LECTURAS DE EXTRAMUROS

CARSON, ANNE. Eros, el dulceamargo. Prólogo de Mirta Rosenberg. Fiordo Editorial; 1a edición (2013)

Por José Assandri

Allí estaba el libro de tapas rojas. Su autora, Anne Carson, canadiense, de joven había querido ser Oscar Wilde y terminó siendo profesora de griego antiguo. ¿Qué hace que alguien quiera durante un tiempo ser un crítico ácido de la sociedad y luego cultivar una lengua que nadie habla? Esta curiosidad de la especie humana quedará sin respuesta, porque Carson no es alguien que guste hablar de sí misma, todo lo contrario. Para ella, lo que puede tener valor es una obra y no los avatares existenciales. Fue así que, cuando pasó por el Río de la Plata invitada al FILBA (2018), alguien le preguntó: “¿Cuántos gramos de Anne Carson hay en su obra?” y ella respondió: “Diecisiete gramos.” A la pregunta provocadora, ese tipo de preguntas que busca descolocar al entrevistado, la respuesta despreció una metáfora de peso (ella también es poeta) mostrando que esa pregunta era desmedida. Al pie de la letra, enseñó a responder lo que no se responde. Esa forma de replicar tiene sus raíces en su modo de leer el griego antiguo, una forma puesta en práctica en su tesis universitaria de 1986, cuya versión, revisada y publicada en 1998, fue traducida al español en 2015 bajo el título Eros. El dulce-amargo.     

Carson escribió sobre los griegos, sobre esa literatura y esos pensamientos que están en la base de lo que, torpemente, llamamos cultura occidental. Y su libro tomó como punto clave el fragmento 31 de Safo. El poema es sobre una escena donde una mujer, hablando, fascina a un hombre (“Me parece igual a los dioses/ese hombre que frente a ti/se sienta y escucha atento/su dulce charla”). Quien escribe es otra mujer que mira la fascinación de ese hombre y se enamora de la primera mujer (“y tu risa adorable… oh eso/pone alas a mi corazón dentro del pecho/porque cuando te miro aunque sea un momento, palabras/no me quedan”). Claro que Eros no es algo sencillo e ideal, sino que también está habitado por lo trágico (“no: la lengua se rompe y fino/fuego corre bajo mi piel/y no hay vista en los ojos y un redoble/colma mis oídos/y frío sudor me apresa y el temblor/me captura toda entera, más verde que la hierba/soy y muerta… o casi/me parezco.”) Esta escena puede ser calificada como una escena de celos, o de verde envidia, pero para Carson, eso no explica la geometría, es decir, ese triángulo que reúne a los tres personajes. Dejar de lado la tentación romántica de la presencia de un tercero como un intruso es la que le hizo decir que es, ese mismo triángulo, el que permite que el deseo emerja en la mente del amante. “Porque si el eros es falta, su activación requiere tres componentes estructurales: amante, amada y eso que se interpone entre ellos.” (p. 33) En ese circuito “electrificado” de tres componentes, el tercero separa y une al mismo tiempo. Aceptar esa lectura implica que el deseo, mal que nos pese, no es algo que surja de un insondable interior, sino que viene de afuera.

Si Eros no es algo sólo de a dos, el viejo mito de Aristófanes de las esferas divididas a la mitad y cada una de las mitades buscando su mitad perdida, ese mito que más modernamente alimentamos con la fantasía de la media naranja, no es más que el producto de un poeta cómico y sería necesario ser un poco más serios (p. 51). Pero si es que un tercero no media, siempre habrá algo, aunque sea el espacio, que cumpla la función de separar y azuzar al amante en la búsqueda del amado. Sea como obstáculo, como desafío, como hambre o como la distancia, todo eso que hace diferir al deseo es lo que lo carga de intensidad. Los rituales de raptos fingidos, el uso del velo, incluso la idea del amante como un cazador van en esa línea. “Calícamo describe su propio eros como un cazador perverso ‘que sortea las presas disponibles, porque sólo sabe perseguir lo que huye.’” (p. 37) Y si no hay amados que quieran huir, se lanza una manzana, un proyectil que termina haciendo de Eros un jugador de pelota, corriendo detrás del fruto de la discordia. Para que el deseo se mantenga, por lo menos, debe generarse un espacio porque el deseo es movimiento.

Y también borde, porque si aquello que falta es algo que nunca se alcanza, es porque falta en el propio amante. Las palabras mismas son bordes, nunca son suficientes. Entonces la escritura misma se vuelve un modo de diferir. Y de allí la resistencia de Platón a la escritura. La cultura oral es un modo de relación con el mundo, donde no sólo está puesto en juego la visión sino todos los otros sentidos. Olores, ruidos, movimientos, silencios, el viento y el sol cambian de sustancia cuando alguien se inclina frente a una hoja y escribe. “¿Qué tiene de erótico leer y escribir?” (p. 149) “Como la pintura, la palabra escrita fija las cosas vivas en el tiempo y el espacio, dándole la apariencia de animación pese a que están abstraídas de la vida y no tienen capacidad de cambio.” (p.184) Los textos escritos hacen creer que sólo se conoce lo que se ha leído. “Para Platón esta noción es un engaño peligroso; cree que la búsqueda del conocimiento es un proceso que necesariamente se desarrolla en el espacio y el tiempo.” (p. 199) Y sin embargo no dejamos de escribir, y, por lo tanto, de diferir, de desear.

Carson encontró que había una semejanza entre lo que provoca Eros en la mente del amante con lo que genera el conocimiento en un pensador, por más que parezcan tareas tan diferentes. “Me gustaría aprehender por qué razón estas dos actividades, enamorarse y llegar a conocer, me hacen sentir genuinamente viva.” (p. 103) Tanto en la seducción que engendra el deseo, como en la investigación que desemboca en el descubrimiento, hay una transformación del ser. “Cuando la mente aspira a conocer, el espacio del deseo se abre y una ficción necesaria acontece.” (p. 236) Como planteó Sócrates, “ningún profeta o sanador o poeta podría practicar su arte si no perdiera la cabeza.” Y si se trata de eso, de perder la cabeza, “la locura es instrumento de esa inteligencia. Más aún, la manía erótica es una cosa valiosa en la vida privada. Le pone alas a nuestra alma.” (p. 214) Dulce-amargo, glukupikron

Sería posible imaginar lo que sería una ciudad donde no fueran clave los testimonios de Safo o Sócrates, ciudades sin que las metáforas del vuelo y las alas tuvieran mucho sentido, ciudades donde nadie querría ir más allá, embarcarse en algún movimiento. No deja de ser una curiosidad que Carson no se haya detenido en la Historia de la sexualidad de Michel Foucault, ni tampoco, al menos en su revisión, en Coacciones del deseo de John Winkler, cuando en ambos casos la cuestión de los griegos es clave. También puede resultar curioso que los recursos a Safo y Sócrates no aparezcan en el libro de Carson como reivindicaciones de sexo o de género. Es cierto que para Eros todo, y al mismo tiempo nada pueden resultar obstáculos, sin embargo, que el de Carson sea un libro sin sexo, o sin género, es su característica más relevante. Con sus conocimientos de griego antiguo, su lectura es un modo de apropiarse de los textos griegos muy distinto al de Winkler, Foucault y de tantos otros. Y aunque Safo y Sócrates sean la base del libro, no dejan de aparecer a lo largo de sus páginas nombres como Rilke, Auden, Flaubert, Freud, Dickens, Dickinson, Sartre y Stendhal, Ana Karenina y Madame Bovary, porque aquellas antiguas líneas tejieran una historia mucho más larga que las de su origen.

A los quince años, Carson se encontró en un libro bilingüe los poemas de Safo. Entonces decidió aprender griego antiguo. Al contrario que otros traductores, nunca llenó los blancos de los fragmentos que nos han llegado. Al dejarlos tal cual, eso ha hecho que algunos lectores le escribieran llenando, ellos mismos, los huecos con sus propias palabras. Cada uno, en lectura, hace de los textos griegos sus propios griegos, apropiándose de esos pensamientos que los han fabricado a ellos mismos como lectores. El libro de Carson puede ser, no sólo una puerta para textos antiguos, sino también a la propia vida de cada uno.

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