ENSAYO

“Adiós juventudes” (Jaime Roos)

Por Santiago Cardozo

1. Del singular al plural, y algo más

Juventudes, masculinidades, femineidades, paternidades, y por qué no, adulteces, madureces, adolescencias, infancias, y así virtualmente hasta el infinito (sumemos a los ejemplos dados niñeces y vejeces: el primero lo vemos en una nota de contratapa de Brecha de 24/IV/2020, escrita por Castro Lazaroff: “Desatar el nudo”, donde se lee: “No alcanza con declararse contra los femicidios y marchar el 8 de marzo: debemos marchar para desarmar los mandatos heteronormativos y patriarcales que se articulan con las variables de la clase para anudar los modos de represión que impactan en el cuerpo de todas las personas, en particular, en el de las mujeres, las disidencias y las niñeces”. Llama la atención, aquí, hablar del cuerpo de un sustantivo abstracto, el cuerpo de las niñeces; y el segundo, usado, junto a infancias, por ejemplo, lo vemos en una nota de Sofía Kortysz publicada en Brecha, el 3/VII/20, con el título “Pasó la tijera”: “Lejos de esto, señaló, al hacerse este vínculo se dejan afuera infancias y vejeces”). Y cualquier grupo podría reclamar su plural, por qué no. 

El plural en los sustantivos abstractos parece ser un requisito para que el lenguaje dé cuenta de la realidad misma de la cosas, de la esencia de aquello que es nombrado. Así, no sería correcto (ni adecuado) hablar de la juventud, porque el singular homogeniza algo que es esencialmente múltiple, algo que está hecho de singularidades o particularidades; lo mismo vale para los otros sustantivos. El singular no sería ni más ni menos que el gesto autoritario de un poder centralista, con cara de hombre blanco e instruido, que utiliza deliberadamente las formas singulares (todo su aparato jurídico, entre el que se debe contar la gramática) para ignorar, cuando no despreciar, la variedad mundana de la vida en ebullición y bulliciosa. 

Estas palabras son fácilmente reconocibles en un discurso social que brega por las identidades, verdadero término clave que se encuentra en el fondo de todo este despliegue de plurales que no parece tener límite, sino que, por el contrario, se encuentra a la mano, disponible a gusto del consumidor. Pero no bien se les hinca el diente a estas palabras que, provisoriamente, vamos a llamar “palabras-Mides”, nos damos cuenta de que todas ellas se sostienen en la corrección política de la tolerancia, del respeto a la diversidad humana, a la polícroma constitución de las identidades de este o aquel tipo o aquel otro de más allá. Hay, pues, una esencia que parece ser captada y capturada por los plurales; hay una voluntad de aprehender las cosas mismas como manifestaciones concretas de una heterogeneidad propiamente humana, cuya reunión en un singular abstracto resultaría una operación despótica, intolerante, ciega, incapaz de notar qué está en juego en ese singular del poder disciplinario, que opera ilegítimamente sobre los cuerpos individuales de ese infinito sugerido por el plural.

La virtualidad del sistema de la lengua habilita plurales en aquellos casos en los que no son la norma (en el sentido definido por Eugenio Coseriu), esto es, en los que no son un uso constante. Así, cariz no aparece en plural, pero nada impide decir, siguiendo la implacable lógica proporcional de la lengua, carices. Lo mismo podemos decir de cenit, que no “admite” el plural cenites. De manera semejante, podríamos hablar (como, de hecho, hablamos) de niñeces y, en lugar de educación, de educaciones, incluso con el beneplácito de la gramática, que proporciona explicaciones al respecto y señala los sentidos que el plural adopta en este tipo de situaciones. Por ende, el debate educativo podría asumir un lenguaje que hable de “problemas de las educaciones”, etcétera, en el que el plural podría aludir a una educación emocional, una educación política, una educación social, del carácter, definiendo clases de educación. Por qué no.

2. Más allá de las posibilidades de la lengua

Pero el problema no es tan sencillo, aun cuando la gramática dé cuenta de algunas de estas pluralizaciones (y evoco la gramática como una voz de autoridad científica en la que los hablantes suelen buscar cierta legitimidad del decir más común y corriente, como si ella tuviera la palabra final sobre estas cuestiones; evoco también la visión negativa sobre la gramática, que la entiende como reproductora de las diferencias de género y de las desigualdades de las identidades, minoritarias o no, así como la gramática normativa o prescriptiva, que define usos correctos e incorrectos). El problema, entonces, adquiere otras tonalidades más interesantes y, en los casos que estamos considerando, más inquietantes. En efecto, los plurales de juventud, masculinidad, femineidad, paternidad y otros hablan de algo bien distinto a las posibilidades que ofrece la lengua según su lógica virtual de un sistema expresivo, aunque se eche mano a estas posibilidades. Lo que está en juego es una figura que ha adquirido una fuerza singular y que ha permeado cierto discurso institucional y, sin duda, el discurso estatal (a la Mides, a la Inju, a la Intendencia de Montevideo, y la lista puede ampliarse). Esta figura es la que asume la existencia de una esencia que el lenguaje no puede recoger, salvo que adopte las formas plurales que, al menos, podemos pensar, visibilizan la heterogeneidad de la vida humana, como si en los plurales mismos apareciera, fulminante, una verdad, verificada en la evidencia de la multiplicidad de los seres parlantes.

El plural, entonces, parece constatar un estado de cosas que tenemos ante los ojos y, por ello, le hace justicia a la inobjetable realidad. Sin embargo, el asunto, a mi juicio, no va por este lado, sino por la vía de la construcción de un estado de consenso que se identifica con la corrección política, dotándola de un espesor más fuerte y constrictivo.    

El significado de “consenso”, en efecto, no es el acuerdo de las personas entre sí, sino el del sentido con el sentido: el acuerdo entre un régimen sensible de presentación de las cosas y un modo de interpretación de su sentido. El consenso que nos gobierna es una máquina de poder en la medida en que es una máquina de visión. Solo pretende constatar lo que todos pueden ver combinando dos proposiciones sobre el estado del mundo; una dice que por fin estamos en paz, otro enuncia la condición de esa paz: el reconocimiento de que solo hay lo que hay.

3. El discurso institucional y estatal

Una sección (un link) de la página web del Ministerio de Desarrollo Social es “Juventudes”, desprovista de toda calificación o especificación. También, la existencia de un Centro de Estudio sobre Masculinidades y Género pone de manifiesto este nuevo “nicho” de la reflexión teórica y de las políticas públicas basado en una verdad tan evidente como novedosa: la que indica el plural. En consecuencia, quién osaría cuestionar el plural y señalarlo como un elemento de esa corrección política y de ese estado consensual, eventualmente irrisorios. 

En mi opinión, se trata de figuras policiales, esto es, figuras que concitan un consenso que no admite el desacuerdo, porque lo entienden como un ataque, como una agresión proveniente de un discurso centralizado, autoritario, negador de las diferencias y, por ende, de las identidades. En tanto que figuras policiales, los nombres en plural producen un espacio de reflexión que busca, y parece dar con, una esencia de las identidades, decíamos, la estabilidad no lograda por la abstracción homogénea del singular, que siempre puede ponerse en cuestión no porque la homogeneidad no recoja la multiplicidad del mundo, sino porque la idea misma de lenguaje es siempre la distancia entre el deseo de la unión plena palabra-cosa y la imposibilidad de llegar a ella. De esto se sigue que el plural está tan lejos de la verdad como el singular, porque la idea misma de verdad es la que emerge como tensión entre un decir que procura la plenitud y la imposibilidad de alcanzarla, de que lenguaje y mundo hagan Uno. 

Entonces, todo parece conducirnos a una destitución de la fantasía (de la construcción discursiva que compone la realidad) para llegar a las cosas en cuanto tales, a las identidades particulares designadas y capturadas en toda su pureza, en su esencia más prístina, por el efecto del plural. Esto es, la fantasía, como la construcción imaginaria que le da consistencia y coherencia a nuestro universo simbólico (a la realidad), parece quedar destituida en y por la acumulación de objetos parciales (las “clases” de masculinidades, de femineidades, de infancias, etc.) como si, a fin de cuentas, no hubiera una posición enunciativa situada forzosamente por encima de esa acumulación, de la yuxtaposición de elementos parciales en igualdad de condiciones, en una relación de mera horizontalidad; esto es, como si la posición desde la que se habla no se saliera de la yuxtaposición y, en consecuencia, adoptara un espacio central en función del cual se dice la propia acumulación (por ejemplo, la posición propiciada por la escritura). Así, el efecto de los plurales es más complejo de lo que podríamos imaginar: llega o puede llegar hasta la disolución misma de lo social, lo que implica la disgregación de las particularidades en territorios propios que reclaman sus políticas estatales en nombre de la invisibilización promovida por el singular. El singular se despolitiza, pero, en su lugar, los plurales no adoptan el lugar universal de la política, sino la multiplicidad de voces que componen las diferentes comunidades, las distintas voces que, más tranquilas ahora, quedan amparadas en la invención de los plurales.  

Ahora bien: ¿qué nos interesa de todo este escueto análisis, que debemos profundizar en instancias posteriores? Principalmente, sus efectos sociales, digamos. Pienso que la pluralización de los sustantivos considerados arriba, además de estar sujeta a o buscar esa esencia y, por lo tanto, subordinarse a lo real de la multiplicidad de identidades, instaura una corrección política que define espacios de legitimación de los plurales y voces calificadas de intolerantes cuando se construye una crítica como la emprendida aquí. De este modo, fácilmente se liquida cualquier discusión, cualquier posible disenso, porque el plural legitima per se una visión esencialista de las cosas que crea sus propios nichos de reflexión y de distribución de la palabra (política o doméstica) y de la economía. Se produce de este modo el escenario adecuado para la proliferación de “políticas focalizadas” (siempre territoriales y territorializantes, tanto en sentido literal como metafórico) que parte de la base de la reducción de las desigualdades y no del axioma de la igualdad. La figura del empoderamiento es, aquí, la vedette de un orden policial que pretende, según se dice, reducir o eliminar la brecha entre los de abajo y los de arriba por el trabajo que estos últimos efectúan sobre la realidad de los primeros. Y entonces toda la sociedad empieza a vivir al ritmo de esos plurales, cuya crítica, decíamos, es siempre sospechosa de autoritaria o intolerante. 


Notas

(1) Eugenio Coseriu, “Sistema, norma y habla”, en Teoría del lenguaje y lingüística general, Madrid: Gredos, 1989, pp. 11-113.

(2) Jacques Rancière, Crónicas de los tiempos consensuales, Buenos Aires: Waldhuter Editores, 2018, pp. 10-11.

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