Más allá del semblante surge una necesidad del semblante, que tal vez es desde siempre su real
Alain Badiou, El siglo

ENSAYO

Por Santiago Cardozo

Como un detritus melancólico, la figura de Artigas se disgrega interminablemente en las frases que circulan por el espacio discursivo uruguayo, ilustres enunciados que se emplean en diversos contextos, muchas veces a gusto del consumidor. Gloriosas metonimias nacionalistas, las frases en cuestión son la forma de una eternidad y, como dije en un artículo anterior, de un goce eternamente renovable, en el que cada uruguayo (o muchos), aun en la indiferencia o el rechazo o, llegado en caso, en el odio extremo, obtienen o definen una posición moral y política que constituye, si se quiere, una hipótesis de inteligibilidad del pasado y del presente desde el cual se lo informa. Moral edificante unas veces, moral deplorable otras, las frases de Artigas contienen cierta clave de lo que “somos”, de una “identidad nacional” sostenida en la herencia paterna que cada una de ellas nos lega desde el pasado, escrita en el testamento de la historia y de la vida misma.      

Hablar de “nuestro pasado” como expresión de la continuidad requerida para conformar una “identidad nacional”, lejos de denotar un referente del mundo en el juego de la pura referencialidad entre el sintagma en cuestión y el objeto denotado, construye aquello que refiere y, al mismo tiempo, lo sitúa en el pasado de la enunciación como si siempre hubiera estado ahí. Por el efecto retroactivo de la nominación, el pasado que es calificado como “nuestro” aparece por el golpe del lenguaje que dice “nuestro pasado”, en el contextos histórico de una necesidad que demanda homogeneidad por encima de la heterogeneidad propia de las contingencias del devenir de la historia, continuidad por encima de las múltiples escansiones que dividen y rasgan el pasado que reconocemos como propio. 

De esta manera, el pronombre posesivo “nuestro” produce como efecto de sentido la interpelación ideológica del sujeto, forzándolo a asumir una posición política, jurídica, social, etc., con relación a la cual se sitúa en el interior o en el exterior definido por el propio pronombre. Así pues, el referente, reificado por defecto, es, en rigor, la figura de una demanda de sentido que el sujeto colectivo le lanza al pasado a fin de que signifique como pasado común, volviéndolo representable en el discurso que habla de un “nosotros” como nación. En otras palabras, el sintagma “nuestro pasado” introduce una necesidad en el conjunto de las contingencias de ese pasado que captura en las ideas de posesión y pertenencia o, si se quiere, es él mismo esa necesidad. Por ende, el objeto referido por “nuestro pasado”, perteneciente al plano imaginario del enunciado (de la denotación transparente y aproblemática de las palabras en discurso), está determinado, desde adentro, por la enunciación que lo produce. 

Uno de los puntos cruciales de este análisis radica en que la enunciación es, a la par, un acontecimiento simbólico y real (en el sentido lacaniano), por lo cual da lugar a un enunciado que carga con la imposibilidad de representar lo Real (lo que no cesa de no inscribirse, como dice Jean-Claude Milner [1]), “resignándose” a construir la fantasía o el semblante imaginarios de la realidad. 

Si hablamos de significado es sólo porque nos gusta creer en su existencia. Es una creencia crucial para nuestra construcción de la realidad como un conjunto coherente, “objetivo”; una creencia en algo que garantiza la validez de nuestro conocimiento, sosteniendo la fantasía de una adaequatio entre el lenguaje y el mundo. [2] 

El semblante de “nuestro pasado” es el semblante del discurso de la historia (académica o no), cuyo despliegue no incorpora, porque, hasta cierto punto, no puede, los efectos de lo Real, esto es, los equívocos que habitan la lengua y le dan forma. La consecuencia más evidente de esta manera de funcionar es la obturación de las perturbaciones que lo Real provoca en el discurso que se pone en funcionamiento para decir el pasado. Así, la determinación primera y última del referente por el acto de enunciación que lo crea como forma de conjurar la falta constitutiva de la realidad es, en parte, anulada por la creencia en el referente. Permítaseme volver a Stavrakakis:

La falta es introducida entonces en la intersección de lo real con lo simbólico. Lo simbólico supone la falta. La falta emerge en y a través de la simbolización de lo real. 

Antes de la introducción de lo simbólico, no hay falta y por eso sabemos que lo real no tiene falta; si faltase, la falta sería introducida sin lo simbólico o antes de la introducción de los simbólico. Lo real está emparentado con la falta justamente porque en el proceso de simbolización, el significante produce el significado, creando la ilusión imaginaria de alcanzar lo real perdido. [3] 

¿Pero cuál es la falta que la fantasía de la realidad quiere recubrir, sin poder deshacerse de ella, puesto que, si pudiera hacerlo, la propia realidad se desvanecería? La falta del objeto que se quiere aprehender mediante la operación referencial, en cuya ausencia se coloca al referente como si fuera el objeto. En este sentido, el deseo se mueve en la dirección de cubrir la falta con un objeto imposible que, cuando creemos haberlo capturado, se desplaza dejándonos nuevamente ante a su ausencia. La distancia entre el trabajo del deseo, llevado a cabo por el discurso, y la imposibilidad de la consecución del objeto perseguido es lo Real desgarrando la malla simbólica del lenguaje. Que la realidad sea ilusoria no quiere decir que es una ficción carente de todo tipo de sustento; quiere decir que se constituye precisamente en la tensión entre el deseo y lo Real, entre el trabajo de lo imaginario y su desmentida, su permanente puesta en suspenso.

En este “marco”, la expresión “nuestro pasado” es el incesante laleo (repetición, incluso compulsiva, como efecto de lo Real) [4] que nos proporciona la solidez evanescente de la realidad, concebida como un tejido de significantes, capaces de producir efectos de goce. Cuando empleamos dicha expresión, olvidamos la relación entre ella misma (el enunciado) y la enunciación, cortando la arteria que los une, lo que produce la reificación del referente, y, paralelamente, olvidamos que su significado es el resultado de los procesos discursivos en los que entra, lo que supone una serie de sinónimos, paráfrasis, sustituciones, etc., que funcionan dentro de una formación discursiva dada. Estos olvidos, inherentes a la dimensión imaginaria de la comunicación, provocan una adherencia al pasado común como nos adherimos, de forma involuntaria, a la vida organizada socialmente. Asimismo, cargan con el hecho de que, para poder establecer un pasado común que deviene hacia una “identidad nacional”, desde la cual nos es posible reconocernos como pertenecientes a ese sustrato compartido (la sangre que corre por las venas del organismo colectivo), es preciso determinar un punto cero o Año I a partir del cual se mida dicho sustrato y se reconozca como el momento de gestación de la “identidad nacional”. Para el caso uruguayo, o debería decir “oriental-uruguayo”, el nacimiento del pueblo aparece como un divorcio a dos bandas: del poder porteño y del poder español (la Madre Patria). En el segundo caso, en tanto que “hijos” de Artigas (“el padre nuestro Artigas”, “el padre de la patria”), somos el resultado de una “anomalía”, en la medida en que nos parió el hombre que, prócer y héroe hasta la sepultura, se hizo cargo de nuestra tenencia, independizándose de esa Madre con la que entró en conflicto (en este sentido, jugando con la lengua, podríamos decir que “patria” significa únicamente “la tierra del padre”).   

He aquí, para cerrar, la compleja articulación entre el deseo, el inconsciente como fuente del equívoco, el trabajo discursivo como forma de tratar con lo Real de la falta y los efectos de interpelación y goce que suscita la operación referencial de “nuestro pasado”. Por fin, con Stavrakakis: 

El deseo, el elemento que mantiene todo en marcha, está animado por la búsqueda de una completud faltante/imposible, en torno a la promesa de hallar la jouissance […]. Cada vez que alcanzamos el objeto de nuestro deseo, la jouissance que conseguimos es nada en comparación con la que esperábamos […]. [5] 


Notas

[1] Jean-Claude Milner, El amor de la lengua, Madrid, Visor, 1998. 

[2] Yannis Stavrakakis, Lacan y lo político, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2014, p. 50.

[3] Ibíd., p. 75.

[4] Cfr. Karina Savio, “Del lenguaje a lalangue: cruces entre el psicoanálisis y la lingüística”, Folios, 53,  2021, pp. 45-56. Disponible en https:/doi.org/10.17227/folios.53-10927.

[5] Stavrakakis, o. cit, p. 76.

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