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Cuando una civilización entra en una fase tal de su decadencia que comienza a suicidarse, luce como lo que estamos viendo en Estados Unidos estos días de junio y julio de 2020. 

Por Aldo Mazzucchelli

La “decadencia de Occidente” como la llamó hace más de un siglo Oswald Spengler, y antes de él Nietzsche -y antes de ambos la vio entera en su necesidad Hegel-, fue analizada también por historiadores como Toynbee y como Carroll Quigley, a quien no por casualidad venimos traduciendo y publicando en folletín en esta revista. Quigley anticipó, y viene avisando desde 1966, lo que ahora pareciera estar pasando. Una civilización entra en decadencia cuando “aparece, por primera vez, una debilidad física y moral que plantea, también por primera vez, preguntas acerca de la capacidad que tiene tal civilización para defenderse contra sus enemigos externos” -escribe Quigley. “Diezmada por las luchas internas de tipo social y constitutivo, debilitada por una falta de fe en sus antiguas ideologías, y por el desafío de ideas nuevas incompatibles con su naturaleza pasada, la civilización se va debilitando, hasta que enemigos externos la hunden, y eventualmente desaparece.”

Por más que una historia que emplee unidades tan vastas como “civilización” siempre ha sido polémica entre historiadores de tono más positivista o economicista, la decadencia de una cultura se trata de un proceso bastante conocido. Si la cultura occidental ha venido a resumirse finalmente en la cultura mainstream norteamericana, cuyo cine, música, tecnología, entretenimiento y “academia” son influyentes en todas partes en el mundo atlántico, lo que estamos viendo parece ser testimonio del carácter terminal que ha adoptado. Si no cambia dramáticamente, acaso estemos viendo el fin de esa particular historia. 

No terminará la historia en el sentido de sucesión dialéctica de hechos encadenados sobre los que se puede elaborar un sentido narrativo. De eso hay para rato, especialmente porque la humanidad no termina donde cesa de haber sucursales de Walmart. Pero sí termina, si de lo que estamos hablando es del fin de una narración en particular. Para decirlo más específicamente, del fin de la posibilidad de que una narración siga teniendo algún sentido. Esa narración habría sido el liberalismo y la modernidad occidentales, culminación del individualismo socrático que buscó “conocerse a sí mismo”. Es el fin también de la igual dignidad de todos los seres humanos ante un punto de referencia externo y trascendente a todos ellos -Cristo o sus subrogantes. 

Ambas cosas vienen siendo sustituidas a grandes zancadas. Los individuos, por las identidades colectivas. Y la dignidad intocable e igual de cada uno de ellos, por los derechos de unos grupos sobre otros. Cuando un movimiento como “Black Lives Matter” proclama que le interesa proteger la vida de los negros, pero ignora activamente el asesinato de David Dorn, ciudadano negro y policía retirado, muerto el 2 de junio de 2020 en St Louis por saqueadores, sabemos que a Black Lives Matter le importan un bledo los derechos de todas las personas. No consideran, ellos ni quienes repiten su línea hoy en el mundo entero, a todos los ciudadanos por igual: solo les interesan aquellas vidas que pueden usar políticamente.

Este escrito no defiende ningún punto de vista religioso, pero sí llama la atención acerca de los problemas que advienen cuando se niega activamente toda posibilidad de trascendencia, como el cientifismo y la ideología mainstream actual lo hacen. Cuando se elimina una fuente trascendente de legitimidad, uno está en problemas, porque todas las demás legitimidades concebibles pasan a ser cuestión de más o menos. Se han hecho y se harán infinidad de críticas a la proposición de un punto externo y trascendente de esa clase, llamándole truco retórico de los poderosos, mecanismo para meter miedo y mantener controlada a la gente, y similares. Sin embargo, si Dios no existiera, habría que inventarlo, porque en ausencia de ese punto de referencia externo, el hombre moderno occidental ha descubierto que todo da, estrictamente, lo mismo, y no parece haber ninguna cantidad de teoría o conversación que solucione el vacío creado.

Después de liquidar a Dios, hemos ido intentando hacer funcionar algunos suplentes. Serían la Ciencia, el Hombre (o la Humanidad), y con menos gloria cada vez, el Contrato Social o la constitución de un país u otro. Luego de habernos montado dos guerras mundiales viciosamente genocidas -más el experimento de Stalin en los treinta-, estuvo claro que el asunto de dar legitimidad laica a asesinos masivos no estaba funcionando. Pero como a Dios no se lo pudo resucitar, coincidentemente con la desilusión existencialista, todo derrapó en algo parecido a una transa en un mercado abstracto: los Derechos Humanos, y más tardíamente las ONG como formas simbólicas de seguir transfiriendo recursos de quienes los generan a los detentores morales del derecho a despilfarrarlos, hasta terminar al fin en cosas raras que jamás en la historia del planeta tuvieron dignidad de nada salvo como generadores de violencia arbitraria: el estado de ánimo de un grupo, la identidad herida de los miembros de una tribu, o un cuerpo que se invoca a sí mismo. Del cuerpo de Cristo avanzamos hasta llegar a la kuerpa mía. El problema es que mientras el cuerpo de Cristo era un símbolo con el poder de convocar a todos los cuerpos sin excepción, la kuerpa mía es un diábolo que convoca al enfrentamiento y destrucción del otro. No se por qué. Acaso porque no tolera su abandono del sentido, y ese otro me hace notar, en su carácter de despavorido espejo, que no tenemos nada real por lo que vivir, ni mi otro ni mi yo. 

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El suicidio de la civilización atlántica viene de la mano de un cambio notable en los contenidos de su mainstream. Para definir mainstream habría que escribir una nota aparte. Deberá bastar aquí la sugerencia de que se trata del conjunto de instituciones y medios que tienen voz prominente en esa sociedad. Son los que definen las agendas que (no) se discuten en los medios masivos, y son los que dictan los ejes ideológicos a partir de los cuales se interpretan esas agendas. Y son los que, ahora, además intentan censurar en redes o medios la posibilidad de que opiniones en contrario cobren visibilidad. 

Por ejemplo, son los que han trabajado para ayudar mucho a que el viralizado -y absolutamente deplorable, desde luego- asesinato de George Floyd sea interpretado, exclusivamente, como una prueba incontrovertible de que existe “racismo sistémico” en Estados Unidos. Son los que se encargan de que todo el que no se arrodille -literalmente- ante esta afirmación, o ante los grupos de militantes que mandan en las calles, pierda su trabajo, se convierta en un paria social, o peor.

Pero este escrito no tiene como objetivo entrar en la desagradable discusión política norteamericana de hoy. Esa discusión es un síntoma de corrientes y fenómenos de ideas de mayor alcance, de cuestiones “espirituales” como se decía antes. Los eventos recientes, que han venido pasando desde que comenzó el injustificado tratamiento ecuménico dado al virus de la corona, con todas sus justificaciones circulares incluidas, parecen ser la emergencia a la superficie, en tiempo de crisis, de corrientes que vienen de muy atrás.

Se me ocurren por lo menos diez factores principales desde los que se puede dar cuenta de por qué está todo tan mal con el imaginario mainstream actual, y seguramente haya otros que ahora no comparecen. Todos ellos se pueden formular en distintos niveles de refinamiento y abstracción. Intentaré apilarlos a continuación, en la formulación más simple de cada uno de ellos que sea capaz de hacer. 

Empecemos por cualquier parte. Un primer elemento ya mencionado es el no haberle encontrado sustituto a las fuentes de legitimidad del Antiguo Régimen. Y un segundo, que es una especie de corolario del anterior, es el relativismo filosófico, que surge una vez que se ha instalado la convicción de que no hay punto trascendente, o ajeno al mero debate de ideas e ideologías, a donde remitir como árbitro final de nada. 

Un tercer factor posible es haber propuesto sustitutos a ese ente o punto trascendente que, por una razón u otra, no han funcionado. Se propuso, por ejemplo, a la Ciencia. El año de 1859, con la publicación de El Origen de las Especies, podría ser considerado la inauguración simbólica del cientifismo, porque propuso una teoría científica evolutiva inmanente que se proponía hacer innecesaria cualquier explicación trascendente para la vida. Formas vagas de legitimación como el “contrato social” o las diversas constituciones nacionales, con sus listas de derechos y deberes, dejan siempre planteada, como semilla, la incómoda preguntita de “por qué son estos los valores a respetar, y no otros”. Se esperó que fuese la experiencia de vivir en comunidades organizadas en torno a una ley pareja para todos la que diese la respuesta. Claramente, en la mayoría de las naciones esta esperanza no se ha confirmado. 

Un cuarto posible factor es el fracaso del proyecto moderno de ciudadano, o individuo. No había plan posible para la modernidad si el ciudadano destinado a vivir en ese proyecto común no se formaba, se educaba para ello. Educarse implicaba, según se formuló y reformuló a partir del romanticismo alemán con su proyecto de Bildung, que cada individuo descubriese y desarrollase su deseo, su potencial. La libertad era la precondición de este proyecto -nadie puede descubrir para qué sirve si lo obligan a someterse a un plan centralizado. 

Tal idea de un desarrollo individual es tomada, por supuesto, del “conócete a ti mismo” socrático-platónico. A la vista de cuáles son los ideales de la educación contemporánea, financiada y diseñada centralmente por organismos internacionales en todo el mundo atlántico, es claro que la idea de Bildung y sus derivados son hoy antiguallas y cuestiones abandonadas y olvidadas. Se ha sustituido el deseo de formación y crecimiento personal del sujeto, por el deseo de aumentar su cuenta bancaria o la importancia del ego en un mundo espectacular.

Un posible quinto elemento viene cuando se sustituye ese proyecto de construcción de la propia identidad, por identidades colectivas. Las “políticas identitarias” desarrolladas con fuerza a partir del desencanto del impulso libertario de los sesenta entre la militancia y el arte norteamericanos y europeos, obtuvo al fin una versión pretenciosa e infantilizada en los campus universitarios de los años 80 y 90. Es evidente que los académicos, a fuerza de fascinarse con los años sesenta -su arte, su música, sus movimientos sociales- y “estudiarlos”, redujeron a fórmulas aquel movimiento, y con ello le mataron todas las trazas de creatividad y desafío real que pudiera tener. Luego, defendieron sus insípidas carreras hacia la nada vendiéndole ese refrito a sus desorientados alumnos de 18 años como una receta de liberación. Dos o tres generaciones de egresados después, tenemos gerentes, empresarios, profesionales y políticos formados en esa sarta de estupideces, y esas generaciones son ya los profesores de un mainstream de ignorancia empoderada. 

La liberación individual de los sesenta culminó en reducir la propia libertad a repetir las estrictas consignas de un grupo teledirigido por políticos a través de la prensa grande. Para ello, el militante de hoy debe aceptar además ser comprado por corporaciones y financistas, que circulan en foros exclusivos, jets privados y hoteles alpinos bajo el escandalosamente paradójico mote de “filántropos”. 

Como resultado de esa secuencia, ser persona implica, hoy, lo contrario que en los sesenta. Entonces era diferenciarse de toda alienación grupal, y hoy significa definirse como perteneciente a un grupo, y renunciar absolutamente a pensar o decir cualquier cosa diferente al lenguaje orwelliano consignado a ese grupo. 

En lugar de los individuos del proyecto de Bildung tenemos miembros aterrorizados de un culto religioso sin dios, pero bien sabedores de que opinar o pensar algo distinto a lo que se debe es excomunión inmediata, sino algo peor. Antes que ser individuo particular, se identifica uno interseccionalmente con una mezcla de categorías o submenúes de género, raza, etnia. Se permite que uno se siga creyendo muy original, y el vehículo para ello es tener un perfil en redes desde donde se divulguen otra vez aquellas mismas consignas, ideas, posicionamientos, “opiniones”, reacciones. Pues es a partir de la pertenencia a una identidad colectiva que está precodificado cómo reaccionar ante cualquier evento, qué pensar, qué cartel pintar, qué pañuelo o ropa comprar, qué “argumento” -también precocido- regurgitar. El tipo de ciudadano así conformado, en lugar de ser un guardián crítico de las instituciones políticas de su sociedad, es una masa manipulable por esos mismos políticos. Generalmente, la manipulación consiste en hacerle creer a los ciudadanos que se está luchando contra el poder, justo mientras se lo invita a defender y promover cada una de las agendas que el poder determina y financia.

Un sexto factor, que es más bien un daño colateral, es la inversión del significado de la categoría “izquierda”. La izquierda supo ser una versión radical de la Ilustración. Buscaba más igualdad real, menos  violencia contra los más desfavorecidos, y que éstos tuviesen oportunidad de formarse, educarse, cumplir con su propia Bildung, y adquirir la misma dignidad de individuos que todo el resto. Al imponerse la forma filosófica de ultraderecha llamada “deconstrucción” en los campus norteamericanos, el proyecto de la izquierda fue subvertido y se convirtió, no en la igualdad y el progreso común, sino en la destrucción de la civilización misma que había logrado ubicar en su centro ideal el proyecto socrático de dignificación del ser humano como individuo. 

Esto nos lleva directamente a un séptimo elemento, que es el proyecto filosófico y “teórico” de desfondar, académicamente, la posibilidad de debatir. En efecto, el objetivo de la deconstrucción, que es el mismo que el de Black Lives Matter hoy o el de los nazis en los años treinta, no ha sido someter las cosas a crítica, sino dinamitar el logos -es decir, la posibilidad, en una sociedad determinada, de pensar y corregir en base a debate y crítica. Y una vez destruido el logos y su derivado, las leyes, someter por la fuerza a la gente que quede viva. 

Los deconstruccionistas, victoriosos solo entre estudiantes semianalfabetos filosóficamente hablando en los campus norteamericanos -puesto que en Francia, en medio de filósofos profesionales, al principio semejante programa no prendió-, aparecieron con la peregrina idea de que la escritura no era la consecuencia de un intento humano de fijar conceptos para estabilizarlos y permitir así su crítica y su resistencia a ella. En cambio, se suponía que la escritura había tomado, en la cultura occidental, una primacía sobre el habla, debido al proyecto filosófico platónico de usar la escritura para pensar. 

En uno de los corolarios más perversos de esta idea -corolario desarrollado sobre todo por los pedagogos, los teóricos de minorías victimizadas, y los agitadores-, la escritura y toda enseñanza en base a ella se empezó a ver como una forma de practicar la violencia simbólica sobre los demás. Por tanto era en la escritura -es decir, en el tejido de los conceptos fijados- donde había que proceder a la demolición del logos occidental. 

Las personas, de propietarias de pleno derecho del logos, se volvieron de golpe sus supuestas víctimas. Puesto que a menudo no se encuentran buenas razones para demoler una sociedad que no es peor que la mayoría de otras, conviene eliminar la necesidad de encontrarlas.

A partir de allí, cualquiera que propusiese un criterio por razonable que fuese -una madre, un padre, un maestro, etc- era un opresor de tu divina -y albinamente vacía- personalidad originalísima. Tan original, que nadie podrá saber nunca en qué consiste, puesto que desde entonces las personalidades que se han logrado exhibir al mundo son como la de Greta Thunberg: no una persona, sino un esquema modélico, el delicado fruto de invernadero de este desarrollo de décadas: alguien que nos dice exactamente todo lo que ya sabemos nos iba a decir. 

Después de aquello, cualquiera que intentase argumentar pasó a ser un victimario. De ello a las acusaciones -frecuentes en los últimos cuatro o cinco años en Estados Unidos sobre todo, siempre a la vanguardia en todo esto- de que el razonamiento y la razón, la matemáticas, la geometría, los datos históricos o de otro tipo, y en fin cualquier intento de examinar el saber de los demás, son inventos del macho blanco occidental para oprimir a los demás, había algunos pasos, que se dieron todos hace ya bastante.

Cuando algunos piensan que es “el marxismo cultural” y la “Escuela de Frankfurt” los responsables de lo que pasa, sugiero ir a mirar de nuevo. Comparado con el despiadado proyecto de privar a la humanidad de los conceptos que trabajosamente elaboró durante dos mil quinientos años, el marxismo es una filosofía benéfica. Con un marxista se podía discutir, porque afirmaba algunas cosas y negaba otras, en lugar de esconderse en una nube de esquives. La Escuela de Frankfurt, mientras tanto, fue un intento de izquierda de hacer una crítica radical a la Ilustración, y como tal creo que se inscribe dentro del movimiento de la modernidad hacia su propia superación. 

La deconstrucción, en cambio, es otra cosa, y está en el centro, como síntoma una vez más, de la vocación de una civilización y cultura de suicidarse. Menos que en Jacques Derrida -un ensayista y filósofo brillante por derecho propio-, lo está sus repetidores “académicos”, y en las numerosas derivaciones más o menos inconscientes que ha tenido en el campo de la “theory” y las “ciencias de la educación”. Es la estrategia de demolición por el absurdo de todo debate posible, al someter a detonación sistemática la estabilidad de los conceptos que son necesarios para debatir. Y ya se sabe, el lugar vacante del debate, lo ocupa siempre, a plata limpia, una mezcla de burocracia + ONG.

Un octavo factor es el crecimiento exponencial del autoritarismo. Autoritarismo discursivo, pero también autoritarismo efectivo en la vida cotidiana. Éste autoritarismo crece gracias a lo que varios de los factores anteriores preparan. El suicidio de una colectividad requiere de mucha violencia de todo tipo para llevarse a cabo. La eliminación de todos los factores de legitimación -salvo la identificación tribal, que es violenta en sí- deja el camino abierto al autoritarismo. 

Debido a la torsión a que se debe someter la razón cuando se persiste en abandonarla, muchas de las series argumentales que se han puesto en el centro del mainstream no hacen sentido. Tiene agujeros descomunales -por ejemplo, para mantener viva parte de la primacía del concepto de “género” sobre el de “sexo”, se debe luchar por negar zonas enteras de las ciencias de la naturaleza, la estadística y la psicología. Y cuando no hay argumentos sólidos, solo queda la acusación ad hominem y la censura -que es justamente lo que ha pasado a reinar.

El autoritarismo se ha instalado en las sociedades, bajo pretexto del virus de la corona. Miles de millones de ciudadanos condicionados para tener miedo si se apartasen del mainstream, se han convertido en policías de los demás. Una mayoría de gente ha aceptado que el Estado lo va a mantener para siempre, pese a que nadie está respondiendo la pregunta de cuál va a ser la fuente de ingresos de ese Estado una vez que el último emprendedor privado se haya desanimado, o haya sido puesto en un gulag o asesinado. Una mayoría de ciudadanos, incluso muchos de quienes tienen y practican ideas perfectamente democráticas, creen que los aislamientos actuales son un fenómeno pasajero que no dejará ninguna secuela particularmente importante. O, que si las deja, van a mejorar a la sociedad. 

Lo que estamos viendo, sin embargo -y dejando de lado toda especulación acerca de los resultados económicos y en mortalidad por diversas causas ajenas al virus que veremos-, es que las personas se separan, la vida se retira de un sitio donde va escaseando el aire de la conversación honesta y de buena intención. Esta crisis deja suponer que viene un tiempo de contracción, de frío, de dureza. El autoritarismo es a lo que se recurre, de arriba y de todos lados, cuando la guerra por los recursos se complica. El autoritarismo es desliz difícilmente evitable en una clase política cada vez menos controlada por la ciudadanía.

El autoritarismo está sobre todo en la nueva imposibilidad de discutir, preparada, desde mucho antes del virus, por haber tirado el reinado del logos a la basura al considerarlo “herencia del macho blanco”, y haberlo reemplazado por una guerra de trincheras entre consignas fijas sin resultado aglutinador posible. No hay crecimiento de la vida cuando no se puede intercambiar con libertad. El problema no es derecha e izquierda, pues como ya lo dijo Nicanor Parra hace cincuenta años, la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas. Los racistas y supremacistas blancos hacen identity politics, lo mismo que los racistas y supremacistas negros, y de cualquier otro subgrupo o tribu. Es el modo de categorizar lo que está enfermo. “No hay razas” es lo que advirtió Martí. Todo lo que está pasando es la activa negación de la humanista visión del cubano. Pues una vez que uno acepta pensar a partir de esa categoría infecciosa, todo el discurso se corrompe.

Mientras tanto, los medios suprimen la opinión disidente. Usan el virus de la corona como arma arrojadiza contra los figurones que hace tiempo ya son ubicados por la agenda mainstream como los demonios exclusivos del presente. Cada uno de ellos es construido en blanco y negro, sin ningún matiz. Yo personalmente nunca había visto que a un dirigente político cualquiera se le atribuyesen, en unanimidad global, todos los males, y se le ausentasen todos los matices posibles. Luego, esos personajes de caricatura son usados como palancas para agrupar el odio masivo del resto. Se hace creer a muchos que para ser bienpensante, basta hablar mal de los Guasones. Es un precio barato a pagar. Dentro de un tiempo, el precio a pagar será arrodillarse frente a una patota de Black Lives Matter o de lo que sea (ya lo es en EEUU). Y luego, el precio a pagar será delatar a tus padres, hermanos o amigos. Durante un tiempo, solo los “significantes” demonizados fueron contraseñas de ingreso al mundo respetable, pero ese precio va a aumentar, junto a la inflación monetaria descomunal que pareciera que se viene.

Sobre el respeto a ese conjunto de nimiedades, falsedades e imposiciones a golpes, donde se refuerzan los medios masivos con la patota en la calle, se provee una base conceptual, una especie de porquería pintada de muchos colores, y se le llama a eso “la nueva democracia, la nueva izquierda, el nuevo liberalismo”. Eso no es ninguna de esas etiquetas: es una nueva alianza de políticos buscando mantener el poder como sea, las corporaciones de burócratas que viven del dinero público (Estados y ONG), las empresas que hacen sus movidas y negocios amparados detrás de los anteriores, y los media mainstream, fallecientes por falta de credibilidad, que la buscan recuperar jugando a que son objetivos y propietarios únicos del fact-checking de los demás. Últimamente se les han sumado las plataformas tecnológicas, que desarrollan una censura activa de cualquier narrativa que contradiga estas verdades oficiales mainstream.

Un noveno elemento, que podría haber sido el tercero o segundo y que está vinculado al abandono del proyecto de Bildung, es la desmantelación de la educación. Sin este elemento, los demás tendrían grandes dificultades para avanzar. Educar a un ciudadano tenía, como pilares básicos del proyecto moderno, manejar competentemente el lenguaje escrito y las matemáticas, y conocer los elementos principales de la historia, la ciencia, la filosofía y el derecho de la sociedad en que vivía. Bajo la vaga idea de que el empleo productivo se mueve mucho (básicamente, en realidad, se ha ausentado en viaje a China y al sudeste asiático), y que los conocimientos técnicos se actualizan muy rápido, se comenzó a divulgar la noción de que lo que importaba era “aprender a aprender”, en lugar de aprender algo concreto, que luego pudiese actualizarse. A una sociedad casi sin empleos salvo los servicios y atender clientela, le corresponde un mundo de gente no preparada para ningún empleo salvo charlarle al cliente. 

Se fueron abandonando los contenidos, o llenándose el tiempo con contenidos casuales, de relevancia desconocida. Se eliminó a su tiempo la trabajosa enseñanza del lenguaje escrito. Aunque en Uruguay y en todas partes hay un grupo de gente que sigue intentando que sus alumnos aprendan a leer y escribir y lo logran, crece la cantidad de gente que egresa del secundario sin la capacidad de relacionarse con textos largos o complejos. Y los que llegan al secundario son poquísimos, el resto ya abandonó antes. El tiempo de pantalla empleado, gracias al Plan Ceibal, para jugar sin fin o para alejarse del lenguaje escrito, ha garantido que el Uruguay sea uno de los primeros experimentos exitosos en hacer desaparecer el lenguaje escrito de la estructura cerebral de una generación.

Un décimo elemento sería la destrucción completa de la política, y su reemplazo por la construcción retórica de una supuesta superioridad moral. Esto ha ocurrido, pienso, sobre todo debido a los efectos del relativismo filosófico y varios de los otros factores -educativo, sobre todo- cuando sus efectos llegan a verse en la política. Un político es, en una concepción democrática, un administrador de valores comunes. Cuando estos no existen más, un político puede tener la tentación de pasar a ser un negociante ubicado en una posición privilegiada para beneficiarse él o ella misma, su familia, amigos, aliados. No existen razones claras para no hacerlo, puesto que la sociedad misma ha dinamitado cualquiera de sus puntos de referencia anteriores. Entonces, la gente que tiene ciertos pruritos anticuados de tipo moral empieza por no dedicarse a la política, y muchos que no los tienen ven en la política una fuente de poder e ingresos muy atractiva. El político de nuevo tipo reemplaza entonces los valores comunes (que en un mundo relativista absoluto no existen) por su cuenta bancaria, o por un narcisismo sin fondo. Doy y hago, no en vista del bien, sino para recibir. La angustia absoluta y el vacío interno de sentido que esto genera -como los existencialistas, yo pienso que en su fuero íntimo nadie puede engañarse ni pedir tregua alguna respecto de la intencionalidad que realmente lo está moviendo- podría generar una actitud compensatoria: hacer un discurso moralista de la mañana a la noche, construyendo “causas” moralmente impecables, de las que no cabe dudar.

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