ENSAYO

Las “Big Tech” entran en el ámbito del Estado Ampliado, y de lleno en el campo de la legitimidad tecnocrática de los límites permitidos del debate. No en vano vemos a varios de sus miembros abandonar el mundo empresarial para dedicarse a pleno a la militancia política -en este caso globalizada- a partir del prestigio que brinda la tecnología y la Ciencia. Es bastante evidente también que la legitimidad de su voz está basada en operar en ámbitos donde la voluntad de los ciudadanos -es decir, las decisiones democráticas- no existen o se pueden diluir debajo de “buenas causas”, y en este sentido los organismos internacionales y las diversas agencias no gubernamentales son un campo perfecto para intentar gobernar sin haber sido elegido por nadie en absoluto.

Por Diego Andrés Díaz

Las “Big Tech” y el “Estado Ampliado”.

Una de las circunstancias no señaladas con la honestidad intelectual necesaria es la que refiere a la naturaleza específica y coyuntural de las llamadas “Big Tech”, es decir, las grandes compañías de comunicaciones en las cuales destaca las diferentes redes sociales más populares y dominantes.

Un primer punto a señalar, es que lo que conocemos como Estado Moderno no es solamente las autoridades, organizaciones, agencias e instituciones que conforman el orden estatal más visible: a la interna de cada estado existen numerosas organizaciones con sus órdenes singulares y sus relaciones de poder, y con esto no me refiero solamente a los altos cargos de las administraciones, sino a los sectores económicos y sociales que viven directamente de las intervenciones y regulaciones del Estado, sin depender directamente del orden jurídico y legal estatal: en general, estos suelen ser el sector energético, la banca, el complejo militar industrial, el transporte, entre otros, dependiendo del país analizado. Ninguno de estos sectores podría ser catalogado -ni utilizando una concepción laxa del concepto- como de “mercado libre”, y su existencia está directamente imbricada con las acciones y fines últimos de los estados. También son parte del estado moderno lo que se denominan los “aparatos de hegemonía” (prensa, educación, medios). El aparato político electoral es solo una parte del Estado, la más visible, la que automáticamente es relacionada con el mismo. Las grandes tecnológicas hace tiempo ya, comienzan a ser parte del mismo.

Esta dimensión ampliada -y real- del estado ya fue advertida en números anteriores de extramuros, relacionada con el tema del aparato de hegemonía y su periplo histórico. Allí, señalábamos que “…Entiéndase por “estado” al conjunto de corporaciones formadas por la “Clase política”: la alta administración del estado (alta judicatura, altas autoridades militares y policiales, representación internacional y burocracia global), los sectores económicos del Estado (las empresas estatales, la banca, los sectores energéticos, transporte, militar, etc.) y el aparato de hegemonía: medios de comunicación, educación, clero. Las relaciones entre estos sectores son distintas, dependiendo el país, y se da la preponderancia de uno con respecto a otros. Las pujas, competencias -incluso los golpes de estado- se dan entre sectores dentro de estos ámbitos…”.

Una buena forma de advertir cuales son estos sectores que conforman en última instancia el corpus de lo que podríamos denominar Estado Ampliado, es observar la suerte que corren las diferentes empresas en las crisis económicas con respecto a los “programas de incentivo” o “rescates”, que son simplemente acciones de salvataje de las elites gobernantes a las empresas en dificultades, utilizando su monopolio en la emisión del dinero y el manejo de las tasas de interés. Los gobernantes de los estados tienden a aprovechar coyunturas de crisis para atar la suerte de estas empresas a la suerte política de sus administraciones, y así, de las distintas agencias y sectores que conforman los estados. En general el estado “rescata” las que le pueden ser útiles en los procesos de construcción de poder, de estructura del estado.

La pertenencia al Estado Ampliado también nos ofrece evidencia profusa al analizar la suerte de los individuos, es decir, a nivel de las figuras públicas que conforman las diferentes capas y pliegues de este orden ampliado. Los ejemplos son incontables donde se intercambian personalidades gubernamentales que entran y salen de la administración pública -o de organizaciones supranacionales- y pasan al ámbito “empresarial”, y viceversa, que también lo señalamos en números anteriores de la revista: “No es casualidad que en estos ámbitos -y veremos si se consolida en el del internet y las redes sociales este proceso- los actores privados o públicos comienzan a ser intercambiables, en una especie de “puerta giratoria” donde un mismo individuo es, por unos años, ministro de energía, para ser CEO de una multinacional del petróleo, para luego volver al ámbito estatal o privado sin mayor problema en la continuidad. El nivel de capacidad de “intercambiarse” entre unos y otros grupos dentro del estado depende del cada país: militares a la política, políticos a la gestión de empresas del estado (en general, no de la economía competitiva, sino de los sectores asociados a la regulación del estado), gerentes de empresas a ministros del rubro, ministros de defensa ex integrantes de la industria bélica, figuras mediáticas a la política, etc.”.

Una descripción de algunos de estos procesos es analizada en la obra de Shoshana Zuboff, la era del capitalismo de vigilancia. En la misma, consciente o no, la autora describe lo que ya ha sucedido en otros momentos y que parece inaugurar un nuevo capítulo hisórico: la alianza de la tecnología -en este caso, las llamadas “Big Tech”- con los aparatos del estado. Uno de los ejes de análisis histórico más interesantes de abordar y profundizar es la cíclica relación entre el poder y la tecnología, y todo parece indicar que volvemos a introducirnos en una nueva puja entre la capacidad del poder político de los Estados y super-Estados de utilizar los avances tecnológicos para agudizar los controles a la población, y la resistencia constante y creativa de los individuos por defender su libertad individual con acciones de contra-tecnología. Volveremos a este tema en futuros artículos.

A priori, uno puede pensar que todo candidato a desempeñar cualquier alto cargo está absolutamente perdido si no logra conciliar, pactar o llegar a cierto nivel de acuerdos con los otros sectores del Estado. Igualmente, se ha dado en numerosas ocasiones que un sector del Estado logra imponerse temporalmente sobre los otros sectores. Lo que es mucho más difícil es que ese sector o figura logre consolidar un poder sostenido sin alcanzar nuevos acuerdos o reordenamientos a la interna del Estado del que forma parte, y difícilmente pueda sostenerse en el poder si, además, se encuentra en guerra constante con los otros miembros del Estado. Existe una fuerte simbiosis y coordinación -visible por su grado de entusiasmo infantil y su prédica mesiánica- en la insistente importancia de los gobiernos “técnicos”. La tecnocracia, lejos de representar un elemento ajeno a este Estado Ampliado, es uno de sus actores más característicos, tan característico como lo pueden ser su contrapartida, los liderazgos populistas.

Parte de la naturaleza de las pujas a la interna de los Estados Ampliados es la batalla constante entre los altos cargos técnicos y los altos cargos políticos. El populismo -bestia negra de la política occidental- suele representar una expresión radical de la histórica confrontación entre las elites legitimadas por la ciudadanía frente a la legitimidad basada en el conocimiento técnico. Los sectores del Estado Ampliado que basen su poder en su capacidad técnica/conocimiento técnico tenderán siempre a atacar el liderazgo populista. Un punto importante para señalar es que no estamos frente a una puja entre la técnica y el conocimiento, y la política, sino entre dos elites políticas que basan su legitimidad en ámbitos diferentes: uno en los votos, otro en el conocimiento técnico que dicen encarnar. Es importante señalar con insistencia esta naturaleza, ya que en épocas de crisis y deterioro, ambos sectores de las elites gobernantes miembros de los Estados Ampliados suelen señalar al otro como el responsable de los fracasos: los políticos a los tecnócratas por aplicar “teorías lejanas a la gente”, los tecnócratas a los gobernantes por “desoír y dejar en segundo plano al conocimiento en la toma de decisiones”. Ambos son parte de la política, aunque su relato trate de desmarcarse de la misma, especialmente en etapas de desprestigio del rol político y su representatividad. Sean “outsiders populistas” o “políticos con túnica”, estamos frente a miembros del Estado Ampliado.

En esta Pandemia los sectores tecnocráticos han encontrado un campo fértil de avance en su poder. Pero tengamos algo claramente presente: no deja de ser una burocracia que utiliza a expertos técnicos para tomar de alguna manera las decisiones correctas en nombre de toda la sociedad, y es la antítesis de una sociedad libre. Ahora se ha convertido en un lugar común acusar a cualquiera que introduzca alguna disidencia o matiz, por mínimo que sea, a una especie de relato hegemónico, de ser “anti ciencia”. No sería trágicamente absurda esta situación en cualquier otro contexto histórico, pero el miedo generalizado permite soslayar lo que siempre fue evidente: los expertos técnicos en cualquier campo tienen sus propios intereses y móviles, y siempre fue fundamental el debate general, más allá de las medidas finales.

Las “Big Tech” entran en el ámbito del Estado Ampliado, de lleno en el campo de la legitimidad tecnocrática de los límites permitidos del debate. No en vano vemos a varios de sus miembros abandonar el mundo empresarial para dedicarse a pleno a la militancia política -en este caso globalizada- a partir del prestigio que brinda la tecnología y la Ciencia. Es bastante evidente también que la legitimidad de su voz está basada en operar en ámbitos donde la voluntad de los ciudadanos -es decir, las decisiones democráticas- no existen o se pueden diluir debajo de “buenas causas”, y en este sentido los organismos internacionales y las diversas agencias no gubernamentales son un campo perfecto para intentar gobernar sin haber sido elegido por nadie en absoluto. El caso de Bill Gates es un ejemplo del proceso de inserción de un representante de las “Big Tech” en el campo del Estado Ampliado. Es interesante como la suerte de los individuos relacionados a las tecnologías de la comunicación pueden alcanzar altos grados de prestigio y exposición pública, pero la continuidad en el tiempo de esta condición está relacionada en gran medida con su capacidad de irse incrustando y pactando con alguna de las elites del Estado ampliado, basta preguntarse por la suerte del otrora héroe de la información, Julián Assange.

El aparato de hegemonía (medios de comunicación, “Big Tech”, Agencias educativas, Academia dominante) puede llegar a representar una fuerza fundamental e incluso definitoria con respecto a las relaciones de poder a la interna de un Estado Ampliado, pero, como vimos con el fenómeno electoral de Donald Trump, tenerlo activamente en la vereda de enfrente no define el partido antes de jugarse. Recordemos que la victoria electoral de Trump se dio con el Estado Ampliado -o Estado profundo- en su contra. Quizás esta “sorpresa” electoral se debió a que su candidatura nació como una operación de sus adversarios intentando hacer crecer el más “fácilmente” rechazable de sus oponentes, lo que permitiese una victoria electoral a la difícilmente consensual y multi-acusada de corrupción, de Hillary Clinton. El nuevo gobierno de Biden es el retorno de un miembro constitutivo del establishment del Estado Ampliado, que, definitivamente, logrará conciliar de mejor forma los intereses de los miembros del mismo.

La purga política de las Big Tech: la virtud de los mercados libres, y no “empresas libres”.

 Existe una tendencia a considerar que estas empresas tienen un poder tan grande que supera incluso a los Estados nacionales, y, por ello, es imprescindible intervenir y regular su actividad, asegurando grados crecientes de “libertad de expresión”. Por otro lado, muchos apuestan a usar la coartada del libre mercado y derechos de propiedad, para justificar la censura efectiva que estas empresas han ejercido con respecto a una serie de actores políticos y sociales, específicos. No deja de ser cómico como la caterva progresista del primer mundo ha apelado a los derechos de propiedad para justificar los crecientes niveles de censura que se están aplicando a sus adversarios políticos e ideológicos. Ellos, que detestan los derechos de propiedad, porque suele ser un freno al control estatal. Cualquiera que se tome el trabajo de leer el “acuerdo vinculante” que solemos realizar con una red social típica, podría advertir que en todas estas censuras existió un constante y repetido incumplimiento del contrato, por parte de las redes sociales. Sí, el incumplimiento de los contratos es algo típicamente antiliberal, lo que aumenta la inconsistencia de los progresistas y sus argumentos. En ambos casos del análisis, la trampa estriba en encerrarnos en un corral como si fuésemos gallinas y darle la llave a la Comadreja.

Cuando uno recorre el proceso histórico de estas y otras empresas de características similares, surgen elementos consistentes para rechazar ambas posiciones. Estas posturas no advierten que estas empresas, se van transformando en una nueva expresión de las empresas paraestatales que conforman lo que se podría denominar el Estado Ampliado, y ser parte del Crony Capitalism, o “Capitalismo Prebendario”.

Un error habitual en estos debates es que se confunde las virtudes de los mercados libres con la idea de la bondad intrínseca de las empresas o empresarios “libres”. Buena parte del empresariado -más aun el de las grandes empresas- es reacio a la competencia, y en ocasiones, cuanto mayor es su predominio en un mercado, mayor interés tendrá de incidir en el poder político para anular la competencia emergente. El proceso virtuoso en el capitalismo se da a partir de la existencia de mercados libres y derechos de propiedad, y la existencia de empresarios virtuosos no se relaciona directamente con esta condición. No, no todos los empresarios son virtuosos hacedores de la civilización material, y en buena parte de estos la idea de destruir la posibilidad de cualquier tipo de competencia y hacerse de monopolios -que garantiza el poder del estado- es una constante de su actividad.

Las agencias de espionaje y seguridad del Estado se han mostrado interesadas desde siempre en el periplo y posibilidades que brindan el crecimiento de estas empresas. Este proceso se va entrelazando lentamente a través de contratos con el Estado que ofrece suculentas ganancias a estas empresas. A su vez estas empresas van advirtiendo que es mas beneficioso para sus intereses operar sobre el poder político -es decir, hacer lobby- para evitar regulaciones que los afecten, o, más asiduamente, promover crecientes regulaciones del Estado que hostilicen a posibles competidores y les aseguren el control de los mercados en el cual se desempeñan.

Esta acción característica es doblemente beneficiosa para estas empresas, ya que en las sociedades modernas existe una propaganda dominante entre los ciudadanos por la cual se asocia una regulación creciente de cualquier ámbito económico, por parte del Estado, con mayores garantías y bienestar para los ciudadanos. Las regulaciones empobrecen a los ciudadanos, pero estamos adoctrinados convenientemente en desear la regulación estatal para que nos proteja y dirija nuestras vidas. Por ello, las regulaciones tienen buena prensa. Estas empresas, a través de constantes regulaciones que obstaculizan y encarecen la actividad a empresas competitivas emergentes, logran ahondar su predominio del mercado.

Este proceso ya fue referido en un artículo anterior, donde señalábamos que “…el mercado de las redes sociales vive un proceso bastante similar al que vivieron otros campos económicos anteriormente, como, por ejemplo, el de la industria aeronáutica luego de los ataques terroristas de principios del siglo XXI. Así como estos ataques cambiaron los flujos de transporte de pasajeros a nivel cuantitativo a tal punto las condiciones de navegabilidad de las empresas aeronáuticas que muchas de las mismas tuvieron que dejar de operar; con la creciente presión política e intervención de los gobiernos, no todas las redes sociales se vuelven rentables. Esto transforma a esos mercados en lo que se conoce como “mercados delgados”, es decir, que hay pocos compradores y vendedores de estas compañías, que suelen ser, además, las que pueden enfrentar esas reglamentaciones. Este proceso aumenta la consolidación de las redes sociales más exitosas a partir de hacer crecientemente inalcanzables las exigencias de control por parte de los estados y de los poderes supranacionales emergentes…”

Por ello, todos los CEO de las “Big Tech” se suelen mostrar como entusiastas promotores de las regulaciones estatales. Los cambios en la regulación de las plataformas -una de las medidas que los seguidores de Trump, por ejemplo, exigen para estas empresas-, que supondrían cambiar la naturaleza de estas empresas -a través de transformaciones en la Sección 230 de la Communication Decency Act- haría de estos medios una especie de “editores de contenido”, en lugar de meros espacios de expresión individual. Este tipo de medida regulatoria,  lejos de frenar algún tipo de censura, solo incrementarían los costos de la actividad y perjudicarían a las empresas emergentes que no pueden hacer frente a estos altos costos, o, específicamente en este caso, al aluvión de juicios civiles y penales que deberían encararse enseguida por el cambio en las reglas. Si todas las plataformas son “editores”, los competidores emergentes recibirían cientos de demandas que empresas como Facebook y Google, por capacidad económica, pueden encarar. Esta regulación, por el costo de los juicios que desencadenarían, los liberaría de toda competencia emergente. Esta lógica de barrer la competencia a través de dificultar las condiciones de crecimiento de sus competidores también está detrás de la insistencia de los mega-millonarios ya consolidados, en pagar más impuestos. Nadie les prohíbe donar millones al fisco de sus países, lo que buscan es frenar a los nuevos millonarios emergentes que suponen una competencia, y dificultarles el arribo a los primeros escalones del proceso que los transforma en millonarios.

Este blindaje “regulatorio” de estos mercados tiene un costo: los gobiernos y sus agencias de seguridad ven en el acceso a la información que estas empresas ostentan -y a la capacidad de aplicar una censura selectiva y alineada a sus intereses- una fantástica herramienta de control social gubernamental, o dicho de otra forma más a la moda, el “reseteo” que ofrece en el modelo chino de sociedad, su ejemplo más significativo.

Estas empresas son parte ya del Estado Ampliado: en su obra archipiélago Google, Michael Rectenwald habla de estas empresas como governmentalitys, lo que significa según sus propias palabras, “…apéndices del Estado, como mínimo. Son aparatos de Estado, o, para usar un neologismo postmoderno, son “gubernamentalidades…”. Y explica el origen de este concepto que desarrolla en su libro: “…en una serie de conferencias tituladas Seguridad, Territorio, Población, el teórico postmoderno Michel Foucault introdujo el término “gubernamentalidad” para referirse a la distribución del poder del Estado a la población, o la transmisión del gobierno a los gobernados. Foucault se refirió a los medios por los que la población llega a gobernarse a sí misma a medida que adopta y personaliza los imperativos del Estado, o cómo los gobernados adoptan la mentalidad deseada por el gobierno (…) Uno podría señalar el enmascaramiento y el distanciamiento social como ejemplos de lo que Foucault quiso decir con su noción de gobernabilidad. Foucault (…), adopto y modifico el término para incluir la distribución del poder del Estado a los agentes extragubernamentales, en particular la extensión y transferencia del poder del Estado a empresas supuestamente privadas. Esta gubernamentalización de la empresa privada, y no la privatización de las agencias y funciones gubernamentales que los izquierdistas como Foucault condenan, es el verdadero problema del “neoliberalismo”, tal como yo lo veo…”.

La insistencia de la intervención y regulación estatal de los ámbitos donde operan estas empresas, y la connivencia con diferentes agencias del estado, son manifestación clara que estas “Big Tech” lejos están de poder utilizar argumentos relacionados a los mercados libres, capitalismo y derechos de propiedad, cuando representan apéndices mercantilistas de los poderes absolutistas detrás de gran parte de los estados modernos.

La connivencia entre esta serie de empresas y las distintas agencias, sectores y actores del estado, que se hace público y notorio a diario con nuevos casos de censura, persecución y avasallamiento de las libertades individuales, es parte del lento proceso de incorporación de estas al Estado Ampliado. En ambos casos, la eliminación de la competencia (empresarial, política, cultural, ideológica) es la prenda de cambio de esta alianza, siempre partiendo de la base que el que tiene el control general, el que lleva la escopeta en la mano, es el poder político. Las enormes pérdidas económicas de Facebook y Twitter luego de la cancelación a Donald Trump y otros exponentes de las ideas liberales, conservadoras y libertarias, así lo demuestran.

Esta alianza esta también potenciada por una creciente coincidencia a nivel ideológico, psicológico y filosófico de las elites tecnológicas con las elites gobernantes. Esto se advierte al observar el extraño ecosistema de ideas que domina en “Silicon Valley”. George Gilder desarrolla en su obra Life After Google: The Fall of Big Data and the Rise of the Blockchain Economy una descripción de las características culturales y psicológicas que dominan el ambiente empresarial de la cuna de gran parte de estas nuevas tecnologías de la información. En este estudio, se refiere a estas empresas como expresiones de lo que denomina Maoísmo o Marxismo digital, ya que impera en estos sectores la idea que el problema de la producción esta superado a nivel social, y solo queda el problema de la distribución de los bienes -especialmente los bienes culturales- en un paralelismo rudimentario con la idea que la revolución industrial representaría el fin del problema de la escasez y la producción. Y se ven a sí mismos como la expresión digital de la centralización de la información para lograr una distribución igualitaria y justa, y una planificación optima de la sociedad, viejo anhelo de todos los colectivismos históricos que ha desvelado a sus teóricos, que no han superado la imposibilidad del cálculo económico en la planificación centralizada, que señalara magistralmente, entre otros, Ludwig Von Mises.

Una elite progresista para el paraíso terrenal.

El abismo entre las elites globales y la población crece tan fuertemente que, aunque su agenda de temas se impone, cada poco tiempo todo salta por los aires. Las elites se han transformado en una casta performativa, y a pesar de avanzar en el poder y control de la población, su principal cualidad no parece ser la de gobernar, sino ser vista gobernando. La importancia que se adjudican a sí mismos sobre su “opinión” y su “rol”, hace que estas verdaderamente se tomen en serio su importancia, lo que les impide tomar en serio la realidad.

Una de las características de las élites a nivel histórico representaba su capacidad de ostentar numerosos signos de su condición: su acceso exclusivo -dada la baja capacidad de productividad material del pasado- a cierto grupo de bienes y servicios era parte de los signos externos de su condición economía y social. Sigue siendo una condición poderosamente presente a nivel social -visible en buena parte de los medios de comunicación, redes sociales y publicaciones sociales- que la gente muestre su pertenencia a las clases altas con sus bienes materiales. Este proceso fue transformándose con la irrupción de la Revolución Industrial y el Capitalismo. Las clases directamente impactadas en este proceso fueron los sectores populares, y, como bien señala Lewellyn Rockwell, la explosión productiva del industrialismo capitalista fue obra de individuos que “…provenían a menudo de sectores humildes, y asumían enormes riesgos para las ganancias percibidas. Ellos abrían esas fábricas con la oposición de las élites. (…) ¿Qué se producía en esas fábricas? No eran bienes para la nobleza, sino indumentaria y utensilios usados por la gente promedio para mejorar su vida cotidiana…”.

Este proceso se ha ido acrecentando de la mano del rápido abandono de la Civilización de la escasez y la pobreza, para ir a esta sociedad de la abundancia material. Esto no solo ha significado el constante crecimiento y expansión en el acceso a bienes y servicios a nivel social, sino que además a representado que muchos de los bienes anteriormente inalcanzables para la mayor parte de la sociedad se han popularizado a nivel cualitativo y cuantitativo. Incluidos lo que eran considerados articulo de “lujo” o “suntuarios”, que con cada vez mayor velocidad se transforman en artículos asequibles a mayores segmentos sociales.

Este elemento ha impactado en todos los mecanismos de validación e identificación social de clase, donde en buena parte del primer mundo y a ciertos niveles, la tipificación de las élites ha perdido contenido material como “símbolo”. Esta situación ha dado paso a un mayor protagonismo de las “creencias” en lugar de los “bienes” como símbolo de estatus social. La difusión de una posición social preponderante incorpora así una serie de elementos no eminentemente materiales, sino que conjugan una serie de ideas y creencias “amigables” socialmente, las cuales tienen la ventaja de representar un impacto de bajo costo y transformaciones materiales poco relevantes, para estos sectores. No así a los sectores sociales medios y bajos.

La importancia adjudicada al estatus social no es absolutamente un fenómeno nuevo, y crece cuando se va abandonando la preocupación por las necesidades básicas. Las posiciones y opiniones de los sectores de las elites mantienen inmaculada una serie de características típicas de estos sectores: tener estas ideas les es posible porque necesariamente su pertenencia a ser una elite les permite tenerlas. Muchas de las nuevas practicas alimenticias, de movilidad, de reciclado, de cuidado del ambiente, de ocio y de consumo, responden en sus inicios a que las mismas necesitan de cierta capacidad económica para ser realizadas, es decir, que son realizadas porque el derrochar o gastar recursos en realizarlas es una señal de pertenencia. Las “creencias comunes” de los sectores populares son vistas con desagrado por las elites. Las elites han adoptado una serie de creencias -en búsqueda de signos de estatus- que van decantando a nivel social en los sectores populares, con impactos absolutamente diferentes a los que se perciben en los sectores de clase alta y en las elites.

La adopción de ideas “prestigiosas” -y del activismo en las mismas- por parte de los sectores de elite a nivel global está cruzado por los perfiles dominantes que tienen hoy ciertas ideas en la cultura. Desde los medios de comunicación y entretenimiento, hasta la Academia y el mundo Universitario, el “ambiente consensual” es claro, y ya fue referido en varios artículos en extramuros (https://extramurosrevista.com/las-empresas-ideologicas/ , https://extramurosrevista.com/las-empresas-ideologicas-2/ )

Las “ideas prestigiosas” dentro del micro mundo de las elites tienen el dudoso privilegio de pasar de ser la única voz permitida en tertulias juveniles de los lujosos campus universitarios del primer mundo, a representar la columna vertebral ideológica de las elites globales, y así, su programa de acción, además del símbolo de prestigio. Las elites abrazan la “corrección política” con orgullo y convicción, aunque el costo de estas “ideas prestigiosas” para los sectores sociales mas bajos -y para los países no desarrollados- sea enorme. Muchas de estas “ideas prestigiosas” están afirmadas en la mas absoluta ignorancia y prejuicio sobre la vida, la economía, la cultura y la ciencia, pero tienen la condición de responder a las ideas progresistas llenas de pietismo y anhelo de redención de nuestras conciencias.

Es así como estas dos dimensiones -las ideas prestigiosas como forma de status social clave en sociedades postmaterialistas, y las ideas progresistas- se unen para regalarnos un conjunto de filántropos y activistas sociales del primer mundo que compiten entre sí por la cucarda del Premio Nobel sobre alguna causa políticamente correcta. Otro de los factores cruciales a tener en cuenta es la emergencia de una fuente de inspiración para el progresismo que se ha transformado en absolutamente dominante: el progresismo de raíz puritana y liberal. Este progresismo se ha constituido en abrumadoramente hegemónico, impregnando de sus lógicas a todas las causas de occidente, para escozor de las vertientes más ortodoxas de las izquierdas.

Ya nos hemos referido a la naturaleza y origen de las ideas del progresismo pietista en varios números anteriores, pero vale consignar como las elites globales -y por decantación e imitación, las elites locales- van profundizando una serie de perfiles singulares de su cosmovisión y su proyecto de sociedad. Las metáforas refundacionales que suelen utilizar para sus proyectos globales (el “Gran Reseteo” es el nuevo neologismo conceptual que nos regalan) evidencia la matriz milenarista y religiosa que contamina todos y cada uno de sus proyectos mesiánicos de redención global.

La naturaleza de la génesis de las ideas progresistas dominantes -y fuente de inspiración de las “ideas prestigiosas” de las elites- es fundamental para comprender su periplo: su raíz religiosa no ha sido conjugado -difícilmente lo sea para cualquier filosofía o ideología, pero ese es otro debate- por el proceso de secularización moderno, y esta versión novedosa del viejo debate cristiano sobre la gracia adquiere características superficialmente diferentes, pero se mantiene sumamente consistente en su raíz. El progresismo pietista retoma el concepto calvinista -y jansenista- de la gracia de Dios, transformándolo en la “gracia salvadora” de la buena conciencia. Este punto es una de las marcas mas claras del progresismo pietista que predomina en este mundo globalizado, donde la “gracia” se obtiene a través de la buena conciencia: lo importante no es hacer el bien, sino sentirte bien, abrazando sin advertirlo el concepto teológico por el cual la salvación se da por la fe y no por las obras.

El impacto de esta concepción dominante es tan basto que difícilmente pueda ser minuciosamente expuesto en un artículo, pero muchas de sus expresiones externas son parte de la vida cotidiana actual: una de ellas es el uso de lenguaje redentor que crea buena conciencia -pero no proyecta cambios en la problemática de fondo- y representa un símbolo inequívoco y tangible de ser parte de una identidad colectiva que abraza estas “ideas prestigiosas” y adopta el programa completo de partido, mucho más que representar un símbolo de respeto o equidad.

Esta verdadera “carrera armamentística” de neo lenguas, neologismos y conceptos “políticamente correctos”, son en sí una de las expresiones tangibles que divide a los individuos de “buena conciencia” -y por ello, merecedores de la salvación redentora del progresismo, más allá de sus actos- de los “indeseables”, los que deben ser cancelados por la mala conciencia. Esta tendencia es la que impregna hoy el ambiente cultural de las plataformas y redes sociales más predominantes, y promueve el ambiente de censura, que es más exactamente, de Cancelación.

La cancelación apunta a que el debate está pasado de moda, prohibido. La ciencia está establecida, y el infierno es la morada para con los que están fuera de la fe. Hay que convertirse o simplemente ser expulsado. Dejar de ser. Uno de los elementos más significativos de la cultura progresista de la cancelación es su naturaleza camaleónica y dramáticamente cambiante, influenciada por la constante búsqueda de “ideas prestigiosas” novedosas de las elites: su desprecio e insistencia de cancelar cualquier debate antes que suceda -buscando amparo en la totalitaria idea de asociar a todo adversario con el “discurso de odio”- se lleva puestos a diario a sus propios miembros, que ven azorados como sus ex camaradas destruyen su existencia porque la frontera entre el bien y el mal progresista se movilizó y los dejo circunstancialmente, extramuros.

Esta condición inquisitorial se manifiesta regularmente en el reclamo de “repudio” a alguna figura pública que ha osado ir en contra de la buena conciencia progresista encarnada en estas “ideas prestigiosas”. En esta nueva versión de la “culpa por asociación”, tan central en la vida psicológica y religiosa de Occidente, la sola idea de que existan personas que no adhieran a este catecismo dispara los más enconados discursos exigiendo cancelación, muerte civil y fuego. Todo este ambiente, resultado de las ideas hegemónicas, impactan directamente en la comunicación, las redes sociales, la prensa tradicional, el ámbito político, las instituciones del Estado, y el mundo empresarial. Entre todas ellas, las “Big Tech”, tanto como fenómeno empresarial, como expresión tecnológica, juegan el rol circunstancial de ser vehículo de manifestación de estas ideas dominantes. Son el termómetro, no la fiebre.

El pietismo suele iniciar sus campañas refundacionales y mesiánicas empapadas en un halo de “inevitabilidad”, fruto de su matriz mística. Verdaderamente esta consustanciada con su raíz milenarista, y concibe que, finalmente, creara el paraíso en la tierra donde impere la “buena conciencia”. Cada vez que ha encarado una “guerra” -así suele categorizar sus campañas, para beneficio del musculo de los Estados- sea esta por la democracia, contra las drogas o la pobreza, el cambio climático, la desigualdad, la Pandemia o lo que sea, crea niveles de fidelidad inimaginables a las numerosas ideas contestatarias que le hacen frente. Así como sus constantes “luchas contra la desigualdad” crean legiones de sectores sociales crónicamente disfuncionales, o la “guerra contra las drogas” es el vehículo ideal para la aparición de drogas hiper-sofisticadas y mega mafias, su guerra contra la “mala conciencia” y la incorrección política crea legiones de individuos de todo el mundo, de diversos orígenes culturales e ideológicos, hiperconectados y empoderados por sus propios datos e investigaciones, coordinados por la web, que ponen a la fortaleza progresista en grandes apuros, y la lleva a dar golpes en la oscuridad basados en la censura y la persecución, desnudando en última instancia su verdadera naturaleza.

Esta consecuencia de hechos es evidente en las redes sociales, hagan lo que hagan los propietarios de estas y sus pactos con los gobiernos: la obsesión pietista de las elites progresistas circunstancialmente gobernantes, por la “buena conciencia” basada en un pensamiento único de ribetes colectivizantes, no crea el reino de “paz perpetua” que promueven desde sus organismos internacionales y medios de comunicación mainstream, sino un ambiente de hostilidad creciente a cualquier debate sano, enriquecedor y pragmático sobre la sociedad, de consecuencias absolutamente desastrosas, y aun inconmensurables.

Para terminar, una reflexión posible radica en plantearse cuál es la concepción de libertad de expresión, dentro de las libertades individuales, que se defiende: tiendo a pensar que la concepción que considera a la libertad como una meta, como “estadio social” en un plano de “estado de utopía”, es sumamente desacertado, y vivir en un ámbito de mayor libertad es un combate diario, y eterno, de grado y no tiene fecha de concreción, ni meta, ni fin de los tiempos. Es una batalla a diario, perenne. Se disfruta, se está en guardia para cuidarla, se conquista, y a veces, se pierde.

Por ello, la censura como opresión, sea realizada de forma desembozada o sutil, no debe convencernos de que somos simples víctimas de un destino ya escrito para nosotros. No solo por lo detestable del pensamiento determinista, sino porque además instala la idea que la condición de victima de censura es una buena excusa para el fracaso. Y no hay fracaso en la lucha por la libertad.

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