ENSAYO

Por Mariela Michel

Las cifras relacionadas con los fallecimientos por cualquier causa entre 1997 y 2021 informadas por el MSP, han sido discutidas en el número anterior de esta revista. A partir de un análisis cuidadoso, el texto de Luis Anastasía concluye que son números alarmantes y que colocan al Uruguay “al nivel de los peores países del mundo”, y su conclusión está apoyada en la sólida base de la estadística, que es una base confiable para sustentar el pensamiento científico: 

“… el valor del total de muertes de 2021 comparado con la serie 1997-2020 como línea de base, el índice z es 8. Euromomo define que un valor de z entre 7 y 10 es un alto exceso de muertes.”

Cifras alarmantes requieren explicaciones tranquilizadoras. Procesar para entender las causas no es un asunto de simple curiosidad, es la única forma de prevenir la repetición de situaciones similares en el futuro. No podemos decir, lo que pasó, pasó, el pasado está muerto y enterrado, ahora miremos hacia delante. Mirar para adelante requiere hacer las paces con quienes ya no están, y también con nosotros mismos, para poder darles una digna sepultura. Para eso, es necesario explicarles y explicarnos qué fue lo que les sucedió. 

Los datos proporcionados por el MSP como respuesta a una solicitud formal del ciudadano Nicolás Souto son insuficientes para poder dilucidar con precisión las causas de ese impactante aumento numérico en el año 2021. Sobre el procesamiento de estos datos incompletos realizado por Luis Anastasía y Agustina Roca, el asiduo colaborador de esta revista Salvador Gómez llega a algunas conclusiones preliminares que son aún más alarmantes. Son impactantes justamente por la falta de información sobre algo que es literalmente de ‘vital’ importancia. Impacta ese silencio que deja un sabor amargo, un retrogusto a desprotección. Esta vez se siente un desamparo no aprendido. A diferencia del desamparo aprendido – un concepto asociado a la negligencia de las figuras cuidadoras en los casos de abuso infantil –  los adultos hoy experimentamos, quizás por primera vez, la negligencia de quienes se comprometieron profesionalmente a ejercer funciones de cuidado, y que se atribuyen el rol de velar por la salud y el bienestar de la población.  Todos aquellos que hasta ayer poníamos nuestra salud en manos de médicos, de asesores científicos y de autoridades sanitarias con confianza recibimos ahora una respuesta evasiva.  Esto es gravísimo justamente porque estos números no son apenas números. Por experiencia personal, sé que cuando alguien muere de una causa inexplicada deja una estela de incertidumbre ominosa que permanece siempre asociada a esa abrupta e incomprensible, y por eso violenta, desaparición; una estela que permanece por el resto de nuestras vidas.  

Intentaré aquí colaborar con la tarea de interpretar los datos, para contribuir con el necesario proceso de duelo colectivo, para que podamos aceptar su muerte en paz con nuestra conciencia. Si detectamos la causa de su muerte, la culpa ya no será nuestra. Nosotros necesitamos darles su merecida sepultura, y ellos necesitan dejar de estar en el limbo destinado a los muertos-vivos, deambulando sobre desmesurados signos de interrogación. Sus cuerpos están en silencio, pero su muerte inexplicada es un clamor estridente, un grito que no nos deja ignorarlos, un sentimiento de incompletud que interfiere con nuestro pospandémico deseo de vivir nuevamente, un deseo legítimo que no puede crecer entre los habitantes de este país que aún no sale de su asombro. 

Modelos explicativos en el área de la salud

Cuando fui profesora del curso Aspectos psicosociales de la Salud (PSY3706) en la Universidad de Ottawa, pude conocer el desarrollo de los modelos explicativos en el área de la salud. La estructura básica de esos modelos se basa en la relación de causalidad entre variables independientes (precursores), variables intermediarias (moderadoras del impacto) y variables dependientes. Los modelos luego se complejizan por fenómenos de retroalimentación, por ejemplo, pero la estructura básica es una relación causal entre variables. En este caso, el exceso de muertes por toda causa es una variable dependiente que tiene como precursora, por ahora, un signo de interrogación y algunas hipótesis con elevado nivel de plausibilidad. Lo que con seguridad ha sido descartado por razones estadísticas es una variación por el azar. Existe una relación de causalidad que en este momento las autoridades sanitarias, médicas y científicas dejaron en una nebulosa.  Cuando la confusión empaña el pensamiento, todo aquello que se dibuja en la niebla y se vuelve visible, es una luz, a pesar de que la veamos como un foco oscuro y entristecedor.

En la espesa niebla, algunas luces oscuras se vislumbran

Del análisis de los datos proporcionados por MSP, han surgido al menos dos afirmaciones claras y contundentes. Por un lado, hubo un exceso de fallecimientos no explicados durante el año 2021, y por el otro, de modo complementario, no hubo aumento  durante el 2020. La hipótesis de que el virus haya sido el causante de la variación queda significativamente debilitada por la conjunción de estos dos datos. La página de la CNN bajo el titular: “Cronología del coronavirus: así empezó y se ha extendido por el mundo el mortal virus pandémico” marca como fecha oficial para el surgimiento del que hubiera sido bautizado inicialmente por la OMS 2019-nCoV, el 31 de diciembre de 2019. A partir de ese día fatal, comienzan a informarse muertes causadas por esa criatura que habría malnacido en un pesebre repleto de pescados tendidos inertes y uniformemente distribuidos en un . 

mercado de Wuhan. Durante el temible mes de enero del 2020, la cronología describe lo que su titular anuncia: su fulminante extensión por el mundo y el tendal de muertes que va dejando a lo largo de su desplazamiento global

Mientras tanto, en el apacible país que habitamos al borde del Río de la Plata, la curva de muertes por cualquier causa mantuvo la tendencia de los años precedentes. Permaneció estable, in-variable, a pesar de que hasta el 13 de marzo todos los vuelos mantuvieron el tránsito con aquellos países en los que este recién nacido ya había tomado proporciones espeluznantes. Se mantuvo constante a pesar de que el carnaval de Rio de Janeiro lo distribuyó a diestra y siniestra; a pesar de que todos los carnavales de la región celebraron el contacto físico, la respiración compartida a viva voz, el sudor, los picos de botella, los cigarrillos y los hoy tan temidos abrazos; a pesar de la circulación boca a boca de aquel entrañable y vigorizante signo de amistad con bombilla; a pesar de las fiestas clandestinas con hasta 600 participantes denunciadas y de las no denunciadas. Durante todo el año, esa testaruda curva se mantuvo firme. Una de las dos afirmaciones de la frase  “así se expandió el mortal virus pandémico”, que narra el derrotero inicial del pequeño SARS-Cov-2, demostró ser falsa. O el virus no se expandió por el mundo, es decir, el virus no es contagioso, o el contagio no fue mortal, al menos durante el año 2020. 

El silencio interrumpido por un grito estridente

Y así llegamos al tenebroso 2021.  Podemos consignar como variable independiente al Covid19. Sin embargo, si no lo fue en el 2020, luego de dos meses de libre circulación y contactos estrechos, y de un año con frecuentes violaciones a las medidas sanitarias, es factible concluir que no es la variable adecuada para explicar el exceso de muertes.  Si, de todos modos, la proponemos como candidata, los datos registrados en esta revista indican que aún si descontamos las muertes atribuidas al Covid19, resta un excedente sin explicación. Incluso en esta categoría, sería necesario descontar también a aquellos que recibieron alguna dosis, porque este hecho transformaría este elemento introducido en su cuerpo en un factor a ubicar entre los posible precursores de muerte. 

No hay forma de acallar a los muertos no sepultados. Los números por sí solos son mudos, pero sus cuerpos inertes son elocuentes. Ellos nos siguen recordando que en este caso no hay aún verdad, y si no la hay, tampoco hay justicia. No es posible negar que la vacunación contra la Covid19 fue una de las variables más notorias del año 2021. Si esta no fue la causa de las muertes no explicadas, ellos y nosotros necesitamos una explicación. Los muertos y los sobrevivientes necesitamos variables independientes, porque por ahora no las encontramos. Quienes apoyados en su jerarquía social, sea ésta por la autoridad de su cargo estatal, sea por la que se atribuyen en calidad de asesores científicos, o por su condición de médicos que recomendaron públicamente la vacunación generalizada, ahora deberían hablar.   Fueron tan locuaces durante el 2020, que su silencio en el 2021 no pasa desapercibido. Quizás por eso, los anuncios de un nuevo comienzo, del retorno de una incipiente pandemia con origen en otro animal, parecen ser un desesperado intento de pasar la página, y así saltearse el final macabro de aquel cuento diabólico que comenzó en Wuhan.   Mientras permanezca su silencio, éste solo podrá ser interpretado como una evasión frente a la responsabilidad que asumieron, un gesto de cobardía y un signo de que su consciencia está turbia, perturbada por la culpa. 

El también ignorado grito de los inocentes en el 2020

Si las cifras del 2020 no reportaron un incremento de los fallecimientos en la población general, si observamos algunas noticias que aterrizaron en los medios de modo fugaz, escuchamos un alarido desgarrador emitido por aquellos a quienes con mayor conocimiento de causa podemos llamar inocentes. Para calificar la información sobre el aumento de suicidios en adolescentes en 45%, durante ese año, la palabra ‘alarmante’ se vuelve insuficiente. Ese grito aturdidor requiere un tratamiento aparte por su dimensión y por el tiempo que nos llevará como sociedad procesar el dolor que esta cifra de dos dígitos produce. Es necesario detenerse en la historia de una tragedia que fue largamente anunciada por todos los estudios e investigaciones psicológicas y médicas realizadas a partir de marzo del 2020. 

El cándido protagonista de este cuento de hadas no ha vuelto a casa

Estas dos variables independientes pueden reunirse en una sola, ya que ambas forman parte de las medidas sanitarias. En otras palabras, si el león no fue tan fiero como lo han pintado, las medidas sanitarias no han sido inofensivas. Por el momento, no he podido encontrar otras variables que ocupen el casillero del diagrama de este modelo explicativo diseñado para ubicar a los precursores de esta anómala variación dependiente. En este caso, se trata de una variable que ascendió hasta llegar a un constituirse en un “alarmante exceso”. Si alguno de los lectores concibe una hipótesis alternativa, sería muy bienvenida su aporte. Mientras tanto, el casillero está ocupado por cifras reguladas globalmente por una sola perilla.  Nosotros aún no podemos festejar la pospandemia. El cuento de hadas que tuvo la actuación estelar de aquella criatura feroz engendrada en Wuhan y de una varita mágica salvadora no tuvo final feliz. En el momento de la felicidad y las perdices, las voces mediáticas celebratorias se empeñan en cubrir las ausencias con un manto de olvido.  Pero las matemáticas se empeñan en aguarles la fiesta. Los números no cierran. Y detrás de ellos queda un vacío imposible de llenar con palabras huecas. 

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