ADELANTO

Ofrecemos un fragmento en adelanto del nuevo libro de Federico Leicht: Hegemonía. Guía de Supervivencia Política. Montevideo, Ediciones de la Plaza, 2021: 92 páginas

Por FEDERICO LEICHT

El epílogo suele utilizarse como un capítulo final para revelar el destino de la trama y los personajes. Un desenlace, que obviamente no puede desarrollarse en el caso de un breve manual en forma de ensayo a no ser que el autor incurra en la futurología, que implica inevitablemente caer en el denominado síndrome de Casandra.

El síndrome de Casandra surge a partir de la princesa troyana. Cuentan los mitos griegos que Apolo, prendado de su belleza, le ofreció el don de la profecía a cambio de una revolcada; y aunque Casandra aceptó, una vez versada en las artes adivinatorias rechazó las proposiciones del dios del sol. Entonces Apolo le escupió en la boca, condenándola a conocer el futuro y a que nadie creyese sus predicciones. La maldición de Casandra consistió en que las advertencias provenientes de sus visiones no fueran tenidas en cuenta y ocasionó que terminara de forma trágica. Se dice que tienen complejo de Casandra las personas que suelen hacer vaticinios, a menudo catastróficos, y no logran convencer a nadie.

En un año en todo el mundo se generaron cambios dramáticos en lo que respecta a las libertades individuales y los derechos constitucionales fundamentales. Como respuesta a la “pandemia”, los gobiernos han infringido los derechos de propiedad privada en un grado sin precedentes en tiempos de paz. Han tomado el control de empresas sanitarias, han decretado el cierre forzoso de fronteras, empresas privadas, escuelas, liceos, facultades, así como comercios y tiendas minoristas. El miedo, impuesto me- diante el relato hegemónico nos reduce a la aceptación de una derrota estructural, en beneficio de la lucha contra el nuevo enemigo común: un virus.

Pero el relato de la “pandemia” sigue siendo un relato; una mera estrategia de comunicación política que sirve para transmitir valores, objetivos y construir identidades. Moviliza, seduce, evoca y compromete mediante la activación de los sentidos y las emociones. Confiere identidades de nosotros y ellos, define objetivos y propone una visión del pasado, del presente y del futuro. Un relato bien estructurado es la novela del poder. Necesita un conflicto entre actores antagónicos, utilizando la lógica amigo-enemigo, así como esquemas binarios para elaborar justificaciones. No se funda sobre temas concretos, sino en unos valores generales que sirven, luego, para referenciar y enmarcar temas específicos. Se emplea un discurso épico atravesado por sucesivas confrontaciones de los buenos y los malos.

Se omiten los desaciertos de unos y se crean nudos idealizados que se transformarán en puntos de referencia, a los que se volverá una y otra vez, insistentemente. Hay alusión permanente a un discurso que representa todo lo malo. La veracidad deja lugar a la verosimilitud. El razonamiento a la emotividad, y la complejidad a la simplificación. Cuando eso se logra, el relato se encuentra consolidado. El mismo será apoyado por una parte importante de la ciudadanía-audiencia, que no lo cuestiona y lo acepta de manera acrítica. Se torna hegemónico y se convierte en el parámetro usado para comprender y explicar todo lo que sucede y sucederá.

La famosa grieta, por ejemplo, es una expresión usual para denominar una división binaria y maniquea de la sociedad entre izquierda y derecha. Para quienes se comportan validando la grieta, el bando propio es el único que tiene legitimidad, mientras que el otro bando debe ser descalificado.

La hegemonía cultural abona ese relato. Y lo hace mediante el uso de la dialéctica, que es el discurso en el que se contrapone una determinada concepción o tradición, entendida como tesis, y la muestra de los problemas y contradicciones, entendida como antítesis. De esta confrontación surge un tercer concepto llamado síntesis, una resolución o una nueva comprensión del problema.

El relato de la dictadura militar, el de la Guerra Fría o el de la crisis pandémica y la nueva normalidad (en plena construcción), están conformados por una misma estructura dialéctica, retórica y semántica.

La batalla cultural ya no es aplicable solo a la lucha contra el relato de la izquierda uruguaya, la cubana, ve- nezolana o española, sino a una guerra total, civilizatoria, contra un enemigo global.

Desde lo doméstico, la batalla cultural se perdió una y mil veces. A esta altura los partidos de Uruguay se distinguen solo en cuestiones simbólicas, en cuestiones materiales como la economía o las políticas públicas son todos parecidos. ¿Qué diferencia hoy en día al Partido Nacional, Colorado, Cabildo Abierto o Partido Independiente de la izquierda frenteamplista? La mejor respuesta sería: un par de puntos del irpf.

Los políticos no compiten hoy con otros políticos, sino con otras formas de entretenimiento. En la política superficial que vivimos, las cosas sustanciales no cambian, lo que cambian son las estrategias de marketing.

La guerra cultural a nivel local ha edificado un conflicto político falso y transmite la sensación de que realmente hay diferencias entre los partidos. A través de la manipulación y la guerra psicológica, ha conseguido convencernos de que el progresismo centroizquierdista es la única alternativa, y mientras eso sucede, sigue acaparando más instituciones y más poder.

A nivel global, la excusa de la “pandemia” ha dado lugar a la instauración de un nuevo relato izquierdizante que tiene las mismas características del que ideó Gramsci hace un siglo en sus Cuadernos de la prisión. La libertad de pensamiento y de las sociedades se ve amenazada por una nueva forma de autoritarismo. Su motor dialéctico es la manipulación.

¿Cómo es posible, si no, que los países acepten caer en este nivel de sumisión? Todo esto por un virus que en el ochenta y cinco por ciento de los casos solo provoca síntomas leves, y para el cual más del noventa y nueve por ciento de las personas infectadas se recuperan. La oms ha instado al mundo a copiar la respuesta de China al coronavirus, y ha tenido éxito; cada país, siguiendo a la oms, se ha convertido en un calco de China en cuanto al poder del Estado sobre el individuo.

Independientemente de su color político, los gobiernos se niegan a tomar otra opción que responder a este estado de ánimo globalista. No tienen otra opción. Si no se alinean, caen, como en el caso de Donald Trump. La cuestión, entonces, no es si el péndulo oscilará hacia el proteccionismo estatal regido por poderes supranacionales, sino hasta dónde va a llegar en esa oscilación.

El orden mundial liberal de intercambio de bienes, servicios, capital y personas está desmoronándose, y los más dañados serán los habitantes de las economías emergentes, los que dependen de la apertura de los mercados de exportación para avanzar hacia un desarrollo que viene centrado en el keynesianismo (una teoría con visos socialistas), si no en el capitalismo de Estado (una concepción económica comunista).

Da la sensación de que el coronavirus y sus consecuencias pueden desencadenar los acontecimientos más catastróficos sobre las libertades individuales que durante siglos luchamos por conseguir. La hegemonía cultural es la herramienta que los enemigos de la emancipación utilizarán para pelear esta nueva batalla.

Deseamos con todas nuestras fuerzas que esta breve guía sirva para despertar el instinto de supervivencia; un disparador ante esta fase de la historia y sus consecuencias, que ojalá no sean tan horrorosas como auguran Casandras.


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