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La irrupción de Cabildo Abierto (CA) fue la novedad más importante del proceso electoral de 2019. Desde 1989, con la ruptura del Frente Amplio (FA) y la aparición del Nuevo Espacio liderado por Hugo Batalla (2 senadores y 9 diputados), el sistema de partidos no contaba con un cuarto lema de votación tan relevante como la que obtuvo CA: cerca de 269.000 votos, lo que representa el tercer Senado más votado del país, luego del de Luis Lacalle Pou y muy poco por debajo del de José Mujica (283.000 en cifras redondeadas). 

Por Francisco Faig

Con sus 3 senadores y sus 11 diputados, CA se transformó en un socio clave de la coalición de gobierno, con peso similar al del Partido Colorado (PC), que cuenta con 4 senadores y 13 diputados. Sin el apoyo de ambos partidos a la vez, los 11 senadores (contando al vicepresidente) y 30 diputados del Partido Nacional (PN) no alcanzarían las mayorías en Senadores y en Diputados para asegurar la gobernabilidad parlamentaria al Poder Ejecutivo.

Semejante protagonismo, del todo inesperado para un partido que recién se forma en marzo de 2019, ha puesto bajo la lupa a CA. Su figura protagónica es la de Guido Manini Ríos, conductor, líder y principal referente electoral y político de CA (aquí dos buenas entrevistas lo describen: la de Facundo Ponce de León, y la de Elena Risso, revista Galería, 7 de febrero de 2019).

Pero también se ha mirado con atención las trayectorias profesionales y las opiniones políticas de algunas de las figuras de CA que terminaron ocupando lugares destacados en este gobierno: el ministro de salud, sobre todo a raíz de la crisis de la pandemia, y la ministra de vivienda, entre otros jerarcas del Ejecutivo; y varios diputados que, en algunos casos, han defendido posiciones que se salen del mainstream convencional que se ha terminado de conformar luego de 15 años de FA en el poder.

Dentro de ese mainstream, hay un cúmulo de opiniones políticamente correctas y ampliamente aceptadas que cuentan con la legitimidad que ostentan los principales académicos del país y que son amplificadas además por la enorme mayoría de los analistas que se interesan por la vida política nacional. Esas opiniones describen a CA como un partido de extrema derecha, militar en su conformación, sensibilidad y mayor centro de interés, cuyo protagonismo nada bien hace a la democracia, que defiende el legado autoritario de la dictadura, comprometido con la impunidad militar, y alineado a actores internacionales también extremistas como se describe, por ejemplo, al presidente Bolsonaro en Brasil. 

En este sentido, se ha auscultado y amplificado con detalle cualquier declaración de convencionales o dirigentes (por lo general, muy menores) de CA que pudieran generar un atisbo de duda acerca del convencimiento democrático de ese partido, y se ha alertado acerca del peligro de la extrema derecha en Uruguay (por ejemplo, aquí); a la vez que se ha buscado la radiografía detallada acerca de los antecedentes de tal o cual que forma parte de CA (como por ejemplo, aquí), de manera de señalar el peligro de sus estrechos vínculos ideológicos con neofascistas o neonazis.

Sin embargo, en todo este tiempo no he visto ningún análisis de CA que intente comprender cómo fue posible su fuerte irrupción en el sistema de partidos, qué gran conexión logró con un electorado muy amplio, policlasista y extendido por todo el país, qué complejidades presenta su perfil ideológico y político, y cuáles son sus fortalezas y debilidades en una perspectiva de mediano y largo plazo en tanto jugador de primer nivel en la escena política nacional.

Este ensayo buscará analizar todos esos asuntos en dos momentos de reflexión. Primero, definiendo qué es y qué no es CA. En segundo lugar, mostrando qué lugar ocupa y qué papel podrá jugar en los próximos años.

  1. Qué es y qué no es CA

No es fácil formar un partido de la nada y alcanzar de inmediato 269.000 votos en el Uruguay: aquí, los partidos tienen largas trayectorias históricas y perfiles ideológicos marcados; representan a corrientes de pensamiento muy estables de nuestra vida social y política; y cubren con sus distintos sectores y liderazgos un amplio abanico de posibilidades de adhesiones que terminan siempre favoreciéndolos con grandes cauces electorales. Sobre esos grandes cauces partidarios reposan, a su vez, identidades políticas asentadas en décadas.

Cuando el General Manini Ríos mostró voluntad cierta por comparecer en las elecciones de 2019, fue tentado por todos los partidos importantes ya instalados para formar parte de sus filas. Un liderazgo notorio, con una larga trayectoria en el ejército nacional y además con una raigambre familiar vinculada desde siempre a las cosas del país, podía perfectamente integrarse a tal o cual partido, de forma de renovar algún matiz sectorial a la vez que encauzar una novedad personal en los conocidos y probados mecanismos de socialización política ya existentes.

Manini Ríos movió diferente. Se arriesgó al descampado de una formación nueva. Y obtuvo un éxito rotundo. Soy de la idea de que, sin el surgimiento de CA con su identidad novedosa, su perfil propio, y su gran apuesta a plebiscitar un liderazgo distinto y también nuevo con relación a la oferta partidaria no –frenteamplista que ya se entreveía para las elecciones de 2019, la acumulación política que generaron los cinco partidos que terminaron conformando la actual coalición de gobierno no hubiera sido tan exitosa en el mes de octubre (18 senadores en 31; 56 diputados en 99). Por lo tanto, no se hubiera abierto tan claramente la puerta del triunfo a Lacalle Pou para el balotaje de noviembre.

Hay dos cifras mágicas que todo el mundo notó: entre los meses de octubre de 2014 y 2019, el FA perdió 185.000 votos en cifras redondas; y la novedad de CA sacó 269.000 votos. Seguramente hubo trasvases múltiples: por ejemplo, votantes del FA de 2014 que pasaron al PN o al PC en 2019, y votantes de los partidos tradicionales de 2014 que pasaron a CA en 2019. Pero la clave es que algunos estudios que se han publicado (en particular, el de Ferreira y Soravilla del 13 de noviembre de 2019 en El Observador, página 4- 5) muestran claramente que CA logró captar adhesiones en todo el país en desmedro del FA. Mordió electorado izquierdista allí donde ni el PC ni el PN habían logrado, en anteriores oportunidades, seducir con sus candidatos y propuestas. En particular en Montevideo, por ejemplo, resultó que una de las mayores fugas de votos del FA fue en las zonas más deprimidas económica y socialmente, allí donde comparativamente mejor terminó votando CA en 2019.

Así las cosas, la existencia de CA en tanto opción propia y diferente para octubre de 2019 fue fundamental en lo que aquí he definido como una nueva concepción de la acumulación de Borély, que ha implicado una visión distinta de parte de los partidos no- FA acerca del sentido de la competencia y la colaboración propias del proceso electoral de primera vuelta de octubre y segunda vuelta de noviembre. 

En definitiva, la instancia de octubre ha pasado a funcionar como lo hacía la lógica de sublemas partidarios dentro de cada lema antes de la reforma constitucional de 1997.

La acumulación electoral tal como se la concibe actualmente, forjada sobre la base de la apertura de distintas opciones presidenciales en octubre, termina sacando una fotografía parlamentaria que, luego, ya definida la mayoría legislativa con la cual poder formar un gobierno estable, termina sumando adhesiones para noviembre.

Lo que antes se acumulaba en una misma instancia, mediante el doble voto simultáneo al partido y a la persona a la presidencia, hoy se realiza en dos etapas: partidos y presidencias en una primera vuelta en octubre; y luego, en el balotaje de noviembre, el candidato presidencial de la mayoría relativa mayor de la coalición no- frenteamplista en ciernes –en 2019, fue Lacalle Pou-, pasa a ser claramente el líder político y electoral de esa coalición (en 2019, llamada multicolor), y se enfrenta al candidato presidencial apoyado por el FA.

La inteligencia de todos los actores se hizo evidente en 2019. Porque la voz de Manini Ríos nunca dudó del sistema de acumulación al cual se estaba integrando, sino que llegó para reforzar las ofertas electorales que, luego y armónicamente, habrían de sumarse al apoyo a Lacalle Pou en el balotaje. 

Eso permitió a CA existir y hacerse fuerte electoralmente; pero también, al pasar a ocupar un espacio claramente designado como muy derechista por el mainstream comunicacional del país, el perfil de CA corrió tácitamente hacia el centro del espectro ideológico a las opciones de los partidos tradicionales. En efecto, con CA presente, era más fácil para un votante del FA de 2014 politizado, por ejemplo, votar por partidos que ya no parecían tan claramente derechizados, como el PN o el PC, a la luz del discurso y de la imagen que arrojaba el partido de Manini Ríos.

Que todos pudieran ofertar perfiles diferentes para que todos juntos luego pudieran ganar y gobernar: ese fue el objetivo, que implicaba la clara presencia de CA con su discurso propio. El mismo Lacalle Pou, en campaña hacia octubre, llegó a razonarlo en voz alta: era preferible que el PN votara incluso un poco menos que en 2014 (lo que, por cierto, terminó ocurriendo), si con eso se lograba que la coalición multicolor ya entrevista alcanzara una mayoría contundente en ambas Cámaras. Y así fue.

En este esquema, los motivos de las decenas de miles de adhesiones que recibió CA seguramente hayan sido varios. Como lista de ellos, no completa pero sí bastante amplia, están los votos que obtuvo de parte de lo que se conoce como la familia militar, que pudo plebiscitar así a uno de los suyos en elecciones, luego de tres lustros de gobiernos del FA en los que se vio ninguneada y hasta despreciada en el discurso político, en la gestualidad histórica y en la definición presupuestal y económica (sobre todo de sus estamentos más bajos); están los vecinos de barrios populares totalmente sobrepasados por la inseguridad cotidiana, que entrevieron en Manini Ríos al hombre capaz de enfrentar a esa delincuencia feroz; están los que valoraron un perfil partidario y un liderazgo en el que se privilegiaban conceptos e ideas que habían sido relativizados en tiempos de gobiernos del FA – respeto por la Patria y por su historia, consideración por la familia nuclear clásica, compromiso con la probidad en el gobierno, y respeto y reconocimiento por la autoridad, por el premio al esfuerzo individual y por el trabajo honesto -; y están quienes se sintieron traicionados por un balance deficitario del FA en el gobierno, pero que a la vez no eran atraídos por unos viejos partidos tradicionales que no mostraban renovaciones radicales con respecto a 2014, ni en discurso ni en propuestas ni en liderazgos (salvando la excepción, quizás, de Talvi, que de todas formas nunca conectó con un electorado urbano y popular), y que apoyaron a CA en tanto algo nuevo y diferente.

En cualquier caso, todo eso a la vez es el perfil de sociología electoral y de adhesión identitaria de CA. Pero, además, CA logró algo bien difícil para un partido de tan poco tiempo de formación: una inserción geográfica amplia y una representación socialmente policlasista.

Una inserción geográfica amplia. Los 11 diputados de CA no son sólo de Montevideo y Canelones, o sólo del Interior. En circunscripciones populosas, como Maldonado, Rivera y Salto, por ejemplo, alcanzó una representación (también en Tacuarembó). Esto quiere decir que rápidamente tomó una dimensión nacional que, de nuevo, no es nada sencilla de lograr: alcanza con fijarse, como ejemplo contrario, la inexistencia del Partido Independiente (PI) en 2004, 2009, 2014 y 2019 a nivel de diputados al norte del río Negro, para tomar consciencia del gran liderazgo nacional de Manini Ríos, a la vez que de su exitosa inserción local, al menos en varias circunscripciones electoralmente relevantes del Interior.

Una representación policlasista. CA logra contar entre sus diputados, por ejemplo, a un profesor destacado de Facultad de Derecho, Lust por Montevideo; a un joven que nada sabía de política hasta 2019, Cal por Maldonado; a un productor rural, Echeverría por Tacuarembó; a un pescador jubilado, Testa por Canelones; o a una dueña de un local de venta de ropa, Camargo de Rivera. A nivel del Senado, Domenech es escribano, de pasado militante en un grupo decidida y profundamente derechista; y Lozano es un clásico integrante de las Fuerzas Armadas que cuenta con la confianza del líder del partido. Finalmente, Manini Ríos proviene de una vieja familia política de abolengo colorado; hizo sus estudios secundarios en un liceo de élite como el Liceo Francés; abrazó por vocación la carrera militar, con enorme éxito y reconocimiento; y fue formado en Historia por uno de los intelectuales más destacados de su generación, Alberto Methol, que notoriamente marcó el pensamiento geopolítico, histórico, y si se quiere quizás hasta el religioso -católico- del ahora tercer senador más votado del país.

Apenas se da cuenta de toda esta información que describe a CA, se hace evidente que no se trata por tanto de un actor desconocido, caído del cielo, forjado en las sombras, secreto o de oscuras intenciones militaristas y manipuladoras. Más allá del suceso propio de CA en tanto conglomerado nuevo, lo cierto es que es un partido que representa una forma de entender al país, a la política, a la autoridad, al Estado y a ciertos valores vinculados a las relaciones económicas, familiares, laborales y sociales, que está profundamente enraizada en la historia nacional.

Quizás esa visión haya sido opacada o dejada de lado en estos 15 años de gobiernos del FA. Quizá la evolución económica del país, los cambios sociales de la modernidad, y las nuevas perspectivas generacionales o ideológicas hayan relativizado el peso que ella tenía en comparación histórica con otras épocas del siglo XX. Pero sea cual fuere el estado de situación en el que ella se encontró en las últimas dos décadas, lo cierto es que es una visión legítima, arraigada, tenaz, que efectivamente tiene centenares de miles de adhesiones y que, en definitiva, encontró en CA y en su líder una expresión clara y concreta a partir de la cual poder incidir en el gobierno del país. En este sentido, no es casualidad que CA haya reflotado, en formato de semanario, la vieja y tradicional publicación del diario La Mañana, que fue de cierta manera y por décadas un fiel reflejo de esa manera particular de entender el sino del país.

Mirar entonces a CA como una expresión peligrosa de extrema derecha, como lo hace el mainstream por lo general izquierdista en su percepción del Uruguay político, es no solamente simplificador, sino falaz.

CA no es un partido golpista: jamás vi una sola declaración de Manini Ríos favorable al golpe de Estado de 1973, por ejemplo. CA no es tampoco un partido extremista, lo que no quita que sí cuente entre sus cuadros a ex –militares que seguramente no comulguen con la liturgia del FA en la visión de la historia de los últimos 60 años del país. Incluso, en este sentido, es evidente que también cuenta con votantes- simpatizantes, y hasta muy probablemente con decenas de sus dirigentes, que notoriamente no hacen un balance negativo del período de la dictadura militar.

Pero, siendo todo ello mucho y alcanzando con creces para identificar a CA como claramente alejado de la izquierda frenteamplista (a pesar de haber sido fundado por algunos dirigentes que provenían de esa izquierda, y en particular que simpatizaban con el liderazgo del tupamaro Eleuterio Fernández Huidobro o de Raúl Sendic), no es suficiente para definirlo como un partido xenófobo, corporativo, antiliberal en lo político o autoritario en materia de libertad de expresión o de puesta en duda de la legitimidad de la representación parlamentaria pluralista, que todo eso es lo que define clásicamente a un partido de extrema derecha en el mundo.

La identificación ideológica de Manini Ríos en particular, que es la figura clave de CA, no es sencilla de asir si se la quiere hacer calzar en el eje izquierda derecha clásico europeo.

 Pero sí se la puede describir a partir de la siguiente lista que, sin ser completamente exhaustiva, es igualmente bastante amplia: hay una reivindicación nacionalista, que pretende poner en el centro a la autoridad que otorga el pueblo soberano (de ahí el nombre, precisamente, de Cabildo Abierto), y excluir por tanto toda intervención extranjera que incida ilegítimamente en los destinos del país, así sea económicos, políticos, sociales, valóricos, o judiciales; hay una reivindicación tradicionalista, que descree de la idea según la cual el Hombre pueda ser definido desarraigado de su pago, de su tierra, de su pueblo, es decir de la identidad colectiva que da sentido de comunidad y valoración social a su quehacer vital; hay una valoración católica, que mueve una fibra particular de solidaridad y caridad hacia el prójimo, ya sea expresada en iniciativas privadas (que también son moralmente obligatorias desde la perspectiva de la élite clásica de las viejas familias del país, de tierra adentro y vinculadas sobre todo al mundo productivo del campo, de donde proviene Manini Ríos), o ya sea traducida en una organización pública en la que ciertas agencias del Estado tengan un principal protagonismo; está también la dimensión más clásica conservadora, que atañe a valores añejos que hacen al respeto por la familia tradicional – padre (hombre), madre (mujer), e hijos -, por la autoridad legítima bien ejercida, tanto en el ámbito público como en el privado, y por la consideración hacia los más ancianos, en tanto referentes familiares y sociales que precisan de solidaridad; y finalmente, importa la dimensión patriótica, que pasa por respetar y valorar los episodios claves de las gestas que dieron sentido a nuestra identidad nacional, y por reconocernos como integrantes de una Patria propia y distinta a las demás, orgullosos hijos de estas pampas a la vez que alejados de cualquier nacionalismo xenófobo o exacerbado que impida la convivencia en paz, sobre todo con relación a nuestros vecinos, esos que conforman, a la luz del metholiano Manini Ríos, la patria grande integradora en la que se desenvuelve el Uruguay (patria grande que si bien no debiera de reflejar una concepción marxista, del estilo de Jorge Abelardo Ramos, quizá sí conserve un acento hegeliano en tanto manifestación de cierto espíritu histórico). 

En este esquema, que CA defienda la irretroactividad de la ley penal en los casos de viejos militares que hoy en día son juzgados por delitos que algunos fiscales consideran, disparatadamente, de lesa humanidad con tal de meterlos presos a toda costa, no lo hace un partido defensor de la impunidad; que Manini Ríos señale que la extrema izquierda tuvo enormes responsabilidades en la caída de la democracia, hoy tremendamente disimuladas en los textos de historia en los que se forman las nuevas generaciones, no lo hace un neofascista derechista; y que la inmensa mayoría de los cuadros dirigentes de CA no adhieran a la ideología de género, por ejemplo, no los hace necesariamente unos reaccionarios medievales que pretenden quitar derechos a las mujeres.

Así las cosas, este CA que representa bien una vieja forma de entender al país y a la política, que defiende con convicción ciertos valores bien arraigados en la sociedad uruguaya, y que es mucho más complejo ideológicamente que lo que la izquierda en general lo ha descrito, tiene un lugar y una proyección particulares en la política nacional.

  1. ¿Qué lugar ocupa y qué papel tendrán CA y Manini Ríos?

La apuesta electoral de Manini Rios fue fuerte. Ganó. Pero su apuesta política recién empieza: CA ocupa un lugar clave en la coalición de gobierno que importa analizar bien. Para hacerlo, por un lado hay que dejar de lado los lentes izquierdistas que apuestan al fracaso de este gobierno multicolor, y por el otro hay que entender cabalmente lo que significa la gran novedad de este gobierno de coalición.

Hay un par de ideas que forman parte del sentido común ciudadano, prohijado por la lectura izquierdista del país, que no describen bien la situación política actual. 

La primera es que la coalición multicolor corre alto riesgo de romperse. Se cree que este gobierno es parecido a las coaliciones de PN y PC de los años 80 y 90, que se rompían mucho antes del año de elecciones (al menos parcialmente), para desde esa ruptura marcar diferencias con respecto al oficialismo y lograr adhesiones que estaban siendo críticas de las políticas llevadas adelante.

El problema es que ese razonamiento no percibe que con el actual sistema de balotaje, y con la lógica política de acumulación con la cual los partidos no-FA llamados a integrar una coalición alternativa a la de la izquierda–FA están leyendo la primera vuelta de octubre, la diferenciación que implica una especie de tercera posición no tiene ningún sentido.

El asunto es sencillo, fácil de entender, y ya está incorporado en la lectura política de todos los principales líderes de los partidos de la coalición multicolor: los próximos presidentes de la República saldrán de la coalición de izquierda o de la coalición multicolor. Son dos coaliciones que confrontan para llegar al poder. El sistema está polarizado. No hay lugar para un tercero que opere una especie de síntesis llamada a superar esa polarización y lograr así ganar la presidencia. 

La segunda idea que describe mal la situación actual es pensar que conviene a CA y a las aspiraciones presidenciales de Manini Ríos, marcar un fuerte perfil diferente al de la coalición, al punto incluso de forzar una ruptura que termine habilitando un camino propio e independiente del PN y del PC. El problema es que romper la coalición tiene más costos que beneficios: aquel que decida irse y dejar sin mayoría al gobierno en el Parlamento será visto como el responsable de un posible fracaso gubernativo. No será premiado por la mitad mayor del país que hoy se alinea tras la coalición multicolor. 

Más claro aún: aquel que se arriesgue a la estrategia de retirarse del gobierno creyendo que con ese gesto puede seducir a una parte del 39% de los que votaron al FA en octubre de 2019, en realidad no termina de entender que la polarización política es un factor estructural mucho más importante que el voluntarismo de tal o cual partido o dirigente. Y si no le alcanza con el entendimiento teórico, puede ver diáfanamente el experimento práctico del año pasado: allí está la ilustración del PI de Mieres, que hizo campaña negando esa polarización, y pasó de 1 senador y 3 diputados en 2014 a 1 diputado obtenido por restos en 2019.

Entender la gran novedad del gobierno de coalición implica asumir de una vez por todas que no hay terceras posiciones posibles. En concreto: si Manini Ríos quiere ser presidente, su estrategia debe ser la de posicionarse como el mejor abanderado de un gobierno de coalición en el que CA, PN y PC volverán a ser ineludibles socios de gobierno. Lo mismo ocurrirá en 2024, por cierto, con el blanco que gane la interna de su partido, y con el colorado que así lo haga en la suya.

El papel futuro que cumplirá CA dependerá entonces de dos variables claves. 

Primero, la afirmación del partido CA, como una organización propia capaz de posicionarse con mayor visibilidad en todos los departamentos del país, en una lógica de cooperación y competencia con el PN en particular que, de alguna forma, ya se está dando en varias circunscripciones electorales en esta circunstancia de elecciones departamentales de setiembre. Esa organización propia no solamente implica la aparición y consolidación de liderazgos locales, que no se pueden inventar de un día para el otro y que precisan por tanto de raigambre departamental, sino que también debe mostrar ser capaz de contar con cuadros partidarios que estén a la altura de las responsabilidades de gobierno que les tocarán cumplir. 

En este último sentido CA ha mostrado en estos meses ciertas dificultades que pueden ser entendibles en función de haberse formado muy recientemente, pero que no por ello dejan de ser graves. En concreto, el perfil de militar jubilado omnipresente, presto a integrar cualquier organización del Estado, llámese ministerio, ente autónomo o lo que fuere, es clara ilustración de un partido que recibió muchísimos votos pero que no posee la estructura capaz de dirigir el Estado con los perfiles especializados que él requiere. Si se quiere incluso ser más detallista, la militancia histórica de los dos cargos más importantes de CA, es decir, de sus dos ministros, está vinculada al PN, y sobre todo en el caso de la ministra de vivienda, quien fuera activa dirigente de ese partido hasta marzo de 2019.

Se podrá decir con razón que CA no precisa una plantilla muy amplia, porque de todas formas los futuros gobiernos que integre siempre estarán signados por una coalición multipartidaria. Empero, es innegable también que en los cuadros que forman hoy el gobierno y que provienen de CA hay una sobrerrepresentación militar que, claro está, no solamente sesga y limita la amplia y variada visión que se precisa para gobernar un país con inteligencia, sino que además no condice fielmente con la diversa representación social y electoral que efectivamente posee CA. 

En segundo lugar, el rol que cumplirá CA será función del papel que desempeñe Manini Ríos. No hay partido tan dependiente hoy en día de su líder para votar bien y mantenerse en la escena con cierto protagonismo, como CA. Hasta ahora, Manini Ríos ha mostrado entender muy bien de qué se trata esto de la política, con las reglas de juego actuales y dentro del marco de la coalición de gobierno. No hay razón para pensar que todo su excelente manejo sea casualidad, y que a partir de ahora empiece a cometer errores sin parar.

Sin embargo, hay un tema de fondo que deberá encarar con inteligencia: aquello que decía José Batlle de que el que se precipita, se precipita. Si Manini Ríos cree que su destino presidencial es sí o sí y solamente posible en 2024, y se desespera en esa perspectiva, entonces puede que termine apurándose y yéndose por el precipicio. 

No digo que 2024 no sea para Manini Ríos una gran oportunidad electoral. Digo que, si se juega el todo por el todo a ella, sin mirar más allá en el horizonte, entonces ese apuro puede hacerle peligrar todo su proyecto político personal. Atado a ese potencial fracaso, CA puede terminar también fracasando en tanto partido duradero capaz de ser el gran representante de una sensibilidad política profundamente arraigada en la historia nacional. En el pasado, ella estuvo plenamente integrada y con presencia relevante en cada uno de los partidos tradicionales; en el futuro, si CA falla, no debe descartarse entonces que ella vuelva por sus cauces históricos y políticos naturales.

Hay que tener en cuenta de que en Uruguay todo es muy lento, y todo muy envejecido: para un hombre nacido en 1958 y que recién empieza en política, la instancia de 2029, o incluso la de 2034, no son algo que se pierda en un horizonte imposible de alcanzar. Ni para él, ni para el partido que, con coraje, determinación e inteligencia, fundó el año pasado. Seguramente, en tanto hombre culto y conocedor de la Historia, Manini Ríos tenga bien presente para su acción política aquella conocida frase de Carlyle: “la historia del mundo no es más que la biografía de los grandes hombres”.


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