la perspectiva de rescate mantiene abierta la fuerza fragmentaria del recuerdo. Nace desde la pérdida una conciencia de finitud que empaña el epitelio de las cosas: “Chirrían las cigarras y los grillos / y acallan los rumores del arroyo / que mece nuestra infancia / en un lecho de musgo / tras la puerta entornada del recuerdo”.

El poema también explora la sombra que convierte la inocencia en noche. La muerte vela y se hace tangible ante los sentidos; es desolación y herida. El pulso narrativo del poema “Sirenas” recupera la dureza maltrecha de lo contingente, donde cada elemento testifica el suceso. El dolor de la pérdida germina con fuerza. Y esa sensación de frío e intemperie dibuja en la caligrafía de las composiciones un epitelio sentimental, crea un sustrato básico, previsible, cercano a la elegía.

Ya se ha comentado el marco escénico que impulsa los poemas de “Ausencia”. La geografía de Nueva Zelanda (Aotearoa) expande la mirada del solitario y siembra en su retina instantáneas nuevas. Persiste el dolor opaco pero en la percepción se abren sitio los acordes culturales que dan impulso a itinerarios cognitivos del pensamiento, menos ceñidos al discurrir biográfico. La voz poética recurre al monólogo dramático para encontrar en el patrimonio cultural un impulso de aceptación y cercanía.
La pulsión de las palabras del apartado “Porvenir” ubica las pautas situacionales del poema en Granada, ese mapa vivencial que enlaza existencia y poesía. En el retorno, la ciudad oferta perspectivas plurales, muestra la eficacia entrelazada de un callejero que suma arquitectura y cauce emocional para construir un paisaje íntimo, donde el espectador encuentra una fértil riqueza sensorial y un despliegue de la memoria, enriquecido con detalles biográficos que marcan la ilación del contexto. En ese estar en el ahora caben distintas actitudes: la celebración de los rincones mágicos de la ciudad, legados por el patrimonio temporal, los recuerdos que se van sucediendo con la sencilla claridad del agua y la palabra verbal que es celebración y canto en el regreso: quien vuelve, cobija la certeza de que nunca abandonó aquella casa alzada, hecha fe de vida y constancia.
Los poemas de Anacronía evocan distintas secuencias del pretérito porque en él se muestra, esencial y prístino, el conflicto latente entre olvido y rememoración: “El recuerdo es la sombra / torpemente zurcida a los talones/ y el olvido la piedra / que no termina nunca de caer”. La mano se desliza en el poema para reconstruir, con trazos sueltos que trascienden lo anecdótico, esas hojas y brotes que borran la caída, en las ramas del árbol despojado. Que sean la tangible dimensión de la fronda en la que cristalizan memoria y tiempo.

Almirez
                                       hay un niño que pierden
                                              todos los poetas
 
                                        Federico García Lorca
 
 Machaco con los ojos las semillas
 que huelen a tabaco y remolacha,
 aquel olor metálico y dorado
 que estalla en golpes secos.
 Se enredan en zarzales mis recuerdos, 
 susurran los chopos lejanos
 y alargada dibujan 
 una sombra: mi infancia. 
 Sangra una letra tallada, 
 áurea cicatriz en carne viva, 
 supuran los anhelos, 
 inundada de sueños esa casa 
 que nunca fue del todo nuestra. 
 Hoy te busco, Matilde,
 en tus enseres sacros,
 en tus pechos baldíos, 
 en la niebla de los años 
 y habito en tu matriz 
 como una sanguijuela. 
 
 Machaco con los ojos las semillas 
 que huelen a hinojo y perejil. 
 A lomos de un caballo de madera, 
 trotan risueños en la noche 
 dos jinetes en miniatura. 
 Apenas al alba un destello, 
 Luisito se agarra a mi cinto, 
 pues otro jinete a lo lejos 
 viene raudo hacia nosotros. 
 Giro y pierdo las riendas, 
 la luna dibuja tu rostro; 
 tocando un tamborcillo, 
 miro al azar de frente 
 y lanzo un pajarito verde 
 que vaga eternamente por el limbo. 
 
 Caballito negro.
 ¿dónde llevas tu jinete muerto?
 
 Machaco con los ojos las semillas 
 que huelen a sudor y ensueño.
 
                       (De Caballo del alba: Voces de Granada para Federico, 2018)
 
Virginia
                                   Todos los relojes de la casa 
                                         a punto de dar la hora.
 
                                          Michael Cunningham Las horas
 
 Oigo violines 
 si hundo los zapatos en el fango 
 y me adentro en el agua 
 con piedras en mi abrigo. 
 
 Siento la tinta 
 de mis dedos manchados 
 que tiemblan tras la carta 
 con renglones de humo. 
 
 Huelo tu aroma 
 impregnado en mi anillo, 
 ya casi un olor verde 
 bajo las algas. 
 
 Bebo tus besos 
 si trago el agua turbia, 
 si olvido aquel papel 
 sobre mi boca. 
 
 Veo tus años,
 las olas en mis ojos,
 las horas que vivimos
 y siempre viviremos entre actos.
 
 No entiende el río treguas ni caricias.
 Al son de los violines 
 rodeo con mis brazos a la muerte
 y bailamos. 
 
                                                (De Versos para bailar o no, 2019)
 
Enredados
                               Had we but world enough and time,
                               This coyness, lady, were no crime.
 
                               (Andrew Marvell, ‘To his coy mistress’)
 
 En Twitter no me sobran caracteres,
 en Facebook entre muros somos reos,
 en Instagram, stories y escarceos,
 tus emails me parecen misereres. 
 
 No somos ya millennials, cómo eres,
 Snapchat y TikTok son tus cameos,
 no siento por Skype nuestros deseos,
 Tinder quizá nos traiga otros placeres.  
 
 ¿Por qué levantas pérfidas murallas
 y almacenas en Dropbox mi cariño 
 plegándome en carpetas con tus miedos?
 
 Hartos de postureo y de pantallas
 ―no te enfades conmigo, no te riño―
 del Whatsapp son los callos de mis dedos.
 
                                               (De Versos al amor de la lumbre, 2019)
 
Palabras de papel
 
 Busco palabras,
 nombrar este dolor 
 que se despeña 
 por un catálogo de voces mudas,
 sentimientos de aceite que flotan en el agua
 podrida que me anega.
 
 Busco palabras, 
 nombrar la mariposa
 que vuela lejos, lejos de estas páginas
 reales y eruditas, 
 frías como el papel 
 que me hace cortes en los dedos.
 
 Busco palabras que te invoquen, 
 palabras que 
 huelan a ti,
 suenen a ti,
 sepan a ti,
 pero las letras se hacen humo
 y el fuego quema tanto
 que no sé si la bruja que crepita
 tendrá tu rostro
 o el mío. 
 
                                                                 (De Anacronía, 2020)
 
Hongi
 
 Aquella noche no llovía 
 sólo en la calle. 
 Compartimos la cama como extraños 
 ―la misma lluvia, 
 la misma pena― 
 pues ni el sol de tu pecho 
 prendió el cuarto anegado 
 mientras tus palmas 
 achicaban el agua de la alcoba 
 lamiéndome la piel.
 
 Aquella noche no llovía 
 sólo en la calle.
 Dejaste en el olvido
 la hombría de tu tribu para entrar 
 en mis pupilas, para abrir 
 las puertas de tu mundo. 
 Rozamos la nariz y respiramos 
 ―la misma brisa 
 al mismo tiempo.  
 
 Aquella noche no llovía 
 sólo en la calle. 
 En mi pueblo llovía, y en el tuyo 
 ―la misma lluvia― 
 y el arca que forjamos 
 en la penumbra
 surcó las olas. 
 
                                                                 (De Anacronía, 2020)
 
Nunca 
 
 El olvido es el pájaro que vuela 
 bajo el suelo 
 sumido en las raíces infinitas 
 del árbol deshojado.
 
 El olvido es la anciana con los ojos vacíos,
 las arañas que tejen nuevos párpados
 cerrados, nuevos duendes
 que urden bruma
 en las ramas del mito.
 
 El olvido es el diente que desgarra la noche
 que sangra moribunda, 
 que llora gotas negras
 que no se ven pero que gritan
 sin voz y que arden húmedas 
 dentro, muy dentro… 
 
 ¿Quién es la antípoda de quién 
 si tú saltaste al mar desde aquel árbol 
 saliéndote del mapa sin dejar
 siquiera anchura a este vacío? 
 
 El recuerdo es la sombra 
 torpemente zurcida a los talones
 y el olvido la piedra 
 que no termina nunca de caer.
                                                                                                  
                                                                (De Anacronía, 2020)
 
 ¿dónde muere la luz? ¿quién sabe dónde
 se apaga el sueño? ¿dónde está el fusible
 de la vida los dos ojos cerrados
 que miran fijamente con pestañas
 adustas dos peinetas que olvidaron
 el baile y los zapatos y perdieron
 el color anhelando disiparse
 entre las sombras? ¿dónde está el jarrón
 de alabastro que alberga en su interior
 la esencia destilada del vacío?
 ¿quién pedalea en el triciclo? ¿quién
 huye de sillas sin dueño sin alma
 dos sillas que ocupan la habitación?
 dos sillas ¿cuántas sillas me persiguen?
 son tantas ya las sillas tan desiertas
 tan llenas de sí mismas tan lejanas
 se dan la mano a veces y me miran
 con sus ojos de infancia tan vacíos
 quieren jugar conmigo para siempre
 
                                                           (De Divinas parejas, 2021)
 
L’Amoureux
                              Siempre se vuelve solo del amor.
                                               Rafael Guillén
 
 Alza el vuelo el avión y deja atrás
 la alcoba de un hotel desconocido.
 Por un instante el tiempo nos enreda
 en promesas abúlicas
 que cazamos desesperadamente
 en la estancia fingida
 mientras cae de bruces la sonrisa
 de cera, enmarañada en sábanas
 ofidias que recorren nuestra piel
 y ardemos en la lumbre
 de lo que somos, lo que fuimos,
 lo que jamás seremos.
 
 Hoy el pasaje de regreso 
 divisa nubes negras que apagan el ardor 
 del dormitorio donde fuimos 
 invictos a escondidas.
 Quizás las turbulencias estamparon
 la nave en el hotel, o quizás ya se hizo 
 añicos en la casa, en aquel lecho 
 mullido, en la voluntariosa rueca
 de un amor deshilado.
 
                   (De Para decir amor, sencillamente: Homenaje a Rafael Guillén, 2021)
 
La Comarca
 
 Nos la robaron 
 – ya no hay hogar ni asilo –  
 hicieron del jardín 
 un parque en miniatura
 para turistas
 con casitas vacantes 
 que olvidaron su historia. 
 
 Lejos, muy lejos, 
 aún rueda el anillo. 
 
                                 (Inédito)
 
Lady Bowen Falls
 
 Saltan gloriosas las cascadas, 
 radiantes bailarinas 
 de tules espumosos, 
 eternos grands jetés 
 en las alturas. 
 
 Saltan gloriosas las cascadas 
 con sus velos nupciales, 
 damas absortas 
 sentadas en la peña, 
 cansadas de alegrar nuestras rutinas 
 con sus hastiadas coreografías. 
 
                                (Inédito)
 

Gerardo Rodríguez Salas (Granada, 1976), Finalista del XXVII Premio Andalucía de la Crítica, es profesor titular de Literatura Inglesa en la Universidad de Granada, máster en Estudios de Género por la Universidad de Oxford y Premio Extraordinario de Doctorado. Ha publicado la colección de relatos Hijas de un sueño (Esdrújula, 2017; prólogo de Ángeles Mora), el poemario Anacronía (Valparaíso, 2020; contracubierta de Teresa Gómez) y la obra teatral Vulanicos (Patronato Federico García Lorca y Diputación Provincial de Granada, 2021). Sus poemas han aparecido en revistas como Meanjin (Victoria, Australia), Círculo de Poesía, Altazor (Fundación Vicente Huidobro), Estación poesía o Salmacis. Asimismo, aparece en antologías como Granada no se calla (Esdrújula, 2018), Caballo del alba: Voces de Granada para Federico (Patronato Federico García Lorca, 2018), Otros cuentos de amor, de locura y de muerte (Mucho cuento, 2019), Versos para bailar o no (Almuzara, 2019), Lumbre (2019; volumen monográfico sobre poesía granadina del que es coeditor), Poemas del confinamiento (Entorno gráfico, 2020), Katherine Mansfield Studies (Edinburgh University Press, 2020), Divinas parejas (Sonámbulos, 2021), Para decir amor, sencillamente: Homenaje a Rafael Guillén (Diputación de Granada, 2021).

Compartir