FERNANDO ANDACHT / La efeméride obliga, los signos lanzados también, y ya fluyeron muchísimos desde 2020 hasta acá. Me propuse una misión arriesgada, tal vez imposible: definir qué es, para qué es, cómo es eXtramuros.
CIEN
Y en el reto que me impuse me fue de gran ayuda para entrar en ese asunto difícil de abarcar el ensayo que publicó Mariela Michel en el último número, el de marzo de 2025 sobre un concepto crítico. Su reflexión fue en torno a la negación de una idea para muchos atractiva: “los no referentes”. Parece cortejar el desastre empezar esta travesía por algo negativo, en especial para quienes fuimos estigmatizados como negacionistas, en el tiempo tenebroso de la emergencia sanitaria. Espero demostrar que mi meta es lo opuesto, como lo es, según interpreto, la del ensayo de Michel en la revista. También me apoyan en esta incursión explicativa el lógico Charles S. Peirce, quien aporta una forma de pensamiento que él asegura está en la base de su teoría semiótica, a saber, el Sentido Común Crítico (Critical Common-sensism). Esa noción, aventuro, está en el núcleo de sentido de eXtramuros: el partir de creencias más o menos inamovibles que, no obstante, están abiertas a la duda, al examen riguroso en base a la experiencia, a la imaginación, y al conocimiento especializado. Y completo mi equipaje con dos nociones medievales que Peirce toma de la erudición escolástica: la clase de razonamiento instintivo, más allá de la reflexión o del método: la logica utens; y la otra clase, la que es la utilizada por la ciencia, la filosofía, y por eso requiere rigor metodológico y autocrítica constante: la logica docens. A ese par conceptual, me animé a agregar un tercer tipo de raciocinio: la logica itineris: ni automática o irreflexiva ni académica y formal, ella sirve para explicar cómo funciona la escritura de quienes hacemos eXtramuros. Este raciocinio explorador, fuertemente imaginativo procura ejercer una mirada diferente de lo común, de mucho de lo que es lo aceptado sin chistar. Su finalidad es ampliar el horizonte del pensamiento, alimentar el debate, transitar de ese modo singular el camino abierto por el Iluminismo. Sin ser epidemiólogos, virólogos o biólogos moleculares, por ejemplo, en la revista nos atrevimos a surcar por el ancho y tempestuoso mar de la llamada pandemia covidiana y de sus signos de todo tipo, simplemente porque creímos que había que hacerlo. La logica itineris da un salto que la separa del comportamiento rutinario y habitual, como la mirada distraída con que verificamos el clima para vestirnos. Tampoco recurre de modo central o exclusivo al método científico, de acuerdo al cual “nuestras creencias pueden ser causadas por algo no humano, por una permanencia externa, por algo sobre lo cual nuestro pensamiento no tiene ningún efecto”, como lo caracteriza Peirce (CP 5.384, 1877). Pero tanto el arte como la ciencia necesitan de la imaginación, del derrape imaginativo que nos permite aventurarnos por senderos desconocidos y llegar a conclusiones inesperadas, provisorias, que luego, claro, deben ser verificadas por la mejor evidencia disponible. Tal vez sea mejor que lo diga el lógico que dedicó su vida a formalizar el proceso sígnico mediante el cual tratamos de entender la vida, a nosotros mismos y a los otros:
Cuando un hombre desea ardientemente conocer la verdad, su primer esfuerzo será imaginar lo que esa verdad pueda ser. […] sigue siendo cierto que, después de todo, nada más que la imaginación puede proporcionarle un atisbo de la verdad. Puede contemplar estúpidamente los fenómenos; pero en la ausencia de imaginación, ellos no se relacionarán entre sí de algún modo que sea racional. (CP 1.46, 1896)
En busca de los inencontrables no referentes
“La testarudez es una cuestión de actitud y no una cuestión de principios. No necesita explicaciones y no tiene ninguna excusa que ofrecer. Contentadiza, como es, no eleva la más mínima pretensión de carácter misionario.” (Hans Magnus Enzensberger, 1984, p. 25)
El epígrafe elegido viene de la parte final de un ensayo publicado originalmente por Enzensberger hace más de cuarenta años sobre la decadencia, sobre el declive, para citar parte del nombre de la revista, de los intelectuales europeos de su tiempo. El principal mal que le incomoda al autor es de índole ética: por una cuestión de imagen o de cuidado del sí mismo ellos llevarían hasta la última consecuencia sus ideas o creencias, sin preocuparse en absoluto de las consecuencias que estas podrían tener en el mundo. Enzensberger da el ejemplo de “un joven catedrático de la Sorbona” cuyas clases eran seguidas “asiduamente” por estudiantes extranjeros, como el camboyano Saloth Sar, quien aplicó sus enseñanzas bajo el nombre de Pol Pot, a costa de la vida de quizás dos millones y medio de sus compatriotas.
En contraste con esa tesitura que mezcla ironía y sarcasmo sobre sus colegas, los intelectuales, Enzensberger cierra su texto rescatando la existencia de testarudos como el aún hoy oscuro carpintero Georg Elser, cuya “historia no es material de lectura en los libros escolares alemanes.” Sin apoyo ideológico de sus lecturas ni la colaboración de partido o de agrupación alguna, este modesto artesano a los 36 años montó una poderosa bomba en la cervecería Bürgerbräukeller, en Múnich. Más de un mes le llevó armarla, escondido durante toda la noche, en la cervecería. Era el local donde Adolf Hitler, acompañado por su plana mayor, iba a dar un discurso para sus seguidores nazis de la primera hora. El artesano se cercioró hasta último momento de que el mecanismo trabajosamente montado allí funcionara a la perfección. Y el 8 de noviembre de 1939, Georg Elser tomó el tren hacia Constanza, para intentar huir a Suiza, pero fue detenido a pocos metros de la frontera. Lo que él no pudo calcular es que esa noche, Hitler decidió comenzar antes su discurso, porque tenía gran prisa para regresar a Berlín y culminar los preparativos de la guerra que, con su atentado, Elser quiso detener, al asesinar al líder y a buena parte de la cúpula nazi. De modo anticipado, a las 9.07 partió el Führer, y a las 9.20, exactamente, 13 minutos más tarde, tal como estaba planeado, explotó el artefacto causando ocho muertos y varios heridos. Ese lapso dio el título a un film alemán estrenado en 2015 sobre el intento casi logrado de Elser; demoró más de tres cuartos de siglo la sociedad alemana en llevar a la pantalla su acto, y así volverlo digno de la memoria colectiva de esa nación. La oscura reputación y el tardío reconocimiento del hombre que completamente solo, sin ayuda de nadie, el 08 de noviembre de 1939 intentó matar a Hitler. Desde la política alemana, recién en 2014, la canciller Angela Merkel mencionó a Elser en ocasión de una inauguración en el muy menguado de contenido Centro Conmemorativo de la Resistencia Alemana, en Berlín. Sin embargo, curiosamente, cinco años después, en una ceremonia frente al ejército, la misma política omitió el nombre de Elser, cuando elogió el heroísmo de un militar, el Coronel Claus Schenk von Stauffenberg, por su papel en un intento frustrado de asesinar a Hitler, y dijo esa ocasión: “Hay momentos en que la desobediencia es obligatoria”. La idea es interesante, sólo debió aplicarla a sí misma.

Georg Elser, fotografía tomada en los años 30, del siglo 2
Era la iniciativa absolutamente personal, solitaria, sin más apoyo que su voluntad de detener la inminente guerra europea a como diese lugar, lo que los torturadores de la Gestapo no conseguían entender ni creer sobre la acción acometida por Elser. Una y otra vez ellos insistían en saber si la bomba había sido planeada por el servicio secreto británico o por algún otro grupo político alemán. Lo encarcelaron primero en el campo de Sachsenhausen, hasta que, hacia fines de 1944, fue internado en el campo de Dachau, donde lo asesinaron el 9 de abril de 1945. Ante la inminente derrota alemana, las autoridades nazis se dieron cuenta de que ya no podrían usarlo, como habían planeado, en un juicio fraguado para denunciar la supuesta intervención de Inglaterra en el atentado de 1939. En su libro Hitler (1998), Ian Kershaw afirma que “Pocos habrían aplaudido un intento de asesinato exitoso. Un gran número de personas se habría consternado. Las posibilidades de una reacción violenta, y una nueva leyenda de ‘puñalada por la espalda’, habrían sido grandes.” En un texto más reciente, Enzensberger (2006) opina que “Hay evidencia para sospechar que Hitler y sus seguidores no estaban interesados en la victoria”. Que además de la férrea voluntad de destruir a sus enemigos, “su objetivo real no era la victoria, sino la eliminación, la caída, el suicido colectivo el horrible final. (…) A un enorme costo, él consiguió lo que quería – el perdió.” Por ese motivo, el acto de Georg Elser, el hombre que osó llevar adelante lo que los generales opositores alemanes en aquel tiempo no se atrevieron, hasta hoy no es celebrado: existía esa pulsión de muerte en toda la nación. Su vida, así como su ejecución, y el modo en que lo trató la posteridad ilustran de modo inmejorable la condición de ser un no referente, alguien que pone muy incómoda a la sociedad de su tiempo, y que no despierta el menor deseo de evocar o seguir sus pasos, antes lo contrario, como relata el investigador Kershaw sobre la probable repercusión que hubiera tenido el asesinato de Hitler, aquella noche de noviembre, en 1939.

Dr. Denis Rancourt, antiguo profesor titular de la University of Ottawa
Otro ser humano que se ubica en la antípoda del concepto de referente forma parte de mi primer ensayo en eXtramuros. En “El nada discreto desencanto de la unanimidad”, relato la historia de un muy prestigioso investigador y profesor de física de la University of Ottawa, en la capital canadiense. Su violenta expulsión por las autoridades, a pesar de que Denis Rancourt tenía permanencia y abundantes publicaciones de muy alto nivel científico, fue necesario movilizar toda la máquina institucional para desterrar a como diese lugar a este rebelde con causa. En aquel texto, cité el comentario de un colega de la universidad, cuando le comenté que éramos muy pocos los que íbamos al juicio que le entabló la universidad para destruir a la vez su reputación, su subsistencia y su empleo. La lacónica respuesta que recibí fue tan clara como temerosa: “He pushed the envelope”, traducible como “Él fue más allá de los límites”, o “¡Se le fue la mano!”. Le debería haber respondido con las palabras de Merkel sobre el militar que conspiró sin éxito para matar a Hitler: “Hay momentos en que la desobediencia es obligatoria.” Como ocurrió con Elser, según Enzensberger, cabe describir el motivo de la persecución implacable y expulsión de Rancourt del sistema académico por su obstinada decisión de realizar un cambio sustantivo en el sistema de educación, por defender la libertad de cátedra, en fin, por haber entendido finalmente lo que estaba radicalmente equivocado en ese sistema y querer hacer algo al respecto. Fue su tozudez la que lo convirtió en un no referente. Veamos ahora dos ejemplos tomados del universo de la ficción.

Información sobre el juicio promovido por la Univ. of Ottawa contra Denis Rancourt en el Ottawa Citizen
Me animo a parafrasear a Shakespeare, para contar la alegría con que recibí una insólita invitación de la AUDEPP, una asociación de psicoanalistas uruguayos, “en el invierno de nuestra pesadumbre/convertida en un glorioso verano por el sol de la disidencia”. Me invitaban a ser uno de los comentadores de un texto escrito por la psicoanalista Silvana Hernández, que llevaba el prometedor título “La peste, el otro, el psicoanálisis y todos nos otros”. Afortunadamente, el encuentro del 22 de julio de 2020 fue grabado y subido a YouTube. Del sugerente trabajo de esta psicoanalista, quiero detenerme en el final, porque resume la luminosa exposición que ella desarrolló, en aquellas tinieblas de la sinrazón pandémica en todo el país, y en buena parte del planeta:
“Si aún después de tanto recorrido, ante una crisis o un tormentoso dolor me pidieran consejo o palabra de expertise, o aún, me pidieran quédate en casa, quisiera tener siempre a mano la respuesta de Bartleby, del célebre escribiente de Herman Melville – “Preferiría no hacerlo” (I would prefer not to) – para luego, seguir el diálogo, hacia donde nos lleve.”
No puedo detenerme a comentar en detalle ese relato del autor de Moby Dick, pero sí quiero afirmar que la obstinación con que el misterioso personaje que da el título al texto es una fuerza de la naturaleza. El narrador, un abogado que empleó al copista, no logra entender hasta la muerte de Bartleby, el motivo de su tenaz y reiterada negativa a hacer lo que se le pide. Lo perturba su firmeza inexplicable ante todo pedido, mediante esa breve y contundente frase, “Preferiría no hacerlo”. En su inamovible respuesta negativa no lo tienta la oferta a ir a vivir con el abogado, que en su desesperación, ya no sabe cómo convencerlo de que debe hacer lo que se le ordena, ni lo amedrenta el ser llevado a prisión, donde muere de inanición. Difícil imaginar un personaje que encarne mejor la antítesis de un referente: ¿por qué “preferiría no hacer” nada de lo que se le pide por las buenas y por las malas este hombre hombre melancólico y pálido, que había demostrado un gran talento en su trabajo de copiar documentos legales para el que se lo contrató? De nuevo, aunque la situación es enigmática, retorna la frase de esa política alemana que evidentemente no se sentía muy a gusto al evocar la memoria de Georg Elser: “hay momentos en que la desobediencia es obligatoria”. Aunque nunca sabremos qué llevó al escribiente imaginado por Melville a desobedecer, su obstinación nos impacta, y hace muy difícil imaginarnos emulando su acto de resistencia a todo deseo que no fuera exclusivamente el suyo, junto con su absoluta disposición a pagar un muy alto precio por no hacerlo.
En mi comentario sobre el texto de Hernández, seguramente inspirado por la firmeza del copista, escribí:
“Preferiría no hacerlo, no encerrar mi pensamiento ni mi cuerpo, ni mi capacidad crítica, ni la poca luz que pueda contribuir a producir en esa búsqueda de la verdad en la que todos, de modo inevitable estamos embarcados a nivel planetario.”
Y en aquella oportunidad, el ejemplo de Bartleby el escribiente trajo a mi memoria el de otro personaje ficcional que eligió resistir de un modo solitario que, para la mayoría de los habitantes de su comunidad, era además de irracional, peligroso, no conducente a recibir la protección de la manada:
“¡Ay, soy un monstruo, soy un monstruo! ¡Ay, jamás me convertiré en rinoceronte, jamás, jamás! Ya no puedo cambiar. Quisiera, lo quisiera tanto, pero no puedo. Ya no me puedo ver. ¡Me da demasiada vergüenza! ¡Me defenderé contra todo el mundo! ¡Soy el último hombre, seguiré siéndolo hasta el fin! ¡No capitulo!”
Quien así se expresa es Berenger, el poco o nada virtuoso personaje de la pieza teatral de Ionesco Rinocerontes, mientras observa consternado la metamorfosis de los seres humanos en esas rugosas bestias con cuerno. Como el insignificante escribiente Bartleby, este último hombre afirma que preferiría no hacerlo, que no va a sumarse a esa manada desbocada de rinocerontes que todo lo invade, y él quiere seguir siendo lo que es, lo que siempre fue, un ser humano, aunque el precio es muy alto, le va la vida en ello.

Berenger en una puesta en escena de la obra de Ionesco, Rinocerontes (1959)
¿Por qué traer esos casos reales y ficcionales de no referentes, en un ensayo que se plantea definir esta publicación que ya llegó a cien números? Existe por supuesto el riesgo de volvernos, o de ser vistos quienes escribimos lo que y como podemos en eXtramuros como una suerte de contra-Gach, es decir, un grupo de referentes alternativos, a contrapelo del pensamiento divulgado sin cesar por todos los medios con el apoyo del Estado, la política, la Ciencia, y el siempre creciente miedo ambiente difundido por ellos. Lo que planteamos fue y sigue siendo abrir el debate ausente, o mejor aún, ser un antídoto contra el crimen semiótico y anti-democrático llamado debaticidio. No aspiramos a guiar la vida de nadie, y mucho menos que menos, saltar de las páginas de esta entrega periódica, a un cargo político, a fundar un partido ídem. ¿Por qué? ¿Qué habría de malo en eso? Supongo que nada, nada tengo ni tenemos contra la democracia, pero nuestro objetivo no es el ingreso oblicuo o por algún recoveco a esa clase de actividad.
¿Por qué me importa tanto el que no haya, el que no nos manejemos con esos benditos/ malditos ‘referentes’? ¿No sería pecar de ingenuidad o peor de muy falsa modestia el escribir lo mejor que uno puede para abrir un auténtico intercambio, ese bien tan prohibido, y a la vez negar la vocación referéntica (suena a esperpéntica)? Sostengo que la mayor contribución que realizó en sus cinco años de vida la revista eXtramuros ha sido y sigue siendo el colocarse de modo natural, no por algún mandato o voluntarismo, sino de modo espontáneo en el incómodo y nada atractivo lugar del no referente. Sólo desde ese sitio discursivo y afectivo, ha sido posible el intento concienzudo y obstinado, como el de los cuatro seres que describí arriba, de sembrar la duda razonable, la que fomenta el crecimiento de los símbolos, al decir de Peirce (CP 2.302), porque “sólo pensamos en signos”. No es una elección gratuita o vanidosa el volverse un no referente, sino una necesidad vital para poder pensar con cierta libertad, a pesar de los pesares que eso inevitablemente acarrea, cuando la sociedad es azuzada sin cesar a no pensar con libertad o de modo crítico, a causa del temor que le llega sin cesar, desde todos los lugares de mayor poder y legitimidad.
Quiero dejarle la última palabra de esta sección a Mariela Michel, quien en el final de su ensayo sobre el discreto encanto de los no referentes, nos explica con lucidez la razón fundamental para no admitir o buscar referentes de la disidencia, entre quienes argumentamos que había algo podrido en la Nueva Normalidad, y en todas y cada una de las arbitrarias, inútiles y tóxicas medidas tomadas durante la “emergencia sanitaria”, que por algunos meses no coincidió con la salida al mundo de eXtramuros:
“Por ese motivo, el nombrar referentes grupales, a pesar de cada uno de nosotros pueda tenerlos de modo puntual, desnaturaliza la esencia de un movimiento social que surgió para defender la autonomía y el pensamiento libre a todo costo. Para ello, todos pagamos un altísimo costo social y personal. Lo bueno de tanto esfuerzo es que de la autonomía no se puede volver atrás.”
El tenaz embate de Sentido Común Crítico de eXtramuros
¿Llamas dudar a anotar en un pedazo de papel que dudas? Si es así, la duda no tiene nada que ver con ningún asunto serio. Pero no te engañes; si la pedantería no te ha carcomido toda la realidad, reconoce, como debes, que hay mucho de lo que no dudas en absoluto. Ahora bien, aquello de lo que no dudas en absoluto, debes considerarlo, y de hecho lo consideras, como una verdad infalible y absoluta. (CP 5. 416)
Llegó la hora de justificar el título de este ensayo, explicar por qué afirmo que el ánimo que guia cada número, cada edición de la revista eXtramuros está basado en la filosofía que el semiótico Peirce llamó “Critical Common-Sensism”, el Sentido Común Crítico. Y por eso mismo, se impone una definición de quien emprende ese peculiar camino para razonar, conocer y escribir: “El Crítico del Sentido Común se distinguirá aún más del viejo filósofo escocés [el iluminista Thomas Reid] por el gran valor que concede a la duda, siempre y cuando sea el propio metal noble y de peso, y no una falsificación ni un sustituto de papel” (CP 5.451). Peirce critica sin nombrarlo aquí al filósofo R. Descartes, quien postula la duda como un ejercicio abstracto, no basado en la experiencia. Y el lógico remata esa descripción de quien practica esta forma de buscar el saber diciendo que quien lo haga “sólo después de haber pasado por un examen que puede involucrar un mes entero de arduo trabajo, concluirá que una creencia es indudable” además de reconocer que “algunas de sus creencias indudables puede resultar falsa” (íbid.). Me interesa destacar que aparece la facultad imaginativa en esta caracterización: quien practique el Sentido Común Crítico “se entrega seriamente a la tarea sistemática de esforzarse para examinar sus primeras premisas muy generales, y de desarrollar toda sospecha de duda sobre su verdad, mediante el uso del análisis lógico, y mediante la experimentación en la imaginación” (CP 5.517). Y siendo inseparable del pragmaticismo, la filosofía en la que se apoya la acción de los signos que teoriza Peirce, cabe agregar que sus creencias son comparables con “fotografías compuestas por series continuas de modificaciones de imágenes; estas composiciones están acompañadas de resoluciones condicionales del comportamiento.” (CP 5.517).
Si llevamos estas ideas muy generales a la realidad concreta de la revista eXtramuros, como pretendo hacerlo, se infiere que para armar el contenido de cada uno de los 99 números que precedieron a éste, fueron centrales nuestras creencias indudables, no porque sean dogmas a los que deben aferrarse ciegamente quienes en la revista escriben, sino porque en cada ensayo existe la clase de esfuerzo intelectual y afectivo que combina el examen riguroso de las premisas o creencias sin las cuales nada podría decir o escribir, pero por su naturaleza de ensayo, a diferencia de un artículo científico, de un texto propagandístico, o de una obra literaria, hay también un uso de la imaginación, que es inseparable de la predisposición a actuar de cierto modo. Nada de lo escrito conlleva indicios de ajenidad a la realidad inmediata, por el contrario, en cada texto hay una apuesta insólita, del todo inesperada para Uruguay, por no estar vinculada la escritura a partido político alguno, o a alguna ideología histórica tradicional. Lo más alejado de estos ensayos, aún considerando la diversidad de sus temas y de su estilo, es el ejercicio intelectual gratuito de la duda, porque “la mera colocación de una proposición en el modo interrogativo no estimula la mente a ninguna lucha en pos de la creencia. Debe existir una duda real y viviente, y sin eso toda discusión es ociosa” (CP 5.376). Más que una militancia o proselitismo de la escritura, lo publicado hasta hoy por eXtramuros ha consistido en el desarrollo de un vigoroso Sentido Común Crítico: a partir del saber común, compartido, ni erudito ni esotérico, se procede a examinar lo dado por sentado, en base no a teorías de gran arraigo, al menos no de modo fundamental, sino a la convicción de que toda premisa por aceptada que sea puede ser re-examinada y puesta en duda, pero nunca de modo automático, gratuito. En síntesis, se trata de un delicado balance de la escritura entre lo indudable – por ejemplo, la premisa de que debe haber debates públicos sobre un asunto tan complejo como la pandemia de Covid-19, sin lo cual, se pasa a vivir indefectiblemente en un autoritarismo que apela a lo sanitario para exigir la obediencia ciega y masiva. Esto último fue exactamente lo que ocurrió en el país. Desde esas premisas, la revista abre un espacio ilimitado de conjeturas, de inferencias no gratuitas sino basadas en la observación, en la lectura, en todo lo que nos permite criticar de modo razonable, no paranoico ni dogmático el saber oficial, legitimado por la insólita unanimidad del Estado, de todos los partidos y de la Ciencia designada oficialmente como infalible.
Recurro ahora a una investigadora que retoma la noción peirceana del Sentido Común Crítico como una estrategia adecuada para no incurrir en el dualismo, concretamente, de la tendencia anti-científica woke o del cientificismo. En varios libros y artículos, Susan Haack (2018, 2003, 1999, 1994) reivindica ese principio y le suma otro de igual importancia en la semiótica de Peirce que considero de enorme valor para entender esa travesía de la escritura que fundó eXtramuros, a saber, el sinequismo, el principio de continuidad lógica. Este evita que el pensamiento y sobre todo la investigación en pos de la verdad quede paralizada a causa de estériles y reduccionistas dualismos, pues Haack, como Peirce antes, entiende que detrás de ellos hay siempre una tentativa de aceptar lo inexplicable como una explicación satisfactoria de algún fenómeno: “el dualismo en su más amplio significado legítimo [es] la filosofía que realiza sus análisis con un hacha, dejando como elementos finales, trozos inconexos del ser, esto es en extremo hostil al sinequismo” (CP 7.570).
Así emplea Haack (2003) el sinequismo para desmontar la falaz oposición entre el investigar en ciencia y hacerlo mediante otras muy numerosas formas, que son igualmente válidas, y que describen el trabajo llevado a cabo en eXtramuros sobre cuestiones cotidianas como la televisión de cada día, la inteligencia artificial o la guerra en el mundo actual:
“El respeto por la evidencia, el cuidado en sopesarla, y la perseverancia en buscarla, lejos de ser aspiraciones exclusivamente científicas, son las normas por las que juzgamos a todos los investigadores, detectives, historiadores, periodistas de investigación, etc., así como a los científicos. En síntesis, las ciencias no son epistemológicamente privilegiadas. […] La investigación científica es continua con la investigación empírica cotidiana más común. No existe ningún modo de inferencia, ningún «método científico», exclusivo de las ciencias, uno que garantice la obtención de resultados verdaderos, probablemente verdaderos, más cercanos a la verdad o empíricamente más adecuados.” (pp. 23-24).
En un ensayo que titulé La agridulce y muy ancha grieta del kitsch pandémico, escribí sobre el significado de la decretada Nueva Normalidad, una frase que fue lanzada por el poder ejecutivo el 17 de abril de 2020. Tuvo lugar así la instalación de una enorme zanja, un monumento dualista a la opresión, pues colocó de un lado la vida de siempre, la normalidad, que como tal escapa a todo decreto o voluntad política de alteración, porque la segrega naturalmente la existencia que llevamos, y del otro lado una “una existencia administrada, protocolizada a la sombra de la interminable letanía de un único, monológico y opresor relato vestido de ciencia, de discretos decretos, y de amenazas más o menos veladas y recurrentes.” En ese texto, recurrí al concepto estético de lo kitsch, de lo cursi, aquellos elementos que aniquilan la experiencia estética por su triste búsqueda de un efecto fácil, familiar y de seguro rendimiento comercial o ideológico. Comenté el modo paternal y atemorizante con que programas televisivos infundían la inseguridad y seguramente conseguían aumentar el estrés del televidente, en un absurdo intento de cuidado que ponía en riesgo ese mismo objetivo. Ese es sólo un ejemplo de lo que quienes escribimos en eXtramuros buscamos al observar fenómenos como la flagrante colonización de cada minuto del medio masivo más consumido en pandemia, para ahondar esa inmensa grieta del mundo de la vida. Su estrategia era poner en pantalla a Renzo, un escolar del interior de 6 años, para que nos enseñase a lavarnos las manos muchas veces, y asegurarse así de que la normalidad no volvería nunca, como lo dijo el presidente el día que con entusiasmo le dio la bienvenida al nuevo tiempo pandémico para el que no habría un día después. En el mismo ensayo, me detuve en la noticia que dio un informativo durante la Semana de Turismo de 2020, en el que mostraba con inocultable orgullo e indignación cómo se desplegó un gran operativo policial para expulsar del Océano Atlántico, en la costa de Rocha a varios surfistas. Quizás había el temor de que contaminaran la fauna marina, en la peligrosísima incursión al aire libre de esos deportirstas. Lo cierto es que tiempo después, para demostrar que habían aprendido su lección, un representante de la Unión de Surfistas del Uruguay difundió un video en las redes, donde manifestó su profundo arrepentimiento por haber transgredido tan brutalmente la norma no escrita de afectar las aguas oceánicas por contribuir a diseminar el temible Sars-Cov-2, en el medio acuático.
Defiendo la idea de que los ensayos mencionados y los de mis colegas pueden y deben considerarse genuinas investigaciones, ya que fueron hechos desde la posición no explícita pero real del Sentido Común Crítico, la que adoptó Peirce como base filosófica de la semiótica, inseparable del pragmaticismo, según el cual, debemos buscar el significado de un concepto complejo, la pandemia, por ejemplo, en el comportamiento (CP 4.539) al que conduce su aplicación, inseparable de su interpretación. Sostiene Peirce que “el significado racional de toda proposición reside en el futuro”, y agrega, “porque el comportamiento futuro es el único comportamiento que está sujeto al auto-control” (CP 5.427). Se trata pues de la unión de la acción de los signos y nuestra acción en el mundo, ya sea imaginada, preparatoria de lo que haremos, ya sea efectivizada en determinado contexto. Muy distante del positivismo o del conductismo, el pragmaticismo atribuye importancia central a la experiencia y al modo en que lidiamos con ella mediante el uso de diversas clases de signos, que están en continuidad con la vida, aún si se admite el falibilismo, es decir, el inevitable error en nuestra interpretación del mundo y de nosotros mismos en éste.
La productiva y libre entrada de la logica itineris en eXtramuros
Si ya existen dos métodos o abordajes del razonamiento, el automático o irreflexivo producto del hábito, de las rutinas que facilitan la vida notablemente, pues no requieren un esfuerzo intelectual y afectivo, la logica utens, por un lado, y el riguroso, autocrítico abordaje del raciocinio que es característico del campo de las ciencias, la logica docens, por el otro, ¿para qué agregar un tercero? Intento al final de mi ensayo probar que esta tercer imprescindible modalidad del pensar e interpretar, la que bauticé como logica itineris, un método que toma un camino exploratorio, desde donde se vuelve posible contemplar el mundo de la vida de otro modo, y descubrir así lo nuevo, lo inesperado. Por supuesto, se trata de un abordaje conjetural, que favorece la generación de hipótesis, de posibles explicaciones descartables, pero esenciales para enfrentarnos a un fenómeno problemático, como las políticas sanitarias y terapias adoptadas durante la “emergencia sanitaria” de 2020, y tratar de entender su real alcance, más allá de la poderosísima campaña de propaganda política y científica desplegada.
Voy a presentar ahora las definiciones de estas dos modalidades de pensar y actuar para adaptarse a la realidad postuladas por Peirce. Para ese fin, utilizo un útil resumen de ambas de Pietarinen (2005):
La [logica] utens apela a la imaginación, a la experimentación, a la representación icónica de los objetos del pensamiento. Es el ojo de la mente que sugiere construcciones generalizantes e introduce nuevos elementos a las cadenas de razonamiento, mientras que la [logica] docens reflexiona y explica cómo deben funcionar tales procesos mentales a efectos del descubrimiento y la investigación positivos. […] La logica utens remite a un principio que todos deben aceptar. Inconsciente en esencia, no es controlable por la mente activa, reflexiva y consciente de sí misma. (pp. 359-361)
Le paso ahora la palabra a quien retomó estas ideas escolásticas, al propio Peirce, quien define estos términos así:
Ahora bien, una persona no puede realizar el más mínimo razonamiento sin tener algún ideal general del buen razonamiento; porque razonar implica la aprobación deliberada del propio razonamiento; y la aprobación no puede ser deliberada a menos que se base en la comparación de la cosa aprobada con alguna idea de cómo debería aparecer tal cosa. Todo razonador tiene, pues, una idea general de lo que es un buen razonamiento. Esto constituye una teoría de lógica: los escolásticos la llamaban la logica utens del razonador. (CP 2.186)
Tal clasificación de argumentos, antecedente a cualquier estudio sistemático del tema, se llama la logica utens del razonador, en contraposición al resultado del estudio científico, que se llama logica docens. Aquella parte de la lógica, es decir, de la logica docens, que, partiendo de presupuestos tales como que toda afirmación es verdadera o falsa, y no ambas, y que algunas proposiciones pueden ser reconocidas como verdaderas, estudia los elementos constitutivos de los argumentos y produce una clasificación de los argumentos (CP 2.204-2.205)
Argumento aquí que sin negar o minimizar la incidencia evidente de lo que ya sabemos, de lo que no dudamos para poder escribir sobre algo, el instrumento cognitivo que Peirce llama logica utens, el raciocinio prático sin el cual estaríamos perdidos, el rasgo distintivo de muchos, quizás de la mayoría de los ensayos producidos para publicarse en eXtramuros, radica en ese método de pensar libérrimo, en la logica itineris, que elige transitar un camino aún no hollado, para dejar que la mente sea impulsada por la imaginación, por un juego muy peculiar que Peirce describe con el nombre de musement, que traduje como “derrape imaginativo”, y que él caracteriza como una forma de pensar “agradable”, semejante al ensueño, al soñar despierto (reverie):
De hecho, es Puro Juego. Ahora, el juego, todos sabemos, es un ejercicio muy vivaz de nuestros poderes. El Juego Puro no tiene reglas, excepto esta misma ley de la libertad. Sopla por donde quiere. No tiene otro propósito que la recreación. La ocupación particular a la que me refiero [..] puede adoptar la forma de la contemplación estética, […] o la de considerar alguna maravilla en uno de los Universos, o alguna conexión entre dos de los tres, especulando sobre su causa. La llamaré «derrape imaginativo» (Musement).” (CP 6.458 – los “Universos” a los que Peirce se refiere son la Cualidad, el Hecho, y la Generalidad, las tres valencias en que analiza todo fenómeno, y de las que deriva las clases de signos, F.A.)
Henri de Montaigne, quien inauguró el género del ensayo, escribió sobre la publicación de los suyos, que llevaban ese simple título: “Yo mismo soy el asunto de mi libro.” No pretendo emular a este excepcional escritor, pero para terminar mi ensayo, quiero dar algunos ejemplos del resultado de emprender ese juego imaginativo que recomienda Peirce. Como verán, tiene elementos de humor, lo cual no disminuye su valor de investigación, de búsqueda de la verdad desde la logica itineris, el camino conjetural para buscar la respuesta tentativa de un fenómeno problemático.
En sendos ensayos de 2020 y 2022, sobre la pandemia y sobre la guerra en Ucrania, utilicé la noción de “tetanización” del pensamiento. Esta expresión metafórica, basada en los espasmos musculares que produce la bactería del tétanos, me sirvió para relatar del modo más vívido posible el estado de la población sometida al salvaje e ininterrumpido ataque mediático sobre el letal peligro de la pandemia de Covid-19, o sobre el relato parcial y en buena medida falso relativo al origen de ese conflicto bélico europeo. Otra instancia de ese camino conjetural de naturaleza icónica, pues depende en buena medida de la imaginación, aunque no prescinde de la evidencia disponible, es el acrónimo “IPIP”, el efecto de Infantilización Progresiva e Irresistible de la Población causado por una descarga despiadada de terror sanitario a través de todos los medios, a la que contribuyeron médicos, políticos, y expertos varios, siempre los mismos, en sus recurrentes visitas a los estudios de televisión, en todo programa informativo para desinformar más y mejor. Acuñé ese concepto en mi primer ensayo de eXtramuros. Y cercana a esa idea, propuse la de “mitologías en la pandemia anestésica” ,en febrero de 2021, en un texto cuyo evidente objetivo mal camuflado del vacunar indoloramente a bebés y niños pequeños, preparaba a la población para que acudiese en masa a darse la ya muy próxima vacuna de plataforma génica (ARNm), por aquellos días. También en ese ensayo inaugural, propuse la frase “Nuevo Decálogo” para poner de manifiesto mediante el humor absurdo no sólo la irracionalidad de la represión estatal de los surfistas, sino también lo ridículo del subsiguiente acto de contricción grabado y difundido por los deportistas acuáticos que habían osado surcar el Atlántico en aquella semana de turismo de 2020.
No podía ignorar en mis ensayos, por cultivar yo mismo una forma de humor textual, a una de las poquísimas voces locales que desde un personaje de bufón radial, que, entre otros asuntos pandémicos, criticó en uno de sus espacios a “la Sopa Uruguaya de Pediatría”, en alusión a la Sociedad Uruguaya de Pediatría, por su inexplicable posición relativa a la imperiosa necesidad de vacunar a los niños, sin hacer mención alguna de los posibles daños infligidos a ese grupo etario, sin considerar los efectos secundarios que podría causar la vacuna experimental en una población que, la evidencia disponible mostraba ya en aquel momento, eran la menos propensa a contraer el virus covidiano. A diferencia de quienes escribimos sobre este tema en la revista, Darwin Desbocatti, pues de ese cómico radial se trata, en otra columna, una semana después, se retractó e inventó el término “empacón”, para describir al adulto sensato que debe aceptar sin chistar la frustración de ignorar ese riesgo sanitario, y llevar de todos modos a sus niños a vacunarse, para que su hijo, lo cito textualmente, “me vea perder, para que entienda lo que es el mundo adulto. Porque la lección humana que hay atrás de eso es mucho más importante que cualquier disfunción que pueda generar el líquido de la vacuna.” Con ese mensaje de desesperanza, y notoria ambivalencia, si recordamos lo que había dicho días antes sobre la SUP y su indiferencia hacia la salud infantil, redondeó el cómico su rutina. Debo agregar, sin embargo, que en otro ensayo me ocupé de otra de sus columnas críticas de la política sanitaria que no fue seguida por esa suerte de violenta marcha atrás en las objeciones planteadas.
Más allá de la real posición de un ser de ficción, algo muy difícil de juzgar con algún grado de corrección, porque el pesado velo de la ficción guionada se interpone, quiero señalar que lo más relevante de este caso es el buscar en lugares del sentido donde no buscaron ni la logica utens – que se limitaría a reír o sonreir, con lo dicho por el comediante – ni la logica docens, que haría un sesudo artículo científico sobre las estrategias semióticas desplegadas por Darwin Desbocatti. Esa elección de material poco serio, en apariencia, para comprender un fenómeno de la mayor seriedad como las políticas sanitarias de la pandemia de Covid-19, es una típica instancia de la logica itineris, el camino conjetural que no subestima ni sobrevalora ningún fenómeno en su búsqueda en pos de entender cabalmente el fenómeno abordado.
Concluyo aquí esta veloz y muy incompleta revisión del trayecto recorrido por la centena de números de la revista eXtramuros En primer lugar, creo esencial destacar la ocupación ni orgullosa ni desilusionada del rol de no referentes por parte de sus responsables. No se trata de una voluntad o de un denodado esfuerzo por serlo, sino del resultado natural, diría inevitable de la clase de escritura que publica regularmente la revista. Además afirmo que su proceso de escritura puede describirse, entre otras cosas, claro, como el ejercicio del pensamiento que el semiótico Peirce llamó Sentido Común Crítico: el asumir la certeza de creencias indudables, que en el examen cuidadoso de los signos producidos puede convertirse en una duda productiva, y permitirnos así avanzar hacia lo que aún desconocemos. Por fin, propuse el uso de un recurso semiótico utilizado en eXtramuros que denominé la logica itineris, a saber, una forma de raciocinio que no es ni instintiva o automática, como la que utilizamos a diario, de forma distraída, en nuestra vida práctica, ni tampoco el concienzudo razonamiento en el que se basa el método científico para investigar y luego compartir sus hallazgos con la respectiva comunidad de pares. La escritura que resulta de aplicar la logica itineris en eXtramuros, el explorar el sendero conjetural, que genera hipótesis, y algo fundamental: la posibilidad de una mirada distinta de lo ya conocido. Esa hipótesis podrá o no verificarse después, si disponemos de suficiente evidencia confiable. No obstante, sin el salto incierto desde el saber cotidiano, uno que no llega al territorio científico, no imagino que podría existir una publicación como ésta. Esa disposición a actuar según estos tres parámetros, reitero, ocurre de manera libre, no se encuentra en ningún libro de estilo, y mucho menos es un mandato de las autoridades extramuranas. Simplemente, son las características que, entiendo de modo obviamente falible e incompleto, nos han traído hasta este centésimo número de eXtramuros.
Referencias
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Haack, S. (2018). The world and how we know it. Stumbling towards an understanding Estudios Filosóficos. LXVII, 549-561.
Haack, S. (2003). Defending science — within reason. Between scientism and cynicism. New York: Prometheus books.
Haack, S. (1999). Defending science — within reason. Principia, 3 (2), 187-211.
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Hernández, S. (2020) La peste, el otro, el psicoanalista y todos nos-otros – (texto escrito en abril de 2020, disponible en: https://aupcv.org/wp-content/uploads/2020/07/s-hernandez-27-05-la-peste-el-otro.pdf. Enlace a la discusión del texto organizada por Asociación Uruguaya de Psicoterapia Psicoanalítica (AUDEPP) en YouTube. La grabación comienza en el minuto 17: https://www.youtube.com/watch?v=IldTDK5u8CI
Kershaw, I. (1998). Hitler. New York: Penguin books.
Peirce,C. S. (1931–1958). The Collected Papers of C. S. Peirce: Vol. I–VIII. C. Hartshorne, P. Weiss & A. Burks, (Eds.). Cambridge, MA: Harvard University Press. Cito de modo convencional esta obra: x.xxx, que corresponde al volumen y párrafo.
Pietarinen, A-V. (2005) Cultivating Habits of Reason: Peirce and the Logica Utens versus Logica Docens. History of Philosophy Quarterly, 22 (4), 357-372


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