MARIELA MICHEL / Cuando me propuse escribir este ensayo, vino a mi memoria una oportunidad en la que me encontraba dando una clase en un curso de formación para la tarea de educadores en primera infancia. Recuerdo que comencé a hablar con cierto entusiasmo por explicar la importancia específica de ambos roles parentales para favorecer el desarrollo infantil. Mientras hablaba, me fui dando cuenta de que los rostros de mi joven audiencia, que al inicio seguían mi discurso con gestos afirmativos, fueron lentamente perdiendo sus sonrisas.
ENSAYO
Algo cambió en el ánimo de sus cuerpos, algo que tiñó progresivamente el clima emocional del momento de un vago sentimiento de incomodidad. Rápidamente, mientras seguía hablando, intenté focalizar mi pensamiento en qué cosa yo podía estar diciendo que fuera equivocada. De pronto, me di cuenta de cuál había sido mi traspié. Había dicho: “los niños necesitan a ambos padres: a su madre y a su padre.”
Se produjo un silencio intenso. Me detuve apenas percibí que el vínculo armónico que tenía habitualmente con el grupo estaba en riesgo. Mientras pensaba en cómo salir de esa situación inusual, una estudiante hizo una pregunta que fue una cuerda salvadora, porque me permitió retomar el diálogo con el grupo. La estudiante que intervino lo hizo con voz alta y segura, y con cierta molestia que intentaba contener: “¿y qué sucede entonces con las familias monoparentales?” En el intercambio que siguió, se confirmó que esa pregunta y el tono en que fue formulada era un “emergente grupal”, en el sentido que le da a ese término el psicólogo social argentino Pichon-Rivière (1907-1977). Este concepto designa a cualquier integrante de un grupo cuya intervención vuelve manifiesto un sentimiento compartido por los demás, pero que hasta ese momento no había sido percibido.
En ese momento me di cuenta de que mi audiencia había dejado de asentir con gestos desde que había empezado a hablar sobre la importancia de ambos padres para los niños. La pregunta sobre las ‘familias monoparentales’ fue formulada para rebatir mi argumentación, como si el solo hecho de que existiera ese concepto probase que las necesidades de apego de los niños podían reducirse a un afecto monoparental. Lo que esa pregunta solicitaba iba más allá de una pura aclaración conceptual. El grupo de estudiantes en su casi totalidad rechazaba con vehemencia una frase que a primera vista parece tautológica, una afirmación que, de no haber sido por los muy notorios ceños fruncidos, me hubiera parecido ‘de Perogrullo’.
Para argumentar a favor de mi juicio, que no fue intencionalmente polémico, no voy a recurrir, al menos no mayormente, a mis estudios en psicología. Recurriré, en cambio, a mis notas y archivos, para recoger las palabras de algunos niños que conocí en ese trayecto, y que emitieron, de un modo u otro, su opinión al respecto. Lo hago con el convencimiento de que sus afirmaciones constituyen una evidencia de las más sólidas que podemos encontrar, para respaldar una afirmación en apariencia tan banal y cotidiana como la de que los niños deben contar con ambos padres para su desarrollo favorable.
La polémica desatada nos llevó el resto de esa clase, y generó algunas reflexiones que, en cierta medida, dieron origen a este texto. Sin querer, había tocado discursivamente un punto crítico, porque había olvidado momentáneamente, que todo lo relativo a la conformación de las familias recientemente había sufrido un verdadero tsunami, desde el punto de vista semiótico. Uso ese término técnico porque lo que está involucrado aquí es el sentido mismo de los términos, de la manera en que la sociedad (se) representa el cuidado de los niños.
Una revolución que desconoce a los niños
Una nota de La Diaria de 2021 titulada: “Las revoluciones de las familias en Uruguay y su profunda desigualdad” se refiere a cambios abruptos que habrían sucedido en las estructuras familiares en los últimos años. Según su autor, esas modificaciones dejaron muy atrás “el modelo normativo dominante”:
“¡Cuán lejos están estas [se refiere a tres situaciones famlliares que resumiré más adelante] vicisitudes personales y familiares del modelo de familia de padre trabajador, mujer ama de casa, hijos y unión para toda la vida! Son, sin embargo, historias comunes, bastante más que las del modelo normativo dominante.”
Para ilustrar el resultado de esa mencionada transformación, se describen tres grupos de personas y su situación vincular. La primera descripción remite justamente al origen de lo que podría clasificarse como ‘familia monoparental’. Se trata de una pareja con dos hijos que se separó. La madre pasó a convivir con sus hijos, y tiene dificultades para cobrar su pensión alimenticia al padre, quien formó una nueva pareja con una mujer que también tiene hijos de otra pareja. Otro modelo es el de una pareja que ha decidido no tener hijos. Y el tercero describe la situación de dos hombres que desean casarse. Uno de ellos vive con el hijo de una pareja anterior, mientras que el otro no ha resuelto aún su separación de su pareja con una mujer con la cual tiene sus hijos.
La intención de la enumeración hecha por ese medio es exhibir la variedad de estructuras que difieren del modelo dominante antes descrito. ¿En qué consiste la así llamada revolución? Según las cifras presentadas en la nota de La Diaria, el cambio más significativo fue que el modelo de familia nuclear ha pasado de ser “dominante” a ser minoritario.
Se vuelve notorio que la familia nuclear, que según la clasificación presentada en un cuadro del 2013, se define como “una pareja casada en únicas nupcias con o sin hijos solteros,” mantiene un vínculo conyugal duradero con mucho menos frecuencia que antes. De todos modos, la separación de las parejas y el divorcio hace ya larga data que están aumentando en las sociedades. También ha sido un proceso gradual la integración de las madres casadas o separadas a los ámbitos laborales y profesionales. Sin duda, la expresión ‘ama de casa’ ha caído en el olvido. Sería interesante conocer los datos sobre cuántas madres jóvenes hoy trabajan por opción, y cuántas lo hacen por necesidad económica exclusivamente. Según la revista digital sobre psicología La mente es maravillosa,
“La situación se ha revertido y pocas parejas se pueden permitir vivir y mantener a unos hijos sin que los dos miembros trabajen. La sociedad ha pasado de considerar mayoritariamente que la mujer estaba mejor en casa a no permitir que esto pueda suceder.”
La situación económica ha sido uno de los más importantes factores determinantes en el cambio en la distribución de roles parentales aún en las familias nucleares con padres que conviven. El hecho de que ambos padres trabajen puede tener como consecuencia inevitable la idea de que se está desdibujando la especificidad de los roles materno y paterno. Si ambos trabajan, ambos tienen la misma posibilidad de dedicarse al cuidado de los niños, cuando están en el hogar. Entonces, aparentemente, el concepto de monoparentalidad se justificaría. Si la duplicación de figuras parentales fuera solamente una necesidad práctica, es decir, un requisito para alivianar las tareas en el hogar, la necesidad de una dupla parental podría bien sustituirse por mejores electrodomésticos, por niñeras, o por atractivas ‘niñeras electrónicas’, que vienen en varios y convenientes formatos de pantallas cada vez más accesibles.
El concepto de monoparentalidad vendría como anillo al dedo: un concepto que invita a desconocer al padre que no convive como alguien que no podría hacer ningún aporte salvo la pensión alimenticia. Se evitarían así conflictos incómodos y discusiones innecesarias.
Entonces ¿por qué insisten algunos hijos en reclamar o extrañar a su figura parental no presente en su cotidianeidad? Parecería que en la mayoría de los casos les resultara casi imposible adaptarse a su nueva familia monoparental. Aun cuando pasa el tiempo, da la impresión de que la mayor parte de los niños no llegan a aceptar del todo que con un solo padre basta, y hasta podría sobrar.
¿Es posible hablar de una familia monoparental?
Llama la atención que el texto de La Diaria mencionado arriba califique de ‘revolucionario’ un cambio con respecto a un modelo familiar descrito como “padre trabajador, mujer ama de casa y unión para toda la vida”, y lo haga justamente, en un país donde el divorcio legal existe desde el año 1907, y el divorcio por la sola voluntad de la mujer desde 1913. Sea cual fuera la evolución de las estructuras familiares desde ese momento hasta el presente estamos ante un proceso que lleva ciento diecinueve años. Por ende, en lo que respecta a la “unión para toda la vida,” al menos no se puede hablar de un cambio vertiginoso. Quizás a lo que ese texto se refiere es a una alteración reciente, que es la de su denominación. Si tomamos el ejemplo de lo que hoy se conoce como ‘familias monoparentales,’ y escogemos una definición básica de este concepto, como la que proporciona el artículo titulado Un análisis del concepto de familia monoparental a partir de una investigación sobre núcleos familiares monoparentales, nos encontramos con lo siguiente:
”La no convivencia en pareja parece ser una de las condiciones fundamentales para que una familia pueda ser considerada como monoparental. Existe consenso casi absoluto entre los autores revisados en que el grupo se organiza en torno a un solo progenitor, que puede ser hombre o mujer, y en la mayoría de los casos adulto.”
Según la IA, este concepto surgió en 1969, a partir de libro titulado One parent families de Benjamin Schlesinger. Si hacemos una simple operación matemática y aplicamos esta definición, percibimos que al menos durante más de medio siglo esa estructura familiar existía de modo oficial, sin que fuera denominada “monoparental.” Esto es confirmado por la IA, cuando explica que fueron las “corrientes feministas” las que impulsaron esta denominación para evitar el uso de términos “despectivos que se usaban anteriormente como ‘familias rotas o familias incompletas.”
Alguien podría pensar que quizás en una situación de divorcio, la denominación ‘monoparental’ podría aplicarse a aquellos núcleos en que el padre que no convive se desentendió de sus hijos y dejó de pasar la pensión alimenticia. Pero esto no es así, la IA también nos confirma que “el progenitor” que no convive debe pasar pensión alimenticia a sus hijos. Entonces, si estos son sus hijos, se ratifica que estamos hablando de su padre. Si un padre mantiene un vínculo con su hijo, aunque sea solamente pasándole la pensión alimenticia, deja de tener sentido el término monoparental. El divorcio no haría que el niño pierda a su padre como tal, seguiría teniendo padre y madre. El concepto de rol es vincular por definición. Todo rol tiene su contra-rol o rol complementario. Más allá de los términos que se usen legalmente, desde el punto de vista de la psicología, nada puede mutilar esta relación, precisamente, porque se trata de una relación.
También esto vale desde el punto de vista lógico. La teoría semiótica estudia la generación del significado por obra de la acción de los signos (C. S. Peirce). Y uno de sus estudiosos, John Deely (1996), plantea este ejemplo como el prototipo de una relación de identidad. En ella, un padre es semióticamente definido por su relación a un hijo. Y como se trata de una relación lógica además de la carnal o biológica, la pregunta que se hace el autor es si un padre cuyo hijo ha muerto continúa siendo padre. La respuesta que da Deely es afirmativa. Un padre ni siquiera deja de ser padre a causa de la desaparición física de su hijo, así como tampoco un hijo deja de serlo por el alejamiento o la desaparición física de uno de sus padres. Esta posición se basa en que la relación subsiste por ser “suprasubjetiva”, trasciende a los individuos que vincula, es general, y en cada caso la encarna una situación familiar concreta, pero en sí misma la relación no lo es. Por ese motivo, los padres de un hijo muerto siguen siendo padres y viceversa:
“el niño es ‘su hijo’, y ellos son ‘los padres del niño’ permanentemente, por así decirlo. Pero, por supuesto, los tres pueden morir, separadamente o juntos. Lo que es permanente no reside en el orden material y biológico, sino en el orden del discurso y del entendimiento. Es una cuestión de verdad, sea conocida o no, olvidada o recordada: aquel niño fue de aquellos padres.” (Deely, 1996, p. 130)
Vuelvo ahora a la situación de mi clase donde mi afirmación sobre la necesidad de ambos padres para el desarrollo favorable del niño despertó un fervoroso debate. Comienzo a entender ahora el razonamiento que llevó a mis estudiantes a asociar el concepto de familias monoparentales con la idea de que los niños no necesitaban a ambos padres. Ellos habían entendido exactamente el sentido de difundir la noción de monoparentalidad bajo el amparo ideológico que “las corrientes feministas impulsan.” Sin embargo, en todo marco conceptual que procura entender y amparar el desarrollo saludable de los niños, es decir, de los seres humanos en su inicio, ese concepto no tiene lugar. El término ‘familia monoparental’ fue propuesto con la finalidad de “impulsar” la idea de que cuando uno de los padres se retira del hogar, aún después de una separación, lo que resultaría de esa sustancial pérdida sería una familia completa. Si esa familia que habita en un hogar monoparental está completa, entonces, ¿de dónde saca la profesora la idea de que los niños necesitan a ambos padres para su desarrollo saludable?
La respuesta es más simple de lo que parece. La docente de ese curso extrajo esa idea de los propios niños, de hijos de padres separados o que tuvieron que sobrellevar el fallecimiento de uno de sus padres. Para ellos, el concepto de monoparentalidad no tiene ningún significado, porque no habla de su propia historia de vida, que en todos los casos es biparental. Aún si viven con uno solo de sus padres, o incluso si en su familia se incorporan otras figuras parentales, su origen es siempre biparental. Los niños han comprendido lo que las corrientes feministas intentan a toda costa desconocer. Así como en el ejemplo dado por Deely de la muerte de uno de los miembros del vínculo paterno-materno-filial, dado que se trata de una relación, ésta persiste en cuanto trasciende la naturaleza material de las personas que forman parte de ella. Espero que quede claro en lo que sigue, que los casos que presento son representativos de los niños en general.
¿Por qué el concepto de monoparentalidad es nocivo para el desarrollo?
Así como un aplauso de una mano no produce ningún sonido, una familia monoparental no puede producir un hijo. Tampoco puede acompañar su desarrollo, que comparado con el de otras especies es muy lento, y por ende requiere mucho apoyo. Aquí muchos estarán pensando ¿pero qué pasa con tantos niños que han perdido a uno de sus padres, o que por diferentes motivos que incluyen la separación, no ven a uno de sus padres o a ninguno de ellos cotidianamente?
Lo que los niños me han enseñado es que ellos necesitan a ambos padres, aunque sea en el discurso de las personas o de la persona que está a cargo de ellos. El problema con el término monoparentalidad es justamente el que se origina porque es un término, es decir, una palabra que niega la realidad y mutila al niño. El desarrollo no es puramente lineal, el pasado no puede ser dejado atrás y olvidado para siempre de modo voluntarista. El origen de todo niño es biparental, y ese origen lo acompaña hasta el día de su muerte. Si una persona pierde una pierna, por eso no deja de ser un ser humano que tiene la condición de ser bípedo. Sigue siendo un ser humano bípedo sin una pierna, sólo que ahora, circunstancialmente, se encuentra incompleto. ¿Ayudaríamos a esa persona diciéndole que es una persona completa? ¿Sería no “despectivo” decirle que lo vamos a llamar desde ahora en adelante, en tanto es un ser con una sola extremidad, un unípedo? ¿Sería saludable que tuviera que modificar un rasgo central de su identidad como ‘ser bípedo’, para no sentirse incompleto? El sentido común nos dice que lo mejor sería que pudiera hacer el duelo por el miembro que efectiva e irremediablemente perdió. Y, para hacer un duelo, esa parte de su cuerpo tiene que necesariamente seguir presente en el discurso de alguien. Si fuera un padre el que perdió, ya sea por muerte o como parte de su cotidianeidad, tiene que estar presente en el discurso de su madre, por ejemplo, para que ese niño pueda sentirse completo. Lo que importa no es decir que la familia está completa cuando no lo está, sino permitir que el niño se sienta completo, a pesar de la ausencia física de uno de sus padres o de ambos padres biológicos.
Todo niño puede desarrollarse de modo saludable sin la presencia física de sus padres biológicos, cuando los pierde por algún motivo, siempre y cuando haya alguien que lo ame. Pero amar a un niño significa apoyarlo en sus duelos, así como en todo lo demás. El tema de la adopción fácilmente se puede vislumbrar aquí. Hace ya tiempo que quedó atrás la costumbre de ocultar su origen a un niño adoptado. Lo mismo sucedió con los hijos de desaparecidos por causas políticas. En esos casos, se considera un derecho humano el que posean el cabal conocimiento de su origen biológico. ¿Por qué no lo sería en el caso de todos los demás niños? Tomemos como ejemplo el caso de Mariana Zaffaroni que se volvió notorio a partir de la campaña de búsqueda organizada por su familia que comenzó con el retrato de su mirada infantil distribuido por toda la ciudad, y luego a través del documental “Por esos ojos” (Arjón y Martinez, 1997). Es cierto que en un primer momento, Mariana se negó a conocer a su familia de origen, por razones circunstanciales. Pero luego, de ese momento, de ese golpe emotivo inicial, ella manifestó su deseo de conocer a su padres biológicos, ya desaparecidos, a través de las narraciones de familiares y amigos. En el primer párrafo del prólogo del libro Los Padres de Mariana escrito por François Graña, quien fue uno de sus compañeros de militancia y amigo, el autor explicitó la razón que lo llevó a contarle por escrito a Mariana la historia de su origen, es decir, su propia historia. Se trataba de devolverle algo que le pertenecía, y por eso mismo, algo que completaría su identidad, que hasta el momento había sido cercenada brutalmente. Lo que ella solicitaba en ese momento no era la búsqueda de sus restos. No estoy afirmando que no reclamase eso también. Lo que ella explícitamente solicitó era una búsqueda de sus padres en el discurso de quienes los conocieron. Sólo así podría recuperar esa parte tan importante de su identidad que, en este caso, le llegó a través de 311 páginas. Es interesante que F. Graña no tituló el libro con el nombre de los protagonistas solamente. Tampoco se refirió al rol que tenían como amigos o su papel en la militancia, sino que el título “Los Padres de Mariana” muestra la comprensión de su necesidad en tanto hija, para completar su identidad:
“En agosto de 2009 me llegó un correo electrónico enviado por Mariana Zaffaroni que había tenido amplia difusión: … ‘al fin llegó el día…QUIERO CONOCER A MIS PADRES…’. Pedía que le contaran ‘cosas chicas, grandes, importantes, nimias, de su militancia, de sus ideas, de lo que hacían y de lo que les gustaba’. Agradecía cualquier detalle: ‘lamentablemente no tengo de ellos ningún recuerdo.’ Terminaba diciendo ‘les pido que disculpen si les pido que recuerden cosas dolorosas’”. (Graña, 2023, p. 9 – énfasis en el original)
En este caso, no se trata del discurso de una niña porque este mensaje ella lo escribió siendo ya adulta. Pero todos sabemos que estamos ante el pedido de una niña, la niña que Mariana fue. En tanto adulta, ella ya no necesita a sus padres para continuar con su vida, pero su mensaje manifiesta que sí los necesita para recuperar su identidad, para saber quién ella es realmente. La identidad es un concepto relacional, un ser aislado difícilmente pueda saber quién es.
Para poder hablar en nombre de los hijos, tengo el deber ético de transmitir su propio relato en la forma más textual posible. Por eso recurrí a las palabras de Mariana Zaffaroni. En lo que sigue, haré lo mismo con dos niñas anónimas que considero representativas de otros niños con los que trabajé como psicóloga.
Una cruzada de los hijos a favor de sí mismos
Cuando J. L. Moreno (1889–1974), el creador del método psicoterapéutico y pedagógico llamada Psicodrama relató uno de sus antecedentes, él se retrotrajo a su época de estudiante de Medicina, cuando solía contar cuentos a los niños en los jardines de Viena. Esta actividad derivó en juegos dramáticos, que Moreno describió como “una cruzada de los niños en favor de sí mismos”.
Cuando trabajé con el método psicodramático en el Hospital Pereira Rossell, pude comprobar que, efectivamente, si se permite a los niños desplegar su imaginación, su fantasía, ellos encuentran el camino para tomar el protagonismo de sus vidas.
Hace ya varios años, concurrió al hospital un matrimonio mayor con su nieta, una niña de 9 años, por quien consultaban a causa de recientes dificultades atencionales. La niña, a quién llamaremos Sofía, convivía con su madre, su hermana menor, y sus abuelos maternos, desde que habían vuelto al país, luego de una larga estadía en el exterior. Cuando se les informó que para atender a la niña era necesario entrevistar a sus padres, los abuelos transmitieron el mensaje de su madre en el que se comprometía a concurrir apenas pudiese encontrar un día libre en su muy reciente trabajo. La entrevista se fue postergando, hasta el momento en que la niña logró comunicar a las psicólogas cuál era su propio motivo de consulta a través de un cuento:
“Había una vez una beba que estaba con su madre sentada al borde de una piscina. La madre se distrajo conversando con una señora. La beba se cayó al agua y se ahogó”
La madre de Sofía (nombre ficticio), también se había distraído, estaba atendiendo su nuevo trabajo. ¿Sería la protagonista de este cuento una representación de la propia Sofía? Esta pregunta tuvo inmediata respuesta en la puesta en escena de ese cuento. Se trataba de un grupo en el que se aplicaba un método psicodramático, adaptado para el trabajo con niños por el psicoanalista francés Didier Anzieu. Consistía en contar cuentos y luego escenificarlos. Quien reparte los papeles es el niño que contó el cuento, en este caso, fue Sofía.
A continuación, describo la dramatización:
Una de las psicoterapeutas en el rol de madre mirando hacia un almohadón que representaría a la beba, por decisión de Sofía, exclamó:
¡Socorro, que alguien me ayude! ¡Mi beba se cayó al agua!
Sofía inmediatamente saltó al medio de una alfombra que delimitaba el escenario, y recogió el almohadón con decisión, mientras decía con tono de preocupación:
“A esta beba hay que llevarla al hospital”
“¿Y usted quién es?” preguntó quien representaba a la madre, con asombro por esa respuesta tan eficaz y veloz.
Sofía no se había asignado ningún papel, porque ella había decidido ser parte del público, y solamente mirar la escena. De modo imprevisto, saltó sobre la alfombra, como si estuviese impulsada por un resorte, y comenzó a actuar y a hablar sin titubeos:
“¡Soy la doctora! dijo con énfasis. ¡Hay que llamar a una ambulancia!”
Además del alivio de notar que la beba que se había ahogado en el cuento, no se había ahogado del todo, las psicoterapeutas también notaron que cada vez quedaba más claro que estaban ante una representación en el ámbito del ‘como sí,’ del juego simbólico. Eso les permitía conocer el problema real de la niña llamada Sofía. Al mismo tiempo que la beba de ficción era llevada en ambulancia a un hospital imaginario, Sofía estaba siendo tratada en el hospital de niños real. Y para dejar más claro que se trataba de una representación de su conflicto real, la infantil doctora exclamó:
“A esta niña hay que hacerle un Psicoclama, para ver que tiene en la cabeza”
El disfraz lingüístico de cambiar las letras “dr” por “cl” no logró ocultar completamente que estábamos ante una representación de la niña Sofía en un grupo de Psicodrama en el hospital, frente a una psicoterapeuta a quienes los padres de los niños en general llamaban “doctora.”
Luego de haber pasado la beba/almohadón por algo que remedaba una máquina hecha con una hilera de sillas, la infantil ‘doctora’ se acercó a la ‘madre,’ para comunicarle su conclusión de modo tan locuaz como certero:
“Bueno señora, está pronto el resultado,” dijo con firmeza Sofía, mientras caminaba hacia la psicoterapeuta que tenía el rol de madre. La niña hacía gestos como si ella leyera y escribiera sobre unas hojas imaginarias:
“Señora…. lo que le pasa a su hija es que está ahogada….su hija tiene la cabeza ahogada de preguntas sin respuestas….señora….usted tiene que hablarle….usted tiene que decírselo… por ejemplo, señora…usted tiene que decirle quién era su padre….. Yo sé que es difícil, señora….pero tiene que enfrentarlo….tiene que decíselo…. ¿Era borracho?…. ¡No importa señora…tiene que decíselo igual!”
Sofía nunca antes había demostrado tener un vocabulario tan sofisticado, ni ese estilo de modulación vocal típico de un adulto. Se la veía muy cómoda y segura en su papel. Estaba claro que había tomado muy en serio el rol de doctora que ella misma se había asignado. Sin titubear, ella comunicó un diagnóstico que no podría ser mejorado por ningún profesional de la salud adulto y real. En ese ámbito ficcional, que estaba enmarcado por una alfombra, Sofía desplegó ante nuestros ojos su problema real, y también los pasos para resolverlo. Sofía no solamente lo había mostrado y demostrado ante las psicoterapeutas sino ante sí misma. Era claro que ella misma iba haciendo un autodescubrimiento a medida que avanzaba la dramatización.
La semana siguiente supimos que el veredicto había llegado a su madre real de carne y hueso. Sofía consiguió que su madre acudiese a la muy postergada entrevista, y también logró ser escuchada. Su madre comprendió su demanda y accedió a contarle su historia. El recuperar a su padre en el discurso materno le devolvió a esa niña la posibilidad de caminar por sí misma.
La imagen del ‘caminar’ fue propuesta por la propia Sofía a través de otro cuento con el que cerró su tratamiento psicológico. Esta vez el protagonista era un niño que estaba en una silla de ruedas, porque no podía caminar. Ese personaje fue representado por Sofía en el escenario psicodramático. El niño tenía un amigo que siempre lo acompañaba y lo ayudaba a moverse de un lado a otro. Ese segundo personaje fue representado por la misma psicoterapeuta a pedido de Sofía. En esa dramatización de despedida, el protagonista representado por Sofía fue paulatinamente dejando la silla de ruedas para caminar con muletas y finamente soltarlas y caminar libremente. Él no solo soltó ambos aparatos ortopédicos ficcionales, sino que también dejó el apoyo de su amigo/psicoterapeuta, de quien se despidió con un gran abrazo.
La conclusión la dejó Sofía muy clara. A ella no le importaba si se trataba de un padre borracho, a ella le bastaba con tener un padre, su padre. Fuera como fuese ese padre, le bastaba con saber de su existencia, para no solamente mejorart su desempeño en la escuela, sino para poder caminar por la vida.
Un epílogo con moraleja
Empiezo esta sección de cierre con el reconocimiento de una limitación. Mi intención era relatar varios casos, pero la extensión de este ensayo no me permite hacerlo. De todos modos, guardo el genérico del título con la esperanza de que algunos lectores tomen por válida mi palabra de que la historia de Sofía y su búsqueda paterna es representativa de muchas otras situaciones similares. Solo voy a mencionar brevemente a otra niña, que llamaré Lucía, cuyo padre tampoco podía ser considerado ideal. Él había fallecido un año antes en un accidente mientras andaba en bicicleta. Ese hombre no solo había desaparecido físicamente, su mención también había sido omitida del discurso familiar. A pesar de esa medida, su madre la llevó a consulta, porque hacía un tiempo que había dejado de ser una niña alegre. Su madre no podía comprender ni admitir la tristeza de su hija, porque su padre era “borracho” y, en sus propias palabras, “yo ahora tengo otra pareja y soy muy feliz”. En su discurso en la entrevista inicial, la madre no notó que había cambiado el pronombre de modo sorpresivo durante su relato. El sujeto de su frase comenzó siendo “ella”, su hija, para explicar que no podía estar triste por esa pérdida, porque “yo estoy muy feliz.” A través de un cuento muy triste y de un ejercicio de espejo psicodramático consiguió Lucía encontrarse consigo misma, al darse cuenta de que ella, a diferencia de su madre, estaba triste. En ese momento, al observar una representación de sí misma, ella pudo recuperar su vitalidad y afirmar con sorpresa que ella estaba triste. También pudo decir al final de la sesión, como si se le hubiera prendido una lamparita: “yo sé por qué Lucía está triste… porque su papá murió.”
¿Qué es lo que tienen en común estos relatos? ¿Cuáles son las semejanzas entre estas tres hijas sin padre biológico presente? ¿Qué es lo que nos habilita a extender este denominador común a todos los hijos en general?
Lo que tienen en común es el reclamo de un reconocimiento de la biparentalidad. No es el objetivo de este ensayo recomendar ni dar consejos psicológicos sobre cómo actuar en estos casos. Cada situación familiar es diferente, y todas tienen complejidades que no podemos reducir para dar recomendaciones concretas.
Lo que sí se puede concluir, en cambio, es que, por más satisfactoria que sea para una madre o un padre su nueva pareja, y por más beneficiosa que sea esta nueva pareja parental para los hijos en la convivencia diaria, este nuevo vínculo no sustituye para el niño la relación entre los padres biológicos que le dieron origen. El término monoparentalidad está vacío de significado, porque niega esa relación biparental, que no desaparece con la separación de una pareja, pues siempre el hijo permanece como su fruto.
Ninguno de los padres puede quedar excluido radicalmente del discurso del otro, porque fueron ambos quienes se eligieron mutuamente como padres de ese niño. Por eso la existencia del niño mantiene el vínculo parental en tanto éste está compuesto por ambos co-generadores de esa vida. Sólo si se concibe al niño como un ser humano que ha sido generado por dos personas, puede emerger el hijo como un ser nuevo, diferente y autónomo, con respecto a cada uno de sus padres. Los niños no saben esto cognitivamente, pero lo viven en la cotidianeidad. Por ese motivo, un discurso monoparental solo puede ahogarlos, como sucedió con la beba en la piscina. Por eso, Lucía solo pudo verse a sí misma, cuando ella reconoció su tristeza en relación a su padre fallecido, y así recuperar su vitalidad. Por más cariño y afecto que cada uno de los padres le prodigue a sus hijos, es importante que le comuniquen que ellos son fruto de una relación biparental, aún si la relación entre ellos como miembros de una pareja no hubiera sido duradera.
Si dejamos de lado la pregunta sobre si los niños necesitan a ambos padres y la sustituimos por otra interrogante: ¿para qué necesitan a ambos padres?, quizás podamos encontrar alguna respuesta en los relatos anteriores.
¿Para qué necesita a su padre, o al menos saber sobre él, una niña como Sofía? Ella tenía una madre con la cual evidentemente mantenía un muy buen vínculo, a pesar de aquella “distracción” puntual. También contaba con una pareja de abuelos que habían cumplido durante sus primeros años de modo adecuado una función de sustitutos paternos, y que seguían ejerciéndola, cuando su hija no podía atenderla.
¿Para qué Lucía necesitaba mantener el recuerdo, y llorar la memoria de su padre “borracho,” un año después de su muerte, cuando podría haberlo simplemente sustituido por otra figura paterna? Se trataba además de un hombre a quien su madre consideraba mucho mejor persona, y, por si eso fuera poco, alguien que la hacía feliz a ella.
Quizás lo mejor sea dejar estas preguntas abiertas, y aceptar que solo quienes están en esa situación pueden responderlas. Lo que nos corresponde a los adultos, a los profesionales de la salud y a los educadores, es dar un paso atrás y dejar de asumir las respuestas por ellos. La conclusión que se puede extraer es una crítica al propio título de este ensayo. No podemos hablar en nombre de los hijos salvo en nuestro propio nombre. Sean adultos o niños, solo podemos dejarlos hablar por sí mismos del modo más libre que esté a nuestro alcance.
Bibliografía
Anzieu, D. (1982). El Psicodrama Analítico en el Niño y el Adolescente. Buenos Aires: Paidós
Deely, J. (1996). Los Fundamentos de la Semiótica. México, D. F.: Universidad Iberoamericana.
Graña, F. (2023). Los Padres de Mariana. María Emilia Islas y Jorge Zaffaroni: la pasión militante. Montevideo: Ediciones del Pajarito

