POIESIS / 50

Por Enzo Cárcano

CONICET, ILH, UBA – USAL

…Como si la palabra fuera una lágrima

o un fragmento de Dios

que cae desde el fondo

de nuestros ojos

y se eleva.

Enrique Solinas,

poema “La palabra inicial”, 

en El libro de las plegarias (2019)

Los versos que cito como epígrafe, los últimos del más reciente poemario de Enrique Solinas, encierran, de algún modo, una síntesis del itinerario comenzado más de tres décadas antes: la palabra como un resto divino que emerge de la visión del poeta para remontar las alturas, es decir, como un ir en pos de lo más secreto y fundamental. Un indagar que, como atinadamente subraya Jaime Siles en la contratapa de dicho libro, es, al mismo tiempo, plegaria y súplica. Porque la lírica solinasiana se vertebra como una invocación nacida de una fe que, si al principio, sufre la angustia y el miedo de la intemperie, luego la abraza y la acepta, porque comprende que el camino del silencio es también el de la poesía, apertura donde se da la escucha y donde —parafraseando a Heidegger— el ser se muestra ocultándose.

Los comienzos de este derrotero que se inicia en Signos oscuros —título más que elocuente— están marcados por un sentimiento que seguirá apareciendo hasta el último poemario, aunque cada vez menos recurrentemente: el miedo. El hablante lírico que construye Solinas en sus primeros libros se enfrenta a una ajenidad acechante —pantera agazapada— que no puede asir ni comprender y que es alternativamente la realidad (“El silencio”), la verdad y el amor (“Este escriba”), o aun el propio yo (“Narciso de Tespia”). Aunque peligrosa y desconcertante, esta alteridad inasible también despierta intriga, y el hablanteemprende entonces su busca, se enfrenta a ella con su lenguaje, pero cada aproximación es un alejarse: su decir no es más que un balbuceo, un frenético girar en círculos de fiebre. Este movimiento tiene su correlato en el notable trabajo formal que vertebra la búsqueda: de un lado a otro de la página, los poemas se desplazan alternando alineaciones, tipografías y voces —desdoblamientos—, rasgos que les imprimen un ritmo vertiginoso y que ilustran la complejidad de la empresa.

El tono doliente y la sensación de agobio y desorientación se renuevan en El gruñido, poemario que toma su nombre del sonido inarticulado, ronco y estéril que resulta de enfrentarse con aquello que no puede ser aprehendido por la palabra, ángel partido ensanchador de brechas. Al hablante le toca entonces —según le es anunciado ya en la primera pieza— caminar el lenguaje de la furia, transido de imposibilidad. Exiliados él y su decir de la realidad del mundo, cada vez que intenta ir hacia ella, remontar el camino de lo Diverso hacia lo Uno, es interceptado, y sus frases, anestesiadas con dolor. No parece haber salida de este atolladero que toma la forma de un hospital que cura hiriendo de impotencia (“II”). Pero el poema que cierra el libro (“XIII”) es un llamado a la esperanza ante la injusticia y la reserva divinas, ante las ruinas del mundo y la traición; y la voz que llama es el silencio, todo fecundidad.

De tono más sosegado y más poblado de elementos autorreferenciales que los anteriores, El lugar del principio constituye una indagación de la memoria como sitio de origen, donde el recuerdo se pierde y adonde solo se accede —se vuelve— poéticamente. Como en los libros previos, también aquí se advierte la falta, aquello que ha sido arrebatado por el tiempo, pero la vivencia del hablante no resulta tan angustiosa como antes: si ir hacia atrás es extraviarse ineluctablemente, trazar el límite último también es imposible, porque todo comienza y recomienza (“Para que no te vayas”). El miedo y el fin reaparecen en Jardín en movimiento, pero el hablante —más determinado— ensaya ahora nuevos conjuros: esas palabras para no morir (“Acerca del rigor de la muerte”) que señalan hacia donde no pueden llegar y que se justifican en el mismo gesto de no ceder al temor de perderlo todo, como el abrazo de “El pueblo”, como el martirio de San Sebastián, como la prolija autopsia para que se abran / todas las puertas de la luz (“Ejercitación”) o la cabalgata hacia la aurora / para abrir y cerrar el mundo (“Rutina”). Cual luciérnaga en la que cabe Dios (“La noche en el jardín”), la poesía se alza entonces como plegaria para exorcizar ese destino inexorable de vacío que acecha siempre.

Con Noche de San Juan, la poesía de Solinas, sin cortar los lazos con la producción anterior, entra decididamente en una nueva etapa, en la que el imaginario cristiano —reapropiado de un modo personalísimo, lejos de cualquier ortodoxia o dogmatismo— y místico —es decir, aquel inmortalizado por la tradición que encuentra su punto más alto en San Juan de la Cruz— vertebra desde ahora la búsqueda y acentúa su dimensión invocatoria, lo que parece dejar su marca también en la forma más regular que adoptan paulatinamente las composiciones del libro, si bien la intercalación de voces se continúa a todo lo largo de la trayectoria solinasiana. El conjunto se abre con un “Magnificat”, alabanza que adquiere aquí un tono celebratorio al decirse el hablante a sí mismo que es un santo, aquel que entendió todas las palabras del mundo. Sin embargo, luego de ese arrebato inicial, el yo se embarca nuevamente en las palabras —barcos de luz / que se dirigen hacia la luz (“Las tumbas”)— en pos de las palabras, para no morir (“Darkish”), para explicar / la noche (“Borderland”), aunque sea imposible. Si antes el hablante solinasiano se detenía, sobresaltado, en esta limitación de su lengua, ahora destaca el impulso, el afán por decir —como esa paloma embestida por un auto que aun intenta con sus alas / levantar vuelo (“Gesto”)—, porque comprende que el poema es él (“Escribir”), que su lugar es la canción y su voz es un rezo (“La patria”), que es tiempo de palabras, de mentiras / lo suficientemente fuertes / para sobrevivir (“Sparkly Darkly”). Y sobrevivir es también aceptar la pérdida de lo más cercano, de lo más íntimo; de ese amigo que pronto se ocultará detrás del sol (“Bucólica”) y de esa madre ausente que aparece en sueños (“Cumpleaños”) y cuyo cuerpo sin vida, que comparte despedida con una mosca que sonríe, es el escenario del acontecer de lo más oculto: el rostro de Dios (“El rostro de Dios”). 

Ya desde su mismo título, Corazón sagrado constituye una exploración poética de la dimensión más íntima y sensual de la divinidad: ese órgano encierra el misterio cardinal de la tradición cristiana; en él se funden dos naturalezas y la belleza que brota de la pasión, amor infinito que es también sufrimiento. El hablante lírico que construye Solinas en este poemario hace propia la premisa que encarnó Jesús y va hacia lo oculto, porque el amor de verdad es un misterio (“En vos confío”). Sabe de su evanescencia y busca atraparlo en la memoria antes del final en el que todo se va, parte, cesa. Todo, menos algo que queda: Es el poema, su corazón, / el fuego sagrado. // Porque la poesía / es la única posesión / que te pertenece (“Lo que queda”). La poesía adquiere así, en esta analogía con el corazón de Jesús, la estatura de la palabra más propia y a la vez más poderosa: en ella late aquello que es sin revelarse nunca plenamente, permaneciendo misterio, y esa relación del decir con lo recóndito, lo inefable, es la que define al poeta.

Uno de estos enigmas esenciales es la muerte, límite de todo lo comprensible que es abordado por Solinas en Barcas sobre la zarza ardiente. Aquí, es el padre el que se va, y el hablante hijo quien lo despide mientras el otro surca el río final, mientras duerme y se sobresalta en la cama de un hospital. Solo queda esperar el paso del tiempo—ese animal que muerde las entrañas (“Habla dormido”)— hasta que las dos orillas se alejen definitivamente y la partida del padre se lleve con ella un resto del hijo. No hay respuesta para la invocación que repite el clamor de Cristo en la cruz —Elí, Elí—, sino un silencio que grita y se impone sobre todo lo que pudo ser y no fue, sobre el deseo de que el tiempo / vuelva hacia atrás (“En la zarza ardiente”). Pero otra vez, como frente a esa zarza que jamás devela su misterio, ante la muerte insondable es la poesía de la memoria el agua en la que nada el pez de la esperanza,a cuyo encuentro va el hablante como la única verdad posible (“Río de la memoria”).

En El libro de las plegarias, Solinas remeda la estructura de un libro de oración —Maitines, Laudes, Vísperas y Completas—, como si, ya desde la misma forma, poesía y rezo estuvieran hermanados. Y es que, desde la primera pieza (“Esta es mi lengua”), el hablante define su decir como un abrirse al día, al sol, al mundo en perpetuo cambio (“Lo que fluye”), al abrazo de la naturaleza que lo conecta —lo religa— con el todo. Su patria, su Edén, es la poesía, el poema, ese jardín deseado / desde el principio / de los tiempos (“Hoy estarás conmigo en el Paraíso”). Y Dios es pura ausencia, puro silencio que renueva la incesante fe del hablante, ese que confiesa en “Oración de la mañana”: Yo soy el que te escucha / cuando no hay palabras / para decir. // Yo soy el que te espera, / Señor, / en el lugar del abandono. Si en los versos más tempranos de Solinas el yo se desgarraba de lado a lado de la página ante el mutismo divino, ahora, desde el dolor, comprende, acepta y escribe, / en honor a los muertos (“Prende sus velas…”), esos que regresan para gritar, / como cabalgan los caballos del miedo (“Encantación”). No se trata entonces de sucumbir a la desesperación o de evitar preguntarse qué ha de ser cuando arrecie el olvido (“Nido vacío”), sino de apostar —¿no es eso, acaso, orar?— a que el amor puede más / que toda la tristeza, / que toda la injusticia, / que el dolor (“Mujer en el camino”). La palabra es ese río que tiene fuerza de hombre y que lo conecta con el más allá del cielo (“La palabra inicial”), es esa sábana protectora que no falsea lo terrible y secreto de la existencia, sino que ayuda a intuirlo, a acercarse a lo más oculto e inefable sin llegar a asirlo nunca. La poesía es, en este sentido, un modo de indagar lo que solo acontece en el silencio y que nos hace más humanos al abrirnos a la escucha de lo que no puede ser dicho.

En un breve ensayo titulado “Sobre la operación de las palabras sustanciales”, incluido en La piedra y el centro, José Ángel Valente escribió: “Palabra inicial o antepalabra, que no significa aún porque no es de su naturaleza el significar, sino el manifestarse. Tal es el lugar de lo poético. Pues la palabra poética es la que desinstrumentaliza al lenguaje para hacerlo lugar de la manifestación”. Esta apreciación del escritor gallego bien puede enlazarse con la cita inicial del presente texto que he reproducido como una suerte de síntesis lírica de la poética solinasiana: la palabra como un nexo secreto con lo más elevado y, a la vez, lo más oscuro, con aquello que no puede decirse, pero que acontece encubriéndose en el abrirse del lenguaje desembarazado de su mera función instrumental. En ese gesto vertebrador se comprende y dimensiona el diálogo de la poesía solinasiana con la tradición cristiana, fundada sobre el poder del Verbo. Todo esto la convierte no solo una de las voces actuales que mejor encarna la propia naturaleza del fenómeno poético, sino también una de las más originales del panorama literario contemporáneo.

(Este ensayo es el Prólogo al libro The horses of fear , New York Poetry Press, New York, 2022).


El adiós
“Pueden pasar 
a despedirse”, dijo, 
y las palabras
que provenían del túnel  
de la esperanza,
se conectaban 
con su boca abierta
la cabeza levemente 
inclinada hacia atrás 
y los ojos,
que miraban sin mirar
el escenario quieto 
del cielo, 
observaban
esta historia
recién amanecida
y claro, 
allí estaba yo, 
testigo oscuro,
un detalle del paisaje, apenas 
un sueño imposible que soñaba
con poemas y canciones de amor.

Porque todas las personas que amo
han nacido para desaparecer;

porque todo se vuelve inalcanzable
para los que se van sin despedirse.

Invierno
Observa el viento entre las hojas
de los libros.
Sus manos invisibles las descorren
con la delicadeza propia
de quien está en ninguna parte,
pero existe,
como un murmullo
en medio
de esta nada.

Observa,
compré flores en el mercado
para las novias y los muertos.
                 Lloré. 
Hoy me alegré por tanta
melancolía desierta.

En algún lugar del mundo
es primavera
y yo no estoy allí.

Soy el invierno,
respiro oscuridad,
bebo oscuridad
y tengo miedo.

Ahora,
            ahora,

ahora soy
lo que temo.

Corazón, corazón
Situado en el centro
de nuestro pecho,
domina el sentimiento 
la razón. Piadoso
y sin piedad existe,
su espíritu es tan fiel
como esos galgos buenos
que siempre me acompañan.

A veces en su latido
hay dolor,
probablemente sean las flechas
que alguien lanzó al azar y se resiste
a morir con razón, 
a dejar de existir,
a vestirse de olvido
en esta tarde amarga.

He aquí la belleza,
                              He aquí el terror:
abrazar contra el pecho la certeza
que todo ha de morir,
que el mundo es efímero y fugaz;
que amar y ser amado es una condición
de un instante, de un día, de una hora,
un momento cualquiera
en algún recóndito lugar 
del universo.

Ay, corazón, corazón,
no hay nada más triste 
que saber

que todo ha de morir,

que todo ha de morir
y que es inevitable.

Moebius
Un hombre muere,
súbitamente, 
en su cuarto de baño.

Sin percibirlo
queda allí, 
en silencio,
oscuro de plenitud.

Todo se vuelve noche,
todo se pone triste 
y sin embargo

de repente 
un viene violento
y su cuerpo,

su cuerpo es luz

que se levanta
hacia la luz

El monje de Shanghai
Me mira y sonríe 
porque es la primera 
y última vez
que nos veremos,
y tal vez nos volvamos 
a encontrar 
en otra vida, 
en otra historia,
donde quizás 
yo sea un monje 
que repite su fe
y él, 
un turista nuevo
en esta tierra de misterio.

Aprendo en silencio 
de su actitud,
la humildad del que sabe
mirar el viejo mundo 
con los ojos nuevos,
ah, antiguo 
amigo y renovado,
te miro a la cara
y me inclino ante vos, 
y rezo.

Rezo por todos los atardeceres 
que nunca llegaremos 
a mirar.

Rezo por nuestras palabras
que hacen el amor,
aunque no se entiendan.

El equilibrio del universo
En el Parque Zhongshan,
todas las tardes,
un hombre anciano barre y limpia 
lo que otros 
prefieren olvidar.

Observo cómo
hace una escoba 
con sus manos
de ramas secas,

cómo
ordena las hojas muertas
para que sean 
el instrumento útil
de su trabajo hostil y campesino.

Anciano hermoso si los hay,
ignora el mundo que lo ignora
y puede ser feliz,
a pesar de todo.

Para que exista el equilibro 
del universo,
es la curvatura de tu espalda
la que sostiene el peso del mundo
y soporta 
tanto dolor sin sentido.

La manera en que el tiempo se va
Quien mire el rio Huangpu, 
una tarde de verano, se verá 
a sí mismo contemplarse.
Ni las luces serán tan extraordinarias,
ni los edificios 
lo suficientemente deslumbrantes 
como para olvidar
las heridas que el tiempo nos dejó.

A veces creo que somos 
nada más que palabras, 
lanzadas contra el viento.
A veces creo que ni siquiera 
somos lo que creemos ser.

Por eso ahora miro el rio
y encuentro al que soy 
en mis propios ojos.

Y dejo que el agua se vaya
donde todo se pierde, 
donde todo se olvida.

Como el tiempo se va,
me voy,

y me abandono al mundo,
y puedo ser feliz.

Domingo de ceniza
                                   a Diana Bellessi

Es domingo y siente que no está
en el lugar donde la noche crece
como una luz que guía 
en la penumbra
los pasos hacia el porvenir.

Desorientado existe y siempre espera 
la mano que lo lleve hacia arriba,
hacia Dios, hacia su cuna,
hacia la otra orilla,
donde la vida de verdad lo espera
y es comienzo y no fin, 
de su propia historia.

Tiene miedo y sabe que está bien, 
que el temor nos recuerda
nuestra parte humana,
que no podemos todo,
que a veces debemos
permitir una ayuda,
que es bueno dejarse sostener. 

Entonces es domingo 
y no hay nada que decir,
nada que esperar. 
Sólo saber 
que este dolor que siente	
no lo entiende,
que el dolor en sí
es gratuidad.

Llega la noche y crece, 
pero en otro sitio. 
Llega la noche y crece
hasta abarcar el mundo. 

Entonces es hora de pensar 
en lo que realmente importa:

¿Qué hará el muchacho, 
ahora,
que lo ha perdido todo?

¿Qué va a hacer el muchacho,
ahora,
con tanto dolor? 


ENRIQUE SOLINAS nació en Buenos Aires el 11 de Julio de 1969. Es escritor, docente, traductor, investigador y periodista cultural. Desde 1989 colabora con publicaciones de Argentina y del exterior. 

Publicó en poesía: Signos Oscuros (Buenos Aires, 1995), El Gruñido (Buenos Aires, 1997), El Lugar del Principio (Buenos Aires, 1998), Jardín en Movimiento (Buenos Aires, 2003, y Perú, Lima, 2015), Noche de San Juan (2008), El gruñido y otros poemas (Antología poética, Buenos Aires, 2011), Corazón Sagrado (Buenos Aires 2014 y México 2015), Barcas sobre la zarza ardiente (2016), El Libro de las Plegarias (2019), El pozo y la cima (2022), The way time goes and others poems / La manera en que el tiempo se va (USA, Antología poética inglés-español, 2017), Escrito a fuego (Usa, Antología poética, 2017),  时光就这样流逝 (traducción al chino de la antología poética The way time goes – La manera en que el tiempo se va, Shanghai, 2017), Le grognement et autres poèmes (traducción al francés de la antología poética El gruñido y otros poemas, París, 2021) y The horses of fear (Antología poética bilingüe, New York, 2022). En colaboración, Dificultades de la poesía (ensayo, 2010), Invocaciones –cuatro poetas en la voz del mito- (poesía, 2012), Antologías Argentinas – Intervenciones sobre el canon y emergencias del imaginario, Capítulo La antología poética argentina: Procesos de subjetividad, género y canon (Editorial Teseo, Buenos Aires, 2017). En narrativa: La muerte y su conversación (cuentos, 2007).

Por su labor literaria obtuvo varios premios, entre ellos, el 1er. Premio Nacional Iniciación Bienio 1992/1993, de la Secretaría de Cultura de la Nación; el 1er. Premio Dirección General de Bibliotecas Municipales de Buenos Aires 1993; Mención en los Premios Municipales de la Ciudad de Buenos Aires a la Producción 1994/1995; Subsidio Nacional de Creación de la Fundación Antorchas, Concurso 1997 de Becas y Subsidios para las Artes y Subsidio de Investigación en Poesía Argentina Contemporánea, Concurso 1997 de Becas y Subsidios para las Artes; 1er. Premio Estímulo a la Creación, Año 2000, Secretaría de Cultura de la Nación; Finalista del Premio Internacional de Poesía “Pilar Fernández Labrador” 2017, en Salamanca, etc. Ha obtenido la Beca de Residencia Shanghai Writing Program 2014, otorgada por el Gobierno de China a través de Shanghai Writing Association

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